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Posts Tagged ‘consumismo’

¿Un día cualquiera? El poder de las marcas

Hace poco me dio por preguntarme acerca de la cantidad de marcas que nos rodean. Y luego sobre las que usamos. Y, finalmente, la cantidad de ellas que nos pueden acompañar durante un solo día. Y vaya tela… Desde luego no voy a poner todas aquí pero estoy segura de que os imaginaréis en líneas generales la jornada que tuve simplemente paseando la mirada a lo largo de las imágenes siguientes.

Colacao Sureñametro MadridMusicamToshibaInternetHoliday GymDomino's Pizza fanta naranja

Y esto sin incluir las marcas de la ropa empleada, de cada alimento, de los electrodomésticos del hogar, de los aparatos electrónicos que manejamos a lo largo del día…

Todo son marcas. Productos, servicios, proyectos, ideas, metas, sueños.

Todo es marketing. Hasta las personas lo somos. Cada uno de nosotros nos vendemos a los demás de una manera determinada, consciente o, con mayor frecuencia, inconscientemente. Da para reflexionar sobre el sistema que hemos creado y cómo funcionamos, ¿no creéis?

Bueno, para terminar y en contraposición a lo recién afirmado, os regalo el amanecer, porque aún quedan cosas que no se pueden vender.

amanecer

“El dinero no da la felicidad pero yo prefiero llorar en un ferrari”

¡Muy buenas a todos! Qué dejada estoy últimamente con el blog. Supongo que me hallo en el periodo más primario de la adaptación a este país, de manera que lo más turístico y llamativo a primera vista, perteneciente a la etapa, llamémosla, “del encuentro” o “de introducción”, ya ha pasado, ¡pero aún queda muchísimo por hacer!

El título de este post (cita más vista que el tebeo) se debe, cómo no, a otro arrebato consumista más que añadir a la lista. De esto que una se acerca al supermercado Sainsbury’s más cercano a por Philadelphia y se encuentra de cabeza con la sección “DVD SPECIAL OFFERS”. Que si 8 o 7 libras por películas normalillas, tal y cual, ojeada furtiva ya perdiéndose hacia el objetivo principal (sección de quesos) cuando se cruza de sopetón con lo siguiente:

WHAT? ¿La trilogía de El Señor de los Anillos a 5 libras (6’2 euros)? ¡De cabeza!

Si no le hecho la foto con el plástico puesto es porque en cuanto atravesé las puertas del Sainsbury’s lo abrí (to ansiosa) para comprobar que estaban dentro las tres pelis. ¡Y efectivamente! Primera parte…

… ¡Segunda y tercera! Parecía una niña pequeña a la que le acabaran de dar un caramelo. Tal cara de felicidad…

Que sí, que me las podría haber descargado gratuitamente y punto pero mira, hay cosas que cuando te atrapan, lo hacen con ganas. Para haberme marchado del supermercado dándole vueltas mejor comprármelo, que no sé cuánto tiempo llevo ya pensando en bajarme pelis en versión original y hace siglos que nada. Mitad pereza, mitad… más pereza.

¡Hablando de consumismo! Hace un par de meses os hablé sobre las cadenas Poundland y 99p, ¿verdad? Pues el fin de semana pasado volvía para la residencia desde la parada de autobús en Lewisham cuando me encuentro con lo siguiente de sopetón.

Un Poundworld!!!! ¡Inimaginable otra cadena más (en la misma calle) de todo a una libra! Menos mal que estaba cerrada en aquel momento, que si no me habría metido a explorarla…

En fin, como conclusión, naturalmente reconozco la tremenda superficialidad de la frase que encabeza este post pero no puede tener más razón. Y no entraré a analizar/rajar sobre la dependencia económica en este mundo porque, aparte de que ya hablé de esto en otra publicación, tengo tres películas por ver :D.

Tres meses en Londres

Muy buenos y tempraneros días para la hora a la que me acosté. Hace bastante tiempo que perdí la capacidad de quedarme durmiendo hasta las tantas de la tarde después de trasnochar, lo cual resulta una auténtica pena ya que no por eso suelo aprovechar más estas horas en vela.

