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Décimo aniversario de María dixit

Hace diez años que abrí este blog. Se dice pronto. Inicialmente la URL era “lastvacaciones.wordpress.com” porque pensaba que solo me duraría el verano entre el fin de la universidad y el resto de mi vida. Pero claramente duró más, aunque me he dado cuenta de que en 2019 no publiqué más que un post. Ahí seguimos. Si tenemos en cuenta que creé otro blog en noviembre de 2018 con el objetivo de auto-explorarme profesionalmente (https://buscandomipasion.home.blog) en el que he publicado 9 entradas, no he estado tan desaparecida del mundo bloguero.

He releído por encima mis primeras publicaciones. Tenía 21 años. Tierna edad. Sin miedos, sin tapujos, con la naturalidad y espontaneidad maravillosas de la etapa post-adolescente, con la seguridad en sí misma característica de quien se cree y, sobre el papel, es adulta. Y, como debe ser, le queda tanto por aprender. Sin prisa pero sin pausa, experimentando, viviendo, reflexionando, sufriendo, riendo, haciendo amigos rápidamente, y luego más lentamente.

He contado las entradas publicadas por año. Resultado:

  • 2010 -> 266
  • 2011 -> 163
  • 2012 -> 54
  • 2013 -> 30
  • 2014 -> 32
  • 2015 -> 28
  • 2016 -> 4
  • 2017 -> 3
  • 2018 -> 3
  • 2019 -> 1

Me impresiona el comienzo: 266 publicaciones, y en medio año en realidad, en concreto desde el 13 de junio de 2010. Pura adicción a la escritura, o al relato personal para ser más específicos. Escritura como terapia, terapia de vida, análisis, aplicación de consciencia, lucha contra el olvido de los detalles y las experiencias.

Siempre he dicho que lo que me hace no abandonar del todo este blog, por poco que escriba, es el hecho de que no es temático. Va exactamente de lo que a mí me apetezca, me conmueva, me preocupe, me inspire en cada momento. Cada publicación es un “venazo”, un ramalazo de inquietud, un subidón de “me ha entrado esto en la cabeza y hasta que no lo suelte sobre las teclas, no me aguanto”.

Entonces, ¿por qué he escrito cada vez menos? Seguramente por una pintoresca variedad de motivos y excusas. Pereza, falta de inspiración, decaída de la visión de relevancia sobre mis propios temas e inquietudes. Pensar que no es tan importante, dinamitar el interés, entretenerme con otras cosas. El cansancio por la cotidianidad. La pérdida de un hábito. La supremacía de otras actividades. El Netflix. El crecimiento de mi compromiso hacia mis diarios personales en papel desde que en 2012 mi madre me regalara una agenda de Paulo Coelho que me pareció tan bonita que no quise usarla para los típicos apuntes de una agenda anual, sino como diario. La lentitud olvidada y sufrida en carne propia en este preciso momento de mi ordenador, que toma hasta 10 segundos para mostrarme cada frase que redacto, periodo eterno cuando una siente que está escribiendo a ciegas sin la garantía de que las frases van a aparecer.

Marsella. Imagen de María González Amarillo

Razones que se unen a la firme convicción de que no quiero crearme una necesidad obsesiva y agobiante, quiero escucharme cada vez más y atender a mi propio deseo y apetencia independientemente de lo que creo que está bien o mal, fuera de compromisos y culpas. Por supuesto, las experiencias y logros más satisfactorios son los que cuestan más tiempo y esfuerzo, pero no me hallo ya en ese punto con mi blog. ¿Me gustaría escribir más? Sí. ¿Cada vez que escribo disfruto de la sensación de dejar mis dedos expresar libremente mi alma y pienso que debería volver a una continuidad? Sí. Pero luego se me vuelve a escapar entre esos mismos dedos a raíz de todas las circunstancias mencionadas arriba, y hace tiempo que opté por hacer caso a lo que me pida el cuerpo en este sentido. Por todo eso, no me fuerzo. Para no estresarme gratuitamente, para no cogerle manía al escribir, para mantener esta actividad en el pedestal en que la tengo. Para sorprenderme a mí misma con mi propio carácter impredecible a la hora de atacar el editor de WordPress.

Sea como sea, aquí estoy, tras diez años de Maria dixit. Una década en la cual he acabado mis estudios de periodismo + CAV, los he redondeado con un máster en marketing y un posgrado de empresariales y he vivido en cuatro países aparte de España. Se podría decir que esa es mi ficha técnica, la parte profesional y geográfica. Ya describir el plano emocional, desarrollar un diagnóstico en profundidad llevaría mucho más tiempo. Supongo que podemos remitirnos más o menos a lo que he ido escribiendo, aunque por supuesto haya muchísimo más no plasmado aquí. Lo resumiré en que he crecido, me siento bien con la persona que soy hoy en día y estoy entusiasmada por seguir cultivando esa persona, hoy de 31 años. Una etiqueta más esto de la edad, que dice mucho y nada de cada uno. Supongo que concuerda con la atención que le sigo prestando al paso del tiempo. Pero no hoy. Para bien o para mal, me voy a centrar en el presente, que para eso acabo de empezar un libro sobre el mindfulness.

El presente se ofrece tranquilo, beneficiándome del sistema francés, que me permite cobrar buena parte del salario sin trabajar desde hace unas tres semanas, tras haber pasado más de dos meses frenéticos gestionando, junto con otras compañeras, la atención al cliente en la empresa turística en la que trabajo desde hace un año y dos meses. Frenéticos, sí, pero desde casa, lo cual marca una diferencia apabullante teniendo en cuenta que antes del confinamiento empleaba entre dos y tres horas al día de ida y vuelta de la oficina. Me siento muy, muy afortunada de contar con mis ventajas actuales, de no preocuparme el no trabajar con la confianza de que volveré a ese mundo en cualquier momento, de haber ganado tiempo. Tiempo, un bien precioso, un bien redescubierto y atesorado con gran cariño desde el 16 de marzo de 2020.

Cierta culpa se asoma porque soy consciente de que mucha gente lo ha pasado y lo está pasando mal, han perdido seres queridos y/o trabajos, se encuentran en dificultades. Dejo correr por mis venas y mi corazón la empatía y compasión que siento por ellos… Y luego vuelvo a mí, porque al fin y al cabo yo soy mi mundo más cercano, lo único que puedo gestionar, y no quiero avergonzarme ni andar con miedo a la hora de expresarlo y compartirlo con otros, entre los cuales varios estarán experimentando algo parecido. Algo parecido al alivio, la alegría, el regocijo ante este parón que nos ha dejado a todos paralizados, confusos ante una nueva e inesperada realidad, que nos ha hecho encontrarnos con otras partes de nosotros mismos, que nos ha hecho reflexionar y llegar a disfrutar de lo que estaba ahí, sepultado por las obligaciones y el adormilamiento de la rutina y las responsabilidades.

