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La felicidad en un espejo

mujer espejoEstrella se levantó y se dirigió hacia el baño. Aún no se había puesto las lentillas pero lo primero que hizo, como cada día, fue mirar su figura desnuda, algo borrosa debido a su visión miope, en el espejo. No se vio mal del todo, aunque alguna que otra curva le disgustó en cierto sentido. Se lavó la cara y se colocó las lentillas, para mirarse de nuevo. Ahora se veía con claridad. Bueno, tampoco era tanto si metía un poco de barriga. Total, casi nunca se mantiene la tripa relajada a lo largo del día, así que aquello no suponía un gran problema.

Escogió su nuevo conjunto de ropa interior y no perdió la oportunidad de volverse a mirar para puntuarse a sí misma, compararse con la que había sido el día anterior y la que sería al día siguiente según el conjunto que escogiera. Idéntico proceso se dio una vez vestida con la ropa que tocaba aquella mañana, elegida cuidadosamente la noche anterior para no tener que perder tiempo probándose otras cosas, aún a pesar de que no le convenciera, ya que no quería entretenerse y llegar tarde al trabajo.

Cada una de las veces que se observaba en el espejo en todas estas fases, se repetía el mismo ritual. Perspectiva de frente, de perfil y de detrás. Nunca fallaba. Y el sentimiento también era similar: de conformismo. Resignación pura y dura. En pocas ocasiones, satisfacción, la cual no solía durar mucho.

De camino al trabajo, no podía evitar mirar de reojo su silueta en todos y cada uno de los escaparates que se cruzaban con su reflejo. El último era el mejor, siempre se veía fantástica en él. Siempre se proponía buscar un espejo que se correspondiera con las formas que prestaba aquel cristal, pero enseguida se decía que aquello era lo esporádico, mejor atenerse a la realidad.

Tampoco faltaba a su costumbre de mirarse en el espejo del baño de la oficina, para eso estaba, ¿no? Para verse y retocarse si hiciera falta.

A la salida del trabajo, todo se sucedía de manera inversa: escaparates, ropa, conjunto de ropa interior, desnudez. Se había convertido en parte de su rutina observarse. Observarse y juzgarse. Y, a partir de un michelín más o menos, determinar la felicidad que le correspondía cada día. Si no intencionadamente, en su subconsciente.

Así, no advertía el sonido de los pájaros al abrir los ojos por la mañana. Ni el bello color sonrosado de sus mejillas recién lavadas, a causa de sus pupilas fijas en el vientre. Ni el propio brillo de sus ojos, de atención dirigida exclusivamente en alisar esta camisa, ese vestido o aquel pantalón. Ni las carcajadas de los niños con los que se cruza y que se dirigen al colegio, centrada en el reflejo de los escaparates. Ni en las lágrimas que su compañera de trabajo ha derramado justo a su lado en los baños. Ni en el chico que le regaló una sonrisa de vuelta a casa.

Así viven miles de mujeres, porque así las estamos educando: apagando sus brillos y creando un mundo plagado de Estrellas sin luz.

Acaban de pegar a una mujer

Puede que sea un título algo tremendista, pero para nada lejos de la realidad. Hace una semana y poco, una mujer lloró a mi lado en el metro. Me quedé petrificada, no sabía qué hacer, y no me habría dado cuenta si no hubiera llegado a mis oídos un sollozo entre canción y canción del iPod. Pero no le dirigí la palabra. Lo pensé, me entró bastante ansia, experimenté de todo… mas no llegué a decirle nada, solo esperé a que el trayecto terminara rápido.

Cuando ves a alguien llorar, lo único que puedes deducir es que debe de necesitarlo mucho como para hacerlo en público (o tener ganas de llamar la atención, posibilidad tan válida como cualquier otra), pero no sabes si querría recibir algún consuelo o que le dejaran en soledad. Probablemente, lo más correcto habría sido preguntarle algo a la pobre mujer, solo que me pudo el pensamiento de que quizás la incomodaría mucho más. Se cubría el rostro, cabizbaja. ¿Qué habríais hecho vosotros?

