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De Londres a Stansted, desde el avión y aterrizando

Os voy a contar un poco mi ida de Londres a Jerez de la Frontera (Cádiz, Andalucía, España). El motivo principal era mostraros las fotos que tomé desde el avión, solo que al ir eliminando por verlas todas iguales me he quedado con poca cosa, así que me centraré también un poco en el recorrido anterior, aportando cierta información que puede resultar útil. Naturalmente, si algún lector conoce otra vía que vea más idónea, considérese absolutamente invitado a plasmarlo en un comentario para que todos nos enteremos.

Para empezar y para quien no la conozca todavía, bienvenidos a la empresa Easybus, cuyos autobuses salen desde un número limitado de calles céntricas de Londres hasta los aeropuertos de Stansted, Luton y Gatwick. A Heathrow no le hace falta, que llega el metro, y al City el tren, aunque a Gatwick también pero bueno, cuantas más opciones a elegir, mejor para nosotros, ¿no?

Los autobuses que van a Luton, y que normalmente son de tamaño grande, salen desde Brent Cross, Finchley Road, Marble Arch, Victoria Buck. Palace Road y Gloucester Place (Baker St); mientras que los que van a Stansted, de tamaño medio o minibuses, solo salen de esta última localización. Para más información, consultad la página web, que tampoco me la he estudiado y a mí el aeropuerto que me interesa principalmente es el de Stansted, el único que me lleva a Jerez (y el que está más lejos).

De todas formas, si vais a Gatwick, lo que veo más apañado es coger el tren en London Bridge, aunque también depende desde dónde vayais de Londres, pero ¡cuidado! A medida que va avanzando, algunos vagones se desplazan hacia otros destinos. Estad atentos a la megafonía o igual no llegáis al aeropuerto y encima acabáis en Pernambuco.

Esta parada de autobús, la 19, se corresponde con los autobuses que van a Stansted, mientras que la que se ve un poco más adelante es la S, la de los autobuses para Luton. Cabe destacar la inmensidad de nubes, tan típicas por estos lares, que  hacían difícil atisbar el azul del cielo. A continuación, os enseño el edificio situado enfrente de la parada al otro lado de la carretera, que me cayó simpático para fotografiarlo.

Tras un recorrido de aproximadamente una hora y 10 ó 15 minutos, llegada al aeropuerto. No tiene pérdida acceder al mismo y buscar tranquilamente tu puerta de embarque (si llegas con tiempo, claro). No lo he comentado antes pero, para llegar a Baker Street, lo más apañado sería pillar el metro hasta allí.

¡Y ya estamos en el avión! Como no podía ser otra la compañía, con Ryanair y la cola metiéndose en toda mi vista. Es lo que tiene que los asientos delanteros se ocupen los primeros.

Petadillo que iba, ¿eh? No me esperaba yo que tanta gente fuera a Jerez así por las buenas. Era viernes pero aún así, me llamó la atención. Me sentí algo más orgullosa de mi apacible lugar de origen. Claro que teniendo en cuenta que la provincia de Cádiz no tiene más aeropuertos, a saber para dónde tiraría toda aquella gente una vez en Jerez, porque playa poquita.

Una última toma de un cielo ya más despejado antes de despegar. No os dejéis engañar, en el tiempo que llevo aquí ya son unos cuantos días en los que me ha llovido encima y me ha dado el sol a continuación a lo largo de escasos minutos. Varias veces seguidas incluso alternándose entre sí. Un cachondeo climatológico del copón.

Hala, vámonos que nos vamos. La verdad es que en otros vuelos recuerdo haberme sentido más impresionada por las vistas pero bueno, es lo que hubo durante el viaje que me dio por inmortalizar el paisaje.

Nubecillas típicas por todos lados con mil millones de ondulaciones. Me acordé de los anuncios de Philadelphia :D. La siguiente imagen parece de publicidad de la compañía. No era la intención pero me gusta cómo ha quedado.

Otro porrón de nubes por encima del paisaje…

Y el solazo que me esperaba en mi tierra querida, echándole un par de huevos a tanta nube.

