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Posts Tagged ‘maltrato’

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

Lacra en auge: el “bullying”, acoso escolar

Relato ficticio (o no tanto). Autora: María González Amarillo.

Pedro se despertó, como cada mañana, preguntándose si sucedería algo en aquel día que cambiara su vida. Cualquier cosa. Lo mínimo para no llegar a clase y que volvieran a atosigarle, como cada día desde que había empezado el curso hacía ya cinco meses. Ni el parón vacacional de Navidad había conseguido frenar lo más mínimo aquel aluvión de maldad sobre su persona.

Se lavó la cara y se vistió con lentitud, procurando disfrutar del momento, tratando incluso de alargar los minutos que precedían a su tortura diaria. Desayunó y procedió a caminar los 15 minutos del camino hacia el colegio, a buen paso y con la música en los oídos, intentando no pensar, no recordar, no esperar.

Nada cambió aquella mañana. Nada más atravesar las puertas del aula abarrotada, puesto que solía llegar a lo justo a pesar de vivir tan cerca, allí estaban. Los cuatro fantásticos. Los cuatro gilipollas, más bien, atentos a su llegada para provocarle. El más chulo, cómo no, se acercó y le zarandeó agarrándolo de la mochila. Pedro se resistió lo mínimo para no caer al suelo, pero hubo de dejar que se la arrancaran y pisotearan.

“Ignórales, ya se cansarán”, le habían dicho sus padres más de una vez. Pero jamás cesaban en su empeño por amargarle la existencia. Ni sus silencios, ni su resistencia, ni sus quejas a los profesores habían servido de nada. Su tutor se había limitado a llamarles la atención. Ni un recreo les sancionó siquiera. Hasta en una ocasión, el mismo maestro le reprochó a Pedro el que protestara tanto, lo que le abatió, a la vez que enardeció, por dentro aún más.

Desesperanzado, abatido, se sentó en su silla hasta que dejaron de darle un repaso a su mochila y se la tiraron a la cara. Las grises huellas de las pisadas recorrían toda la superficie. Se puso colorado de furia y de impotencia pero, como siempre, permaneció en su mudez.

Vuelta para casa. Un terrible día más. Después de otro espantoso y antes de otro que se preveía igual de horrible. No se habían contentado esa mañana con mancillarle su mochila favorita, sino que también le habían tirado el estuche, obligándole a recogerlo para volver a hacérselo caer varias veces. Algún coscorrón en la cabeza tampoco había faltado, incluso un mal golpe en el ojo, tras el cual habían fingido que fue sin querer, librándose una vez más de la sanción que se merecían.

“No puedo más”. Pedro recorría aquellos 15 minutos con más lentitud aún que a la ida al colegio, preguntándose por qué, imaginándose que se desplazaba un par de metros hacia la derecha para que le atropellara el autobús que estaba a punto de pasar.

Pero no lo hizo. No era capaz. No quería huir de la vida, todavía cabía la esperanza de que le podía aportar muchas cosas. Pero aún no, ni al día siguiente ni durante todo el año, concluía cabizbajo mentalmente. No podía imponerse a los cuatro, cada uno de ellos era más alto y fuerte que él. Y ya entre los cuatro si le daban una paliza no podía ni imaginarse cómo quedaría, además de añadirle más humillación a su vida. Entonces, tomó una decisión.

Por la noche, le dio un beso de buenas noches a sus padres, como siempre, y se acostó. Durmió mejor que nunca, mejor que en los cinco meses anteriores. Se sumió en un sueño dulce y profundo, sin pesadillas por fin. Al sonar la alarma, la paró rápidamente. Se vistió con el mismo pausado deleite de cada mañana, recreándose en cada botón que abrochaba, pero con una mirada mucho más reflexiva, determinante, segura.

