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De turismo por Madrid (II)

En el post anterior, os describí el recorrido Plaza de España-Gran Vía-Callao-Preciados-Sol-Plaza Mayor, ¿verdad? Pues vamos a ver cómo me sale este y por dónde acabo tirando. Partamos, ya que pasamos por allí, desde Callao, esta vez continuando con la Gran Vía hasta topar con la Fuente de Cibeles. Mítica. Os recuerdo que estas imágenes no me pertenecen, básicamente porque no hice fotos (y tampoco las tendría, me robaron el móvil).El edificio ha dejado por los suelos a la fuente pero hay que reconocer que El Palacio de Comunicaciones es imponente y digno de incluir, ya que está allí enfrente.

¡Hablando de móvil! En De turismo por Madrid (I) también comenté que la pérdida del susodicho me brindaba la oportunidad de adquirir un iPhone. Pues rectifico totalmente: le pueden dar por saco. Sabía que era caro, bastante caro, ¡pero no tanto! Nada, nada, un HTC más ancho que Pancho.

Prosigamos: a partir de Cibeles, vamos a dirigirnos hacia el sur por el Paseo del Prado, avenida bastante arbolada y apacible, para llegar a la Fuente de Neptuno.

Naturalmente, el Museo del Prado se encuentra más que visible y disponible en este Paseo para todo amante (y no tan amante) de la pintura.

Avanzando aún más hacia el sur, por un momento vemos a la derecha la calle Huertas, por la que no cogimos pero conozco de alguna caminata pasada y os recomiendo debido a sus citas y versos plasmados en el mismo suelo de la calle cada varios metros, pertenecientes a autores de la talla de Quevedo, Góngora o Juan Ramón Jiménez.

Más adelante, vemos, también a la derecha, el CaixaForum (con su jardín vertical al lado), donde a menudo se muestran exposiciones de lo más curiosas (como aquella de Isabel Muñoz que os comenté; disculpadme si el post sale algo trastocado, no sé por qué se me rebela su maquetación).

Atención ahora: ya viendo la rotonda frente a la Estación de Atocha, giramos hacia la izquierda por la Cuesta Moyano, famosa calle conocida por su feria del libro permanente (¡de donde me llevé a Robert de Niro!) cuyo final, tras una buena subida, culmina en una de las entradas al Parque del Retiro. ¿Puede haber ruta más bohemia?

Y hala, a pasear por el parque y a bordear sus construcciones más emblemáticas (el Palacio de Cristal, el Palacio de Velázquez, la macro edificación de enfrente del lago repleto de barcas, cuyo nombre desconozco ahora mismo si es que lo tiene…). En fin, enorme, hay que verlo (118 hectáreas, 1,18 km cuadrados, según la Wiki).

El Palacio de Velázquez nos sorprendió en su interior con una exposición un tanto extraña de dibujos explícitos, bélicos, difusos, retratos… En una pared destacó, en especial, la visión de siete u ocho estampas evolutivas de Franco, desde un estado bastante decente hasta uno altamente deplorable. Vamos, muerto, pero seguían siendo dibujos. Sin más.

Así pues, la ruta de hoy nos ha quedado así:

En el próximo post, ya solo quedarán un par de hermosos y monumentales parques por detallaros, si no recuerdo mal.

¡Que disfrutéis del fin de semana!

Un día diferente

Pues resulta que ayer no solo fui a la peluquería, sino que como tenía la tarde libre decidí tirar para Madrid en vez de permanecer aplanando el culo en el sofá. El corte no me gustaba y por otra serie de circunstancias me empecé a embajonar de una forma un tanto curiosa, así que me sorprendí viéndome enfrente de la entrada de la exposición que tenía pensada ver y dándole la espalda para pasear por las calles. No me apetecía, no era el momento, tenía unas cuantas cosas en la cabeza que no me iban a ayudar a disfrutar de las fotografías, por lo que caminé.

Llamada telefónica, breve chispeo lluvioso y McFlurry. No me habían bastado las calorías del telepizza de mediodía por lo visto. Llegué entonces a la paralela de la Calle Huertas, cuyo suelo está plagado de varias frases de escritores famosos. Como la calle era parecida, por un momento me quedé pensando: ¿dónde están las frases? ¿las habrán quitado? Vaya lo que da de sí un bajón. Cambié de calle sabiamente y las encontré, claro.

