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Vertigo 42: las mejores vistas de Londres / the best views of London

O, al menos, de las vistas más impresionantes. Hasta el momento, he tenido el placer de disfrutar de variadas perspectivas de Londres desde tres sitios: el observatorio del adorable barrio de Greenwich al sureste, una colina al norte llamada Primrose Hill y, finalmente, este restaurante situado en el último piso de un edificio en la céntrica zona de Bank: Vertigo 42.

Or, at least, the most impressive views. For the time being, I’ve had the pleasure of enjoying different perspectives of London from three locations: the Observatory of the lovely Greenwich neighborhood at the South East of the city, a hill called Primrose Hill in the North and, finally, this restaurant situated on the top floor of a building in Central Bank area: Vertigo 42.

Vertigo 42 London

¿Con cuál me quedo? Sinceramente, no con Primrose Hill. Es un sitio agradable al que ir de vez en cuando con buen tiempo si vives cerca, por Camden por ejemplo, pero a mí con una tarde me bastó. Los edificios están demasiado lejos como para apreciarlos con nitidez. Sólo os invito a acercaros un día si vivís en Londres. Si estáis de visita unos pocos días, personalmente no lo escogería como destino.

Which one do I prefer? To be honest, not Primrose Hill. If you live close to it, for example at Camden, it’s a pleasant place to go from time to time and in good weather but one morning was enough in my case. Buildings are too far as to be clearly perceived. I’d just invite you to go over there if you live in London. If you are visiting it for a few days, personally I wouldn’t choose this destiny.

Primrose Hill London

Sin embargo, nunca me canso de las vistas desde el observatorio de Greenwich. Bueno, desde el mirador, porque no me ha dado por pagar aún para acceder al observatorio.

However, I never get tired of the views from Greenwich Observatory. Well, I mean from the viewpoint, I still haven’t felt the necessity of paying to access the observatory.

Greenwich Observatory London

No obstante, ¡parece que ha surgido un nuevo competidor! Vertigo 42 es capaz de ofrecer lo siguiente de día…

Nevertheless, it seems to be a new competitor! Vertigo 42 offers the following image during the day…

Vertigo 42 London

… Y de noche.

… And at night.

Vertigo 42 London

La única “pega” sería que hay un mínimo de 10 libras por persona a abonar para acceder a este local, aunque creo que no supone gran cosa con lo espectaculares que son las vistas.

Eso sí: no esperéis mucho del baño, deja bastante que desear.

¡Que paséis buen día!

The only “problem” would be that there’s a minimum charge of 10 pounds per person to get access to this place, which I don’t think it’s a big deal if taking into account how amazing the views are.

But don’t expect too much from the toilet, it’s utterly disappointing.

Have a nice day!

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Conociendo el País Vasco (I); Bilbao, San Juan de Gaztelugatxe y Gernika

Empecemos por el principio: un sábado 23 de abril de 2011, casi finalizada mi Semana Santa jerezana, cogí un avión en Sevilla para el País Vasco, donde se me abriría la perspectiva de unos cuantos días descubriendo varias ciudades y pueblos del norte de España que aún no había tenido el placer de visitar.

En una hora y cuarto aproximadamente ya estaba en Bilbao. Primera parada: el Guggenheim, claro.

Naturalmente, resultó imposible que me cupiera entero. Las imágenes tampoco son espectaculares pero llegó un momento en el que decidí dejar de intentar inmortalizar bien el espacio que me rodeaba (difícilmente ilustrable en modo panorámica a través del móvil) para simplemente disfrutar de lo que veía.

Vista desde la orilla del museo hacia el otro lado del río Nervión. La arquitectura propia de todos estos sitios norteños que vi me pareció bastante singular, diferenciada del sur, colorida, de considerables dimensiones en las ciudades y muy agradable de recorrer con la mirada. Por su parte, los pueblos desprendían un profundo encanto.

