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Posts Tagged ‘madurez’

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

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Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

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Cuando la rutina se vuelve agradable

Creo que es una de las mejores cosas que te pueden pasar: que tu rutina te resulte agradable. Obviamente las vacaciones son siempre bienvenidas pero no creo ser la única que, cuando llega el momento de regresar a la vida real, experimente cierta sensación de que es lo apropiado y hasta apetecible. También dependerá del tipo de periodo vacacional que se tenga, supongo. En España, lo típico es pillarse un mes entero en verano y el resto del año apañárselas con los festivos (aunque quizá esto esté cambiando al ritmo laboral que vamos).

Cuando viví en Londres, me repartí mis días libres bastante equitativamente para poder ir a casa (Jerez de la Frontera, España) cada tres meses más o menos. Es curioso cómo la casa de los padres perdura siendo “casa” en general a pesar de estar fuera. Aunque, poco a poco, la vida propia equilibrará el peso del hogar materno y el del propio. Ya me está comenzando a ocurrir, de hecho. Ir a casa (de los padres) permanecerá siendo un placer y una desconexión maravillosa. Pero mi casa está donde mi rutina opera (y donde vivo junto a mi pareja, que también contribuye a la sensación de asentamiento).

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Amanecer

¿A qué viene esta reflexión? Seguramente sea porque acabo de pasar por casa (de los padres), jeje. Mi hermano mayor se ha casado. Tres días de compañía asiática (la novia, ahora esposa, es coreana), seguidos de otros cinco días familiares, de amistades y, naturalmente, de esos preciosos regodeos personales que solo tengo de vacaciones en Jerez, como tomarme infusiones mirando a la pared, charlar con mi madre en la cocina, ver la tele con mi padre, echarme la siesta… En resumen, dejarme llevar por la tranquilidad autóctona de allí como si cada una de estas sencillas actividades fuera la más importante y única que hacer, sin prisa, sin inventarme deberes ni tareas posteriores.

El caso: mi hermano se ha convertido en un marido. Fue una boda muy bonita y divertida, ya os pasaré un vídeo (si mi hermano llega a montarlo). Me resulta tan increíble y, a la vez, natural contemplar cómo el paso del tiempo te obliga a madurar, a tomar decisiones, a adquirir nuevas responsabilidades prácticamente sin darte cuenta, todo de manera implacable y, si te lo montas bien, satisfactoria. Un “tenía que pasar” con una sonrisa y con ganas de seguir viendo qué deparará el futuro, un futuro aún incierto pero que suena ameno, sobre todo habiendo encontrado a la persona adecuada (esperemos).

Siempre me he sentido en armonía con el sentimiento y aplicación práctica de la independencia, de nunca tener prisa por encontrar pareja, del derecho a ser feliz en la soltería. Bueno, lo mantengo, pero ahora estoy totalmente convencida de que, con otra persona a tu lado, la supervivencia siempre será más agradable, la verdad. Con los altibajos y desacuerdos de turno, que más vale asimilar lo antes posible porque nadie se salva (algo que también he tenido que aprender), pero no hay color.

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Amor propio por San Valentín este año, porque tener pareja tampoco implica no celebrar el amor a uno mismo

En fin, hoy no he venido aquí a desperdigar mi vida sentimental en realidad. He venido a desperdigar un poco de todo, que para eso llevo unos mesecillos sin aparecer. Otro aspecto que ha contribuido a volver amena mi rutina consiste en tener un portátil propio por fin. El pasado octubre adquirí un económico Lenovo que antes de Navidad dijo “hasta aquí llegué”, y desde entonces hasta mi reciente viaje a España, porque no iba a pagar para arreglarlo cuando estaba en “garantía internacional” (internacional por los cataplines), me tuve que apañar con el portátil de mi pareja, y con su teclado francés, dicho sea de paso, dejando de lado mis queridas pérdidas de tiempo online. Bienvenidas seáis de nuevo. Obviamente el blog no está incluido pero sí era algo que, cuando estás usando el ordenador de otro, y de otro que usa su ordenador mucho, es prescindible.

