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Posts Tagged ‘comunicación’

Las pantallas como destrucción de la comunicación interpersonal

Acabo de leer el siguiente artículo sobre el whatsapp y no puedo estar más de acuerdo: http://minoviomecontrola.blogspot.com.es/2012/11/que-dano-nos-ha-hecho-whatsapp.html?m=1

enfado whatsappEn resumidas cuentas (aunque os recomiendo echarle un vistazo), la autora expone la esclavitud emocional que nos impone esta aplicación a causa de informar minuto tras minuto de nuestra última conexión a todo prójimo que tenga nuestro número apuntado, dando lugar a una droga virtual generadora de disputas sentimentales (e incluso amistosas) y potenciadora de la impaciencia.

Y la califico como droga porque, a estas alturas, probablemente el porcentaje de gente que preferiría mantenerla sería mayor que el que no a raíz de esa dependencia que ha generado en nosotros, esas ansias de saber y controlar a pesar de que no nos agrade que nos hagan lo mismo.

¿Será posible que una tecnología tan provechosa provoque tanto mamoneo? Porque ya no se trata sólo de vigilar sino de los pollos que se montan cuando dos personas no se están entendiendo. Si ya en directo la comprensión resulta difícil a veces, las pantallas tienen la pasmosa habilidad de transformar pequeños problemillas en auténticas batallas campales, y ya no sólo se trata del whatsapp sino también del Facebook, Twitter y demás, de toda comunicación establecida por medio de pantallas.

¿Por qué ocurrirá esto? ¿Nos predispondrá nuestra naturaleza a malinterpretar a los demás al tomar las palabras ajenas normalmente de manera más negativa que positiva? Qué ironía calificar de “social media” a todo el tinglado este, ¿no? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías suponen ventajas para el individuo cuando el nivel de autocontrol, de investigación y de crítica de este es generalmente pobre? La comunicación interpersonal sufre más que nunca, porque no solo consiste en plantar a dos personas cara a cara, eso no es comunicación. La verdadera comunicación interpersonal supone escuchar, entender, compartir, empatizar, enternecerse. Sentir, experimentar, amar. Vivir. Vivir la melodía de las palabras, disfrutar del flujo verbal en compañía, dejar volar retahílas de pensamientos para ser abrazados, no caídos en saco roto. Si ya este nivel de compenetración es complicado, cuánto más arduo rodeados de componentes favorecedores de la distracción.

gente con móviles

Incluso la posibilidad de poder consultar una imagen graciosa, una canción olvidada o cualquier cosa por el estilo durante una conversación es nociva, o al menos no recomendable de hacer por norma, puesto que interrumpe la magia, el momento entre esas personas, e induce al enganche, a enlazar imagen con imagen, canción con canción, vídeo con vídeo, masacrando la sana y agradable virtud de la improvisación y rompiendo lo que podía haber sido una bonita obra de teatro única, original y espontánea, una puesta en escena real, natural y humana. (Inter)personal.

Por tanto… ¿A qué nivel se está rebajando la comunicación interpersonal si cada vez nos comunicamos más a través de pantallas y estas, en vez de mejorar la comunicación, la tergiversan constantemente? O peor, son tergiversadas a través de nuestra propia interpretación. ¿Y si uno de los posibles amores de tu vida (o igualmente una persona fantástica) se encuentra delante de tus narices y no lo ves por estar chateando (en ocasiones con indeseables) vía móvil? ¿Cómo podemos dejar de mirar el brillo y la expresividad en los ojos de los demás cuando nos hablan? ¿Qué futuro emocional le espera a la humanidad en un mundo de pupilas cabizbajas? ¿Qué será del romanticismo, la complicidad, el respeto? ¿Quién contemplará las estrellas, la luna, las puestas de sol o simplemente el cielo azul tantas veces como se merecen?

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El Messenger, ese viejo chat de amigos olvidado

Me gustaba mucho el Messenger. Era una enganchada del copón hace unos años. ¿Cuántas horas invertidas (no diré perdidas, no seamos dramáticos) en esas ventanas repletas de letras y caritas, la mayoría morralla vacía pero entretenida y unas pocas profundas e interesantísimas conversaciones?

Tenía mucho encanto para mí. Buscar a tal persona, encontrarla, saludar (o esperar un saludo), ver cómo la ventanita te anuncia que te están respondiendo, emocionarse, decepcionarse (a escala adolescente, claro, sin drama ninguno para el espíritu)…

¡Oh! ¡Elegir la tipografía que más te gustara! Toda una aventura. La que tenía más éxito era, sin duda, la Comic Sans. La cual, por cierto, nunca debéis utilizar para un trabajo de universidad ni nada serio. Como seguro que muchos de mi quinta sabréis a estas alturas: está enfocada para los niños. Su legibilidad, sus trazos suaves y redondeados y demás la caracterizan como tal. ¿Y los colores? Para dar y tomar. Hasta los que te dejaban ciego se usaban con frecuencia (amarillo y verde fosforescente en especial, los diseñadores podían haber sido un poco más selectivos con este tema para evitar problemas oculares).