La señora araña de al lado del Guggenheim, con el puente de la Salve de fondo. A partir de este momento, pasé del móvil para centrarme en el paseo por la ciudad, bastante bonita, con un ambiente bastante majestuoso. Tras unas cuantas vueltas y almorzar a base de pinchos, cultura gastronómica que no había experimentado, marchamos hacia el siguiente destino: San Juan de Gaztelugatxe (lo que me costó aprenderme el nombre), un paraje realmente precioso que consiste en una isla unida a la tierra a través de un istmo artificial y en cuya cima nos encontramos con una ermita dedicada a San Juan Bautista.

231 escalones a los que precedió un recorrido de bajada entre vegetación y carretera, y una servidora llevando botas y medias de rejilla. Fallo técnico, desconocía la verdadera naturaleza de la excursión… Temperatura agradable convertida en calor infernal por la caminata, que hacia las alturas se tornaría en un rato de tal relax y belleza paisajística que compensó con creces el esfuerzo.

A un lado, estas vistas. Al otro, la inmensidad que se fundía al fondo con el cielo y que ninguna imagen podría mostrar fielmente, así que tendréis que ir vosotros mismos. Olor a mar, brisa y campanadas de la ermita, las cuales pueden ser tocadas libremente por los visitantes.

Vuelta exclusivamente por carretera, allá se veía a lo lejos la cima en la que habíamos pasado un rato para amortizar el tiempo de ida. Ahora: subida en cuesta. Durilla, pronunciada, procurando mantener el tipo frente a las personas que bajaban (ya les tocaría luego subir, ya). No había coches, todo el mundo optaba por caminar, eso hacía la visita mucho más auténtica (aunque creo que tampoco estaba permitido el paso en un punto determinado…).

Llegar al coche por fin fue todo un premio. Botas fuera y camino de Gernika/Guernica, donde pasaríamos la noche. Breve paseo por el pueblo buscando el famoso árbol de Gernika, que me lo esperaba bastante más impresionante pero bueno, el caso era ojear un poco la zona.

Y fin de un primer y maravilloso día al que esperarían unas cuantas aventuras más :).

Siete tetas y cuatro torres

Este lunes fui a Vallecas. Nunca había estado en ese barrio y a todo el mundo le da bastante mal rollo pero en mi caso el plan resultó ser de lo más agradable. Por lo visto hay una zona cerca de la parada de metro Buenos Aires con una frondosa vegetación y dividida, aparte del resto del terreno plano o en cuesta, en siete montes que se hacen llamar tetas, de ahí el título del post y mi cara de sorpresa la primera vez que escuché el término sin llegar a comprender a lo que se refería en un principio (“desde esta teta se ve…”, y yo: “¿cómo?”).

Pues desde una de las tetas más altas pude divisar ampliamente una buena parte de Madrid. Un Madrid iluminadísimo, en pleno apogeo todavía a aquellas horas de la tarde-noche, y nosotros sumidos en una considerable oscuridad y a una distancia prudente de varias parejitas ataviadas con sus correspondientes mantas, incluidos nosotros, ya que hacía un frío del copón.

No, no saqué fotos, se me pasó por completo y tampoco creo que se hubiera visto mucho de noche, pero a cambio tengo una anécdota en torno a la vuelta de Vallecas al día siguiente. Me monto en el metro, esta vez el de Puerto de Vallecas. Me ahorraba así unas tres paradas de metro a cambio de un corto paseo matutino, no estaba mal para despejarse. ¿Qué pasó? Pues que iba yo en la línea 1, la celeste, y veo que va a Atocha Renfe. Y yo oh, perfes, así cojo el cercanías allí en vez de hacer trasbordo en el metro y cogerlo en Méndez Álvaro, que es lo que había hecho a la ida.

