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Las paradas de metro y sus historias

Metro la LatinaEs curioso cómo el metro le da una personalidad especial a las ciudades que lo tienen. Y no solo por facilitar (o dificultar a veces) los desplazamientos, sino por el hecho de identificar algunas de las paradas con ciertas personas, anécdotas o vivencias, trayéndote a la memoria recuerdos, sonrisas, melancolías y todo tipo de sentimientos cuando menos te lo esperas. De esta forma:

Príncipe Pío son docenas de cenas confidentes.

Lavapiés es mi verano posterior a la carrera.

Delicias es la llegada de una gran amiga de Jerez.

Ibiza es aquella fiesta en un catamarán.

Retiro es el hombre que vi en monociclo mientras escuchaba la BSO de Amelie tumbada en el césped.

Carabanchel Alto es la persona más romántica que he conocido nunca.

Puente de Vallecas son abrazos y cachimbas.

Fuencarral son mis camisetas de Taxi Driver y Trainspotting, y la de El Club de la Lucha para mi hermano.

Manuel Becerra son proyectos de amistades.

Puerta de Arganda son Los pilares de la tierraEl pantano de las mariposas. Y, para bien o para mal, apuntes de SEM.

Moncloa es el paso de los tempranos veinte a los “definitivamente-se-me-acabó-mi-tiempo-por-esta-zona”.

La Latina son cuatro personas conociéndose, vino en mesa.

San Bernardo es un estupendo buffet libre con la mejor de las compañías.

Gran Vía es un paseo de la mano y miles de besos.

Atocha son las ganas de ver a mis padres.

Méndez-Álvaro es la despedida en la que mi visitante perdió el autobús por no habernos dado cuenta del cambio de hora durante aquel fin de semana.

Rivas Futura son mis últimas prácticas en España. Espero.

Santiago Bernabeu es aquella caminata eterna por no ser consciente de lo larga que era la Castellana.

Bilbao son muchas, muchísimas noches de risas.

Diego de León será la casa que compartí con mi hermano mayor, junto con sus correspondientes charlas y carcajadas y la confianza que ninguna otra persona me da en este mundo para hacer el tonto de una manera acojonante. Aparte de mi hermano menor.

Y para vosotros, ¿qué paradas de metro tienen su historia?

El Mandela y los cambios de planes

La tarde-noche del jueves pasado, día 6 de marzo, salió por completo del revés de como estaba planeada, pero tan diferente y amena fue, que se me antojó perfecta. Debido a la clase de máster cambiada, una de tantas que me mantienen ocupada de 19:00 a 22:00 de lunes a jueves pero que por manías del destino no le tocaba sucederse, tuve la oportunidad de planear una velada ociosa con mi hermano mayor, con el que vivo (tampoco somos muchos, tengo otro hermano menor y ya está).

La idea inicial consistió en asistir a una tertulia sobre viajes en entornos fríos, seguida de una sesión de cine en los Yelmo Ideal de la Plaza Jacinto Benavente (Madrid, por las dudas), con sus películas en versión original y subtítulos a las que les estoy cogiendo especial afición y cariño. Cuando te acostumbras a escuchar las verdaderas palabras de los personajes, de los actores, ya no te apetece volver a oír sus doblajes. Suenan falsos, te cuesta muchísimo creértelos, notas a leguas la falta de sincronización entre lo emitido y el movimiento de los labios, por no hablar de la tremenda repetición de las mismas voces en un porrón de actores. No paro de ver a Brad Pitt, entre otros, en rostros que no son suyos.

Sin embargo, durante ese rato que se corresponde con la destructiva mezcla de la digestión y la consecuente modorra post-almuerzo, me acometió una pereza brutal hacia la (pobre) tertulia y, en cambio, me surgió en la mente como una iluminación la opción de probar un sitio nuevo para cenar, sin renegar de la sesión de cine a continuación. Así se lo expuse a mi hermano, al que no me costó nada convencer.

Ya prácticamente casi a las puertas de El Mandela, un restaurante africano cercano a la estación de metro de Ópera (concretamente la dirección es Calle Independencia, nº1), mi querido brother cayó en que había olvidado sus gafas, lo que enturbió el plan fílmico. No es que necesite leer los subtítulos, va sobradísimo en inglés, pero sí que le podría acometer un buen dolor de cabeza en caso de exponerse al riesgo de forzar la vista, por lo que nos centramos en nuestra cena retrasando un poco la decisión y dando tiempo a su mini-mosqueo consigo mismo a que se volatilizara entre sabores exóticos y timbales de fondo.

