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La chica que tenía fotos de su accidente

He conocido a alguien muy especial aquí. Bueno, a más de una persona (aunque tampoco superan los dedos de una mano), pero hoy quiero hablar de esta chica. Llamémosle A.

A tiene actualmente unos treinta y pocos años. Tenía 22 cuando ocurrió: un accidente brutal del que cuando ves las imágenes de cómo quedó el coche no te explicas cómo la ocupante sobrevivió. Una suerte fortuita, una casualidad de las que te cambian la vida radicalmente, de las que te arrancan tus sueños y proyectos, de las que te plantan una realidad que nunca imaginaste y con la que has de convivir para el resto de tu existencia.

A tiene la columna rota. Pero camina. “Funny”, como ella dice, es decir, como cojeando y más lentamente que los demás, pero anda. Y habla. Mucho. Y se ríe. Más todavía. Es una persona que se preocupa muchísimo por la gente a su alrededor, que conversa con cualquier persona porque no cree que nadie merezca ser ignorado (esto también es un poco americano pero de eso hablaremos en otro momento), que te pregunta una y mil veces de distintas maneras si te lo estás pasando bien, y de verdad espera que te lo estés pasando bien y no pregunta por preguntar.

admiraciónConocí a A hará ya unos tres meses. Al principio no me di cuenta de la increíble pureza y fortaleza que tiene esta chica. Afortunadamente, por una razón o por otra hemos ido compartiendo más momentos que me han permitido ver a un ser irrepetible, que bromea con sus propios defectos y problemas, y que será de los escasos a los que recuerde con cariño en el futuro, un futuro incierto y borroso en el que la memoria y la experiencia habrían de actuar como lo hacen para esta risueña muchacha.

Ayer estuve en su casa por primera vez. Un piso bajo acogedor y llenísimo de cosas: cajas, fotos, películas (en DVD, grabadas en CDs y, atención, en vídeo; sí, en VHS, toda una reliquia), carteles de artistas (Marilyn Monroe, Elvis…), dos gatos que no son nada ariscos… Y Adornos. Un popurrí de Navidad, San Valentín y el próximo San Patrick; una fusión de rosas, rojos y verdes entrelazados con el negro característico de toda la casa y de la propia A.

En una de las paredes fue donde nos paramos y vi aquel coche reventado. Totalmente abollado por el medio como solo se ve en las películas o en las noticias de sucesos de los periódicos. Allí estaba, en medio de una casa. Se me encogió el corazón ante tan explícita estampa y le pregunté por qué la tenía ahí. Me respondió que le servía para que, cada vez que comenzara a lamentarse por haber cogido peso, por cómo caminaba y por cualquier cosa en general, no dejara de recordarle la inmensa suerte que tuvo de seguir viva.

Nos trajo más fotos de aquel desastre. Nos explicó detalladamente cómo sucedió. Yo ya sabía desde prácticamente el principio que tuvo un accidente y que por ello no caminaba bien, pero no es lo mismo cuando te ponen la tragedia en las narices con tanta naturalidad. Entré en una nube de admiración que me sigue aturdiendo.

Porque me resulta tan difícil a veces mirar atrás hacia ciertas circunstancias y no experimentar ese molesto pellizco en el pecho, ese del que soy plenamente consciente y al que sigo diciéndole que, en cuanto madure más y continúe trabajando en mi bienestar emocional, se podrá ir a hacer puñetas. Pero, ¿cuándo? ¿A qué espero? Me doy cuenta de que habitualmente me considero una persona bastante estable. Hasta que salen grietas inesperadas, hasta que los oscuros recuerdos se pasean por mi mente y desaparecen bajo el recurso de hacer otra cosa, de mantenerme activa. Y hasta que no controlo las circunstancias tanto como me gustaría.

accidente coche

No quiero confundiros: las vibraciones negativas me visitan bastante inusualmente. Pero a veces esto mismo las hace más fuertes cuando acuden, dentro de su brevedad, y dentro de mis ansias de aprender a ser feliz como objetivo existencial, que no es moco de pavo. Expresiones como “todos tenemos un día malo” y “es normal estar mal a veces” no me valen. No me gustan. No las veo necesarias, no me agrada excusar esas molestias mentales para permitirles aún más movimiento. Quiero mirarles de frente y decirles que les agradezco ponerme a prueba y hacerme tal y como soy hoy en día. Sin ese pellizco. Con convicción, con una sonrisa. Como A.