Después de desayunar, más temprano que de costumbre, Pedro entró al despacho de su padre, quien pertenecía al cuerpo de policía nacional, y abrió su cajón privado. Estaba terminantemente prohibido escrutar el contenido de dicho cajón, pero él sabía lo que contenía. Se tomó su tiempo para considerar la magnitud de sus actos y, con decisión, agarró finalmente la pistola de servicio de su progenitor. Comprobó que estaba cargada y partió, pasando por unos 15 minutos diferentes a todos los anteriores, relajados y excitados a la vez, casi a cámara lenta. Llegó al colegio, admiró sus grandes puertas, dirigió los ojos hacia el cielo, pidió perdón a sus padres, lanzó un último suspiro y accedió al edificio.

No hubo tregua. El gesto burlón de los cuatro fantásticos se tornó en una expresión de terror absoluto que no tuvo ni tiempo de manifestarse más de 3 segundos, durante los cuales Pedro desenfundó su arma y pegó un tiro a cada uno de ellos. No erró ninguno. Ya que lo hacía, iba a matar. Las películas de acción le habían servido para algo, aunque estuvo a punto de desequilibrarse de la fuerza que desprendía el instrumento mortífero. Optó porque en su viaje a la muerte acompañaran un par de compañeros más a los cuatro capullos que jamás se habían dignado a defenderle, es más, les habían reído las gracias, aunque él sabía que lo hacían por borregos, por no sentirse excluidos de la manada, para que no los eligieran a ellos como objetivos alternativos.

Ante el ruido de los disparos y el griterío inmediato que se había levantado por toda la clase, el tutor entró precipitadamente en el aula. También se llevó su dosis, aunque tardó algo más en morir. Un tiro no tan limpio. “Joder, Pedro”, se dijo a sí mismo. Se acercó al cuerpo languideciente del profesor y, devolviendo con dureza la mirada a unos ojos desorbitados y agonizantes, aprovechó para pronunciar con los labios sin emitir sonido: “debisteis hacer algo”. Y lo remató. Con la intención de que no sufriera.

¿Quién tuvo la culpa del desenlace en esta historia?

No siempre hay un final feliz. Sobre todo fuera de Hollywood.

Acaban de pegar a una mujer

Puede que sea un título algo tremendista, pero para nada lejos de la realidad. Hace una semana y poco, una mujer lloró a mi lado en el metro. Me quedé petrificada, no sabía qué hacer, y no me habría dado cuenta si no hubiera llegado a mis oídos un sollozo entre canción y canción del iPod. Pero no le dirigí la palabra. Lo pensé, me entró bastante ansia, experimenté de todo… mas no llegué a decirle nada, solo esperé a que el trayecto terminara rápido.

Cuando ves a alguien llorar, lo único que puedes deducir es que debe de necesitarlo mucho como para hacerlo en público (o tener ganas de llamar la atención, posibilidad tan válida como cualquier otra), pero no sabes si querría recibir algún consuelo o que le dejaran en soledad. Probablemente, lo más correcto habría sido preguntarle algo a la pobre mujer, solo que me pudo el pensamiento de que quizás la incomodaría mucho más. Se cubría el rostro, cabizbaja. ¿Qué habríais hecho vosotros?

Esta situación me recordó a una tarde situada escasos días antes, cuando tuve una conversación telefónica con una amiga. Una de sus primeras frases fue “le ha pegado”. A su novia. Un año y pico de relación aproximadamente. Muchos celos y ningún motivo para tenerlos. ¿Qué dice la chica? “Dos bofetadas, no fue nada”. Según mis últimos datos, por suerte se acojonó lo bastante como para poner tierra por medio.

Veamos… ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento se cumple con la definición de “maltrato”? Dicen que el maltrato psicológico es peor que el físico. Yo creo que tanto uno como otro te destruyen de igual manera. El psicológico duele como una sarta de guantazos, y el físico te mina el cerebro de mierda. En fin, entonces, como íbamos diciendo, ¿cuántas bofetadas hacen falta para cruzar la línea? Yo os lo diré: media.

Me horroricé cuando me lo contó. Rogué (rezar poco) por que esa muchacha pensara, reflexionara, actuara en consonancia con el respeto que su vida y su integridad merecen. Por ahora, está perfectamente decidida. Sigamos rogando para que no se arrepienta, no entre en paranoias, no quiera volver. Porque tras las peleas verbales y las primeras “dos bofetadas de nada”, bien puede venir el pico de una mesa en la frente o un puñal en el pecho. ¿Demasiado explícita? Realidades como templos, señores.