Total, no voy a emitir mayores excusas, ya sabéis cómo funciona esto del blog: ahora escribo mucho, ahora te abandono, ahora me pongo nostálgica y vuelvo a escribir, y así. Y hoy tengo ganas de contaros un poco las historias que me han acompañado durante estos meses, y quizá de antes. Vamos, lo que me dé la gana.

Para refrescar la memoria y actualizarla incluso: vivo en San Diego (California) y trabajo como periodista por cuenta propia, campo en el que, por cierto, en los últimos días me han calificado de “excelente” y me han dicho que “da gusto trabajar con profesionales como yo” (tenía que decirlo, que tampoco es que ocurra todos los días)… y también trabajo en el área de comida preparada de un supermercado mexicano. Esto es nuevo, de hace casi un par de meses. Se intuye qué me apasiona y qué supone un ingreso económico extra, ¿verdad?

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Saludos desde San Diego, ciudad con arte urbano por doquier.

Antes de pasar a mis historias periodísticas y de cualquier otro tipo, he de confirmar lo que muchos puedan haber pensado: el trabajo en el supermercado es durillo. Obviamente los habrá peores pero yo hablaré de lo mío: muchas horas de pie, atención al cliente permanente y, por tanto, sonrisa obligada; 10% de los atendidos dignos de tirarles la comida a la cara (centrémonos en el otro 90%, que suele ser neutro o majete), sensación de ser un burrito humano con el olor que se impregna, esfuerzo por evitar mirar la cabeza de vaca sobresaliendo de una olla…

¿Qué pasa? Que he elegido estar ahí. He decidido asumir el reto de meterme en un curro que no me imaginaba haciendo y no negaré que el pensamiento de dejarlo no se me ha pasado (varias veces) por la cabeza. Afortunadamente, la perspectiva me cambia con el cheque de cada viernes, con el apoyo de unos compañeros estupendos, con la sensación de aprovechar mi tiempo de manera más productiva. Con, para qué engañarnos, sucesos como la propina de $5 que recibí ayer, cosa nada frecuente. Cualquier cosa que me ayude a sobrevivir y mantener mi actividad periodística es bienvenida.

Ahora, quiero hablaros de algunas de las historias que he cubierto y que más me han llegado. La palma se la lleva el relato de una mujer que lucha contra la transmisión del VIH de madres a hijos a través de la lactancia. Su organización no lucrativa, Es Por Los Niños, apoya a mujeres sin recursos, a menudo solteras, y las forma para evitar que este daño irreparable se produzca. Fue brutal reunirme con ella y que me contara su historia y su motivación para dirigir esta causa, basada en la muerte de su propio hijo.

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“Aspira a inspirar a otros y el universo tomará nota”

Esta, para mí, heroína de los pies a la cabeza que ha decidido destinar su vida a estas personas en apuros se emocionó por un momento durante la entrevista. El local donde estábamos emitía la canción “Dear Mama” de 2pac, melodía que su hijo le había hecho escuchar una vez. Me faltan las palabras para describir la situación y la admiración que me produjo esta señora, quien en aquel momento sintió la presencia de su hijo con ella, haciéndome emocionarme profundamente a mí también.

En un segundo puesto, aunque muy cercano al primero, se encuentra una víctima de violencia de género, actualmente luchadora por los derechos de las mujeres que sufren esta lacra y centrada en la comunidad latina, ya que el miedo a la deportación y a que les quiten a sus hijos convierte a este sector en gran candidato a permanecer en silencio en los Estados Unidos. Desde aquí, vuelvo a proclamar mis respetos y admiración hacia esta valiente joven que utiliza su experiencia para ayudar a otros, con el trauma que supone una vivencia así y lo mal visto que aún está hablar de ello desgraciadamente, de una terrible situación familiar, cuando debería denunciarse de inmediato.

