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Posts Tagged ‘dependencia’

Conectados permanentemente

Capítulo “Conectados permanentemente”.
Libro: La práctica de la atención plena.
Autor: Jon Kabat-Zinn.

Nota personal: es largo, pero lo idóneo sería leerlo de un tirón, con calma y sin mirar el móvil 😉

No hace falta estar muy despiertos para darnos cuenta de que el mundo está cambiando apresuradamente bajo nuestras propias narices a un ritmo que jamás antes había experimentado el sistema nervioso humano. El impacto y los cambios que todo ello provoca en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestro trabajo son tan extraordinarios que no estaría de más que nos detuviéramos un poco a reflexionar en este punto. Veamos ahora, pues, los efectos que tiene sobre el ser humano la necesidad de permanecer conectado veinticuatro horas al día los siete días de la semana.

Creo, para comenzar, que hay mucha gente que ni siquiera se da cuenta de esto. Estamos tan atrapados en la necesidad de adaptarnos a las posibilidades y retos que nos proporcionan las nuevas tecnologías –aprendiendo a usarlas para hacer más cosas, hacerlas más rápido e incluso hacerlas mejor– que solemos acabar dependiendo de ellas. Pero, independientemente de que nos demos cuenta o no, nos hallamos sumidos en una aceleración que no hace sino aumentar. Por ello la tecnología, tan adecuada para aumentar nuestra eficacia y obsesión nuevas tecnologíasproporcionarnos más tiempo libre, amenaza con privarnos, si es que no lo ha hecho ya, de ambas cosas. ¿Conoce acaso el lector a alguien que ahora disponga de más tiempo libre? Hasta la noción misma de tiempo libre parece algo extemporáneo y que nos retrotrae a la década de 1950.

Se dice que el ritmo al que discurre nuestra vida está experimentando una inexorable aceleración exponencial –a la que se conoce como ley de Moore (porque fue enunciada por Gordon Moore, fundador de Intel)– que se halla gobernada por el tamaño y la velocidad de los circuitos integrados. Cada dieciocho meses –y manteniendo el mismo precio– la capacidad de computación y la velocidad de la siguiente generación de microprocesadores se duplica, al tiempo que su tamaño se divide por dos. Nos hallamos pues sumidos en un proceso, aparentemente interminable, en el que se acelera la velocidad de procesamiento y la miniaturización y en el que la electrónica es cada vez más y más barata. Esta combinación acaba provocando una dependencia de los ordenadores personales, los productos de consumo, los juegos y los dispositivos electrónicos portátiles que suele desembocar en una clara y desproporcionada adicción que nos lleva a responder, de buen agrado o por la fuerza, a un número cada vez mayor de mensajes electrónicos, de mensajes de voz, de faxes y de llamadas al teléfono móvil procedentes de cualquier rincón del planeta. Y lo más paradójico de todo es que la mayor parte de la montaña de correo basura y de propaganda agresiva que no deja de bombardear casi todos nuestros sentidos procede de personas que nos interesan y de las que no queremos desconectarnos. Pero ¿qué pasa entretanto con nuestro equilibrio y cómo podemos acompasar la posibilidad de respuesta inmediata que nos proporciona la conectividad instantánea y ubicua con nuestras verdaderas necesidades?

conectividad permanente

El teléfono móvil y la agenda electrónica nos permiten estar continuamente conectados con cualquier persona en cualquier lugar del planeta. Pero ¿se ha dado usted cuenta de que, con ello, corremos el riesgo de desconectarnos de nosotros mismos? Inmersos en este fascinante proceso, solemos olvidarnos de que nuestra conexión fundamental con la vida tiene lugar a través de nuestra interioridad, es decir, a través de la experiencia de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos, incluida la mente, que nos permite tocar y ser tocados por el mundo y responder en consecuencia. Convendría, por tanto, disponer del suficiente tiempo, un tiempo que no estuviera saturado de actividades, un tiempo en el que, aunque podamos hacerlo, no nos apresuremos a responder a otra llamada telefónica, a enviar un nuevo correo electrónico, a planificar o añadir un nuevo ítem a la agenda de cosas que todavía nos quedan por hacer, un tiempo, en suma, que podamos destinar a reflexionar, cavilar, pensar y meditar.

¿En qué sentido afecta, este aumento de la capacidad de conexión, al contacto con nosotros mismos? ¿Acaso estamos tan conectados con los demás que jamás estamos donde realmente estamos? ¿Dónde estamos cuando, tumbados en la playa, nos precipitamos a responder a cualquier llamada telefónica? ¿Disfrutamos acaso del paseo cuando lo desperdiciamos hablando por teléfono? ¿Estamos realmente conduciendo cuando vamos con el teléfono pegado al oído? ¿Disponemos acaso, en medio del acelerado ritmo que está asumiendo nuestra vida y de las posibilidades de conexión instantánea, de tiempo suficiente para mirar por la ventana?

