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Posts Tagged ‘pareja’

Cuando la rutina se vuelve agradable

Creo que es una de las mejores cosas que te pueden pasar: que tu rutina te resulte agradable. Obviamente las vacaciones son siempre bienvenidas pero no creo ser la única que, cuando llega el momento de regresar a la vida real, experimente cierta sensación de que es lo apropiado y hasta apetecible. También dependerá del tipo de periodo vacacional que se tenga, supongo. En España, lo típico es pillarse un mes entero en verano y el resto del año apañárselas con los festivos (aunque quizá esto esté cambiando al ritmo laboral que vamos).

Cuando viví en Londres, me repartí mis días libres bastante equitativamente para poder ir a casa (Jerez de la Frontera, España) cada tres meses más o menos. Es curioso cómo la casa de los padres perdura siendo “casa” en general a pesar de estar fuera. Aunque, poco a poco, la vida propia equilibrará el peso del hogar materno y el del propio. Ya me está comenzando a ocurrir, de hecho. Ir a casa (de los padres) permanecerá siendo un placer y una desconexión maravillosa. Pero mi casa está donde mi rutina opera (y donde vivo junto a mi pareja, que también contribuye a la sensación de asentamiento).

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Amanecer

¿A qué viene esta reflexión? Seguramente sea porque acabo de pasar por casa (de los padres), jeje. Mi hermano mayor se ha casado. Tres días de compañía asiática (la novia, ahora esposa, es coreana), seguidos de otros cinco días familiares, de amistades y, naturalmente, de esos preciosos regodeos personales que solo tengo de vacaciones en Jerez, como tomarme infusiones mirando a la pared, charlar con mi madre en la cocina, ver la tele con mi padre, echarme la siesta… En resumen, dejarme llevar por la tranquilidad autóctona de allí como si cada una de estas sencillas actividades fuera la más importante y única que hacer, sin prisa, sin inventarme deberes ni tareas posteriores.

El caso: mi hermano se ha convertido en un marido. Fue una boda muy bonita y divertida, ya os pasaré un vídeo (si mi hermano llega a montarlo). Me resulta tan increíble y, a la vez, natural contemplar cómo el paso del tiempo te obliga a madurar, a tomar decisiones, a adquirir nuevas responsabilidades prácticamente sin darte cuenta, todo de manera implacable y, si te lo montas bien, satisfactoria. Un “tenía que pasar” con una sonrisa y con ganas de seguir viendo qué deparará el futuro, un futuro aún incierto pero que suena ameno, sobre todo habiendo encontrado a la persona adecuada (esperemos).

Siempre me he sentido en armonía con el sentimiento y aplicación práctica de la independencia, de nunca tener prisa por encontrar pareja, del derecho a ser feliz en la soltería. Bueno, lo mantengo, pero ahora estoy totalmente convencida de que, con otra persona a tu lado, la supervivencia siempre será más agradable, la verdad. Con los altibajos y desacuerdos de turno, que más vale asimilar lo antes posible porque nadie se salva (algo que también he tenido que aprender), pero no hay color.

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Amor propio por San Valentín este año, porque tener pareja tampoco implica no celebrar el amor a uno mismo

En fin, hoy no he venido aquí a desperdigar mi vida sentimental en realidad. He venido a desperdigar un poco de todo, que para eso llevo unos mesecillos sin aparecer. Otro aspecto que ha contribuido a volver amena mi rutina consiste en tener un portátil propio por fin. El pasado octubre adquirí un económico Lenovo que antes de Navidad dijo “hasta aquí llegué”, y desde entonces hasta mi reciente viaje a España, porque no iba a pagar para arreglarlo cuando estaba en “garantía internacional” (internacional por los cataplines), me tuve que apañar con el portátil de mi pareja, y con su teclado francés, dicho sea de paso, dejando de lado mis queridas pérdidas de tiempo online. Bienvenidas seáis de nuevo. Obviamente el blog no está incluido pero sí era algo que, cuando estás usando el ordenador de otro, y de otro que usa su ordenador mucho, es prescindible.

Total, no voy a emitir mayores excusas, ya sabéis cómo funciona esto del blog: ahora escribo mucho, ahora te abandono, ahora me pongo nostálgica y vuelvo a escribir, y así. Y hoy tengo ganas de contaros un poco las historias que me han acompañado durante estos meses, y quizá de antes. Vamos, lo que me dé la gana.

