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Lecciones de escritor a escritor (II)

escribirContinuamos con la segunda división que establecí, allá por octubre, de reflexiones y consejos recibidos por el protagonista de la novela La verdad sobre el caso de Harry Quebert, de Joël Dicker. Podéis ver la primera tanda de consejos aquí, y aprovecho para volver a recomendaros este fantástico libro, cuya crítica personal tenéis en este otro post. Procedemos pues, aún tras estos meses que me han mantenido alejada de esta secuencia literaria pero que no he olvidado gracias a mi querido escritorio de ordenador, en el que cada icono presente es una tarea pendiente, y no son pocos…

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“Marcus, ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?

– No.

– Perdiendo a esa persona.”

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“Harry, ¿hay algún orden en todo esto que me está contando?

– Claro que sí…

– ¿Cuál?

– Cierto. Ahora que me lo pregunta, quizás no lo haya.

– ¡Pero, Harry! ¡Esto es importante! ¡No lo conseguiré si no me ayuda!

– Bueno, mi orden no importa. Es el suyo el que cuenta al final. […] La victoria está en usted, Marcus. Basta con querer dejarla salir.”

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“Los escritores que se pasan la noche escribiendo, enfermos de cafeína y fumando tabaco de liar, son un mito, Marcus. Debe ser disciplinado, exactamente igual que en los entrenamientos de boxeo. Hay horarios que respetar, ejercicios que repetir. Conservar el ritmo, ser tenaz y respetar un orden impecable en sus asuntos: ésos son los tres cancerberos que le protegerán del peor enemigo de los escritores.

– ¿Quién es ese enemigo?

– El plazo. ¿Sabe lo que implica un plazo?

– No.

– Quiere decir que su cerebro, en esencia caprichoso, debe producir en un lapso de tiempo fijado por otro. Exactamente como si fuese un recadero y su jefe le exigiese estar en tal sitio a tal hora precisa: debe arreglárselas para estar, y poco importa que haya mucho tráfico o se le pinche una rueda. No puede llegar tarde, porque si no, está usted acabado. Pasará lo mismo con los plazos que le imponga su editor. Su editor es a la vez su mujer y su jefe: sin él no es nada, pero no podrá evitar odiarlo. Sobre todo, respete los plazos, Marcus. Pero si puede permitirse el lujo, sálteselos. Es mucho más divertido.”

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“En esta sociedad, Marcus, los hombres a los que más admiramos son los que ponen en pie rascacielos, puentes e imperios. Pero en realidad, los más nobles y admirables son aquellos capaces de poner en pie el amor. Porque es la mayor y la más difícil de las empresas”.

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“Debe usted preparar sus textos como quien prepara un combate de boxeo, Marcus. Los días precedentes a la velada conviene entrenarse a un setenta por ciento del máximo, para dejar hervir y crecer dentro de uno mismo esa rabia que debe explotar la noche del combate.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Que cuando tenga una idea, en lugar de convertirla inmediatamente en uno de esos ilegibles cuentos que publica en la revista que dirige, debe guardarla en lo más profundo de sí mismo y dejarla madurar. Debe impedir que salga, debe dejarla crecer en su interior hasta que sienta que ha llegado el momento. […]

– Entonces, Harry… Convertir las ideas…

– … en iluminaciones.”

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“Harry, ¿cuánto tiempo se necesita para escribir un libro?

– Depende.

– ¿Depende de qué?

– De todo.”

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“¿Cuál es su opinión?

– No está mal. Pero creo que les da demasiada importancia a las palabras.

– ¿Las palabras? Pero, cuando se escribe, son importantes, ¿no?

– Sí y no. El sentido de la palabra es más importante que la palabra en sí.

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno, una palabra es una palabra y las palabras son de todos. Basta con abrir un diccionario y elegir una. Es en ese momento cuando se vuelve interesante: ¿será usted capaz de dar a esa palabra un sentido particular?

– ¿Cómo cuál?

