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Posts Tagged ‘noche’

“God bless you”

En esta ciudad (Londres), el verano no existe, o no me lo parece de momento. A casi mediados de junio, continúo llevando mi enorme abrigo a cuestas, y bien que me viene la capucha a falta de paragüas, cuya ausencia no se debe a otra cosa que a la pereza de cargarlo y al riesgo de perderlo. Me resulta un artículo tan tremendamente fácil de dejar por ahí apoyado y olvidado, además de incómodo de llevar, que aún resisto en este país sin adquirir ninguno. Con más razón ante la pérdida del mismo por parte de dos amigas en la última semana.

A su vez, estas temperaturas no te incitan a la mítica operación bikini como en mi querido país natal. No hay fecha determinada, no hay un impulso meteorológico que te lance un aviso tan bestial a la cara como esos españoles treinta y pico, cuarenta grados a la sombra y la obligación de comenzar a enseñar carne para sobrevivir.

Pues de esto que el pasado viernes, antes de ayer, me encontraba la mar de a gusto estrenando un vestido cuyas características permitían encontrarme a mis anchas por mucha cerveza que bebiera, ya que era de composición ancha de cintura para abajo (sin hacerme gorda, obviamente, en tal caso se habría quedado colgado en ese infierno alias Primark cuya cola para los probadores podéis ver en la foto), aunque dándole cada vez más vueltas mentales a mi inminente viaje a Jerez esta semana que entra, con su más que probable y correspondiente rato en la playa de turno.

No estoy haciendo muy buena dieta desde que me hallo aquí, aunque ni mucho menos entraré en el juego de culpar al país porque opino que todo el que tenga verdadero empeño puede alimentarse de una manera igual de sana y equilibrada que la que favorece la dieta mediterránea. No obstante, ahí estaba yo, permitiéndome unas Foster y apaleando con ellas todo lo rebajado frugalmente entre semana.

Ni siquiera tenía pensado salir esa tarde ni esa noche, pero se me juntaron una fiestecilla en la empresa (con bebida y comida gratis hasta las 21:00) con las ansias de una amiga por salir por su cumpleaños. ¿Cómo negarme a ninguno de los dos planes? El culmen calórico fue una criminal Alhambra al final de la velada (2:00 de la mañana en Londres) que dejé a los tres buches de lo fatídica que me sabía. Ignoro el porqué de mi empeño en consumir cerveza si tengo más que comprobado que no me gusta. No, no me gusta, y punto en boca.

Adonde quiero llegar con toda esta extensa parrafada, que no me explico ni cómo albergo tal capacidad para enrollarme, es a que a las 3:30 de la mañana me hallaba de vuelta a casa en autobús sin un balance claro sobre la noche. Tampoco soy de determinar si tal o cual plan ha valido la pena (a menos que sea evidente si sí o si no) pero bueno, ahí estaba yo, tratando de crear nuevos equilibrios mentales en la relación próximas-comidas-de-la-semana–rato-de-playa-inminente, cuando llegué a mi parada.

Me bajo y me sorprendo al instante al divisar una menuda figura portando muleta en una mano y maleta del copón en la otra, en un compás de cojear y tirar respectivamente que hacía daño a la vista. Casi ni un alma a aquella hora y en aquel paraje y una sola dirección que tomar para llegar a alguna calle con algo más de civilización, es decir, que tomábamos el mismo camino por huevos, así que con más razón no vi ningún impedimento para ofrecerle mi ayuda, que aceptó con una sonrisa.

¡Joder, cómo pesaba aquello! Debieron de ser cinco o diez minutillos hasta dejarla donde deseaba pero no quise ni pensar en el estado en que habría quedado la risueña mujer de haberlo hecho sola. Era de Ghana, llevaba diez años en Inglaterra y estaba yendo a visitar a su hermana (o eso me contó, a menudas horas). No hablaba mucho al principio, creo que se concentraba más en caminar y respirar a la vez, pero al hacerle un par de preguntas se soltó. Tanto que por un momento me pidió una libra para tomarse un té pero a eso ya no accedí, siguiéndole a mi negativa un rápido gesto de ella de “no importa” y amplias muestras de gratitud, comentándome que nadie la había ayudado y, sin embargo, ahí había ido yo a socorrerla sin pensarlo.

