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“La dama de las camelias”, de Alexandre Dumas, y el arte de comunicar

La dama de las camelias Alejandro DumasUna auténtica obra de arte, desde mi punto de vista de humilde lectora. Un libro corto que, cuanto más lees, más te incita a seguir leyendo. Una historia cuyo principio ya te cuenta el final pero prosigue de una manera tan intrigante que te olvidas del desenlace para esperar con ansia, página tras página, a que aparezcan las respuestas a tus preguntas, los motivos, las causas.

Una historia de amor. Empalagosa a más no poder en varios fragmentos, e incluso capítulos, e incluso en la totalidad de la novela. Pero de un empalague sublime, de una intensidad que te contagia la emoción, de un dolor que te traspasa el corazón.

Una reflexión en torno a la influencia de la sociedad y de sus prejuicios sobre las relaciones, en torno a la actitud de las personas en función del nivel económico y de la posición social que se ocupa (ellas y tú), y en torno al pesar de los sentimientos hacia el pasado, el cual en ocasiones supone tal tremenda carga que acaba afectando al presente y al futuro de forma irreparable.

Una trama deliciosa de digerir aún en su amargura. ¡Menudas últimas diez páginas! Una prueba más de que no hace falta escribir demasiadas palabras para expresar con fuerza lo que se quiere decir. Y una prueba más de que la capacidad de comunicar es un arte tan válido como la pintura o la escultura.

Terminar esta novela y el recuerdo de una conversación que mantuve hace un par de días con una compañera de profesión (o más bien de intento de profesión en que se ha convertido el periodismo) me han devuelto la confianza perdida en el sentido de mi carrera.

Esta chica y yo nos cuestionábamos lo asimilado durante la carrera de periodismo. Y solo cuando ella me preguntó directamente: “¿tú sientes que has aprendido algo que puedas aplicar?”, encontré la respuesta en mí misma mientras la razonaba y exteriorizaba, primero pareciendo querer hacernos sentir mejor, pero finalmente revelando (que no convenciendo) a ambas que había valido la pena.

Porque nacimos con la inquietud de escribir, con un latido de inspiración incorporado en el corazón, con un deseo irreprimible de aprender a escribir mejor que los demás, con la necesidad de plasmar lo que sentimos, pensamos, vemos y criticamos de manera que les sirva de algo a los demás, que les aporte lo que aprendemos, lo que pensamos que es lo correcto (lo sea o no), o aunque solo sea para compartirlo e iniciar un debate. Escribir es pensar, compartir, abrirse al mundo, pedir ser escuchado; querer emocionar, influir, afectar y hacer pensar. Es ser meticuloso con la forma y con el fondo, con las palabras, los párrafos, la gramática, la ortografía. Una falta de ortografía, una palabra mal escrita, una frase errónea puede descolocarnos. No solo la detectamos fácilmente, sino que molesta enormemente a la vista, cual moscardón posado en las narices. ¡Cuanto más sangran ojos y/u oídos ante ciertos sacrilegios literarios y/o verbales!

Dolor de alma

Dolor de alma

La voluntad de escribir y de expresarse correctamente se vuelve perfeccionista hasta el tormento en las almas auténticamente periodísticas. Y la de comunicar ya ni os cuento. El problema es que todo el mundo lo ve más fácil que una operación quirúrgica o la construcción de un edificio porque, mientras que estas actividades se reservan a médicos y arquitectos (con todo mi respeto hacia ambos campos, es solo un ejemplo), todo el mundo tiene la capacidad de escribir. Esto es, de coger un bolígrafo/teclado y plantar letras en un papel/una pantalla. Pocos se acuerdan, para nuestra consideración, de que eso no implica en absoluto contar con la capacidad de comunicar, que va muchísimo más allá.

