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El pánico gratuito y la confianza en uno mismo

Sí, sí, ese pánico que nos ataca más o menos constantemente, dependiendo en buena parte de la personalidad de cada uno aunque igualmente extendidísimo. Ese pellizco en el pecho debido a la incertidumbre, a la inseguridad, al miedo, a la vergüenza, al reparo y a todos esos sentimientos negativos que, en resumidas cuentas, no nos permiten gozar de una existencia plácida por mucho tiempo… Oh, un momento, ¿no nos lo permiten o somos nosotros los que les estamos dando banda ancha para importunarnos?

Porque, sinceramente, llega un punto en el que la mente les coge el gusto y es que no para. Y otra preocupación por esto, y de nuevo ansiedad por aquello, y una mala cara después por lo otro… No tiene sentido. No tiene el más mínimo sentido cuando normalmente hasta se solucionan por sí mismas. Y si resulta que no y hemos de solucionarlas nosotros pues no estaría mal tomarlas como los escalones que necesitamos para ascender en esta vida, en lugar de constantes contrariedades que “quieren fastidiarnos”.

2015-05-14 20.27.57El problema es cuando de repente me llega un mensaje al móvil como el que podéis ver en la imagen (un “aviso de riadas en mi área hasta las 10:30 de la noche” que me recomienda “evitar zonas inundadas” y comprobar qué dicen los medios de comunicación locales, enviado por el Servicio Nacional del Clima: National Weather Service, NWS) y justo me encuentro en casa esperando a mi novio. ¿Qué pasa entonces? Que, en vez de pensar como cualquier persona con la cabeza en su sitio que el chico tendrá más trabajo de la cuenta, una empieza a imaginarse una escena de película en la cual el susodicho debía de estar conduciendo de vuelta cuando le habría caído una tromba de agua espantosa, haciéndole perder toda visión de la carretera y hasta provocando que el coche se deslice por la misma mientras que se forma una riada de mil demonios que termina por arrastrar el vehículo a lo largo de cuestas repletas de agua, tierra e incluso algún ciervo hasta precipitarse por un acantilado. Y yo en casa sin enterarme de nada.

Hasta que cruza la puerta y esta inepta ha pasado un mal rato gratuitamente. Este es el pánico del que hablo. Obviamente la descripción del hecho catastrófico ha sido exagerado: las cuestas hacia abajo en San Diego no te llevarían precisamente a unos acantilados y no sé yo si hay ciervos por la zona pero claro, estás a diez mil kilómetros de tus seres queridos y para alguien que se ha metido en tu vida más de la cuenta y sin esperarlo en California, va la tierra del sol y le da por llover un océano sobre la hora a la que sale de trabajar, que ya es mala suerte también (aunque dicho océano tampoco es que se viera a través de la ventana precisamente).

Toda esa angustia me pertenece exclusivamente a mí y a mi falta de capacidad para llevar con calma determinadas situaciones, y mira que soy tranquila a menudo pero nada como la incertidumbre para acojonarme. Y eso no puede ser, ¿por qué? Porque en la vida una incertidumbre va detrás de otra. Y de otra. Y de otra. Y nunca se acaban. Así que mejor procurar llevarlas de otra manera. Las incertidumbres, los imprevistos, los cambios de planes, los problemas en sí, las rupturas, los desacuerdos, las discusiones. Lo que no podemos controlar que suceda pero sí en buena medida nuestra reacción y actitud hacia ello.

confianza en uno mismoAyer me ocurrió algo parecido. No en el tema pero sí en la sensación: confesé a uno de mis mejores amigos una serie de pensamientos que me corroían el alma acerca de su situación actual. No os preocupéis, no se dedica a nada turbio, simplemente me preguntaba si era realmente feliz o no, a muy grandes rasgos. Pues me puse más nerviosa que un hipocondríaco en una piscina de jeringas. Hasta grabé un vídeo para poder explicar mi opinión en condiciones y ni así, con un canguelo hacia no sé qué temores infundados… Lo cual nos catapulta del pánico gratuito a la falta de confianza en uno mismo. Porque, ¿cuántos miedos eliminamos cuando confiamos en nosotros mismos, cuando nos vemos capaces de aquello y más, cuando consideramos nuestras opiniones y decisiones como bien sustentadas y útiles para nosotros mismos y para los demás, cuando nos miramos al espejo y estamos orgullosos de lo que vemos? Un porrón.