Marsella. Imagen de María González Amarillo

No he experimentado propiamente miedo hacia el causante de la epidemia mundial, el Covid-19. Quizá por mi seguridad innata hacia que todo irá bien, sea como sea, o por mi cuerpo acostumbrado a no ponerse malo, o por el rechazo a permanecer al corriente de las noticias que los medios deciden mostrarnos día tras día, de la mano del tremendismo y del pánico. Vivo mejor enterándose de lo mínimo e indispensable. La sociedad se asegurará de que no me pierda lo más gordo. Tal vez ayude también la tranquilidad que me inspiran mis padres, pertenecientes al ámbito médico y, también, sin miedo. Cosa que es diferente de ser imprudentes y que no es el debate aquí y ahora de todas formas pero por aclararlo. La conciencia de que, aunque la perspectiva de la muerte me deje helada y como un pato mareado, vacía, perdida y hasta en ocasiones aterrorizada… la convicción de que la muerte y la vida son uno, van de la mano, y necesito aprender a vivir en armonía con esa relación natural, esa mezcla de fenómenos ineludibles.

Volviendo al plano terrenal: llevo 12 días cumpliendo con las rutinas deportivas de la entrenadora del canal “Siéntete joven”. Estoy convencida de que cada cual habrá encontrado sus coaches y truquitos para intentar cumplir con esa auto-exigencia, bendita y maldita, del ejercicio. Recomendada, su calendario mensual me tiene maravillada, con lo que me gusta a mí una cosa bien organizada.

He leído, otra de esas actividades con el listón muy alto en mi repertorio emocional y a la que no dedico tanto tiempo como me gustaría. Otra auto-exigencia a mirarse… para más adelante, que ahora sí que tengo tiempo para ello. Me he leído dos libros en francés (Toutes ces choses qu’on ne s’est pas dites, de Marc Levy; y Les jolis garçons, de Delphine de Vigan), Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de Marían Rojas Estapé; Historias de diván, de Gabriel Rolón; y la novela La madre de Frankestein, de Almudena Grandes. Estoy como una niña con un juguete nuevo, emocionada perdida ante esta súbita sobredosis de lectura en los últimos tres meses. Ah, y el borrador de un amigo en proceso de convertirse en un producto comercial que me ha aportado una mini-experiencia como revisora de un texto, lo cual me ha hecho reflexionar sobre la profesión de editor. Ahí se ha quedado el planteamiento, porque este kitkat existencial que ha sido el confinamiento me ha motivado a meterme de lleno en otro proyecto profesional, o mejor, de aprendizaje al que dedicaré el siguiente párrafo.

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay 

Voy a estudiar psicología. La carrera de psicología. Es una idea que me ha rondado por la cabeza cada cierto tiempo e incluso antes de haber elegido periodismo y comunicación audiovisual a los 18 años, y me he dicho que ya bastaba de seguir dejándolo como una mera proyección apasionada y bohemia. He aprovechado parte de la libertad de movimiento (de acuerdo con las condiciones sanitarias, claro) que la pausa laboral me ha cedido para gestionar el papeleo tras haber tomado la decisión. Obviamente (para mí), ha de ser a distancia y en español, a compaginar con mi trabajo actual en Francia, que sigue siendo la prioridad. Esta misma semana me he matriculado de mis primeras dos asignaturas a estudiar para el cuatrimestre que comienza en septiembre. De los nervios me pongo cuando lo pienso, acompañados de mucha ilusión y de la intención de, por encima de todo, aprender y disfrutar. No tengo necesidad a estas alturas de meterme de lleno en la mentalidad propiamente estudiantil, no necesito esto para sobrevivir, es una decisión personal para favorecer mi auto-conocimiento, crecimiento y desarrollo personal. Y luego ya veremos, porque naturalmente me va a llevar cerca de diez años terminarla al ser un complemento en mi vida cotidiana. Keep calm and enjoy the way. Y lo dejo aquí, porque si no me vengo arriba y no paro. Añadir para los que tengan curiosidad que he escogido la UOC: su sistema basado en la evaluación continua me atrae más que la metodología de estudio a muerte y examen tipo test de la UNED (según he investigado).

He disfrutado de una barbaridad de tiempo con mi pareja, de más tiempo del que nunca hemos tenido en los cinco años y medio que llevamos juntos debido a la naturaleza de nuestros trabajos, con horarios opuestos. Pura vida. No voy a explicar más porque entonces tendría que contar todo nuestro recorrido como pareja, y eso me pertenece a mí, así que cierro párrafo.

Sin duda, he tenido momentos de no saber muy bien qué hacer ni cómo sentirme, de incomprensión hacia decisiones laborales tomadas por parte de otros hacia mí, de inquietud hacia el futuro, de soledad, de hastío, de aburrimiento. Hasta que me he adaptado. Porque a todo se puede adaptar uno, lo creamos o no. Y sacarle provecho, aunque solo sea porque no hay más remedio, porque no queda otra, porque es lo más inteligente y sano hacia nosotros mismos. Sin que signifique que esos momentos de bajón desaparecerán sino que formarán parte del todo, pero no serán el todo. Algunos lo vivirán como yo, más bien felizmente. Otros se habrán visto puestos a prueba de manera más bestia, con menos recursos, teniendo que pedir ayuda, obligados a superar pérdidas terribles. No soy nadie para hablar más que por mí, pero sí tengo confianza en la inmensa fuerza de cada ser humano para sobreponerse a las dificultades. De una forma o de otra, seguiremos adelante.

Para bien o para mal, ¡me he hecho Instagram!

Queridos seguidores antiguos, recientes y futuros: en vistas de que mi pobre blog está un tanto abandonado a raíz de escribir a base de impulsos mensuales sin continuidad ninguna, he decidido probar la aplicación Instagram. Esta red social consiste fundamentalmente en compartir fotos individuales y tomadas a tiempo real o muy recientemente. Sin embargo, no invito a nadie a crearse una cuenta para seguirme ni pretendo cerrar este blog (no os asustéis, papis), al contrario.

El proyecto, o amago del mismo por ahora, consistirá en recurrir a Instagram como primer medio social para comunicar lo que mi alrededor me inspire en el momento en que suceda. A partir de ahí, la publicación saldrá automáticamente en Facebook y Twitter y, posteriormente y a la mayor brevedad, en este blog (una pena no poder sincronizar Instagram con WordPress). Y en Google+ si me acuerdo…

¿Por qué hago esto? Porque no es lo mismo capturar una historia y transmitirla en el preciso momento en que inunda mi mente que apuntarse una frase o una palabra “para escribir sobre ello más tarde en el blog”.