Ayer, en otra ciudad, otro ambiente, otras circunstancias y con distintas compañías, me volvieron a decir que habían pegado a una chica hacía poco. Sigo sin concebir el derecho con el que se cree nadie de asestar un golpe a otro ser humano. Repudio el feminismo exacerbado, pero ante esta perspectiva tampoco me extraña que un determinado grupo de mujeres decidan intentar tomar las riendas de la sociedad de ese modo. No se trata de poner al género gemenino por encima del masculino, en superioridad infinita e idolatrada; no creo que necesitemos en absoluto que se nos trate “como a reinas”, pero… ¿Qué tal si empezamos a procurar ser simplemente personas?

A esas chicas las conozco de muy poco. A una de una sola noche. Tiene una sonrisa preciosa y una alegría la mar de contagiosa. La segunda es algo más cercana, aunque prácticamente igual de desconocida. Vivaracha, agradable, igual de risueña. Y yo me pregunto… ¿y los miles de millones que no conozco? ¿Y las que no sonríen tanto? ¿Las que están encerradas? ¿Las que continúan fingiendo una felicidad inexistente? ¿Las que permanecen atrapadas en un bucle tortuoso del que no son ni conscientes? ¿Las que lo asumen como algo natural? ¿Las que no conocen el cariño ni creen merecerlo?

¿Cuántas de las que he tenido sentadas a mi lado habrán sido golpeadas? ¿Cuántas desconocidas? ¿Cuántas conocidas? ¿Cuántas amigas? … ¿A cuántas ni siquiera se les ve nunca el rostro, sumidas en su dolor, escondiéndose de las miradas, u obligadas a ocultarlo (ya sea de manera psicológica o estéticamente)? … ¿A qué nivel ha quedado la expresividad de las lágrimas? ¿Y el tono de los moratones? ¡Ah! Sí, a la altura del betún del zapato, idónea para darles puntapiés.

Lo más espeluznante es que, mientras me estás leyendo, en este preciso momento, otra mujer está siendo golpeada (probablemente más de una) en este mundo. Y, hasta que esto no cambie, a mí la sociedad nunca me parecerá ni avanzada ni “moderna” ni “contemporánea” ni nada, por muchos títulos que se le quiera poner y por mucha ciencia y tecnología que se estén desarrollando.

Porque, cuando la parte social del ser humano falla, todo lo demás solo sirve para despistarse de su propio horror.

Teleasistencia denegada por “nivel de riesgo bajo” = mujer asesinada

Maltrato.

Sufrimiento.

Fuerza.

Decisión.

Denuncia.

Orden de alejamiento.

14 meses de cárcel…

…incumplidos por asistir a “un curso de igualdad”.

Dos delitos de amenazas.

Un ‘delito de maltrato simple’ (y yo me pregunto: ¿cuándo se pasa del simple al grave exactamente?).

Sentencia.

Pena de prisión de dos años…

…suspendida por el cumplimiento del curso de igualdad mencionado anteriormente.

Trámites de separación.

Orden de protección en vigor.

Teleasistencia móvil para víctimas de la violencia de género DENEGADA…

…por “NIVEL DE RIESGO BAJO”.

Martes 15 de febrero, Málaga.

Apuñalada.

37 años.

‘Ataque brutal’ (palabras de un testigo).

Hacha y cuchillo.

Al cuello.

Ni unos pasos más.

Una vida menos.

Una hija. De cinco años.

Once mujeres asesinadas en lo que va de año…

…Y única mujer que había presentado una denuncia previa.

Esperanzas, sueños, expectativas, ansias de liberación… Todo roto en un hachazo a la yugular, un egoísmo jodidamente cruel e incomprensible y una gestión social protectora de lo más pésima.

Lo que se traduce en…

Valiente hijo de la grandísima PUTA, valiente MIERDA de justicia, valiente BASURA de atención a las mujeres maltratadas y valiente BAZOFIA de sociedad, de mundo y de humanidad.

Para una sobre la que ninguno de estos terribles argumentos valía…

Por S. M. G. A.

