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El Messenger, ese viejo chat de amigos olvidado

Me gustaba mucho el Messenger. Era una enganchada del copón hace unos años. ¿Cuántas horas invertidas (no diré perdidas, no seamos dramáticos) en esas ventanas repletas de letras y caritas, la mayoría morralla vacía pero entretenida y unas pocas profundas e interesantísimas conversaciones?

Tenía mucho encanto para mí. Buscar a tal persona, encontrarla, saludar (o esperar un saludo), ver cómo la ventanita te anuncia que te están respondiendo, emocionarse, decepcionarse (a escala adolescente, claro, sin drama ninguno para el espíritu)…

¡Oh! ¡Elegir la tipografía que más te gustara! Toda una aventura. La que tenía más éxito era, sin duda, la Comic Sans. La cual, por cierto, nunca debéis utilizar para un trabajo de universidad ni nada serio. Como seguro que muchos de mi quinta sabréis a estas alturas: está enfocada para los niños. Su legibilidad, sus trazos suaves y redondeados y demás la caracterizan como tal. ¿Y los colores? Para dar y tomar. Hasta los que te dejaban ciego se usaban con frecuencia (amarillo y verde fosforescente en especial, los diseñadores podían haber sido un poco más selectivos con este tema para evitar problemas oculares).

¿Y pensar en una foto de perfil que te identificara? Sólo una, en ese diminuto cuadradillo, nada de poder colgar tropecientas mil. Bueno, creo que se podía, aunque nunca les di gran uso a las capacidades internas, por llamarlo de alguna manera, del programa más allá de las conversaciones.

Actualmente, esta herramienta de comunicación se encuentra en coma. Para no volver, me temo. La proliferación de mini-chats (alias “mierdi-chats” por mi parte) en las redes sociales la ha golpeado bestialmente sumiéndola en el más hondo, cruel y desolador abandono. Qué conformistas somos, ¿no? Tres caritas cutres, letra enana y veinticinco ventanitas en la esquina del Tuenti o del Facebook. Qué tristeza. Aguanté poco con ello, no me apetecía que me aumentara la miopía esforzándome en leer eso tras tantos años de fidelidad absoluta al Messenger, su diseño, su comodidad, su cercanía. Un tú a tú con las personas que te interesan, no tanto un repaso a la lista de gente conectada (en parte sí, pero creo que menos que ahora).

Sin embargo, como todo en esta vida, necesitamos una reciprocidad, una respuesta, un estímulo que anime a seguir con cualquier tipo de actividad, y yo me vi más sola que la una intentando resistir al abismo. Entonces, te creas el Tuenti (para dejarlo donde estaba cuando pasa la euforia inicial y te teletransportas al Facebook), dejando al Messenger por imposible, por anticuado. Estás desfasado, chaval, ahí te quedas. Si fuera un ser humano estaría deshecho en lágrimas fijo. Así nos regimos: a base de saltar de moda en moda, de capricho en capricho (también enfocado hacia las relaciones interpersonales incluso) para no sentir que desencajamos entre la masa. Aish… Quedan unos cuantos románticos rondando por él pero no tiene nada que ver con sus años mozos. Quién sabe, quizá vuelva, aunque con las nuevas tecnologías resulta más complicado que con la ropa, por ejemplo. Mirad los pantalones de pitillo. Bueno, y encima con la última versión que han sacado dudo mucho que resurja, es una bazofia.

A ver, concretando el sentido que quería darle al programa calificándolo de “cercano”, soy la primera que defiende a muerte la inmensa superioridad y valía de las relaciones en persona antes que a través de la pantalla, pero opino que el Messenger permitía mantener un contacto bastante ameno con gente a la vez cercana y lejana, además de más desahogado, sobre todo para los tímidos. Como todo, tenía sus desventajas: ¿quién no ha echado en alguna ocasión demasiados cojones online en vez de en directo? Aún así, se era más selectivo que en las redes sociales. Puede que aceptaras a todo dios, sin duda, mas el objetivo era puramente comunicativo. No podías escrutar la vida del otro como ahora.

Total, no voy a criticar ahora las redes sociales porque también constan de muchísimas ventajas y no hay lugar en este post para ellas, solo me apetecía recordar con añoranza y cariño aquel viejo compañero de tantas tardes y noches que quedó atrás inevitablemente, arrastrado por nuestra particular filosofía de vida.

¡Va por ti, Messenger!

Conmiseración infundada

Una tristeza infinita. Una compasión ininteligible hacia el exterior, rozando el egoísmo, palpando la superficialidad, zambulléndose en un mar de prejuicios.

Predisposición hacia la desgracia ajena, se sepa o no. Lástima por ese rostro exento de hermosura y longevidad. ¿Seguro que nos basta con que la belleza esté en el interior? ¿Hasta qué punto nos hemos empapado de modas, tópicos, prototipos, etc, perdiendo nuestra propia esencia, la naturalidad, la espontaneidad?

El tren se ha quedado vacío. Unas tres personas y yo permanecemos, bien repartidas a lo largo de los asientos, ni se distinguen los rostros. Deben de haberse bajado como cuarenta del tirón, provocando cierta sensación de abandono, necesidad de preguntarse si se va por el camino correcto. Atisbo tembloroso de confiar en la masa. Animales de sociedad, todos, sin excepción.

Se han cerrado las puertas en medio del torbellino de pensamientos. Ya corremos hacia el próximo, y último, destino. Por esta vez, pues se avecina una época repleta de trenes. A ver cuáles cojo. Y cuánta maldad puedo evitar en cada uno de ellos. La que no tenía de niña, ni siquiera en la adolescencia. Y la que aún no tengo y me queda por delante.

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