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Gilipollas

Anoche, de fiesta, hubo un momento en el que realmente me asusté. Me acojoné mucho, me cortó el rollo, me emparanoié. ¿Qué pasó? Que estaba tan tranquila, contenta y animada bailando con mis amigas en una discoteca, de la cual hablaré después, cuando un Gilipollas, porque no merece otro nombre, se acercó.

Vale, una cosa es que se acercara e hiciera el intento de bailar conmigo, y otra muy distinta que el hijo de la gran puta me rodeara con los brazos y no me soltara durante varios segundos, que se me hicieron larguísimos, pero bien fuerte, hasta que, ultra agobiada, tuve que agarrarle de los hombros y echarle hacia atrás para escaparme de sus asquerosas garras.

Esto… ¿de qué vas? No solo estás violando mi espacio, sino también mi voluntad. No solo has roto la barrera y te has permitido establecer contacto físico conmigo, aunque solo fuera por la espalda para, de alguna forma, inmovilizarme, sino que no me dejabas salir de ahí.

No se trata de ponerme a llamar cerdos a los tíos ni nada, pero aquello me provocó una presión en el pecho y una impotencia… Tío, encima de que no quiero bailar contigo, ¿pretendes obligarme? Cada vez que rememoro esos instantes, me sobreviene un malestar de la hostia.

Porque no consiste exclusivamente en esos agónicos segundos en los que echaron por tierra el puñetero respeto a mi integridad física… es que así es como se somete a la gente, a las mujeres. Así es como una considerable cantidad de hombres ejercen su capricho sobre las mujeres, aprovechándose de su mayor fuerza. No voy a profundizar en el tema porque cualquiera me saltaría con que nosotras también tenemos lo nuestro, y soy más consciente que nadie de que muchas mujeres son unas pedazo de X y canalizan un chantaje emocional y una influencia psicológica del copón, pero no me quiero desviar de por donde venía.

El caso es que me dio mucho miedo, me quedé un poco trastocada, porque nunca me había pasado. Siempre me he visto responsable de mis actos, malestares, paranoias, porque todo está en mi cabeza al fin y al cabo, por mucho que hagan los demás, pero aquello… aquello no pertenecía a mi mente, aquello era incontrolable, aquello era un jodido gilipollas que me demostró que no se puede andar con chiquitas cuando empiezan a usurpar tu espacio. Y luego encima nos llaman “bordes”. Pues si me lo llego a esperar, más bien habría quedado de violenta, porque le habría pegado un rodillazo en los cojones de aúpa, por subnormal profundo.

En fin, supongo que alguna vez te tienen que pasar cosas así para seguir madurando… Y para estar más preparado, que nadie te pase por encima, que nunca se te pierda el respeto.

Que jamás (tanto metafóricamente como en un sentido tangible) vuelvan a tocarte un puto pelo si tú no quieres.

Pd: la discoteca se llama ReinaBruja (Madrid). Es una mierda como una catedral. 12 euros + 1 copa para entrar estando en lista y, aquí viene el verdadero problema: cuando por fin parecía estar animándose musicalmente hablando y dejando atrás el coñazo del reggaeton a eso de la mitad de la noche, vuelven al pachangueo cutre. Muerte a la Sarandonga, a la Bilirrubina y a todos sus puñeteros sucedáneos, ¿qué clase de ambiente fiestero es ese? Y encima, atestado de kinkis y chonis, que por poco tenemos bronca. Un mojón, horrible, no vayáis nunca.

Aún así, me lo pasé muy bien gracias a la compañía, todo hay que decirlo, que he dejado la noche un poco chunga.

Ahora, solo quedan por delante antes de las vacaciones y a grandes rasgos: otro reportaje para las prácticas (sobre el punto de cruz, ¡no te lo pierdas!), una maravillosa clase más del seminario de análisis fílmico, una entrega brutal de un trabajo 100×100 peñazo, el examen de un libro (Solaris) y sus adaptaciones cinematográficas, algún que otro paseo por el Madrid navideño y la noche de miércoles en la mejor fiesta que no me canso de mencionar: Zombie.

Es decir, quedan 4 días para volver a casa :D.

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