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La verdad sobre el caso Harry Quebert

La verdad sobre el caso Harry Quebert portadaUn entretenido relato de intriga que te mantiene en ascuas hasta la última página. El autor, Joël Dicker, transmite a los lectores la frustración del protagonista, Marcus Goldman, un escritor cuya inspiración parece haberse esfumado tras su primera novela de éxito. Pide entonces ayuda a su mentor, Harry Quebert, quien muy pronto se ve envuelto en un embrollo legal que absorbe a Goldman por completo y le hace luchar hasta el límite de sus fuerzas para encontrar la verdad.

Dicker ha sabido equilibrar acertadamente el riego de información a través de saltos en el tiempo para ir contando su historia y suscitar un interés y una tensión crecientes, intercalando a su vez un consejo de mentor a protagonista al inicio de cada capítulo que bien podrían servir de utilidad para muchos otros que actualmente se encuentren también atascados a la hora de escribir o que simplemente necesiten una pequeña guía. A lo largo de esta obra, las pistas se suceden y nuevos personajes aparecen a distintas velocidades ante los ojos del lector, invitando a saber más.

Me he permitido transcribir algunas frases y párrafos que me han gustado:

“Las crisis de la página en blanco son tan estúpidas como los gatillazos: es el pánico del genio, el mismo que le deja la colita desinflada cuando se dispone a jugar a los médicos con una de sus admiradoras y en lo único que piensa es en procurarle un orgasmo tal que sólo se podría medir en la escala de Richter. No se preocupe de la inspiración, conténtese con alinear palabras una tras otra. El genio viene de forma natural.”

“El arrepentimiento es un concepto que no me gusta: significa que no asumimos lo que hemos sido.”

“- Harás algo importante en la vida. Creo en ti.
–  Soy demasiado viejo. Mi vida ha pasado.
– Nunca es tarde. Mientras uno no muere, tiene la vida por delante.”

“Y en ese instante me di cuenta, […], de que probablemente nunca había conocido el amor. Que seguramente mucha gente no había conocido nunca el amor. Que en el fondo se conformaban con buenos sentimientos. Que se enterraban en la comodidad de una vida vulgar y que se perdían sensaciones maravillosas, que son probablemente las únicas que justifican la existencia. […] La gente cree que se ama, y entonces se casa. Y después, un día, descubren el amor, sin ni siquiera quererlo, sin darse cuenta. Y se dan de bruces con él. En ese momento, es como el hidrógeno que entra en contacto con el aire: produce una explosión fenomenal, que lo arrastra todo. Treinta años de matrimonio frustrado que saltan de un golpe, como si una gigantesca fosa séptica en ebullición explotara, salpicando todo a su alrededor. La crisis de los cuarenta, la cana al aire, no son más que tipos que comprenden la fuerza del amor demasiado tarde, y que ven derrumbarse toda su vida.”

“La información es un flujo infinito en un espacio finito. La masa de información es exponencial, pero el tiempo que le concedemos es limitado y no se puede extender. El común de los mortales le dedica, ¿cuánto?, ¿una hora diaria? Veinte minutos de periódico gratuito en el metro por la mañana, media hora de Internet en el despacho y un cuarto de hora de CNN por la noche, antes de acostarse. Y para llenar ese espacio temporal, ¡el material es ilimitado! En el mundo pasan un montón de cosas repugnantes, pero no se habla de ellas porque no hay tiempo. […] Periodo de atención: quince minutos en la CNN por la noche. Después, la gente quiere ver su serie. La vida es una cuestión de prioridades.”

“Ahora basta con suscitar el interés de una forma o de otra, con crear el buzz, como dicen, con hacer que hablen de uno, y con contar con la gente para que hable de usted en las redes sociales: tendrá acceso a un espacio publicitario gratuito e infinito. Gente de todo el mundo que se encarga, sin darse cuenta siquiera, de hacerle publicidad a escala planetaria. ¿No es increíble? Los usuarios de Facebook no son más que hombres-anuncio que trabajan gratis. Sería estúpido no utilizarlos.”

Un día diferente

Pues resulta que ayer no solo fui a la peluquería, sino que como tenía la tarde libre decidí tirar para Madrid en vez de permanecer aplanando el culo en el sofá. El corte no me gustaba y por otra serie de circunstancias me empecé a embajonar de una forma un tanto curiosa, así que me sorprendí viéndome enfrente de la entrada de la exposición que tenía pensada ver y dándole la espalda para pasear por las calles. No me apetecía, no era el momento, tenía unas cuantas cosas en la cabeza que no me iban a ayudar a disfrutar de las fotografías, por lo que caminé.