¿Qué ocurriría si, en esos momentos de ocio, no conectásemos con nadie? ¿O es que acaso no dispone usted de ningún momento libre? ¿Por qué no se esfuerza en conectar con quien se encuentra de este lado de la línea y no del otro? ¿Por qué no charla un rato consigo mismo y se pregunta cómo está? ¿Por qué no se pregunta cómo se siente aunque, en ese instante, pueda estar adormecido, abrumado, aburrido, desbordado, ansioso, deprimido o necesitando hacer todavía una cosa más?

meditación

¿Qué pasaría si conectásemos con nuestro cuerpo y con el universo de sensaciones que nos permiten sentir y conocer el paisaje exterior? ¿Qué ocurriría si cobrásemos conciencia, aun en los momentos en que más distraídos estamos y más automáticamente nos comportamos, de lo que discurre por nuestra mente, es decir, de nuestras emociones, de nuestros estamos de ánimo, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos y de nuestras creencias? ¿Por qué no prestar atención, no sólo al contenido, sino al tono de nuestros sentimientos, a su realidad energética y a los acontecimientos importantes de nuestra vida, un archivo enorme de información que puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento, catalizar la transformación y vivir conforme a lo que sabemos y entendemos? ¿Por qué no desarrollamos una imagen mayor de nosotros mismos que tenga en cuenta todos y cada uno de los niveles, aunque se trate de una imagen, a veces clara y otras no, que siempre está en movimiento, que siempre es provisional, que está en continua transformación y que, con mejor o peor fortuna, siempre se halla en proceso?

La mayor parte de las veces, la recién descubierta conectividad tecnológica no es más que un puro hábito que, como evidencia la siguiente tira cómica del New Yorker, roza los límites de lo absurdo:

En una estación de tren a una hora punta, todos los pasajeros que suben y bajan del tren llevan el teléfono móvil pegado a la oreja. A pie de página se lee lo siguiente: <<Ahora estoy subiendo al tren…>>, <<Ahora estoy bajando del tren…>>

Pero ¿quiénes son todas esas personas? ¡Oh, sí, casi lo olvidaba, somos nosotros! ¿Acaso hay algo malo en subir o bajar del tren sin decírselo a nadie? ¿No es posible, como antes, bajar de un avión e ir a una fiesta y emplear el teléfono únicamente en caso necesario? A este ritmo no me extrañaría escuchar, dentro de poco, algo así como <<Ahora estoy lavándome las manos>>. ¿Cree realmente que hay alguien que necesite saber esas cosas?

conversación absurda whatsapp

Si todo eso nos lo dijéramos a nosotros mismos, podría ser una forma muy útil de cobrar conciencia de nuestra experiencia y cultivar así la atención a la experiencia concreta que se desarrolla en el momento presente. <<Yo subo al tren (y soy consciente de ello)>>. <<Yo siento el agua en las manos (y soy consciente del agua y de lo valiosa que es)>>. Ésta sería, al menos, una atención encarnada, y con la suficiente práctica, podríamos llegar a darnos cuenta de la inutilidad del pronombre personal. Bajo, subo, voy, siento, soy consciente, soy consciente, soy consciente…

¿Qué necesidad hay de decírselo a nadie? ¿Acaso lo necesitan? De ese modo no hacemos más que distraernos, desviarnos y cosificar el momento presente. Parece como si ahora, aunque siga tratándose de nuestra vida, ya no bastase con permanecer a solas con nuestra experiencia.

De ese modo dispondríamos, al menos, de una pausa, tal vez la pausa necesaria para restablecer el contacto con nuestro cuerpo, con la respiración, con el mundo puro, analógico y no digital de la naturaleza, con este momento tal cual es y con quienes realmente somos.