Para terminar, el infinito cielo azul que me dio la bienvenida al aterrizar (comparadlo con la primera imagen del post y llorad, británicos) y que me acompañaría durante todo mi fin de semana largo, con sus alrededor de 30 grados a la sombra incluidos. Hasta cuando me encontraba a punto de desfallecer en una pollería el domingo al mediodía, me concentré en disfrutar de aquel infierno por el que no volvería a pasar este verano, a menos que en septiembre haga el mismo calor pero creo que se irá suavizando para entonces.

Un saludo :).

El día que caminé de Lewisham a Monument (II)

Tal y como dije al relatar la primera mitad de esta caminata de 2 horas y unos 7 minutos, el sábado 9 de junio me saludó un sol espléndido al mediodía que me decidió a embarcarme en esta aventurilla semi-peregrina.

Así pues, pasado el Southwark Park, la civilización comenzaría a hacer un poquillo más de presencia a partir de este tramo, e incluso me toparía con una parada de metro por aquellos lares: Bermondsey Station, bajo unos espectaculares cielos.

Seguidamente, señalización de la calle en la que me hallaba. Está muy de moda poner en venta este tipo de artilugios en las tiendas de souvenirs. Me imagino que tendrá éxito entre los turistas, como las matrículas de coches y demás placas del estilo, aunque a mí aún no me ha dado por pillarme ninguna, la verdad, no lo acababa de ver muy estético para mi habitación. Sin embargo, la imagen sí me gusta.

¿Cómo no inmortalizar y enseñaros de una vez alguno de esos entrañables taxis londinenses plagados de publicidad? La siguiente escena estaba que ni pintada como para dejarla escapar, a pesar de ser una compañía de teléfono la anunciada.

Enlazando por fin de Jamaica Road (que se hizo notar a lo largo) a Tooley St, gran sorpresa la mía cuando diviso inesperadamente al fondo de una de las avenidas nada más y nada menos que… ¡El Tower Bridge! Mira que me había observado el mapa a fondo pero ese detalle se me había escapado por completo: el hecho de que durante aquella parte del camino contaría a mi derecha con las perspectivas traseras de algunos de los míticos edificios posicionados de cara al Támesis.

Por tanto, no sólo se quedó ahí la cosa. Pasando un par de edificios tochos por Tooley St, se me apareció el siguiente paisaje ante mis ojos. El Tower Bridge quedando levemente atrás en la distancia y liderando el frente ahora el City Hall, sin olvidar un cielo impoluto de fondo como para echarse a llorar de la emoción ante su escasez en esta ciudad.

Entonces, llegaría a un punto clave del camino. El principio del puente cuya calle se llamaría Borough High St (curioso que no haya ningún bridge en la denominación) y que me ofrecería algunas de las vistas más hermosas recibidas hasta el momento en pupila. Mirada al frente.

Mirada a la izquierda, con su puesta de sol y la cúpula de la Catedral de St. Paul a contraluz entre otras.

Mirada a la derecha. De nuevo el Tower Bridge pero con menor protagonismo esta vez, situado en medio de un dorado y mágico equilibrio entre unos componentes visuales y otros. Absolutamente alucinante. De hecho, se trata de la foto de cabecera de Maria Dixit en Facebook. Se lo merece, ¿no?

El paseo culminaría con una maravillosa cena en el restaurante The Folly, pero ya vendrá otro post próximamente para hacerle homenaje. No os perdáis a continuación la versión nocturna de la foto anterior.

¡Hasta la próxima!

El día que caminé de Lewisham a Monument (I)

Ese día fue el 9 de junio de 2012. Un sábado que pretendía pasar entero en casa tras más de una semana de planes diarios se truncó en una nueva caminata para celebrar la salida del sol al mediodía (precedida por una siesta que me sentó como Dios). Tanto había disfrutado del recorrido de Lewisham a Leicester Square hecho el 26 de mayo, que no pude menos que plantearme la idea y comenzar a googlemapsear para ponerla en práctica. Quizás incluso se convierta en una costumbre mensual o quincenal, ¡quién sabe!

