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Posts Tagged ‘educación’

Una vida en un clic

clicNo sé si hace ya dos, tres años o cuánto tiempo exactamente pero, el día que me animé a darme de baja del boletín de noticias por correo electrónico de El País, tomé una buena decisión. Una buena decisión para mí, para mi persona, mi equilibrio emocional, mi forma de pensar, quién quiero ser, cómo quiero levantarme cada mañana.

Lo mismo da hablar de El País que de cualquier otro periódico. La inmensa mayoría de las noticias son un bajón. Un bajón de estado de ánimo, de azúcar, de tensión, de alegría, de vida. Accidentes, fraudes, maltrato, asesinatos, guerras, muertes. Si por lo menos nos enseñaran a tener otro tipo de relación con estas situaciones, todavía tendría sentido permitirme pasearme por esos titulares. Si nos contaran a una edad razonable (no es plan fastidiarse la infancia de antemano tampoco) que la vida es una lotería… Cosa que sabemos pero obviamos, ignoramos. Tema tabú. Si nos dijeran que la vida es REALMENTE una lotería, que caemos como moscas, que hoy estás aquí y mañana no, que en prácticamente todas las familias hay, más cerca o menos, enfermedad y muerte. Si tuviéramos otra visión hacia la muerte; si yo fuera capaz, porque no quiero culpar al exterior, de mirarla de otra manera, tendría una relación más saludable con la vida, con el ciclo de la vida. Podría llamarse “El ciclo de la vida y la muerte”. Tres palabras más pueden cambiarte la perspectiva para siempre. Pero no es así.

El caso es que, no importa los años que pasen por mí, las noticias (entiéndase como las de medios de comunicación genéricos) siguen provocándome una profunda desazón. No me inmunizo ante las tragedias por mucho que sigan el mismo patrón. Me entristecen, me quitan esperanza, me causan vacíos y hastío hacia el ser humano. Y no quiero eso para mí. Aunque eso suponga a ojos de la sociedad convertirme en una “inculta”, no estar al día, no enterarme de qué pasa en el mundo. ¿En qué beneficia a mi evolución como persona “mantenerme informada”? Yo decido de qué informarme. Yo escojo qué ver, qué leer, qué escuchar. Y mi preferencia no son los periódicos ni las crónicas políticas ni los programas de cotilleo.

empatíaNo obstante, hay cosas que, a pesar de mi voluntad por evitarlas, te llegan. Y me resquebraja el alma saber que alguien, que por supuesto no ha sido ni será la única, se ha suicidado a causa de la falta de empatía ajena (en concreto, por la difusión de un vídeo sexual). A alguien le ha superado tanto la situación, las ansias de morbo hacia su vida privada en este caso, que ha optado por quitarse de en medio.

Estoy horrorizada. Me horroriza lo fácil que es provocar que una persona se pierda de sí misma, que alcance tal nivel de desesperación que escoja morir. Desaparecer voluntariamente sin posibilidad de retorno. Solo hace falta una palabra, un cotilleo, un rumor, un mensaje, un vídeo con algo íntimo, inadecuado de compartir, dañino. Por no hablar de las situaciones de acoso intencionado y continuado. Me da verdadero pánico la posibilidad de causar ese daño, de desencadenar un sentimiento así en alguien por una acción mala y egoísta.

Como no podía ser de otra manera, esa noticia me llevó directamente a otra del palo “Suicidios en España”. Estadísticas difíciles de concluir por ser tema tabú. Eufemismos como “accidente” bailando con cifras. Cifras que son personas con vidas, sueños y seres queridos rotos. No niego que es un tema peliagudo, pero eso no justifica tratarlo de pasada. Personalmente, y aunque quizá me embarre por afirmar lo siguiente: trato de empatizar con el deseo de desaparecer. Aunque sacuda mis entrañas, intento aceptar la libre elección de las personas. Tan simple como procurar entender que no todo el mundo quiera seguir aquí, aunque naturalmente asuma que, si no todos, un porcentaje de suicidios podría evitarse de tratarse de otra manera. Y este es uno de ellos.

Nos falta consciencia. Nos falta respeto. Nos falta aplicar sentido común hacia lo que está bien y lo que está mal, que no es más que aquello que provocará gozo o daño en los demás. Hay circunstancias en tonos grises, claro que sí. Pero otras son muy claras. Como compartir un vídeo sexual de otra persona. Blanco y en botella.