Con todo ello no pretendo negar la utilidad de las nuevas tecnologías. A fin de cuentas, el teléfono móvil permite que los padres puedan conectar en cualquier momento con sus hijos, también fue el que alertó a los pasajeros de uno de los aviones secuestrados el 11-S y parece que permitió a algunos de los pasajeros del cuarto avión impedir que los terroristas alcanzaran su objetivo. Pero, por más interesante que sea para comunicarnos y organizar nuestras actividades, el teléfono móvil también ha acabado convirtiéndose en una de las principales causas de accidentes de automóvil porque parece que, en tal caso, el usuario está más atento a la conversación telefónica (y, según un reciente estudio, a sintonizar el dial de la radio, comer y hasta acicalarse) que a la seguridad e incluso a fijarse por dónde va. Así es como el teléfono móvil añade un nuevo significado a la expresión “estar en Babia”, un significado tan peligroso que, en ocasiones, roza el ámbito de lo criminal (<<¡Lo siento! –sin separar el oído del teléfono– móvil conduciendoCasi le atropello. No le había visto. Es que estaba hablando con mi contable, con mi abogado, con mi madre o con mi socio>>). Por no mencionar el acoso a la intimidad al que nos enfrenta la tecnología digital, que permite rastrear y analizar cada compra y cada movimiento y posibilitar así el esbozo de un perfil de nuestros hábitos personales de una forma anteriormente inconcebible que puede redefinir por completo el dominio de lo privado y que, como mínimo, supondrá recibir más publicidad y más catálogos.

Los ordenadores, las impresoras y sus sorprendentes capacidades, combinadas con la posibilidad de intercambiar instantáneamente documentos por correo electrónico en cualquier momento y a cualquier lugar y de poder acceder de inmediato a una información cuya recopilación hubiese requerido, hace tan sólo quince años, un arduo esfuerzo, nos permiten, tanto a nivel individual como colectivo, realizar en un solo día el mismo trabajo –y, en muchas ocasiones, mejor hecho– que entonces hubiera exigido una semana o hasta un mes. Esto es, al menos, lo que ha ocurrido en mi caso. Tampoco abogo por una condena ludita del desarrollo tecnológico que brote del anhelo romántico de tiempos más sencillos. Lo único que pretendo es llamar la atención del lector sobre las posibilidades que nos brindan los avances tecnológicos, avances que aumentan día tras día y año tras año y que pueden desconectarnos tanto de nosotros mismos que acabemos perdiéndonos.

Creo, en suma, que la mejor manera de familiarizarnos con este nuevo mundo consiste en desarrollar nuestro mundo interior de un modo que compense y equilibre nuestro sistema nervioso y lo ponga al servicio de una vida más sabia, tanto para nosotros mismos como para los demás. Y, para ello, es necesario prestar una mayor atención a nuestro cuerpo, a nuestra mente y a nuestras experiencias en la frontera existente entre el mundo exterior y el mundo interior, incluso en el mismo momento en que empleamos la tecnología para permanecer conectados o cuando aparece el impulso a hacerlo. ¿No cree que, de otro modo, corremos el riesgo de acabar convirtiéndonos en robots sin tiempo para contemplar quién está haciendo todo esto y quién está dirigiéndose hacia un lugar más deseable?

Las pantallas como destrucción de la comunicación interpersonal

Acabo de leer el siguiente artículo sobre el whatsapp y no puedo estar más de acuerdo: http://minoviomecontrola.blogspot.com.es/2012/11/que-dano-nos-ha-hecho-whatsapp.html?m=1

enfado whatsappEn resumidas cuentas (aunque os recomiendo echarle un vistazo), la autora expone la esclavitud emocional que nos impone esta aplicación a causa de informar minuto tras minuto de nuestra última conexión a todo prójimo que tenga nuestro número apuntado, dando lugar a una droga virtual generadora de disputas sentimentales (e incluso amistosas) y potenciadora de la impaciencia.

Y la califico como droga porque, a estas alturas, probablemente el porcentaje de gente que preferiría mantenerla sería mayor que el que no a raíz de esa dependencia que ha generado en nosotros, esas ansias de saber y controlar a pesar de que no nos agrade que nos hagan lo mismo.

¿Será posible que una tecnología tan provechosa provoque tanto mamoneo? Porque ya no se trata sólo de vigilar sino de los pollos que se montan cuando dos personas no se están entendiendo. Si ya en directo la comprensión resulta difícil a veces, las pantallas tienen la pasmosa habilidad de transformar pequeños problemillas en auténticas batallas campales, y ya no sólo se trata del whatsapp sino también del Facebook, Twitter y demás, de toda comunicación establecida por medio de pantallas.