No te quiere

Si te insulta,

si te aisla,

si te grita,

si te pega,

si no te deja libertad,

si no te permite tomar tus propias decisiones,

si derramas lágrimas en vez de sonreír,

si de cada tres días, dos estáis mal (o uno, que también basta),

si te encierra,

si no quiere que estés con tus amigos,

si te prohíbe salir,

si no concibe que estés con nadie que no sea él,

si te vigila,

si te interroga,

si no confía en ti,

si pierde los estribos,

si te chantajea emocionalmente,

si te amenaza,

si la felicidad con él va por tiempos,

si las peleas también van así,

si…

No es por tu seguridad. No es porque “te quiere”. No es para que no te pase nada.

Viviendo en esa situación, precisamente no te puede pasar nada… porque no vives. Eres una muerta en vida. Un cadáver andante (si te permite caminar), triste y enjaulado.

Y lo peor es que, en realidad, la única y principal culpable de esa cárcel… eres tú misma.

El caso es… que, al menos, encuentres la llave lo antes posible.

Antes de que sea demasiado tarde.

Tarde para experimentar el amor de verdad.

Para intentar ser feliz.

O incluso para volver a despertar.

No vuelvas a tocarme nunca

– No vuelvas a tocarme nunca.
Las palabras flotaron por un instante en el aire mientras él continuaba paralizado por lo que acababa de hacer y ella no le dirigía la mirada por no dejar caer un odio tan intenso, a la vez que se frotaba la mejilla colorada.
Al principio todo fue maravilloso. Se conocieron, salieron juntos, compartieron muchos momentos, pasearon, viajaron, cantaron, bailaron… Se enamoraron.
De repente él empezó a ser más controlador, los celos aumentaron y sus ansias de posesión crecieron a un ritmo vertiginoso. La relación cambió, comenzaron las discusiones, los gritos y las peleas. Él no soportaba que ningún hombre se le acercara y ella tuvo que dejar a sus amigos. La monotonía se implantó sobre ellos, él no quería dejarla sola en ningún momento y no siempre había de lo que hablar, por lo que desembocaban en una nueva disputa. Ya ella no sabía si continuaba con él porque lo quería o simplemente para no desechar tan fantástico pasado e intentar recuperarlo. Pero cada día iba haciéndose más complicado y no sabía si aguantaría mucho más. Los buenos momentos eran los mejores, aquellas palabras y caricias componían todo lo que una mujer desea oir; los malos momentos no podían ser más tormentosos. Y aún no llegaban al medio año juntos.
A los 6 meses de relación, él organizó la más bella cena íntima que se podía imaginar. La llevó a uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad y le tapó los ojos dulcemente con un pañuelo de intenso color rojo. Cuando ella pudo mirar, se le presentaba una sala iluminada a la media luz de unas velas en cuyo centro se encontraba una mesa redonda con un ramo de las más variadas flores conocidas, colocadas en una simetría perfecta a lo largo de la superficie del blanquísimo mantel plagado de criaturas fantásticas bordadas a mano. Pero lo que más la emocionó fue el camino formado hacia la mesa, que consistía en el blanco mármol del suelo cercado a ambos lados por cientos de jazmines que a su vez rodeaban la mesa.
Él le cogió la mano y ella avanzó hechizada por tal pulcra visión hacia la mesa. Al instante las flores fueron recogidas y sustituidas por deliciosos manjares que sin duda llevaban a la convicción de que la comida es uno de los placeres afrodisíacos. Una vez acabado el postre, dulce helado de vainilla con trocitos de caramelo, almendra y fresa cubierto de crema de chocolate y licor de mora para terminar, salieron de la sala con una última fascinada ojeada por parte de ella hacia los jazmines, su flor favorita.