Facebook likesHace ya tiempo también que decidí vaciar mi Facebook. Me resisto a quitármelo porque sus puntos positivos me resultan realmente de provecho, como acceder a ciertos grupos y estar en contacto con gente. Así que encontré la forma más sana, para mí, de mantenerlo. La fiebre por limpiarlo me entró tras ver el último episodio de la serie de documentales Hot Girls Wanted: Turn On, en el que se cuenta el caso de una adolescente que reprodujo por una red social, Periscope, la violación en directo de su amiga. Soy incapaz de describir lo en shock que me dejó aquella historia, lo congelada que me sentí durante cada minuto. No es que entrara a saco en detalles escabrosos pero solamente la idea de que las ansias de divulgación y atención pública superen al más puro instinto de ayuda y consideración humanas… Me horrorizó. Era la guinda que me faltaba junto con la proliferación de haters protegidos por la pantalla y la expansión de noticias falsas para negarme a formar parte de ello. Lo respeto, obviamente, cada uno decide en qué utilizar su tiempo. Siempre que no se ataquen los derechos de los demás, que parecen estar colgando de una línea moral muy delgada y, a menudo, vulnerada.

Es curioso cómo, tras la desgracia, se hace el silencio. Vienen el despertar y la reflexión. Cuando ya es demasiado tarde. Así somos, vendiendo almas, las nuestras y las de los demás, por likes y comentarios. Por recibir atención, por sentirnos menos pequeños, por lo que sea que nos transmite tanta euforia interna que nos hace olvidar nuestro poder de destrucción y nos separa de lo que nos hace humanos.

Aprendamos a no ser partícipes ni cómplices de estas actitudes, por favor.

Sobre la religión, Dios y mí misma… a los 16 años

religiónAlgo bueno y malo de proceder a ordenar el caos reinante en el armario de tu cuarto durante los últimos diez años consiste precisamente en encontrar cosas agradables de ver y rememorar, y otras que no tanto. Tenemos un afán incondicional hacia acumular elementos inútiles “por si acaso”, y así es como me he cruzado con un par de folios encabezados por los títulos ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? y “¿Qué tipo de “sed” tengo yo?, y con las fechas 8/11/2006 y 9/11/2006 respectivamente.

Os transcribo mis redacciones, motivadas indudablemente por la asignatura de religión, empezando por la de mayor envergadura, que se corresponde con el primer título, ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo?:

Sobre la religión, pienso que cada uno debería tener libertad para elegir la suya o hacerse agnóstico o ateo. La primera comunión impuesta se ha vuelto una costumbre, a los diez años un niño no sabe nada realmente, no tiene en sí el sentimiento religioso, sino que le animan los regalos y las comuniones de sus amigos.

Comparto la idea de enseñar cultura religiosa en los colegios, no religión, para adoptar una buena base global en la que decidir las creencias propias. Inculcar una religión por obligación o por costumbre me parece una pérdida de tiempo, y a veces dinero.

Respecto a Dios, no lo he considero mucho a lo largo de mi vida. Mayormente no creo que exista, mi postura es agnóstica por tanto, pero esto se debe a que nunca lo he tenido en cuenta. Siempre he hecho lo que tenía que hacer, tanto obligaciones como diversiones, sin pensar en que un ser superior nos mira y sigue nuestros actos.

De pequeña rezaba, como todos, al empezar las clases diarias, pero hará un año que dejé de hacerlo pues veía inútil pronunciar palabras que no sentía, no me afectaban, no me hacían creyente ni me paraba a reflexionar sobre ellas.

Con la muerte de mi abuela, la cual tenía alzheimer muy avanzado y no me reconocía, recé por ella durante una semana por las noches. Posteriormente, se me olvidaba. Aparte de este gesto, poca religiosidad encuentro en mí.

En cuanto a mí misma, opino que no sé ni voy a saber nada, por lo que no creo pero tampoco niego. Probablemente temo un mínimo a la muerte porque no veo nada más allá, mientras que tampoco soy capaz de imaginarme vagando felizmente el resto de la eternidad.