Los miedos no son más que consecuencias de la falta de seguridad en uno mismo. Y el nivel de seguridad que sintamos dependerá, aparte de nuestra educación y principios básicos personales, de nuestra capacidad para plantearnos las circunstancias con más o menos temple, junto con la lógica y el realismo que creamos que se merecen y la mayor o menos resistencia a la tendencia a pensar en las posibilidades más nefastas, que no sé de dónde hemos sacado esta espantosa costumbre. Si yo no me hubiera imaginado a mi novio siendo boicoteado por inundaciones milenarias, dos horas que me habría ahorrado de pánico gratuito. Si me hubiera sentido lo bastante segura de que estaba haciendo lo correcto, o más bien lo que me pedía imperiosamente el cuerpo, al ser honesta con mi amigo, no me habría rallado la cabeza con hipotéticos dramas amistosos.

Y así ocurre con todo, con todo lo que nos afecta improductivamente, que es mucho más de lo que pensamos pero nos empeñamos en camuflarlo entre justificaciones. ¿Para qué? ¿Para permitirnos ser más desgraciados? Ya he asumido que aquí los fuertes sobreviven y los débiles mueren pero claro, el tremendo problema es que antaño estos fenecían de verdad mientras que hoy en día permanecen en cuerpo presente con el alma a la altura de los pies, arrastrándose, cabizbaja y perdida. Cuidado, naturalmente no es un problema que sobrevivamos más tiempo, no quiero matar a nadie. Sin embargo… Hay como demasiadas existencias tan vacías o desgraciadas que cuesta pensar que les merezca la pena subsistir de esa manera, ¿no creéis? Nótese que hablo de conflictos psicológicos del siglo XI. A los que les falta un techo o el plato delante de ellos tienen mayores preocupaciones como para entrar en conflictos mentales de este tipo.

pirámide de MaslowLa ciencia nunca dejará de sorprendernos. Cada época, sorteará unos baches para verse obligada inmediatamente a lidiar con otros nuevos. Cada avance de la civilización conlleva sus atrasos. Enfermedades de hoy en día no existían anteriormente, ni los niños vivían pegados a una pantalla, ni los padres acudían al colegio a pegar a los profesores, ni… En ocasiones, resulta extremadamente difícil no hacer un agujero y meterse dentro para aislarse de este mundo trágico y perverso. Hasta que te das cuenta de que forma parte de la supervivencia. No somos más que los animales que nos rodean, cada uno nace y crece con posibilidades y suertes distintas. Y cada uno es responsable de sus propios actos, cada cual decide su papel en el universo. Y en eso estamos trabajando los más privilegiados de la tierra, en aprender a mover nuestras marionetas de manera que apreciemos lo que nos ha venido dado y muchos otros no tienen, es decir, las necesidades fisiológicas, de seguridad y de afiliación que tan acertadamente nos expuso Maslow; y en tratar de alcanzar los dos pilares más altos: el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización.

Total, una vez más, os hablo y me hablo en un intento de darnos un guantazo a todos y de sonreír más y preocuparnos menos. De reflexionar sobre el comportamiento humano y nuestras posibilidades, de mirar al exterior con menos egocentrismo y más objetividad, de mejorar como individuos y crear una sociedad un poco menos desastrosa para nuestros descendientes. Y de confiar más en nosotros mismos, que sabiamente se dice que, si no confías en ti mismo, ¿quién lo va a hacer? Puede que al principio haya gente que lo haga, pero luego muchos acabarán hasta la coronilla de tus inseguridades y tu negatividad, así que mejor irse curtiendo el espíritu, que hay mucho que hacer y que aprender como para andar asustándose y lamentándose gratuitamente.

