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Relaciones: de la etapa de la iluminación a la del conocimiento

Cuando empiezas una relación amorosa/con feeling, o incluso, en ocasiones, de amistad, albergas unas ganas permanentes de beberte a la otra persona. De estar todo el tiempo con ella, de exprimirla todo lo posible, de consumir las horas haciendo lo que sea, pero con ella. Es como una droga de la que tienes mono constantemente.

¿En qué momento exactamente te vas acostumbrando al estado que sigue a esta inicial excitación? Ese que consiste en volverse una persona normal. Amigo o enamorado, pero normal, confiado. Desaparecen las ansias de aparentar, de intentar asombrar, sale la bestia que llevas dentro y muestras tu verdadero ser. Dicen que ahí se enfría el amor. Me parece muy relativo. Debe de ser agotador mantenerse mucho tiempo en un plan adictivo hacia el otro. Y, efectivamente, seguro que para muchos, por experiencia, lo acaba siendo, ya que se vuelve tan obsesivo que termina resultando nocivo y completamente autodestructivo (una de mis palabras favoritas).

Pues, a veces, las necesidades se trasladan a otros campos. Como esos domingos “improductivos”. ¿Por qué? ¿Porque no has hecho ni el huevo? Pues mira, igual lo que mejor sienta en este momento y de aquí a los siguientes 40 minutos (por ejemplo) se limita a mirar embobado esos árboles que tienes delante. Ese jardín que ves una vez cada dos o tres meses, con sus tonos verdes y amarillos, aquellas florecillas que despuntan con la primavera, y el ciruelo en medio de este panorama natural, con sus hojillas violáceas por fuera y rojizas por dentro, que se balancean con el viento produciendo un intenso mar de colores brillantes.

Hasta que llega tu verdadero yo y te dice: ya es hora de ponerse a hacer algo útil. ¡Como merendar! Sé que a mucha gente le da lo mismo pero yo soy una de esas personas que disfruta comiendo. No me hace falta disponer de un caviar en mis manos cuando cualquier alimento supera su sabor y con creces (opinión personal, claro, a mí no me gusta el caviar). Tampoco creo que compense gastarse una pasta en comida, aunque hay cosas en las que sí que se distingue, y se agradece, la calidad.

Volviendo al tema por el que empecé… Eso, la etapa del “enfriamiento”. Primero viene la de la “iluminación”, donde todo es luz, color, belleza, pájaros piando y lunas llenas y enormes. Luego viene la del “conocimiento”, que lleva a menudo intrínseco dicho enfriamiento. Ignoro si será un concepto muy actual. Quizá sí, porque con la modernización de la sociedad, la independencia de la mujer y el fomento del “quererse a sí mismo” y procurar alcanzar los mejores niveles posibles en todos los ámbitos vitales, nos volvemos más exigentes, selectivos. Aunque quizá no tanto, vistos los índices de divorcios. O tal vez sí, pero nos dejamos llevar, y luego nos encontramos con lo inevitable.

¿Entonces qué? Pues nada, solo un pequeño paseo en torno a esas decepciones, mayormente ficticias, esa etapa bella y complicada del conocimiento, tras la apasionada y frenética etapa de la iluminación, cada una con sus ventajas y sus inconvenientes. Puede que disminuyan los mensajitos al móvil y los detallitos, flores y bombones (que en muchísimos casos no es así), pero no hay nada como conocer a una persona tal y como es, cosa que no te brindan los primeros maravillosos tres meses, sino el transcurso de los posteriores, cuyo destino ya queda en manos de los participantes.

El maravilloso arte de conocer a las personas

Debería acostarme de una puñetera vez pero no puedo evitar un remolino brutal de sensaciones recorriendo mi cabeza ahora mismo. Y es porque estoy pensando en las críticas. Las constructivas y las destructivas. Y pienso en la gente que las escucha o no, y que puede elegir (aunque parte de ella no se da cuenta o no lo quiere ver) entre aprender de algo o tacharlo por imposible, ya que la primera impresión no es buena.

Cuando no te encuentras predispuesto a aprender de lo que te aconsejan, que será tanto sobre lo que haces bien como lo que haces mal, es que no has alcanzado la madurez suficiente como para siquiera escuchar y empezar a cumplir con la definición de adulto, que para nada tiene que ver con el aburrimiento, la monotonía o la sobriedad.

En muchísimas ocasiones en la vida te dirán lo que deberías hacer, y a nadie nos gusta. Bueno, hay personas que sí necesitan más que les den un empujoncillo hacia un camino u otro, pero en general incluso saltamos cuando alguien pretende dirigir el gobierno de nuestras actitudes y formas de pensar. Y no hay por qué. Por muy mal que te siente, siempre es bueno pararse aunque solo sea un segundo a considerarlo, por muy disparatado que suene, por muy prejuzgada que tengamos a esa persona, por muy convencidos que estemos de todo lo que hay en nuestra mente, dentro de nuestro ilimitado egocentrismo.

Entonces, en ocasiones, te sales del “yo”, del “ego-yo”, y exploras la mezcla de confusión e intento de organización de pensamientos enfrentados que se sucede en el cerebro (porque nos cuesta dar la razón), y ves que, por encima de toda esa superficialidad victimista y amor propio, todas y cada una de las personas que te rodean están ahí para enseñarte algo. Algo o muchas cosas, pero principalmente para enseñarte todo lo que TÚ les permitas.

Y descubrir eso provoca un alivio increíble, una alegría interior extraordinaria, una vertiginosa sensación de estar flotando entre verdades absolutas (y mira que me convence mucho más la relatividad que lo categórico) y, acompañada de un chute de impulsos nerviosos actuando a toda velocidad, una renovada confianza hacia el (decrépito) ser humano.

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