La religión me plantea muchas dudas imposibles, quizá eso también influye a que mi mente opte por desistir de introducirme en ella.

Sin lugar a dudas, resulta un tema muy interesante de debatir, jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. En eso creo que consiste la educación.

libertad escrituraMe doy cuenta de que mi opinión sigue siendo prácticamente la misma. Me agrada comprobar que, dentro de la inocencia y la personalidad aún por curtir que siempre relaciono con mi adolescencia, era capaz de expresar mis razonamientos con coherencia y propiedad. Y confirma mi teoría, ya formada como adulta, de que en los colegios echo en falta asignaturas “existenciales”, “vitales”, llamadlas como queráis. Asignaturas que favorezcan el debate entre los alumnos, que haga a los niños y adolescentes pensar acerca de cuestiones variadas, que fomenten el respeto y el desarrollo mental de los adultos del futuro.

Siempre fui buena estudiante pero rara vez presté atención plena en clase, no sé por qué. Me aprendía las lecciones con facilidad y curso tras curso incluso me exigía más, crecí inmersa en la costumbre de sacar buenas notas. Mas si me paro a preguntarme por el tiempo real de escucha escolar, puedo contar las asignaturas con los dedos de las manos: matemáticas, por no tener más remedio si quería aprobar; filosofía, para entender los conceptos más abstractos y porque el profesor me provocaba una especial ternura (aunque tampoco es que atendiera siempre), y literatura en bachillerato, por la mejor motivación de todas: poder escribir de lo que me apeteciera, con total libertad verbal y creativa, tanto a partir de los textos que traía el profesor como por mí misma en el diario de bitácora que nos motivó a redactar desde principio de curso con nuestras emociones, pensamientos y lo que nos viniera en gana. Básicamente: libertad absoluta de pensamiento y de acción, aunque fuera sobre el papel.

Aquella asignatura era una “maría”. Ni siquiera entraba en la media de bachillerato si no recuerdo mal. Y era a primera hora de la mañana. Pero le dediqué más tiempo que a ninguna otra. Más tiempo que a las matemáticas, economía, geografía, inglés, lengua, filosofía. Mucho más tiempo que a ninguna. Porque la disfrutaba plenamente, porque la mente me pedía leer aquellos textos, interpretarlos y escribir mis impresiones tanto de ellos como de mi propia rutina.

Independientemente de mi experiencia, creo que habéis entendido lo que quiero decir. Ignoro si alguna vez se creará una asignatura “existencial” pero sé que, mientras en los colegios persista esa considerable cantidad de alumnos desmotivados y faltos de inquietudes junto con ese cáncer conocido como el bullying, la educación dejará mucho que desear.  

Luego, hay otro par de aspectos que contemplo levemente modificados en mí actualmente: 

miedo libertad1. El temor a la muerte. Sé que se ha intensificado. Temor, respeto, reparo… Supongo que tanto por la fugacidad del tiempo como por “hacerme mayor” como tal. Procuro no pensar en ello porque, al menos de momento, es algo que me acongoja irremediablemente. Espero trabajar en ello en un futuro. De momento, el presente me mantiene lo bastante entretenida como para apartar este tema fácilmente.

2. Con 16 años escribí: jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. Añado un pequeño matiz: “siempre que esa religión no atentara contra los derechos humanos”. Por poner un simple ejemplo: me cuesta describir la desazón que me encoge el pecho al ver a mis compañeras de género con burka. Hay gente que dice que ellas son felices así, que han nacido con ello y se sienten más cómodas llevándolo aún habiéndose trasladado a áreas del mundo donde las mujeres muestran su rostro y eligen su vestuario con toda libertad. Este argumento me produce aún mayor desazón. Siguiendo esta línea, tremendo es el pavor que me suscitan los radicales religiosos. Nunca se sabe lo que serían capaces de hacer “en nombre de Dios” (del Dios que sea). No creo que necesite aclarar este punto mucho más.

En conclusión, ha sido interesante indagar un poco en el pasado y despertar melancolías inciertas desperdigadas por la memoria. Próximamente, mi redacción ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? con su reflexión correspondiente.