El Mandela restaurante Madrid

Tan motivados estábamos hacia probar cosas que empezamos a pedir dos entrantes cuando el experimentado camarero nos paró los pies asegurándonos que no podríamos con todo, y tenía razón en vistas de cómo acabamos, así que nos decantamos por una tortilla de yuca (un tubérculo) para comenzar y de plato principal él se pidió un Ndolé (ternera con una salsa de hierbas con la que yo habría sufrido brutalmente pero cuyo sabor fuerte a él le gustó) y yo una Yassa (pollo con arroz y una salsa dulce buenísima).

Al terminar, con toda la calma del mundo y el cine ya más que relegado a otro día, nuestras prolongaciones barrigudas y nosotros salimos de allí, todos gordos y satisfechos, y procedimos a pasear de camino a casa para bajar la hinchazón un poco. Una servidora ha hecho el recorrido del centro a casa y viceversa bastantes veces a lo largo de estos meses de vuelta a la capital (desde octubre) pero no esperaba que a mi hermano le entraran las ganas de patearse gratuitamente cincuenta madrileños minutos, no porque sea mi hermano sino porque conozco a poca gente que lo haría. Con más razón me alegró que surgiera tan espontáneamente y allá que nos fuimos, entre amplias calles iluminadas por miles de farolas y coches pero escasas de gente y con una temperatura nocturna magnífica que hasta nos obligó a despojarnos de los abrigos durante los últimos metros.

Los que me conocen saben que me encanta tener las cosas claras y los planes organizados, pero también suelen ser conscientes de que me adapto bastante bien a los cambios que se acontecen, sobre todo cuando ocurre de manera natural, progresiva, lo que viene a definirse como “sobre la marcha”, proceso que me parece fantástico y que no tiene nada que ver con esos molestos cambios de última hora que te pillan de improviso y te trastocan por completo.

Un buen día el pasado jueves 6 de marzo, y con la mejor compañía 🙂

Pd: para orientar en cuanto a los precios de El Mandela, el conjunto formado por un entrante, dos platos, una cerveza nigeriana (suavecita) y un Nestea nos costó 37 euros. No es una oferta McDonald’s pero precisamente por eso la experiencia que te llevas no tiene ni punto de comparación, además de que el servicio fue excelente.

Repaso de los principales errores de los emprendedores

Esta semana tuve el placer de asistir en el Palacio de Deportes de Madrid a una serie de conferencias, debates y presentaciones que se dieron con motivo del evento para emprendedores y PYMES Salón MiEmpresa, cuyos contenidos me han parecido muy interesantes y tanto motivadores como concienciadores.

errorMe gustaría publicar algunos posts que muestren varios de los consejos, ventajas, problemas y demás cuestiones expuestos por diferentes ponentes a los que pude escuchar y este, el primero de ellos, he decidido dedicarlo a una serie de errores típicos cometidos por los emprendedores y contados por Carlos Blanco, socio fundador de IT Net y fundador de Akamon Entertainment. Aquí os los pongo, sin dejar de recordaros previamente a su lectura que las palabras de los conferenciantes a menudo tienen tintes subjetivos, por lo que no hay que tomarse todo comentario como regla absoluta. Ahí van esos errores típicos de los emprendedores según Carlos Blanco:

  • Elegir como socio a parejas o compañeros universitarios de la misma carrera: cuanto más distintos a ti sea el resto de integrantes de tu equipo, mayor cantidad de aportaciones diferentes habrá, aparte de los conflictos que pueden surgir en caso de separación o enemistad.
  • Repartir las acciones, el porcentaje de ganancias, a partes iguales: tanto cuando va muy bien como cuando va muy mal, te arrepientes. Hay que tener en cuenta el nivel de trabajo y de cualificación de cada persona.
  • Falta de valores claros previamente al lanzamiento del negocio.
  • No asumir que el riesgo forma parte de emprender.
  • Que no haya un líder claramente definido: siempre ha de haberlo. Queda muy mal visitar a un cliente y pretender que varias personas compartan el papel de portavoz, no queda serio.
  • Tener miedo = no tener perfil para emprender: si tienes miedo, mejor no emprender. Se puede recurrir a un coach profesional en caso de no conocer tus habilidades, virtudes y defectos.
  • El individualismo: normalmente las personas que quieren ser y hacer todo acaban fracasando.
  • La dedicación a medias: si no se está dispuesto a dejar un trabajo cuando no se tienen hijos ni una hipoteca que pagar, no funcionará. Hay que tener clara la plena dedicación que se necesita.
  • Pensar que las ideas ya son algo: las ideas no sirven para nada porque muchos han estado antes de los que han triunfado pero han triunfado los que lo han hecho bien, los que lo han ejecutado.
  • La falta de ambición: los españoles a menudo somos menos ambiciosos que otras nacionalidades.
  • El impacto personal: el emprendedor a menudo no sabe compaginar bien a la pareja y el trabajo. Hay tres opciones: convencer a tu pareja, dejar de emprender o dejar a tu pareja.
  • Idea = enemigo: uno debe de tener en cuenta el sector en el que está junto con la situación del mismo a la hora de formular ideas.
  • La búsqueda imperiosa de capital por encima de la de clientes: hay negocios viables pero no invertibles, es decir, que pueden funcionar pero no van a crecer exponencialmente, y esto no le gusta a los inversores, cuyo objetivo siempre es ganar dinero.
  • No tener indicadores de negocio: tema matemático.
  • No conocer el mercado: hay muchos medios que se pueden usar para investigar (Google, etc.), y también hay que triunfar primero en tu mercado y ver dónde puede funcionar antes de ir a otros.
  • La falta de gente buena en cuestiones de marketing y de ventas: fundamental contar con profesionales en nuestro equipo de estos campos a la hora de hacer el plan de marketing y de ventas.
  • El gasto excesivo en los inicios: te das cuenta tarde de que has invertido mal y cuando toca sacar el producto al mercado ya no queda dinero. La ejecución es lo más importante.
  • El no vender: la gente se arrepiente en un 99% de no haber vendido su compañía porque nunca le ofrecerían tanto por ella. Se recomienda vender.
  • El tema de la autoestima: el lanzamiento de la empresa suele coincidir con momentos felices (bodas, nacimientos de hijos…) o sustitutos del amor, por lo que la autoestima es muy importante para tener éxito. Mucha gente emprende en el mal momento y se genera energía negativa, desembocando en el fracaso.

Mejor forma de fidelizar clientes: con una sonrisa

estrategia sonrisaResulta que, a pesar de no ser una consumidora frecuente de café, esta semana me vi obligada a tomarlo tras una noche espantosamente fiebrosa. Puesto que ni siquiera cuento con este producto en casa, decidí pedir uno en el bar de la esquina para llevar de camino a las prácticas. ¿Qué pasó? Pues que el destino, o simplemente el hecho de que aún fuera demasiado temprano, quiso que me lo encontrara con la puerta aún cerrada, por lo que proseguí hacia el metro recordando que a pocos pasos había otro y confiando en que sí estuviera abierto, ya que, al contrario que mucha gente, una servidora sí necesita desayunar nada más levantarse o al ratito para sobrevivir sin bajadas de azúcar.

Desgraciadamente, no me quedé con el nombre de la cafetería y no me fío del Google Maps al estar anticuado, sólo puedo decir que está en la calle Conde de Peñalver entre las calles Padilla y Juan Bravo (por en medio, no en la esquina, que este era el que estaba cerrado y además es más caro), pero sí que se me quedó clavada en el corazón la sonrisa permanente en el rostro del agradabilísimo camarero que me atendió.

¿Cómo no agradecer de buena mañana, tras haber dormido tres horas y deseando tomar algo caliente, que una persona se muestre tan aparente y creíblemente encantada de servirte lo que le pides? Y además al razonable precio (para estar en Madrid y por estos barrios) de 2,70€ por un capuchino y un bocata de jamón de York y queso. Básicamente, me hizo mi día, y me dio ganas de desayunar allí todos los días. Ignoro si el hombre sonríe porque es así y lo siente o porque sabe que es la mejor estrategia, pero de cualquier manera lo hace, y lo hace bien.

