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Posts Tagged ‘equilibrio emocional’

Próximo destino: Berlín

Parece que fue ayer cuando aterricé desde Estados Unidos, y han pasado cuatro meses. Cuatro meses muy especiales en mi tierra natal, con alguna escapada a la tierra de mi pareja (Alsacia, Francia), alguna de él a Jerez y una conjunta a Berlín para buscar, y afortunadamente encontrar, piso, tema en el que mucha gente las pasa canutas en Alemania, hasta los alemanes.

2016-08-31-19-46-40Cuatro meses muy especiales porque el estar por una temporada mayor a una semana en casa de mis padres es un regalo muy excepcional. Y he procurado aprovecharlo como se merece, saboreando las pequeñas cosas de cada día: comidas en familia, charlas, bromas, paseos, mandados. La comunicación cara a cara que, por mucho que el Skype trate de suplirla, no tiene color.

Oh, y por supuesto buena parte de mi tiempo se ha sucedido en torno a un curso intensivo de alemán más las horas correspondientes de estudio en casa, ya que a mi chico le han destinado a la susodicha capital por trabajo. Es gracioso porque siempre he rechazado de plano la posibilidad de estudiar este idioma. No contaba con que el destino me lo pondría ante mis narices.

Ahora que llevo bajo el brazo un humilde A1 o nivel básico, me da menos miedo. Cuestión de poner esfuerzo y dedicación, los idiomas no vienen solos. ¡Universo, dame paciencia y perseverancia! Además, según he leído, el inglés no está tan extendido por allí como se piensa y es fundamental saber alemán si se aspira a la mayoría de puestos laborales más cualificados.

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“El amante japonés”, Isabel Allende

Pero claro, una ha leído tantas cosas en las últimas semanas que ya no sabe ni qué siente ante este nuevo pozo de incertidumbre. Supongo que una especie de gran ilusión agitada. Demasiadas horas pensando en Alemania, más que en toda mi vida, y ni siquiera estoy allí todavía. Hoy, en especial, me gustaría mandar un mensaje de reflexión y de empatía hacia los que emigramos una, dos o las veces que toque en la vida.

¡Ojo! No me he sentido ofendida ni dolida por ningún comentario ajeno, pero sí me ha llamado la atención la positividad inmediata con la que se contemplan los movimientos de otras personas. Habitualmente, al decir que he estado en Londres, en California y que ahora voy a Berlín, o nombrando únicamente uno de estos destinos, lo mismo da; muchas reacciones son del tipo “¡qué guay!”. Y lo entiendo. La cabeza se llena de sitios nuevos por descubrir, de gente por conocer, de una arquitectura y una historia por explorar, de mejores posibilidades laborales y un largo etcétera.

Pero a menudo no se cae en las horas y horas de investigación, seguidas de todo tipo de sensaciones, que cada cambio de vida requiere. No se piensa en el tiempo esfumado entre buscar casa, informarse del papeleo necesario, arreglar el CV y sucedáneos, ver cómo funcionan las cosas en general, tratar de hacerse una idea de la otra cultura y sus diferencias con la propia, aceptar esas diferencias y aún así prepararse para que te salpiquen en la cara en el terreno de juego, encontrar y recorrerse las múltiples páginas de empleo del próximo destino, tratar de encajar en un grupo una vez allí… Por no hablar de mentalizarse para no entender ni jota durante una temporadilla, y para no entender al 100 por 100 en años.

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“El amante japonés”, Isabel Allende

Tampoco suele pensarse en lo que supone la separación del nido familiar y amistoso, o de las relaciones establecidas en cada lugar donde se vive por un tiempo; de la comida de la patria, del uso del lenguaje español en toda su plenitud, de la zona de confort en general. No se considera el desequilibrio emocional que se mantiene al acecho en este tipo de circunstancias ni la mayor dificultad para escaparse a territorio conocido en caso de necesitarlo.

Así que, frente a mis queridos 50 kilos de equipaje preparados para partir mañana con rumbo semi-desconocido, invito al mundo a ser lo bastante curioso como para indagar más allá de la primera impresión, para cuestionar ese halo prometedor de felicidad, para valorar el reto que implica cada cambio de espacio y para tomar nota hacia sí mismos y lo que les hace sentir conocer esas experiencias en los demás. Tal vez se decidan a dar el paso. O a no hacerlo. Quizá ese análisis les ayude a conocerse y entenderse mejor a sí mismos.