En principio, la idea de utilizar Instagram se me antoja bastante más cómoda, directa e inmediata que el típico proceso de acumular conceptos y esperar a sentarme enfrente del ordenador para redactar en el blog, cuando la mitad del efecto se ha esfumado. Y las ganas de escribir (hablo por mí, desde luego).

Además, empleando esta herramienta social añadiré un valor añadido a mis contenidos: las imágenes siempre serán de cosecha propia. No de bancos de imágenes o de Internet, sino fotografías puramente mías, hechas por María González Amarillo.

A su vez, aumentará (espero) mi continuidad a la hora de publicar en el blog porque, sin duda alguna, lo que saque en Instagram quiero plasmarlo aquí también, abriendo la posibilidad de dejarlo tal cual o de añadir más detalles en esta plataforma, más adecuada para textos más extensos.

Sin más dilación, os enseño un par de fotografías. En primer lugar, la de mi perfil de Instagram: el reflejo de mí y de una puesta de sol brindada por Newport Beach (California).

Foto de perfil en Instagram

Foto de perfil en Instagram

¡Y la foto de inauguración de Instagram! Una perspectiva de San Diego desde la Isla de Coronado. Cabe destacar que llevo seis meses viviendo en San Diego y un año en California (los seis meses anteriores fueron en Riverside). No se ha pasado rápido ni nada… Interesados en más detalles en cuanto a mis andaduras yanquis, tómense la libertad de echar un vistazo a posts previos a este, en los que hablo de varias ciudades californianas y de mis impresiones respecto a la cultura estadounidense.

San Diego, California

San Diego, California

A ver cómo progresa esta nueva aventura. ¡Nos vemos en Instagram, Facebook, Twitter, Google+ y WordPress!

Instagram y Twitter: @Mariagamarillo

Página de Facebook: Maria Dixit

Google+: María González Amarillo

¡Saludos!

La esencia del periodismo y la verdad sobre el sueño americano

escribir muchoLo sé: según el post anterior a este, llevo sin escribir desde el 26 de julio, pero quizá las apariencias os estén engañando. Todo depende del punto de vista. Efectivamente, en este blog, he estado ese tiempo sin manifestarme. Sin embargo, hacía mucho que no ocupaba tantas horas redactando. Diría que desde aquel verano de 2010 en el cual empecé este blog y me volqué en él de un modo casi enfermizo.

Como os conté el susodicho 26 de julio, tengo… um, un trabajo freelance, no dos: el de editora de publicaciones de Facebook me he visto obligada a dejarlo ante la evidente necesidad de buscar una posición estable que complemente mi labor como freelance para un periódico hispano, cosa que sin duda no quiero dejar de hacer tras haber conseguido una oportunidad en este sector cuatro años después de acabar la carrera. Si me hubieran dicho antes que en California tenía opciones… En fin, dejémoslo en que toda experiencia sirve.

El caso: ¿que no he escrito? He plasmado variadas causas sociales y culturales que van desde la labor del centro LGBT (dedicado a la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales) de San Diego y sus servicios, que le convierten en el primer centro estadounidense en ofrecer apoyo a los latinos en un país repleto de estos; hasta la celebración de un evento culinario en contra de la violencia de género y el acoso sexual, pasando por la trayectoria de un galerista que vive para el arte y para una organización que ayuda a niños afectados por el VIH; un festival de mascotas para apoyar su adopción, luchar contra su abandono y educar hacia los cuidados que merecen; y otro festival destinado a exponer las creaciones de unos 200 artistas de todo tipo y tendencia.

Asimismo, he inmortalizado un programa de Volunteers of America que trata la drogadicción en latinos porque, al parecer, estos tienen una tendencia 13 veces más elevada a darse a las sustancias cuando siguen el estilo de vida americano en lugar de preservar su cultura al emigrar. Y también he contribuido a popularizar una organización sin ánimo de lucro que educa a los niños y jóvenes de una zona de por aquí, llamada Barrio Logan, para que reflexionen sobre qué quieren hacer para el resto de su vida y se planteen ir a la universidad. En dicho barrio, el 97% de las personas mayores de 24 años nunca han ido a la universidad. El 97%.

bueno maloSan Diego se me antoja un prisma de lo mejor y lo peor de la humanidad. Desconozco si en España hay tantos grupos no lucrativos pero, desde luego, sin los que hay aquí, para mí que la ciudad se hundiría en el caos. Este país me está demostrando que, de no pertenecer al gremio de los más afortunados, Europa es un lugar bastante más agradecido para vivir. Incluyendo mi país natal, por muy mal que estemos laboralmente.

Una educación y una sanidad que valen miles de dólares; unas distancias muy largas tanto en ciudades grandes como en ciudades pequeñas, porque están extra repartidas por el terreno, lo cual fulmina la posibilidad de caminar (¿caminar? ¿Qué es eso?) y te condiciona para todo movimiento; unos medios de transporte, a su vez, que no le llegan ni a la suela de los zapatos a los del continente europeo, cuando no son inexistentes; una población, por tanto, sometida a trasladarse permanentemente en coche, con los atascos, la contaminación y los riesgos de accidente que conlleva; una alimentación artificial, calórica e insípida, con comida que dura semanas en el frigorífico sin caducar (no, esto no es una ventaja); unos precios para alquilar una vivienda que no permiten ni de lejos sobrevivir como mileurista; un acceso terriblemente fácil a armas de fuego que nunca entenderé; un turismo prácticamente ausente de historia y basado en el paisaje, el espectáculo y las playas (que sinceramente para algunos, entre los que me incluyo, si ves una playa, las has visto todas); una cultura que vive para trabajar y hasta teme cogerse las vacaciones que le corresponde; un nivel de obesidad sobrecogedor…

american dreamA ver, naturalmente y como en todas partes, hay pros junto a los contras, y personalmente estoy a gusto por ahora y motivadísima por poder dedicarme al periodismo, pero os aviso: el “sueño americano” está muy sobrevalorado. Por supuesto que aquí hay más trabajo que en España, pero al precio de todas las movidas del párrafo anterior y, cuidado, empezando normalmente desde abajo a menos que tengáis unas cualidades excepcionales (o que seáis ingenieros). No quiero desalentar a nadie que desee venir, ¡bienvenidos sean los aventureros! Pero informaos bien y no crucéis el charco con demasiados pajaritos en la cabeza.