El periodismo está destrozado de críticas. Estoy de acuerdo en que, en parte, se lo ha ganado, pero lo mismo ocurre en muchas otras carreras, las cuales van mutando igualmente a lo largo del tiempo y de los cambios de época sin que se adviertan, sin embargo, sus aspectos negativos al nivel de los del mundo periodístico. Observo con pesar que vapulearlo se ha convertido prácticamente en una moda, en un recurso conversacional, en una tendencia social, transformándolo en uno de los blancos profesionales más castigados y salpicando de desprecio a una pasión centenaria. La única diferencia con el resto de campos es que estos no han de pasar por esa exposición pública; sus negligencias, irregularidades y demás intríngulis se mantienen anónimos, a salvo de las críticas, cuando todo el mundo sabe que gente incompetente e indecente hay en todas partes y en todas las carreras. Pero esto se olvida en cuanto se ve, se lee o se escucha a tal persona en un medio de comunicación y se piensa automáticamente “estos periodistas…”.

críticasAh, otro tema candente es el de la “cultura”: todos los periodistas tienen que saber de todo, tienen que llevar la cultura general, y no tan general, en vena. Una tontería tan grande como que los médicos deban ser capaces de desenvolverse en todas las especialidades. ¿No se centran en una? ¿A alguien le cuadra un cardiólogo ejerciendo de podólogo o un dermatólogo de pediatra? Pues con nosotros, y con la inmensa mayoría de las carreras, ocurre igual: cada profesional se especializa en el tema que más le apasiona, lo demás se la trae al pairo. Hay tropecientos temas sobre los que escribir y aprender muchísimo como para estar al tanto de otros asuntos, por muy de actualidad que sean. ¿Por qué un periodista ha de saber de política o de economía si de lo que quiere comunicar es, por ejemplo, de nuevas tecnologías? ¿O de automoción? ¿De música? ¿De inteligencia emocional? ¿De bricolaje? A ver si se deja de exigirnos que sepamos de todo, que nos enteremos de todo, que nos interese todo, como si no tuviéramos nuestras propias preferencias, como todo el mundo.

Hoy, reafirmo las razones que me llevaron a estudiar periodismo. Hoy, defiendo mi profesión, aún sin saber si llegaré a ejercerla a través de un medio de comunicación o de cualquier manera remunerada, porque el periodismo nos necesita. Necesita a personas que lo traten como se merece, que amortigüe las puñaladas que recibe, que le recuerde que es un mundo de grandísimo valor, coraje y poder.

Y porque, al fin y al cabo, soy incapaz de imaginarme habiendo estudiado una carrera distinta.

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El fenómeno Justin Bieber; los jóvenes y las redes sociales

La noche y las redes sociales me han sorprendido con un par de vídeos realmente de impresión. Primero vi la respuesta y luego el desencadenante, el cual resulta que había recibido muchas más respuestas aparte de la que yo he visto, pero creo que será una buena muestra. Probablemente estas jóvenes consigan en poco tiempo ser de los vídeos más vistos, sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, Justin Bieber es el famoso más seguido actualmente en el mundo virtual, incluso por delante de Lady Gaga.

Os sitúo un poco y os coloco las declaraciones de las chicas por orden: primero, una Belieber (así se hacen llamar los fans del susodicho) expone toda su explícita y personalizada defensa del muchacho en cuestión (hacia el que no guardo ninguna opinión en absoluto más de lo que se ve), de una forma un tanto… en fin, me gusta la devoción adolescente hacia los ídolos, pero creo que la chiquilla va a sufrir bastante en sus carnes haber emitido tan abiertamente su opinión sin pensarlo un mínimo con anterioridad, sobre todo porque, a pesar de borrar el vídeo tras recibir, calculo, mil millones de durísimas críticas, su expresivo rostro continúa pululando por la red de Youtube a disposición de todo el mundo. Sin más dilación, escúchenla y deléitense ante la tan impetuosa como criminal valentía juvenil que se es capaz de desprender por unos momentos a ciertas edades y enfrente de una cámara:

Muy bien, ahora viene la fase analítica… esa que te deja alucinando, porque no se puede ni entrar en profundidad en un comportamiento como este. Para empezar, ¿qué tipo de educación habrá recibido esta muchacha? ¿Estarían los padres orgullosos de sus armoniosas palabras? Y luego, en un plano un poco más amplio y centrado en un debate muy de hoy en día… Queridos jóvenes, ¿seguro que estáis enterados de las terribles consecuencias que pueden cernirse sobre vosotros si hacéis un mal uso de las redes sociales? Parece que no. Me da que ya quisiera esta chica haber nacido veinte años antes para no contar ni con la posibilidad de emitir juicios virtualmente a tan temprana y peligrosa edad.