La felicidad en un espejo

mujer espejoEstrella se levantó y se dirigió hacia el baño. Aún no se había puesto las lentillas pero lo primero que hizo, como cada día, fue mirar su figura desnuda, algo borrosa debido a su visión miope, en el espejo. No se vio mal del todo, aunque alguna que otra curva le disgustó en cierto sentido. Se lavó la cara y se colocó las lentillas, para mirarse de nuevo. Ahora se veía con claridad. Bueno, tampoco era tanto si metía un poco de barriga. Total, casi nunca se mantiene la tripa relajada a lo largo del día, así que aquello no suponía un gran problema.

Escogió su nuevo conjunto de ropa interior y no perdió la oportunidad de volverse a mirar para puntuarse a sí misma, compararse con la que había sido el día anterior y la que sería al día siguiente según el conjunto que escogiera. Idéntico proceso se dio una vez vestida con la ropa que tocaba aquella mañana, elegida cuidadosamente la noche anterior para no tener que perder tiempo probándose otras cosas, aún a pesar de que no le convenciera, ya que no quería entretenerse y llegar tarde al trabajo.

Cada una de las veces que se observaba en el espejo en todas estas fases, se repetía el mismo ritual. Perspectiva de frente, de perfil y de detrás. Nunca fallaba. Y el sentimiento también era similar: de conformismo. Resignación pura y dura. En pocas ocasiones, satisfacción, la cual no solía durar mucho.

De camino al trabajo, no podía evitar mirar de reojo su silueta en todos y cada uno de los escaparates que se cruzaban con su reflejo. El último era el mejor, siempre se veía fantástica en él. Siempre se proponía buscar un espejo que se correspondiera con las formas que prestaba aquel cristal, pero enseguida se decía que aquello era lo esporádico, mejor atenerse a la realidad.

Tampoco faltaba a su costumbre de mirarse en el espejo del baño de la oficina, para eso estaba, ¿no? Para verse y retocarse si hiciera falta.

A la salida del trabajo, todo se sucedía de manera inversa: escaparates, ropa, conjunto de ropa interior, desnudez. Se había convertido en parte de su rutina observarse. Observarse y juzgarse. Y, a partir de un michelín más o menos, determinar la felicidad que le correspondía cada día. Si no intencionadamente, en su subconsciente.

Así, no advertía el sonido de los pájaros al abrir los ojos por la mañana. Ni el bello color sonrosado de sus mejillas recién lavadas, a causa de sus pupilas fijas en el vientre. Ni el propio brillo de sus ojos, de atención dirigida exclusivamente en alisar esta camisa, ese vestido o aquel pantalón. Ni las carcajadas de los niños con los que se cruza y que se dirigen al colegio, centrada en el reflejo de los escaparates. Ni en las lágrimas que su compañera de trabajo ha derramado justo a su lado en los baños. Ni en el chico que le regaló una sonrisa de vuelta a casa.

Así viven miles de mujeres, porque así las estamos educando: apagando sus brillos y creando un mundo plagado de Estrellas sin luz.

Cuestión de educación

respeto a ti mismoEsta mañana he visto cómo un niño, que iba con su progenitora al lado, desmenuzaba el envoltorio de una chuchería e iba tirándolo impunemente al suelo. Me ha dado unas ganas tremendas de decirle a la madre: “señora, su hijo es un guarro, lo cual dice mucho de usted teniendo en cuenta que el pequeño debe de tener unos cinco años”.

La educación no se aprende en el colegio. Los principios morales no vienen del exterior, de edificios con aulas, de iglesias u organismos religiosos cualesquiera. Al menos los primeros y más importantes principios que adquirimos, aunque susceptibles de variar con el tiempo. La formación de la personalidad comienza en casa, siempre. Y desde el momento en el que un crío tira algo al suelo, o come donuts para desayunar en vez de cereales, o se le permite comprarse lo que le venga en gana en todo momento, o contesta irrespetuosamente a sus mayores, o mira mal y/o con miedo a una persona de color, o grita (o incluso piensa): “¡maricones!” si ve a una pareja de hombres de la mano… Ese diminuta cerebro ya está embutido en una nube de sacrilegio mental subconsciente, de perversión humana en potencia. Básicamente, está en tus manos crear a una persona de provecho para este mundo o a un monstruo. ¿Será todo padre y madre consciente del peso de este poder, de esta gloria y este castigo?