¿Por qué ocurrirá esto? ¿Nos predispondrá nuestra naturaleza a malinterpretar a los demás al tomar las palabras ajenas normalmente de manera más negativa que positiva? Qué ironía calificar de “social media” a todo el tinglado este, ¿no? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías suponen ventajas para el individuo cuando el nivel de autocontrol, de investigación y de crítica de este es generalmente pobre? La comunicación interpersonal sufre más que nunca, porque no solo consiste en plantar a dos personas cara a cara, eso no es comunicación. La verdadera comunicación interpersonal supone escuchar, entender, compartir, empatizar, enternecerse. Sentir, experimentar, amar. Vivir. Vivir la melodía de las palabras, disfrutar del flujo verbal en compañía, dejar volar retahílas de pensamientos para ser abrazados, no caídos en saco roto. Si ya este nivel de compenetración es complicado, cuánto más arduo rodeados de componentes favorecedores de la distracción.

gente con móviles

Incluso la posibilidad de poder consultar una imagen graciosa, una canción olvidada o cualquier cosa por el estilo durante una conversación es nociva, o al menos no recomendable de hacer por norma, puesto que interrumpe la magia, el momento entre esas personas, e induce al enganche, a enlazar imagen con imagen, canción con canción, vídeo con vídeo, masacrando la sana y agradable virtud de la improvisación y rompiendo lo que podía haber sido una bonita obra de teatro única, original y espontánea, una puesta en escena real, natural y humana. (Inter)personal.

Por tanto… ¿A qué nivel se está rebajando la comunicación interpersonal si cada vez nos comunicamos más a través de pantallas y estas, en vez de mejorar la comunicación, la tergiversan constantemente? O peor, son tergiversadas a través de nuestra propia interpretación. ¿Y si uno de los posibles amores de tu vida (o igualmente una persona fantástica) se encuentra delante de tus narices y no lo ves por estar chateando (en ocasiones con indeseables) vía móvil? ¿Cómo podemos dejar de mirar el brillo y la expresividad en los ojos de los demás cuando nos hablan? ¿Qué futuro emocional le espera a la humanidad en un mundo de pupilas cabizbajas? ¿Qué será del romanticismo, la complicidad, el respeto? ¿Quién contemplará las estrellas, la luna, las puestas de sol o simplemente el cielo azul tantas veces como se merecen?

El instinto de posesión / The possession instinct

(English version below)

Ese miedo a perder algo que realmente no te pertenece. Ni a ti ni a nadie. Como seres individuales que somos, no te corresponde sentir esa agonía, esas ansias de lo recién descubierto. No tiene sentido. Vivías bien antes de conocerlo. ¿Por qué no después? Quizá porque en el fondo era lo que estabas esperando. Y ahora que lo has disfrutado, que lo has sentido hasta el fondo de tu corazón y notas cómo empieza a tambalearse, quieres agarrarlo como sea. Hasta el punto de perder la razón, de actuar por puro instinto, de incluso estropearlo tú mismo.

Autocontrol. ¿Cuántos de nosotros podemos controlar nuestras emociones? ¿Con qué facilidad nos sentimos pletóricos en un momento dado y completamente destruidos al instante siguiente? Con la facilidad de un soplo de viento. Me pregunto cuándo nos hemos transformado en estos individuos ansiosos e impacientes. Lo queremos todo aquí y ahora. Nos volvemos locos por dentro si no es así. Pero procuramos comportarnos como personas normales. Mientras que los pensamientos bullen por doquier, se entrecruzan, se chocan, se pelean, se divierten atropellándose unos a otros.

Y resulta que, mientras que anteriormente tu mente estaba libre de toda figura particular, mientras que tu cerebro estaba dispuesto a enviar impulsos nerviosos aludiendo a todo tipo de impresiones, actualmente se haya reducido a la simplicidad de un solo ente. ¿No es ridículo ponerle límites a la mente de esta manera? Cuesta concentrarse en la inmensidad que nos ofrece el mundo a nuestro alrededor… por otra persona. Por otro ser que muy probablemente el día de mañana no signifique nada. Absolutamente nada. Un recuerdo fundido entre tantos otros. Una anécdota. Un anhelo caducado.

Esto es lo que tenemos que aprender. A verlo tal y como es. No como la esperanza de lo que podría ser o de lo que podría haber sido. A canalizarlo de forma realista y seguir permitiéndonos aprender y disfrutar de otras cosas durante el camino en el que se hará más fuerte o se desvanecerá. Y ni lo uno ni lo otro supondrá algo bueno o malo. Sólo lo que tenía que pasar, sin estar escrito en ninguna parte, por evolución, causalidad o como se le quiera llamar. Porque siempre habrá otra persona esperándote. Porque “luchar” es un término tan relativo que a menudo se emplea erróneamente, cuando a menudo habría simplemente que dejarlo pasar como todas las señales indican que debes hacer.

No te permitas dejar de aprender.

dependencia posesión

That fear to lose something that doesn’t really belong to you. Neither to you nor to anybody. As the individual beings that we are, you shouldn’t feel that agony, that anxiety for something you have just discovered. It doesn’t make sense. You were happy before knowing it, why not afterwards? Maybe because it’s what you were waiting for. And now that you got it, enjoyed it and felt it from the bottom of your heart and you start to see how it’s tottering, you want to keep it no matter how. Til the point of going out of your mind, of acting by pure instinct, of even spoiling it by yourself.