Llamada telefónica, breve chispeo lluvioso y McFlurry. No me habían bastado las calorías del telepizza de mediodía por lo visto. Llegué entonces a la paralela de la Calle Huertas, cuyo suelo está plagado de varias frases de escritores famosos. Como la calle era parecida, por un momento me quedé pensando: ¿dónde están las frases? ¿las habrán quitado? Vaya lo que da de sí un bajón. Cambié de calle sabiamente y las encontré, claro.

La verdad es que esa no es la que más me llegó, simplemente se trata de la única a la que le hice foto porque tampoco iba muy pendiente del suelo, ya os enseñaré todas las inscripciones un día de estos.

El caso es que recorría la calle Huertas cuando vi en un banco a una pareja, bueno, a un hombre y a una mujer, no sé si serían pareja, sentados con las piernas cruzadas, uno enfrente del otro y abrazados. En principio yo solo veía el rostro del chico, que se caracterizaba mayormente por cierto aire hippie y una edad que superaba los 25 seguro. Pero lo que más me llamó la atención realmente fue la forma en la que acariciaba con la mano la espalda de su acompañante. Era un movimiento pausado, circular, suave, como si el tiempo se hubiera parado solo para ellos.

Al pasarlos, giré la cabeza para poder ver el rostro de la mujer… Y realmente era una niña. O mejor dicho, una joven, que no sé cuántos años menos tendría que él; los suficientes como para que no resultase escandaloso pero sí para que picara la curiosidad hacia el motivo del interés de ella por el muchacho aquel. Sonreía, se le notaba la mar de a gusto y en su pompa, no existía nada más.

De forma totalmente espontánea, crucé la calle entera y volví sobre mis pasos para no perder la orientación hacia el Paseo del Prado, y los divisé en el mismo sitio, pero ahora compartían un momento aún más profundo si cabía. El chico tenía las manos en torno al rostro de ella, sujetándolo tiernamente mientras le susurraba al oído, y la chica mostraba una cara de felicidad aún más radiante que cuando pasé antes.

No tengo ni la menor idea de lo que se dirían ni de la relación que mantendrían, pero afirmo rotundamente que brillaban con toda su fuerza la tarde del 7 de octubre en la calle Huertas, en aquel momento transitada de forma fluida pero escasa. Era tan grande lo que desprendían… Podría decir por sus expresiones y sus extremadamente dulces, sutiles e intensos gestos, como si fueran de cristal o de porcelana, que parecían estar haciendo el amor allí mismo.

Está claro que no hace falta ir ligero de ropa para levantar pasiones allá adonde se va, para hacer que la gente se gire a mirar y encuentre una imagen maravillosa e íntima entre dos personas que solo ellas saben lo que se están transmitiendo, pero a la vez lo gritan sin querer a los cuatro vientos y sin importarles nadie ni nada que pase a su alrededor.

Tras este lapsus amoroso, proseguí mi camino, pero sumida en mi desamparo mental me entraron muchas ganas de contactar con un par de amigos, solo que la mala (o buena, o casual) suerte quiso que uno estuviera camino de su casa, situada en Murcia, por el puente y que otro no me cogiera el móvil.

Entonces, más quemada que un pinchito a la brasa, llegué a la Plaza de Cibeles, enfrente de la cual se halla el Palacio de Comunicaciones, y grande fue mi sorpresa cuando descubro al lado de una de sus torres… ¡el arcoiris!

No tengo ni idea de cuánto hace que lo había visto por última vez pero fue como una aparición milagrosa, una iluminación para levantar un poco aquel día que no estaba saliendo ni como esperaba ni como mínimamente merecía. Una escena preciosa y esperanzadora. Un baño de color en pleno océano grisáceo y anaranjado que no auguraba una noche de fiesta precisamente.

Ya en casa, sospechas confirmadas: no iba a salir ni Dios. Pero LP se encargó de engancharme para ir a casa de su novio y compañeros de piso a echar partidas de juegos de beber, lo cual me pareció un fantástico plan después de haber escuchado caer una tromba de agua sobre mi ventana, aparte de que molaba cambiar el típico plan de hacer botellón tal cual. Resultado: me harté de reír jugando al Señor del Tres. Enorme el ridículo de tener que descojonarse y hablar solo con la “i”, no poder decir las palabras “sí” y “no”, entre otras normas muy jodidas de cumplir a rajatabla.

A las 2 de la mañana levantamos el campo por fin para ir LP y yo a los bares. Los chicos estaban para el arrastre así que nada, allá que fuimos las dos y entramos en La Calle. El único movimiento que había allí era el del camarero, que tardó poco en ponernos el primer chupito. Permanecimos en el pub hasta que cerró, cayendo otra oleada de risas y desvergüenzas varias, y para casa, en cama a las 4, destrozadísima y muy satisfecha de la noche, distinta y estupenda.

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