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La esencia del periodismo y la verdad sobre el sueño americano

escribir muchoLo sé: según el post anterior a este, llevo sin escribir desde el 26 de julio, pero quizá las apariencias os estén engañando. Todo depende del punto de vista. Efectivamente, en este blog, he estado ese tiempo sin manifestarme. Sin embargo, hacía mucho que no ocupaba tantas horas redactando. Diría que desde aquel verano de 2010 en el cual empecé este blog y me volqué en él de un modo casi enfermizo.

Como os conté el susodicho 26 de julio, tengo… um, un trabajo freelance, no dos: el de editora de publicaciones de Facebook me he visto obligada a dejarlo ante la evidente necesidad de buscar una posición estable que complemente mi labor como freelance para un periódico hispano, cosa que sin duda no quiero dejar de hacer tras haber conseguido una oportunidad en este sector cuatro años después de acabar la carrera. Si me hubieran dicho antes que en California tenía opciones… En fin, dejémoslo en que toda experiencia sirve.

El caso: ¿que no he escrito? He plasmado variadas causas sociales y culturales que van desde la labor del centro LGBT (dedicado a la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales) de San Diego y sus servicios, que le convierten en el primer centro estadounidense en ofrecer apoyo a los latinos en un país repleto de estos; hasta la celebración de un evento culinario en contra de la violencia de género y el acoso sexual, pasando por la trayectoria de un galerista que vive para el arte y para una organización que ayuda a niños afectados por el VIH; un festival de mascotas para apoyar su adopción, luchar contra su abandono y educar hacia los cuidados que merecen; y otro festival destinado a exponer las creaciones de unos 200 artistas de todo tipo y tendencia.

Asimismo, he inmortalizado un programa de Volunteers of America que trata la drogadicción en latinos porque, al parecer, estos tienen una tendencia 13 veces más elevada a darse a las sustancias cuando siguen el estilo de vida americano en lugar de preservar su cultura al emigrar. Y también he contribuido a popularizar una organización sin ánimo de lucro que educa a los niños y jóvenes de una zona de por aquí, llamada Barrio Logan, para que reflexionen sobre qué quieren hacer para el resto de su vida y se planteen ir a la universidad. En dicho barrio, el 97% de las personas mayores de 24 años nunca han ido a la universidad. El 97%.

bueno maloSan Diego se me antoja un prisma de lo mejor y lo peor de la humanidad. Desconozco si en España hay tantos grupos no lucrativos pero, desde luego, sin los que hay aquí, para mí que la ciudad se hundiría en el caos. Este país me está demostrando que, de no pertenecer al gremio de los más afortunados, Europa es un lugar bastante más agradecido para vivir. Incluyendo mi país natal, por muy mal que estemos laboralmente.

Una educación y una sanidad que valen miles de dólares; unas distancias muy largas tanto en ciudades grandes como en ciudades pequeñas, porque están extra repartidas por el terreno, lo cual fulmina la posibilidad de caminar (¿caminar? ¿Qué es eso?) y te condiciona para todo movimiento; unos medios de transporte, a su vez, que no le llegan ni a la suela de los zapatos a los del continente europeo, cuando no son inexistentes; una población, por tanto, sometida a trasladarse permanentemente en coche, con los atascos, la contaminación y los riesgos de accidente que conlleva; una alimentación artificial, calórica e insípida, con comida que dura semanas en el frigorífico sin caducar (no, esto no es una ventaja); unos precios para alquilar una vivienda que no permiten ni de lejos sobrevivir como mileurista; un acceso terriblemente fácil a armas de fuego que nunca entenderé; un turismo prácticamente ausente de historia y basado en el paisaje, el espectáculo y las playas (que sinceramente para algunos, entre los que me incluyo, si ves una playa, las has visto todas); una cultura que vive para trabajar y hasta teme cogerse las vacaciones que le corresponde; un nivel de obesidad sobrecogedor…

american dreamA ver, naturalmente y como en todas partes, hay pros junto a los contras, y personalmente estoy a gusto por ahora y motivadísima por poder dedicarme al periodismo, pero os aviso: el “sueño americano” está muy sobrevalorado. Por supuesto que aquí hay más trabajo que en España, pero al precio de todas las movidas del párrafo anterior y, cuidado, empezando normalmente desde abajo a menos que tengáis unas cualidades excepcionales (o que seáis ingenieros). No quiero desalentar a nadie que desee venir, ¡bienvenidos sean los aventureros! Pero informaos bien y no crucéis el charco con demasiados pajaritos en la cabeza.