Self control. How many of us can control our emotions? How easily do we feel exultant for a moment and completely miserable the following instant? As easily as a wind breeze. I wonder when we became these anxious and impatient individuals. We want everything right away. If it can’t be, we go crazy. But we try to behave as normal people while our thoughts boil all over the place, cross over, crash, fight and have fun as running over the other ones.

And the thing is that currently your mind is just focusing on the simplicity of one entity when it was free of any particular image before, when your brain was willing to send nerve impulses with all kind of sensations. Isn’t it ridiculous to put limits to your mind that way? Suddenly we can’t focus on all the things that the world offer us… due to a person. Due to another being who very likely won’t mean anything tomorrow. Absolutely nothing. A memory between many memories. An anecdote. An expired wish.

This is what we have to learn: to see it as it is, not as the hope of what it could be or what it could have been. To assume it from a realistic point of view and keep letting ourselves learn and enjoy other things on the way, on a way in which it’ll get stronger or it’ll vanish. And neither the first nor the second option will be good or bad, just what it has to happen independently of destiny but through its own evolution, causality or however you’d like to call it. Because there’ll be always a person waiting for you. Because “fighting” is such a relative concept that it’s very often bad used when you should just leave it to happen as all the signals show you to do.

Don’t let yourself stop learning.

Internet-dependencia

dependencia InternetMe declaro culpable. Así, zas, y sin sentirme ni una pizca de mal. Mi generación y sus descendientes somos y vamos a ser las amebas de las pantallas, los parásitos de la red, los zombies de las búsquedas online. Las putitas del sistema, señores. Internet por aquí, Internet por allá. A la basura entera la Larousse, esos tomos gigantescos que apenas consulté cuando aún no había Internet en mi casa antes de mis… ¿11 años? Tochos meramente decorativos y, de hecho, bastante anticuados actualmente. La vida va a un ritmo fenético, surgen demasiados conceptos nuevos cada dos por tres, nunca hay “últimas ediciones” de nada, nadie consulta libros a menos que sea para un análisis específico y en profundidad determinado (y debido a que probablemente no se pueda descargar en pdf por temas de derechos de autor si se trata de una publicación reciente, que si no ni eso).

Cuidado, no lo estoy criticando como tal, ¿eh? C’est la vie, nuestra cultura del siglo XXI, lo tomas o lo tomas. Nacemos y crecemos con pleno acceso a un aluvión de información y desinformación susceptible de interpretarse según la capacidad de cada uno, y aquí intervendrá la educación como elemento fundamental para hacer un buen uso de esta herramienta. Lástima que en muchos casos errará por A o por B, o simplemente no entrará en sus posibilidades abarcar el fácil enganche a las profundidades del Gran Hermano de la época, llevando consigo una existencia repleta de huecos semi-vacíos sumidos en la inmensa pérdida de tiempo que supone en ocasiones navegar por la red. Admitámoslo: no nos faltan entretenimientos chorras, desde el cotilleo en Facebook hasta el proceso de registro en las páginas para suscribirse a cualquier cosa (una red social, un curso, una matrícula, etc), pasando por chats, juegos frikis que no aportan nada a la mente, la búsqueda y comparación de ofertas de productos variados junto con el proceso de compra (véase los vuelos, alojamiento por vacaciones, restaurantes, discotecas, supermercados y todo tipo de productos a obtener de locales físicos y virtuales), y suma y sigue.

¿Origen de la inspiración para escribir tal parrafada Internet-maniática? De lo más empírico: he pasado cuatro semanas enteras sin Internet tras haberme mudado. La primera semana ni me importó, lo consideré hasta positivo para despejarme. Pero posteriormente, entre unas cosas y otras que retrasaron la instalación del susodicho y catorce mil inquietudes vitales acumuladas pendientes de googlear sin poder hacerlo, el asunto no suscitaba relax ninguno, más bien provocaba una, aunque perfectamente controlable, frustración e impotencia considerables. Realmente, necesitaba Internet. Lo necesito para hacer vida normal. Todo periodo en el que no disponga de él solo es eso: un periodo determinado que debe terminar en algún momento para volver a la normalidad, a mi normalidad apegada al ordenador. Yo, que me jacto de contar con un alto grado de independencia hacia la inmensa mayoría de los apegos. Pues toma, morena.