– Coja usted una palabra y repítala en uno de sus libros, por todas partes. Cojamos una palabra al azar: gaviota. La gente empezará a decir cuando hable de usted: “Ya sabes, Goldman, el tipo que habla de gaviotas”. Y después, llegará un momento en que, al ver gaviotas, la gente empezará a pensar en usted. Se fijarán en esos estridentes pájaros y se dirán: “Me pregunto qué es lo que Goldman ha podido ver en ellos”. Y después empezarán a asimilar gaviotas y Goldman. Y cada vez que vean gaviotas, pensarán en su libro y en toda su obra. Ya no verán esos pájaros de la misma forma. Sólo en ese instante estará usted escribiendo algo. Las palabras son de todos, hasta que uno demuestra que es capaz de apropiarse de ellas. Eso es lo que define a un escritor. Y ya verá, Marcus, algunos querrán hacerle creer que un libro tiene relación con las palabras, pero es falso. Se trata de una relación con la gente.”

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“Ya ve usted, Marcus, nuestra sociedad ha sido concebida de tal forma que hay que elegir continuamente entre razón y pasión. La razón nunca ha servido de nada y la pasión a menudo es destructiva. Así que me va a costar ayudarle.

– ¿Por qué me dice eso, Harry?

– Porque sí. La vida es una estafa.

– ¿Se va a terminar las patatas fritas?

– No. Cójalas si le apetece.

– Gracias, Harry.

– ¿De verdad le interesa lo que le estoy contando?

– Sí, mucho. Le estoy escuchando atentamente. La vida es una estafa.

– Dios mío, Marcus, no ha entendido usted nada. A veces tengo la impresión de estar hablando con un estúpido.”

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“El peligro de los libros, mi querido Marcus, es que a veces se puede perder el control. Publicar significa que lo que ha escrito usted en compañía de la soledad se escapa de pronto de sus manos y desaparece entre la gente. Es un momento muy peligroso: debe usted conservar el control de la situación en todo momento. Perder el control de su propio libro es catastrófico.”

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“Aprenda a amar sus derrotas, Marcus, pues son las que le construirán. Son sus derrotas las que darán sabor a sus victorias”.

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Tercera parte pronto (o eso espero esta vez).

Repaso de los principales errores de los emprendedores

Esta semana tuve el placer de asistir en el Palacio de Deportes de Madrid a una serie de conferencias, debates y presentaciones que se dieron con motivo del evento para emprendedores y PYMES Salón MiEmpresa, cuyos contenidos me han parecido muy interesantes y tanto motivadores como concienciadores.

errorMe gustaría publicar algunos posts que muestren varios de los consejos, ventajas, problemas y demás cuestiones expuestos por diferentes ponentes a los que pude escuchar y este, el primero de ellos, he decidido dedicarlo a una serie de errores típicos cometidos por los emprendedores y contados por Carlos Blanco, socio fundador de IT Net y fundador de Akamon Entertainment. Aquí os los pongo, sin dejar de recordaros previamente a su lectura que las palabras de los conferenciantes a menudo tienen tintes subjetivos, por lo que no hay que tomarse todo comentario como regla absoluta. Ahí van esos errores típicos de los emprendedores según Carlos Blanco:

  • Elegir como socio a parejas o compañeros universitarios de la misma carrera: cuanto más distintos a ti sea el resto de integrantes de tu equipo, mayor cantidad de aportaciones diferentes habrá, aparte de los conflictos que pueden surgir en caso de separación o enemistad.
  • Repartir las acciones, el porcentaje de ganancias, a partes iguales: tanto cuando va muy bien como cuando va muy mal, te arrepientes. Hay que tener en cuenta el nivel de trabajo y de cualificación de cada persona.
  • Falta de valores claros previamente al lanzamiento del negocio.
  • No asumir que el riesgo forma parte de emprender.
  • Que no haya un líder claramente definido: siempre ha de haberlo. Queda muy mal visitar a un cliente y pretender que varias personas compartan el papel de portavoz, no queda serio.
  • Tener miedo = no tener perfil para emprender: si tienes miedo, mejor no emprender. Se puede recurrir a un coach profesional en caso de no conocer tus habilidades, virtudes y defectos.
  • El individualismo: normalmente las personas que quieren ser y hacer todo acaban fracasando.
  • La dedicación a medias: si no se está dispuesto a dejar un trabajo cuando no se tienen hijos ni una hipoteca que pagar, no funcionará. Hay que tener clara la plena dedicación que se necesita.
  • Pensar que las ideas ya son algo: las ideas no sirven para nada porque muchos han estado antes de los que han triunfado pero han triunfado los que lo han hecho bien, los que lo han ejecutado.
  • La falta de ambición: los españoles a menudo somos menos ambiciosos que otras nacionalidades.
  • El impacto personal: el emprendedor a menudo no sabe compaginar bien a la pareja y el trabajo. Hay tres opciones: convencer a tu pareja, dejar de emprender o dejar a tu pareja.
  • Idea = enemigo: uno debe de tener en cuenta el sector en el que está junto con la situación del mismo a la hora de formular ideas.
  • La búsqueda imperiosa de capital por encima de la de clientes: hay negocios viables pero no invertibles, es decir, que pueden funcionar pero no van a crecer exponencialmente, y esto no le gusta a los inversores, cuyo objetivo siempre es ganar dinero.
  • No tener indicadores de negocio: tema matemático.
  • No conocer el mercado: hay muchos medios que se pueden usar para investigar (Google, etc.), y también hay que triunfar primero en tu mercado y ver dónde puede funcionar antes de ir a otros.
  • La falta de gente buena en cuestiones de marketing y de ventas: fundamental contar con profesionales en nuestro equipo de estos campos a la hora de hacer el plan de marketing y de ventas.
  • El gasto excesivo en los inicios: te das cuenta tarde de que has invertido mal y cuando toca sacar el producto al mercado ya no queda dinero. La ejecución es lo más importante.
  • El no vender: la gente se arrepiente en un 99% de no haber vendido su compañía porque nunca le ofrecerían tanto por ella. Se recomienda vender.
  • El tema de la autoestima: el lanzamiento de la empresa suele coincidir con momentos felices (bodas, nacimientos de hijos…) o sustitutos del amor, por lo que la autoestima es muy importante para tener éxito. Mucha gente emprende en el mal momento y se genera energía negativa, desembocando en el fracaso.