Parecerá obvio, pero en este mundo y, en especial en este tipo de negocios, el recurso de la sonrisa no está en absoluto explotado, sino que más bien sufre de una cruel escasez. ¿Cómo se explica, si no, el hecho de que se nos suelan grabar en la mente todos aquellos que destacan entre la masa por la alegría, la amabilidad y, en general, las vibraciones positivas que desprenden?

Así que ya sabéis qué hacer para fidelizar a los clientes existentes y captar nuevos. Nada como la sonrisa: buena, bonita y gratis.

Vuelta a Madrid… temporalmente

Hace cosa de dos meses os expuse un análisis de lo poco que escribo últimamente (periodo que empieza a convertirse en años) y os dejé con la incógnita hacia mi huida de la capital británica. Aquellas confesiones de un alma vagante por Londres no fueron más que la explicación que debía a mis lectores y el principio de una nueva etapa: mi vuelta a Madrid. Pero no por mucho tiempo.

Siempre me he opuesto a la posibilidad de hacer un máster. ¿Por qué? Porque me parecen unos sacapasta de mucho cuidado, y efectivamente así lo ha sido el que he elegido, pero tras considerarlo y reconsiderarlo, lo vi como la mejor vía para seguir avanzando en estos tiempos difíciles. Como algunos sabéis, provengo del mundo audiovisual y periodístico, aunque la situación apenas me haya dejado trabajar de ello. Pues he aquí el desengaño de una joven más: ¿qué me espera en dicho ámbito? Manipulación, ideologías impuestas, sensacionalismo, amarillismo, politiqueo, regodeo. As-qui-to.

Entonces, mi frustración hacia el futuro y yo dimos con la solución, allá por el mes de junio, en Internet (cómo no). Se me presentó la opción de hacer un máster de márketing, ventas y digital business con un enfoque profesional que jamás me habría imaginado, que consistía en hacer la primera parte del máster en Madrid y la segunda parte en nada más y nada menos que California, donde tras el periodo de formación contaría con un permiso de mástertrabajo de un año.

Se me iluminaron los ojos, el alma, todo mi ser. Superé el proceso de selección (tampoco sé cuántos candidatos habría pero supongo que hay cosas sobre las que mejor no indagar, me bastó con hallar buenas referencias y opiniones en cuanto a esta formación) y aquí estoy ahora. Llevo un mes de clase y hoy por hoy puedo decir que he aprendido cositas. Fundamentalmente unas bases económicas y empresariales, todo tiene su introducción, pero confío en entrar pronto en materia más candente, y reconozco que tampoco me viene mal adoptar una perspectiva general. Una lástima que los temas de negocio digital lleguen más tardíos pero bueno, al final los tendré encima en cuanto me dé cuenta, como siempre.

¿Qué es lo mejor? Por ahora, el no tener que pensar en qué hacer con mi vida durante los próximos tres años, vivir con mi hermano mayor, volver a contar con la mejor amistad de mis últimos años a mi lado y, finalmente, los compañeros que estoy conociendo en el máster, unas personitas que parecen prometer bastante. Luego, cabe destacar mi rapidísima readaptación a la capital.

Madrid. Donde estudié la carrera, por las dudas. Una ciudad entrañable con muchísimo que ofrecer. Fría para algunos. A mí me va bien. Extremadamente bien. Quizá en parte porque me quedo por un tiempo limitado, no diré lo contrario. Me fui de aquí saturada para iniciar una vida en Londres. Me volví saturada de Londres para comenzar otra aventura aquí. Varias veces me he preguntado si algún día no me saturaré de alguna ciudad.

Es curioso ir viendo la existencia a base de fechas de caducidad. La mentalidad de empezar a trabajar en una empresa y permanecer en ella para el resto de nuestras vidas ha muerto. Por ello, cada paso tiene su límite, cada decisión es caduca. Y nos toca luchar más que nunca para hacernos camino.

ventasVolviendo al tema del máster, que para no variar me estoy yendo por las ramas: creo que me va a servir de gran provecho. Al igual que hacia este tipo de estudios, siempre me he mantenido bastante reticente hacia el mundo de las ventas. Me parecía frío, calculador y superficial. Quizá por mi tendencia literaria, quizá por mi experiencia con algunos comerciales de empresas en las que he estado, que sólo pensaban en vender, vender y vender a toda costa, en sacar el máximo beneficio aún incluyendo tal gasto, tal servicio o tal presupuesto en las facturas que no se iba a proporcionar en realidad, facturas que yo hacía y mandaba. Y una puede plantar cara a tal sujeto en un momento dado pero no puede evitar pensar en todas aquellas manos mecánicas que sí estarán procesando todos esos engaños.