Pues yo no sé qué coño hice que me metí en un cercanías que se recorrió medio Madrid. Empecé a ver un poco de campo, y luego más, y luego una bestialidad vegetal y la civilización alejándose cada vez más…

Una hora de camino. Una hora, cuando a través del metro te recorres Madrid entero en 30 minutos. O en 45 pero vamos, lo mío sigue siendo una burrada. Y todo por experimentar, así de guays, por no prestar atención. Quería llegar pronto a casa y me encontré con que aquel tren pasaba hasta por Majadahonda, he aquí la prueba.

Llegó un momento en el que, aparte de hartarme de contemplar el bonito paisaje campestre (por sacarle algo positivo), empecé a apuntarme las paradas. No sé por qué, para aumentar lo cómico del asunto, supongo. Recoletos [laguna de unas 4, 5, o yo qué sé cuántas estaciones], Ramón y Cajal, Pitis, Las Rozas, Majadahonda, El Barrial, Pozuelo, Aravaca y finalmente Príncipe Pío, mi destino. Solo diré que aquí cojo el autobús a Villaviciosa (22 km) y que Majadahonda está a 17 km de Príncipe Pío.

Ya no había ni edificios, pa qué. Casitas, muchas casitas muy cucas y monas, construidas igualitas y a montones y desperdigadas ordenadamente por aquel paraje del culo del mundo. Aunque en realidad el recorrido más duradero fue de Pitis a Las Rozas, si no recuerdo mal. Tan largo fue que a lo largo de las siguientes estaciones me ponía contenta cada vez que anunciaban la siguiente parada sin tardar tantísimo como en el viaje Pitis-Las Rozas.

Esta vista me gustó mucho, aunque no conseguí sacarla nítida ni menos torcida entre el movimiento del cercanías y que se me iban a escapar por la ventana.

Para que os hagáis una idea más clara del paseo que me di, “Impr pant” del Google Maps. Olvidaos de la mitad de la derecha, la parte importante de esta captura es la izquierda. Exacto: hacia el norte, Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas… ¿Dónde está Villaviciosa? A una distancia bien parecida, solo que justo hacia el sur, veis el pueblo en la esquina inferior.

En fin… Otra anécdota para la lista (y para que os riáis de mí).

Subida al Picacho

Esto es una aventura que he estado retrasando bastante para contarla, y mira que tampoco hay mucho que relatar, más que nada mostraros imágenes muy chulas de la experiencia.

El Picacho es uno de los varios montes-montañas situados en las proximidades de Alcalá de los Gazules, pueblo de unos cinco mil y pico habitantes de la provincia de Cádiz.

Ahí arriba estaba la cima. Y yo que me esperaba un paseíto de campo… Aún así, después de un mes metida en Madrid, este lunes 11 de octubre (en el que tenía clases pero natural y placenteramente me las salté siendo el martes fiesta) se agradeció con creces una expedición campestre. Me traía muy buenos recuerdos del verano.

La laguna de El Picacho. Cuando todavía no llevábamos casi nada recorrido ni sabía lo que me esperaba. A lo lejos parecía un enorme barrizal pero al acercarte se veía el agua algo más limpia, aparte de que comenzamos a advertir la presencia de una ferviente vida animal que nos acompañaría a lo largo de todo el recorrido.

D: “¡Una serpiente!”

Bueno, no era para tanto, una culebrilla enana. Alguno le increpó con un palito y vimos cómo reaccionó moviendo la cabeza a toda velocidad para intentar agarrarlo, como en los documentales.

Muchísimas ranitas saltando al caminar por los alrededores de la laguna.

Dejando atrás a toda aquella fauna agolpada, continuamos nuestro camino. No sé cuánto llevaríamos en este punto pero a la mitad de camino ya me estaba arrepintiendo de mi profundo sedentarismo durante las últimas semanas, comparado con todo lo que me había movido durante las vacaciones. Me estaba pasando factura.

No se ve demasiado bien pero he aquí un carnívoro espectáculo que nos dejó parados por unos segundos: una mantis poniéndose púa con un escarabajo, al que ya debía faltarle por lo menos la cabeza (o el culo, ignoro por qué parte empezó), de camino al estómago de la tremenda “bicha”.