Naturalmente y siguiendo el dicho, a menudo la procesión va por dentro, y cierto es que tampoco menosprecio el valor de esos momentos crudos y lo inevitables y necesarios que son. Pero la alegría fingida se nota. El victimismo se ve a leguas. Me resulta curiosísimo cómo ciertas tragedias pueden reavivarte, dependiendo de ti por supuesto, y ciertas buenas noticias pueden provocar el efecto contrario. Hace poco leí que ganar la lotería crea en un alto porcentaje frustración y variados estados nocivos debido a no ser capaz de abarcar tal cambio vital. ¿Quién se lo iba a imaginar de primeras?

Así pues, hoy brindo (con mi estupendo Nesquick mañanero) por A y por las personas como ella, que encarnan ejemplos de motivación y de superación para todos los demás, y aprovecho para dedicarle también este post a mi padre, la principal figura digna de mi admiración en este mundo, y a mi madre, por el hambre que me ha inculcado sin darme cuenta desde pequeña hacia las cuestiones espirituales y emocionales, en las que cada vez tengo más ganas de sumergirme y explorar.

Que no nos falten nunca estas personas para abrirnos los ojos.

Conectados permanentemente

Capítulo “Conectados permanentemente”.
Libro: La práctica de la atención plena.
Autor: Jon Kabat-Zinn.

Nota personal: es largo, pero lo idóneo sería leerlo de un tirón, con calma y sin mirar el móvil 😉

No hace falta estar muy despiertos para darnos cuenta de que el mundo está cambiando apresuradamente bajo nuestras propias narices a un ritmo que jamás antes había experimentado el sistema nervioso humano. El impacto y los cambios que todo ello provoca en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestro trabajo son tan extraordinarios que no estaría de más que nos detuviéramos un poco a reflexionar en este punto. Veamos ahora, pues, los efectos que tiene sobre el ser humano la necesidad de permanecer conectado veinticuatro horas al día los siete días de la semana.

Creo, para comenzar, que hay mucha gente que ni siquiera se da cuenta de esto. Estamos tan atrapados en la necesidad de adaptarnos a las posibilidades y retos que nos proporcionan las nuevas tecnologías –aprendiendo a usarlas para hacer más cosas, hacerlas más rápido e incluso hacerlas mejor– que solemos acabar dependiendo de ellas. Pero, independientemente de que nos demos cuenta o no, nos hallamos sumidos en una aceleración que no hace sino aumentar. Por ello la tecnología, tan adecuada para aumentar nuestra eficacia y obsesión nuevas tecnologíasproporcionarnos más tiempo libre, amenaza con privarnos, si es que no lo ha hecho ya, de ambas cosas. ¿Conoce acaso el lector a alguien que ahora disponga de más tiempo libre? Hasta la noción misma de tiempo libre parece algo extemporáneo y que nos retrotrae a la década de 1950.

Se dice que el ritmo al que discurre nuestra vida está experimentando una inexorable aceleración exponencial –a la que se conoce como ley de Moore (porque fue enunciada por Gordon Moore, fundador de Intel)– que se halla gobernada por el tamaño y la velocidad de los circuitos integrados. Cada dieciocho meses –y manteniendo el mismo precio– la capacidad de computación y la velocidad de la siguiente generación de microprocesadores se duplica, al tiempo que su tamaño se divide por dos. Nos hallamos pues sumidos en un proceso, aparentemente interminable, en el que se acelera la velocidad de procesamiento y la miniaturización y en el que la electrónica es cada vez más y más barata. Esta combinación acaba provocando una dependencia de los ordenadores personales, los productos de consumo, los juegos y los dispositivos electrónicos portátiles que suele desembocar en una clara y desproporcionada adicción que nos lleva a responder, de buen agrado o por la fuerza, a un número cada vez mayor de mensajes electrónicos, de mensajes de voz, de faxes y de llamadas al teléfono móvil procedentes de cualquier rincón del planeta. Y lo más paradójico de todo es que la mayor parte de la montaña de correo basura y de propaganda agresiva que no deja de bombardear casi todos nuestros sentidos procede de personas que nos interesan y de las que no queremos desconectarnos. Pero ¿qué pasa entretanto con nuestro equilibrio y cómo podemos acompasar la posibilidad de respuesta inmediata que nos proporciona la conectividad instantánea y ubicua con nuestras verdaderas necesidades?

conectividad permanente

El teléfono móvil y la agenda electrónica nos permiten estar continuamente conectados con cualquier persona en cualquier lugar del planeta. Pero ¿se ha dado usted cuenta de que, con ello, corremos el riesgo de desconectarnos de nosotros mismos? Inmersos en este fascinante proceso, solemos olvidarnos de que nuestra conexión fundamental con la vida tiene lugar a través de nuestra interioridad, es decir, a través de la experiencia de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos, incluida la mente, que nos permite tocar y ser tocados por el mundo y responder en consecuencia. Convendría, por tanto, disponer del suficiente tiempo, un tiempo que no estuviera saturado de actividades, un tiempo en el que, aunque podamos hacerlo, no nos apresuremos a responder a otra llamada telefónica, a enviar un nuevo correo electrónico, a planificar o añadir un nuevo ítem a la agenda de cosas que todavía nos quedan por hacer, un tiempo, en suma, que podamos destinar a reflexionar, cavilar, pensar y meditar.