Puesto que el plan era cenar en un restaurante situado al lado de la estación de metro de Monument, comprobé que incluso tardaría menos que hasta Leicester Square: me iba a llevar dos horas y unos 7 minutos (a Leicester Sq eran dos horas y 28 minutos), así que cogí puerta con mis míticas notitas para no perderme.

Los primeros 15-20 minutos transcurrieron por la misma calle de partida que en la primera caminata, a lo largo de Lee High Rd, pero al pasar la estación de tren y de DLR de Lewisham se giraba ligeramente a la derecha en vez de seguir recto (aunque el resultado era el mismo ya que en principio había que llegar a New Cross Rd, al igual que en la primera caminata). ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrarme de sopetón con un pedazo de parque! Ravensbourne Park, para servirles.

Recorridas Thurston Rd, Brook Mill Rd y New Cross Rd, la siguiente calle me haría alucinar del encanto que desprendía: Depford High St. Una vía estrecha en comparación con las anteriores y absolutamente repleta de todo tipo de pequeños comercios en ambas aceras. No pasaban ni coches. Una mini-ciudad en auge de población mayoritariamente negra (por no decir absoluta a excepción de mí, algún chino y poco más), un amago de barrio de vecinos medianamente transitado y con gente charlando en las puertas de las tiendas, todo unido a los mil y un olores que te acompañan al cruzarla y que te abren brutalmente al apetito. A continuación, tenéis el final de la calle, donde ya sí que había más circulación.

Se sucederían a partir de aquí unas avenidas continuas de halo tranquilo con pequeños comercios a ratos que abarcaban todos los posibles servicios necesarios (fruterías, pubs, peluquerías, bancos, centros de cambio de moneda, cibercafés, super mercados enanos, restaurantes, etc.), niños en la calle alguna que otra vez, urbanizaciones cuyos balcones incluso me recordaron a los pueblos costeros españoles… Muy familiar, muy de barrio pero a lo grande. Para más inri, se me abrieron ante los ojos tropecientos paisajes ligeramente nublados entre los que me he decantado por elegir el siguiente de Creek Rd. Un par de edificios y el cielo de fondo. Simple y de composición idónea en cuanto a los elementos para mi gusto.

El siguiente edificio, situado en la calle contigua a la anterior, en Evelyn St, me pareció bastante encantador, más acorde con la arquitectura que se le suele atribuir a este país como propiamente británica: ladrillo, ventanas cuadradas o rectangulares, uno de los tejados en pico… Se trataba de un colegio de primaria: Deptford Park Primary School.

No obstante, si el haber topado con Ravenbourne Park me había resultado grato, Lower Rd me sorprendería aún más con un segundo e inmenso parque: Southwark Park, con una pinta buenísima para recorrerlo en bici. Lástima que no tenga, aunque aquí los ciclistas son bastante temerarios y van siempre por la carretera, cosa que me da bastante respeto (y coraje cuando hay uno delante del autobús en el que voy yo)…

¡Dichosos los ojos! ¡Por fin la rotonda que conectaría Lower Rd con Jamaica Rd! Considerémoslo como la mitad del camino, y ganas que tenía de verla teniendo escrito en mis notas “recto hasta una rotonda” mientras que caminaba eternamente sin divisarla. De paso, cartelito de turno, aunque esta vez les hice poco caso.

Al girar en la rotonda a la izquierda por Jamaica Rd, me quedaría flipada mirando a mi izquierda y encontrándome de pleno con otro acceso al Southwark Park cuando hacía un rato que lo había perdido de vista y olvidado al estar tapado por los muros. ¡Pero no, seguía ahí! ¡Ni grande el parque! Habrá que explorarlo un día de estos.

Hasta aquí tenéis redactada la primera mitad de esta, mi segunda caminata londinense. En la segunda parte, más y mejor.

¡Un saludo y feliz fin de semana!