Me parece un error gravísimo el argumento: “sólo son chiquilladas”. ¿Eso te priva de reprenderle cuando se lo merece? ¿Cuántas veces lo vas a permitir hasta que se convierta en un auténtico problema, en una aversión real, en inmadurez absoluta, en indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, en un egocentrismo descomunal, en un victimismo vergonzoso, en un suicidio, en una matanza, en odio puro y duro?

Por supuesto que educar a unos hijos supone una ardua tarea. Pero, señores, cuando una idea se introduce en una cabeza, en numerosas ocasiones ya no hay vuelta atrás. Así que más cuidado y aplíquenme la lógica cuando se presenta tan aplastante, por favor, empezando por esos niñatos mimados y contestones que se creen los reyes del mundo.

Gracias.

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Internet-dependencia

dependencia InternetMe declaro culpable. Así, zas, y sin sentirme ni una pizca de mal. Mi generación y sus descendientes somos y vamos a ser las amebas de las pantallas, los parásitos de la red, los zombies de las búsquedas online. Las putitas del sistema, señores. Internet por aquí, Internet por allá. A la basura entera la Larousse, esos tomos gigantescos que apenas consulté cuando aún no había Internet en mi casa antes de mis… ¿11 años? Tochos meramente decorativos y, de hecho, bastante anticuados actualmente. La vida va a un ritmo fenético, surgen demasiados conceptos nuevos cada dos por tres, nunca hay “últimas ediciones” de nada, nadie consulta libros a menos que sea para un análisis específico y en profundidad determinado (y debido a que probablemente no se pueda descargar en pdf por temas de derechos de autor si se trata de una publicación reciente, que si no ni eso).

Cuidado, no lo estoy criticando como tal, ¿eh? C’est la vie, nuestra cultura del siglo XXI, lo tomas o lo tomas. Nacemos y crecemos con pleno acceso a un aluvión de información y desinformación susceptible de interpretarse según la capacidad de cada uno, y aquí intervendrá la educación como elemento fundamental para hacer un buen uso de esta herramienta. Lástima que en muchos casos errará por A o por B, o simplemente no entrará en sus posibilidades abarcar el fácil enganche a las profundidades del Gran Hermano de la época, llevando consigo una existencia repleta de huecos semi-vacíos sumidos en la inmensa pérdida de tiempo que supone en ocasiones navegar por la red. Admitámoslo: no nos faltan entretenimientos chorras, desde el cotilleo en Facebook hasta el proceso de registro en las páginas para suscribirse a cualquier cosa (una red social, un curso, una matrícula, etc), pasando por chats, juegos frikis que no aportan nada a la mente, la búsqueda y comparación de ofertas de productos variados junto con el proceso de compra (véase los vuelos, alojamiento por vacaciones, restaurantes, discotecas, supermercados y todo tipo de productos a obtener de locales físicos y virtuales), y suma y sigue.

¿Origen de la inspiración para escribir tal parrafada Internet-maniática? De lo más empírico: he pasado cuatro semanas enteras sin Internet tras haberme mudado. La primera semana ni me importó, lo consideré hasta positivo para despejarme. Pero posteriormente, entre unas cosas y otras que retrasaron la instalación del susodicho y catorce mil inquietudes vitales acumuladas pendientes de googlear sin poder hacerlo, el asunto no suscitaba relax ninguno, más bien provocaba una, aunque perfectamente controlable, frustración e impotencia considerables. Realmente, necesitaba Internet. Lo necesito para hacer vida normal. Todo periodo en el que no disponga de él solo es eso: un periodo determinado que debe terminar en algún momento para volver a la normalidad, a mi normalidad apegada al ordenador. Yo, que me jacto de contar con un alto grado de independencia hacia la inmensa mayoría de los apegos. Pues toma, morena.