Esta situación me recordó a una tarde situada escasos días antes, cuando tuve una conversación telefónica con una amiga. Una de sus primeras frases fue “le ha pegado”. A su novia. Un año y pico de relación aproximadamente. Muchos celos y ningún motivo para tenerlos. ¿Qué dice la chica? “Dos bofetadas, no fue nada”. Según mis últimos datos, por suerte se acojonó lo bastante como para poner tierra por medio.

Veamos… ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento se cumple con la definición de “maltrato”? Dicen que el maltrato psicológico es peor que el físico. Yo creo que tanto uno como otro te destruyen de igual manera. El psicológico duele como una sarta de guantazos, y el físico te mina el cerebro de mierda. En fin, entonces, como íbamos diciendo, ¿cuántas bofetadas hacen falta para cruzar la línea? Yo os lo diré: media.

Me horroricé cuando me lo contó. Rogué (rezar poco) por que esa muchacha pensara, reflexionara, actuara en consonancia con el respeto que su vida y su integridad merecen. Por ahora, está perfectamente decidida. Sigamos rogando para que no se arrepienta, no entre en paranoias, no quiera volver. Porque tras las peleas verbales y las primeras “dos bofetadas de nada”, bien puede venir el pico de una mesa en la frente o un puñal en el pecho. ¿Demasiado explícita? Realidades como templos, señores.

Ayer, en otra ciudad, otro ambiente, otras circunstancias y con distintas compañías, me volvieron a decir que habían pegado a una chica hacía poco. Sigo sin concebir el derecho con el que se cree nadie de asestar un golpe a otro ser humano. Repudio el feminismo exacerbado, pero ante esta perspectiva tampoco me extraña que un determinado grupo de mujeres decidan intentar tomar las riendas de la sociedad de ese modo. No se trata de poner al género gemenino por encima del masculino, en superioridad infinita e idolatrada; no creo que necesitemos en absoluto que se nos trate “como a reinas”, pero… ¿Qué tal si empezamos a procurar ser simplemente personas?

A esas chicas las conozco de muy poco. A una de una sola noche. Tiene una sonrisa preciosa y una alegría la mar de contagiosa. La segunda es algo más cercana, aunque prácticamente igual de desconocida. Vivaracha, agradable, igual de risueña. Y yo me pregunto… ¿y los miles de millones que no conozco? ¿Y las que no sonríen tanto? ¿Las que están encerradas? ¿Las que continúan fingiendo una felicidad inexistente? ¿Las que permanecen atrapadas en un bucle tortuoso del que no son ni conscientes? ¿Las que lo asumen como algo natural? ¿Las que no conocen el cariño ni creen merecerlo?

¿Cuántas de las que he tenido sentadas a mi lado habrán sido golpeadas? ¿Cuántas desconocidas? ¿Cuántas conocidas? ¿Cuántas amigas? … ¿A cuántas ni siquiera se les ve nunca el rostro, sumidas en su dolor, escondiéndose de las miradas, u obligadas a ocultarlo (ya sea de manera psicológica o estéticamente)? … ¿A qué nivel ha quedado la expresividad de las lágrimas? ¿Y el tono de los moratones? ¡Ah! Sí, a la altura del betún del zapato, idónea para darles puntapiés.

Lo más espeluznante es que, mientras me estás leyendo, en este preciso momento, otra mujer está siendo golpeada (probablemente más de una) en este mundo. Y, hasta que esto no cambie, a mí la sociedad nunca me parecerá ni avanzada ni “moderna” ni “contemporánea” ni nada, por muchos títulos que se le quiera poner y por mucha ciencia y tecnología que se estén desarrollando.

Porque, cuando la parte social del ser humano falla, todo lo demás solo sirve para despistarse de su propio horror.