Y así, a día de hoy, me llevo cerca de 100 historias para el recuerdo. Obviamente las hay más y menos profundas, no todo van a ser causas de vida o muerte, pero hasta las más pequeñas aportan algo, a los lectores y a mí misma. He entrevistado a actores y cantantes, he conocido a artistas de distintas tendencias, he hablado con un maestro maya, he anunciado estrenos de programas y festivales, he asistido a eventos, unos benéficos, como la entrega gratuita de regalos a niños desfavorecidos por Navidad y otros tantos, como la representación de ballet de El Gran Cascanueces Ruso. ¡Hasta he informado a la población sobre cómo evitar garrapatas!

Este año único como reportera, como me dicen por aquí, se me quedará grabado para siempre. Admito que apenas he escrito en el blog pero os aseguro que he escrito y, sobre todo, he sentido escribiendo más que en toda mi vida (que tampoco es muy larga, 27 años cumplidos en enero, pero como no veo muchas más opciones periodísticas futuras una vez se me acabe el permiso de trabajo en tres meses…). Interesados en ver parte de mis artículos pueden visitar https://mariagonzalezamarillo.contently.com/. Sí, soy fan de los portafolios, los recomiendo a todo el mundo para mostrar los trabajos profesionales.

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Regalito de una pequeña-gran persona con un pequeño-gran mensaje

Otros aspectos hacia los que me gustaría emitir agradecimientos son esas cosas pequeñas que, si cuentan con nuestra atención, también hacen de nuestra rutina un camino mucho más pleno. Véase aquel corte de pelo que una simpática peluquera mexicana me hizo, y que mentalmente necesitaba con desesperación; haber descubierto que me gusta el sushi hace un par de días; la más elaborada comida semanal que tengo desde que me mudé a San Diego con mi pareja hace un año (todo suyo el mérito), los emails informativos que me llegan de mi padre en torno a cualquier cuestión mencionada, el poder ir en manga corta durante el día, ver una serie en inglés sin problema…

Los audio-whatsapps con amigos de varios minutos poniéndonos al día, las reuniones más o menos mensuales con una fantástica familia americana de Riverside, que me ha permitido vivir todas las fiestas y tradiciones del país en su más pura esencia; mis míticas tostadas con philadelphia para desayunar (comer me hace definitivamente feliz); encontrar el regalo adecuado para un ser querido, “limpiar” el Gmail de correos, una novela entretenida, tachar en la agenda las cosas ya hechas, tener portátil propio tras tres meses, haber aprendido a hacer un buen salmorejo, soñar con viajes y planes futuros, posibles e improbables; reír por cualquier cosa, o simplemente reír…

Una larga lista.

Gracias.

La chica que tenía fotos de su accidente

He conocido a alguien muy especial aquí. Bueno, a más de una persona (aunque tampoco superan los dedos de una mano), pero hoy quiero hablar de esta chica. Llamémosle A.

A tiene actualmente unos treinta y pocos años. Tenía 22 cuando ocurrió: un accidente brutal del que cuando ves las imágenes de cómo quedó el coche no te explicas cómo la ocupante sobrevivió. Una suerte fortuita, una casualidad de las que te cambian la vida radicalmente, de las que te arrancan tus sueños y proyectos, de las que te plantan una realidad que nunca imaginaste y con la que has de convivir para el resto de tu existencia.

A tiene la columna rota. Pero camina. “Funny”, como ella dice, es decir, como cojeando y más lentamente que los demás, pero anda. Y habla. Mucho. Y se ríe. Más todavía. Es una persona que se preocupa muchísimo por la gente a su alrededor, que conversa con cualquier persona porque no cree que nadie merezca ser ignorado (esto también es un poco americano pero de eso hablaremos en otro momento), que te pregunta una y mil veces de distintas maneras si te lo estás pasando bien, y de verdad espera que te lo estés pasando bien y no pregunta por preguntar.

admiraciónConocí a A hará ya unos tres meses. Al principio no me di cuenta de la increíble pureza y fortaleza que tiene esta chica. Afortunadamente, por una razón o por otra hemos ido compartiendo más momentos que me han permitido ver a un ser irrepetible, que bromea con sus propios defectos y problemas, y que será de los escasos a los que recuerde con cariño en el futuro, un futuro incierto y borroso en el que la memoria y la experiencia habrían de actuar como lo hacen para esta risueña muchacha.