Además, hoy no venía con intenciones anti-yanquis sino más bien con una reflexión positiva, aunque no lo parezca, hacia el periodismo como arma y recurso informativo. Como parte integrante por fin de esta vocación, me cuesta describir la sensación que experimento al expresar hechos por escrito en los que creo y tener la oportunidad de expandirlos al mundo (o a la tirada de turno, que actualmente me basta y me sobra).

Es un subidón bestial que justifica por qué tantas personas se dedican a esto, a una labor empeñada en fomentar la conciencia y la capacidad de cuestionamiento universal en la sociedad. Una misión que va mucho más allá de la compensación económica y de los límites humanos. Y que está muy infravalorada entre individuos incompetentes que manchan la esencia de la profesión (como en todas las profesiones, solo que esta se lleva más leches por ser de cara al público), ideologías, remuneraciones penosas y programas catetos.

Lecciones de escritor a escritor (III)

Y aquí viene la tercera y última tanda de lecciones que el personaje Harry Quebert da a Marcus Goldman en la gran novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, cuya crítica personal podéis ver aquí. He vuelto a retrasarme considerablemente en culminar esta serie de posts pero, gracias a un internauta que se tomó la molestia de escribirme comentándomelo (un saludo para Alain desde aquí), he decidido cerrarla de una vez, que por algo caló hondo esta trama en mí y no está bien no terminar lo que se empieza.

Os recuerdo que, como bien cita el título, se trata de lecciones de escritor a escritor y, si está en vuestra mano, ¡no os perdáis la primera y la segunda tanda! Aunque lo idóneo naturalmente sería que os paseárais por toda la historia. Allá vamos, pues.

21

“Golpee ese saco, Marcus. Golpéelo como si su vida dependiese de ello. Debe usted boxear como escribe y escribir como boxea: debe dar todo lo que tiene porque cada pelea, como cada libro, puede ser la última.”

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22

“Harry, ¿cómo se transmiten emociones que no se han vivido?

escribir– Ese es precisamente su trabajo como escritor. Escribir significa que es usted capaz de sentir mejor que los demás y transmitirlo después. Escribir es permitir a sus lectores ver lo que a veces no pueden ver. Si sólo los huérfanos contasen historias de huérfanos, no llegaríamos a ninguna parte. Eso significa que no podría usted hablar de madres, de padres, de perros o de pilotos de avión, ni de la Revolución Rusa, porque no es usted ni madre, ni padre, ni perro, ni piloto de avión y no ha conocido la Revolución Rusa. No es más que Marcus Goldman. Y si todos los escritores debieran limitarse a sí mismos, la literatura sería espantosamente triste y perdería todo su sentido. Tenemos derecho a hablar de todo, Marcus, de todo lo que nos conmueve. Y no existe nadie que pueda juzgarnos por eso. Somos escritores porque hacemos diferente una cosa que todo el mundo a nuestro alrededor sabe hacer: escribir. Ahí reside todo nuestro ingenio.”

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23

“Las palabras están bien, Marcus. Pero no escriba para que le lean: escriba para ser escuchado”.

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24

“Quien arriesga gana, Marcus. Piense en este lema cada vez que se enfrente a una elección difícil. Quien arriesga nada.”

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25

“Anhele el amor, Marcus. Haga de él su más hermosa conquista, su única ambición. Después de los hombres, habrá otros hombres. Después de los libros, hay otros libros. Después de la gloria, hay otras glorias. Después del dinero, hay más dinero. Pero después del amor, Marcus, después del amor, no queda más que la sal de las lágrimas.”

26

“Ya ve usted, Marcus, las palabras están bien, pero a veces son vanas y no bastan. Llega un momento en que ciertas personas no quieren escucharle.

– ¿Qué se debe hacer entonces?

– Agarrarlos por el cuello y presionar con el codo en su garganta. Con fuerza.

– ¿Para qué?

– Para estrangularlos. Cuando las palabras no bastan, reparta algunos puñetazos.”

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27

“Un nuevo libro, Marcus, es una nueva vida que empieza. Es también un momento de gran altruismo: ofrece usted, a quien quiera descubrirla, una parte de sí mismo. Algunos le adorarán, otros le odiarán. Algunos le convertirán en una estrella, otros le despreciarán. Algunos se sentirán celosos, otros interesados. No es para ellos para quienes escribe usted, Marcus. Sino para todos los que, en su vida diaria, habrán pasado un buen momento gracias a Marcus Goldman. Me dirá usted que no es gran cosa, y sin embargo, no está nada mal. Algunos escritores quieren cambiar el mundo. Pero, ¿quién puede realmente cambiar el mundo?”

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28

“Cuando llegue al final del libro, Marcus, ofrezca a sus lectores un giro argumental de último minuto.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Porque hay que tener al lector en vilo hasta el último momento. Es como cuando juega a las cartas: debe guardar algunos triunfos para el final.”

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29

“Su vida estará salpicada de grandes acontecimientos. Menciónelos en su libro, Marcus. Porque si al final se revelan nefastos, al menos tendrán el mérito de marcar algunas páginas de la Historia”.

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30

“A veces le vencerá el desaliento, Marcus. Es normal. Le decía que escribir es como boxear, pero también es como correr. Por eso me paso el día mandándole a la calle: si tiene la fuerza moral para realizar carreras largas, bajo la lluvia, con frío, si tiene la fuerza de terminar, de poner en ello toda su fortaleza, todo su corazón, y llegar hasta el final, entonces será capaz de escribir. No deje nunca que se lo impida el cansancio ni el miedo. Al contrario, utilícelos para avanzar.”

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“El último capítulo de un libro, Marcus, siempre debe ser el más hermoso.”

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32

“Un buen libro, Marcus, no se mide sólo por sus últimas palabras, sino por el efecto colectivo de todas las palabras precedentes. Apenas medio segundo después de haber terminado el libro, tras haber leído la última palabra, el lector debe sentirse invadido por un fuerte sentimiento; durante un instante, sólo debe pensar en todo lo que acaba de leer, mirar la portada y sonreír con un gramo de tristeza porque va a echar de menos a todos los personajes. Un buen libro, Marcus, es un libro que uno se arrepiente de terminar.”

Lecciones de escritor a escritor (II)

escribirContinuamos con la segunda división que establecí, allá por octubre, de reflexiones y consejos recibidos por el protagonista de la novela La verdad sobre el caso de Harry Quebert, de Joël Dicker. Podéis ver la primera tanda de consejos aquí, y aprovecho para volver a recomendaros este fantástico libro, cuya crítica personal tenéis en este otro post. Procedemos pues, aún tras estos meses que me han mantenido alejada de esta secuencia literaria pero que no he olvidado gracias a mi querido escritorio de ordenador, en el que cada icono presente es una tarea pendiente, y no son pocos…

11

“Marcus, ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?

– No.

– Perdiendo a esa persona.”

