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Camino de Santiago (VI), Sarria-Portomarín

Para mí, la mejor etapa. Para A, me da que de las peores, debido a que se cambió los zapatos con F para que este fuera mejor. La consecuencia directa fue un tremendo mal rato para A, sobre todo en las cuestas abajo por lo visto (no había visto a nadie que se pusiera a tocar las palmas para combatir el dolor xD, evidentemente, lo hacía de cachondeo), y no me extraña con aquellas botas, de las que se vengarían ambos estrellándolas contra el suelo y tirándolas a un contenedor al día siguiente.

Pues eso, esta marcha es la que menos que costó y la que más disfruté. Me resultó la más bonita de todas y ya al llegar a Portomarín el paisaje se pasa de bello, como podéis observar en la imagen. Solo nos quedaba cruzar ese puente. La cola del albergue era ya considerable pero se trataba de uno de los más espaciosos, así que no hubo problema. De hecho, los mismos catalanes a los que habíamos dejado nuestras plazas en Sarria se encontraban allí, y nos cedieron su puesto porque pensaban caminar unos 13 kilómetros más. Que me mataran para hacer 13 kilómetros más a partir del mediodía, vamos. Solo sé el nombre de uno de ellos: Emanuel, creo. Rubio, simpático, con unos ojos verdes claros bastante llamativos y, en conjunto, un cachondo mental. Allá que se largaron él y los otros dos, que eran pareja, chico y chica.

Total, que nos duchamos, compramos la comida (para no variar) y tuvimos el mejor almuerzo peregrino del camino. Exacto, esa pedazo de fuente con arroz y habichuelas. No voy a decir que estaba ultra soberbio pero sí bueno, se dejaba comer muy a gusto, sobre todo ante la perspectiva de más bocatas de no ser por la cocina del albergue.

Y nada, echamos parte de la tarde en la piscina del pueblo y para cenar nos hicimos otra buena fuente de pasta, en este caso macarrones. La última parte del día concentró lo mejor, como de costumbre: charlando en la plaza principal, siendo fotografiados en comuna para, en teoría, publicarlo en La Voz de Galicia del viernes (pero no salimos, normal, a saber cuántas fotos llevaría el notas), conociendo a la futura alcaldesa de Portomarín (que más que eso me dio la impresión de ser una zumbada, con el desparpajo que me traía) y, tatatachán, hablando con Fréderic. Él se estaba quedando en el polideportivo y cuando apareció, al ratillo sacó la guitarra y dio la casualidad de que se sentó a mi derecha, y lo escuchamos y empecé a conversar con él. Y así seguí hasta que a las 23 de la noche ya tuvimos que retirarnos. Me encantó conocer a alguien tan agradable de forma tan espontánea, y de paso practicar el inglés.

Fréderic es rubio, moreno de piel (en ocasiones rojo), de ojos azulísimos, pelo largo que no se peina desde hace tres años (ya decía yo que eso más que rastas parecían nudos, aunque sí se lo lava), 34 años, de los cuales se ha pasado caminando los cuatro últimos, en especial por Asia. Me gusta mucho su sonrisa, sincera, le hace más joven. Es posible que ahí comenzara una curiosa conexión entre ambos, o que me agrade imaginarlo pero vamos, creo que sí :).

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