¿Y pensar en una foto de perfil que te identificara? Sólo una, en ese diminuto cuadradillo, nada de poder colgar tropecientas mil. Bueno, creo que se podía, aunque nunca les di gran uso a las capacidades internas, por llamarlo de alguna manera, del programa más allá de las conversaciones.

Actualmente, esta herramienta de comunicación se encuentra en coma. Para no volver, me temo. La proliferación de mini-chats (alias “mierdi-chats” por mi parte) en las redes sociales la ha golpeado bestialmente sumiéndola en el más hondo, cruel y desolador abandono. Qué conformistas somos, ¿no? Tres caritas cutres, letra enana y veinticinco ventanitas en la esquina del Tuenti o del Facebook. Qué tristeza. Aguanté poco con ello, no me apetecía que me aumentara la miopía esforzándome en leer eso tras tantos años de fidelidad absoluta al Messenger, su diseño, su comodidad, su cercanía. Un tú a tú con las personas que te interesan, no tanto un repaso a la lista de gente conectada (en parte sí, pero creo que menos que ahora).

Sin embargo, como todo en esta vida, necesitamos una reciprocidad, una respuesta, un estímulo que anime a seguir con cualquier tipo de actividad, y yo me vi más sola que la una intentando resistir al abismo. Entonces, te creas el Tuenti (para dejarlo donde estaba cuando pasa la euforia inicial y te teletransportas al Facebook), dejando al Messenger por imposible, por anticuado. Estás desfasado, chaval, ahí te quedas. Si fuera un ser humano estaría deshecho en lágrimas fijo. Así nos regimos: a base de saltar de moda en moda, de capricho en capricho (también enfocado hacia las relaciones interpersonales incluso) para no sentir que desencajamos entre la masa. Aish… Quedan unos cuantos románticos rondando por él pero no tiene nada que ver con sus años mozos. Quién sabe, quizá vuelva, aunque con las nuevas tecnologías resulta más complicado que con la ropa, por ejemplo. Mirad los pantalones de pitillo. Bueno, y encima con la última versión que han sacado dudo mucho que resurja, es una bazofia.

A ver, concretando el sentido que quería darle al programa calificándolo de “cercano”, soy la primera que defiende a muerte la inmensa superioridad y valía de las relaciones en persona antes que a través de la pantalla, pero opino que el Messenger permitía mantener un contacto bastante ameno con gente a la vez cercana y lejana, además de más desahogado, sobre todo para los tímidos. Como todo, tenía sus desventajas: ¿quién no ha echado en alguna ocasión demasiados cojones online en vez de en directo? Aún así, se era más selectivo que en las redes sociales. Puede que aceptaras a todo dios, sin duda, mas el objetivo era puramente comunicativo. No podías escrutar la vida del otro como ahora.

Total, no voy a criticar ahora las redes sociales porque también constan de muchísimas ventajas y no hay lugar en este post para ellas, solo me apetecía recordar con añoranza y cariño aquel viejo compañero de tantas tardes y noches que quedó atrás inevitablemente, arrastrado por nuestra particular filosofía de vida.

¡Va por ti, Messenger!

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

Gracias por dejarme ser libre

Gracias por encontrarme.

Gracias por tu sinceridad.

Gracias por tu confianza.

Gracias por aceptarme y respetar mis ideas.

Gracias por interesarte por mis amigos.

Gracias por apreciar a mis seres queridos.

Gracias por no invadir mi espacio.

Gracias por permitirme respirar.

Gracias por distinguir entre tu círculo y el mío.

Gracias por no juzgarme.

Gracias por hacerme reír.

Gracias por emocionarme.

Gracias por tu transparencia.

Gracias por tus silencios.

Gracias por tu mirada.

Gracias por tu ambición.

Gracias por apostar y luchar por mí.

Gracias por iluminarme el camino.

Gracias por hacerme sentir viva.

Gracias por abrumarme de felicidad.

Gracias por no sólo quererme, sino amarme tal y como soy.

Gracias por escucharme y entenderme, o como mínimo intentarlo.

Gracias por abrirme la puerta de tus sentimientos desde el primer momento. De par en par.

Gracias por dejarme ser libre dentro de una sociedad repleta de manipulación y de un sentido de la posesión extremadamente enfermizo.

Gracias… por ser así. Como tú.