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12

“Harry, ¿hay algún orden en todo esto que me está contando?

– Claro que sí…

– ¿Cuál?

– Cierto. Ahora que me lo pregunta, quizás no lo haya.

– ¡Pero, Harry! ¡Esto es importante! ¡No lo conseguiré si no me ayuda!

– Bueno, mi orden no importa. Es el suyo el que cuenta al final. […] La victoria está en usted, Marcus. Basta con querer dejarla salir.”

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13

“Los escritores que se pasan la noche escribiendo, enfermos de cafeína y fumando tabaco de liar, son un mito, Marcus. Debe ser disciplinado, exactamente igual que en los entrenamientos de boxeo. Hay horarios que respetar, ejercicios que repetir. Conservar el ritmo, ser tenaz y respetar un orden impecable en sus asuntos: ésos son los tres cancerberos que le protegerán del peor enemigo de los escritores.

– ¿Quién es ese enemigo?

– El plazo. ¿Sabe lo que implica un plazo?

– No.

– Quiere decir que su cerebro, en esencia caprichoso, debe producir en un lapso de tiempo fijado por otro. Exactamente como si fuese un recadero y su jefe le exigiese estar en tal sitio a tal hora precisa: debe arreglárselas para estar, y poco importa que haya mucho tráfico o se le pinche una rueda. No puede llegar tarde, porque si no, está usted acabado. Pasará lo mismo con los plazos que le imponga su editor. Su editor es a la vez su mujer y su jefe: sin él no es nada, pero no podrá evitar odiarlo. Sobre todo, respete los plazos, Marcus. Pero si puede permitirse el lujo, sálteselos. Es mucho más divertido.”

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14

“En esta sociedad, Marcus, los hombres a los que más admiramos son los que ponen en pie rascacielos, puentes e imperios. Pero en realidad, los más nobles y admirables son aquellos capaces de poner en pie el amor. Porque es la mayor y la más difícil de las empresas”.

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15

“Debe usted preparar sus textos como quien prepara un combate de boxeo, Marcus. Los días precedentes a la velada conviene entrenarse a un setenta por ciento del máximo, para dejar hervir y crecer dentro de uno mismo esa rabia que debe explotar la noche del combate.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Que cuando tenga una idea, en lugar de convertirla inmediatamente en uno de esos ilegibles cuentos que publica en la revista que dirige, debe guardarla en lo más profundo de sí mismo y dejarla madurar. Debe impedir que salga, debe dejarla crecer en su interior hasta que sienta que ha llegado el momento. […]

– Entonces, Harry… Convertir las ideas…

– … en iluminaciones.”

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16

“Harry, ¿cuánto tiempo se necesita para escribir un libro?

– Depende.

– ¿Depende de qué?

– De todo.”

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17

“¿Cuál es su opinión?

– No está mal. Pero creo que les da demasiada importancia a las palabras.

– ¿Las palabras? Pero, cuando se escribe, son importantes, ¿no?

– Sí y no. El sentido de la palabra es más importante que la palabra en sí.

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno, una palabra es una palabra y las palabras son de todos. Basta con abrir un diccionario y elegir una. Es en ese momento cuando se vuelve interesante: ¿será usted capaz de dar a esa palabra un sentido particular?

– ¿Cómo cuál?

– Coja usted una palabra y repítala en uno de sus libros, por todas partes. Cojamos una palabra al azar: gaviota. La gente empezará a decir cuando hable de usted: “Ya sabes, Goldman, el tipo que habla de gaviotas”. Y después, llegará un momento en que, al ver gaviotas, la gente empezará a pensar en usted. Se fijarán en esos estridentes pájaros y se dirán: “Me pregunto qué es lo que Goldman ha podido ver en ellos”. Y después empezarán a asimilar gaviotas y Goldman. Y cada vez que vean gaviotas, pensarán en su libro y en toda su obra. Ya no verán esos pájaros de la misma forma. Sólo en ese instante estará usted escribiendo algo. Las palabras son de todos, hasta que uno demuestra que es capaz de apropiarse de ellas. Eso es lo que define a un escritor. Y ya verá, Marcus, algunos querrán hacerle creer que un libro tiene relación con las palabras, pero es falso. Se trata de una relación con la gente.”

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18

“Ya ve usted, Marcus, nuestra sociedad ha sido concebida de tal forma que hay que elegir continuamente entre razón y pasión. La razón nunca ha servido de nada y la pasión a menudo es destructiva. Así que me va a costar ayudarle.

– ¿Por qué me dice eso, Harry?

– Porque sí. La vida es una estafa.

– ¿Se va a terminar las patatas fritas?

– No. Cójalas si le apetece.

– Gracias, Harry.

– ¿De verdad le interesa lo que le estoy contando?

– Sí, mucho. Le estoy escuchando atentamente. La vida es una estafa.

– Dios mío, Marcus, no ha entendido usted nada. A veces tengo la impresión de estar hablando con un estúpido.”

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19

“El peligro de los libros, mi querido Marcus, es que a veces se puede perder el control. Publicar significa que lo que ha escrito usted en compañía de la soledad se escapa de pronto de sus manos y desaparece entre la gente. Es un momento muy peligroso: debe usted conservar el control de la situación en todo momento. Perder el control de su propio libro es catastrófico.”

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20

“Aprenda a amar sus derrotas, Marcus, pues son las que le construirán. Son sus derrotas las que darán sabor a sus victorias”.

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Tercera parte pronto (o eso espero esta vez).

Lecciones de escritor a escritor (I)

Fuente: La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker.

Mi crítica hacia esta novela de intriga ya quedó de manifiesto en el post anterior, acompañada de algunos fragmentos que me gustaron del libro. Ahora, procedo a transmitiros las lecciones que recibe el protagonista (Marcus Goldman), joven escritor, de su mentor (Harry Quebert), perteneciente a la misma profesión. Me han tocado la fibra lo bastante como para apetecerme transcribirlas, aunque no todas se refieren exclusivamente al mundo literario. Se trata de 31 lecciones + una de regalo en el epílogo, un total que repartiré en una primera, una segunda y una tercera parte para no sobrecargar. Espero que las disfrutéis tanto como yo. No os preocupéis: no suponen ningún spoiler hacia la historia, totalmente recomendable de leer.

Pues ahí van:

1

“El primer capítulo, Marcus, es esencial. Si a los lectores no les gusta, no leerán el resto del libro.”

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2

“El capítulo 2 es muy importante, Marcus. Debe ser incisivo, contundente.

–          ¿Cómo qué, Harry?