Ayer estuve en su casa por primera vez. Un piso bajo acogedor y llenísimo de cosas: cajas, fotos, películas (en DVD, grabadas en CDs y, atención, en vídeo; sí, en VHS, toda una reliquia), carteles de artistas (Marilyn Monroe, Elvis…), dos gatos que no son nada ariscos… Y Adornos. Un popurrí de Navidad, San Valentín y el próximo San Patrick; una fusión de rosas, rojos y verdes entrelazados con el negro característico de toda la casa y de la propia A.

En una de las paredes fue donde nos paramos y vi aquel coche reventado. Totalmente abollado por el medio como solo se ve en las películas o en las noticias de sucesos de los periódicos. Allí estaba, en medio de una casa. Se me encogió el corazón ante tan explícita estampa y le pregunté por qué la tenía ahí. Me respondió que le servía para que, cada vez que comenzara a lamentarse por haber cogido peso, por cómo caminaba y por cualquier cosa en general, no dejara de recordarle la inmensa suerte que tuvo de seguir viva.

Nos trajo más fotos de aquel desastre. Nos explicó detalladamente cómo sucedió. Yo ya sabía desde prácticamente el principio que tuvo un accidente y que por ello no caminaba bien, pero no es lo mismo cuando te ponen la tragedia en las narices con tanta naturalidad. Entré en una nube de admiración que me sigue aturdiendo.

Porque me resulta tan difícil a veces mirar atrás hacia ciertas circunstancias y no experimentar ese molesto pellizco en el pecho, ese del que soy plenamente consciente y al que sigo diciéndole que, en cuanto madure más y continúe trabajando en mi bienestar emocional, se podrá ir a hacer puñetas. Pero, ¿cuándo? ¿A qué espero? Me doy cuenta de que habitualmente me considero una persona bastante estable. Hasta que salen grietas inesperadas, hasta que los oscuros recuerdos se pasean por mi mente y desaparecen bajo el recurso de hacer otra cosa, de mantenerme activa. Y hasta que no controlo las circunstancias tanto como me gustaría.

accidente coche

No quiero confundiros: las vibraciones negativas me visitan bastante inusualmente. Pero a veces esto mismo las hace más fuertes cuando acuden, dentro de su brevedad, y dentro de mis ansias de aprender a ser feliz como objetivo existencial, que no es moco de pavo. Expresiones como “todos tenemos un día malo” y “es normal estar mal a veces” no me valen. No me gustan. No las veo necesarias, no me agrada excusar esas molestias mentales para permitirles aún más movimiento. Quiero mirarles de frente y decirles que les agradezco ponerme a prueba y hacerme tal y como soy hoy en día. Sin ese pellizco. Con convicción, con una sonrisa. Como A.

Naturalmente y siguiendo el dicho, a menudo la procesión va por dentro, y cierto es que tampoco menosprecio el valor de esos momentos crudos y lo inevitables y necesarios que son. Pero la alegría fingida se nota. El victimismo se ve a leguas. Me resulta curiosísimo cómo ciertas tragedias pueden reavivarte, dependiendo de ti por supuesto, y ciertas buenas noticias pueden provocar el efecto contrario. Hace poco leí que ganar la lotería crea en un alto porcentaje frustración y variados estados nocivos debido a no ser capaz de abarcar tal cambio vital. ¿Quién se lo iba a imaginar de primeras?

Así pues, hoy brindo (con mi estupendo Nesquick mañanero) por A y por las personas como ella, que encarnan ejemplos de motivación y de superación para todos los demás, y aprovecho para dedicarle también este post a mi padre, la principal figura digna de mi admiración en este mundo, y a mi madre, por el hambre que me ha inculcado sin darme cuenta desde pequeña hacia las cuestiones espirituales y emocionales, en las que cada vez tengo más ganas de sumergirme y explorar.

Que no nos falten nunca estas personas para abrirnos los ojos.

