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Viaje de España a California

Ya llevo cinco viajes transatlánticos hechos desde septiembre del año pasado, así que toca relatar cómo se pasa por dicho proceso. Es más, no solo me he cruzado el Océano Atlántico cinco veces sino que cada una de ellas he tenido que desplazarme también de la costa este de Estados Unidos a la oeste o viceversa, por lo que mi testimonio va a ser bien completito.

Debo mencionar que hablo desde la perspectiva de haber usado determinadas aerolíneas pero calculo que en lo básico todas ofrecerán el mismo servicio, así que me lanzo a la piscina. ¿Voláis conmigo?

Lo primero que debo decir es que las comidas incluidas en estos viajes me hacen inmensamente feliz. Soy ese tipo de persona a la que le alegran las cosas pequeñas, como los menús “gratuitos” en viajes de tropecientas horas. Cosa que no parece darse en los vuelos que cruzan el país norteamericano, no sé muy bien por qué cuando sus cinco horas de una punta a otra no se las quita nadie. Más os vale llevar algún bocadillo para no fenecer ni gastaros una pasta para comer durante estos desplazamientos nacionales.

A lo que íbamos: en mi último viaje, volé con Delta, que forma parte de Air France. Esto puede venir bien saberlo, ya que mi código de avión (DL+números) era distinto del que mostraban los pantallones del aeropuerto de Madrid (AF+números), lo cual al principio me descolocó en mi afán por tener todo bajo control. Nada que no resolví en dos segundos preguntándolo al personal del avión.

Pero antes, facturación de maleta. 23 kilos máximo. No problem. Suelo estar en el aeropuerto tres horas antes de un viaje al otro lado del charco, cosa que sinceramente no es necesaria, con dos horas o dos y media diría que va bien pero bueno, es lo recomendado y ahí que aparezco yo sola delante de la cinta que se traga tus preciados bienes tras introducir mis datos en una máquina bajo la supervisión de una azafata. Un “auto-check-in” que se han inventado para, al menos, los viajes con destino Nueva York. Paso el pasaporte por la máquina, el visado, me obliga a que un ser humano vea mis documentos (porque no voy de visita, vivo allí y tienen que comprobar cuáles son mis intenciones y si mis papeles están en regla) y listos. Hasta pronto, maleta, espero que no te sacudan mucho.

aeropuerto Madrid

Más sola que la una en la puerta de embarque

Siguiente paso: llegar a la puerta de embarque. Llego la primera y me da que precisamente por ello me registran la maleta de mano entera. Voy mejor preparada que la vez anterior: solo llevo una mochila típica de colegio y todos mis aparatos electrónicos en una bolsa dentro para sacarlos cómodamente, ya que los inspeccionan todos. Es más, Delta te pide que los enciendas y apagues. El que no furule, se queda en España. Una gracia.

Luego, a esperar. Embarque por zonas. Primero, pasajeros que necesitan asistencia o que tienen billetes con prioridad. Luego, los de la zona 1 y, finalmente, los de la zona 2, entre los que me incluyo. Es un tanto absurdo porque por ese orden dejan pasar a los que se sientan delante del avión antes que a los que se sientan detrás, lo que crea inútiles colas y ratos de espera mientras cada cual coloca sus maletas, entorpeciendo el paso. Pero bueno, allá el que haya inventado el sistema y los que lo sigan.

A la hora aproximadamente del despegue, aperitivo a elegir entre frutos secos y galletitas. Entre una y dos horas más tarde, comida, con tres opciones que varían de un vuelo a otro pero a menudo se basan en alguna clase de pasta, pollo con algo y otro plato más. Como una ya sabe que en el segundo vuelo le darán algo de picar como mucho, me como la pasta y el yogur de chocolate y me reservo todo lo demás: la ensaladita, el pan, la mantequilla…

comida vuelo

Almuerzo bien completo.

Otro par de horas más tarde, helado rico y refrescante. En un momento en el que, por fin, he entrado en calor, se agradece. Pero en los aviones frecuentemente hace un frío del copón. La siguiente foto lo demuestra (te dan mantita y almohada).

frío vuelo manta

Frío.

Finalmente, una hora y media antes de aterrizar, merienda apañada, de la cual me tomo el sandwichillo de pavo y queso y me reservo el yogur para el vuelo de Nueva York a San Diego.