No me afectará si esto jamás ocurre, cada cual tiene su círculo de personas con quienes profundizar, pero… ¡creo que se formarían conversaciones y reflexiones realmente interesantes!

P. D: por las dudas, a pesar del tema del idioma y la búsqueda de trabajo, que me traen de cabeza, estoy muy contenta de haber vuelto a Europa y ante la perspectiva de vivir en Berlín el tiempo que corresponda. A ver qué se cuece por allí :).

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

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Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

La chica que tenía fotos de su accidente

He conocido a alguien muy especial aquí. Bueno, a más de una persona (aunque tampoco superan los dedos de una mano), pero hoy quiero hablar de esta chica. Llamémosle A.

A tiene actualmente unos treinta y pocos años. Tenía 22 cuando ocurrió: un accidente brutal del que cuando ves las imágenes de cómo quedó el coche no te explicas cómo la ocupante sobrevivió. Una suerte fortuita, una casualidad de las que te cambian la vida radicalmente, de las que te arrancan tus sueños y proyectos, de las que te plantan una realidad que nunca imaginaste y con la que has de convivir para el resto de tu existencia.

A tiene la columna rota. Pero camina. “Funny”, como ella dice, es decir, como cojeando y más lentamente que los demás, pero anda. Y habla. Mucho. Y se ríe. Más todavía. Es una persona que se preocupa muchísimo por la gente a su alrededor, que conversa con cualquier persona porque no cree que nadie merezca ser ignorado (esto también es un poco americano pero de eso hablaremos en otro momento), que te pregunta una y mil veces de distintas maneras si te lo estás pasando bien, y de verdad espera que te lo estés pasando bien y no pregunta por preguntar.

admiraciónConocí a A hará ya unos tres meses. Al principio no me di cuenta de la increíble pureza y fortaleza que tiene esta chica. Afortunadamente, por una razón o por otra hemos ido compartiendo más momentos que me han permitido ver a un ser irrepetible, que bromea con sus propios defectos y problemas, y que será de los escasos a los que recuerde con cariño en el futuro, un futuro incierto y borroso en el que la memoria y la experiencia habrían de actuar como lo hacen para esta risueña muchacha.

Ayer estuve en su casa por primera vez. Un piso bajo acogedor y llenísimo de cosas: cajas, fotos, películas (en DVD, grabadas en CDs y, atención, en vídeo; sí, en VHS, toda una reliquia), carteles de artistas (Marilyn Monroe, Elvis…), dos gatos que no son nada ariscos… Y Adornos. Un popurrí de Navidad, San Valentín y el próximo San Patrick; una fusión de rosas, rojos y verdes entrelazados con el negro característico de toda la casa y de la propia A.

En una de las paredes fue donde nos paramos y vi aquel coche reventado. Totalmente abollado por el medio como solo se ve en las películas o en las noticias de sucesos de los periódicos. Allí estaba, en medio de una casa. Se me encogió el corazón ante tan explícita estampa y le pregunté por qué la tenía ahí. Me respondió que le servía para que, cada vez que comenzara a lamentarse por haber cogido peso, por cómo caminaba y por cualquier cosa en general, no dejara de recordarle la inmensa suerte que tuvo de seguir viva.

Nos trajo más fotos de aquel desastre. Nos explicó detalladamente cómo sucedió. Yo ya sabía desde prácticamente el principio que tuvo un accidente y que por ello no caminaba bien, pero no es lo mismo cuando te ponen la tragedia en las narices con tanta naturalidad. Entré en una nube de admiración que me sigue aturdiendo.