En un mundo en el que virtudes como la confianza, el respeto, la comunicación y el amor incondicional se hallan tan deterioradas, no es tan raro sentir unas ganas inmensas de agradecerlas.

Miss Representation

Este curioso juego de palabras es el que da nombre a una producción singular centrada en las mujeres pero para todos los públicos, digna de ver y difundir y de lo más propicia para reflexionar sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad “contemporánea” y “democrática”. El título, acertadísimamente escogido, fusiona a una “Señorita Representación” con el hecho de falsear, distorsionar y/o tergiversar (verbo “misrepresent”).

Se trata de un documental que, a través de varias voces femeninas destacadas social, artística y públicamente, incluyendo también las palabras de algunos hombres, denuncia el trato global a la mujer y, en especial, el mediático. Testimonios sinceros, titulares machistas, verdades como puños, indignación, imágenes morbosas, etc, se entremezclan, dando lugar a una obra que no solo hace pensar al espectador sino que puede llegar a ponerle los pelos de punta. Una realidad camuflada, injusta, clandestina, como es la dificultad de hacerse un hueco como líder en este mundo si se pertenece al género “del sexo débil”.

Una lucha, la que debería ser de todos y no solo de las mujeres, contra los estereotipos, el culto al cuerpo, el sexismo. Una llamada, a su vez, a la colaboración entre nosotras, en lugar de contribuir a la competitividad, al escarnio, a ridiculizarnos, a hundirnos unas a otras, a enorgullecernos de que nuestro mayor atractivo sea el deseo sexual que suscitamos a los hombres. Aunque solo sea por nuestra dignidad. Por nosotras, por nuestras hijas y por las hijas de nuestras hijas.

Disponéis en este enlace del documental completo (cerrando antes los dos banners publicitarios que la web te plasma en las narices). Eso sí, está en inglés sin subtítulos, no lo he buscado con ellos, pero si os apañáis mínimamente os lo recomiendo de todas formas. Debo añadir que, unido al potencial del tema que se ha acometido con gran profesionalidad, las labores fuera de cámara también resultan fantásticas y aportan aún más calidad a este iluminador producto, destacando la banda sonora escogida (y la edición, y la post-producción, y…). A continuación y para terminar este post, el tráiler:

Hacer el vacío

De repente, me he dado cuenta de que la actitud de “hacer el vacío”, con la madurez, se ve tal y como es: un comportamiento infantil y maleducado. Siempre he pensado que, si no quiero saludar a alguien, no tengo por qué mirarle a la cara, y si no tengo el más mínimo interés en alguien (tirando a que me cae mal, por cualquier circunstancia o conflicto), evitaría tener que responderle a lo que sea.

Pero… resulta incómodo. Ahora lo veo brutal y exclusivamente propio de niños chicos, a modo de “ahora me enfado y no respiro”. ¿Por qué no contestar a una persona? Bueno, depende de lo que haya ocurrido, claro, pero hoy por hoy se me antoja repugnantemente desagradable, e incluso inhumano, impropio de unos seres que, en teoría, nacemos con una predisposición natural a vivir en sociedad. Sí, claro, pero lo que es la “mentalidad social” no está para tirar cohetes.

Esa capacidad de ignorar por completo la presencia de la otra persona, anular su existencia cual espectro invisible, tacharle de menos importante que una mosca cojonera bajo la simple actitud de una indiferencia bestial y pasmosa. Exacto, como a un perro sarnoso (si no es sarnoso no, que entonces recibiría más atención).

En realidad, lo comprendo, porque lo he experimentado, pero me doy cuenta de mi error, de ese egoísmo, de la frialdad que supone ese comportamiento y de lo lejos que estamos en esta vida y este mundo de que las cosas vayan mejor si ya nos tratamos así entre los que más cerca nos encontramos, y encima perteneciendo a la misma cultura. ¿Cómo nos vamos a entender así con los demás, con los que no tienen absolutamente nada que ver con nosotros?

Algunos dirán, ¿y para qué entendernos con ellos, qué necesidad hay? Hombre, pues igual porque, cuanto más ampliemos nuestras propias miras, más aprenderemos, ¿no? No puedo hacerme ni a la idea de cuánto me podrían aportar las millonadas de personas a las que nunca conoceré. Y no voy a entrar en el debate de los medios de comunicación y las redes sociales, eso va aparte. Además, el ciudadano de a pie no aparece en una posición relevante en ellos si no se trata de algún tipo de escándalo, y para eso, apaga y vámonos.

Todo esto no significa que si se me pone delante un dictador/opresor/asesino/violador/etc le voy a poner buena cara, lógicamente, aquí ya es cuestión de distinguir con un criterio coherente entre unas circunstancias y otras. Pero vamos, el caso es que, por muchos y crecientes medios y formas de comunicación que vayan surgiendo, la comunicación como tal se puede dar por bastante muerta. Como mucho, en coma, y si me forzáis, en pleno parkinsonismo.