¡Pero hoy no es el caso, que llevaba más de una semana sin escribir! Pues eso, llevo tres meses en Londres. Hoy, tres meses y un día. Me vine un 12 de febrero (o el 11 incluso… Buena memoria, María) para Londres, esa ciudad tan llamativa, atractiva, conocida y respetada a nivel mundial, ¿verdad? Ya me imaginaba que sería bastante cosmopolita, pero este nivel se sale de lo normal. Nunca se sabe de qué vas a estar rodeado en el metro, por las calles, los locales. Escuchas acentos de todas las nacionalidades, reconoces a mogollón de españoles cada día que te asomas a las multitudes. En el metro de Madrid, probablemente te cruces con gente de toda España y bastante de fuera, pero en esta ciudad lo difícil es encontrarte con británicos.

Volviendo al tema que me trae hoy por aquí: ¿está valiendo la pena? Por supuesto. Durante mi primer mes y medio aquí, la verdad es que las cosas no fueron en absoluto fáciles. La gente te ayuda mucho, desde luego, desde los compañeros de trabajo hasta las propias personas a las que les consultas algo por la calle, pero nunca imaginé que tendría que mudarme dos veces en ese tiempo y pasar por tal desfase económico entre unas fianzas y otras, alquileres y la vida en general en esta ciudad, que se acopla totalmente a la definición de “muy cara”, aunque sigo pensando que esto es cuestión de ir explorando sitios. Todo ello sumado a un batiburrillo de movidas personales complicaron en gran medida mi adaptación a este país pero puedo asegurar firmemente que en ningún momento pensé en volverme, se quedó en que estaba teniendo una suerte de pena.

A pesar de llevar tres meses, al tener otros tantos por delante durante las prácticas que estoy haciendo, no me he afanado en hacer demasiado turismo, solo al recibir un par de visitas, pero realmente lo básico de Londres lo tengo más que visto. Ahora la idea es profundizar todo lo posible, investigar a fondo esta fantástica oferta cultural y de entretenimiento que cada día nos brinda la capital británica. Es decir, pasar de lo que vería un turista a lo que viviría un ciudadano local y de cotidianeidad ya establecida. ¡En Trafalgar Square mismo hay un concierto cada vez que paso por allí!

Tampoco estoy segura de ir mejorando muchísimo mi inglés. En gran medida, comparado con cómo vine, apuesto a que sí, pero me veo un pelín atascada. Sigo pensando que el aprendizaje es una cuestión de lo más autodidacta, al igual que toda cualidad o capacidad que se quiera potenciar en uno mismo al máximo, así que ahí voy, medio enganchada a Lost en versión original (a buenas horas; gracias, FBI, me quedaré en la primera temporada) con subtítulos, que si no no pillo ni jota; escribiendo dictados de esta maravillosa página web (vais a “Levels” y probáis en cuál no os desesperáis escuchando y redactando), con libros en inglés pendientes de coger (cuando acabe Leviatán de Paul Auster en español, que me está encantando) y ojeando la portada del periódico The Guardian todo lo posible, aunque ya solo con la mitad de los títulos me quedo descolocada, estupendo…

A su vez, esos autorrealizadores hábitos como son el cocinar comidas medianamente decentes (junto con apartarse del consumo de chocolate diario, maldita sea, qué abuso, no sé cómo quepo aún en mi ropa) y hacer algo de ejercicio también se hallan en proceso de adoptarse por completo. Vienen y van pero sé que muy pronto se quedarán. Sinceramente, se puede comer de manera sana perfectamente aquí si pones un mínimo de interés y esfuerzo en ello, aunque naturalmente la dieta mediterránea siempre será la mejor, al menos para mí. La dieta de mi madre, vamos.

¿Vida social? A saco, sin duda. Opino que es extremadamente fácil conocer a mucha gente de sopetón cuando llegas nuevo a un sitio, aunque a la vez creo que luego te vas definiendo, decantando más por unos que por otros, averiguando lo identificado que te sientes en unos círculos determinados… La mayoría de los cuales, como no podía ser de otra forma, son españoles. Muy mal, fatal, terrible, lo sé. Aún cuento con otros tantos (los menos) con los que hay que ponerse angloparlante, pero tengo que pulir este tema urgentemente. Probablemente una acertada opción sería compartir piso con extranjeros si me quedara en este país, mas para tener esto confirmado he de encontrar una ocupación estable tras las prácticas. Ya se verá, queda lejos aún.