Además, hoy no venía con intenciones anti-yanquis sino más bien con una reflexión positiva, aunque no lo parezca, hacia el periodismo como arma y recurso informativo. Como parte integrante por fin de esta vocación, me cuesta describir la sensación que experimento al expresar hechos por escrito en los que creo y tener la oportunidad de expandirlos al mundo (o a la tirada de turno, que actualmente me basta y me sobra).

Es un subidón bestial que justifica por qué tantas personas se dedican a esto, a una labor empeñada en fomentar la conciencia y la capacidad de cuestionamiento universal en la sociedad. Una misión que va mucho más allá de la compensación económica y de los límites humanos. Y que está muy infravalorada entre individuos incompetentes que manchan la esencia de la profesión (como en todas las profesiones, solo que esta se lleva más leches por ser de cara al público), ideologías, remuneraciones penosas y programas catetos.

Internet-dependencia

dependencia InternetMe declaro culpable. Así, zas, y sin sentirme ni una pizca de mal. Mi generación y sus descendientes somos y vamos a ser las amebas de las pantallas, los parásitos de la red, los zombies de las búsquedas online. Las putitas del sistema, señores. Internet por aquí, Internet por allá. A la basura entera la Larousse, esos tomos gigantescos que apenas consulté cuando aún no había Internet en mi casa antes de mis… ¿11 años? Tochos meramente decorativos y, de hecho, bastante anticuados actualmente. La vida va a un ritmo fenético, surgen demasiados conceptos nuevos cada dos por tres, nunca hay “últimas ediciones” de nada, nadie consulta libros a menos que sea para un análisis específico y en profundidad determinado (y debido a que probablemente no se pueda descargar en pdf por temas de derechos de autor si se trata de una publicación reciente, que si no ni eso).

Cuidado, no lo estoy criticando como tal, ¿eh? C’est la vie, nuestra cultura del siglo XXI, lo tomas o lo tomas. Nacemos y crecemos con pleno acceso a un aluvión de información y desinformación susceptible de interpretarse según la capacidad de cada uno, y aquí intervendrá la educación como elemento fundamental para hacer un buen uso de esta herramienta. Lástima que en muchos casos errará por A o por B, o simplemente no entrará en sus posibilidades abarcar el fácil enganche a las profundidades del Gran Hermano de la época, llevando consigo una existencia repleta de huecos semi-vacíos sumidos en la inmensa pérdida de tiempo que supone en ocasiones navegar por la red. Admitámoslo: no nos faltan entretenimientos chorras, desde el cotilleo en Facebook hasta el proceso de registro en las páginas para suscribirse a cualquier cosa (una red social, un curso, una matrícula, etc), pasando por chats, juegos frikis que no aportan nada a la mente, la búsqueda y comparación de ofertas de productos variados junto con el proceso de compra (véase los vuelos, alojamiento por vacaciones, restaurantes, discotecas, supermercados y todo tipo de productos a obtener de locales físicos y virtuales), y suma y sigue.

¿Origen de la inspiración para escribir tal parrafada Internet-maniática? De lo más empírico: he pasado cuatro semanas enteras sin Internet tras haberme mudado. La primera semana ni me importó, lo consideré hasta positivo para despejarme. Pero posteriormente, entre unas cosas y otras que retrasaron la instalación del susodicho y catorce mil inquietudes vitales acumuladas pendientes de googlear sin poder hacerlo, el asunto no suscitaba relax ninguno, más bien provocaba una, aunque perfectamente controlable, frustración e impotencia considerables. Realmente, necesitaba Internet. Lo necesito para hacer vida normal. Todo periodo en el que no disponga de él solo es eso: un periodo determinado que debe terminar en algún momento para volver a la normalidad, a mi normalidad apegada al ordenador. Yo, que me jacto de contar con un alto grado de independencia hacia la inmensa mayoría de los apegos. Pues toma, morena.

Internet dependenciaAl fin, desde ayer dispongo de conexión, y me he dado cuenta de que ME ENCANTA este rollo, no puedo decir otra cosa. Me encanta tener veinticinco ventanas abiertas con cosas distintas e ir de una a otra como si las hubiera inventado yo, alternando funciones completamente distintas entre ellas y perfectamente organizadas en mi cabeza sólo a través de mi orden mental de prioridades y los iconitos que las acompañan en lo alto del buscador. Adoro el Firefox, el iTunes, el gmail, el wordreference, la rae.es, la BBC online, elpais.com, seriesyonkis, el iTunes y el VLC. Disfruto ante la capacidad de consultar cualquier cosa y obtener tropecientos resultados en menos de un segundo, me deleito enormemente encontrando páginas interesantes y consultando mis docenas de blogs guardados en el Reader (cuando lo hago, jé). Y me encanta escribir en mi blog, repartir los párrafos, elegir las palabras, cambiarlas, buscar sinónimos para evitar repetirlas, colocar las fotografías a conciencia hasta que queden perfectamente situadas a mis ojos y según la estructura del texto, revisar cada post entero antes de publicarlo.