Para refrescar la memoria y actualizarla incluso: vivo en San Diego (California) y trabajo como periodista por cuenta propia, campo en el que, por cierto, en los últimos días me han calificado de “excelente” y me han dicho que “da gusto trabajar con profesionales como yo” (tenía que decirlo, que tampoco es que ocurra todos los días)… y también trabajo en el área de comida preparada de un supermercado mexicano. Esto es nuevo, de hace casi un par de meses. Se intuye qué me apasiona y qué supone un ingreso económico extra, ¿verdad?

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Saludos desde San Diego, ciudad con arte urbano por doquier.

Antes de pasar a mis historias periodísticas y de cualquier otro tipo, he de confirmar lo que muchos puedan haber pensado: el trabajo en el supermercado es durillo. Obviamente los habrá peores pero yo hablaré de lo mío: muchas horas de pie, atención al cliente permanente y, por tanto, sonrisa obligada; 10% de los atendidos dignos de tirarles la comida a la cara (centrémonos en el otro 90%, que suele ser neutro o majete), sensación de ser un burrito humano con el olor que se impregna, esfuerzo por evitar mirar la cabeza de vaca sobresaliendo de una olla…

¿Qué pasa? Que he elegido estar ahí. He decidido asumir el reto de meterme en un curro que no me imaginaba haciendo y no negaré que el pensamiento de dejarlo no se me ha pasado (varias veces) por la cabeza. Afortunadamente, la perspectiva me cambia con el cheque de cada viernes, con el apoyo de unos compañeros estupendos, con la sensación de aprovechar mi tiempo de manera más productiva. Con, para qué engañarnos, sucesos como la propina de $5 que recibí ayer, cosa nada frecuente. Cualquier cosa que me ayude a sobrevivir y mantener mi actividad periodística es bienvenida.

Ahora, quiero hablaros de algunas de las historias que he cubierto y que más me han llegado. La palma se la lleva el relato de una mujer que lucha contra la transmisión del VIH de madres a hijos a través de la lactancia. Su organización no lucrativa, Es Por Los Niños, apoya a mujeres sin recursos, a menudo solteras, y las forma para evitar que este daño irreparable se produzca. Fue brutal reunirme con ella y que me contara su historia y su motivación para dirigir esta causa, basada en la muerte de su propio hijo.

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“Aspira a inspirar a otros y el universo tomará nota”

Esta, para mí, heroína de los pies a la cabeza que ha decidido destinar su vida a estas personas en apuros se emocionó por un momento durante la entrevista. El local donde estábamos emitía la canción “Dear Mama” de 2pac, melodía que su hijo le había hecho escuchar una vez. Me faltan las palabras para describir la situación y la admiración que me produjo esta señora, quien en aquel momento sintió la presencia de su hijo con ella, haciéndome emocionarme profundamente a mí también.

En un segundo puesto, aunque muy cercano al primero, se encuentra una víctima de violencia de género, actualmente luchadora por los derechos de las mujeres que sufren esta lacra y centrada en la comunidad latina, ya que el miedo a la deportación y a que les quiten a sus hijos convierte a este sector en gran candidato a permanecer en silencio en los Estados Unidos. Desde aquí, vuelvo a proclamar mis respetos y admiración hacia esta valiente joven que utiliza su experiencia para ayudar a otros, con el trauma que supone una vivencia así y lo mal visto que aún está hablar de ello desgraciadamente, de una terrible situación familiar, cuando debería denunciarse de inmediato.

Y así, a día de hoy, me llevo cerca de 100 historias para el recuerdo. Obviamente las hay más y menos profundas, no todo van a ser causas de vida o muerte, pero hasta las más pequeñas aportan algo, a los lectores y a mí misma. He entrevistado a actores y cantantes, he conocido a artistas de distintas tendencias, he hablado con un maestro maya, he anunciado estrenos de programas y festivales, he asistido a eventos, unos benéficos, como la entrega gratuita de regalos a niños desfavorecidos por Navidad y otros tantos, como la representación de ballet de El Gran Cascanueces Ruso. ¡Hasta he informado a la población sobre cómo evitar garrapatas!

Este año único como reportera, como me dicen por aquí, se me quedará grabado para siempre. Admito que apenas he escrito en el blog pero os aseguro que he escrito y, sobre todo, he sentido escribiendo más que en toda mi vida (que tampoco es muy larga, 27 años cumplidos en enero, pero como no veo muchas más opciones periodísticas futuras una vez se me acabe el permiso de trabajo en tres meses…). Interesados en ver parte de mis artículos pueden visitar https://mariagonzalezamarillo.contently.com/. Sí, soy fan de los portafolios, los recomiendo a todo el mundo para mostrar los trabajos profesionales.