Estoy segura de que me contempló por un momento mientras se zampaba su festín y yo me colocaba para hacerle una buena foto, pero allá que seguía ella, impasible ante los cuerpos de metro y pico que la rodeaban a escasa distancia. Qué par de huevos.

El paisaje precioso. Normalmente nos rodeaba un porrón de vegetación pero de vez en cuando se podían inmortalizar perspectivas más lejanas y muy bonitas.

Aunque llegó un momento en el que se acabó la sesión de fotos para solo centrarme en subir sin asfixiarme demasiado, no me esperaba encontrarme tan ahogada. Vamos, tirando, cada parada me daba la vida y para arriba que seguía pero vaya tela. Unas dos horas de subida, muchas piedras y poco llano, sobre todo al principio, pero digamos que a partir de la mitad la pendiente creciente estaba bien marcada.

En la cima. Saqué mi pierna intencionadamente para darle otro rollo a la imagen. Y con las nubes de los Simpson de fondo.

Apoyada en una de las rocas de la cima y punto de vista en picado. Así la verdad es que no parece para tanto pero desde arriba imponía bastante, aparte de que una cámara no da para abarcar la inmensidad del terreno.

Justo al bajar el tramo más duro de subida a la cima, nos encontramos con un espacio como este, donde descansamos un poco antes de ponernos en marcha definitivamente.

Me puse un poquillo nerviosa bajando, porque aunque lo prefiera a subir por el cansancio que esto provoca, al bajar tienes que estar permanentemente con las piernas en tensión, sin poder relajarlas ni un solo momento, y en especial en este descenso había muchísimas piedras y piedrecitas. Pegué un par de resbalones sin consecuencias graves, menos mal. Si hiciera aquello todos los días, tendría los gemelos como rocas.

Hongazo que te crió. De no ser venenoso (no sé si lo sería), hacía un gran apaño para un almuerzo.

La vuelta se hizo algo más corta que la subida, pero tampoco demasiado. En Alcalá de los Gazules nos tomamos un chocolate caliente y espesísimo que daba gusto. Entre el mini-camarero (alucinantemente bajito, pero simpático) y el que nos atendió (sieso con ganas), nos ganamos otro repertorio de comentarios durante la merienda. Muy entretenida y apacible.

Y hala, a Jerez.

Una bella jornada que destaca y brilla entre la rutina diaria :D.

Bolonia

Este fin de semana ha estado repleto de playa. Parecido al anterior en cuanto al ritmo (noche de sábado movida, 3 horas para dormir y domingo entero en plena naturaleza), para este ha tocado, en principio, una tranquila noche de viernes en casa de PG en Valdelagrana, cenando pizza del Carusso, desconocido para mí, viendo unas cuantas escenas de Little Britain, serie que no puede ser más absurda (se puede intuir un poco a raíz de la expresión de los personajes de la imagen), y echando una partida a un juego de mesa cuyo nombre no recuerdo, que consistía en que te decían una serie de regalos y tú tenías que dar a cada uno de los demás participantes el que creas que más le iba a gustar, así como ellos a ti, y posteriormente se colocan fichas que determinan qué tres regalos gustarían más y cuál no gustaría en absoluto, y luego se miran los resultados y se van sumando o restando puntos. Estuvo bastante gracioso, sobre todo con la perspectiva de que acababa de conocer a la mitad de los jugadores, 4 chicos que justo habían llegado a la casa, y no tenía ni la menor idea de sus gustos, ¡yuju!

Cabe destacar la ida en coche con D hacia Valdelagrana, un tanto polémica a raíz de dos temas principales: la conducción de las mujeres y los posibles motivos de la homosexualidad. Un rato la mar de entretenido, vamos.