¿En qué sentido afecta, este aumento de la capacidad de conexión, al contacto con nosotros mismos? ¿Acaso estamos tan conectados con los demás que jamás estamos donde realmente estamos? ¿Dónde estamos cuando, tumbados en la playa, nos precipitamos a responder a cualquier llamada telefónica? ¿Disfrutamos acaso del paseo cuando lo desperdiciamos hablando por teléfono? ¿Estamos realmente conduciendo cuando vamos con el teléfono pegado al oído? ¿Disponemos acaso, en medio del acelerado ritmo que está asumiendo nuestra vida y de las posibilidades de conexión instantánea, de tiempo suficiente para mirar por la ventana?

¿Qué ocurriría si, en esos momentos de ocio, no conectásemos con nadie? ¿O es que acaso no dispone usted de ningún momento libre? ¿Por qué no se esfuerza en conectar con quien se encuentra de este lado de la línea y no del otro? ¿Por qué no charla un rato consigo mismo y se pregunta cómo está? ¿Por qué no se pregunta cómo se siente aunque, en ese instante, pueda estar adormecido, abrumado, aburrido, desbordado, ansioso, deprimido o necesitando hacer todavía una cosa más?

meditación

¿Qué pasaría si conectásemos con nuestro cuerpo y con el universo de sensaciones que nos permiten sentir y conocer el paisaje exterior? ¿Qué ocurriría si cobrásemos conciencia, aun en los momentos en que más distraídos estamos y más automáticamente nos comportamos, de lo que discurre por nuestra mente, es decir, de nuestras emociones, de nuestros estamos de ánimo, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos y de nuestras creencias? ¿Por qué no prestar atención, no sólo al contenido, sino al tono de nuestros sentimientos, a su realidad energética y a los acontecimientos importantes de nuestra vida, un archivo enorme de información que puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento, catalizar la transformación y vivir conforme a lo que sabemos y entendemos? ¿Por qué no desarrollamos una imagen mayor de nosotros mismos que tenga en cuenta todos y cada uno de los niveles, aunque se trate de una imagen, a veces clara y otras no, que siempre está en movimiento, que siempre es provisional, que está en continua transformación y que, con mejor o peor fortuna, siempre se halla en proceso?

La mayor parte de las veces, la recién descubierta conectividad tecnológica no es más que un puro hábito que, como evidencia la siguiente tira cómica del New Yorker, roza los límites de lo absurdo:

En una estación de tren a una hora punta, todos los pasajeros que suben y bajan del tren llevan el teléfono móvil pegado a la oreja. A pie de página se lee lo siguiente: <<Ahora estoy subiendo al tren…>>, <<Ahora estoy bajando del tren…>>

Pero ¿quiénes son todas esas personas? ¡Oh, sí, casi lo olvidaba, somos nosotros! ¿Acaso hay algo malo en subir o bajar del tren sin decírselo a nadie? ¿No es posible, como antes, bajar de un avión e ir a una fiesta y emplear el teléfono únicamente en caso necesario? A este ritmo no me extrañaría escuchar, dentro de poco, algo así como <<Ahora estoy lavándome las manos>>. ¿Cree realmente que hay alguien que necesite saber esas cosas?

conversación absurda whatsapp

Si todo eso nos lo dijéramos a nosotros mismos, podría ser una forma muy útil de cobrar conciencia de nuestra experiencia y cultivar así la atención a la experiencia concreta que se desarrolla en el momento presente. <<Yo subo al tren (y soy consciente de ello)>>. <<Yo siento el agua en las manos (y soy consciente del agua y de lo valiosa que es)>>. Ésta sería, al menos, una atención encarnada, y con la suficiente práctica, podríamos llegar a darnos cuenta de la inutilidad del pronombre personal. Bajo, subo, voy, siento, soy consciente, soy consciente, soy consciente…

¿Qué necesidad hay de decírselo a nadie? ¿Acaso lo necesitan? De ese modo no hacemos más que distraernos, desviarnos y cosificar el momento presente. Parece como si ahora, aunque siga tratándose de nuestra vida, ya no bastase con permanecer a solas con nuestra experiencia.