El chip del viejo “versus” jóvenes

¿En qué consiste el título de este post, cuya idea conceptual me acabo de inventar (el chip del viejo)? Pues en esa actitud propia de cierto porcentaje de señores y señoras mayores que se creen con derecho a pisotear cual vil cucaracha a cualquier joven que se cruce en sus caminos, independientemente de que les haya dicho y/o hecho nada, simple y llanamente a raíz de que ese/a muchacho/a tenga cara de alrededor de 20 años.

¿A qué viene esto? Pues a que yo iba a entrar felizmente en el autobús de vuelta a mi casa que, de hecho, se ha parado justito delante de mis narices, cuando (ya estando con ambos pies dentro del autobús y a punto de meter el ticket en la máquina) va una mano y me toca el hombro enérgicamente.

Me giro, veo a una señora mayor (parece que tiene pinta de pocos amigos), empiezo a mover el brazo hacia a ella (planteándome la posibilidad de que quizá quería que le ayudara a subir), y entonces, la mujer se mete por delante de mí con un brío (claramente no necesitaba ayuda para moverse) y una cara de mala hostia que no he podido más que quedarme boquiabierta.

La mujer/señora mayor, transformada en una vieja despreciable en estos instantes (por no decir lo que verdaderamente pensé) mientras cruzaba todo el autocar a velocidades infrahumanas, provocó en mi rostro unos ojos como platos que no me permitieron ni emitir palabra, aparte de las sonrisas solidarias hacia mí de las siguientes 5 ó 6 personas que entraron en el autobús.

Qué más os puedo decir… Que me revienta esa soberbia de los viejos, indudablemente, a mí y a todos los jóvenes que respetamos la figura de los mayores como a cualquier otra persona (que creo que no seremos tan pocos) y resulta que luego recibimos miradas y palabras reprobadoras y prejuiciosas a más no poder de una parte considerable de ellos.

Y no lo digo solo yo. ¿A qué joven no le ha pasado algo similar con un viejo/a? ¿Por qué se creen con el derecho a tratarnos como a niñatos? ¿Se tratará de un mecanismo de defensa viejuna, ser desagradable? ¿Les habrá comido la cabeza la inmensidad de imágenes de la televisión con tropas juveniles de botellón?

Alguna explicación sociológica debe de haber, supongo.

Pero me seguirá reventando igual.

Por cierto, he de soltar una neura mental añadida relacionada con los viejos pero independiente de mi relato… ¿Qué más puedo pensar de una sociedad en la que, al escribir en el buscador de Google “viejo y joven” (buscando una imagen para este post), me salga como primer resultado “Fotos porno de Viejos follando con jovencita”? Evidentemente, no he accedido a esa página, pero la búsqueda me ha dado que pensar…