España se echa de menos, sin duda. O más que España como tal, la familia y los amigos. El clima no me afecta mucho que digamos, aunque hemos tenido un mes largo de lluvia intermitente bastante pesado, pero la parte emocional es la que toca la fibra sensible, por muy independiente que me considere. Hace unas semanas me hice a mí misma el propósito de tratar de visitar Jerez al menos una vez cada dos meses (distíngase a la derecha mi querida luna llena de cuando estuve allí en Semana Santa). No me gustaba nada la idea de ver a mis padres 3 veces al año, la verdad. Sin embargo, los vuelos están carísimos. Valiente boquete económico está hecho esto. A Madrid también se intentará ir, por supuesto, lo considero mi segunda casa (ya llevo tres, a ver cuál es la siguiente tras Londres) pero bueno, como todo actualmente: “a ver qué pasa”.

Total, que animo a huir a todos los que aún no os hayáis atrevido, aunque sea temporalmente. Tenía pendiente irme al extranjero desde la carrera y si ha ocurrido este año es porque era el momento idóneo. Me mantengo activa, hago currículum, conozco gente y lugares nuevos y, en general, vivo una experiencia tan recomendada como útil para la retroalimentación vital. Eso sí, alucinante lo rápido se me está pasando, qué vértigo…

Y con esto y un bocata de lomo (me lo trajo mi última visita española :D, gracias!!!), me voy en breve a Hyde Park de picnic. ¿Quién dijo que los domingos son un asco? ¡Que paséis un buen día!

Primera adquisición británica

Tras dos meses y medio en Londres, tengo que confesar que no me había comprado nada… ¡hasta ahora! Absolutamente nada que no fuera de consumo inmediato, claro. Es decir, comida. Pero esto tuvo que cambiar hace poco en vistas de que mis zapatillas de deporte sucumbieron ante su cruel e inevitable destino tras haber permanecido conmigo fielmente durante unos años.

Maldita sea, qué rabia me da tener que tirar un zapato porque se le empiece a fastidiar una parte determinada, pequeña para el conjunto del calzado pero una gran jodienda para lo que viene a ser el propósito fundamental de dicho producto: caminar en condiciones.

Pues nada, he aquí que sin tenerlo ni pensado, antes de ayer ocupé parte de mi hora libre para el almuerzo en el curro en pasearme por el shopping centre de Lewisham y, de repente, mi mirada perdida se encontró de pleno con un Foot Locker por una esquina y un cartel en otra tienda próxima donde citaba “Trainers” con todas sus ganas.

Noté en mi interior la llamada del consumismo, del monazo de ojear un poco a ver lo que podía considerar pillarme (tal vez también resonara por algún sitio en mi cabeza la voz de mi madre diciéndome que me comprara unas zapas de una puñetera vez, todo hay que decirlo). Cabe destacar que no soy una persona gastosa ni experimento esa pasión femenina natural por ir de compras. Ese tipo de temas me dan una pereza brutal, y ya ir a la peluquería ni os cuento, pero esto es otra historia.

Total, que tras una vuelta por el Foot Locker que me sobró para salir por donde mismo había entrado más dos vueltas por el “Trainers” me hicieron decantarme por un único par en esta tienda. De hecho, a medida que observaba las estanterías unos minutos antes pensaba: ¿para qué me voy a comprar unos deportes si nada más que los uso para caminar? Ni mijita de correr. Pegaba encontrar algo informal pero que pudiera también llevar puesto felizmente cualquier día. Hala, en la foto tenéis mi elección.

¡¡Tan monos!! En mi vida anterior, cuando llevaba pantalones anchos y sudaderas hippies (y no veía el momento de tener que renovar todo mi vestuario para que me dejaran entrar primero, en las discotecas madrileñas, y luego, en una oficina londinense), solía pillármelos bastante más anchos pero estas All Star me han llegado. Tampoco había mucho donde elegir para mi gusto.

¡La tentación despertó! Sin embargo, ya saciada, le vuelve a tocar dormir durante otras tantas semanas (tirando a meses, teniendo en cuenta mi vagancia)… O quizás simplemente hasta que me adentre con mayor profundidad en las tenebrosas posibilidades de Camden Town, Oxford Street y demás boquetes económicos paralelos. En fin, lo dicho, conociéndome…

¡Pero de estas zapas me he enamorado por completo!

Londres = consumismo

Es alucinante el ritmo que se coge aquí de gastos. Im-pre-sio-nan-te. Una mañana cualquiera, estaba yendo para el trabajo cuando me encontré con las siguientes imágenes, una detrás de la otra y en paradas de autobús extremadamente cercanas, incluso dos de los carteles se encontraban pegados el uno contra el otro, digamos por la espalda, en los dos típicos paneles publicitarios de una misma parada.