Sobre la religión, Dios y mí misma… a los 16 años

religiónAlgo bueno y malo de proceder a ordenar el caos reinante en el armario de tu cuarto durante los últimos diez años consiste precisamente en encontrar cosas agradables de ver y rememorar, y otras que no tanto. Tenemos un afán incondicional hacia acumular elementos inútiles “por si acaso”, y así es como me he cruzado con un par de folios encabezados por los títulos ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? y “¿Qué tipo de “sed” tengo yo?, y con las fechas 8/11/2006 y 9/11/2006 respectivamente.

Os transcribo mis redacciones, motivadas indudablemente por la asignatura de religión, empezando por la de mayor envergadura, que se corresponde con el primer título, ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo?:

Sobre la religión, pienso que cada uno debería tener libertad para elegir la suya o hacerse agnóstico o ateo. La primera comunión impuesta se ha vuelto una costumbre, a los diez años un niño no sabe nada realmente, no tiene en sí el sentimiento religioso, sino que le animan los regalos y las comuniones de sus amigos.

Comparto la idea de enseñar cultura religiosa en los colegios, no religión, para adoptar una buena base global en la que decidir las creencias propias. Inculcar una religión por obligación o por costumbre me parece una pérdida de tiempo, y a veces dinero.

Respecto a Dios, no lo he considero mucho a lo largo de mi vida. Mayormente no creo que exista, mi postura es agnóstica por tanto, pero esto se debe a que nunca lo he tenido en cuenta. Siempre he hecho lo que tenía que hacer, tanto obligaciones como diversiones, sin pensar en que un ser superior nos mira y sigue nuestros actos.

De pequeña rezaba, como todos, al empezar las clases diarias, pero hará un año que dejé de hacerlo pues veía inútil pronunciar palabras que no sentía, no me afectaban, no me hacían creyente ni me paraba a reflexionar sobre ellas.

Con la muerte de mi abuela, la cual tenía alzheimer muy avanzado y no me reconocía, recé por ella durante una semana por las noches. Posteriormente, se me olvidaba. Aparte de este gesto, poca religiosidad encuentro en mí.

En cuanto a mí misma, opino que no sé ni voy a saber nada, por lo que no creo pero tampoco niego. Probablemente temo un mínimo a la muerte porque no veo nada más allá, mientras que tampoco soy capaz de imaginarme vagando felizmente el resto de la eternidad.

La religión me plantea muchas dudas imposibles, quizá eso también influye a que mi mente opte por desistir de introducirme en ella.

Sin lugar a dudas, resulta un tema muy interesante de debatir, jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. En eso creo que consiste la educación.

libertad escrituraMe doy cuenta de que mi opinión sigue siendo prácticamente la misma. Me agrada comprobar que, dentro de la inocencia y la personalidad aún por curtir que siempre relaciono con mi adolescencia, era capaz de expresar mis razonamientos con coherencia y propiedad. Y confirma mi teoría, ya formada como adulta, de que en los colegios echo en falta asignaturas “existenciales”, “vitales”, llamadlas como queráis. Asignaturas que favorezcan el debate entre los alumnos, que haga a los niños y adolescentes pensar acerca de cuestiones variadas, que fomenten el respeto y el desarrollo mental de los adultos del futuro.

Siempre fui buena estudiante pero rara vez presté atención plena en clase, no sé por qué. Me aprendía las lecciones con facilidad y curso tras curso incluso me exigía más, crecí inmersa en la costumbre de sacar buenas notas. Mas si me paro a preguntarme por el tiempo real de escucha escolar, puedo contar las asignaturas con los dedos de las manos: matemáticas, por no tener más remedio si quería aprobar; filosofía, para entender los conceptos más abstractos y porque el profesor me provocaba una especial ternura (aunque tampoco es que atendiera siempre), y literatura en bachillerato, por la mejor motivación de todas: poder escribir de lo que me apeteciera, con total libertad verbal y creativa, tanto a partir de los textos que traía el profesor como por mí misma en el diario de bitácora que nos motivó a redactar desde principio de curso con nuestras emociones, pensamientos y lo que nos viniera en gana. Básicamente: libertad absoluta de pensamiento y de acción, aunque fuera sobre el papel.