No vuelvas a tocarme nunca

– No vuelvas a tocarme nunca.
Las palabras flotaron por un instante en el aire mientras él continuaba paralizado por lo que acababa de hacer y ella no le dirigía la mirada por no dejar caer un odio tan intenso, a la vez que se frotaba la mejilla colorada.
Al principio todo fue maravilloso. Se conocieron, salieron juntos, compartieron muchos momentos, pasearon, viajaron, cantaron, bailaron… Se enamoraron.
De repente él empezó a ser más controlador, los celos aumentaron y sus ansias de posesión crecieron a un ritmo vertiginoso. La relación cambió, comenzaron las discusiones, los gritos y las peleas. Él no soportaba que ningún hombre se le acercara y ella tuvo que dejar a sus amigos. La monotonía se implantó sobre ellos, él no quería dejarla sola en ningún momento y no siempre había de lo que hablar, por lo que desembocaban en una nueva disputa. Ya ella no sabía si continuaba con él porque lo quería o simplemente para no desechar tan fantástico pasado e intentar recuperarlo. Pero cada día iba haciéndose más complicado y no sabía si aguantaría mucho más. Los buenos momentos eran los mejores, aquellas palabras y caricias componían todo lo que una mujer desea oir; los malos momentos no podían ser más tormentosos. Y aún no llegaban al medio año juntos.
A los 6 meses de relación, él organizó la más bella cena íntima que se podía imaginar. La llevó a uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad y le tapó los ojos dulcemente con un pañuelo de intenso color rojo. Cuando ella pudo mirar, se le presentaba una sala iluminada a la media luz de unas velas en cuyo centro se encontraba una mesa redonda con un ramo de las más variadas flores conocidas, colocadas en una simetría perfecta a lo largo de la superficie del blanquísimo mantel plagado de criaturas fantásticas bordadas a mano. Pero lo que más la emocionó fue el camino formado hacia la mesa, que consistía en el blanco mármol del suelo cercado a ambos lados por cientos de jazmines que a su vez rodeaban la mesa.
Él le cogió la mano y ella avanzó hechizada por tal pulcra visión hacia la mesa. Al instante las flores fueron recogidas y sustituidas por deliciosos manjares que sin duda llevaban a la convicción de que la comida es uno de los placeres afrodisíacos. Una vez acabado el postre, dulce helado de vainilla con trocitos de caramelo, almendra y fresa cubierto de crema de chocolate y licor de mora para terminar, salieron de la sala con una última fascinada ojeada por parte de ella hacia los jazmines, su flor favorita.
En el exterior corría una suave brisa y él rodeó los hombros de ella con su chaqueta. Ella se lo agradeció pero alegó que ya iba siendo hora de volver a casa pues sus padres no la esperaban tarde, mas él insistió en que lo acompañara al menos a dar un paseo. Llegaron a las puertas del inmenso parque del ala este de la ciudad, el cual era precioso a la luz del día pero por la noche resultaba un tanto tétrico envuelto en una completa oscuridad. Él la empujaba suavemente hacia el interior y ella se dejaba llevar motivada por la conversación. Cuando se dio cuenta de dónde se encontraban, se alarmó y le pidió enseguida que volvieran, sus padres se preocuparían de un momento a otro, pero él comenzó a abrazarla fuertemente sin permitirle apenas movilidad y empezó a colmarla de besos y caricias por todo el cuerpo, sin ningún reparo en sus palabras. Se empezó a sentir realmente asustada cuando él la hizo sentarse en la hierba y advirtió el brillo desaforado de sus ojos, negros como el azabache, y el terror ya la acechó al notar las manos de él buscando la forma de desatarle el vestido. Pidió y suplicó pero él la ignoraba mientras la atosigaba más en su ferviente búsqueda de las puertas de lo desconocido y anhelado desde que la conociera hacía medio año. Cuando ella se veía a expensas de encontrarse medio desnuda en cuestion de segundos trató de liberarse pero la presión del cuerpo del otro no le permitía apenas un respiro. Al tercer intento él la zarandeó violentamente tal como si fuera un muñeco, impaciente por alcanzar su objetivo, y ella no pudo más que pegar el más atemorizado y mayor grito de toda su vida dejándolo de piedra y pudiendo al fin incorporarse y salir corriendo hacia la salida del parque.
Corrió y corrió, dejando atrás las llamadas de él y pensando solamente en llegar a su casa sana y salva. Llegó, se alegró de que sus padres ya se hubieran acostado, subió a su cuarto y comenzó a llorar desconsoladamente hasta que no pudo más. Gruesas lágrimas corrían por su rostro desfigurándolo y haciendo correrse tanto la pintura azulada de ojos, acorde con sus iris increíblemente claros, como el carmín de los labios que ahora temblaban sin cesar. Era primavera pero el contacto con el agua fría le hizo estremecerse a causa de varios escalofríos que le recorrieron todo el cuerpo, recordando los recientes momentos pasados. Al volver a la habitación, apreció varias llamadas perdidas en el móvil, todas de él, y lo apagó para acurrucarse en la cama, en posición fetal como a ella le gustaba cuando se sentía mal, y tratar de conciliar un sueño cuya llegada se hizo eterna, pero finalmente lo hizo.
Al día siguiente se levantó, aún sobrecogida pensando en la noche anterior, pero decidida a olvidarlo. Tomó un buen desayuno y determinó que no vendría mal un paseo de media mañana bajo aquel espléndido sol primaveral.