–          Como cuando boxea. Es usted diestro, pero en posición de defensa es siempre su puño izquierdo el que está adelantado: el primer directo aturde a su adversario, seguido de un poderoso gancho de derecha que le tumba. Eso es lo que debería ser el capítulo 2: un derechazo en la mandíbula de los lectores.”

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3

“Me gustaría enseñarle a escribir, Marcus, no para que sepa escribir, sino para convertirle en escritor. Porque escribir libros no es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor.

–          ¿Y cómo sabe uno que es escritor, Harry?

–          Nadie sabe que es escritor. Son los demás los que se lo dicen.”

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4

“Harry, si tuviera que quedarme con una sola de todas sus lecciones, ¿cuál sería?

–          Le devuelvo la pregunta.

–          Para mí sería la importancia de saber caer.

–          Estoy completamente de acuerdo con usted. La vida es una larga caída, Marcus. Lo más importante es saber caer.”

escritura————————————————————

5

“Harry, tengo una duda sobre lo que estoy escribiendo. No sé si es bueno. Si merece la pena…

–          Póngase el pantalón corto, Marcus. Y vaya a correr.

–          ¿Ahora? Está lloviendo a cántaros.

–          Ahórrese los lloriqueos, señorita. La lluvia no ha matado nunca a nadie. Si no tiene el valor de salir a correr bajo la lluvia, no tendrá el valor de escribir un libro.

–          ¿Es otro de sus famosos consejos?

–          Sí. Y éste es un consejo aplicable a todos los personajes que viven dentro de usted: el hombre, el boxeador y el escritor. Si un día tiene dudas sobre lo que está haciendo, vaya y corra. Corra hasta perder la cabeza: sentirá nacer dentro de usted la rabia de vencer.”

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6

“Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas de amor y las penas de libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso.”

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7

“En el fondo, Harry, cómo se convierte uno en escritor?

–          No renunciando nunca. Mire, Marcus, la libertad, el deseo de libertad es una guerra en sí mismo. Vivimos en una sociedad de empleados de oficina resignados y, para salir de esa trampa, hay que luchar a la vez contra uno mismo y contra el mundo entero. La libertad es un combate continuo del que somos poco conscientes. No me resignaré nunca.”

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8

“Póngase en guardia, Marcus.

–          ¿En guardia?

–          Sí. ¡Vamos! Levante los puños, separe las piernas, prepárese para el combate. ¿Qué siente?

–          Me… me siento dispuesto a todo.

–          Muy bien. ¿Ve? Escribir y boxear se parecen tanto… Uno se pone en guardia, decide lanzarse a la batalla, levanta los puños y se enfrenta al adversario. Con un libro es más o menos lo mismo. Un libro es una batalla.”

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9

“¿Y los personajes? ¿En quién se inspira para los personajes?

–          En todo el mundo. Un amigo, la mujer de la limpieza, el empleado de la ventanilla del banco. Pero cuidado: no son las personas mismas las que inspiran, sino sus acciones. Su forma de actuar es lo que hace pensar que podrían ser personajes de una novela. Los escritores que dicen que no se inspiran en nadie mienten, pero hacen bien en hacerlo: así se ahorran un montón de problemas.

–          ¿Y eso?

–          El privilegio del escritor, Marcus, es que puede ajustar cuentas con sus semejantes gracias a su libro. La única regla es no citarlos directamente. Nunca por su nombre: es una puerta abierta a denuncias y tormentos. […] Marcus, no escriba más que ficción. El resto sólo le traerá problemas.”

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10

“Harry, ¿cómo se puede confiar en tener siempre la fuerza para escribir libros?

–          Algunos la tienen, otros no. Usted la tendrá, Marcus. Estoy seguro de que la tendrá.

–          ¿Cómo puede tenerlo tan claro?

–          Porque está dentro de usted. Es una especie de enfermedad. La enfermedad del escritor, Marcus, no es la de no poder escribir más: es la de no querer escribir más y ser incapaz de dejarlo.”

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Segunda parte muy pronto.

Confesiones de un alma vagante por Londres

Cada vez escribo menos, ¿verdad? No tengo muy claro el porqué. Analicemos un poco, ya que nos hemos levantado con ganas.

Este año, he pasado por unos meses de estancamiento mental absoluto. Desatascarme fue un placer indescriptible. Pero muchos amigos y compañeros siguen así. El pasado jueves me reuní con unos cuantos colegas y me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros estamos en un limbo laboral del que no sabemos muy bien cómo salir. Todos. Sin saber qué hacer, por dónde tirar, sin distinguir bien las posibilidades que tenemos, ni si las tenemos.

Y no sé si es por la época, la crisis, la insatisfacción creciente en las mentes jóvenes que ansían dedicarse a algo que les apasione. La visión de un mundo en el que se trabaja para conseguir dinero y disfrutarlo fuera del ámbito laboral desaparece. Queremos apasionarnos, sentir, amar nuestro trabajo. Queremos despertarnos motivados hacia la actividad que vamos a desempeñar. O, en muchos casos, queremos levantarnos con alguna actividad que hacer al menos, para posteriormente ir buscando el camino hacia aquello que realmente queremos, aunque no sepamos aún siquiera lo que es.

Sí, este estado mental puede ser el primer motivo de mis bandazos blogueros.

tate britain

Foto de Víctor González Amarillo. Tate Britain. Así estaba mi cabeza más o menos.

Otra razón es… ¿Se acabará la inspiración? ¿Alcanzará la pereza un nivel tal que cualquier idea se vuelva vacía, no lo suficientemente digna de comentarse, de publicarse? No lo tengo claro, pero es posible. Lo que sé es que siento que me repito. Doy vueltas y vueltas en torno a neuras mentales que no sé cuántas veces habré mencionado ya, aunque por otra parte nunca siento que sea suficiente porque tampoco es que asumamos la lógica como se merece en nuestras vidas. De hacerlo, nos iría mejor. Y esto se mezcla con la falta de conocimientos. ¡Hay tanta gente más especializada y detallada que yo al contar las cosas! Tengo tropecientas fotos. Tropecientas. Y un alto porcentaje de ellas son de cosas que no sé explicar bien ahora lo que son. Entonces pienso: ¿para qué?

Luego… Llamémosle la falta de experimentación cuando lo nuevo se ha hecho viejo. Necesitamos (yo al menos) vivir experiencias nuevas, conocer gente nueva, probar cosas nuevas para adoptar impresiones y lanzarlas hacia el exterior. Sin embargo, hasta socialmente me he estancado. Mismos planes, misma gente, mismas costumbres. Me pregunto si en alguna ciudad de este mundo pensaré un día: “ahora sí puedo quedarme aquí”. Estoy convencida de que no se trata del espacio en sí, sino de uno mismo. No obstante, la maravillosa capital británica me ha acabado saturando. No tengo nada en contra de la gente, no he profundizado lo bastante con la mayoría de ellos mientras que mis amigos ya se encargan de mantener mi nivel social en modo satisfactorio, pero la velocidad del paso del tiempo y la cotidianeidad me consumen. Y la superficialidad. Y el día a día inconcluso, sin objetivo aparente.