Internet dependenciaAl fin, desde ayer dispongo de conexión, y me he dado cuenta de que ME ENCANTA este rollo, no puedo decir otra cosa. Me encanta tener veinticinco ventanas abiertas con cosas distintas e ir de una a otra como si las hubiera inventado yo, alternando funciones completamente distintas entre ellas y perfectamente organizadas en mi cabeza sólo a través de mi orden mental de prioridades y los iconitos que las acompañan en lo alto del buscador. Adoro el Firefox, el iTunes, el gmail, el wordreference, la rae.es, la BBC online, elpais.com, seriesyonkis, el iTunes y el VLC. Disfruto ante la capacidad de consultar cualquier cosa y obtener tropecientos resultados en menos de un segundo, me deleito enormemente encontrando páginas interesantes y consultando mis docenas de blogs guardados en el Reader (cuando lo hago, jé). Y me encanta escribir en mi blog, repartir los párrafos, elegir las palabras, cambiarlas, buscar sinónimos para evitar repetirlas, colocar las fotografías a conciencia hasta que queden perfectamente situadas a mis ojos y según la estructura del texto, revisar cada post entero antes de publicarlo.

A su vez, como es natural, detesto las páginas que se cierran repentinamente (tal y como me acaba de ocurrir ahora, menos mal que el WordPress guarda el borrador automáticamente casi a cada frase porque llego a perder esta parrafada y me da un jamacuco), las ofertas que empiezan baratas y acaban por las nubes tras tres clicks, los virus que entran de archivos aparentemente inofensivos, el exceso de documentación sin fuentes ni investigación ninguna (cuando se pretende ir de serio; lógicamente las plataformas personales, como esta, tienen derecho a poner lo que les plazca quedando claro que es una visión subjetiva), los oscuros intríngulis intencionales envueltos en las diferentes redes sociales, y vuelve a sumar y a seguir. Uf, y si algo me mata, es una conexión lenta, en ocasiones da ganas de tirar el ordenador por la ventana. Pobre, como si tuviera la culpa.

En conclusión: me considero Internet-dependiente, y a mucha honra. No obstante, que quede claro que me remito al espacio y tiempo que se corresponden con mi ocio personal casero e individual, nada que ver con la mala costumbre modernita de mirar más el puñetero teléfono que la cara de la persona que se tiene delante, esto me parece básicamente una falta de educación criminal y, es más, me pone de una mala hostia tremenda. Un poquito de cabeza, por favor.

Así pues, como para todo, no considero esta necesidad negativa mientras el uso del protagonista de este post se desarrolle de la manera más coherente y equilibrada posible, en paz y armonía con el resto de posibilidades que ofrece este mundo más allá de la pantalla.

He dicho.

Diferencia entre el frigorífico de mi madre y el mío

Estas navidades, un día como otro cualquiera, eché un vistazo al contenido del frigorífico de mi hogar natal (Jerez de la Frontera, por las dudas). Se trata de una actuación exageradamente extendida, ¿verdad? Ir a contemplar las bellezas alimenticias de vez en cuando, aunque no se escoja nada. También es muy típico volver a la hora (o, incluso, a los cinco minutos) para repetir exactamente la misma acción.

Me lo encontré en su estado natural: pletórico, repletísimo, hasta los topes. Dura poco con escasez de productos, mi madre lo pone a punto cada semana. Pues resulta que lo vi tan completo y hermoso que me dio por fotografiarlo, pensando que cualquier día surgiría la oportunidad de postrarlo por el blog. Y voilá! Ese día ha llegado, aquí lo tenéis. No obstante, el objetivo final de este post, más que en la ilustración, se basa en la comparación, así que le he pegado al lado mi querida nevera londinense.

He de justificar tal pobreza nutritiva (aunque no se puede decir que no coma fruta) debido a mi situación actual con respecto a la vivienda: esta residencia cierra a finales de marzo. Problemas legales como, por ejemplo, no pagar la licencia residencial. Por cortesía del dueño del edificio.

Hombre, por supuesto que reconozco mi brutal pereza hacia cocinar, pero tampoco me voy a estar comprando comida para tener que cargarla dentro de dos semanas junto con aquellos 31 kilos de los que ya os hablé. Prometo que me pondré con este tema en cuanto me establezca definitivamente en la otra residencia que ya tengo reservada, la cual se encuentra, dicho sea de paso, a 15 minutos de mi trabajo andando, no a tres cuartos de hora en tren y en metro como ahora, y que me cuesta 197 libras menos al mes (230 y pico euros). Esto que me ahorro, además de pagarme la Oyster Card mensualmente.