Recorriendo todavía su propia calle, él se le apareció a través de las puertas de la heladería a la que solían ir los domingos. Alarmada, pretendió girarse y volver a toda prisa pero él la alcanzó y no cesó de pedirle disculpas rogándole una y otra vez que le perdonara por su imprudencia y brutalidad, que no volvería a suceder y que no podía vivir sin ella. Entonces, tras una larga e incómoda pausa en silencio, accedió a concederle el perdón y en unas horas la situación volvió a ser como antes o casi… Pues lo pasado era irreversible.
Pasaron los días y ella no quería volver a estar tan controlada. Así se lo dijo y él respondió que de acuerdo, pero en su interior los deseos bullían como el agua hirviendo. Se propuso no atormentarse, el momento llegaría a su debido tiempo, no debía volver a forzarla o la podría perder… Pero ella había vuelto a reencontrarse con sus amistades y comenzaron una vez más las discusiones, seguidas de peleas. Un día, cercano a los 8 meses, él ya no era capaz de soportar más sus celos y surgió tal disputa en la pareja que ella le pidió un tiempo para pensar si realmente valía la pena continuar aquella relación. Tal posibilidad lo dejó helado y, considerando que no se merecía aquello, trató de mantenerse calmado, pero después de pasadas tres semanas sin verla la llamó y ella aceptó su proposición: quedaron para ver una película en casa de él por la tarde y allí fue. Lo que no sabía era que la casa estaba sola pero se tranquilizó al ver la franca sonrisa de él y el vídeo preparado.
A mitad de la película él empezó a darle besos y ella le correspondió fríamente porque aún se sentía insegura, pero al momento él se confió y fue desatando poco a poco la furia que había contenido en esas tres semanas sin verla. Ella se levantó de un salto y le preguntó que qué estaba haciendo y le recordó que le había pedido un tiempo.
– ¿Qué estoy haciendo, eso es lo único que tienes que decirme? ¿Por qué me haces sufrir así? ¿Cuánto he de esperar para que todo vuelva a ser como antes? – le gritó él mientras se acercaba a ella, la cual quedaba rezagadadamente apoyada en la pared.
– ¡Déjame en paz! – respondió ella – Esto no puede seguir así, no puedes decirme ahora cuánto sufres porque me has demostrado que lo único que te preocupa es echar un buen polvo y tus artimañas no van a funcionar conmigo pues yo no voy a hacer ahora nada que no quiera, así que haz el favor de no acercarte más a mi.
– Vamos, tranquila. – susurraba él mientras se aproximaba cada vez más – No nos pongamos nerviosos, solo es una mala racha, como cualquier otra y…
– ¡He dicho que no te acerques! ¡Aléjate de mi, pervertido!
– ¡No me llames pervertido sin razón! – exclamó, agarrándola por los brazos.
– ¡¡Suéltame, quiero irme de aquí, suéltame, degenerado!!
La cara de él se tornó súbitamente en una macabra expresión.
– ¡¡¡A mi nadie me llama degenerado así como así!!! – vociferó a la vez que le asestaba una brutal bofetada de puño cerrado en la mejilla derecha que la tiró al suelo del impacto.
Aquel instante quedó congelado para ambos y aquí está el inicio del fin. Ella se incorporó torpemente y él, totalmente apabullado, fue a acercarse pero el brazo extendido de ella con total determinación le hizo detenerse…
– No vuelvas a tocarme jamás en la vida. – volvió a afirmar.
Volvieron las súplicas desesperadas de él a recaer sobre ella pero ya no habría oportunidad que valiera. Con la mirada perdida, ella se limitó a pedirle que le escuchara con atención:
– No solo me has faltado al respeto sino que has agredido mi integridad personal. Me alejaste de mis amigos, cortaste relaciones amistosas que acarreaban años de confianza y yo te seguí como una imbécil. Tus celos me han atormentado a lo largo de estos meses como nada lo ha hecho en el mundo, intentaste quitarme mi virginidad a la fuerza y ahora me has golpeado… ¿Y pretendes que te perdone y todo vuelva a ser como antes? ¿He de perdonarte por este tortazo con la esperanza de que no se volverá a repetir? Disculpa pero… No, de disculpas nada, atiende a lo que te digo porque será lo último que escuches. Si has sido capaz de hacerlo ya, perfectamente lo eres de volverlo a hacer y yo no he nacido para estar a tu merced ni ser controlada por una persona que solo piensa en si misma. Mi destino no es complacerte en tus deseos por mucho que digas que me quieres y no estoy dispuesta a soportar que me traten como a un ser inferior al que se le puede asestar un guantazo cada vez que le venga en gana al vicioso de turno, así que atente a las consecuencias y tenlas muy en cuenta para no cometer el mismo error con otra chica, porque yo para ti ya no existo, y no pretendas impedírmelo porque entonces me haré cargo de que acabes el resto de tu larga vida entre las paredes de la más lúgubre cárcel que no haya tenido el valor de aparecer en tus peores pesadillas.
Tras este discurso, ella salió de la casa dejándolo patidifuso para comenzar, aunque fuera con un revés en la cara, una vida nueva en la que ella eligiera con quién estar, cuánto tiempo estar y sobre todo, una vida en la que dirigiera con energía sus criterios imponiendo el respeto que se merecía como ser humano y mujer que era.