Pero qué asco, ¿no? ¿Dónde está la comida sana? ¿No podrían haber alternado con alguna ensaladita de por medio? ¡Para qué! Alguna lechuguilla ya se han dignado a añadirles. Pues mira, con la tontería llevo más de un mes consumiendo una cantidad de basura… Vale, también se trata de la más pura y dura pereza que me acompaña innatamente hacia el mundo de la cocina con independencia de las circunstancias por las que he pasado en cuanto al tema de la vivienda desde el 13 de febrero (mudanzas, tardar casi una hora ida y otra vuelta desde la oficina, etc) pero vamos, dejando a un lado mi mal ejemplo gastronómico, me parece igualmente una escena como para reflexionar. Tal y como os lo cuento: en menos de diez metros, toda esta explosión visual de color, precios, mayúsculas, formas, logos, enunciados y, en general, un hostión de seducción alimenticia y morbo económico en tus narices.

Ahora bien, vamos a pasar a mis establecimientos preferidos. ¡Esos Pounland (la tierra de la libra, nombre al estilo épico de lo más apropiado desde mi punto de vista) y esos 99p (99 peniques, aquí no hay ni que complicarse)! Tómenselo al pie de la letra: mogollón, pero mogollón de productos que se venden a una libra y a 99 peniques. Desde elementos de aseo (mismas marcas en muchos casos que en el Hipercor, oigan) hasta enormes paquetes de patatas, pasando por utensilios de cocina, productos de limpieza, libros, películas, chocolatinas y así hasta enloquecer.

¡Tres kitkats por 99 peniques! Así no se puede hacer dieta, hombre…

No obstante, para no mostrar exclusivamente la cara más calórica del asunto, tampoco puedo dejar de mostraros ese otro universo maravilloso basado en los mercadillos, bien surtidos también de tropecientos millones de baratas tentaciones (productos de belleza, flores, pescado, carne, ropa, etc), entre las cuales destacan los atractivos bowls de frutas de todos los colores y tamaños, para todos los gustos y a una libra el recipiente. Eso sí, mejor darles un lavadito bueno en casa, que la gente va manoseando por doquier.

¡Mirad qué buena pinta!

Así va la cosa por estos lares. Lo que no me acaba de entrar en la cabeza es que tenga que cargar con tantísimas monedas de uno y dos peniques que me van a reventar la cartera, porque no es normal la cantidad que se va reuniendo mientras aprendes a distinguirlas y el espacio que ocupan. Que alguien me explique la necesidad que había de fabricar una moneda de dos míseros peniques con un tamaño mayor a la de una libra.

¡En fin! Ahí queda eso. ¡Que disfrutéis del pre-finde, ya no queda nada!

Diferencia entre el frigorífico de mi madre y el mío

Estas navidades, un día como otro cualquiera, eché un vistazo al contenido del frigorífico de mi hogar natal (Jerez de la Frontera, por las dudas). Se trata de una actuación exageradamente extendida, ¿verdad? Ir a contemplar las bellezas alimenticias de vez en cuando, aunque no se escoja nada. También es muy típico volver a la hora (o, incluso, a los cinco minutos) para repetir exactamente la misma acción.

Me lo encontré en su estado natural: pletórico, repletísimo, hasta los topes. Dura poco con escasez de productos, mi madre lo pone a punto cada semana. Pues resulta que lo vi tan completo y hermoso que me dio por fotografiarlo, pensando que cualquier día surgiría la oportunidad de postrarlo por el blog. Y voilá! Ese día ha llegado, aquí lo tenéis. No obstante, el objetivo final de este post, más que en la ilustración, se basa en la comparación, así que le he pegado al lado mi querida nevera londinense.

He de justificar tal pobreza nutritiva (aunque no se puede decir que no coma fruta) debido a mi situación actual con respecto a la vivienda: esta residencia cierra a finales de marzo. Problemas legales como, por ejemplo, no pagar la licencia residencial. Por cortesía del dueño del edificio.

Hombre, por supuesto que reconozco mi brutal pereza hacia cocinar, pero tampoco me voy a estar comprando comida para tener que cargarla dentro de dos semanas junto con aquellos 31 kilos de los que ya os hablé. Prometo que me pondré con este tema en cuanto me establezca definitivamente en la otra residencia que ya tengo reservada, la cual se encuentra, dicho sea de paso, a 15 minutos de mi trabajo andando, no a tres cuartos de hora en tren y en metro como ahora, y que me cuesta 197 libras menos al mes (230 y pico euros). Esto que me ahorro, además de pagarme la Oyster Card mensualmente.