Cuando te haces mayor…

… A la vez que adoptas (o deberías adoptar) ciertas dosis de humildad y madurez para aprender, no prejuzgar, intentar no tropezar con las mismas piedras y seguir mirando al futuro con esperanza y buenas vibraciones; tus principios se endurecen, tus creencias se acentúan, tus ideas se refuerzan. Tu personalidad se va formando por fin en una única dirección. Que sí: susceptible de variar, de cambiar en un momento dado por tal circunstancia, de adaptarse, de seguir madurando y aprendiendo eternamente, bla bla bla, pero con unas bases psicológico-vitales adquiridas fuertemente para, en principio, toda la vida.

Me he dado cuenta de que últimamente he repetido bastantes veces la frase “me hago mayor…” con el objetivo de justificar una determinada forma de actuar. He dicho “justificar”, ¿eh? No “excusar”. Es decir, que si lo digo, aunque invite a reírse (puesto que cumplo los 25 años en dos semanas), lleva su buen contenido afirmativo. Así, el cerciorarme de que estoy tan convencida de tal cosa que lo elevo y aplico a la máxima potencia me hace ver cómo me voy radicalizando en mis, llamémoslo, manías existenciales. Las cuales, dicho sea de paso, no me importa en absoluto que se solidifiquen. Ejemplos prácticos:

No soporto

– No soporto la gente que me llega tarde. Me revienta profunda y dolorosamente.

– No soporto sentir el compromiso de hacer algo que en realidad no me apetece lo más mínimo. Y, creedme, que lo evito a más no poder.

– No soporto no decir lo que pienso bajo los argumentos de “hay que aceptar a los amigos tal y como son”. ¿No son mis amigos? Pues que se coman mis opiniones con papas; o “¡no le voy a decir eso, sería muy duro!”. ¿Por qué tanto miedo a la verdad? ¿No resulta más doloroso ir descubriéndola poco a poco o demasiado tarde y comprobar después todo el tiempo perdido en ello?

– No soporto los rodeos para hacer planes. ¿Tan difícil es decidir qué hacer? ¿Por qué? ¿Porque queremos satisfacer a los demás o porque a nosotros no nos satisface lo propuesto? ¿Porque preferimos no decir “sí” hasta que se acerque el momento para comprobar que realmente nos compensa?

– No soporto que me mareen emocionalmente. ¿Que sí? Bien. ¿Que no? También. Para una tipa a la que le gustan las cosas claras, cuán desaprovechada me tienen, coño.

– No soporto que la gente no aguante las verdades como puños ni el tremendismo, el victimismo, el regodearse gratuitamente en la mierda, la falta de lógica, el impune desprecio hacia lo que es realmente importante, el egocentrismo.

simplicidad

Como espero que comprendáis, obviamente no me suelo sentir afectada por este tipo de comportamientos, ya que se manifiestan cada dos por tres a mi alrededor y soy plenamente consciente de que es algo con lo que hay que convivir como ser perteneciente al género humano… Pero creo que nunca está de más psicoanalizar un poco a uno mismo de vez en cuando.

Puede que mi personalidad no me permita ser popular, tener muchos amigos, caer bien a todo el mundo y demás parafernalia sensiblera, mas me hallo tan a gusto con las personas con las que sí cuento a mi lado y, sobre todo, conmigo misma, que me sobra el resto. Adoro ser selectiva, controlar la situación y mi equilibrio emocional todo lo posible, decir lo que pienso tal y como me viene (lógicamente con cierta medida, en muchas ocasiones ni es necesario sincerarse ni viene a cuento) y que me aprecien por ello. Es estresante tener una convicción y no poderla soltar por los tapujos sociales, los fáciles escándalos intestinales, la tendencia a sentirse violentado si no acompañas tus palabras de un tono condescendiente y tus mensajes de emoticonos sonrientes.

¡Ne-na-zas, que os estáis volviendo tod@s unas nenazas!

La percepción del tiempo en Londres

Con este título, no me refiero precisamente al clima, eso no hay forma de percibirlo, o lo aceptas o permanecerás en un sin vivir diario. En cuestión de un par de horas tempranas de sábado me ha dado tiempo de despertar con un manto blanco impoluto, desayunar ante un cielo potencialmente azul y despejado y empezar este post con una nueva tanda de nubarrones por doquier. Pero vamos, que no es el tema.