De ese modo dispondríamos, al menos, de una pausa, tal vez la pausa necesaria para restablecer el contacto con nuestro cuerpo, con la respiración, con el mundo puro, analógico y no digital de la naturaleza, con este momento tal cual es y con quienes realmente somos.

Con todo ello no pretendo negar la utilidad de las nuevas tecnologías. A fin de cuentas, el teléfono móvil permite que los padres puedan conectar en cualquier momento con sus hijos, también fue el que alertó a los pasajeros de uno de los aviones secuestrados el 11-S y parece que permitió a algunos de los pasajeros del cuarto avión impedir que los terroristas alcanzaran su objetivo. Pero, por más interesante que sea para comunicarnos y organizar nuestras actividades, el teléfono móvil también ha acabado convirtiéndose en una de las principales causas de accidentes de automóvil porque parece que, en tal caso, el usuario está más atento a la conversación telefónica (y, según un reciente estudio, a sintonizar el dial de la radio, comer y hasta acicalarse) que a la seguridad e incluso a fijarse por dónde va. Así es como el teléfono móvil añade un nuevo significado a la expresión “estar en Babia”, un significado tan peligroso que, en ocasiones, roza el ámbito de lo criminal (<<¡Lo siento! –sin separar el oído del teléfono– móvil conduciendoCasi le atropello. No le había visto. Es que estaba hablando con mi contable, con mi abogado, con mi madre o con mi socio>>). Por no mencionar el acoso a la intimidad al que nos enfrenta la tecnología digital, que permite rastrear y analizar cada compra y cada movimiento y posibilitar así el esbozo de un perfil de nuestros hábitos personales de una forma anteriormente inconcebible que puede redefinir por completo el dominio de lo privado y que, como mínimo, supondrá recibir más publicidad y más catálogos.

Los ordenadores, las impresoras y sus sorprendentes capacidades, combinadas con la posibilidad de intercambiar instantáneamente documentos por correo electrónico en cualquier momento y a cualquier lugar y de poder acceder de inmediato a una información cuya recopilación hubiese requerido, hace tan sólo quince años, un arduo esfuerzo, nos permiten, tanto a nivel individual como colectivo, realizar en un solo día el mismo trabajo –y, en muchas ocasiones, mejor hecho– que entonces hubiera exigido una semana o hasta un mes. Esto es, al menos, lo que ha ocurrido en mi caso. Tampoco abogo por una condena ludita del desarrollo tecnológico que brote del anhelo romántico de tiempos más sencillos. Lo único que pretendo es llamar la atención del lector sobre las posibilidades que nos brindan los avances tecnológicos, avances que aumentan día tras día y año tras año y que pueden desconectarnos tanto de nosotros mismos que acabemos perdiéndonos.

Creo, en suma, que la mejor manera de familiarizarnos con este nuevo mundo consiste en desarrollar nuestro mundo interior de un modo que compense y equilibre nuestro sistema nervioso y lo ponga al servicio de una vida más sabia, tanto para nosotros mismos como para los demás. Y, para ello, es necesario prestar una mayor atención a nuestro cuerpo, a nuestra mente y a nuestras experiencias en la frontera existente entre el mundo exterior y el mundo interior, incluso en el mismo momento en que empleamos la tecnología para permanecer conectados o cuando aparece el impulso a hacerlo. ¿No cree que, de otro modo, corremos el riesgo de acabar convirtiéndonos en robots sin tiempo para contemplar quién está haciendo todo esto y quién está dirigiéndose hacia un lugar más deseable?

Un año en Londres

Me encuentro en un momento de paz y armonía conmigo misma (y tirada en la cama cual marmota), así que mejor aprovecharlo antes de que se esfume. No es que me considere de naturaleza agitada pero si hay un sitio donde puedas permanecer mes tras mes sin parar, saltando de plan en plan, ese es Londres. Una ciudad alucinante, con sus ventajas y sus inconvenientes, parte de los cuales dependen de la mentalidad de cada uno, desde mi punto de vista.

¿Cara? Naturalmente, de las que más, pero también es cuestión de indagar un poco y hacerse con un alquiler aceptable y unas compras de primera necesidad económicas, cosa que no resulta de gran dificultad disponiendo de algún mercadillo por los alrededores, que no son pocos, y algún centro comercial con tiendas tan maravillosas como el Poundland, entre otras. Si ya te metes en movidas mayores como hipotecas e hijos, me callo.