Internet dependenciaAl fin, desde ayer dispongo de conexión, y me he dado cuenta de que ME ENCANTA este rollo, no puedo decir otra cosa. Me encanta tener veinticinco ventanas abiertas con cosas distintas e ir de una a otra como si las hubiera inventado yo, alternando funciones completamente distintas entre ellas y perfectamente organizadas en mi cabeza sólo a través de mi orden mental de prioridades y los iconitos que las acompañan en lo alto del buscador. Adoro el Firefox, el iTunes, el gmail, el wordreference, la rae.es, la BBC online, elpais.com, seriesyonkis, el iTunes y el VLC. Disfruto ante la capacidad de consultar cualquier cosa y obtener tropecientos resultados en menos de un segundo, me deleito enormemente encontrando páginas interesantes y consultando mis docenas de blogs guardados en el Reader (cuando lo hago, jé). Y me encanta escribir en mi blog, repartir los párrafos, elegir las palabras, cambiarlas, buscar sinónimos para evitar repetirlas, colocar las fotografías a conciencia hasta que queden perfectamente situadas a mis ojos y según la estructura del texto, revisar cada post entero antes de publicarlo.

A su vez, como es natural, detesto las páginas que se cierran repentinamente (tal y como me acaba de ocurrir ahora, menos mal que el WordPress guarda el borrador automáticamente casi a cada frase porque llego a perder esta parrafada y me da un jamacuco), las ofertas que empiezan baratas y acaban por las nubes tras tres clicks, los virus que entran de archivos aparentemente inofensivos, el exceso de documentación sin fuentes ni investigación ninguna (cuando se pretende ir de serio; lógicamente las plataformas personales, como esta, tienen derecho a poner lo que les plazca quedando claro que es una visión subjetiva), los oscuros intríngulis intencionales envueltos en las diferentes redes sociales, y vuelve a sumar y a seguir. Uf, y si algo me mata, es una conexión lenta, en ocasiones da ganas de tirar el ordenador por la ventana. Pobre, como si tuviera la culpa.

En conclusión: me considero Internet-dependiente, y a mucha honra. No obstante, que quede claro que me remito al espacio y tiempo que se corresponden con mi ocio personal casero e individual, nada que ver con la mala costumbre modernita de mirar más el puñetero teléfono que la cara de la persona que se tiene delante, esto me parece básicamente una falta de educación criminal y, es más, me pone de una mala hostia tremenda. Un poquito de cabeza, por favor.

Así pues, como para todo, no considero esta necesidad negativa mientras el uso del protagonista de este post se desarrolle de la manera más coherente y equilibrada posible, en paz y armonía con el resto de posibilidades que ofrece este mundo más allá de la pantalla.

He dicho.

Independencia de plástico

Hoy, he hablado unos minutos con una compañera de trabajo. Apenas la conozco pero me la he cruzado por el baño y me parece muy agradable. Me ha preguntado por mi fin de semana y yo por el suyo. El viernes pasado se celebró la fiesta de Navidad de la empresa: cena, vino y música durante cuatro horas en un crucero desde el puerto del barrio de Greenwich hasta el centro, concretamente Westminster, y vuelta. Lo recomiendo totalmente. Unas vistas preciosas, alucinantes, nada que ver con las que se disfrutan desde la orilla, ya impresionantes de por sí. Un viento helado nos hacia estremecernos de frío pero no importaba, teníamos que permanecer en cubierta para no perder ni una perspectiva de los monumentos más importantes: un imponente Tower Bridge, The Shard, el London Eye… A mitad dejé el pollo incluso en cuanto advertí la presencia del Big Ben aproximándose rápidamente.

Absolutamente ninguna queja. Ni siquiera me mareé, posibilidad que me acongojaba bastante a partir de mi escasa (y harto desapacible) experiencia en barco. Buena organización, mejor comida, excelente compañía. Un ambiente estupendo entre todos los empleados desde lo más alto hasta lo más bajo, un torrente de energía positiva que probablemente todos necesitábamos tras un intenso año. Es la segunda fiesta de Navidad de empresa a la que he asistido y me he terminado de convencer de que se trata de un fenómeno cuanto menos interesante; cuanto más, iluminador. Una forma diferente de relacionarse, desinhibida, despreocupada, profunda, confiada. En resumidas cuentas, mucho más humana que en la oficina, a pesar de que el ambiente ya sea ameno. El alcohol hizo sus estragos, naturalmente, con más razón para recordar la velada con una amplia sonrisa y alguna carcajada.

