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La muerte y las cuatro leyes de la espiritualidad

Tengo 22 años y albergo un miedo atroz hacia la muerte. Puede que ya lo haya manifestado alguna vez a través de este blog pero no me importa repetirme, incluso me apetece confirmarlo con aplastante seguridad, puesto que no hablo sólo de tenerle cierto temor, respeto, reparo y derivados adjetivos, a mi parecer demasiado suaves para lo que me supone el concepto mortífero, sino que situarlo en mi pensamiento me provoca auténticas sensaciones de pánico y de desasosiego.

Imaginar mi mente inerte, mi cuerpo languideciente, absolutamente todo mi ser desconectado de cualquier tipo de emoción o movimiento intencionado y voluntario… Sencillamente, me aterroriza, me hace perder el norte, me desvela del presente con su abrumadora realidad para sumirme en un mar de impotencia y desesperación. Si al menos tuviera alguna creencia a la que agarrarme pues mira, pero no es el caso. Ni dioses ni energías ni reencarnaciones ni luces al final de un túnel ni nada parecido o que haya llegado a mis oídos me ha podido despistar del desenlace inevitable.

Por suerte, sólo me ocurre de vez en cuando, al venírseme a la mente el tema ocasionalmente, y al instante procuro trasladar mis pensamientos hacia otros derroteros o asuntos, pero sé que siempre está ahí, expectante, dispuesto a asaltarme en cualquier momento. Y ahí no importan las circunstancias del momento, porque regresa la misma incertidumbre de siempre: ¿por qué? ¿Todo esto para acabar así? ¿Cómo hago ahora mismo para sentir que aprovecho mi vida? ¿Se me pasará alguna vez esta angustia o me acompañará hasta el fin de mis días? ¿Soportaré llegar a vieja?

Intuyo que todo es aguantable, claro, pero mantengo mis dudas en cuanto a que la edad me haga verlo de otra forma. Probablemente alcance un nivel mucho mayor de aceptación, de resignación, de reflexión hacia la propia vida y el periodo que se me ha cedido en este mundo pero… la expiración continúa presente, como una amenaza eterna.

Y todo esto se me ha venido porque, aunque hace ya varias semanas que no me acomete este pesar, he encontrado, deambulando por viejos archivos del ordenador, un precioso word de hace no sé cuántos meses, quizá un año, en el que guardé dos argumentos: mi propio planteamiento inquisitivo sobre cómo sobrellevar la muerte, dirigido en forma de pregunta a una persona a la que aprecio mucho, y la consecuente respuesta de esta, la cual plasmo a continuación:

¡Vaya pregunta, María!

Bueno, intentemos una aproximación.

Sigo pensando en ella, aunque te confieso que me preocupaba más con tu edad. No es que haya zanjado la cuestión, es sencillamente, que estoy demasiado preocupado con la vida, sus problemas, mis dudas, mis equivocaciones, la manera de aprovechar los instantes, el sentirme bien conmigo y no “machacarme” demasiado, etc. etc, y apenas puedo pensar en la muerte.

Por otro lado, creo que es inevitable el divagar sobre ello y desesperarse porque no hay salida.

Últimamente pienso más en la muerte de las personas que quiero que en la mía propia; también me ocurre, que me preocupa más y siempre ha sido así, el dolor que la propia muerte.

Considero que los auténticos creyentes nos llevan ventaja, porque sus creencias les ofrecen seguridad, consuelo y esperanza. A los demás nos queda la aventura de la vida, y el intento de hacer de ella algo tan extraordinario que nos pueda parecer que ha sido eterna.

Sé que son sólo unas pocas obviedades, pero es que de la muerte lo único serio que podríamos decir es que es una putada, y que siempre llega demasiado pronto.

Te recomiendo un libro: El mito de Sísifo de Albert Camus; y una película de Bergman: El séptimo sello.

Creo que ha llegado la hora de ver esta película y leer ese libro.

Os dejo con una hermosa y acertada presentación sobre “las cuatro leyes de la espiritualidad”, que vienen a dar a entender nada más y nada menos que cada cosa tiene su momento, afirmación tan básica como poco tenida en cuenta.

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