Poema a los amigos, de Jorge Luis Borges

Pocas palabras plasmadas por aquí a lo largo de la última semana. Unos días difíciles, días de adaptación, de tensión, de levantarse, de luchar, de recibir malas noticias. Semanas especialmente intensas las seis últimas, y parece que la agitación no tiene fin. Obviamente sé que sí, pero no cuándo. Por ahora la angustia a mi alrededor no hace más que crecer. Lo noto, lo detecto, lo veo (también me cuentan parte de ella, claro), se abre hacia mí toda una retahíla huracanada de insatisfacción, incomprensión, desesperación, desde el exterior y desde mi interior a partes iguales.

El equilibrio emocional se encuentra definitivamente aplastado entre tanta hostia mental (alguna expresión más directa tenía que soltar, que sigo siendo yo la que escribe). Siempre he sabido que el principal motivo de nuestra inestabilidad somos nosotros mismos, pero últimamente se me está escurriendo este argumento entre los dedos, entre las lágrimas semi-injustificadas, entre el dolor ajeno, entre las miles de diminutas aflicciones que, al unirse todas en una, explotan y desmoralizan hasta al más fuerte.

Basta. Se acabó el buscar el bienestar, se terminó el luchar contra uno mismo, culminó esta incesante reflexión sin comienzo ni final. Toca dejarse llevar. Experimentar, sufrir, sonreír, confesar, callar, escuchar y, por fin, dejar de agotarse por querer estar siempre por encima de las circunstancias. Unirse a ellas, compincharse, saberse cómplice, asimilar que a veces deciden darte por saco un tiempo y punto.

Hoy, no toca contar maravillas de Londres. Tampoco desgracias, que para eso tengo a mis seres queridos y a mi diario (si es que lo actualizo un día de estos…). Después del tocho que acabáis de zamparos, solo voy a colgar dos presentaciones que he recibido esta semana de una de las personas a las que más quiero y querré nunca en este mundo, sin ninguna duda (sí que me pilla sensible, cuando publique esto me pondré colorada yo sola al releerlo).

Ahí va, en primer lugar, el Poema a los amigos de Jorge Luis Borges. Corto pero conciso. Lo malo es que al subir el powerpoint a la plataforma de documentos nos podemos ir despidiendo de la musiquita que acompañaba a las imágenes y textos pero bueno, os propongo ver la presentación mientras escucháis la melodía del vídeo que he colgado justo debajo. Es puramente funcional, para acompañar acústicamente a las palabras de Borges, aunque quien quiera luego tragarse los 10 minutos de paisajitos cuenta con todo mi apoyo, por supuesto.

De hecho, no estaría mal que dejárais este vídeo funcionando para ver la siguiente presentación igual de bien ambientada. Una sucesión de escenarios distinta, ausente de mensajes, todo visual, color, naturaleza. Reconozcámoslo: el Photoshop hace maravillas. Con esto me despido, sin confiar en las sorpresas que me deparen los próximos días, sin pensar en que mañana abriré los ojos albergando una felicidad radiante, sin creer que dentro de dos días todo volverá a la normalidad dentro y fuera de mi cabeza.

Solo esperaré a que en esta ciudad, la British City por excelencia, haga otro día tan espectacular como lleva haciendo desde el lunes. Ni una sola nube. Almuerzos bajo el sol en un banco cualquiera de la calle hablando en spanglish (más English que Spanish, que conste) con mi compañera más cercana del curro, alias “la suiza”. Fácil de adivinar el porqué.

Y si me levanto y está lloviendo (que ya sería mala suerte porque no me ha caído casi nada encima en el mes y medio que llevo aquí) pues nada, me ahorro alisarme el pelo.

Pd: yo también he visto tropecientos powerpoints de este estilo a lo largo de mi vida, pero tengo que reconocer que en un mínimo de diez ocasiones (que mi vida ya son 23 años) en las que he contado con alguno de estos adorables archivos delante de mis ojos, me han llegado brutalmente al alma, ya sea por mi situación personal, el emisor del email o ambos. Y esta semana, ha sido así.

El Prado (II): Carlos de Haes y Francisco de Goya

En El Prado (I) ya os hablé brevemente de La acróbata de la bola, de Picasso, y más extendidamente sobre el cuadro que me enamoró hasta las trancas, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert. Pues aquí viene la segunda parte de aquel rato tan bien aprovechado en el Museo del Prado de Madrid.