Merienda en Delta

Merienda en Delta

¿A qué te puedes dedicar entre bocado y bocado? Hay una pantalla delante de ti en la que seleccionar películas. También es posible usar tu ordenador, entre otros recursos típicos como leer, dormir o lo que puedas inventarte. No se me suelen pasar mal estos viajes, la verdad. Si no fuera porque esta vez iba de empalmada tras la boda de una amiga… En fin, esto es otra historia. Ofrecen wifi y todo para usar en el avión, aunque a mí en el móvil no me tiraba ni a pedales. Quizá pruebe para la próxima en el portátil.

Wifi que no furula

Wifi que no furula

Ah, y también has de rellenar un formulario como el siguiente en relación con los artículos que haya en la maleta. Léanlo y hagan sus propias conclusiones.

Declaración de aduanas

Declaración de aduanas

Hay gente que se arriesga y se lleva su querido jamón serrano sin declararlo. Normalmente no se darían cuenta pero yo no me arriesgo, la verdad. En mi primer viaje el pasado septiembre le tocó un registro aleatorio a mi maleta facturada, así que… Vaya puntería. Lo supe porque al recogerla llevaba una pegatina informándome de ello. ¡Gracias, majetes!

Cabe destacar el vídeo de presentación y de seguridad de Delta, reproducido al inicio de cada uno de sus vuelos en las pantallitas del avión. Me llama bastante la atención, los creadores deben de haberse divertido haciéndolo. Aquí lo tenéis.

Aterrizaje sin percances. Control de pasaportes milagrosamente rápido y tras el cual te preguntan en unos mostradores a qué vienes a Estados Unidos. Lo explicas, te miran la documentación, te toman las huellas de todos los dedos y a huir.

Toca recoger la maleta facturada y facturarla de nuevo, porque es lo que tiene hacer escala en Estados Unidos: no se fían de ti. Sin embargo, si bien la primera vez que volé a California la escala en Philadelphia fue larga y pesada, en Nueva York se sucedió de manera bastante más agilizada. Cuestión de recogerla de la cinta, recorrer un par de pasillos siguiendo la señal de “Connecting flights” (“vuelos de conexión”) y dejarla en otra cinta sin más burocracia, ya que en Madrid ya le han puesto la pegatina de que ha de llegar a San Diego.

Seguidamente, cola pasable para el control de equipaje de mano. Afortunadamente esta vez solo tenía que sacar el portátil. El vigilante de seguridad estaba sembrado, estadounidense de pura cepa, con su voz grave y provocando risas entre los pasajeros con sus comentarios.

– HOW ARE YOU? (“¿cómo estás?”, me pregunta cuando me pongo delante del control de personas tras pasar la maleta de mano).

– I’m good… and you? (“estoy bien… ¿Y usted?

I’M AMAZING! (“¡estoy increíble!”, por traducirlo de alguna manera).

– I can see that haha. (Ya veo, jaja).

Un cachondo. Y nada, a ir hacia la puerta de embarque de turno y a esperar de nuevo. Os enseño el detalle del aeropuerto de Nueva York de proporcionar zonas para recargar la batería del móvil. Qué apañados ellos.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

El vuelo de Nueva York a San Diego no tuvo mucho de particular. Se hace más pesadillo pero bueno. Pasado ya un primer control en el país, el de Nueva York; en San Diego no necesité hacer nada. Un gustazo. Remitiéndome de nuevo a mi primer vuelo en septiembre, en Los Ángeles me esperaba otro control de muy señor mío. Menos mal que vivo en San Diego… Aunque los vuelos a Los Ángeles saldrían normalmente más baratos. Total, me lo ahorro en estrés, gasolina, dinero y tiempo de ir y volver de San Diego a Los Ángeles.

Por cierto, si en vuestro segundo vuelo (o en el que sea) no os pone el asiento en el que debéis ir en la tarjeta de embarque, no os preocupéis: hay un pantallón en la misma puerta de embarque que os lo dirá. Mi nombre salía en todo el medio jeje.

Pantalla con los asientos

Pantalla con los asientos

Espero haberos dado cierta visión de lo que este tipo de viajes supone. Naturalmente, solo con cambiar de aerolínea y de destino americano ya pueden variar cosas, como las diferencias que he nombrado entre mi primera ida a California y la última, pero en esencia recomiendo ir con tiempo, sin miedo y mentalizado para estar sentado durante muchas horas. Estos sitios están preparados para ayudarte, no para hacerte la vida más difícil, como algunos irritables pasajeros piensan y se esfuerzan en exteriorizarlo para el deleite de los demás… En fin, siempre quedarán las vistas :D.