Porque me resulta tan difícil a veces mirar atrás hacia ciertas circunstancias y no experimentar ese molesto pellizco en el pecho, ese del que soy plenamente consciente y al que sigo diciéndole que, en cuanto madure más y continúe trabajando en mi bienestar emocional, se podrá ir a hacer puñetas. Pero, ¿cuándo? ¿A qué espero? Me doy cuenta de que habitualmente me considero una persona bastante estable. Hasta que salen grietas inesperadas, hasta que los oscuros recuerdos se pasean por mi mente y desaparecen bajo el recurso de hacer otra cosa, de mantenerme activa. Y hasta que no controlo las circunstancias tanto como me gustaría.

accidente coche

No quiero confundiros: las vibraciones negativas me visitan bastante inusualmente. Pero a veces esto mismo las hace más fuertes cuando acuden, dentro de su brevedad, y dentro de mis ansias de aprender a ser feliz como objetivo existencial, que no es moco de pavo. Expresiones como “todos tenemos un día malo” y “es normal estar mal a veces” no me valen. No me gustan. No las veo necesarias, no me agrada excusar esas molestias mentales para permitirles aún más movimiento. Quiero mirarles de frente y decirles que les agradezco ponerme a prueba y hacerme tal y como soy hoy en día. Sin ese pellizco. Con convicción, con una sonrisa. Como A.

Naturalmente y siguiendo el dicho, a menudo la procesión va por dentro, y cierto es que tampoco menosprecio el valor de esos momentos crudos y lo inevitables y necesarios que son. Pero la alegría fingida se nota. El victimismo se ve a leguas. Me resulta curiosísimo cómo ciertas tragedias pueden reavivarte, dependiendo de ti por supuesto, y ciertas buenas noticias pueden provocar el efecto contrario. Hace poco leí que ganar la lotería crea en un alto porcentaje frustración y variados estados nocivos debido a no ser capaz de abarcar tal cambio vital. ¿Quién se lo iba a imaginar de primeras?

Así pues, hoy brindo (con mi estupendo Nesquick mañanero) por A y por las personas como ella, que encarnan ejemplos de motivación y de superación para todos los demás, y aprovecho para dedicarle también este post a mi padre, la principal figura digna de mi admiración en este mundo, y a mi madre, por el hambre que me ha inculcado sin darme cuenta desde pequeña hacia las cuestiones espirituales y emocionales, en las que cada vez tengo más ganas de sumergirme y explorar.

Que no nos falten nunca estas personas para abrirnos los ojos.

¿Qué tipo de “sed” tengo yo?

Hace poco os hablé de un par de redacciones de cuando tenía 16 años que me encontré por mi cuarto mientras lo ordenaba a fondo: ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? (click sobre el título para leerla) y ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? Aquí expongo esta y mi reflexión en torno a ella a continuación:

Ser feliz y hacer feliz a mis seres queridos en la medida de lo posible. Este es mi objetivo para toda la vida.

En función de este deseo y mis ideas sobre la religión, no necesito a Dios para conseguirlo. Incluso opino que puedo ser más feliz que un creyente porque al no creer en la vida eterna, aprovecho y vivo más intensa y arriesgadamente la existencia que sé que está ocurriendo de verdad, pues nada me demuestra que haya algo después de la muerte.

Quiero ser feliz por mí y hacer feliz por los demás, quiero intentar mejorar el mundo y aportar mi granito de arena, quiero demostrar a las personas que amo lo importante que son para mí y como personas.

Me gusta cómo pensaba, aunque me doy cuenta de que me he vuelto positivamente (desde mi punto de vista) más egoísta. Ser feliz sigue siendo mi objetivo primordial, o más bien la búsqueda permanente de la felicidad asumiendo con naturalidad los baches y altibajos que se van cruzando por el camino; pero para ello necesito sentirme satisfecha conmigo misma y emocionalmente equilibrada, lo que acarrea unas determinadas condiciones laborales y personales a la vez que depende de mi propia capacidad de reacción a las circunstancias y de adaptación. Es decir, que el proceso para ser feliz se ha vuelto mucho más complejo y reúne a su vez otros objetivos en sí mismo.

Discrepo con mi afirmación de aquel momento en cuanto a los creyentes: actualmente no creo que ni las creencias ni el agnosticismo, ateísmo o cualquier práctica religiosa hagan más o menos felices a las personas; dependerá totalmente de cada ser humano y su forma de vida de manera individual. Es más: me ha cambiado totalmente la perspectiva en cuanto a mí misma en mi lucha constante por, más que la felicidad, el equilibrio emocional, hasta el punto de añorar esa fe que nunca he tenido y que me haría ver la muerte de una manera probablemente menos afectada.