Me gusta la espontaneidad pero si ahora mismo pudiera tener claros los planes para toda la semana que empieza, señores, eso me haría feliz. ¿Tan difícil es comprometerse hoy en día a decir “sí, nos vemos este día y a esta hora” sin tener que esperar hasta el último momento? Me toca los huevos, así de claro. Porque cuando se tiene interés, se puede. Porque si no se tiene, no es mi problema. Porque todo el mundo está tan puñeteramente ocupado que recaen en la comodidad de permitirse hacer esperar a los demás. Y esto hace resentirse a las relaciones y vuelve a la gente loca, porque la fidelidad amistosa y amorosa se desvanecen entre molestas posibilidades que suplantan a las más que agradecidas probabilidades. Ojo, esto no va por nadie en concreto, que hay que andarse con pies de plomo escribiendo. Todo el mundo es así aquí, por lo que no hay más opción que la de adaptarse.

abeja flor

Foto de David Vidal Sans

Por último, traducir al inglés es un coñazo. Empecé de buena fe y me encanta ver el resultado final (con sus múltiples fallos probablemente pero dejándose entender universalmente, que es la idea), pero depender de ello a veces te hace descartar la labor. Porque escribir, mis queridos lectores, no es cosa de “me pongo y en media hora lo tengo”. Nanai. Es redactar, leer, re-redactar, releer, corregir, estructurar, organizar, adornar. Un sinfín para el que hay que levantarse con muchas ganas, básicamente, como parece que hoy ha ocurrido. Aunque ya me pensaré si traducirlo más tarde.

En fin, creo que es suficiente. Para no resultar demasiado negativa (que no lo soy, ojo, simplemente adoro el realismo puro y duro), he de reconocer, y me apetece hablar de ello, que este año y medio en Londres ha sido fantástico en todos los sentidos. Una vivencia totalmente recomendable. Pero, por favor, venid con unos ahorros y un plan, sobre todo con unos ahorros, que me he cruzado con cada conversación en el grupo de Facebook “Españoles en Londres” para salir corriendo. A cuchillo es poco. Pero claro, la tontería se paga cara. Me explico: individuos que solicitan desesperadamente un hueco donde caerse muerto por falta de pasta mientras se espera la respuesta de un trabajo. Y fotos en su Facebook de fiesta. O personajes que preguntan si pueden recibir benefits del gobierno durante las dos o tres primeras semanas para disfrutarlas y hacer turismo antes de ponerse a buscar trabajo. Pues claro, la peña curranta se enciende contra los susodichos y no veáis la que se monta en unos minutos.

También hay que venir con una mentalidad abierta. Si os acojonáis o agobiáis fácilmente ante las adversidades de la vida, quedaos en casita. Salir del cascarón compensa pero todo el mundo lo pasa mal en algún momento y hay que verlo como una forma de superación, de ponerse a prueba, no en modo “pobrecito de mí, que me pasa todo”. Aprovechad y documentaos en profundidad antes de poner los pies aquí, que para eso muchos ya lo hemos vivido y os podemos aportar consejos la mar de útiles que os evitarán unos cuantos dolores de cabeza. Aquí mismo podéis preguntarme lo que os plazca, sin miedo.

Españoles en Londres

De cualquier manera, mi etapa británica está llegando a su fin. Días raros estos, víspera de mi marcha. Los detalles de ella vendrán más adelante, ahora no viene al caso. Me voy tras una temporada tan alucinante como sufrida. Más lo primero que lo segundo, todo hay que decirlo, no llevo bien hacerme la víctima públicamente. Me voy con la cabeza bien alta porque necesito sentir que progreso, porque no aguanto el estancamiento y porque en esta ciudad no me corresponde seguir evolucionando. Me voy con muchos amigos, mogollón de personitas que me llevo en el corazón (y en el Facebook, bendito sea con sus ventajas y sus inconvenientes). Tesoros que voy dejando en cada ciudad en la que paso un tiempo. Jerez, Madrid, Londres… No acabo de decidir si es bueno o malo. No tengo por qué decidirlo, por suerte. Es lo que es.

Limpieza de los borradores del móvil (II)

Continúo desmigando los mensajes guardados en el móvil a lo largo de las últimas semanas.

Echo de menos escribir en papel.

Una verdad como la copa de un pino. Al carajo cartas, notitas en clase, apuntes ordenados en el cuaderno, la tinta líquida del bolígrafo deslizándose bellamente en forma de figuras redondeadas y perfiladas automáticamente. Me encanta escribir con pilot. A menudo la gente prefiere un bic porque manchan el papel con esa tinta, pero a mí me flipa ver la caligrafía bien hecha, marcada, intesa, distribuida y personalizada. De vez en cuando, he estado a punto de escribir alguna carta, pero al final nada. Entre las redes sociales y los emails… Al menos, siempre caerá en verano aquella postalita para alguna amiga especial :).

Cultura clásica, complejo de Edipo.

No recuerdo si se me vino a la cabeza dicho complejo así porque sí o es que lo comentaron en clase, aunque me ha pasado ambas cosas en distintos momentos, así que da lo mismo. Cultura Clásica es una asignatura que tuve en cuarto de ESO y en la que un día una compañera y yo presentamos el mito de Edipo tan de puta madre que toda la clase nos escuchó más atentamente que a cualquier asignatura del curso, me parece a mí. Era extremadamente interesante, aunque ahora no voy a entrar en detalles, principalmente porque no me acuerdo. Nos repartimos el “cuento” de forma que una hablaba animadamente y la otra iba poniendo en la pizarra un esquema con los distintos personajes, lugares y desplazamientos, y luego nos cambiamos. Fue genial, un buen recuerdo, una sesión para haberla grabado.

Personalmente, creo que el complejo de Edipo es universal. No es que los chicos quieran cargarse a su padre y acostarse con su madre y las chicas viceversa, pero cada vez conozco más personas que miran a su progenitor del sexo contrario como personalidad idónea con la que mantener una relación. Adquirida por otra persona distinta, por supuesto. Incluso, por lo visto, en la infancia experimentamos ciertos síntomas edípicos que nunca recordamos posteriormente. En fin, muy curioso.