Porque, si otra cosa más he aprendido en el último mes entre ingresos, fianzas y yo qué sé cuántos agobiantes pagos, es que en este mundo todo consiste en tener, ganar, ahorrar y gastar dinero. Entendedme, no es en absoluto lo más importante, pero sí lo fundamental para preservar cierta capacidad de movimiento, de actuación, de consecución de las necesidades primarias, secundarias y, en general, todas las que haya fuera de “encontrar a tu media naranja” (que también, porque la hallarás en un ámbito social hacia el que te habrá llevado el dinero!!!). Una dependencia total y absoluta por encima de la salud, el amor, la madurez, la autoestima, la justicia, la equidad y el sentido común.

Me sigo explicando: toda gestión se rige a través del dinero. Negocios, empleos, vivienda, alimentación, lujo, ocio. Sé que no digo nada nuevo pero realmente, al contemplar de cara todo este embrollo al que nos hemos acostumbrado hasta el punto de asimilarlo como algo normal, me surge una reflexión apabullante en torno a este sistema potenciado entre todos nosotros. Pero claro, ¿qué punto de partida, medios, ganas y necesidad hay de investigar otras vías fuera del capitalismo? Y dentro de este, ¿quiénes somos para intentar adaptarlo mejor a las necesidades de toda la población humana? ¿Cómo lograrlo? ¿Qué hacer exactamente?

Comemos dinero, nos vestimos con dinero, viajamos con dinero, nos comunicamos a distancia gracias al dinero, trabajamos con, por y para el dinero. Guerras y muertes arrastradas, manipulación, egoísmo, codicia, superficialidad, envidia, egocentrismo, complejo de superioridad, mil y un terribles canalizaciones criminales hacia la convivencia justa y en paz, equilibrada, equitativa. Finalmente, utópica. Qué difícil todo desde una sola mente. Cierto que la unión hace la fuerza, pero queda mucho camino por recorrer para llegar a la unión.

… Y todo esto empezó, sin comerlo ni beberlo (nunca mejor dicho), con el frigorífico de mi madre.

Relaciones: de la etapa de la iluminación a la del conocimiento

Cuando empiezas una relación amorosa/con feeling, o incluso, en ocasiones, de amistad, albergas unas ganas permanentes de beberte a la otra persona. De estar todo el tiempo con ella, de exprimirla todo lo posible, de consumir las horas haciendo lo que sea, pero con ella. Es como una droga de la que tienes mono constantemente.

¿En qué momento exactamente te vas acostumbrando al estado que sigue a esta inicial excitación? Ese que consiste en volverse una persona normal. Amigo o enamorado, pero normal, confiado. Desaparecen las ansias de aparentar, de intentar asombrar, sale la bestia que llevas dentro y muestras tu verdadero ser. Dicen que ahí se enfría el amor. Me parece muy relativo. Debe de ser agotador mantenerse mucho tiempo en un plan adictivo hacia el otro. Y, efectivamente, seguro que para muchos, por experiencia, lo acaba siendo, ya que se vuelve tan obsesivo que termina resultando nocivo y completamente autodestructivo (una de mis palabras favoritas).

Pues, a veces, las necesidades se trasladan a otros campos. Como esos domingos “improductivos”. ¿Por qué? ¿Porque no has hecho ni el huevo? Pues mira, igual lo que mejor sienta en este momento y de aquí a los siguientes 40 minutos (por ejemplo) se limita a mirar embobado esos árboles que tienes delante. Ese jardín que ves una vez cada dos o tres meses, con sus tonos verdes y amarillos, aquellas florecillas que despuntan con la primavera, y el ciruelo en medio de este panorama natural, con sus hojillas violáceas por fuera y rojizas por dentro, que se balancean con el viento produciendo un intenso mar de colores brillantes.

Hasta que llega tu verdadero yo y te dice: ya es hora de ponerse a hacer algo útil. ¡Como merendar! Sé que a mucha gente le da lo mismo pero yo soy una de esas personas que disfruta comiendo. No me hace falta disponer de un caviar en mis manos cuando cualquier alimento supera su sabor y con creces (opinión personal, claro, a mí no me gusta el caviar). Tampoco creo que compense gastarse una pasta en comida, aunque hay cosas en las que sí que se distingue, y se agradece, la calidad.

Volviendo al tema por el que empecé… Eso, la etapa del “enfriamiento”. Primero viene la de la “iluminación”, donde todo es luz, color, belleza, pájaros piando y lunas llenas y enormes. Luego viene la del “conocimiento”, que lleva a menudo intrínseco dicho enfriamiento. Ignoro si será un concepto muy actual. Quizá sí, porque con la modernización de la sociedad, la independencia de la mujer y el fomento del “quererse a sí mismo” y procurar alcanzar los mejores niveles posibles en todos los ámbitos vitales, nos volvemos más exigentes, selectivos. Aunque quizá no tanto, vistos los índices de divorcios. O tal vez sí, pero nos dejamos llevar, y luego nos encontramos con lo inevitable.

