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De Elephant and Castle a Lewisham

¡Muy buenas a todos!

Hoy, no puede tocar otra cosa que contaros mi segunda mudanza en menos de un mes y medio. Para situaros: la primera se produjo desde la casa particular de una familia hasta la residencia situada en pleno centro de Londres (Elephant & Castle) que tanto me llevaba interesando desde antes de venirme a este país. Sin embargo, circunstancias como que no tuviera licencia residencial y fuera a cerrar a finales de este mes me obligaron a indagar otra vivienda (o mejor dicho a esperar a que me la buscara la agencia intermediaria que me organizó todo el conjunto trabajo-alojamiento), terminando por encontrar una fantástica residencia situada en el mismo municipio de mi lugar de trabajo: Lewisham.

Dicen que es un barrio chungo. Me da exactamente igual, la verdad. Me hallo en una habitación mucho más espaciosa que la de la residencia céntrica, tengo los baños y la cocina a dos pasos y no al fondo del pasillo, el Internet tira extraordinariamente mejor, mi oficina se encuentra a 15 minutos caminando (no a tres cuartos de hora en tren y metro), no necesito pagar la Oyster mensualmente (la tarjeta-transporte, que vale una pasta), cuento con todo tipo de tiendas al alcance de un paseo y esta residencia me cuesta 200 libras menos al mes. Pedir más sería de avaricioso.

Además, he pasado el tiempo suficiente en el centro (exactamente un mes) como para hacer la visita express más completa durante los últimos fines de semana a los principales centros turísticos de Londres, destacando la ruta del Támesis (por orden: Tower of London, London Bridge, Millenium Bridge, St Paul’s Cathedral, The Globe, Tate Modern, London Eye, Big Ben, Houses of Parliament, Westminster Abbey y Buckingham Palace; otro día os lo cuento con tranquilidad, ¡no os agobiéis con tanto nombre!). Ya solo queda ir profundizando, y para eso me queda mínimo hasta octubre si todo va bien :).

A continuación, os muestro el pedazo de día que me saludó el domingo al levantarme (aún en Elephant & Castle). Esto sí que da ánimos a cualquiera. ¡Rayos de sol!

Sí, hay nubes al fondo, pero cuando en Londres se consigue distinguir el sol, ¡creedme que hace un tiempo fantástico! Luego se puso algo más feo, cayendo incluso algunas gotas pero bueno, igualmente dediqué unas buenas horas a visitar el Tower of London por dentro con unos amigos. La verdad es que me lo esperaba propiamente como un castillo, tal y como da la sensación al observarlo desde el exterior, pero más bien se trataba de una mini-ciudad medieval (similar al estilo de Toledo, solo que esta ciudad me encandiló bastante más en comparación) con edificios circundantes y exposiciones en sus interiores que rodean a una construcción central por la que al subir no aprecias demasiado que ganas altura entre tanto artilugio expositivo ni tampoco llegas a una superficie que te permita mirar hacia fuera desde la torre. Demasiado retocado todo desde mi punto de vista.

Pero bueno, ¡no pasa nada! Había que verlo. Los elementos expuestos no dejaban de desprender muchísima historia. Aparte de las joyas de la corona; armas de todos los tipos, figuras de caballos, armaduras, instrumentos de tortura, un dragón montado sólo con material de combate…

Creo que dentro de poco van a acondicionar la entrada gratuito a este lugar (gracias, mamones, yo pagué 17 libras), así que quizá me ponga más detenidamente y con imágenes a mostraros su interior, aunque cada vez estoy más convencida de que las cámaras no le llegan ni a la suela de los zapatos a ciertas realidades. Aún así, la siguiente imagen es una de las perspectivas más bonitas que me regaló la visita.

Debo justificar el inmenso espacio concedido al cielo a que, aparte de que me guste, lo de abajo ofrecía una perspectiva bastante más cutre, ya que parte de la atracción está en obras, así que era mejor no enseñarlo. De hecho, tuve que dejar que se me colara un cachito de caseta por la esquina de la foto si es que no quería cortar el Tower Bridge. Cosas que pasan.