Vistas guapas desde el avión

Vistas guapas desde el avión

En cuanto al jet lag, en principio no es algo que me afecte demasiado al parecer (toco madera). Las piernas están tocadas al día siguiente sin duda pero las horas de sueño no se me vuelven locas. Aunque a muchos compañeros les pasa, así que prepararos para ello. No hay mal que por bien no venga, siempre hay cosas que se pueden hacer si uno es incapaz de volver a dormirse a partir de las 4 o 5 de la mañana, ¿no? Habrá que echarle un poco de imaginación.

¡Buen futuro vuelo!

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Se vende piso en Jerez. Bueno, bonito y barato, pero no regalado

Welcome home

Welcome home

Todos sabemos que el precio de las viviendas en España está por los suelos. Pero lo que no puede ser es que digas a un posible cliente (o, más bien, a un amago de cliente) que el piso está a 125.000 euros y que te ofrezca 80.000. Creo que esto sobrepasa los límites de la caraduría y promueve espantosamente el abuso hacia personas que pueden verse obligadas a aceptar cantidades irrisorias por algo que no deja de ser una propiedad inmueble, un bien de los más valiosos del mercado, si no el más importante, a raíz de la necesidad.

No ignoro que los compradores también tendrán sus propias necesidades, como es natural. Pero si vas a ofrecer ese dinero, si ese es tu presupuesto real, no le veo el sentido a intentar comprar una vivienda de 125.000 euros. Las hay más baratas y más ajustadas a ese precio cualitativamente. A patadas, que para eso estamos como estamos.

Tampoco estoy en contra del regateo y la negociación, es una actividad permanente en todo negocio. Pero la gente no puede pretender que España se recupere, que cree más trabajos y que provea productos y servicios de calidad cuando no paramos de buscar lo más barato para todo. Me incluyo entre los que preguntan, o al menos piensan en bastantes ocasiones: “¿es gratis? Vale, voy”. Soy tan culpable como buena parte de la población española. Pero no me gusta regatear ni probar a decir costes degradantes para el vendedor, a menos que sea evidente que este quiere cobrarme un precio que sobrepasa exageradamente la media del mercado, en cuyo caso de todas formas tiendo a retirarme. No me siento cómoda tratando de luchar por algo en lo que, por fuerza, ha de haber comerciantes más honestos que justo el que me quiere timar.

Cocina y despensa

Cocina y despensa

Volviendo al tema de los pisos, he decidido hablar de este tema porque esta semana mis progenitores me han contado la situación que os he comentado en el primer párrafo: 125.000 es el precio que ofrecen, bueno, que ofrece mi amada abuela por su casa de casi toda la vida, después de haberlo rebajado ya lo máximo posible, y una individua tuvo el valor de proponer 80.000. Claro, por probar, qué más da soltar una animalada, ¿no? Como si con 45.000 euros no pudiera sobrevivir una familia varios años.

No se trata de que el tema me roce de manera personal, sino de que yo misma no tendría la poca vergüenza de sugerir tal cifra. Es un piso de 136 metros cuadrados con cuatro dormitorios, salón, cocina y dos baños en una segunda planta con ascensor, en perfectas condiciones y situado en la calle Arcos, en pleno centro de Jerez de la Frontera (Cádiz, España). Eso, señora mía, no vale 80.000 euros. Luego se quejará de que el país va mal.

Un poco de cordura, mis queridos ciudadanos españoles.

Pd: aprovecho para informar de que se venden tres viviendas más:

Otro piso en Jerez de la Frontera, situado en la Calle Merced, de 110 metros cuadrados con cuatro dormitorios, salón, cocina y un cuarto de baño. Está en una segunda planta sin ascensor ni garage y requiere reformas. 50.000 euros (no negociable).

Un estudio en Algeciras (Cádiz) de 35 metros cuadrados con todo en uno y baño aparte, en la planta baja de un bloque situado en el centro del pueblo, para meterse directamente y amueblado. 50.000 euros (no negociable).

Finalmente, una oportunidad de oro, señores: piso en la Costa de la Luz, concretamente en la playa de Regla (Chipiona, Cádiz), de 70 metros cuadrados con 3 dormitorios, salón, un cuarto de baño y una terraza con vista lateral al mar. Primera planta con ascensor, sin garage, amueblado y para meterse. 120.000 euros (negociable).

No, no soy una inmobiliaria y, aunque seguramente los carteles callejeros y anuncios formales en Internet sean más efectivos que mi post, las circunstancias me han motivado a hablar del tema, y nunca se sabe quién puede cruzarse con mi blog. Todo esfuerzo es poco para ayudar a la familia.

Interesados en cualquiera de estas viviendas, llamen al 608 399 953. Absténganse personas con propuestas denigrantes.