No obstante, hoy no he venido aquí a luchar por la capital británica sino a comentar mi propia experiencia habiendo transcurrido nada más y nada menos que un año desde que llegué. Ya era consciente de esto pero aún más lo he sido al ordenar un cajón cualquiera de mi habitación y encontrarme con lo siguiente.

Billete avión

El primer billete de avión invertido en mi cruzada británica. El primero de unos cuantos que le seguirían posteriormente, y ya si cuento los de tren y autobús, apaga y vámonos. He comentado alguna vez que admiro a la gente que coge su maleta y se lanza a la aventura (la mayoría de los casos tampoco ha tenido otro remedio). Yo no soy así: contraté a una agencia para que me buscara las prácticas y el alojamiento. Qué queréis que os diga, cuanto más cómodo me lo pusieran, mejor. Total, las iba a pasar putas igualmente en los inicios.

Un primer mes y pico de inseguridad, incertidumbre, altibajos. Cuidado, nada de arrepentimiento. ¿Para qué, si el cambio era consecuencia directa de la decepción hacia un país que no me daba trabajo ni a la de tres? ¿Y qué somos sin una ocupación determinada, por mucho que nos guste el sofing? No obstante, no vine con perspectivas de volver en cuanto mejorara la cosa (para lo que, de todas formas, queda un tiempecillo), más bien con una visión plenamente abierta. Podría volver en unos años, décadas o nunca, no albergo especial apego a España, lo tengo hacia a la gente, que es la que me hace moverme y tener ganas de regresar a mi tierra por unos días cada pocos meses para recuperar el calor familiar y de las amistades de toda la vida (o quizá algo más recientes pero igual de importantes para mí), y sobre todo para despejarme del frenético ritmo de vida londinense, aunque al final nunca descanse mucho como tal.

¿Por qué insisto tanto en calificarlo de frenético? Porque, a menos que pongas especial empeño en aislarte, vas a tener ocupaciones día sí y día también. Ya sean museos, musicales, cervezas, exposiciones, visitas de amigos, cenas, obras teatrales, viajes y un sinfín de posibilidades, aparte del tiempo de vida que te ocupe tu trabajo, claro está. ¿Que Londres es caro? Sí, pero creo que el acceso a toda esta corriente artística y cultural compensa con creces, y más teniendo en cuenta que una parte considerable de ella es gratuita, solo hay que saber encontrarla. Me ha venido de bien acostumbrarme al café para suplir horas de sueño… ¡Qué escaso descanso pero cuántas anécdotas para el recuerdo!

café dibujo hoja

Pues eso, que tras un primer mes y pico de inestabilidad emocional absoluta, las cosas de repente comenzaron a encarrilarse. Mucha más confianza en el trabajo, gracias a unas compañeras fantásticas, todo hay que decirlo; una segunda y última mudanza a la residencia que se convertiría en mi hogar hasta ahora, y donde me hallo totalmente a mis anchas; el establecimiento del sano hábito de cocinar mucho más a menudo y la forja de lazos amistosos más fuertes, junto con esa aparente simple pero ardua tarea mental de adaptarse a las costumbres y horarios británicos. Todo este conjunto daría lugar a una experiencia de lo más apacible y excitante a la vez, en la que sigo inmersa sin fecha de caducidad a la vista. Y habiéndome apuntado al gimnasio por fin, con un par.

Ni el clima me ha amedrentado ni la comida me ha afectado especialmente. Tampoco es que lleve mis raíces españolas en vena clamando por jamón serrano y un sol de infarto, la verdad, pero sí que debo destacar el verano como periodo especialmente intenso, y no por la mejora meteorológica, aunque el desarrollo de la estación se viera altamente favorecido por ella, sino por todo el movimiento turístico que conllevó. A ver, yo viajaría en invierno también pero la gente prefiere el verano, qué se le va a hacer.

El pasado 29 de octubre pasé a ser una auténtica empleada en mi empresa. Algo habrán visto en mí (¡já!). Indescriptible la sensación de dejar de ser una becaria, aunque tampoco me sentí como tal durante los primeros 9 meses. A la vez que tampoco veo tan fácil verse como una auténtica empleada recién contratada tras haber estado de prácticas, sigues siendo un poco multiusos pero bueno, creo que unos cuantos me entenderéis y supongo que también dependerá de la experiencia personal de cada uno. Que conste que habré servido cafés tres veces como mucho en todo este tiempo, y tampoco este tema está tan mal visto por aquí, todo el mundo se ofrece diariamente a traer algo a los demás. Total, que me enrollo, el caso es que me encuentro a gusto en mi ámbito laboral, que no es moco de pavo.