God bless you (“que Dios te bendiga”) fue lo último que me dijo, y otra nueva reflexión me acompañaría durante el resto de mi camino a casa, bajo una impresionante luna llena por cierto (aunque en la imagen el punto situado justo en el centro parezca una farola más). Una buena acción. Había aprovechado la oportunidad y la había clavado, la verdad, nunca había sentido tan profundo el bien ajeno (no había tenido muchas oportunidades hasta ahora, quitando las monedas dadas a músicos y demás artistas callejeros).

Me sentía orgullosa, buena persona. A su vez, me sentía algo gilipollas por llevar las últimas semanas medio obsesionada con los michelines de las pelotas cuando hay gente que no puede ni andar en condiciones. Y también sentía fuerzas y ganas renovadas hacia emprender esas caminatas frikis mías que me gustan y que poca gente haría, esas semi-palizas improvisadas (como la que os conté de Lewisham a Leicester Square) que me recuerdan que sigo teniendo unas piernas en perfectas condiciones para llevar a cabo su función principal: caminar. Caminar todo lo posible mientras pueda hacerlo.

Y así es como próximamente tendréis por aquí un nuevo post (¡o dos!) con el siguiente título: El día que caminé de Lewisham a Monument.

¡Buenas noches y que tengáis un feliz comienzo de semana!

Cual casa de putas

Relato ficticio. Autora: María González Amarillo.

Circe se mira al espejo. No se reconoce. Un rostro demacrado, machacado, reventado por el roce. Como si sus más terribles miedos estuvieran intentando salir a través de las mejillas, minando en su furia la piel, marcándola, rasgándola, enrojeciéndola. Unos ojos tristes y ensombrecidos color miel forman parte de este tenebroso cuadro, de esta nariz desconocida, de estos labios medio arrancados, de estos pómulos cuyas marcas no son las típicas de la almohada. Preciosa Circe, ¿qué te has hecho?

Una alegre noche, ¿eh? Una maravillosa velada truncada por los objetos de deseo. Te sentías bella, imponente, fabulosa. Nada podía contigo, arrasabas a tu paso. Tus ojos brillaban e invitaban al placer, tus labios relucían con su intenso carmín, tu amplia sonrisa cautivaba a todo el que se encontrara alrededor y tus movimientos de caderas se sabían perseguidos por miles de miradas.

Y volviste a cometer el mismo error. La piedra de siempre está a punto de desaparecer en forma de gravilla de tanto tropezarte, bonita. Te divertiste con uno, con otro, un tercero, otro más. ¿Dónde está tu límite? Bueno, aún así, no dejaba de ser una situación agradable, incluso cariñosa. Bailar, prestar besos, repartir amor por todo el espacio…

Hasta que le metiste en tu casa. Ya sabías por el camino que no era buena idea. ¡Ay, linda y joven Circe! Te dejaste llevar demasiado. Rebasaste la línea. Y solo tú tienes toda la culpa. Por suerte, solo te insistió un poco para que le hicieras una felación. Te negaste, por supuesto, ¡aquello era demasiado! Él te presionó un poco más. Empezaste a llorar. Eso no se lo esperaba. Te acordaste de que no era la primera vez que te sucedía. Hacía ya tanto tiempo, que se te había olvidado el asco que te daba ese tipo de situación. Te acordaste de todas las veces anteriores y te insultaste.

Pero, sobre todo, te acordaste de él. Del protagonista de tus sueños. Del que realmente se preocupa y vela por ti. Del que siempre te acuerdas cuando te sientes mal a raíz de cada uno de esos malditos polvos innecesarios. Del dueño de tu corazón y la melodía que impregna todo tu cuerpo de su ser.

Y, aún así, dejaste que aquel impostor te penetrara, en vez de echarlo inmediatamente de tu territorio, de tu único mini-cosmos personal. ¿No te gustó? Claro que sí, lo físico se disfruta por naturaleza. Mas, en realidad, lo que más ansiabas era que se acabara ya. Al menos, se había puesto un condón, no todos lo habían hecho. Tampoco le habrías dejado… ¿verdad, Circe? Mira, otro golpe de suerte: acabó rápido. Te alegraste enormemente por la existencia de la eyaculación precoz.