Injusticias aparte, tengo muchas ganas de aprender en profundidad en torno a todo esto, sacarle el máximo jugo posible, utilizarlo para sacar lo mejor de mí misma y proporcionar un servicio útil a la sociedad (probablemente suene tela de idílico pero en principio es lo que me gustaría), porque ciertamente estos campos abarcan mucha más ciencia y psicología de lo que puede parecer.

Una vez más, ahí queda eso. Siempre es agradable comprobar que, cuando aparentemente María dixit ha sido abandonado, un alud de parrafadas resurge de las cenizas para recordar que por aquí seguimos.

Hasta la próxima.

La percepción del tiempo en Londres

Con este título, no me refiero precisamente al clima, eso no hay forma de percibirlo, o lo aceptas o permanecerás en un sin vivir diario. En cuestión de un par de horas tempranas de sábado me ha dado tiempo de despertar con un manto blanco impoluto, desayunar ante un cielo potencialmente azul y despejado y empezar este post con una nueva tanda de nubarrones por doquier. Pero vamos, que no es el tema.

Hablo del paso del tiempo. Sí, mi tema favorito (-¡Pesada!; -¡Pues vete a otro blog!). Mas no soy la única obsesionada por él en el contexto que voy a comentar. Sin profundizar en lo rápido o lento que transcurre, se trata de la diferencia en el rendimiento que se le saca según el sitio donde se haga vida. Me explico: varias veces he coincidido ya con una amiga (de respetable cerebro) en que esta ciudad, Londres (Reino Unido), se come el tiempo. Se lo traga. Lo absorbe y se lo funde cual chocolate en fondue.

Un año en Londres no es como un año en Madrid, y mucho menos como un año en Jerez (Cádiz, Andalucía, España), ciudad que sé que a muchos os gusta (la mayoría obviamente no sois de allí) pero no deja de ser mi lugar de origen, donde estuve hasta mis 18 años, seguidos de unos intensos cuatro años y medio en Madrid y del último año y tres meses en Londres. De capital en capital, me pregunto cuál será la siguiente…

London Eye

Bueno, el caso, que en quince británicos meses me da la sensación de que no he amortizado demasiado el tiempo, lo cual no implica necesariamente no haber hecho cosas, error, he hecho, y tropecientas, pero… Se presentan difusas, entremezcladas, volatilizadas, difíciles de ordenar cronológicamente. Como si hubieran pasado siglos. Las semanas se confunden, los meses se hacen semanas y mi 2012 parece una cruzada frenética repleta de emociones extremas que se cruzan y se chocan dentro de una bolsa de plástico con escapes por todos lados.

En Madrid, el tiempo también pasaba rápido pero de otra manera. Se hacían notar más los días, el orden de prioridades y deberes junto con el ocio, la clara distinción entre unas actividades y otras, los planes, los viajes, las amistades. Sí, la gente. Más profundidad en general, más inmersión en el estilo de vida y las relaciones sociales. Zambullidas totalmente intencionadas y considerablemente controladas, todo lo contrario que en Londres: un torbellino de caras que se esfuman antes de aprenderte sus nombres.

Cibeles Madrid

En Jerez… A su ritmo. Muy a su ritmo. Calma chicha, tirando a pachorra. Vida “simple”, se le podría llamar. Pocas preocupaciones, ilusiones rápidas que se iban tan rápido como venían sin dejar huella psicológica y percepción total del paso de las semanas y de los meses, con su separación clara entre los periodos de obligaciones y las vacaciones. Esas Navidades, que con el tiempo cobran mayor importancia en cuanto a reunirme con mi familia, y esa feria, que nunca me ha importado demasiado y que, por cierto, justo ahora está presente en Jerez.