Branding low-cost para tiempos lo-cos

Así se llama uno de los cursos, llamados updates, que ha ofrecido durante las últimas semanas el ESIC, una escuela de negocios y centro universitario situado en Pozuelo de Alarcón (Madrid). Tuve el placer de participar en el susodicho, impartido la mañana del sábado 19, y me gustaría compartir mi experiencia con vosotros.

Antes de nada, he de aclarar que no tengo absolutamente nada que ver con el marketing, es decir, no tengo ni idea sobre él (quizá alguna pequeña base de alguna asignatura cursada pero una nimiedad frente a lo que se enseñará en el ESIC), pero, como me invitaron vía e-mail a unirme, qué menos que probar, y ahora contaros qué tal fue.

Me dieron a elegir entre los 5 cursos que se iban a dar de tres horas cada uno y me decanté por este, principalmente por cuestiones de horarios, y no quedé decepcionada. Al principio, andaba algo perdida entre llegar a Pozuelo por mis propios medios, pasar un calor horroroso por el camino y entrar a una sala para descubrir que éramos siete personas (en vez de las docenas que yo me había imaginado repartidas en un gran auditorio), pero a los pocos minutos le cogí un creciente interés al asunto.

La persona que impartía el update, Fernando Carranza, me pareció un hombre muy agradable y cuya explicación fue excelente, además de que se preocupó porque en todo momento estuviéramos la totalidad de los oyentes bien enterados del tema. La pregunta que daba lugar a la trama principal del curso era: “¿se puede hacer branding en épocas de crisis?” (la respuesta es sí). Nuestro complaciente profesional nos habló de:

  • La situación actual, en la que hay menos presupuestos de marketing, una mayor fragmentación en la televisión, una subida de los costes publicitarios y diferenciados costes según la comunicación directa con el público (a través del teléfono, del mailing, de SMS o del e-mailing)
  • Lo que cambia, introduciendo esta parte con la brutal pregunta: “¿qué hacíamos antes de Google?”, y centrándose en su alta velocidad y en los nuevos consumidores que se añaden a los existentes (tenemos a la familia, la madre soltera, el soltero de oro, los jubilados a edad temprana, los niños, los jóvenes, la mujer independiente y con poder económico, la pareja homosexual y la mujer mayor), junto con el transformado desarrollo del branding en las redes sociales.
  • Lo que no cambia, es decir, la saturación de marcas de todo tipo sobre cualquier producto y la batalla por la mente.
  • Casos reales, en los que se había llevado a cabo branding low-cost con mucho éxito, como la campaña Yes we can de Obama, gozando de un inmenso protagonismo las redes sociales, como es natural en estos tiempo.
  • Elementos conceptuales para el posicionamiento de lo que se quiere lanzar, como el 8F (los ocho factores, herramientas para el branding: logo, packaging, eslogan, música, color, forma, olor y nombre) y el AIDA (Awareness, Interest, Desire, Action), procedimiento de la mente humana para tomar decisiones desde un inicio de total desconocimiento.
  • Y más en torno a la percepción del producto o servicio, la marca, el target, el ego, los recursos (sobre todo, online), etc.

Además, a mitad del update, realizamos un curioso ejercicio que consistía en crear un código de comunicación solo con números y sonidos para ayudar a un compañero de nuestro equipo, siendo dos los que competíamos, a encontrar una llave llevando los ojos vendados y “liberarnos”.

Las conclusiones fueron aplastantes porque, digamos que más o menos se logró el objetivo, pero nos dimos cuenta, en el posterior proceso de análisis, de los problemas que habían surgido: una mala comunicación en general, potenciada por la falta de códigos, de análisis y de previsión.

Cabe destacar aquí que este carácter de improvisación y excesivamente confiado es muy propio de los latinos, mientras que los anglosajones se caracterizan fundamentalmente por su gran dedicación a la planificación.

A modo de conclusión, solo puedo decir que resultó un rato la mar de entretenido, formativo y dinámico que agradó enormemente a todos los paticipantes, tanto a los que sí sabían de marketing como los que no (que creo que solo era yo). El update Branding low-cost para tiempos lo-cos no habría decepcionado a nadie, y seguro que ninguno de los otros cursos tampoco, pues los encabezan verdaderos profesionales del mundo del marketing.

Así pues, espero haber conseguido que os intrigara un mínimo este tema y agradecimientos desde aquí a las personas que organizan tales eventos y extienden su ofrecimiento por las redes.

¡Que disfrutéis del domingo y empecéis la semana con ganas!

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