Confesiones de un alma vagante por Londres

Cada vez escribo menos, ¿verdad? No tengo muy claro el porqué. Analicemos un poco, ya que nos hemos levantado con ganas.

Este año, he pasado por unos meses de estancamiento mental absoluto. Desatascarme fue un placer indescriptible. Pero muchos amigos y compañeros siguen así. El pasado jueves me reuní con unos cuantos colegas y me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros estamos en un limbo laboral del que no sabemos muy bien cómo salir. Todos. Sin saber qué hacer, por dónde tirar, sin distinguir bien las posibilidades que tenemos, ni si las tenemos.

Y no sé si es por la época, la crisis, la insatisfacción creciente en las mentes jóvenes que ansían dedicarse a algo que les apasione. La visión de un mundo en el que se trabaja para conseguir dinero y disfrutarlo fuera del ámbito laboral desaparece. Queremos apasionarnos, sentir, amar nuestro trabajo. Queremos despertarnos motivados hacia la actividad que vamos a desempeñar. O, en muchos casos, queremos levantarnos con alguna actividad que hacer al menos, para posteriormente ir buscando el camino hacia aquello que realmente queremos, aunque no sepamos aún siquiera lo que es.

Sí, este estado mental puede ser el primer motivo de mis bandazos blogueros.

tate britain

Foto de Víctor González Amarillo. Tate Britain. Así estaba mi cabeza más o menos.

Otra razón es… ¿Se acabará la inspiración? ¿Alcanzará la pereza un nivel tal que cualquier idea se vuelva vacía, no lo suficientemente digna de comentarse, de publicarse? No lo tengo claro, pero es posible. Lo que sé es que siento que me repito. Doy vueltas y vueltas en torno a neuras mentales que no sé cuántas veces habré mencionado ya, aunque por otra parte nunca siento que sea suficiente porque tampoco es que asumamos la lógica como se merece en nuestras vidas. De hacerlo, nos iría mejor. Y esto se mezcla con la falta de conocimientos. ¡Hay tanta gente más especializada y detallada que yo al contar las cosas! Tengo tropecientas fotos. Tropecientas. Y un alto porcentaje de ellas son de cosas que no sé explicar bien ahora lo que son. Entonces pienso: ¿para qué?

Luego… Llamémosle la falta de experimentación cuando lo nuevo se ha hecho viejo. Necesitamos (yo al menos) vivir experiencias nuevas, conocer gente nueva, probar cosas nuevas para adoptar impresiones y lanzarlas hacia el exterior. Sin embargo, hasta socialmente me he estancado. Mismos planes, misma gente, mismas costumbres. Me pregunto si en alguna ciudad de este mundo pensaré un día: “ahora sí puedo quedarme aquí”. Estoy convencida de que no se trata del espacio en sí, sino de uno mismo. No obstante, la maravillosa capital británica me ha acabado saturando. No tengo nada en contra de la gente, no he profundizado lo bastante con la mayoría de ellos mientras que mis amigos ya se encargan de mantener mi nivel social en modo satisfactorio, pero la velocidad del paso del tiempo y la cotidianeidad me consumen. Y la superficialidad. Y el día a día inconcluso, sin objetivo aparente.