El sábado consistió en básicamente perder la tarde esperando a que me recogieran los niños, porque ni ellos se ponen de acuerdo, y lo que iba a ser salir de casa a las 19:30 se trasladó a las 21:30, con un hambre que te cagas, para ir a la playa de Sanlúcar a hacer barbacoa por la fiesta de La Caridad. Allí no había ni Dios, en la zona donde nos pusimos, pero mira, más a gusto que un arbusto, con nuestra comida, el tinto que nos vendieron en el chiringuito por un módico precio (la mujer se dio cuenta de que tiraba a la baja y terminó diciendo: “bueno, os lo dejo por 5, 6, eh, 7 euros, ¿vale, chicos?”, pero en fin…), la bebida, un montón de matojos rodeándonos, buenísimos para buscar un hipotético váter cada vez que fuera necesario, y el agua muy cerca, para acabar bañándonos en unas aguas cálidas tras conversaciones sobre sexo y temas varios y algo de baile a través de la música del chiringuito.

Y vuelta para casa, no me fijé en la hora, pero a las 11:30 larga me estaban llamando para partir de nuevo hacia otra aventura, en este caso pasar el día en la playa Bolonia, a una hora y pico de viaje en coche. Yo ya llevaba un ratillo despierta, medio inquieta incluso, recordando la noche anterior y pensando en el día que me esperaba, y cuando recibí la llamada me puse en pie de un salto, bueno, tranquilamente para no marearme, desayuné y mi madre me preparó los bocadillos :). Y lo que iba a ser recogerme a las 12:10 se convirtió en las 12:50, anda que estamos bien con la puntualidad U_U, pero bueno, esta vez fue culpa de CH, que se incorporó de nuevo a las aventuras de la PTP, además de a Sanlúcar la noche anterior.

Recogimos a un par de chicas más y caminito a Bolonia. Una cola del copón como a la mitad del viaje nos dejó unos 15 minutos algo más retrasados pero bueno, llegamos por fin a las 15:30. La fotografía es de internet pero tal y como véis la vi yo, que conste. De hecho, esa es la vista que tuvimos cuando, al final del día prácticamente, subimos las pedazo de dunas que había por ese lado de la playa, para ver un paisaje impresionante desde arriba, aparte de tirarnos cuesta abajo rodando por la arena. Bueno, se tiraron los niños y a algunas nos tiraron. Después se fue el sol, y no nos dio tiempo a ver el “rayo verde” del que tan bien nos habían hablado, qué coraje. Y bajamos corriendo las dunas, para bañarnos por última vez y quitarnos los kilos de arena y sudor que llevábamos ya a esas alturas de un día completo de playa.

Baños congelados, almuerzo, rato tranquilo de la siesta en silencio mirando a la lejanía, jugueteos con Golfo, el perro de A, que le dio mucha vida a la jornada playera, tirándole el palo y enseñándole a no morder la pelota (en una de las ocasiones creo que le di algo de miedo con un “¡que no!”) y finalmente, subida de dichas dunas, durilla, costosa, más de lo que esperaba, y no eran los gemelos cargados lo peor, sino un leve dolor de riñones que me vino de repente y que me hizo recorrer un último tramillo medio corriendo en un intento de llegar un poquito antes. Vamos, no sufrí con el camino, solo me lo esperaba más llevadero. El premio vale la pena con creces. La vista de la montaña por un lado, con el sol escondiéndose y siendo envuelto entre bruma y enormes nubarrones grises que se habían estado avecinando durante la tarde. A los lados, verde. Un verde fuerte, bellísimo, que supera con creces a los más bonitos ojos de ese color que puedan existir. Un mar de hojas de esperanza. Y hacia atrás, por donde habíamos venido, la vista de la fotografía. El océano en su expansión, de unos tonos azules y turquesas como solo algunas playas más puras y menos llenas de mierda pueden ofrecer al ojo humano. Casi me agobié de intentar mirarlo todo a la vez, me habría gustado tener visión panorámica desde aquella privilegiada posición.