Aquella asignatura era una “maría”. Ni siquiera entraba en la media de bachillerato si no recuerdo mal. Y era a primera hora de la mañana. Pero le dediqué más tiempo que a ninguna otra. Más tiempo que a las matemáticas, economía, geografía, inglés, lengua, filosofía. Mucho más tiempo que a ninguna. Porque la disfrutaba plenamente, porque la mente me pedía leer aquellos textos, interpretarlos y escribir mis impresiones tanto de ellos como de mi propia rutina.

Independientemente de mi experiencia, creo que habéis entendido lo que quiero decir. Ignoro si alguna vez se creará una asignatura “existencial” pero sé que, mientras en los colegios persista esa considerable cantidad de alumnos desmotivados y faltos de inquietudes junto con ese cáncer conocido como el bullying, la educación dejará mucho que desear.  

Luego, hay otro par de aspectos que contemplo levemente modificados en mí actualmente: 

miedo libertad1. El temor a la muerte. Sé que se ha intensificado. Temor, respeto, reparo… Supongo que tanto por la fugacidad del tiempo como por “hacerme mayor” como tal. Procuro no pensar en ello porque, al menos de momento, es algo que me acongoja irremediablemente. Espero trabajar en ello en un futuro. De momento, el presente me mantiene lo bastante entretenida como para apartar este tema fácilmente.

2. Con 16 años escribí: jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. Añado un pequeño matiz: “siempre que esa religión no atentara contra los derechos humanos”. Por poner un simple ejemplo: me cuesta describir la desazón que me encoge el pecho al ver a mis compañeras de género con burka. Hay gente que dice que ellas son felices así, que han nacido con ello y se sienten más cómodas llevándolo aún habiéndose trasladado a áreas del mundo donde las mujeres muestran su rostro y eligen su vestuario con toda libertad. Este argumento me produce aún mayor desazón. Siguiendo esta línea, tremendo es el pavor que me suscitan los radicales religiosos. Nunca se sabe lo que serían capaces de hacer “en nombre de Dios” (del Dios que sea). No creo que necesite aclarar este punto mucho más.

En conclusión, ha sido interesante indagar un poco en el pasado y despertar melancolías inciertas desperdigadas por la memoria. Próximamente, mi redacción ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? con su reflexión correspondiente.

El instinto de posesión / The possession instinct

(English version below)

Ese miedo a perder algo que realmente no te pertenece. Ni a ti ni a nadie. Como seres individuales que somos, no te corresponde sentir esa agonía, esas ansias de lo recién descubierto. No tiene sentido. Vivías bien antes de conocerlo. ¿Por qué no después? Quizá porque en el fondo era lo que estabas esperando. Y ahora que lo has disfrutado, que lo has sentido hasta el fondo de tu corazón y notas cómo empieza a tambalearse, quieres agarrarlo como sea. Hasta el punto de perder la razón, de actuar por puro instinto, de incluso estropearlo tú mismo.

Autocontrol. ¿Cuántos de nosotros podemos controlar nuestras emociones? ¿Con qué facilidad nos sentimos pletóricos en un momento dado y completamente destruidos al instante siguiente? Con la facilidad de un soplo de viento. Me pregunto cuándo nos hemos transformado en estos individuos ansiosos e impacientes. Lo queremos todo aquí y ahora. Nos volvemos locos por dentro si no es así. Pero procuramos comportarnos como personas normales. Mientras que los pensamientos bullen por doquier, se entrecruzan, se chocan, se pelean, se divierten atropellándose unos a otros.

Y resulta que, mientras que anteriormente tu mente estaba libre de toda figura particular, mientras que tu cerebro estaba dispuesto a enviar impulsos nerviosos aludiendo a todo tipo de impresiones, actualmente se haya reducido a la simplicidad de un solo ente. ¿No es ridículo ponerle límites a la mente de esta manera? Cuesta concentrarse en la inmensidad que nos ofrece el mundo a nuestro alrededor… por otra persona. Por otro ser que muy probablemente el día de mañana no signifique nada. Absolutamente nada. Un recuerdo fundido entre tantos otros. Una anécdota. Un anhelo caducado.