Hablo del paso del tiempo. Sí, mi tema favorito (-¡Pesada!; -¡Pues vete a otro blog!). Mas no soy la única obsesionada por él en el contexto que voy a comentar. Sin profundizar en lo rápido o lento que transcurre, se trata de la diferencia en el rendimiento que se le saca según el sitio donde se haga vida. Me explico: varias veces he coincidido ya con una amiga (de respetable cerebro) en que esta ciudad, Londres (Reino Unido), se come el tiempo. Se lo traga. Lo absorbe y se lo funde cual chocolate en fondue.

Un año en Londres no es como un año en Madrid, y mucho menos como un año en Jerez (Cádiz, Andalucía, España), ciudad que sé que a muchos os gusta (la mayoría obviamente no sois de allí) pero no deja de ser mi lugar de origen, donde estuve hasta mis 18 años, seguidos de unos intensos cuatro años y medio en Madrid y del último año y tres meses en Londres. De capital en capital, me pregunto cuál será la siguiente…

London Eye

Bueno, el caso, que en quince británicos meses me da la sensación de que no he amortizado demasiado el tiempo, lo cual no implica necesariamente no haber hecho cosas, error, he hecho, y tropecientas, pero… Se presentan difusas, entremezcladas, volatilizadas, difíciles de ordenar cronológicamente. Como si hubieran pasado siglos. Las semanas se confunden, los meses se hacen semanas y mi 2012 parece una cruzada frenética repleta de emociones extremas que se cruzan y se chocan dentro de una bolsa de plástico con escapes por todos lados.

En Madrid, el tiempo también pasaba rápido pero de otra manera. Se hacían notar más los días, el orden de prioridades y deberes junto con el ocio, la clara distinción entre unas actividades y otras, los planes, los viajes, las amistades. Sí, la gente. Más profundidad en general, más inmersión en el estilo de vida y las relaciones sociales. Zambullidas totalmente intencionadas y considerablemente controladas, todo lo contrario que en Londres: un torbellino de caras que se esfuman antes de aprenderte sus nombres.

Cibeles Madrid

En Jerez… A su ritmo. Muy a su ritmo. Calma chicha, tirando a pachorra. Vida “simple”, se le podría llamar. Pocas preocupaciones, ilusiones rápidas que se iban tan rápido como venían sin dejar huella psicológica y percepción total del paso de las semanas y de los meses, con su separación clara entre los periodos de obligaciones y las vacaciones. Esas Navidades, que con el tiempo cobran mayor importancia en cuanto a reunirme con mi familia, y esa feria, que nunca me ha importado demasiado y que, por cierto, justo ahora está presente en Jerez.

Sí… Por allá andarán colegas de todas las corrientes dándole al rebujito y derivados. Da igual cómo sean, cómo piensen, en qué círculos se muevan o incluso que no les guste la feria: todos estarán allí. Porque es lo que toca, lo que pega, la excusa para salir de casa y arrejuntarse bajo un sol de casi treinta grados y porque es de los pocos eventos que hacen de la ciudad gaditana un sitio realmente emocionante. ¿Nostalgia? Psss, en verdad no, estoy tela de a gusto recostada y escribiendo en este momento, regodeándome felizmente en mis queridas inquietudes.

Calculo que tampoco tenía yo tantas neuras mentales por aquel entonces. Es posible (jé, muy probable) que sencillamente me esté haciendo mayor. Dicen que, a partir de los 25, los saltos temporales son brutales. Tengo 24 pero vamos, lo mismo da. Y la verdad es que, una vez superado el miedo a la tan mencionada fugacidad existencial, resulta de lo más interesante apreciar en mí misma mi cambio de actitud del año pasado, un incombustible non-stop, al actual, consecuencia directa del anterior sin duda. Un 2013, por tratar de definirlo:

Más comedido, centrado, insatisfecho, inconformista, previsor, en búsqueda (por fin en serio) del enriquecimiento personal a través de esa larga lista de actividades intelectuales y físicas pendientes que tantos tenemos. Y la particularidad del asunto no radica en mi mutación como tal sino en que, a pesar de él… Londres se sigue tragando el tiempo, incluso a mayor velocidad.