Y aquí estoy, medio en shock, tratando de asimilar que realmente ha pasado un año. Un año en el que he me he curtido muchísimo, me he probado a mí misma, he conocido a una inmensidad de gente, he sufrido y he sido feliz. Y sigo sintiendo que me queda una eternidad por experimentar.

Cuanto más se vive, más se quiere vivir. ¿No es así?

Tres meses en Londres

Muy buenos y tempraneros días para la hora a la que me acosté. Hace bastante tiempo que perdí la capacidad de quedarme durmiendo hasta las tantas de la tarde después de trasnochar, lo cual resulta una auténtica pena ya que no por eso suelo aprovechar más estas horas en vela.

¡Pero hoy no es el caso, que llevaba más de una semana sin escribir! Pues eso, llevo tres meses en Londres. Hoy, tres meses y un día. Me vine un 12 de febrero (o el 11 incluso… Buena memoria, María) para Londres, esa ciudad tan llamativa, atractiva, conocida y respetada a nivel mundial, ¿verdad? Ya me imaginaba que sería bastante cosmopolita, pero este nivel se sale de lo normal. Nunca se sabe de qué vas a estar rodeado en el metro, por las calles, los locales. Escuchas acentos de todas las nacionalidades, reconoces a mogollón de españoles cada día que te asomas a las multitudes. En el metro de Madrid, probablemente te cruces con gente de toda España y bastante de fuera, pero en esta ciudad lo difícil es encontrarte con británicos.

Volviendo al tema que me trae hoy por aquí: ¿está valiendo la pena? Por supuesto. Durante mi primer mes y medio aquí, la verdad es que las cosas no fueron en absoluto fáciles. La gente te ayuda mucho, desde luego, desde los compañeros de trabajo hasta las propias personas a las que les consultas algo por la calle, pero nunca imaginé que tendría que mudarme dos veces en ese tiempo y pasar por tal desfase económico entre unas fianzas y otras, alquileres y la vida en general en esta ciudad, que se acopla totalmente a la definición de “muy cara”, aunque sigo pensando que esto es cuestión de ir explorando sitios. Todo ello sumado a un batiburrillo de movidas personales complicaron en gran medida mi adaptación a este país pero puedo asegurar firmemente que en ningún momento pensé en volverme, se quedó en que estaba teniendo una suerte de pena.

A pesar de llevar tres meses, al tener otros tantos por delante durante las prácticas que estoy haciendo, no me he afanado en hacer demasiado turismo, solo al recibir un par de visitas, pero realmente lo básico de Londres lo tengo más que visto. Ahora la idea es profundizar todo lo posible, investigar a fondo esta fantástica oferta cultural y de entretenimiento que cada día nos brinda la capital británica. Es decir, pasar de lo que vería un turista a lo que viviría un ciudadano local y de cotidianeidad ya establecida. ¡En Trafalgar Square mismo hay un concierto cada vez que paso por allí!

Tampoco estoy segura de ir mejorando muchísimo mi inglés. En gran medida, comparado con cómo vine, apuesto a que sí, pero me veo un pelín atascada. Sigo pensando que el aprendizaje es una cuestión de lo más autodidacta, al igual que toda cualidad o capacidad que se quiera potenciar en uno mismo al máximo, así que ahí voy, medio enganchada a Lost en versión original (a buenas horas; gracias, FBI, me quedaré en la primera temporada) con subtítulos, que si no no pillo ni jota; escribiendo dictados de esta maravillosa página web (vais a “Levels” y probáis en cuál no os desesperáis escuchando y redactando), con libros en inglés pendientes de coger (cuando acabe Leviatán de Paul Auster en español, que me está encantando) y ojeando la portada del periódico The Guardian todo lo posible, aunque ya solo con la mitad de los títulos me quedo descolocada, estupendo…

A su vez, esos autorrealizadores hábitos como son el cocinar comidas medianamente decentes (junto con apartarse del consumo de chocolate diario, maldita sea, qué abuso, no sé cómo quepo aún en mi ropa) y hacer algo de ejercicio también se hallan en proceso de adoptarse por completo. Vienen y van pero sé que muy pronto se quedarán. Sinceramente, se puede comer de manera sana perfectamente aquí si pones un mínimo de interés y esfuerzo en ello, aunque naturalmente la dieta mediterránea siempre será la mejor, al menos para mí. La dieta de mi madre, vamos.