Entonces, tal cual se separó, te dijo: “bueno, guapa, pues lo siento pero me voy a tener que ir”. Hasta ese momento ni te habías planteado el querer que permaneciera contigo. De hecho, era lo último que deseabas pero, en cuanto soltó aquella blasfemia, como si tú le hubieras suplicado que se quedara, te jodió. Porque le había faltado tiempo para huir, para quitarse de en medio. ¿Para qué dar ni medio abrazo cuando ya se ha descargado el material?

Y en cinco minutos y dos besos, cerraste la puerta. Para no volver a verlo nunca más. Para sumirte en las tormentosas profundidades de la inconsciencia y la inmadurez. Para recordarte lo imbécil que has sido, en resumidas cuentas.

Sucia. Te sientes sucia. Corres a la ducha, te frotas hasta hacerte daño incluso, y no te importa porque te lo mereces por haberte faltado el respeto a ti misma una vez más. Vuelves a tu habitáculo contaminado de su esencia y ni miras las sábanas corrompidas mientras las arrancas para cambiarlas y romper todo lazo mental. Por fin puedes tumbarte tranquila. Respirar hondo, reflexionar, prometerte una vez más un “basta”, un “nunca más”, un intento por preservar la propia dignidad que se te había escapado en escasos minutos.

Y así fue como la hermosa e inocente Circe erró de nuevo. Volvió a permitir que usurparan su intimidad bajo los efectos del encanto y del alcohol. Y el intruso indebidamente invitado, tal y como había venido, se había ido de su pequeña madriguera, sin mirar atrás, sin procurar honrar su integridad manchada ni su humilde morada. Cual casa de putas.

La ciudad duerme

Madrid descansa. Se sienten dormir los edificios, la gente, el barullo habitual. Los murmullos (y no tan murmurados normalmente) de los vecinos, los estridentes chillidos de esos adorables pequeños, la música de la calle, el ajetreo de los bares y restaurantes próximos.

Domingo. 11 de la mañana. Y a las 10 ni os cuento, aún ahora esa parte de la sociedad que ha trasnochado quizá empiece a desperezarse, pero aún tiene toda la mañana para disfrutar del placer de estar tumbado en la cama mirando el techo. A veces, repasando las aventuras nocturnas; otras, disgustado por la rápida llegada del día pre-comienzo de la semana. En ocasiones, indiferente, centrado en la jornada que les espera, con sus distintos deberes y atisbos de ocio, cuyo deleite depende exclusivamente de cada persona.

Y, mientras tanto, yo aquí, delante del pc, con un libro de inglés entre este y yo, eclipsado por mis brazos, que lo cruzan para poder alcanzar el teclado, pasando por completo de sus contenidos aunque sea durante unos minutos con el objetivo de intentar transmitir esta sensación de tranquilidad, de paz, de satisfacción personal. Esta, podría llamarse, virtud de haber “madrugado” tal día como hoy, en medio de un mundo, concretamente de un país, que ama la noche.

Una España que idolatra las escapadas físicas y mentales del fin de semana, normalmente pausadas durante el día y frenéticas en cuanto cae el sol. Ya sea por el clima, las costumbres adquiridas, la evolución de las generaciones, el insomnio, la necesidad de sentirse integrado, los diferentes horarios de las comidas, etc, vivimos en una nación que comienza a entusiasmarse a las 12 de la noche, alcanza el punto más pletórico a las 3 o 4 horas, y regresa extenuado a las 6 o 7 (o más) de la mañana para sumirse en un plácido letargo.

Hasta que la mentalidad sufre un shock, en unas personas brutal, radical, casi trágico; en otras, más distendido, prolongado, replanteado. Y no sales un sábado noche. También es posible que el agotamiento del viernes noche haya bastado como para cubrir la fiesta del fin de semana (y de los próximos meses), pero apartémonos de este caso concreto. Centrémonos en ese cambio que te hace redescubrirte a ti mismo, quizá también experimentando cierta extrañeza ante lo desacostumbrado, mas abriendo paso a un entusiasmado pálpito de nuevas posibilidades en el horizonte.