Porque, si otra cosa más he aprendido en el último mes entre ingresos, fianzas y yo qué sé cuántos agobiantes pagos, es que en este mundo todo consiste en tener, ganar, ahorrar y gastar dinero. Entendedme, no es en absoluto lo más importante, pero sí lo fundamental para preservar cierta capacidad de movimiento, de actuación, de consecución de las necesidades primarias, secundarias y, en general, todas las que haya fuera de “encontrar a tu media naranja” (que también, porque la hallarás en un ámbito social hacia el que te habrá llevado el dinero!!!). Una dependencia total y absoluta por encima de la salud, el amor, la madurez, la autoestima, la justicia, la equidad y el sentido común.

Me sigo explicando: toda gestión se rige a través del dinero. Negocios, empleos, vivienda, alimentación, lujo, ocio. Sé que no digo nada nuevo pero realmente, al contemplar de cara todo este embrollo al que nos hemos acostumbrado hasta el punto de asimilarlo como algo normal, me surge una reflexión apabullante en torno a este sistema potenciado entre todos nosotros. Pero claro, ¿qué punto de partida, medios, ganas y necesidad hay de investigar otras vías fuera del capitalismo? Y dentro de este, ¿quiénes somos para intentar adaptarlo mejor a las necesidades de toda la población humana? ¿Cómo lograrlo? ¿Qué hacer exactamente?

Comemos dinero, nos vestimos con dinero, viajamos con dinero, nos comunicamos a distancia gracias al dinero, trabajamos con, por y para el dinero. Guerras y muertes arrastradas, manipulación, egoísmo, codicia, superficialidad, envidia, egocentrismo, complejo de superioridad, mil y un terribles canalizaciones criminales hacia la convivencia justa y en paz, equilibrada, equitativa. Finalmente, utópica. Qué difícil todo desde una sola mente. Cierto que la unión hace la fuerza, pero queda mucho camino por recorrer para llegar a la unión.

… Y todo esto empezó, sin comerlo ni beberlo (nunca mejor dicho), con el frigorífico de mi madre.

Nos vigilan

Estaba yo buscando inocentemente una película cualquiera por internet cuando, en el siguiente conocidísimo portal, se me aparece el banner, la publicidad, que veis en la imagen:

A ver, vale que lleve cerca de un mes poniendo en más de una decena de páginas de empleo las palabras “periodista Madrid”, incluido precisamente el portal trovit.es, pero… ¿qué tiene que ver con la comunidad de vagos.es? ¿De dónde ha salido, cómo, cuándo y por qué, esa conexión virtual? ¿Quién se ocupa de vigilar mis pasos a lo largo de la red para recordarme mi frustración laboral justo en mi tiempo y búsqueda de ocio?

Ya me ha dado en repetidas ocasiones la sensación de que todo está conectado en nuestros recorridos como navegantes, que cada paso que damos no nos pertenece solo a nosotros, sino que queda registrado de manera que esperan el momento adecuado para soltarnos en las narices los intereses que han chequeado a raíz de nuestros clicks.

No se le puede ni llamar manipulación, hay que inventar una nueva palabra capaz de abarcar esta persecución obsesiva del usuario, este análisis intimidatorio e indiscriminado, este aplastante ataque contra la privacidad humana. No obstante, ¿quién acaba siendo el responsable al fin y al cabo? Cada una de esas personas que brindan sus datos a alguna página. Cada persona que navega tranquilamente de una plataforma a otra dándole al ratón aquí y allá. Vamos, todo el que haya estado alguna vez delante de un aparato con acceso a la red.

Tus intereses, tus preferencias, tus búsquedas, tus datos, tus palabras… Absolutamente todo, a merced del ojo que todo lo ve. En esta moderna era, el consumismo ha de investigar otras formas de vender y captar clientes que se adecuen a las circunstancias y a las oportunidades. Ya sabemos todos que no vale emitir un mensaje publicitario a los cuatro vientos porque pasaremos del tema. Deben acogernos, convencernos, favorecer la conversación y ofrecer un valor añadido y garantías. Deben, básicamente, mimarnos mucho. Pero todo tiene un precio. Y es nuestra propia vida la que acaba saliendo a la venta.

¿Creéis todavía que tenéis el control de lo que buscáis, de la información que dais, siquiera de lo que hacéis en Internet? Iluso el que aún se lo plantee. El Gran Hermano continúa entre nosotros y goza de mayor poder que nunca.

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