Calculo que pensaba que tenía ventaja de alguna manera a la hora de aprovechar más la vida terrenal al quizá haberme centrado en las personas especialmente fanáticas y que todo lo justifican poniendo a Dios por delante y cediéndole una idiosincrasia demasiado elevada (cosa que en realidad resulta igualmente respetable aunque no lo comparta, ya que a mucha gente le hace feliz, pero por lo visto no lo consideraba yo muy provechoso de adolescente), y también al no sentir todavía presión ninguna hacia la fugacidad del tiempo a mis inocentes 16 años.

Sí estoy de acuerdo en colaborar para hacer feliz a mis seres queridos. Creo profundamente que cuanta más alegría, comprensión y todo tipo de sensaciones positivas expandimos a nuestro alrededor, mayor es el bienestar que experimentamos en nosotros mismos. Y sin duda me gustaría enormemente “mejorar el mundo y aportar mi granito de arena”. Aún no sé cómo pero estoy segura de que todo llegará y de que en cierto modo ya llevo tiempo procurándolo día a día aunque sea desde mis reducidas posibilidades.

Y vosotros, ¿qué tipo de “sed” tenéis?

motivación

Un tipo con clase

Esta noche he hablado con mi hermano mayor por teléfono. Me he reído muchísimo. Hemos hablado de todo, y uno de los temas han sido las becas que hay para ir al extranjero. Le he hablado sobre las becas ARGO, y claro, siendo andaluces, el comentario siguiente ha sido tipo: “¿argo de qué?” (algo pronunciado a lo andaluz, ya sabéis). Y me he empezado a descojonar como llevaba toda la tarde necesitando, ¡ha sido genial!

También es digno de mención el asunto de su dieta. Como hoy se ha pasado con una napolitana y medio pollo en vez de un cuarto, ha decidido cenarse una “macedonia de frutas”, me ha dicho en principio, y luego me ha explicado: “vamos, que me voy a poner delante unas cuantas piezas de distintas frutas, un plátano, una manzana, un […] y ya veré cómo me las como”. Jajajajajaja.

Otro gran apunte ha sido:

– Yo es que al pan y derivados les llamo pánidos.

– ¿Ah, sí? ¿Pero eso existe?

– Qué va a existir, me lo he inventado yo.

– Lo voy a mirar en la RAE… Aviso de error, pues no, no existe.

– Que no, killa, cómo va a existir, si sería como llamar a los gatos gátidos.

xDDDDDDDDDDDDD (por las dudas, esto es una carita: el número de “D” es proporcional a la gracia que hace; cuantas más, más gracioso).

Por otra parte, contándole el chasco que he sufrido esta mañana con su consecuente llorera, me ha dicho algo que me ha abierto los ojos: hay hechos, conversaciones, circunstancias, discusiones, palabras que, aunque sea inconscientemente, te provocan ciertas sensaciones que te recuerdan a malas experiencias anteriores, y cuando son parecidas entre ellas, rollo deja vu (ya vivido), tu propia mente puede asociarlas por sí misma e incitar aún más a la tristeza, a la depresión, a la amargura correspondiente, fusionando presente y pasado, sobre todo cuando un hecho no se ha superado o tuvo una importante repercusión en su día.

Ha sido un proceso muy curioso el análisis de esa reflexión, y muy gratificante para el equilibrio emocional, ya que te despierta los sentidos, te explica un poco mejor por qué en ocasiones llegas a adoptar un determinado y repentino (o más pausado, depende) estado de ánimo sin motivo aparente. ¡Pero sí lo hay, no solo el factor desencadenante actual en sí!

Mil millones de gracias, bro :D.

Pd: su blog es http://tsutomuweb.blogspot.com/, estoy segura de que a muchos de vosotros os podría gustar. Es muy interesante y está bien redactado e ilustrado, y sé que le agradará que le haga publicidad ;). Es un friki muy inteligente, divertido y un explotador nato de la vida, ¡anda que no viaja ná, el mamón! Un tipo con clase, que encima redacta todos sus posts también en inglés. Esto y muchas cosas más me hacen replantearme de vez en cuando qué estoy haciendo exactamente con mi vida xD.

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