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El pánico gratuito y la confianza en uno mismo

Sí, sí, ese pánico que nos ataca más o menos constantemente, dependiendo en buena parte de la personalidad de cada uno aunque igualmente extendidísimo. Ese pellizco en el pecho debido a la incertidumbre, a la inseguridad, al miedo, a la vergüenza, al reparo y a todos esos sentimientos negativos que, en resumidas cuentas, no nos permiten gozar de una existencia plácida por mucho tiempo… Oh, un momento, ¿no nos lo permiten o somos nosotros los que les estamos dando banda ancha para importunarnos?

Porque, sinceramente, llega un punto en el que la mente les coge el gusto y es que no para. Y otra preocupación por esto, y de nuevo ansiedad por aquello, y una mala cara después por lo otro… No tiene sentido. No tiene el más mínimo sentido cuando normalmente hasta se solucionan por sí mismas. Y si resulta que no y hemos de solucionarlas nosotros pues no estaría mal tomarlas como los escalones que necesitamos para ascender en esta vida, en lugar de constantes contrariedades que “quieren fastidiarnos”.

2015-05-14 20.27.57El problema es cuando de repente me llega un mensaje al móvil como el que podéis ver en la imagen (un “aviso de riadas en mi área hasta las 10:30 de la noche” que me recomienda “evitar zonas inundadas” y comprobar qué dicen los medios de comunicación locales, enviado por el Servicio Nacional del Clima: National Weather Service, NWS) y justo me encuentro en casa esperando a mi novio. ¿Qué pasa entonces? Que, en vez de pensar como cualquier persona con la cabeza en su sitio que el chico tendrá más trabajo de la cuenta, una empieza a imaginarse una escena de película en la cual el susodicho debía de estar conduciendo de vuelta cuando le habría caído una tromba de agua espantosa, haciéndole perder toda visión de la carretera y hasta provocando que el coche se deslice por la misma mientras que se forma una riada de mil demonios que termina por arrastrar el vehículo a lo largo de cuestas repletas de agua, tierra e incluso algún ciervo hasta precipitarse por un acantilado. Y yo en casa sin enterarme de nada.

Hasta que cruza la puerta y esta inepta ha pasado un mal rato gratuitamente. Este es el pánico del que hablo. Obviamente la descripción del hecho catastrófico ha sido exagerado: las cuestas hacia abajo en San Diego no te llevarían precisamente a unos acantilados y no sé yo si hay ciervos por la zona pero claro, estás a diez mil kilómetros de tus seres queridos y para alguien que se ha metido en tu vida más de la cuenta y sin esperarlo en California, va la tierra del sol y le da por llover un océano sobre la hora a la que sale de trabajar, que ya es mala suerte también (aunque dicho océano tampoco es que se viera a través de la ventana precisamente).

Toda esa angustia me pertenece exclusivamente a mí y a mi falta de capacidad para llevar con calma determinadas situaciones, y mira que soy tranquila a menudo pero nada como la incertidumbre para acojonarme. Y eso no puede ser, ¿por qué? Porque en la vida una incertidumbre va detrás de otra. Y de otra. Y de otra. Y nunca se acaban. Así que mejor procurar llevarlas de otra manera. Las incertidumbres, los imprevistos, los cambios de planes, los problemas en sí, las rupturas, los desacuerdos, las discusiones. Lo que no podemos controlar que suceda pero sí en buena medida nuestra reacción y actitud hacia ello.

confianza en uno mismoAyer me ocurrió algo parecido. No en el tema pero sí en la sensación: confesé a uno de mis mejores amigos una serie de pensamientos que me corroían el alma acerca de su situación actual. No os preocupéis, no se dedica a nada turbio, simplemente me preguntaba si era realmente feliz o no, a muy grandes rasgos. Pues me puse más nerviosa que un hipocondríaco en una piscina de jeringas. Hasta grabé un vídeo para poder explicar mi opinión en condiciones y ni así, con un canguelo hacia no sé qué temores infundados… Lo cual nos catapulta del pánico gratuito a la falta de confianza en uno mismo. Porque, ¿cuántos miedos eliminamos cuando confiamos en nosotros mismos, cuando nos vemos capaces de aquello y más, cuando consideramos nuestras opiniones y decisiones como bien sustentadas y útiles para nosotros mismos y para los demás, cuando nos miramos al espejo y estamos orgullosos de lo que vemos? Un porrón.