Vuelta a casa, ya de noche. Acabó con un pelín de mal sabor de boca, con la pérdida de un colgante muy significativo para un amigo, pero se puede pensar en modo romántico que se quedará en las profundidades de una de las playas más bonitas de Cádiz… aunque joda un montón de todas formas. Por el camino, nos paramos en una gasolinera (cerrada) para que el conductor bebiera agua y se espabilara, no fuera a quedarse dormido, y dio la casualidad de que al otro lado de la carretera y por encima de la verja, un hombre al que se le había parado el coche nos pidió que le rellenáramos una botella con agua para ponerlo de nuevo en marcha. Las casualidades de la vida.

Ducha y a dormir unas 10 horas o más. Empieza una nueva semana, con un lunes de fiesta en Andalucía, Aragón y Asturias, y un sábado en cuya mañana temprano huiré a tierras mañas. A ver qué me invento para entretenerme por en medio :).

Camino de Santiago (VI), Sarria-Portomarín

Para mí, la mejor etapa. Para A, me da que de las peores, debido a que se cambió los zapatos con F para que este fuera mejor. La consecuencia directa fue un tremendo mal rato para A, sobre todo en las cuestas abajo por lo visto (no había visto a nadie que se pusiera a tocar las palmas para combatir el dolor xD, evidentemente, lo hacía de cachondeo), y no me extraña con aquellas botas, de las que se vengarían ambos estrellándolas contra el suelo y tirándolas a un contenedor al día siguiente.

Pues eso, esta marcha es la que menos que costó y la que más disfruté. Me resultó la más bonita de todas y ya al llegar a Portomarín el paisaje se pasa de bello, como podéis observar en la imagen. Solo nos quedaba cruzar ese puente. La cola del albergue era ya considerable pero se trataba de uno de los más espaciosos, así que no hubo problema. De hecho, los mismos catalanes a los que habíamos dejado nuestras plazas en Sarria se encontraban allí, y nos cedieron su puesto porque pensaban caminar unos 13 kilómetros más. Que me mataran para hacer 13 kilómetros más a partir del mediodía, vamos. Solo sé el nombre de uno de ellos: Emanuel, creo. Rubio, simpático, con unos ojos verdes claros bastante llamativos y, en conjunto, un cachondo mental. Allá que se largaron él y los otros dos, que eran pareja, chico y chica.

Total, que nos duchamos, compramos la comida (para no variar) y tuvimos el mejor almuerzo peregrino del camino. Exacto, esa pedazo de fuente con arroz y habichuelas. No voy a decir que estaba ultra soberbio pero sí bueno, se dejaba comer muy a gusto, sobre todo ante la perspectiva de más bocatas de no ser por la cocina del albergue.

Y nada, echamos parte de la tarde en la piscina del pueblo y para cenar nos hicimos otra buena fuente de pasta, en este caso macarrones. La última parte del día concentró lo mejor, como de costumbre: charlando en la plaza principal, siendo fotografiados en comuna para, en teoría, publicarlo en La Voz de Galicia del viernes (pero no salimos, normal, a saber cuántas fotos llevaría el notas), conociendo a la futura alcaldesa de Portomarín (que más que eso me dio la impresión de ser una zumbada, con el desparpajo que me traía) y, tatatachán, hablando con Fréderic. Él se estaba quedando en el polideportivo y cuando apareció, al ratillo sacó la guitarra y dio la casualidad de que se sentó a mi derecha, y lo escuchamos y empecé a conversar con él. Y así seguí hasta que a las 23 de la noche ya tuvimos que retirarnos. Me encantó conocer a alguien tan agradable de forma tan espontánea, y de paso practicar el inglés.

Fréderic es rubio, moreno de piel (en ocasiones rojo), de ojos azulísimos, pelo largo que no se peina desde hace tres años (ya decía yo que eso más que rastas parecían nudos, aunque sí se lo lava), 34 años, de los cuales se ha pasado caminando los cuatro últimos, en especial por Asia. Me gusta mucho su sonrisa, sincera, le hace más joven. Es posible que ahí comenzara una curiosa conexión entre ambos, o que me agrade imaginarlo pero vamos, creo que sí :).

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