Se agradece la difusión 🙂

Fotos del piso de la calle Arcos cuando estaba amueblado. Click en ellas para verlas mejor.

Dormitorios y salita

Dormitorios y salita

Salón

Salón-comedor

Estados Unidos vs España. US is different!

He aquí las diferencias o aspectos a destacar que he percibido desde mi experiencia personal entre mi país natal y la universalmente tan idolatrada como criticada USA, o más bien California, que es donde me hallo. Probablemente ya conozcáis algunas de ellas, las cuales, por lo tanto, quedarán confirmadas. ¡Allá vamos!

  • Todo es enorme aquí: las autopistas, los coches, las comidas, el contorno de un considerable porcentaje de la población. Principalmente quiero destacar aquí que es totalmente corriente encontrarse de repente en carreteras de cuatro, cinco y más carriles. El máximo sobre el que he estado conduciendo ha sido de 9 carriles. Siguiendo con la lista, más adelante especifico el tipo de menú más típico por aquí. Y no es que vaya esquivando gordos pero se nota la diferencia con España. Se ve bastante más gente grande por aquí… y tela, telita, de grande.

autopista Estados Unidos

  • La dependencia de un medio de transporte personal es absoluta e irremediable: este país se ha construido sobre carreteras. No puedes moverte sin coche. Bueno, puedes probar a buscar conexiones de autobuses y trenes. Si no estás en una “gran ciudad”, no las encontrarás, y las que haya, tanto en ciudades menores como mayores, te consumirán media vida. Y el tráfico es espantoso. Nunca olvidaré una de las veces que regresaba de Los Ángeles a Riverside, un recorrido de aproximadamente una hora en condiciones normales. Tardé la friolera de tres horas y media a causa de la inmensa cantidad de vehículos. Ahí lo dejo. Jamás vengáis con una idea predeterminada del tiempo que estaréis en carretera: siempre será más.
  • El clima: para ser sincera, considero que este invierno ha llovido mucho más de lo que me esperaba (una o dos semanas en conjunto) según cómo se describe al estado de California, o al menos en la región de Riverside. Pero en general efectivamente hace bastante calor y sol (gafas de sol obligadas), con una bajada, no obstante, de cerca de 20 grados por las noches en la mitad del año más “fresca”. O sea que mejor llevar una chaquetita tras la caída del sol. Ya os contaré cómo sobrevivo al verano, aunque en San Diego es otra historia. Debido a la cercanía al mar, las tempraturas se presentan mucho más estables, manteniéndose entre los 13 ó 14 grados y los veintipoco en líneas generales. Y con un viento a menudo hacia el que no experimento ningún cariño. Eso sí, algo que me llama la atención desde siempre es el cambio brutal de sensación entre sol y sombra, que no me parece tan exagerado en España.
San Clemente, California

San Clemente, California

  • Los semáforos están al otro lado del cruce, no en tu lado: como estaréis comprobando, buena parte de estas características se centran en la conducción. Y es que este es un temita bien candente. Con lo apañados que se me han hecho anteriormente un autobús, un metro o mis propias piernas… ¡Ah! La siguiente diferencia vendrá a raíz de esto último. Pero para cerrar este punto, he de confesaros que al principio despistaba bastante ver los semáforos al otro lado y era tentador dejarse engañar por los de los lados o avanzar hasta su pie, pero te acostumbras rápido.
  • La gente no camina. La última vez que dejé un coche alquilado, un empleado de la oficina me llevó a casa, la cual estaba a unos veinte minutos a pie. Les parecía lejos. Unas caras de: “uy, ¿hasta allí andando?”, como si me pudiera dar un jamacuco por el camino. Ya que estaba y al hacer cierto calor, naturalmente acepté, pero para que os imaginéis lo raro que consideran el que alguien tenga verdadero interés y placer por caminar, a menos que se tenga un parque cerca o algo parecido.
  • Las hamburguesas y sándwiches de no menos de cinco elementos gozan de una supremacía estelar como oferta gastronómica, así como los anuncios de ellos en los medios de comunicación, carteles de paredes de autobús y de calles, etc. Mientras que en España te tropiezas con un bar de tapas cada pocos pasos, aquí los “restaurantes” fundamentalmente ofrecen un menú de consistentes hamburguesas y sándwiches, atención: ¡con sus calorías incluídas! Gracias, necesitaba saberlo. Eso sí, a poco que te permitas una pequeña subida en el gasto, puedes encontrar perfectamente otras cosas… Si tienes la suerte de que se ofrezcan por tu barrio o cuentas con un coche para llegar a ellas, claro. Gran perdición la siguiente cadena, entre tantas otras. Y que no falte nunca una copiosa ración de patatas fritas.