La verdad es que esa no es la que más me llegó, simplemente se trata de la única a la que le hice foto porque tampoco iba muy pendiente del suelo, ya os enseñaré todas las inscripciones un día de estos.

El caso es que recorría la calle Huertas cuando vi en un banco a una pareja, bueno, a un hombre y a una mujer, no sé si serían pareja, sentados con las piernas cruzadas, uno enfrente del otro y abrazados. En principio yo solo veía el rostro del chico, que se caracterizaba mayormente por cierto aire hippie y una edad que superaba los 25 seguro. Pero lo que más me llamó la atención realmente fue la forma en la que acariciaba con la mano la espalda de su acompañante. Era un movimiento pausado, circular, suave, como si el tiempo se hubiera parado solo para ellos.

Al pasarlos, giré la cabeza para poder ver el rostro de la mujer… Y realmente era una niña. O mejor dicho, una joven, que no sé cuántos años menos tendría que él; los suficientes como para que no resultase escandaloso pero sí para que picara la curiosidad hacia el motivo del interés de ella por el muchacho aquel. Sonreía, se le notaba la mar de a gusto y en su pompa, no existía nada más.

De forma totalmente espontánea, crucé la calle entera y volví sobre mis pasos para no perder la orientación hacia el Paseo del Prado, y los divisé en el mismo sitio, pero ahora compartían un momento aún más profundo si cabía. El chico tenía las manos en torno al rostro de ella, sujetándolo tiernamente mientras le susurraba al oído, y la chica mostraba una cara de felicidad aún más radiante que cuando pasé antes.

No tengo ni la menor idea de lo que se dirían ni de la relación que mantendrían, pero afirmo rotundamente que brillaban con toda su fuerza la tarde del 7 de octubre en la calle Huertas, en aquel momento transitada de forma fluida pero escasa. Era tan grande lo que desprendían… Podría decir por sus expresiones y sus extremadamente dulces, sutiles e intensos gestos, como si fueran de cristal o de porcelana, que parecían estar haciendo el amor allí mismo.

Está claro que no hace falta ir ligero de ropa para levantar pasiones allá adonde se va, para hacer que la gente se gire a mirar y encuentre una imagen maravillosa e íntima entre dos personas que solo ellas saben lo que se están transmitiendo, pero a la vez lo gritan sin querer a los cuatro vientos y sin importarles nadie ni nada que pase a su alrededor.

Tras este lapsus amoroso, proseguí mi camino, pero sumida en mi desamparo mental me entraron muchas ganas de contactar con un par de amigos, solo que la mala (o buena, o casual) suerte quiso que uno estuviera camino de su casa, situada en Murcia, por el puente y que otro no me cogiera el móvil.

Entonces, más quemada que un pinchito a la brasa, llegué a la Plaza de Cibeles, enfrente de la cual se halla el Palacio de Comunicaciones, y grande fue mi sorpresa cuando descubro al lado de una de sus torres… ¡el arcoiris!

No tengo ni idea de cuánto hace que lo había visto por última vez pero fue como una aparición milagrosa, una iluminación para levantar un poco aquel día que no estaba saliendo ni como esperaba ni como mínimamente merecía. Una escena preciosa y esperanzadora. Un baño de color en pleno océano grisáceo y anaranjado que no auguraba una noche de fiesta precisamente.

Ya en casa, sospechas confirmadas: no iba a salir ni Dios. Pero LP se encargó de engancharme para ir a casa de su novio y compañeros de piso a echar partidas de juegos de beber, lo cual me pareció un fantástico plan después de haber escuchado caer una tromba de agua sobre mi ventana, aparte de que molaba cambiar el típico plan de hacer botellón tal cual. Resultado: me harté de reír jugando al Señor del Tres. Enorme el ridículo de tener que descojonarse y hablar solo con la “i”, no poder decir las palabras “sí” y “no”, entre otras normas muy jodidas de cumplir a rajatabla.

A las 2 de la mañana levantamos el campo por fin para ir LP y yo a los bares. Los chicos estaban para el arrastre así que nada, allá que fuimos las dos y entramos en La Calle. El único movimiento que había allí era el del camarero, que tardó poco en ponernos el primer chupito. Permanecimos en el pub hasta que cerró, cayendo otra oleada de risas y desvergüenzas varias, y para casa, en cama a las 4, destrozadísima y muy satisfecha de la noche, distinta y estupenda.

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