A su vez, como es natural, detesto las páginas que se cierran repentinamente (tal y como me acaba de ocurrir ahora, menos mal que el WordPress guarda el borrador automáticamente casi a cada frase porque llego a perder esta parrafada y me da un jamacuco), las ofertas que empiezan baratas y acaban por las nubes tras tres clicks, los virus que entran de archivos aparentemente inofensivos, el exceso de documentación sin fuentes ni investigación ninguna (cuando se pretende ir de serio; lógicamente las plataformas personales, como esta, tienen derecho a poner lo que les plazca quedando claro que es una visión subjetiva), los oscuros intríngulis intencionales envueltos en las diferentes redes sociales, y vuelve a sumar y a seguir. Uf, y si algo me mata, es una conexión lenta, en ocasiones da ganas de tirar el ordenador por la ventana. Pobre, como si tuviera la culpa.

En conclusión: me considero Internet-dependiente, y a mucha honra. No obstante, que quede claro que me remito al espacio y tiempo que se corresponden con mi ocio personal casero e individual, nada que ver con la mala costumbre modernita de mirar más el puñetero teléfono que la cara de la persona que se tiene delante, esto me parece básicamente una falta de educación criminal y, es más, me pone de una mala hostia tremenda. Un poquito de cabeza, por favor.

Así pues, como para todo, no considero esta necesidad negativa mientras el uso del protagonista de este post se desarrolle de la manera más coherente y equilibrada posible, en paz y armonía con el resto de posibilidades que ofrece este mundo más allá de la pantalla.

He dicho.

Independencia de plástico

Hoy, he hablado unos minutos con una compañera de trabajo. Apenas la conozco pero me la he cruzado por el baño y me parece muy agradable. Me ha preguntado por mi fin de semana y yo por el suyo. El viernes pasado se celebró la fiesta de Navidad de la empresa: cena, vino y música durante cuatro horas en un crucero desde el puerto del barrio de Greenwich hasta el centro, concretamente Westminster, y vuelta. Lo recomiendo totalmente. Unas vistas preciosas, alucinantes, nada que ver con las que se disfrutan desde la orilla, ya impresionantes de por sí. Un viento helado nos hacia estremecernos de frío pero no importaba, teníamos que permanecer en cubierta para no perder ni una perspectiva de los monumentos más importantes: un imponente Tower Bridge, The Shard, el London Eye… A mitad dejé el pollo incluso en cuanto advertí la presencia del Big Ben aproximándose rápidamente.

Absolutamente ninguna queja. Ni siquiera me mareé, posibilidad que me acongojaba bastante a partir de mi escasa (y harto desapacible) experiencia en barco. Buena organización, mejor comida, excelente compañía. Un ambiente estupendo entre todos los empleados desde lo más alto hasta lo más bajo, un torrente de energía positiva que probablemente todos necesitábamos tras un intenso año. Es la segunda fiesta de Navidad de empresa a la que he asistido y me he terminado de convencer de que se trata de un fenómeno cuanto menos interesante; cuanto más, iluminador. Una forma diferente de relacionarse, desinhibida, despreocupada, profunda, confiada. En resumidas cuentas, mucho más humana que en la oficina, a pesar de que el ambiente ya sea ameno. El alcohol hizo sus estragos, naturalmente, con más razón para recordar la velada con una amplia sonrisa y alguna carcajada.

Sin embargo, no he comenzado este post con intención de reflexionar sobre la fiesta y sus implicaciones, probablemente todos hayáis experimentado esta sensación alguna vez; si no en una fiesta de empresa, en cualquier otra reunión esporádica, véase fin de año, Pascua y demás. El tema es que esta chica con la que he hablado hoy no acudió porque vive demasiado lejos del centro de Londres, le habría resultado imposible llegar a casa a tiempo tras la fiesta y no cuenta con amigos viviendo por las cercanías como para haber dispuesto de un alojamiento alternativo hasta el día siguiente. Tarda diariamente la animalada de dos horas en llegar a la oficina y dos horas en volver. Esto es muy normal y típico aquí, pasarse media existencia en los medios de transporte, aunque cuando se rebasa la hora y media por traslado me parece excesivo. Ya se sabe que siempre puedes intentar aprovechar el tiempo leyendo, incluso viendo alguna película si se lleva el portátil, etcétera, pero, seamos sinceros: a efectos prácticos, hasta el más optimista sabe que emplear tanto tiempo en moverse supone más bien una soberana putada.