Porque, a las 10 de la mañana de un domingo, no hay el más mínimo ruido. Solo se escuchan los pájaros, alternados con uno de los sonidos más maravillosos del mundo: el silencio. Ese estado en el que has de conformarte exclusivamente contigo mismo y del que resulta completamente imposible disfrutar a lo largo de la semana.

Ese ambiente matinal que te obliga a admirarlo sin buscar nada más que el roce de las páginas de un libro, el susurro del teclado, el roce de las sábanas… pero nada de palabras, ni de voces, ni de melodías. No son necesarias ni oportunas en este momento.

Todo el mundo tiene miedo a la soledad. Casi la totalidad del género humano ansía ser consciente a cada momento de que a su alrededor hay vida, alegrías y miserias. Pero yo me pregunto… ¿para qué poner música cuando te ofrecen, te ofreces, en bandeja la posibilidad de enfrentarte al universo sin más protección que tu propia mente?

Aquí y ahora es el momento de aprovecharlo. Sobre todo antes de que el vozarrón del tipo del piso de abajo irrumpa estrepitosamente en tu armónica mañana haciéndote volver a nuestra querida y ensordecedora realidad.

Pueblo fantasma

0:25, noche cerrada. Villaviciosa. Calles demasiado iluminadas, deberían apagar las luces un rato. Se me ha venido a la cabeza aquel día en el que medio Jerez estaba a oscuras. Bueno, quizá no medio Jerez, pero un buen trecho de la avenida principal sí. Era increíble. Oscuridad total. Me acojonaba, me encantaba.

Un chico lleva la basura. Ruido de algún coche. Una pequeña y animada reunión a través de las cortinas translúcidas de un ventanal. Hoy me he agobiado en casa. Creo que es la primera vez que realmente me agobia mi casa. Mi refugio, mi espacio, adonde solo tengo acceso yo. Mi territorio, mi escapada, mi huida, mi sitio, mi hogar. Será porque llevo todo el puto día metida dentro. Lo que ya he dicho un porrón de veces: cada vez que explotas algo demasiado, acabas hasta los huevos de ello.

El banco. Siempre sacando dinero. Es alucinante cómo desaparece entre los dedos, moviéndose de aquí para allá constantemente. Consumismo. Nacemos predestinadamente enseñados para gastar. Nos frustramos cuando no podemos hacerlo. Bueno, creo que no es mi caso, pero en general sí. Ir de compras se ha convertido en una terapia. Yo lo detesto, es un coñazo. Será porque no me conformo con cualquier prenda.

Un cigarro. Otro. Un par más. En realidad no hacen nada, su efecto es completamente psicológico, solo suponen un gasto brutal de pasta, y más ahora, que han vuelto a subir los precios. Menos mal que lo mío es ocasional, porque el Gobierno se va a poner púo a raíz de los fumadores.

Unos pocos coches. No me esperaba ninguno. En uno de ellos, sonaba esta canción:

Al buscar un vídeo con buen sonido, he encontrado uno en el que pensaba que ponía la letra pero… creo que eran unas palabras que había puesto la persona que había colgado el vídeo en memoria de amigos suyos y de su novia que habían sido asesinados… Igual me equivoco pero se me ha puesto un mal cuerpo de la hostia y no lo voy a mirar otra vez para comprobarlo.

Sonaban las raíces de un árbol. Sonaban en serio, un sonido entre lluvia y un crepitar eléctrico. Pensaba que no me acordaría de ello, pero me da que he ido todo el camino repitiéndome lo que experimentaba para transcribirlo. Neurótica de remate. No paraba de pensar. Tanto en mis sensaciones como en el blog. Fifty fifty. Esto ya resulta enfermizo. No soy capaz de divagar sin unirlo a la adicción de plasmarlo por escrito. Eso, en parte, ha mantenido cierto agobio… junto con cierta presión del estómago, en buen momento se pone a dar por saco.

He visto a un hombre de lejos. Me parecía que estaba hablando solo y he concluido rápida y prejuiciosamente que iría borracho. No lo iba. De hecho, me ha saludado y sonreído al pasar. Qué agradable. Era muy bajito, debía de pasarle una cabeza o así. Psicosis. Paranoia. Ahora viene de repente y me coge del cuello, pero saldría ilesa. Agarrón de su brazo, voltereta mortal, patada en los cojones. Hasta luego, Lucas, ahí te quedas. Mirada hacia atrás. El hombre ya está en la otra manzana. Hacía mucho que no imaginaba escenas violentas, de las que siempre salgo indemne, por supuesto.