En el exterior corría una suave brisa y él rodeó los hombros de ella con su chaqueta. Ella se lo agradeció pero alegó que ya iba siendo hora de volver a casa pues sus padres no la esperaban tarde, mas él insistió en que lo acompañara al menos a dar un paseo. Llegaron a las puertas del inmenso parque del ala este de la ciudad, el cual era precioso a la luz del día pero por la noche resultaba un tanto tétrico envuelto en una completa oscuridad. Él la empujaba suavemente hacia el interior y ella se dejaba llevar motivada por la conversación. Cuando se dio cuenta de dónde se encontraban, se alarmó y le pidió enseguida que volvieran, sus padres se preocuparían de un momento a otro, pero él comenzó a abrazarla fuertemente sin permitirle apenas movilidad y empezó a colmarla de besos y caricias por todo el cuerpo, sin ningún reparo en sus palabras. Se empezó a sentir realmente asustada cuando él la hizo sentarse en la hierba y advirtió el brillo desaforado de sus ojos, negros como el azabache, y el terror ya la acechó al notar las manos de él buscando la forma de desatarle el vestido. Pidió y suplicó pero él la ignoraba mientras la atosigaba más en su ferviente búsqueda de las puertas de lo desconocido y anhelado desde que la conociera hacía medio año. Cuando ella se veía a expensas de encontrarse medio desnuda en cuestion de segundos trató de liberarse pero la presión del cuerpo del otro no le permitía apenas un respiro. Al tercer intento él la zarandeó violentamente tal como si fuera un muñeco, impaciente por alcanzar su objetivo, y ella no pudo más que pegar el más atemorizado y mayor grito de toda su vida dejándolo de piedra y pudiendo al fin incorporarse y salir corriendo hacia la salida del parque.
Corrió y corrió, dejando atrás las llamadas de él y pensando solamente en llegar a su casa sana y salva. Llegó, se alegró de que sus padres ya se hubieran acostado, subió a su cuarto y comenzó a llorar desconsoladamente hasta que no pudo más. Gruesas lágrimas corrían por su rostro desfigurándolo y haciendo correrse tanto la pintura azulada de ojos, acorde con sus iris increíblemente claros, como el carmín de los labios que ahora temblaban sin cesar. Era primavera pero el contacto con el agua fría le hizo estremecerse a causa de varios escalofríos que le recorrieron todo el cuerpo, recordando los recientes momentos pasados. Al volver a la habitación, apreció varias llamadas perdidas en el móvil, todas de él, y lo apagó para acurrucarse en la cama, en posición fetal como a ella le gustaba cuando se sentía mal, y tratar de conciliar un sueño cuya llegada se hizo eterna, pero finalmente lo hizo.
Al día siguiente se levantó, aún sobrecogida pensando en la noche anterior, pero decidida a olvidarlo. Tomó un buen desayuno y determinó que no vendría mal un paseo de media mañana bajo aquel espléndido sol primaveral.
Recorriendo todavía su propia calle, él se le apareció a través de las puertas de la heladería a la que solían ir los domingos. Alarmada, pretendió girarse y volver a toda prisa pero él la alcanzó y no cesó de pedirle disculpas rogándole una y otra vez que le perdonara por su imprudencia y brutalidad, que no volvería a suceder y que no podía vivir sin ella. Entonces, tras una larga e incómoda pausa en silencio, accedió a concederle el perdón y en unas horas la situación volvió a ser como antes o casi… Pues lo pasado era irreversible.
Pasaron los días y ella no quería volver a estar tan controlada. Así se lo dijo y él respondió que de acuerdo, pero en su interior los deseos bullían como el agua hirviendo. Se propuso no atormentarse, el momento llegaría a su debido tiempo, no debía volver a forzarla o la podría perder… Pero ella había vuelto a reencontrarse con sus amistades y comenzaron una vez más las discusiones, seguidas de peleas. Un día, cercano a los 8 meses, él ya no era capaz de soportar más sus celos y surgió tal disputa en la pareja que ella le pidió un tiempo para pensar si realmente valía la pena continuar aquella relación. Tal posibilidad lo dejó helado y, considerando que no se merecía aquello, trató de mantenerse calmado, pero después de pasadas tres semanas sin verla la llamó y ella aceptó su proposición: quedaron para ver una película en casa de él por la tarde y allí fue. Lo que no sabía era que la casa estaba sola pero se tranquilizó al ver la franca sonrisa de él y el vídeo preparado.