Denny's

  • Los americanos te hablan. Mucho y en cualquier parte y contexto. Recuerdo unas cuantas situaciones: una yendo en un autobús, durante la cual un simpático señor con pinta andrajosilla y falto de algunos dientes se dedicó a hablarnos de cosas varias, destacando bromas que tardaba en pillar (o no pillaba) y consejos sobre cómo ganar apostando en las Vegas; otra ocasión en la que una señora de unos mil millones de años me cogió por banda en un supermercado y me contó su vida entera (cuando digo entera, es ENTERA), partiendo de base de la cara de buena persona que me vio y el hecho de que físicamente le recordaba a su madre; y una más en una pizzería en la que un señor o empleado (no tengo claro que estuviera trabajando allí en vistas de la chapa que me dió) de origen árabe se dedicó a decirme que tenía que casarme y hacer todo lo que mi marido me dijera mientras me cerraba rápidamente en un par de ocasiones el cuello de la camisa. Ojo al dato: normalmente no me molesta que la gente me hable, me he hecho a la idea, pero que me digan lo que tengo que hacer es algo que me revienta. Desde entonces, he evitado ir a esa pizzería. Oh, también recuerdo una situación que se me antojó tan bonita como confusa: al terminar de cruzar un paso de cebra, una mujer que estaba en el primer coche del carril me dijo: “Excuse me, Miss. I just wanted to tell you that I think you are beautiful and that I wish you a wonderful day” (perdone, señorita, solo quería decirle que pienso que es preciosa y que le deseo un día maravilloso). This is America!
  • Los apartamentos de alquiler no suelen estar amueblados. He tenido la inmensa suerte de tener uno de los pocos Ikeas del país a menos de diez minutos de mi casa en coche. Pura felicidad. ¡Y muchos de ellos son como en las pelis! A lo motel, con sus puertas alineadas a lo largo de un par de pisos. Incluyo mi casa, con la que estoy contentísima. No sé deciros con seguridad de momento si la tendencia es mayor hacia comprar que hacia alquilar. Tengo un pálpito hacia lo segundo. Lo comprobaré pronto.
apartamentos Estados Unidos

Mi urbanización

  • La sanidad y la educación, los dos servicios que considero más importantes, son extremadamente caros. A pesar de pagar un seguro, cada consulta te sigue costando un dinero. Un ejemplo cercano de la pasta que se lleva esta industria es una amiga americana que se rompió la columna vertebral en un brutal accidente de coche del que tuvo suerte de sobrevivir. El tratamiento, operaciones, rehabilitación y demás sumaron un total de dos millones de dólares. Afortunadamente el seguro pagó el 80%, pero aún había de pagar 400.000 dólares. Luego, es muy corriente trabajar para pagarse los estudios, y en algo que no tiene nada que ver con ellos. Un día fui a ver a un notario público (que, por cierto, podía ejercer como tal tras un cursillo de dos horas…) y resulta que el chico estaba estudiando biología. Allí se encontraba para poder costeárselo.
  • La mezcla de culturas es espectacular: muchísima gente que ha nacido aquí es de origen no estadounidense en cuanto a generaciones previas, dando lugar a un cuadro físico de lo más variado a tu alrededor cuando en España somos fundamentalmente blancos y de familias de origen español. Yo ya viví un gran choque cultural durante mi año y medio largo en Londres (UK), pero allí la gente era mucho más a menudo inmigrante como tal que propiamente nacida allí como ocurre aquí continuamente.
  • El salario se aplica por horas o años, no por meses, siendo el salario mínimo de 9 dólares a la hora. Cabe destacar en este apartado que visualizo a los americanos especialmente obsesionados con el trabajo. O subconscientemente programados para aportar una extremada importancia al dinero, llamadlo como queráis. En España cedemos una consideración mucho mayor a nuestro tiempo libre, cervezas de vez en cuando, vacaciones y tiempo con la familia y los amigos. Diez días de vacaciones de media es lo que tienen los americanos, y tengo entendido que parte de ellos ni se los piden todos. Aunque con lo que cuestan aquí las susodichas educación y la salud, y creo que también las viviendas compradas, acaba por no extrañarme esta fijación…
Casa de mi calle. A menudo son cada una de su padre y de su madre a pesar de estar en línea.

Casa de mi calle. A menudo son cada una de su padre y de su madre a pesar de estar en línea.