Esto es lo que tenemos que aprender. A verlo tal y como es. No como la esperanza de lo que podría ser o de lo que podría haber sido. A canalizarlo de forma realista y seguir permitiéndonos aprender y disfrutar de otras cosas durante el camino en el que se hará más fuerte o se desvanecerá. Y ni lo uno ni lo otro supondrá algo bueno o malo. Sólo lo que tenía que pasar, sin estar escrito en ninguna parte, por evolución, causalidad o como se le quiera llamar. Porque siempre habrá otra persona esperándote. Porque “luchar” es un término tan relativo que a menudo se emplea erróneamente, cuando a menudo habría simplemente que dejarlo pasar como todas las señales indican que debes hacer.

No te permitas dejar de aprender.

dependencia posesión

That fear to lose something that doesn’t really belong to you. Neither to you nor to anybody. As the individual beings that we are, you shouldn’t feel that agony, that anxiety for something you have just discovered. It doesn’t make sense. You were happy before knowing it, why not afterwards? Maybe because it’s what you were waiting for. And now that you got it, enjoyed it and felt it from the bottom of your heart and you start to see how it’s tottering, you want to keep it no matter how. Til the point of going out of your mind, of acting by pure instinct, of even spoiling it by yourself.

Self control. How many of us can control our emotions? How easily do we feel exultant for a moment and completely miserable the following instant? As easily as a wind breeze. I wonder when we became these anxious and impatient individuals. We want everything right away. If it can’t be, we go crazy. But we try to behave as normal people while our thoughts boil all over the place, cross over, crash, fight and have fun as running over the other ones.

And the thing is that currently your mind is just focusing on the simplicity of one entity when it was free of any particular image before, when your brain was willing to send nerve impulses with all kind of sensations. Isn’t it ridiculous to put limits to your mind that way? Suddenly we can’t focus on all the things that the world offer us… due to a person. Due to another being who very likely won’t mean anything tomorrow. Absolutely nothing. A memory between many memories. An anecdote. An expired wish.

This is what we have to learn: to see it as it is, not as the hope of what it could be or what it could have been. To assume it from a realistic point of view and keep letting ourselves learn and enjoy other things on the way, on a way in which it’ll get stronger or it’ll vanish. And neither the first nor the second option will be good or bad, just what it has to happen independently of destiny but through its own evolution, causality or however you’d like to call it. Because there’ll be always a person waiting for you. Because “fighting” is such a relative concept that it’s very often bad used when you should just leave it to happen as all the signals show you to do.

Don’t let yourself stop learning.

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

La ciudad duerme

Madrid descansa. Se sienten dormir los edificios, la gente, el barullo habitual. Los murmullos (y no tan murmurados normalmente) de los vecinos, los estridentes chillidos de esos adorables pequeños, la música de la calle, el ajetreo de los bares y restaurantes próximos.

Domingo. 11 de la mañana. Y a las 10 ni os cuento, aún ahora esa parte de la sociedad que ha trasnochado quizá empiece a desperezarse, pero aún tiene toda la mañana para disfrutar del placer de estar tumbado en la cama mirando el techo. A veces, repasando las aventuras nocturnas; otras, disgustado por la rápida llegada del día pre-comienzo de la semana. En ocasiones, indiferente, centrado en la jornada que les espera, con sus distintos deberes y atisbos de ocio, cuyo deleite depende exclusivamente de cada persona.

Y, mientras tanto, yo aquí, delante del pc, con un libro de inglés entre este y yo, eclipsado por mis brazos, que lo cruzan para poder alcanzar el teclado, pasando por completo de sus contenidos aunque sea durante unos minutos con el objetivo de intentar transmitir esta sensación de tranquilidad, de paz, de satisfacción personal. Esta, podría llamarse, virtud de haber “madrugado” tal día como hoy, en medio de un mundo, concretamente de un país, que ama la noche.