(Redactado el 06/04/2006 y rescatado de uno de mis baúles de recuerdos: el space)

Lo chocante es escribir sobre algo a los 17 años sin haberlo vivido y tiempo después experimentar cosas similares o iguales… y posteriormente, pasada otra considerable temporada desde esto, encontrarse con aquellos textos.

Madrid lluvioso

¡El otoño se ha adelantado! Shorts sustituidos por pantalón largo y no olvidar la sudadera, aunque tampoco hace frío. Os enseño la situación gracias a mi móvil, como siempre :D.

Creo que nunca había caminado por Madrid tan temprano. Me he levantado a las 7:30 para llegar a la capital a las 9:00. El autobús suele tardar media hora, 20 minutos cuando no hay tráfico. Como se ha dado la situación totalmente opuesta, el recorrido ha durado 45 minutos. Ilustración del tercer atasco:

Pero bueno, por suerte me encontré en el metro con mi amiga la vasca (grandísima casualidad, en pleno centro de Madrid y bajo tierra, aunque ella había ido a hacer lo mismo que yo), que me señaló el camino, y fui atentida en pocos minutos en el Registro de la Consejería de Educación. Entonces procedí a darme el corto paseo hasta la Fnac, donde compré tres de los libros para Literatura y Cine (Solaris no estaba, pero llegará), además de El guardián entre el centeno, que lo vi a montones apilados y se me antojó, ya que he oído hablar de él (el morbo que tiene a causa de que el asesino de John Lennon se inspirara en él y tal, entre otros homicidas), y finalmente un libro sobre Photoshop. Una compañera tiene uno de 60 euracos pero yo me he decantado por el de 25, que retocar fotografías no me apasiona tanto, ya veré después si me envicio, y si la guía no es una basura.

Ha sido una mañana ultra agradable. Había gente por las calles pero bastante dispersa, las aceras estaban muy despejadas, se podía caminar perfectamente y la temperatura era fantástica, por fin fresquito, aunque si andabas muy rápido entrabas en calor enseguida. Eso sí, no acabo de entender por qué los que llevan paraguas se pegan a los edificios (si no llueve mucho, como ha sido el caso) en vez de dejar esa línea un pelín más resguardada a veces para los que no llevan, digo yo que es lógico. Yo no llevo paraguas porque ya perdí un par en su día de pequeña olvidándomelos por ahí y porque me resultan muy incómodos.