Los miedos no son más que consecuencias de la falta de seguridad en uno mismo. Y el nivel de seguridad que sintamos dependerá, aparte de nuestra educación y principios básicos personales, de nuestra capacidad para plantearnos las circunstancias con más o menos temple, junto con la lógica y el realismo que creamos que se merecen y la mayor o menos resistencia a la tendencia a pensar en las posibilidades más nefastas, que no sé de dónde hemos sacado esta espantosa costumbre. Si yo no me hubiera imaginado a mi novio siendo boicoteado por inundaciones milenarias, dos horas que me habría ahorrado de pánico gratuito. Si me hubiera sentido lo bastante segura de que estaba haciendo lo correcto, o más bien lo que me pedía imperiosamente el cuerpo, al ser honesta con mi amigo, no me habría rallado la cabeza con hipotéticos dramas amistosos.

Y así ocurre con todo, con todo lo que nos afecta improductivamente, que es mucho más de lo que pensamos pero nos empeñamos en camuflarlo entre justificaciones. ¿Para qué? ¿Para permitirnos ser más desgraciados? Ya he asumido que aquí los fuertes sobreviven y los débiles mueren pero claro, el tremendo problema es que antaño estos fenecían de verdad mientras que hoy en día permanecen en cuerpo presente con el alma a la altura de los pies, arrastrándose, cabizbaja y perdida. Cuidado, naturalmente no es un problema que sobrevivamos más tiempo, no quiero matar a nadie. Sin embargo… Hay como demasiadas existencias tan vacías o desgraciadas que cuesta pensar que les merezca la pena subsistir de esa manera, ¿no creéis? Nótese que hablo de conflictos psicológicos del siglo XI. A los que les falta un techo o el plato delante de ellos tienen mayores preocupaciones como para entrar en conflictos mentales de este tipo.

pirámide de MaslowLa ciencia nunca dejará de sorprendernos. Cada época, sorteará unos baches para verse obligada inmediatamente a lidiar con otros nuevos. Cada avance de la civilización conlleva sus atrasos. Enfermedades de hoy en día no existían anteriormente, ni los niños vivían pegados a una pantalla, ni los padres acudían al colegio a pegar a los profesores, ni… En ocasiones, resulta extremadamente difícil no hacer un agujero y meterse dentro para aislarse de este mundo trágico y perverso. Hasta que te das cuenta de que forma parte de la supervivencia. No somos más que los animales que nos rodean, cada uno nace y crece con posibilidades y suertes distintas. Y cada uno es responsable de sus propios actos, cada cual decide su papel en el universo. Y en eso estamos trabajando los más privilegiados de la tierra, en aprender a mover nuestras marionetas de manera que apreciemos lo que nos ha venido dado y muchos otros no tienen, es decir, las necesidades fisiológicas, de seguridad y de afiliación que tan acertadamente nos expuso Maslow; y en tratar de alcanzar los dos pilares más altos: el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización.

Total, una vez más, os hablo y me hablo en un intento de darnos un guantazo a todos y de sonreír más y preocuparnos menos. De reflexionar sobre el comportamiento humano y nuestras posibilidades, de mirar al exterior con menos egocentrismo y más objetividad, de mejorar como individuos y crear una sociedad un poco menos desastrosa para nuestros descendientes. Y de confiar más en nosotros mismos, que sabiamente se dice que, si no confías en ti mismo, ¿quién lo va a hacer? Puede que al principio haya gente que lo haga, pero luego muchos acabarán hasta la coronilla de tus inseguridades y tu negatividad, así que mejor irse curtiendo el espíritu, que hay mucho que hacer y que aprender como para andar asustándose y lamentándose gratuitamente.

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

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