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Camino de Santiago (IX), Arzúa-Santiago

Sábado 24 de julio de 2010, año Xacobeo. Prepárate a morir. De Arzúa a Santiago hay 38 kilómetros y son los que se iban a hacer aquel día. No había dormido demasiado bien, me había despertado muchas veces y cada una de ellas era más extraña que la anterior, sobre la media colchoneta del polideportivo. Nada más levantarme, el dolor de pies se me hacía difícilmente soportable. Venda, apósitos, vaselina (ya esta era para nada, se supone que previene las ampollas pero ya las que habían salido no las iba a quitar)…

Antes de acostarnos la noche anterior, una muchacha de rostro angelical se había acercado a preguntarnos si íbamos a ir directamente a Santiago, y manifestó su deseo y el de sus compañeros de hacer lo mismo en vez de llegar allí el domingo, pero dependían de lo que le permitieran en el grupo, que no sé quién se encargaría de llevarlos. Tras desearle suerte y que Boris fallara en su intento de recibir un beso de la chica, a la mañana me la crucé y le pregunté pero nada, no les dejaban, qué lástima.

Total, después de una hora y media larga caminando, a mi ritmo y acompañada de PA mientras que los demás a saber por dónde iban, no pude más. Ya estábamos por el kilómetro 30, pero el dolor no remitía. Los pies ya se habían calentado, y seguían inquebrantables en su reventaera… Así que, para mi vergüenza, después de pensarlo mucho, llorar, desviarnos y acabar esperando en un bar, tuve que coger un taxi. PA se portó genial conmigo, aunque lo llamé pesado varias veces de lo cabezota que estaba por no dejarme sola, el pobre.

Ya en soledad, seguí debatiéndome conmigo misma en torno a dejar al taxista la maleta y yo seguir caminando, aunque fuera a mi ritmo… pero es que daba igual el paso al que fuera, me ardían, me dolían, me reventaban, se me descuajaringaban, me moría a cada paso, y mira que estaba cabezota pero nada… Llega el taxi y el buen hombre, con un acentazo gallego que no me permitió entender el 70% de lo que me decía, conseguí entender su proposición: montarme, ir hasta el Monte Do Gozo (a cinco kilómetros de Santiago) y durante el camino que decidiera si me dejaba donde me había recogido o me quedaba ya allí.

Por ahí me metí buscando un baño. Me gustaba pasar las manos sobre las plantas a la altura de mi cabeza.

Claro… después de recorrer todo aquello en coche, sintiéndome como una jodida perdedora pero con la misma tortura física ya permanente, me quedé en el monte. Qué puto asco. 25 kilómetros al carajo. Llamé a mi madre y, mientras dejaba salir (por fin) las últimas lágrimas del camino, me dijo claramente que me quitara las tonterías. Así que me compré una caña de chocolate y, cuando la acabé, me senté a la altura de un murito que había por allí, me puse la gorra negra y las gafas de sol y procedí a entretenerme un rato escribiendo, mientras esperaba a que llegaran los demás para recorrer los últimos 5 kilómetros con ellos.

¿Qué pasó? Que estaba yo con la cara agachada ahí en mi esquinita enfrascada en el cuaderno cuando de repente escuché la voz de R, aquel malagueño que conocimos en Triacastela, nada más llegar al camino francés. Alcé la mirada y dudé por unos segundos, ya que tenía el sol de fondo cegándome brutalmente y dejándome ver solo su silueta, pero aquel tono era inconfundible. “¡María!” exclamó cuando le llamé. El pobre tenía unas tendinitis de la hostia, así que, cada uno lisiado a su manera, decidimos tirar para Santiago a nuestro ritmo.

Casi dos horas después, con un calor del copón y habiendo atravesado media ciudad, llegamos a la cola para que nos dieran la compostelana, el documento que certifica que has hecho el camino de Santiago, para el que hay que enseñar la compostela con los sellos de los pueblos y tal. Dos horas más esperando, llegaron los demás chicos y todo, fui a verlos, estaban en la plaza de la catedral tirados, muertos del cansancio. Volví a la cola, que me llamó R porque estaban a punto de darle la compostelana y como me habían dicho que si incluyes los “motivos religiosos” el documento es más bonito pues yo lo dije, aunque fuera un embuste brutal.

Vuelta a la plaza. Este fue un rato raro, como de tránsito para mí. Miraba a los demás, tumbados en el suelo, apenas sin hablar, apoyados en las mochilas y mirando hacia la catedral. Hice lo propio mientras me sentía de nuevo, ahora aún más fuerte y conscientemente, como una puñetera fracasada, una pringada fuera de lugar entre los que se habían hecho los 38 kilómetros íntegros.

Por suerte, se me pasó sin darme cuenta entre que vigilaba las esterillas en el espacio que habíamos cogido, permanecíamos pendientes de si había algún sitio donde quedarse aquella noche, mantenía la conversación más normal que he podido tener con Boris (junto con una litrona, por supuesto) y, finalmente, nos movíamos de la plaza porque ya los demás no podían acceder desde fuera (post-entrada de los reyes y todo).

Lo siguiente consistió en organizarse un poco, llevar algunas cosas al coche (mientras esperábamos algunos sentados en otro sitio, nos preguntábamos por la presencia de una misteriosa mujer al lado… yo me sentía como si jugara al pollito inglés con ella, porque cada vez que me giraba se encontraba más cerca, ya no sabía qué pensar), comprar la bebida y, a las horas, posicionarnos cerca de la plaza para ver los magníficos fuegos artificiales a las 12 de la noche por el día del Xacobeo, el 25. Entonces nos retiramos a cenar, algunos en un burguer, y el resto de la noche, hasta las 4 de la mañana aproximadamente, lo pasamos junto a un escenario que había por unos jardines cercanos. Bailé un poco de salsa con F (qué arte tiene, joé), dimos vueltas y me lo pasé bastante bien. Ya estábamos en Santiago, con el más que merecido alcohol. Hice una ronda con PA de pedida de hielos. Nunca lo había hecho antes pero tuvimos bastante éxito. Yo iba a por los chicos y él a por las chicas. Fácil y sencillo. Se siente una poderosa y todo, consiguiendo lo que quiere xD.

Llegó un momento en el que ya el cansancio hacía mella y tampoco había nada más que hacer allí así que nos retiramos, AR y yo en taxi, hasta el coche de PA, en el cual dormimos 5 personas mientras que las demás, que yo supiera, pasaban la noche a la intemperie, claro que a las 4 horas ya no pude más, me salí del coche y me dijeron que habían estado metidos en la estación de autobuses, donde incluso hacía calor. Genial, gracias por la información (tardía). Pero bueno, qué más daba, ¡ya estábamos en Santiago!

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