Una mujer me ha preguntado con una sonrisa enorme (y no falsa, o si lo era tenía una práctica increíble) si me podía hacer una encuesta. Le he respondido con otra sonrisa (no tan fabulosa) y aludiendo prisas… aunque no tenía ninguna, y se notaba que iba recreándome en el paisaje porque mi ritmo (lento y alegre, rozando lo bohemio, cualquier día me pegaré una hostia brutal con alguien de mirar hacia todos lados e intentar comerme todo con los ojos, y mira que he estado ya veces en Gran Vía) lo demostraba con creces. Luego me he sentido regular, he pensado incluso en volver, pero ya pasaba. Buena parte de la culpa de esta reacción la tienen dos rumanas, o yo qué se lo que eran, y me explico:

Allá por 1º de carrera, primeriza en andurrear por una ciudad como Madrid después de haber pasado 18 años en Jerez (200.000 habitantes), iba tan feliz a entrar en el parque de El Retiro cuando se acercaron dos tipas extranjeras (se veía por los rasgos) ofreciendo unas listas para colaborar a través de la recopilación de firmas con una asociación de sordomudos. Venga, por qué no, firmemos. Y al llegar a la última columna nos encontramos con la palabra “Donativo”. What? Me cago en la puta, eso no nos lo habían dicho, las listillas. Y, como buena gilipollas, les di dinero.

De vuelta a Príncipe Pío para coger el autobús. Ya no había atascos, a las 11 y pico yendo para Villa.

Claro, luego se encargarían de explicarme que las muy mamonas se hacen las sordomudas y luego el dinero evidentemente no va para ninguna organización, sino para su bolsillo. Al poco tiempo de pasarme aquello, otra tía de esas se me acercó en el autobús y me pidió que le firmara. A la tercera vez que me insistió (sin decir una palabra, claro, solo con gestos), le dije “¡QUE NO!”, acordándome de las dos primeras timadoras aquellas. Paró de molestar y se dio la vuelta, y no sentí el más mínimo remordimiento.

Desde entonces, me dije a mí misma que no me pararía ante nadie por la calle, porque luego me la dan con queso. Pero claro, hoy me he quedado pensando en que al menos podría haber preguntado si había que dar dinero, porque en tal caso pues habría sonreído igualmente y me habría escabullido, y si no no me habría costado nada responderle a las preguntas que quisiera. Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

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Cambio de tema, ¡¡hoy no tengo clase!! Al igual que todos los jueves del primer cuatrimestre, ¡es para llorar de emoción! Hemos tenido que llegar a cuarto de carrera para experimentar ese placer que ya tienen la mayoría de los universitarios del resto de España en cada uno de sus cursos… ¡Yupi! A ver a qué lo dedico :), a lo típico, supongo, nada del otro mundo. Comer, estar en casa y… ¡primera salida nocturna por villa del curso 2010-2011!

Chiste

La cosa va de e-mails hoy, por lo visto. He recibido uno cuyo título era Declarado el mejor chiste de España. Creo que calificarse así es una sobrada como una casa pero algo de gracia sí que me ha hecho.

Un tipo está en la fila del supermercado, cuando una rubia escultural le saluda agitando la mano, y le lanza una de aquellas sonrisas estremecedoras. El tipo mira hacia los lados, hasta que se convence que es con él. Decidido, deja la fila y se acerca a la bella mujer. Suavemente le dice:
-Disculpe… ¿nos conocemos?
Ella le responde con una sonrisa encantadora:
-Pues… tal vez yo esté equivocada, pero me parece que usted es el padre de uno de mis niños.
El tipo se queda boquiabierto, mientras su memoria trabaja gran velocidad, intentando recordar los detalles de la única vez que le fue infiel a su esposa. Extrañado le dice:
-¡Ohh! no me diga que usted es aquella stripper que en la despedida de soltero de mi amigo, yo me la comí encima de la mesa de billar, en medio de aquella tremenda orgía, completamente borracho, mientras una de sus amigas me flagelaba comiéndome los huevos y metiéndome un pepino por el culo.
-Bueno… no exactamente, responde ella visiblemente avergonzada.Yo soy la nueva profesora de su hijo…

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