Por último en cuanto al Tower of London, ¡esos bichos que tiene en algunos rincones! Al parecer, en la época contaban allí con un buen surtido de animales para entretenerse viendo cómo se daban candela entre ellos, así que en ciertos puntos nos encontramos con determinadas especies elaboradas a partir de alambres. Un buen rato que han debido de tirarse para hacerlos.

Y poco más. Este ajetreado día culminaría con unos calóricos nuggets y unas patatas ultra saladas (me pasé echándoles sal). No me arrepentí de no probar un Traditional Fish porque se lo pidió una amiga mía y valiente mala pinta tenía aquello. Blandengue, con espinas, cayéndose a cachos… No tenía nada que ver con otros más cuscurrudillos que habíamos visto en el escaparate de otro Fish&Chips. ¡Otra vez será!

Volviendo al tema de este post: mi segunda mudanza en este país. Pues nada, me levanté un lunes 19 de marzo (ayer) y abrí las cortinas, como cada mañana, pero esta vez de manera más melancólica, reflexiva, pausada. Era la última vez que tenía aquel paisaje ante mis ojos.

Como me suele pasar en este tipo de situaciones, traté de llevarme más peso del que se corresponde con la naturaleza humana, así que tuve que dejar parte del equipaje en la vieja residencia para recogerlo por la tarde, cosa que no me vino nada mal para disfrutar de las siguientes espectaculares vistas desde lo más alto de uno de esos entrañables autobuses rojos.

Y para demostrar la veracidad de mi privilegiada posición, otra fotillo con un porón de sus sucedáneos por los alrededores.

Así, y tras un segundo viaje a por la última maleta que me quedaba por recoger (esta vez no a la resi sino a casa de una amiga en Greenwich, a unos 20 minutos en autobús, para rematar la faena y no tener que hacerlo al día siguiente, o sea hoy), ya me encontraba en mi querida nueva residencia. ¿Qué pasaba? Que esto tenía unas capas de polvo como para no respirar debido a que el edificio está aún terminando de arreglarse: pintura por aquí, suelos por allá y demás.

Confieso que yo era consciente de ello, que la había visitado tres semanas antes, pero al menos esperaba que me limpiaran la habitación previo acceso. Craso error. Toallitas en mano, único material de uso límpido del que me había podido aprovisionar por el camino de vuelta (eran las 11 de la noche), a darle al tema. Lo bueno de que esté todo recién hecho se basa en que, desde luego, tú mismo estrenas tu propio cuarto: antes no lo ha habitado absolutamente nadie. ¡Nuevísimo el colchón! Trabajito que me costó quitarle el plástico sin que rozara el suelo.

Por suerte, esta mañana pude comentar el asunto de la limpieza con la amabilísima señora postrada en la oficina (ayer no pudo recibirme, era el cumple de su madre y no vino a trabajar) y cuando he llegado por la tarde el panorama me ha permitido incluso caminar descalza :D. Por tanto, de la siguiente manera me saludó el día desde este, mi nuevo hogar (y espero que para los siguientes siete meses, por favor, no más mudanzas).

Admito que ha quedado cutrísimo, pero en la realidad sí que están pegadas una cosa al lado de la otra, aunque la luz del sol haya hecho que me salga mucho más clara la foto de la izquierda. Es decir, que lo que antes eran edificios se ha convertido en el jardín trasero de la propiedad + parte de la residencia. Estas son mis vistas a partir de ahora a través de la ventana. Y me gusta, la verdad, resulta agradable. Una vez más, me sorprendo alucinando al concentrarme en mis circunstancias actuales: new city, new people, new home, new life. Demasiado me falta por explotar.

Hasta aquí por hoy, mis queridos lectores. Próximamente os contaré más sobre mi percepción personal de este singular distrito, Lewisham, conocido como uno de los municipios londinenses más mestizos.

¡Que tengáis una feliz semana!

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