Sin embargo, no he comenzado este post con intención de reflexionar sobre la fiesta y sus implicaciones, probablemente todos hayáis experimentado esta sensación alguna vez; si no en una fiesta de empresa, en cualquier otra reunión esporádica, véase fin de año, Pascua y demás. El tema es que esta chica con la que he hablado hoy no acudió porque vive demasiado lejos del centro de Londres, le habría resultado imposible llegar a casa a tiempo tras la fiesta y no cuenta con amigos viviendo por las cercanías como para haber dispuesto de un alojamiento alternativo hasta el día siguiente. Tarda diariamente la animalada de dos horas en llegar a la oficina y dos horas en volver. Esto es muy normal y típico aquí, pasarse media existencia en los medios de transporte, aunque cuando se rebasa la hora y media por traslado me parece excesivo. Ya se sabe que siempre puedes intentar aprovechar el tiempo leyendo, incluso viendo alguna película si se lleva el portátil, etcétera, pero, seamos sinceros: a efectos prácticos, hasta el más optimista sabe que emplear tanto tiempo en moverse supone más bien una soberana putada.

Total: desconozco la posición exacta de esta joven en la empresa pero no me suena a mí que sea becaria, por lo que la economía no sería un problema para permitirse la independencia. Así pues, en vistas del terrible volumen de vida ocupado en viajar al lugar de trabajo, le he preguntado si no habia pensado en mudarse a un sitio más cercano, a lo que me ha respondido entre risas: “oh, no, vivo con mis padres y no me lo permitirían hasta que me casara!”. A medida que volvía a mi puesto, no podía más que horrorizarme a cada paso que daba ante la perspectiva que esta muchacha ha aprendido a asumir con tanta naturalidad, y tan extremadamente opuesta a la vez a lo que a mí se me ha dado desde que nací: libertad absoluta para tomar mis propias decisiones.

No es que me escandalice como tal, soy completamente consciente de las mil y una formas de pensar y educar en este mundo… Pero mas consciente soy aún de la descomunal suerte que he tenido y que tengo cuando me las cruzo por delante.
decisiones

Nunca te disculpes por algo que no has hecho

Una apacible tarde de viernes (o noche, en Londres), en la cola del supermercado (Lidl, para ser más exactos), una muchacha espera pacientemente su turno para pasar su único y humilde artículo: leche, que bien pronto que se acaba. Advierte la presencia de una botella de vino y algún elemento más enfrente de ella, sin aparente futuro dueño por los alrededores… Hasta que se manifiesta. Un señor, digamos, mayor, pero con vitalidad en sus movimientos, brillo en sus ojos y una buena mata de pelo semi-largo blanco.

Esta enigmática figura le ofrece pasar delante, a lo cual se niega, aludiendo que él tampoco llevaba gran cosa, así que no lo veía necesario. Cabello Blanco insiste y ella accede, viéndolo marchar de nuevo hacia los pasillos del consumismo. Aún sin haber tenido tiempo ni para pagar, el hombre reaparece rápidamente, pasándose la mano por la cabeza en un gesto que mostraba cierto agobio.

– Yeah, it’s hot here. -comenta la chica, esbozando una sonrisa. (Sí, hace calor aquí)

– Oh, no! It’s just the pain from my broken arm, you know? Sometimes it really hurts. -anuncia señalándose su brazo izquierdo, oculto bajo el abrigo. (¡Oh, no! Solo es por el dolor del brazo roto, ¿sabe? En ocasiones, molesta bastante)

– Oh, sorry. -murmura ella apurada y educadamente, tan acostumbrada a una sociedad en la que los “sorry” y los “thank you” se hallan a la orden del día. (Oh, lo siento)

– Did you say “sorry”? -pregunta Ojos Brillantes repentinamente, colocándose la mano tras la oreja y aproximándose a la joven en un gesto entre simpático e inquisitivo- I hope you didn’t! (¿Ha dicho “lo siento”? ¡Espero que no!)

– Yes… -confirma extrañada- Why? (Sí… ¿Por qué?)

Entonces, el señor pronunciaría la siguiente afirmación con toda la dignidad de su ser, desprendiendo (la tuviera o no) un áurea de sapiencia señorial y absoluta:

– Never apologise for something you didn’t do. (Nunca te disculpes por algo que no has hecho)

Foto: York Walls (Murallas de York, Inglaterra). 11 de noviembre de 2013. Otoño onírico.

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