Total: desconozco la posición exacta de esta joven en la empresa pero no me suena a mí que sea becaria, por lo que la economía no sería un problema para permitirse la independencia. Así pues, en vistas del terrible volumen de vida ocupado en viajar al lugar de trabajo, le he preguntado si no habia pensado en mudarse a un sitio más cercano, a lo que me ha respondido entre risas: “oh, no, vivo con mis padres y no me lo permitirían hasta que me casara!”. A medida que volvía a mi puesto, no podía más que horrorizarme a cada paso que daba ante la perspectiva que esta muchacha ha aprendido a asumir con tanta naturalidad, y tan extremadamente opuesta a la vez a lo que a mí se me ha dado desde que nací: libertad absoluta para tomar mis propias decisiones.

No es que me escandalice como tal, soy completamente consciente de las mil y una formas de pensar y educar en este mundo… Pero mas consciente soy aún de la descomunal suerte que he tenido y que tengo cuando me las cruzo por delante.
decisiones

Los hombres son muy complicados (II)

Tras Los hombres son muy complicados (I), aquí viene la segunda parte que, como ya aclaré en el post anterior, se halla ligeramente más dirigida hacia la parte erótico-festiva de las relaciones (eufemismo para “complicaciones”) con los hombres de hoy en día. Repito que desde el respeto y tanto experiencias propias como ajenas y, sobre todo, con plena conciencia de que las mujeres somos perfectamente equiparables en cuanto a las movidas interpersonales. No obstante, estos posts se han creado para hablar de ellos y no de ellas. Allá vamos:

  • Adulaciones continuas, piropos, halagos, fantasías sexuales y sucedáneos que te dedican continuamente vía red social para luego comportarse como si nada en persona, dejándote sin saber si pensar en que son unos auténticos fantasmas, viven de pajas mentales (o reales) o qué.
  • “Uau, sí que has mejorado con el tiempo”. ¡Ah! ¿Ahora sí te intereso y antes ni me mirabas a la cara? Así no se empieza. Así, no.
  • Sujetos que se sienten acosados y se asustan en cuanto les dices un par de cosas (en ocasiones, exclusivamente por Internet). Bienvenidos al siglo XXI y a la liberación de la mujer, cromañones. Para las pocas que deciden tomar la iniciativa, no os acojonéis, por favor.
  • De esto que se te acerca un ser (dejemos de lado sus características físicas) nada más cruzar tú los pies por la puerta de una discoteca y ya coloca su mano en tu cintura, a lo que le pides de lo más educadamente que la retire. Su respuesta: “qué hijas de puta que sois todas”. Delicadeza a la orden del día.
  • “Tengo novio… Oye, que tengo novio… Perdona, ¿te he dicho que tengo novio, pesado de mierda?”. Y luego nosotras somos las desagradables y las bordes. Un poco de respeto al resto de vuestros congéneres.
  • Esos esfuerzos sobrehumanos por camelar a la víctima elegida con el único objetivo de echar un polvo… A ver: menos trámites. La que quiera, lo sabrá desde el principio; la que no, también.
  • Innombrables, por no soltar una burrada, que son conscientes de que portan algún que otro bicho (pasajero, no nos metamos en el VIH, que son palabras mayores) y que te prometen y perjuran que no tienen nada, ya llevando cierto tiempo de relación con ellos. Menuda la cara que se te queda cuando te lo pasan.
  • A las mujeres NO nos gustan los miembros viriles enormes. Habrá a las que sí pero, en términos generales, no es santo de nuestra devoción. La explicación es sencilla: duele. Y, en ocasiones, no cabe. Quitaros esta idea de la cabeza.
  • Erecciones que se reducen al tamaño de un cacahuete en cuanto ven, o siquiera escuchan la palabra, condón. Señores, ya va siendo hora de tomarlo como un componente fundamental del acto sexual.
  • Para terminar, un poco de cultura general: un vibrador es un instrumento dedicado al libre y voluntario placer íntimo de las mujeres para explorarse a sí mismas y contribuir a la independencia sexual. No los adquirimos por “no sentirnos lo suficientemente satisfechas con los hombres”. Los que penséis esto, madurad o morid.
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