Foto retrato Maria G AmarilloPero bueno, ¿qué se le va a hacer? Mi madre siempre me dice que el hecho de que se me pase tan rápido significa que lo estoy pasando bien/no lo estoy pasando mal/estoy aprovechando el tiempo. Estoy de acuerdo pero insisto en que me hago vieja, lo veo, y estoy plenamente convencida a través de mi experiencia de que cada lugar se bebe el calendario a un ritmo determinado. C’mon, you are a baby! (“venga, ¡si eres un bebé!”), me dicen a menudo. Que sí, que sí, pero eso no me hace dormir mejor o creer en los príncipes azules.

Total, así estamos, de tránsito experimental por la vida. De cachondeo con mi mente, básicamente. Pero antes de cerrar este capítulo, me apetece comentar que ayer disfruté de una fantástica hora de conversación por Skype con mi hermano mayor y, a pesar de la diferencia de edad (tres añitos, tampoco es que sea mucho) y circunstancias particulares de cada uno, cabe destacar que curiosamente nos sentíamos igual en cuanto a nuestras reflexiones varias actuales. Resumiendo: la dicha lista eterna de cosas que nos gustarían hacer ha quedado relegada a un vigésimo sexto plano, lo que viene a ser el interior del contenedor de la esquina, y queremos seguir el ejemplo zen de nuestra madre (todo un reto, creedme):

Vivir el día a día, no pretender abarcar más de lo que podemos o de lo que nos pide el cuerpo, ser selectivos y hacer balanza entre lo que es realmente importante y lo que no. Dejar de luchar contra nosotros mismos, agonías que somos, y de imponernos deberes que nos las traen al pairo. Tanto documental gafapasta descargado cuando lo que apetece es ponerse un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre y a tomar por saco, hombre. Fluir en armonía con el universo y nuestras posibilidades, haciendo de nuestro objetivo el equilibrio emocional.

Entonces, mi padre me diría: “ahora traduce todo esto al inglés”.

No hay huevos 😦

Un año en Londres

Me encuentro en un momento de paz y armonía conmigo misma (y tirada en la cama cual marmota), así que mejor aprovecharlo antes de que se esfume. No es que me considere de naturaleza agitada pero si hay un sitio donde puedas permanecer mes tras mes sin parar, saltando de plan en plan, ese es Londres. Una ciudad alucinante, con sus ventajas y sus inconvenientes, parte de los cuales dependen de la mentalidad de cada uno, desde mi punto de vista.

¿Cara? Naturalmente, de las que más, pero también es cuestión de indagar un poco y hacerse con un alquiler aceptable y unas compras de primera necesidad económicas, cosa que no resulta de gran dificultad disponiendo de algún mercadillo por los alrededores, que no son pocos, y algún centro comercial con tiendas tan maravillosas como el Poundland, entre otras. Si ya te metes en movidas mayores como hipotecas e hijos, me callo.

No obstante, hoy no he venido aquí a luchar por la capital británica sino a comentar mi propia experiencia habiendo transcurrido nada más y nada menos que un año desde que llegué. Ya era consciente de esto pero aún más lo he sido al ordenar un cajón cualquiera de mi habitación y encontrarme con lo siguiente.

Billete avión

El primer billete de avión invertido en mi cruzada británica. El primero de unos cuantos que le seguirían posteriormente, y ya si cuento los de tren y autobús, apaga y vámonos. He comentado alguna vez que admiro a la gente que coge su maleta y se lanza a la aventura (la mayoría de los casos tampoco ha tenido otro remedio). Yo no soy así: contraté a una agencia para que me buscara las prácticas y el alojamiento. Qué queréis que os diga, cuanto más cómodo me lo pusieran, mejor. Total, las iba a pasar putas igualmente en los inicios.