Sí… Por allá andarán colegas de todas las corrientes dándole al rebujito y derivados. Da igual cómo sean, cómo piensen, en qué círculos se muevan o incluso que no les guste la feria: todos estarán allí. Porque es lo que toca, lo que pega, la excusa para salir de casa y arrejuntarse bajo un sol de casi treinta grados y porque es de los pocos eventos que hacen de la ciudad gaditana un sitio realmente emocionante. ¿Nostalgia? Psss, en verdad no, estoy tela de a gusto recostada y escribiendo en este momento, regodeándome felizmente en mis queridas inquietudes.

Calculo que tampoco tenía yo tantas neuras mentales por aquel entonces. Es posible (jé, muy probable) que sencillamente me esté haciendo mayor. Dicen que, a partir de los 25, los saltos temporales son brutales. Tengo 24 pero vamos, lo mismo da. Y la verdad es que, una vez superado el miedo a la tan mencionada fugacidad existencial, resulta de lo más interesante apreciar en mí misma mi cambio de actitud del año pasado, un incombustible non-stop, al actual, consecuencia directa del anterior sin duda. Un 2013, por tratar de definirlo:

Más comedido, centrado, insatisfecho, inconformista, previsor, en búsqueda (por fin en serio) del enriquecimiento personal a través de esa larga lista de actividades intelectuales y físicas pendientes que tantos tenemos. Y la particularidad del asunto no radica en mi mutación como tal sino en que, a pesar de él… Londres se sigue tragando el tiempo, incluso a mayor velocidad.

Foto retrato Maria G AmarilloPero bueno, ¿qué se le va a hacer? Mi madre siempre me dice que el hecho de que se me pase tan rápido significa que lo estoy pasando bien/no lo estoy pasando mal/estoy aprovechando el tiempo. Estoy de acuerdo pero insisto en que me hago vieja, lo veo, y estoy plenamente convencida a través de mi experiencia de que cada lugar se bebe el calendario a un ritmo determinado. C’mon, you are a baby! (“venga, ¡si eres un bebé!”), me dicen a menudo. Que sí, que sí, pero eso no me hace dormir mejor o creer en los príncipes azules.

Total, así estamos, de tránsito experimental por la vida. De cachondeo con mi mente, básicamente. Pero antes de cerrar este capítulo, me apetece comentar que ayer disfruté de una fantástica hora de conversación por Skype con mi hermano mayor y, a pesar de la diferencia de edad (tres añitos, tampoco es que sea mucho) y circunstancias particulares de cada uno, cabe destacar que curiosamente nos sentíamos igual en cuanto a nuestras reflexiones varias actuales. Resumiendo: la dicha lista eterna de cosas que nos gustarían hacer ha quedado relegada a un vigésimo sexto plano, lo que viene a ser el interior del contenedor de la esquina, y queremos seguir el ejemplo zen de nuestra madre (todo un reto, creedme):

Vivir el día a día, no pretender abarcar más de lo que podemos o de lo que nos pide el cuerpo, ser selectivos y hacer balanza entre lo que es realmente importante y lo que no. Dejar de luchar contra nosotros mismos, agonías que somos, y de imponernos deberes que nos las traen al pairo. Tanto documental gafapasta descargado cuando lo que apetece es ponerse un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre y a tomar por saco, hombre. Fluir en armonía con el universo y nuestras posibilidades, haciendo de nuestro objetivo el equilibrio emocional.

Entonces, mi padre me diría: “ahora traduce todo esto al inglés”.

No hay huevos 😦

Balance personal del año 2011

Sé que este post debería haberse escrito el 31 de diciembre de dicho año pero bueno, nunca es tarde para reflexionar un poco sobre el año pasado. Si me permitís, lo voy a adornar con varios de los mensajes que personas anónimas escribieron para que fueran expuestos en aquellas bolas gigantes que colocaron en septiembre en la Plaza de Callao de Madrid y que iban ofreciendo sus deseos y/o propósitos uno detrás de otro, apareciendo y desapareciendo paulatinamente, y durante las 24 horas del día.

¿Qué puedo decir? Un año intenso. Tela. Un año para ponerme a prueba más que nunca. Un año en el que he visitado Roma, Amsterdam y Bélgica (hacedme el favor de ir a Brujas, ciudad de ensueño como pocas, con pareja si es posible), he terminado la doble licenciatura de Periodismo y Comunicación Audiovisual, he pasado mi primer verano en Madrid, me he operado de la vista y he vivido de primera mano una revolución política y social de reconocimiento universal. Un año en el que hasta las lágrimas derramadas y las decepciones sufridas han valido su peso en oro para curtirme y hacerme tal y como soy.