¿Entonces qué? Pues nada, solo un pequeño paseo en torno a esas decepciones, mayormente ficticias, esa etapa bella y complicada del conocimiento, tras la apasionada y frenética etapa de la iluminación, cada una con sus ventajas y sus inconvenientes. Puede que disminuyan los mensajitos al móvil y los detallitos, flores y bombones (que en muchísimos casos no es así), pero no hay nada como conocer a una persona tal y como es, cosa que no te brindan los primeros maravillosos tres meses, sino el transcurso de los posteriores, cuyo destino ya queda en manos de los participantes.

La misma piedra

Dedicado a todas aquellas mujeres, y también hombres, que siempre vuelven a caer en el mismo error, normalmente personificado en un ser humano del sexo opuesto (o del mismo, el caso es que haya sido pareja o constituido algún embrollo sentimental más adictivo que una droga), por no ser lo bastante fuertes, decididas, valientes, lanzadas, seguras de sí mismas. En principio hablo en femenino porque, aunque no albergue duda sobre que al género masculino le ocurra por el estilo y también bastante a menudo, lo que más tengo son testimonios de amigas, así como mi propia experiencia.

Que sepan que ese apoyo que tanto anhelan en una sola persona lo pueden hallar alrededor con solo abrir los ojos un poco, y si aún así se ven un poco perdidas, eso no es motivo para quedarse estancada, para no romper con todo y empezar a aprender algo tan importante como Vivir Sola, a lo que parece que le hemos cogido miedo. Por algo la sociedad ha evolucionado tanto, ¿no? Para darnos la oportunidad de salir de la cocina y de la etiqueta de “máquina de niños” y dar rienda suelta y sentido a la palabra Independencia. Porque aunque a veces ansiemos esos mimitos, hay que ser consciente del amplísimo abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo y considerar si vale la pena quedarse con ese cariño mezclado con problemas, discusiones, disgustos e insatisfacciones, o dar un paso adelante, cerrar esa puerta ya más que carcomida, abrir otra lista para pulir y mirar, solo observar… hasta que vayan fluyendo las experiencias y sintiéndose preparado para crear nuevas historias.

Aún así, sé que prácticamente la inmensa mayoría de vosotros volveréis a caer en la misma piedra, y lo comprenderé porque así de lerdos estamos hechos. Solo espero (a menos que vaya bien, claro, ahí ya no entro; si dura, yo me alegro) que os de tiempo a rectificar sin llegar a arrepentimientos. Total, estos solo supondrían un tormento más que añadir a la etapa de superación, en la que os aconsejo estar muy entretenidos durante el mayor tiempo posible con cualquier cosa, no es tan difícil encontrar ocupaciones. Lo importante no es tanto luchar contra el malestar (de hecho, en ocasiones veo mejor dejarlo fluir en vez de agotarse tanto psicológicamente intentando ahuyentarlo), sino amortiguarlo.

¿Por qué nos cuesta tanto? Por lo que se ha vivido, porque nos aferramos al pasado, porque nos hemos habituado a caminar de la mano de la costumbre y soltarla se convierte en un paso vertiginoso. Y a la vez, nos hemos olvidado (o no hemos tenido tiempo de experimentarlo antes, o nos da pánico no encontrar algo mejor…) de cómo nos gustaría estar realmente, para conformarnos con la frase “estoy bien”, en vez del que podría ser un “estoy de puta madre”.

También hay gente que necesita emparejarse constantemente para sentirse a gusto. Me parece un pelín triste, ya que creo que debería probarse de todo y la soltería te permite hacer más cosas, ya no por el hecho de no tener con quien “consultarlo”, sino porque cuando se está solo, uno se predispone a embarcarse en aventuras. Con pareja, muchos se acomodan, y viene el letargo, el “limbo feliz”… Así reservan luego la guantá los divorcios, destacando en verano, época donde los cónyuges/novios se tienen que ver más la jeta y descubren que no se soportan/se aburren soberanamente y discuten a saco (esto es verídico).

En fin, que me voy por las ramas. Desde mi punto de vista, habría que estar muy agradecido de poder tomar plenamente las decisiones por uno mismo y elegir en todo momento lo que plazca. Pero bueno, supongo que esto ya depende de la dependencia y la mentalidad de cada cual.

Mucha suerte a tod@s y que no os duelan mucho las hostias mentales.

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