A veces, recibimos tantas señales que nos indican que ya es hora de acostarse, que nos acabamos mereciendo un final chungo. Como, por ejemplo, abrir el libro con sueño, bostezar una vez, sonreír con los primeros párrafos, e intentar evitar el segundo bostezo casi inconscientemente juntando la barbilla al pecho, cosa que no solo no ha impedido abrir la boca sino que ha provocado un daño brutal a la garganta ante el inútil obstáculo de una apertura forzadamente limitada. Nota mental: el móvil siempre encendido, aunque no te llame ni envíe sms ni Dios (bueno sí, “Mixta”, qué ilusión). Todo sea por el blog.

Parrafada que se incrustó en mi cabeza al meterme en la cama y pasarme eso. Sí, todo lo del bostezo es verídico, y vaya dolor me dio. Y lo del móvil, resulta que empecé a apagarlo por las noches, bueno, no llegué a hacerlo más de un par de veces o tres, pero decidí no volver repetirlo porque si en cualquier momento me da la neura de apuntarme algo, mejor tenerlo encendido, básicamente.

C´est fini.

Prácticas (II)

Sí, solo llevo tres días, pero me da la sensación de que voy a aprender bastante.

Cuando tienes una responsabilidad mayor que la de ir a clase y hacer tu vida universitaria, te cambia un poco la perspectiva. Se te va la fiebre festiva (también es que estaba un poco cansada de ella), tienes un horario diario mucho más marcado, has de acostumbrarte a madrugar y a organizarte bastante mejor para poder hacer todos los deberes y a la vez cumplir con esa pequeña parte de ocio que te da la vida…

Reduces las horas de sueño, porque no hay más remedio, porque si no no hay de dónde coger para sentirse satisfecha de la jornada, tanto de la parte currante-productiva como psico-autorrealizativa (porque aunque solo sea ver media película o leer un capitulillo de un libro ya hace de un día algo más humano que si solo se ha dedicado a las obligaciones, por muy placenteras que sean).

Entonces llega la noche y esta rutina circadiana te demuestra que no está mal, no está nada mal, porque tienes sueño cuando corresponde tenerlo, porque has comido a las horas normales y corrientes, porque has aprovechado el día en todos los sentidos.

Y porque se te abre un nuevo horizonte, una aventura. Escribir. Escribir mucho, más que nunca. Tirarte la mitad del día escribiendo prácticamente, y en la otra mitad entra tanto no escribir como dormir cuantitativamente, así que reafirmo que se escribe mogollón. Escribir de temas que ni te habías imaginado en realidad, como son manualidades y padres. Inventar y retroalimentarse de pequeñas o grandes florituras materiales hechas por gente muy manitas sobre las que nunca se te habría ocurrido redactar algo, como la fabricación de jabones caseros. Suena bien y todo, dan ganas de hacerlos.

O de padres. Hijos, psicología infantil y adolescente, cumpleaños, alimentación, embarazo, juegos, consejos. Tono siempre ameno, coloquial, nunca conflictivo, siempre buscando la simpatía, el aplauso, la contribución (con lo que me tira a mí ponerme a rajar), la participación de miles de foreras pendientes a diario de tus publicaciones (y de todos los demás redactores, claro).

Y cuando al principio te parece complicado, incluso contradictorio, estar día a día agradando a los demás, enseguida te das cuenta de que con ciertos temas y asumiendo el rol, se hace de forma prácticamente automática. Adquieres ese papel, adoptas ese tono, y vas viendo los resultados, observando tus responsabilidades y posibilidades, aprendiendo cosas, experimentando los tintes de tu “primer trabajo”. Asimilando a su vez, por supuesto, las críticas, las correcciones.

Ver en Facebook que a más de 200 personas “les gusta” tu post en el foro sobre el sedentarismo y el deporte que hacen los niños. Sentirte agradecida porque eres consciente, al menos por el momento, de que te gusta el ambiente de trabajo, Tu Ambiente De Trabajo. Son palabras fuertes, ¿eh? Vale, para el que lleve toda su vida será una tontada, pero para el que está empezando es otro mundo, otra mentalidad.

Y hablas de decoupage, que antes no sabías ni lo que era, creas mundos de fantasía con cartonaje, hablas de padres e hijos como si tú misma los tuvieras porque te metes en su piel y, en ocasiones, si tienes un hueco, vuelves a tu realidad más cercana para publicar en un huequito de ocio un post de alguna película, exposición, novela…

Te iluminas porque ves que no todo el mayor goce está en lo trascendental, ese universo tan hipotético y excepcional en el que tienen que darse demasiadas circunstancias simultáneas como para experimentar las cosquillas de una levísima disposición y capacidad intelectual más allá de lo típico. Te sientes alumbrado ante el descubrimiento de que esa sensación también se halla de repente en las cosas más simples y que antes calificabas de “chorradas”.

Finalmente, te acuestas cansada pero contenta, porque al día siguiente vas a volver a hacer lo que más te gusta en la vida: escribir. Y antes de eso, otra de las cosas que más disfrutas: ¡desayunar pan con Philadelphia! :D.

Una mamá en apuros (Uma Thurman)

Dirigida por Katherine Dieckmann, Motherhood trata del sentido de la maternidad, los sacrificios, el sufrimiento, la presión, la importancia de la economía y del tiempo para uno mismo, las alegrías que dan los hijos.

Uma Thurman encarna a una madre desesperada y agobiada a diario por los deberes y tareas domésticas: niños, compras, perro y, en general, pasarse día tras día desde que se levanta hasta que se acuesta con un ritmo frenético que nunca varía de acciones predeterminadas, siempre las mismas, lejos de la actividad que realmente le ayudaría a autorrealizarse: escribir.

En realidad ha surgido totalmente de casualidad, ya que iba yo en el Talgo y normalmente las películas que ponen son una completa bazofia, pero al empezar he visto en la pantalla cómo la protagonista escribía en un blog y le daba a publicar la entrada, lo que me ha llamado de inmediato la atención, y así me la he cargado entera.

Entretenida, predecible, del montón. Queda demostrado que la actriz puede caracterizar tanto a una sanguinaria asesina (Kill Bill) y a una drogata desinhibida (Pulp Fiction) como a una mujer de lo más normal y corriente, ama de casa y a la espera del momento en el que retome la pasión por la escritura a fondo.

Probablemente si antes de verla hubiera sabido que el título era “Una mamá en apuros” me habría sobado directamente durante el viaje en tren pero bueno, a pesar de la baja (aunque adecuada y concordante, desde luego) nota concedida en IMDB, ha estado amena.

Comentario del guión que me ha impactado brutalmente: Si hay alguna ventaja en lo del 11-S  es que hayan posibilitado la conexion telefónica en los túneles. Me ha parecido muy bestia y fuera de lugar.

Cita que me ha gustado: Quiero que dejes de escudarte en la ironía, que digas lo que piensas de verdad.

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