Me gusta la espontaneidad pero si ahora mismo pudiera tener claros los planes para toda la semana que empieza, señores, eso me haría feliz. ¿Tan difícil es comprometerse hoy en día a decir “sí, nos vemos este día y a esta hora” sin tener que esperar hasta el último momento? Me toca los huevos, así de claro. Porque cuando se tiene interés, se puede. Porque si no se tiene, no es mi problema. Porque todo el mundo está tan puñeteramente ocupado que recaen en la comodidad de permitirse hacer esperar a los demás. Y esto hace resentirse a las relaciones y vuelve a la gente loca, porque la fidelidad amistosa y amorosa se desvanecen entre molestas posibilidades que suplantan a las más que agradecidas probabilidades. Ojo, esto no va por nadie en concreto, que hay que andarse con pies de plomo escribiendo. Todo el mundo es así aquí, por lo que no hay más opción que la de adaptarse.

abeja flor

Foto de David Vidal Sans

Por último, traducir al inglés es un coñazo. Empecé de buena fe y me encanta ver el resultado final (con sus múltiples fallos probablemente pero dejándose entender universalmente, que es la idea), pero depender de ello a veces te hace descartar la labor. Porque escribir, mis queridos lectores, no es cosa de “me pongo y en media hora lo tengo”. Nanai. Es redactar, leer, re-redactar, releer, corregir, estructurar, organizar, adornar. Un sinfín para el que hay que levantarse con muchas ganas, básicamente, como parece que hoy ha ocurrido. Aunque ya me pensaré si traducirlo más tarde.

En fin, creo que es suficiente. Para no resultar demasiado negativa (que no lo soy, ojo, simplemente adoro el realismo puro y duro), he de reconocer, y me apetece hablar de ello, que este año y medio en Londres ha sido fantástico en todos los sentidos. Una vivencia totalmente recomendable. Pero, por favor, venid con unos ahorros y un plan, sobre todo con unos ahorros, que me he cruzado con cada conversación en el grupo de Facebook “Españoles en Londres” para salir corriendo. A cuchillo es poco. Pero claro, la tontería se paga cara. Me explico: individuos que solicitan desesperadamente un hueco donde caerse muerto por falta de pasta mientras se espera la respuesta de un trabajo. Y fotos en su Facebook de fiesta. O personajes que preguntan si pueden recibir benefits del gobierno durante las dos o tres primeras semanas para disfrutarlas y hacer turismo antes de ponerse a buscar trabajo. Pues claro, la peña curranta se enciende contra los susodichos y no veáis la que se monta en unos minutos.

También hay que venir con una mentalidad abierta. Si os acojonáis o agobiáis fácilmente ante las adversidades de la vida, quedaos en casita. Salir del cascarón compensa pero todo el mundo lo pasa mal en algún momento y hay que verlo como una forma de superación, de ponerse a prueba, no en modo “pobrecito de mí, que me pasa todo”. Aprovechad y documentaos en profundidad antes de poner los pies aquí, que para eso muchos ya lo hemos vivido y os podemos aportar consejos la mar de útiles que os evitarán unos cuantos dolores de cabeza. Aquí mismo podéis preguntarme lo que os plazca, sin miedo.

Españoles en Londres

De cualquier manera, mi etapa británica está llegando a su fin. Días raros estos, víspera de mi marcha. Los detalles de ella vendrán más adelante, ahora no viene al caso. Me voy tras una temporada tan alucinante como sufrida. Más lo primero que lo segundo, todo hay que decirlo, no llevo bien hacerme la víctima públicamente. Me voy con la cabeza bien alta porque necesito sentir que progreso, porque no aguanto el estancamiento y porque en esta ciudad no me corresponde seguir evolucionando. Me voy con muchos amigos, mogollón de personitas que me llevo en el corazón (y en el Facebook, bendito sea con sus ventajas y sus inconvenientes). Tesoros que voy dejando en cada ciudad en la que paso un tiempo. Jerez, Madrid, Londres… No acabo de decidir si es bueno o malo. No tengo por qué decidirlo, por suerte. Es lo que es.

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