A continuación, os muestro una de tantas respuestas que habrá recibido nuestra querida Belieber. Mira que el cantante no ocupaba ni el más reducido rincón de mi mente, pero me he quedado tan patidifusa al cruzarme con estos vídeos, que tenía que comentaros el tema. La siguiente adolescente naturalmente gozará de una simpatía bastante más generalizada, digo yo, aunque no deja de ser una manera de darle al asunto más importancia de la que tiene… pero bah, fuera de florituras tolerantes y reflexivas, la Belieber se merecía cada una de las palabras de esta característica heviata.

Independientemente de luchitas adolescentes, este caso nos podría desviar, desde mi punto de vista, hacia un problema de universal envergadura. Uno de los múltiples interrogantes se basaría en: ¿en qué pueden acabar convirtiéndose las redes sociales? Ya era consciente de que son una potentísima arma de cotilleo, intimidación, exposición pública y/o libertina, exterminación de la privacidad, regocijo exagerado de la “felicidad” de los momentos erótico-festivos/festivos/eróticos (según lo que cada cual permita pero, ¿quién no tiene al menos una docena de fotos con cubata en mano?, cosa que veo bastante respetable pero que no todo el mundo, sobre todo la empresa para la que trabajes, vería con buenos ojos) y un largo etcétera que, en resumidas cuentas, fulmina el ámbito privado de la vida, sobre todo para todas aquellas personas que llevan a cabo un nefasto uso de ellas (véase la Belieber, por las dudas, que si he dado con ella ha sido a través del Facebook).

Así pues… ¿cuántas almas cándidas, inocentes e impulsivas la pifiarán bestialmente durante los próximos años? Ya no hay vuelta atrás en las redes sociales. Y si eres listo, o al menos eres consciente de los riesgos que conllevan dichas redes, tampoco estás salvado. Quien no tenga un Tuenti, que no se preocupe; sus amigos se lo harán. Quien no quiera subir su cara a Youtube, que tiemble; acabará irremediablemente a la vista de todo el planeta cometiendo aquella cagada que tan en secreto habría ansiado mantener. Quien tema que suban una imagen comprometida de él al facebook, que no salga de casa. El Gran Hermano ha vuelto, el Ojo Que Todo Lo Ve. Tomad y bebed todos de él (lo que viene a significar que asimiléis y aceptéis todo esto lo antes posible), porque será quien os la **** doblada en cuanto os déis la vuelta.

El maravilloso arte de conocer a las personas

Debería acostarme de una puñetera vez pero no puedo evitar un remolino brutal de sensaciones recorriendo mi cabeza ahora mismo. Y es porque estoy pensando en las críticas. Las constructivas y las destructivas. Y pienso en la gente que las escucha o no, y que puede elegir (aunque parte de ella no se da cuenta o no lo quiere ver) entre aprender de algo o tacharlo por imposible, ya que la primera impresión no es buena.

Cuando no te encuentras predispuesto a aprender de lo que te aconsejan, que será tanto sobre lo que haces bien como lo que haces mal, es que no has alcanzado la madurez suficiente como para siquiera escuchar y empezar a cumplir con la definición de adulto, que para nada tiene que ver con el aburrimiento, la monotonía o la sobriedad.

En muchísimas ocasiones en la vida te dirán lo que deberías hacer, y a nadie nos gusta. Bueno, hay personas que sí necesitan más que les den un empujoncillo hacia un camino u otro, pero en general incluso saltamos cuando alguien pretende dirigir el gobierno de nuestras actitudes y formas de pensar. Y no hay por qué. Por muy mal que te siente, siempre es bueno pararse aunque solo sea un segundo a considerarlo, por muy disparatado que suene, por muy prejuzgada que tengamos a esa persona, por muy convencidos que estemos de todo lo que hay en nuestra mente, dentro de nuestro ilimitado egocentrismo.

Entonces, en ocasiones, te sales del “yo”, del “ego-yo”, y exploras la mezcla de confusión e intento de organización de pensamientos enfrentados que se sucede en el cerebro (porque nos cuesta dar la razón), y ves que, por encima de toda esa superficialidad victimista y amor propio, todas y cada una de las personas que te rodean están ahí para enseñarte algo. Algo o muchas cosas, pero principalmente para enseñarte todo lo que TÚ les permitas.

Y descubrir eso provoca un alivio increíble, una alegría interior extraordinaria, una vertiginosa sensación de estar flotando entre verdades absolutas (y mira que me convence mucho más la relatividad que lo categórico) y, acompañada de un chute de impulsos nerviosos actuando a toda velocidad, una renovada confianza hacia el (decrépito) ser humano.

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