A mitad de la película él empezó a darle besos y ella le correspondió fríamente porque aún se sentía insegura, pero al momento él se confió y fue desatando poco a poco la furia que había contenido en esas tres semanas sin verla. Ella se levantó de un salto y le preguntó que qué estaba haciendo y le recordó que le había pedido un tiempo.
– ¿Qué estoy haciendo, eso es lo único que tienes que decirme? ¿Por qué me haces sufrir así? ¿Cuánto he de esperar para que todo vuelva a ser como antes? – le gritó él mientras se acercaba a ella, la cual quedaba rezagadadamente apoyada en la pared.
– ¡Déjame en paz! – respondió ella – Esto no puede seguir así, no puedes decirme ahora cuánto sufres porque me has demostrado que lo único que te preocupa es echar un buen polvo y tus artimañas no van a funcionar conmigo pues yo no voy a hacer ahora nada que no quiera, así que haz el favor de no acercarte más a mi.
– Vamos, tranquila. – susurraba él mientras se aproximaba cada vez más – No nos pongamos nerviosos, solo es una mala racha, como cualquier otra y…
– ¡He dicho que no te acerques! ¡Aléjate de mi, pervertido!
– ¡No me llames pervertido sin razón! – exclamó, agarrándola por los brazos.
– ¡¡Suéltame, quiero irme de aquí, suéltame, degenerado!!
La cara de él se tornó súbitamente en una macabra expresión.
– ¡¡¡A mi nadie me llama degenerado así como así!!! – vociferó a la vez que le asestaba una brutal bofetada de puño cerrado en la mejilla derecha que la tiró al suelo del impacto.
Aquel instante quedó congelado para ambos y aquí está el inicio del fin. Ella se incorporó torpemente y él, totalmente apabullado, fue a acercarse pero el brazo extendido de ella con total determinación le hizo detenerse…
– No vuelvas a tocarme jamás en la vida. – volvió a afirmar.
Volvieron las súplicas desesperadas de él a recaer sobre ella pero ya no habría oportunidad que valiera. Con la mirada perdida, ella se limitó a pedirle que le escuchara con atención:
– No solo me has faltado al respeto sino que has agredido mi integridad personal. Me alejaste de mis amigos, cortaste relaciones amistosas que acarreaban años de confianza y yo te seguí como una imbécil. Tus celos me han atormentado a lo largo de estos meses como nada lo ha hecho en el mundo, intentaste quitarme mi virginidad a la fuerza y ahora me has golpeado… ¿Y pretendes que te perdone y todo vuelva a ser como antes? ¿He de perdonarte por este tortazo con la esperanza de que no se volverá a repetir? Disculpa pero… No, de disculpas nada, atiende a lo que te digo porque será lo último que escuches. Si has sido capaz de hacerlo ya, perfectamente lo eres de volverlo a hacer y yo no he nacido para estar a tu merced ni ser controlada por una persona que solo piensa en si misma. Mi destino no es complacerte en tus deseos por mucho que digas que me quieres y no estoy dispuesta a soportar que me traten como a un ser inferior al que se le puede asestar un guantazo cada vez que le venga en gana al vicioso de turno, así que atente a las consecuencias y tenlas muy en cuenta para no cometer el mismo error con otra chica, porque yo para ti ya no existo, y no pretendas impedírmelo porque entonces me haré cargo de que acabes el resto de tu larga vida entre las paredes de la más lúgubre cárcel que no haya tenido el valor de aparecer en tus peores pesadillas.
Tras este discurso, ella salió de la casa dejándolo patidifuso para comenzar, aunque fuera con un revés en la cara, una vida nueva en la que ella eligiera con quién estar, cuánto tiempo estar y sobre todo, una vida en la que dirigiera con energía sus criterios imponiendo el respeto que se merecía como ser humano y mujer que era.

(Redactado el 06/04/2006 y rescatado de uno de mis baúles de recuerdos: el space)

Lo chocante es escribir sobre algo a los 17 años sin haberlo vivido y tiempo después experimentar cosas similares o iguales… y posteriormente, pasada otra considerable temporada desde esto, encontrarse con aquellos textos.

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