Cuál fue mi grata sorpresa cuando descubrí una sala repleta de hermosísimos paisajes. El honorable artista responsable de ellos recibe el nombre de Carlos de Haes. Os pongo a continuación una pequeña muestra de su pintura, pero os aconsejo ver unas cuantas más, para quien no tenga acceso al museo, gracias a nuestro gran amigo Google. Aunque sea por Internet, vale la pena.

Seguidamente, a unos pocos pasos me encontré de pleno ante la mismísima maestría de Francisco de Goya. Demos una vuelta por algunas de sus obras.

El aquelarre o el gran cabrón, caracterizado por un profundo aire tétrico, colmado de los rostros esperpénticos de las brujas y presidido por una figura protagonista especialmente oscura, que no es otra sino el demonio, y por la joven de la derecha que, al igual que este Satán encabronado, tampoco mira hacia el frente, sino que atiende a las palabras del maligno emitidas con motivo de su postulación a bruja. Difícil contemplar largo rato la escena sin sufrir escalofríos.

No menos espeluznante resulta Saturno devorando a un hijo, archiconocido cuadro en el que el dios Chronos engulle a uno de sus hijos para evitar que ocuparan su trono. Sin embargo, Júpiter conseguiría salvarse y acabar con él (lo que no deja de ser cierto consuelo). La imagen, de gran equilibrio en cuanto a luces y sombras, no da pie a la imaginación: ojos desorbitados, sangre, destrucción y la crueldad más absoluta. El horror personalizado.

Para terminar de manera algo más suave y menos plagada del espíritu macabro impregnado en El aquelarre y Saturno, aunque sin apartarnos de un dramatismo extremo, culminamos con una obra digna de mencionar: El 3 de mayo en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños. Sobran las palabras.

Conociendo el País Vasco (II); San Sebastián, Pasajes de San Juan e Irún

A la mañana siguiente del fantástico día entre Bilbao, San Juaz de Gaztelugatxe y Gernika, pasamos al domingo 24 de abril, que comenzó echando una hora aproximadamente en coche para llegar a San Sebastián.

Se presentaba medio lluvioso pero apenas incordió. Por este paseo, las olas llegaban, en ocasiones, a chocar tan fuerte contra las rocas cuadriculadas, que saltaban y empapaban a los transeúntes, así que nos mantuvimos alejados un par de metros. Al fondo, la playa, la ciudad y sus verdes incombustibles, abundante por todos lados.

Una de las playas. No se distingue pero el mar se hallaba poblado de surferos. Bastante vacía la orilla, como se puede ver, al contrario que la ciudad en sí, sobre la que había una buena cantidad de movimientos de personas y turistas.

Damos la vuelta y volvemos a recorrer aquel paseo de peligrosas olas para llegar a otra perspectiva de la ciudad y otras playas a lo lejos. Poco después saldría el sol y veríamos a algunos valientes exponiendo ampliamente su piel tumbados en la arena, a pesar del ambiente fresco que corría.

Islilla frente a las playas, a la cual se puede llegar nadando si el mar está tranquilo. Probablemente recomendable para cualquier amante de la natación. No es mi caso, me conformo con las vistas.

Pero esta zona tenía algún que otro precioso detalle que ofrecernos a tan solo diez kilómetros: Pasajes de San Juan, un pequeñísimo pueblo cuyo adjetivo más acertado (aunque algo detestable) sería “cuco”.

Casitas de mil colores apiñadas acompañadas de una hermosa vegetación verde brillante. Llegamos a la ribera tras unos minutos en barquito. Mirando de frente al diminuto panorama, cogimos hacia la izquierda para acabar deleitándonos ante los siguientes acantilados.

El último destino de esta extraordinaria jornada fue Irún, donde nos limitamos a dar un breve paseo por un par de calles principales, buscar un Burguer para comer y variar de los pinchos, y a dormir, que al día siguiente… ¡pisaríamos Francia!

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