En tercero de ESO me pasaba mucho. No paraba de visualizar mentalmente palizas y palizas a los cuatro gilipollas de clase. Si yo fuera profesora, los cojones iban a vacilar unos niñatos a nadie de clase, y menos a una chica. Si me los encontrara ahora, los cojones me iban a decir ni mu, los muy fracasados. En otras ocasiones, imaginaba que un loco entraba por la ventana, agarraba a uno de los chicos y yo, de alguna fantástica y ágil forma, lo salvaba, y así me dejaban en paz.

Menos mal que los tiempos cambian. Tuve una buena adolescencia, ¿eh? Bueno, todo lo digna que se puede tener, pero tampoco os vayáis a pensar ahora que andaba trastornada, solo eran unas cuantas mierdas de mosca zumbando.

Mi intención no era centrarme en ese tema, en verdad. No tenía intención ninguna, solo escribir. Blog-adicta. Al blog y al philadelphia. Parece una chorrada pero ya va en serio, exagerado. Menos mal que no compro chocolate, bastante me cuesta ya bajar de peso. Joder, no tengo hambre y aún así cogería una tarrina y empezaría a fundírmelo como si fuera helado.

El pecho se ha calmado. Otra semana más empieza, y tiene buena pinta, pero aún así el mero hecho de que empiece otra serie de siete días hace que ya entre pereza, desgana. Rutina. ¿Cuántas veces he hablado de esto? Mañana se habrá pasado, o si no el miércoles en Zombie (fiesta de la Sala Heineken, Madrid), cómo no. A evadirse. A disfrutar, a bailar, a conocer gente. A lo mismo de siempre, en realidad.

Un puente más que satisfactorio. Me he reído muchísimo y he compartido experiencias con bastante gente, la de siempre y nueva.

No importa, ya pasó. Pero me levantaré y desayunaré. Sí, la primera comida del día me anima, las otras dan más vagancia. ¡Ya lo tengo! Las adornaré con Ketchup :). Lunes. No me parece un nombre feo. Y el domingo menos, pobre. Aunque ha sido para nada el de hoy. ¿Para nada? Qué coño, claro que sí. He… pues, he… ¡Ah, sí! Me he leído los primeros tutoriales del curso de Community Manager al que me he apuntado (obligadamente pero da igual, me viene muy bien) en la empresa de las prácticas. Por primera vez, he divisado, aunque fuera difusamente, una mínima proyección de futuro real, cercana, táctil. Sienta bien eso.

Buah, neura mental de las grandes. Supongo que ya tocaba. Y mañana más, en la siguiente sesión del Seminario de Análisis Fílmico sobre Solaris. Sobre la búsqueda eterna de respuestas. Sí, va a ser un buen día solo por eso.

¿Qué más he hecho hoy? Descargarme un vídeo para un reportaje de clase… No me gusta grabar. Después de aquellas tres horas preparando todo el plató y tratando de mover la cámara en condiciones, concluí que no me apasiona. No me llena nada, incluso me vacía más, me aburre. Me flipa ver planos guays, películas y a la gente que le gusta grabar, pero mis manos no son para eso.

Me he quedado medio en blanco, así que aprovecharé para apagar el ordenador a toda velocidad, antes de que se me vengan más cosas a la cabeza y empalme con el madrugón para ir a las prácticas. Aunque hace tiempo que asimilé que el cansancio y el sueño van intrínsecos en el ser humano. ¿Acostarse temprano? ¡Anda, hombre! Me gusta la noche. No sé si más que el día. Supongo que sí, porque si no en invierno no veas.

Venga, hora de dormir (2:17), ¡que os levantéis contentos y que la semana os depare alguna sorpresita! (la cual será fundamentalmente producto de vuestra mente también, ¡pero no importa! De eso se trata) :D.