¿Vida social? A saco, sin duda. Opino que es extremadamente fácil conocer a mucha gente de sopetón cuando llegas nuevo a un sitio, aunque a la vez creo que luego te vas definiendo, decantando más por unos que por otros, averiguando lo identificado que te sientes en unos círculos determinados… La mayoría de los cuales, como no podía ser de otra forma, son españoles. Muy mal, fatal, terrible, lo sé. Aún cuento con otros tantos (los menos) con los que hay que ponerse angloparlante, pero tengo que pulir este tema urgentemente. Probablemente una acertada opción sería compartir piso con extranjeros si me quedara en este país, mas para tener esto confirmado he de encontrar una ocupación estable tras las prácticas. Ya se verá, queda lejos aún.

España se echa de menos, sin duda. O más que España como tal, la familia y los amigos. El clima no me afecta mucho que digamos, aunque hemos tenido un mes largo de lluvia intermitente bastante pesado, pero la parte emocional es la que toca la fibra sensible, por muy independiente que me considere. Hace unas semanas me hice a mí misma el propósito de tratar de visitar Jerez al menos una vez cada dos meses (distíngase a la derecha mi querida luna llena de cuando estuve allí en Semana Santa). No me gustaba nada la idea de ver a mis padres 3 veces al año, la verdad. Sin embargo, los vuelos están carísimos. Valiente boquete económico está hecho esto. A Madrid también se intentará ir, por supuesto, lo considero mi segunda casa (ya llevo tres, a ver cuál es la siguiente tras Londres) pero bueno, como todo actualmente: “a ver qué pasa”.

Total, que animo a huir a todos los que aún no os hayáis atrevido, aunque sea temporalmente. Tenía pendiente irme al extranjero desde la carrera y si ha ocurrido este año es porque era el momento idóneo. Me mantengo activa, hago currículum, conozco gente y lugares nuevos y, en general, vivo una experiencia tan recomendada como útil para la retroalimentación vital. Eso sí, alucinante lo rápido se me está pasando, qué vértigo…

Y con esto y un bocata de lomo (me lo trajo mi última visita española :D, gracias!!!), me voy en breve a Hyde Park de picnic. ¿Quién dijo que los domingos son un asco? ¡Que paséis un buen día!

Mileurista, ¡qué suerte!

Ya me estoy volviendo a descarriar un poco de la blogosfera, pero todo tiene su explicación: últimas semanas de curso y, de hecho, de la carrera. Y tampoco es que haya mucha variedad últimamente en mi vida: levantarme, trabajos en casa, pasar calor, comer, clases, ir a Sol, dormir poco y vuelta a empezar. Tampoco he ido a Madrid todos los días, sería jugármela mucho y no disfruto tirándome casi una hora en autobús y metro de ida y otra de vuelta. Menos mal que en un mes abandonaré el pueblo este (Villaviciosa de Odón, por las dudas), que no me disgusta pero ya va siendo hora de cerrar etapas.

¿Y qué expectativas tengo? Pocas. Porque nos han enseñado a esperar poco. Nos han inculcado que entrar en un curro de mileurista recién licenciado es para estar agradecido. Nos han metido en la cabeza que tenemos suerte de estar a los veinti y pico años haciendo “algo” (no entremos en detalles para no aumentar tristezas) porque “la cosa está muy mal”. Pero yo me pregunto… ¿hasta dónde tenemos que aguantar? Me desvinculo momentáneamente del movimiento 15m, democracia real ya y demás para centrarme en esta cuestión específica. Vamos, en mi situación:

Fin de carrera, doble licenciatura a cuestas, unos meses de prácticas en una empresa (aparte de las tropecientas hechas en la universidad, menuda gracia hace que no cuente esa inmensidad de horas para el currículum), un curso de Community Manager y Comunicación 2.0, inglés medio (creo que bastante más que medio pero siempre me da respeto marcar “alto”)… ¿para esto? ¿Cómo te pagas la vida con 400 euros al mes (en caso de prácticas, y mucho es)? ¿Cómo ahorras para un proyecto de vida con 1000 euros (en un empleo a jornada completa)?

Pues eso, que todo acaba, suma y sigue en un largo proceso de frustración personal, de conformismo, de desesperanza, de falta de exigencia y de amor propio. Pero, por ahora, estaremos ahí para ocupar todos esos puestos que no demuestran lo que valemos, mientras esperamos pacientemente a alcanzar esos otros cargos con algo de más sueldo y que actualmente dictan en sus requisitos “al menos un año de experiencia mínima”. Me parece estupendo, pero cuando me encuentro tropecientas ofertas que piden un año, dos, tres, cinco, e incluso diez he llegado a ver (a riesgo de darme un patatús), una ya se dice a sí misma (porque a ellos no puede): a ver, majos, ¿cómo **** consigo esa “mínima” experiencia si NINGUNO me dejáis empezar a adquirirla?