  • Efectivamente, dar menos de un 15% de propina se considera de mala educación. Puesto que ya iba avisada sobre ello, esa cantidad he cedido desde siempre. Si bien en los inicios resultaba molesto, también te acabas acostumbrando aunque el servicio no sea nada del otro mundo y teniendo en mente que, de otra forma, el salario de los camareros queda bastante reducido.
  • La estructura de las ciudades es completamente distinta. No son ciudades compactas. Los Ángeles se me hace un conjunto de barrios separados por todas esas inevitables autopistas. Siempre has de coger el coche para moverte dentro de la misma ciudad o condado. San Diego no es tan grande como L. A. y, aún así… Y cuando vives allá por el condado de Riverside y te rodean otros condados, ya ni os cuento la imperiosa necesidad de un coche si es que quieres hacer vida más allá de las paredes de tu casa. Es difícil sentir que se vive en una ciudad. La familia americana de una compañera recorrió en una ocasión unos 45 minutos de carretera para ir a una óptica. ¡A una óptica! Se ve que requerían algo más concreto pero aún así en España contamos con un acceso mucho más inmediato a todo tipo de servicios. Otros 40 minutos recorrimos en otra ocasión para ir a un Comedy Show, otros tantos para ir a un concierto, para ir de viñedos… Vale, justo esto último o lo tienes cerca o no, y también dependerá del concierto, pero los españoles no tenemos tal predisposición a recorrer determinadas distancias en coche a menos que el plan sea fascinante, cosa que aquí se considera totalmente normal para cualquier tipo de actividad.
  • Para consumir alcohol legalmente has de tener 21 años y 16 para conducir. Lo cual no quita los fiestones que se pegan los menores igualmente, o al menos mi anterior compañera de piso americana volvía cada semana fina. Muchas de las fiestas transcurren en casas o apartamentos. No he tenido oportunidad de ir a alguna fiesta de una fraternidad porque a veces son solo de chicas y no aceptan chicos, por lo que el plan no encajaba con mi grupo de amigos. Sí que vi una vez a dicha compañera salir de casa a una de esas fiestas con un maillot y unas orejas y pomponcillo en el trasero en plan conejita. Tomad vuestras propias conclusiones. ¡Ah! Mejor que llevéis el pasaporte si vais de discoteca, suelen pedirlo (incluso cuando es evidente que no se es menor de edad) y el DNI español muchas veces no lo aceptan.

España vs EEUU

  • Finalmente, el turismo es paisajístico y callejero, no monumental. En California, recorres calles de tiendas, vas a zonas concretas, pruebas locales, pero no ves propiamente monumentos o edificios históricos, o en todo caso de manera mucho más reducida (vamos, yo no he visto ninguno). Por ejemplo, en Los Ángeles tenéis el observatorio Griffith, el Paseo de la Fama o el área playera de Santa Mónica. En San Diego, podéis ver una zona llamada La Jolla con focas en los acantilados, vistas preciosas del mar o la ciudad desde algunos puntos, el puerto… Y luego, muchos pueblos playeros con, pues eso, arena y agua. También es típico ir a parques temáticos: Six Flags, con montañas rusas tochas (me lo han contado, mi fácil mareo no me da para acercarme), Disney, etc.

Creo que con esto tenéis suficiente. Espero que os haya gustado y, ¡hasta la próxima!

La palabra “coraje” en Andalucía (España)

Veamos… He caído en que a lo largo de mis publicaciones habré utilizado esta palabra un considerable número de veces, y a la vez he asociado este hecho con el de que la inmensa mayoría de mis lectores no la utilizarán en la vida como tal ni tienen por qué haberla oído o leído antes, así que ya va siendo hora de dedicarle un post a tan excelso concepto.

Me explico: evidentemente, los andaluces sabemos que el “coraje” está directamente relacionado con la valentía de una persona por definición, ¿no es así? Pues no siempre para nosotros. Nuestras expresiones (altamente utilizadas) me da coraje X cosa, qué coraje me da y derivados (en los últimos años he soltado algunos “qué corajoso” pero me da que es de cosecha propia) se focalizan más bien hacia algo que nos resulta molesto.

Profundizando desde un plano personal para no opinar en boca de 8 millones de personas, aunque creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, el término no se identifica en sí exactamente con el típico “me da rabia”. Es muy parecido y es lo que diría el resto de españoles, pero nuestro “coraje” lleva menos intensidad, a la vez que resulta más preciso; se trata de un “uf, ¡qué detestable!” (que no “odioso”, puesto que tampoco me parece lo mismo “detestar” que “odiar”), mientras que la rabia me resulta mucho más cruda y seria (al igual que el “odio”), menos carismática incluso. Me recuerda a los perros que sufren dicha enfermedad. Una palabra bastante menos simpática que el “coraje” andaluz, aunque implique irritación.