Una España que idolatra las escapadas físicas y mentales del fin de semana, normalmente pausadas durante el día y frenéticas en cuanto cae el sol. Ya sea por el clima, las costumbres adquiridas, la evolución de las generaciones, el insomnio, la necesidad de sentirse integrado, los diferentes horarios de las comidas, etc, vivimos en una nación que comienza a entusiasmarse a las 12 de la noche, alcanza el punto más pletórico a las 3 o 4 horas, y regresa extenuado a las 6 o 7 (o más) de la mañana para sumirse en un plácido letargo.

Hasta que la mentalidad sufre un shock, en unas personas brutal, radical, casi trágico; en otras, más distendido, prolongado, replanteado. Y no sales un sábado noche. También es posible que el agotamiento del viernes noche haya bastado como para cubrir la fiesta del fin de semana (y de los próximos meses), pero apartémonos de este caso concreto. Centrémonos en ese cambio que te hace redescubrirte a ti mismo, quizá también experimentando cierta extrañeza ante lo desacostumbrado, mas abriendo paso a un entusiasmado pálpito de nuevas posibilidades en el horizonte.

Porque, a las 10 de la mañana de un domingo, no hay el más mínimo ruido. Solo se escuchan los pájaros, alternados con uno de los sonidos más maravillosos del mundo: el silencio. Ese estado en el que has de conformarte exclusivamente contigo mismo y del que resulta completamente imposible disfrutar a lo largo de la semana.

Ese ambiente matinal que te obliga a admirarlo sin buscar nada más que el roce de las páginas de un libro, el susurro del teclado, el roce de las sábanas… pero nada de palabras, ni de voces, ni de melodías. No son necesarias ni oportunas en este momento.

Todo el mundo tiene miedo a la soledad. Casi la totalidad del género humano ansía ser consciente a cada momento de que a su alrededor hay vida, alegrías y miserias. Pero yo me pregunto… ¿para qué poner música cuando te ofrecen, te ofreces, en bandeja la posibilidad de enfrentarte al universo sin más protección que tu propia mente?

Aquí y ahora es el momento de aprovecharlo. Sobre todo antes de que el vozarrón del tipo del piso de abajo irrumpa estrepitosamente en tu armónica mañana haciéndote volver a nuestra querida y ensordecedora realidad.

La muerte y las cuatro leyes de la espiritualidad

Tengo 22 años y albergo un miedo atroz hacia la muerte. Puede que ya lo haya manifestado alguna vez a través de este blog pero no me importa repetirme, incluso me apetece confirmarlo con aplastante seguridad, puesto que no hablo sólo de tenerle cierto temor, respeto, reparo y derivados adjetivos, a mi parecer demasiado suaves para lo que me supone el concepto mortífero, sino que situarlo en mi pensamiento me provoca auténticas sensaciones de pánico y de desasosiego.

Imaginar mi mente inerte, mi cuerpo languideciente, absolutamente todo mi ser desconectado de cualquier tipo de emoción o movimiento intencionado y voluntario… Sencillamente, me aterroriza, me hace perder el norte, me desvela del presente con su abrumadora realidad para sumirme en un mar de impotencia y desesperación. Si al menos tuviera alguna creencia a la que agarrarme pues mira, pero no es el caso. Ni dioses ni energías ni reencarnaciones ni luces al final de un túnel ni nada parecido o que haya llegado a mis oídos me ha podido despistar del desenlace inevitable.

Por suerte, sólo me ocurre de vez en cuando, al venírseme a la mente el tema ocasionalmente, y al instante procuro trasladar mis pensamientos hacia otros derroteros o asuntos, pero sé que siempre está ahí, expectante, dispuesto a asaltarme en cualquier momento. Y ahí no importan las circunstancias del momento, porque regresa la misma incertidumbre de siempre: ¿por qué? ¿Todo esto para acabar así? ¿Cómo hago ahora mismo para sentir que aprovecho mi vida? ¿Se me pasará alguna vez esta angustia o me acompañará hasta el fin de mis días? ¿Soportaré llegar a vieja?

