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El flamenquito del cercanías

Cuando cogí el cercanías el sábado por la mañana de camino a Atocha para ir a Jerez, no me esperaba encontrar a tal personaje.

Se trata de un viejecillo que procedió a recorrer el vagón tomándose su tiempo y sin dejar de hablar a la vez que a cada ratito se daba él solo un zapateado curioso acompañado de los toques de su bastón en el suelo al compás de los pies.

No es que bailara, no, el hombre no estaba para esos trotes, pero sí que portaba un rostro bastante carismático. Miraba a la gente a medida que iba pasando y estuve largo rato intentando concentrarme para hacerle una buena foto, pero me habría pillado en seco de hacérsela de frente y no me atrevía porque todavía no sabía si estaba loco, borracho, medio zumbado o cantando simplemente por caridad, así que decidí, al bajar en la estación y divisarlo a lo lejos, sacar la mejor perspectiva que pude desde el piso superior.

Ya antes de bajarme del cercanías deducí que daba su espectáculo para pedir dinero, ya que vi a un muchacho darle algo y poco después, precisamente desde las alturas, lo contemplé tanteando el monedero ese entre las manos.

Un ser atrevido y peculiar aquel. Las únicas palabras que capté más o menos de la retahíla que soltó fueron: ¡hay que cambiar el móvil! Supongo que hablaba de la crisis…

Hablando de viejos… me merezco una paliza por un gran fallo que cometí a la vuelta del puente. Iba en el Talgo y había un señor durmiendo en mi asiento. Pensé que le habría tocado la silla del pasillo y me fui a colocar mi maleta. Entonces al volver vi a una mujer que se iba a sentar en ese asiento y les pregunté, porque ya resultaba más rara la cosa. Resulta que el hombre se había confundido de asiento. Bueno, él no, la azapata subnormal y zopenca que le llevó al coche 7 en vez de al 6, como ponía en su billete. Yo aludí que podía moverme yo al otro vagón pero entre pitos y flautas vi al viejo levantarse… con la ayuda de la otra mujer, bastón en mano y un paso más que vacilante. Me entró un apuro de la hostia, ya que ni de coña me imaginaba que estuviera en ese estado, ni siquiera lo veía muy mayor en sí, e intenté inútilmente arreglarlo toda apurada: “¡no, no, no, quédese sentado, yo me voy al otro vagón!”, pero él dijo que no importaba, y allá que se puso en camino…

Valiente mal cuerpo que tuve mientras lo veía moverse a través del pasillo con la otra mujer detrás llevándole la maleta y valiente el malestar que me acompañó durante parte del viaje.

Ya has aprendido algo nuevo, puñetera y despreciable levanta-viejos de sus asientos. El procedimiento suele ser al revés: los jóvenes ceden su sitio a los mayores.

Primer premio a la ineptitud.

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