Un primer mes y pico de inseguridad, incertidumbre, altibajos. Cuidado, nada de arrepentimiento. ¿Para qué, si el cambio era consecuencia directa de la decepción hacia un país que no me daba trabajo ni a la de tres? ¿Y qué somos sin una ocupación determinada, por mucho que nos guste el sofing? No obstante, no vine con perspectivas de volver en cuanto mejorara la cosa (para lo que, de todas formas, queda un tiempecillo), más bien con una visión plenamente abierta. Podría volver en unos años, décadas o nunca, no albergo especial apego a España, lo tengo hacia a la gente, que es la que me hace moverme y tener ganas de regresar a mi tierra por unos días cada pocos meses para recuperar el calor familiar y de las amistades de toda la vida (o quizá algo más recientes pero igual de importantes para mí), y sobre todo para despejarme del frenético ritmo de vida londinense, aunque al final nunca descanse mucho como tal.

¿Por qué insisto tanto en calificarlo de frenético? Porque, a menos que pongas especial empeño en aislarte, vas a tener ocupaciones día sí y día también. Ya sean museos, musicales, cervezas, exposiciones, visitas de amigos, cenas, obras teatrales, viajes y un sinfín de posibilidades, aparte del tiempo de vida que te ocupe tu trabajo, claro está. ¿Que Londres es caro? Sí, pero creo que el acceso a toda esta corriente artística y cultural compensa con creces, y más teniendo en cuenta que una parte considerable de ella es gratuita, solo hay que saber encontrarla. Me ha venido de bien acostumbrarme al café para suplir horas de sueño… ¡Qué escaso descanso pero cuántas anécdotas para el recuerdo!

café dibujo hoja

Pues eso, que tras un primer mes y pico de inestabilidad emocional absoluta, las cosas de repente comenzaron a encarrilarse. Mucha más confianza en el trabajo, gracias a unas compañeras fantásticas, todo hay que decirlo; una segunda y última mudanza a la residencia que se convertiría en mi hogar hasta ahora, y donde me hallo totalmente a mis anchas; el establecimiento del sano hábito de cocinar mucho más a menudo y la forja de lazos amistosos más fuertes, junto con esa aparente simple pero ardua tarea mental de adaptarse a las costumbres y horarios británicos. Todo este conjunto daría lugar a una experiencia de lo más apacible y excitante a la vez, en la que sigo inmersa sin fecha de caducidad a la vista. Y habiéndome apuntado al gimnasio por fin, con un par.

Ni el clima me ha amedrentado ni la comida me ha afectado especialmente. Tampoco es que lleve mis raíces españolas en vena clamando por jamón serrano y un sol de infarto, la verdad, pero sí que debo destacar el verano como periodo especialmente intenso, y no por la mejora meteorológica, aunque el desarrollo de la estación se viera altamente favorecido por ella, sino por todo el movimiento turístico que conllevó. A ver, yo viajaría en invierno también pero la gente prefiere el verano, qué se le va a hacer.

El pasado 29 de octubre pasé a ser una auténtica empleada en mi empresa. Algo habrán visto en mí (¡já!). Indescriptible la sensación de dejar de ser una becaria, aunque tampoco me sentí como tal durante los primeros 9 meses. A la vez que tampoco veo tan fácil verse como una auténtica empleada recién contratada tras haber estado de prácticas, sigues siendo un poco multiusos pero bueno, creo que unos cuantos me entenderéis y supongo que también dependerá de la experiencia personal de cada uno. Que conste que habré servido cafés tres veces como mucho en todo este tiempo, y tampoco este tema está tan mal visto por aquí, todo el mundo se ofrece diariamente a traer algo a los demás. Total, que me enrollo, el caso es que me encuentro a gusto en mi ámbito laboral, que no es moco de pavo.

Y aquí estoy, medio en shock, tratando de asimilar que realmente ha pasado un año. Un año en el que he me he curtido muchísimo, me he probado a mí misma, he conocido a una inmensidad de gente, he sufrido y he sido feliz. Y sigo sintiendo que me queda una eternidad por experimentar.

Cuanto más se vive, más se quiere vivir. ¿No es así?

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

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