Difíciles últimos meses de carrera. Poco tiempo libre, tensiones varias compañeriles, incertidumbre total hacia el futuro. Y, tal y como empezó mi aventura académica en la capital, terminó, igual de rápido. He de reconocer que, aunque cara de cojones, la Universidad Europea de Madrid me parece buena. Más que buena, al menos en las ramas de la comunicación. Muchísimas prácticas, profesores cercanos y bien entendidos en sus materias, disponibilidad libre de instrumentos de todo tipo (eso sí, no te retrases un día en devolver una cámara, que te sancionan un mes), acceso permanente a las diferentes salas con sus programas o útiles determinados…

Probablemente, un error ha sido no aprovechar mejor todas estas posibilidades, no haber sido más autodidacta. En fin, no vamos a lamentarnos por lo irremediable. Y tampoco nos engañemos: una preparación excepcional pero en cuanto al curro garantizado me han dado por saco.

Un verano espectacular en Madrid. Alucinante, precioso, emotivo. Entre semana, sus madrugones para ir a las prácticas y las siestas no me las quitaba nadie, junto con las reuniones semanales con mi consejo de ministras particular. Los fines de semana, la vida se transformaba. Jerez, el festival de Benicasim, Tarragona, Chipiona, Benidorm, Sevilla. Madrid y todo lo que ofrece, por supuesto. Sin olvidar, ya que hablamos de turismo, la visita primaveral al País Vasco y a Logroño en Semana Santa.

Septiembre: fin del contrato de las prácticas. ¿Y ahora qué? Frente a la espera eterna para que alguien notara mi existencia como profesional, tenía que hacer algo, sobre todo al estar pagando un alquiler en Madrid. El resultado fue apuntarme a una academia de inglés para intentar sacarme el Advanced. Y digo intentarlo porque, aunque mi nivel era para aprobarlo, el examen no me salió bien. Así que nada, a seguir mejorando el idioma de todas formas. Ya nos veremos las caras el resultado y yo dentro de unas semanas.

Lo que no me esperaba era que el ambiente en una academia de inglés pudiera tener tantísima vida. Qué gente tan fantástica me he encontrado en ella, madre mía, y qué buen rollo y qué ilusión de relacionarse con seres a los que te apetece verlos, que te alegran el día con simplemente su presencia, que cuentan contigo desde el primer día y sin conocerte de nada. Gente que brilla, que destaca, que te iluminan y te hacen confiar más en el género humano.

Sin embargo, una vez realizado el examen… Vuelta a casa. Cuatro meses enviando el currículum y varias ocasiones en las que parecía haber esperanza cuando al final resultaba que no. Pues nada, vuelta al nido familiar a investigar otras opciones, a ser posible en el extranjero. En este tema no hay nada concreto todavía, ya se irá viendo.

Un mes de diciembre apacible. Celebrando como correspondía el haber hecho el examen del Advanced por fin, haciendo las maletas, sufriendo las despedidas y experimentando el sabor dulce de unas vacaciones más largas, después de un año y medio sin tenerlas. A gustísimo entre mi familia, a los que más quiero en este mundo; recuperando un poco el hábito lector, perdido entre phrasal verbs y sus puñeteros sucedáneos; haciendo, aleluya, ejercicio, tras unos seis años de sedentarismo. Restableciendo contacto también con las amistades de mis orígenes, por supuesto.

Así pues, dejándome muchas cosas en el tintero, me despido del año 2011 con una gran sonrisa, la verdad. Gracias, 2011, por todo lo que me has enseñado, tanto lo bueno como lo malo. Gracias por decirme adiós con el inmenso regalo de contar con una nueva personita en mi vida desde hace muy poco pero que parece prometer mucho, y gracias por todas con las que me he relacionado. Pero, sobre todo, gracias por haberme dado la oportunidad de creer en la fuerza de la amistad a través de los dos especímenes más maravillosos que se han podido cruzar en mi camino. Y catalanes, con un par.

Le deseo un feliz 2012 a todas esas personas que quiero, aprecio y que me han aportado algo, y a todos aquellos que se lo merecen. Este es nuestro año, ni crisis ni hostias.

¡Un abrazo!

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