Primera noche madrileña

Se acabaron los propósitos de acostarse temprano. Cada día es un mundo y nunca se sabe lo que te depara, y para esta noche me he entretenido la mar de agradablemente entre El Rincón del Veneno y registrarme en Twitter. Si me ha llamado poderosamente la atención esta web es por el objetivo primordial de transmitir información, por fin mínimamente alejada del morbo tuentil y facebookiano. También estoy en proceso de perfeccionar mi perfil en Linkedin, red empleada exclusivamente para establecer contactos laborales.

Como véis, intento darle a todo lo que llega a mis oídos :).

La llegada a Madrid ha sido rápida e indolora, y alegremente homenajeada con una cena con mis amigas de clase, ¡qué menos para ponerse al día del verano!

Pero ya es hora de acostarse (3:50), que mañana hay que limpiar la casa (uuufff…) y hacer la compra. ¡Feliz comienzo de semana!

Camino de Santiago (X), el piso y la queimada

Después de pasar esa penosa media noche durmiendo en el coche de PA y otro rato más en la estación de autobuses, y habiéndonos despedido de R, partimos en busca de un sitio donde desayunar. Parece ser que en Galicia, o al menos en aquel bar, el pan con tomate es una rebanada con tres mijitas de tomate triturado (literalmente, porque los cachitos no cubrían ni el 30% de la superficie del pan) y el pan con jamón es un sándwich mixto, o eso le pusieron a mis amigos. Menos mal que respecto a la mantequilla y la mermelada no había confusión.

V, A y yo fuimos a recoger nuestras maletas en la consigna, que es donde las habían dejado la ajetreada tarde anterior, y fuimos a la Plaza Roja, lugar de encuentro con el viejete que nos llevaría al piso alquilado por dos noches. Fui lentísima, una vez más, retorciéndome por los putos pies y agradeciendo no haber hecho aquellos 25 kilómetros, porque creo que habrían sido brutalmente fatídicos, y por fin llegamos. De lujo: 4 habitaciones, dos baños y una cocina y un salón espaciosos. Tanto el viejo como otras personas que estaban allí se pusieron a colocar las sábanas y a dar un fregao que no veas a la casa. No me pareció mal pero ya podían haberlo hecho antes.

Almorzamos unas fajitas al horno con jamón y queso que me supieron a gloria, nos duchamos y todos a dormir la siesta, pero antes me tiré un buen rato de cháchara con F, mi compañero de cuarto :). Como dos horas a gustísimo, tras las cuales decidimos descansar un poco o no íbamos a durar mucho para la segunda noche en Santiago. Sobre las 21:00 me despertó PA y claro, tocaba cenar (casi se me habían fundido las dos comidas), una bandeja impresionante de filetes con nata y patatas. El pan se cayó como tres veces al suelo y cada vez resultaba más absurda que la anterior pero bueno, menos mal que no cayó la carne.

La Queimada.

Esta noche fui aún más fresquita que la anterior, y por suerte la temperatura estuvo inmejorable, agradabilísima. Nos cruzamos con los granadinos, les saludamos y tal y avanzamos un poco más. Subiendo unas escaleras, nos posicionamos a una distancia prudente de un escenario del que no paraba de sonar música celta. Los chicos se marcaron unos bailes espectaculares. Ya con una buena dosis de Negrita en vena y el último vaso sin hielo (puaj), dimos una vuelta. Ahí sí que ya no me notaba tan mal los pies, ¡la naturaleza y el cuerpo humano son alucinantes! Nos cruzamos con unos cuantos chavales que creo que habíamos visto la noche anterior pero no estoy segura, no me quedé con las caras, y fuimos a un bar con cuya camarera estos se sentían en deuda, ya que en otro camino anterior habían estado allí y habían dicho que volverían. La muchacha probablemente no se acordaba pero bueno, bien que nos lo pasamos entre la música, algo de baile y la quemazón de la queimada, vaya tela de bebida, su paso por la garganta da una sensación de estar metiéndose veneno hasta la mismísima alma. No lo noté fuerte en sí, era raro. Había que tomarla, es típica de allí.

Así que nada, llegamos primero 4 de nosotros al piso, nos fundimos la pizza que había, llegaron los demás, se cagaron en nosotros y me tiré hasta las 8 de la mañana hablando con PA. No podía haber salido el día más perfecto :D.

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