Intuyo que todo es aguantable, claro, pero mantengo mis dudas en cuanto a que la edad me haga verlo de otra forma. Probablemente alcance un nivel mucho mayor de aceptación, de resignación, de reflexión hacia la propia vida y el periodo que se me ha cedido en este mundo pero… la expiración continúa presente, como una amenaza eterna.

Y todo esto se me ha venido porque, aunque hace ya varias semanas que no me acomete este pesar, he encontrado, deambulando por viejos archivos del ordenador, un precioso word de hace no sé cuántos meses, quizá un año, en el que guardé dos argumentos: mi propio planteamiento inquisitivo sobre cómo sobrellevar la muerte, dirigido en forma de pregunta a una persona a la que aprecio mucho, y la consecuente respuesta de esta, la cual plasmo a continuación:

¡Vaya pregunta, María!

Bueno, intentemos una aproximación.

Sigo pensando en ella, aunque te confieso que me preocupaba más con tu edad. No es que haya zanjado la cuestión, es sencillamente, que estoy demasiado preocupado con la vida, sus problemas, mis dudas, mis equivocaciones, la manera de aprovechar los instantes, el sentirme bien conmigo y no “machacarme” demasiado, etc. etc, y apenas puedo pensar en la muerte.

Por otro lado, creo que es inevitable el divagar sobre ello y desesperarse porque no hay salida.

Últimamente pienso más en la muerte de las personas que quiero que en la mía propia; también me ocurre, que me preocupa más y siempre ha sido así, el dolor que la propia muerte.

Considero que los auténticos creyentes nos llevan ventaja, porque sus creencias les ofrecen seguridad, consuelo y esperanza. A los demás nos queda la aventura de la vida, y el intento de hacer de ella algo tan extraordinario que nos pueda parecer que ha sido eterna.

Sé que son sólo unas pocas obviedades, pero es que de la muerte lo único serio que podríamos decir es que es una putada, y que siempre llega demasiado pronto.

Te recomiendo un libro: El mito de Sísifo de Albert Camus; y una película de Bergman: El séptimo sello.

Creo que ha llegado la hora de ver esta película y leer ese libro.

Os dejo con una hermosa y acertada presentación sobre “las cuatro leyes de la espiritualidad”, que vienen a dar a entender nada más y nada menos que cada cosa tiene su momento, afirmación tan básica como poco tenida en cuenta.

Atracción Fatal

Impresionante. Pasión, miedo, ternura, amor, impotencia y un sinfín de sensaciones confluyen en esta película, cuya base se podría situar sobre dos pilares: las responsabilidades y las consecuencias de nuestros actos.

En realidad, el desarrollo de la historia resulta bastante predecible, pero aún así te sorprende, te asusta, te encandila, te introduce en la trama con una capacidad tal de absorción que la vives, que te identificas con cada personaje, que prácticamente experimentas en tus carnes el placer, el suspense, el pánico y el alivio que transitan por las propias imágenes. Vamos, que ha habido incluso un instante en el que he tenido que incorporarme de puro nervio.

El director, Adrian Lyne, no ha escatimado en recursos interpretativos desde luego, contando con un reparto protagonista espectacular. Michael Douglas asume el papel de Dan Gallegher, un hombre cuya vida es perfecta y nada le falta: casa, dinero, familia… hasta que cae en la tentación ante los encantos de Alex, representada por una fantástica Glenn Close (bien merecido su Premio Donostia en el Festival Internacional de San Sebastián).

Así, la tranquila existencia de Dan se ve truncada por la serie de circunstancias derivadas de aquel desliz. Mientras que el peligro impregna cada vez con más fuerza una escena tras otra, el arrepentimiento y el temor a perderlo todo se ciernen sobre el protagonista, transformando una decisión mal tomada en una terrible lección vital.

De ritmo imparable, profunda y entretenida, y pronosticable pero sobrecogedora, Atracción Fatal pone sobre la mesa un gran drama con su dosis de suspense asegurada y un desenlace precedido de un elevado nivel de tensión, seguido del soberano impacto que produce el final y culminado en una merecida reflexión general.

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