Y ya esas maravillosas prácticas que te van ofreciendo para los últimos años de carrera y recién salido de la universidad son la repanocha. “Vente, vente con nosotros, que vas a aprender mogollón durante seis meses a cero euros, ¡harás currículum!”. ¿Perdona? ¿Trabajar gratis? ¿Y encima debería dar gracias por “la oportunidad”? ¿Una línea en mi CV vale más que mi tiempo y mi esfuerzo? ¿Tanto como para que mi premio se limite a mi mentalidad (resignada) y no a una patética remuneración económica, que (no me jodáis) no os costaría tanto ofrecer?

Que sí, que todos buscamos la satisfacción personal en nuestro trabajo y es muy importante, pero la pasta siempre será un elemento, cuanto menos, fundamental. Joder, es que 300 ya son algo, por favor, aunque sea para el alquiler, sin más gastos, pero… En serio, ¿cómo se puede tener tanta cara dura de poner un pedazo de “0” al lado de “Remuneración:”? Lo peor es que las empresas más pequeñas o menos poderosas sí recompensan, mientras que las que se cuidan menos de pagar son las grandes, conocedoras de que, si no entra uno, entra otro, aunque lo más contante y sonante que reciban en sus bolsillos sea el boli de propaganda.

En fin, pocas opciones quedan. Algunas son manifestarse, concentrarse, ya que se puede y ha pegado fuerte, mucho más de lo que esperábamos, hay que tratar de aprovecharlo, a ser posible con la mejor organización y transparencia posibles. Por lo demás y mientras tanto… El famoso dicho, ajo y agua, lo que viene a ser: a joderse y a aguantarse.

Cánceres anónimos

Hoy he conocido a una persona con cáncer.

Ya no es alguien demacrado, con ojeras y calvo, pero en su día fue algo parecido, o peor. Ahora se está recuperando, se encuentra en la fase final de la rehabilitación, y me lo comenta con una sonrisa en los labios y un tono de despreocupación que me aturde ante la consistencia de la noticia. Dentro de muy poco, solo le quedará una serie de revisiones de rigor cada varios meses que nada tendrá que ver con la larga tortura que me ha contado y que, a pesar de la naturalidad de sus palabras y la alegría de su tono (dejando claro que las ha pasado muy putas), me ha dejado con el pecho sumamente encogido.

Sin saber lo que tenía, yendo médico tras médico, y todos sin tener ni idea, por medio país, pasaron dos años. Dos años de incomprensión, de lucha, de superación, de insomnio, de terrible supervivencia. Dos años adolescentes, dos años que no se merece ningún ser humano, y menos a esas edades. Parte de su juventud robada y tirada al vertedero.

Hasta que no se puso de manifiesto un auténtico síntoma físico, toda explicación se iba hacia el “estrés doméstico”. Razonamientos vagos e injustos. Tuvo que ponérsele un bulto del tamaño de un trolebús en la garganta para llegar a alguna conclusión. Resultado: quimioterapia. Cinco sílabas que dan pánico. “Mamá, lo único que no quiero es que se me caiga el pelo”. Se le cayó. Radioterapia. Suena menos impactante pero la misma mierda es. Un año más de doble vida, de sufrimiento, de constancia, para llegar a ser una persona completamente normal.

A pesar de todo, nunca dejó de intentar llevar una vida corriente, aunque a veces las circunstancias, como tener fiebre cada 15 días durante una temporada, le dejaran apenas con posibilidades para seguir adelante como los demás, sobre todo dándole ellos de lado en vistas de su deplorable situación, que ya hay que tener maldad y desconsideración. Y aún así, trata el asunto como una etapa más, jodida pero que forma parte de su ser y que, “quieras que no, es una experiencia”, declara, mientras le miro con ojos como platos asimilando el relato y su optimismo.

Admiro profundamente su fortaleza y me doy cuenta de un aspecto muy interesante, curioso y algo triste de mi existencia: la completa ignorancia en torno a verdaderos problemas que no paran de rodearme en cientos de sujetos anónimos. Sucesos, enfermedades, tragedias ficticias en cine e inesperadamente reales, que llegan un día de repente y me desmontan cual castillo de naipes la perspectiva de una persona, de la gente y del mundo.

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