Para finiquitar el post, contáis con la segunda acepción del diccionario de la Real Academia Española para que conste como concepto reconocido lingüísticamente y también podéis consultar una serie de ejemplos prácticos en el siguiente post.

Los desayunos británicos: patada en los cojones a la dieta mediterránea

Esto será Londres pero hay ciertas cosas que no cambian. Esas costumbres tan españolas, como el volver a casa a las tantas de la mañana por las circunstancias que sean. Está en nuestro carácter, nos entretenemos fácilmente. Hablando con gente que nos encontremos por el camino, o al comienzo de la noche, o en medio de ella…

En mi caso, este fin de semana la cosa consistió más bien en pasarme mi parada de autobús por ir sobada (encima de que apenas había bebido) y acabar a tomar por saco con un frío de infarto (he aquí el motivo de mi actual resfriado, por cierto). De esto que abres los ojos en el autobús, en el que te has colocado en primera fila del segundo piso, que para eso son rojitos, londinenses y enormes, y piensas con los ojos medio cerrados: “oh, no… ¿en serio estoy viendo el puto amanecer?”.

Vuelta para atrás desde el fin del mundo (alias Bexleyheath). Llegada por fin a Lewisham. Lo mejor se hacía esperar: esos 15 minutos caminando desde la parada hasta el dulce hogar. Escondes la cara como puedes tras la bufanda hasta que te das cuenta de que da exactamente igual; el proceso de congelación por todo el cuerpo es inminente. Agradeces que no haya casi nadie por la calle para murmurar/maldecir tranquilamente. “Puto frío, puto viento, putas medias, maldito país de los…”.

Entonces, miras hacia adelante, incluso hacia arriba. El paisaje te impacta (nada que ver con el suelo del que has retirado la mirada, claro), hasta te hace pararte. Y te dices a ti misma: “bueno, no está tan mal”.

Y cuando una mañana cualquiera de estas te da por meterte en algún sitio para desayunar, ¡ya puedes tener hambre! Como fue el caso algún fin de semana más atrás. Entro en un bar y me encuentro de cara un maravilloso cartel con unos Breakfast que iban desde el número 1 hasta el 7. Entre habichuelillas, salchichas, huevos, tostadas, café, etc, decido pedirme el 1, atemorizada ante tal explosión estomacal. No íbamos a empezar muy fuerte, que mi cuerpo tampoco estaba para trotes con el mes y pico que llevo de excesos. Pues esto me pusieron:

Tal y como he puesto en el título de este post: patada en los cojones a la dieta mediterránea. Mira que me lo esperaba, pero verlo en directo es otro tema, os lo puedo asegurar, y mira que se trataba del pack más simple. ¡No pasa nada! Estaba bueno, la verdad, incluso el café. Aunque no para tomarlo a diario, desde luego, qué locura, no comí casi nada más durante el resto del día. Ahí estaba yo, más sola que la una pero por poco tiempo: las mesas se fueron llenando a mi alrededor. Si mi desayuno me parecía grande, allí la gente no se quedaba corta. Esos números del 2 al 7 no tenían el menor desperdicio. Nadie perdonaba la mitad del plato repleta de patatas. Me vi obligada a inmortalizar la carta de menús, para que no perdáis detalle.

¡El Jumbo Breakfast no cabe ni en el plato, oigan!

Por las dudas, aclararé que para haberme tomado un auténtico British breakfast me faltó bacon, otro huevo, tomates, champiñones, pudin y medio kilo de patatas fritas. Bueno, bueno, poco a poco, señores. ¡Otra vez será!

Una papelera: ¡al abordaje!

Hoy, tengo unas cuantas preguntas que lanzar a nuestra querida sociedad. Para empezar: ¿qué coño ocurre en España en cuanto a la limpieza? ¿Dónde ha quedado la educación y el sentido común? ¿Por qué me encuentro por la calle cada vez más papeleras absolutamente violentadas? Lo que me he cruzado esta misma mañana (véase la imagen) ya ha sido lo último.

¿Para qué conformarse con agredirla vilmente aún dejándola en su sitio cuando puedes quemarla directamente y hacerla desaparecer de la faz de la tierra? Qué sentimiento de satisfacción y de poder ante la devastación, ¿eh? A ver, niñatos y niñatas con ansias destructivas: esto es delincuencia, estupidez humana y ausencia total de un par de hostias bien dadas a edades tempranas.

¿Sabéis qué? En Japón no hay papeleras. ¡No hay papeleras! Deben de tener las ciudades hechas una basura, ¿no? Pues justo lo contrario. Precisamente, por lo concienciada que está la mentalidad al otro lado del globo, no las necesitan. Todo chicle, envoltorio, pañuelo con mocos, etc, va a parar al bolsillo del autor para tirarlo al recipiente que le corresponde en su casita, sin osar arrojarlo al suelo.

Por no hablar del panorama que sigue a las noches de botellón en este país. Qué lástima de parques y vecindarios… Mira que llevo tiempo diciéndolo: no me puedo creer que no haya en todas las ciudades un botellódromo. Es más, que lo haya en Jerez y no en Madrid me deja completamente descolocada.

Pues nada, seguimos en nuestros trece, abriendo paso a un mundo sin árboles, viciado de humo y polución, con cristales y jeringas al alcance de los niños pequeños y una cantidad ingente de mierda pegándose a la suela de nuestros zapatos. Así son las cosas y así las hemos querido.

La ciudad duerme

Madrid descansa. Se sienten dormir los edificios, la gente, el barullo habitual. Los murmullos (y no tan murmurados normalmente) de los vecinos, los estridentes chillidos de esos adorables pequeños, la música de la calle, el ajetreo de los bares y restaurantes próximos.

Domingo. 11 de la mañana. Y a las 10 ni os cuento, aún ahora esa parte de la sociedad que ha trasnochado quizá empiece a desperezarse, pero aún tiene toda la mañana para disfrutar del placer de estar tumbado en la cama mirando el techo. A veces, repasando las aventuras nocturnas; otras, disgustado por la rápida llegada del día pre-comienzo de la semana. En ocasiones, indiferente, centrado en la jornada que les espera, con sus distintos deberes y atisbos de ocio, cuyo deleite depende exclusivamente de cada persona.

Y, mientras tanto, yo aquí, delante del pc, con un libro de inglés entre este y yo, eclipsado por mis brazos, que lo cruzan para poder alcanzar el teclado, pasando por completo de sus contenidos aunque sea durante unos minutos con el objetivo de intentar transmitir esta sensación de tranquilidad, de paz, de satisfacción personal. Esta, podría llamarse, virtud de haber “madrugado” tal día como hoy, en medio de un mundo, concretamente de un país, que ama la noche.

Una España que idolatra las escapadas físicas y mentales del fin de semana, normalmente pausadas durante el día y frenéticas en cuanto cae el sol. Ya sea por el clima, las costumbres adquiridas, la evolución de las generaciones, el insomnio, la necesidad de sentirse integrado, los diferentes horarios de las comidas, etc, vivimos en una nación que comienza a entusiasmarse a las 12 de la noche, alcanza el punto más pletórico a las 3 o 4 horas, y regresa extenuado a las 6 o 7 (o más) de la mañana para sumirse en un plácido letargo.

Hasta que la mentalidad sufre un shock, en unas personas brutal, radical, casi trágico; en otras, más distendido, prolongado, replanteado. Y no sales un sábado noche. También es posible que el agotamiento del viernes noche haya bastado como para cubrir la fiesta del fin de semana (y de los próximos meses), pero apartémonos de este caso concreto. Centrémonos en ese cambio que te hace redescubrirte a ti mismo, quizá también experimentando cierta extrañeza ante lo desacostumbrado, mas abriendo paso a un entusiasmado pálpito de nuevas posibilidades en el horizonte.

Porque, a las 10 de la mañana de un domingo, no hay el más mínimo ruido. Solo se escuchan los pájaros, alternados con uno de los sonidos más maravillosos del mundo: el silencio. Ese estado en el que has de conformarte exclusivamente contigo mismo y del que resulta completamente imposible disfrutar a lo largo de la semana.

Ese ambiente matinal que te obliga a admirarlo sin buscar nada más que el roce de las páginas de un libro, el susurro del teclado, el roce de las sábanas… pero nada de palabras, ni de voces, ni de melodías. No son necesarias ni oportunas en este momento.

Todo el mundo tiene miedo a la soledad. Casi la totalidad del género humano ansía ser consciente a cada momento de que a su alrededor hay vida, alegrías y miserias. Pero yo me pregunto… ¿para qué poner música cuando te ofrecen, te ofreces, en bandeja la posibilidad de enfrentarte al universo sin más protección que tu propia mente?

Aquí y ahora es el momento de aprovecharlo. Sobre todo antes de que el vozarrón del tipo del piso de abajo irrumpa estrepitosamente en tu armónica mañana haciéndote volver a nuestra querida y ensordecedora realidad.

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