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Regalito de una pequeña-gran persona con un pequeño-gran mensaje

Otros aspectos hacia los que me gustaría emitir agradecimientos son esas cosas pequeñas que, si cuentan con nuestra atención, también hacen de nuestra rutina un camino mucho más pleno. Véase aquel corte de pelo que una simpática peluquera mexicana me hizo, y que mentalmente necesitaba con desesperación; haber descubierto que me gusta el sushi hace un par de días; la más elaborada comida semanal que tengo desde que me mudé a San Diego con mi pareja hace un año (todo suyo el mérito), los emails informativos que me llegan de mi padre en torno a cualquier cuestión mencionada, el poder ir en manga corta durante el día, ver una serie en inglés sin problema…

Los audio-whatsapps con amigos de varios minutos poniéndonos al día, las reuniones más o menos mensuales con una fantástica familia americana de Riverside, que me ha permitido vivir todas las fiestas y tradiciones del país en su más pura esencia; mis míticas tostadas con philadelphia para desayunar (comer me hace definitivamente feliz); encontrar el regalo adecuado para un ser querido, “limpiar” el Gmail de correos, una novela entretenida, tachar en la agenda las cosas ya hechas, tener portátil propio tras tres meses, haber aprendido a hacer un buen salmorejo, soñar con viajes y planes futuros, posibles e improbables; reír por cualquier cosa, o simplemente reír…

Una larga lista.

Gracias.

La frontera de los 30

Esa edad tan significativa a la que, por muy modernos que nos creamos, se le sigue atribuyendo el título de “soltero de oro” o “solterona” según el sexo. La presión social hacia esos años en los que deberías “sentar la cabeza, casarte y tener hijos”. Esas miradas y esos prejuicios hacia los que no siguen las normas, los que perduran en su ansia de libertad y/o no han hallado su media naranja, los que necesitan más tiempo, los que miran más por sí mismos. Los que cada día son más soñadores y bohemios. Los que cada día son menos conformistas. Los que cada día vamos creciendo en número.

Paula Schargorodsky ha venido para defender este modo de vida, para explicarlo, para hacer entender al mundo que ya no es todo blanco o negro.

Para contarnos que la felicidad es una elección.

Traducción (de cosecha propia, se aceptan correcciones si me he columpiado en algo):

35 y soltera

Esta soy yo. En este momento, debería estar en la boda de mi última amiga soltera. Pero por algún motivo, me he quedado dormida. Obviamente, hay algo que no quiero afrontar. No soy una de esas chicas que siempre está soñando con vestidos blancos y bebés. Pero en los últimos años he visto a todos mis amigos casarse. Uno por uno. Se mudan con los novios, se casan y tienen niños. Pero yo… Yo solo estoy ahí como testigo. Al contrario que mis amigos, resulta que tengo una vida nómada. Como asistente de dirección, viajo de rodaje en rodaje. Por unas semanas, ese equipo cinematográfico se convierte en una familia. Pero cuando la película termina, lo mismo ocurre con la familia.

Ahora soy la única soltera que queda.

–          Se casa todo el mundo, abuela.

–          Se casa todo el mundo y vos no sé, estás ahí, papando moscas. Es muy feo quedarse sola.

En tus veinte, eres libre de hacer lo que quieras: tener novios, amantes, aventuras de una noche, trabajo, estudio… Exactamente como los hombres. Pero la libertad femenina tiene fecha de caducidad. Cuando cumples los treinta, cae una cortina conservadora. En cada reunión social, se te enfrenta a una pregunta: ¿cuándo sentarás cabeza?

Después de todo, se me educó de manera tradicional y seguí las normas a la carta hasta que llegó el momento de elegir novio. Estuve buscando una intensa y pasional historia de amor, y encontré muchas. Cada uno de ellos era el amor de mi vida. Amor a primera vista. Ninguno duró más de dos años. Nunca imaginé que todos ellos acabarían juntos en una caja de cintas. Mamá se divorció después de 33 años de matrimonio.

–          ¿Y vos qué pensabas, mami, que iba a pasar?

–          Me imagino que a lo mejor vas a ir madurando y vas a valorar estar en pareja y vas a hacer un esfuerzo porque hay que hacer un esfuerzo para poder convivir con otra persona. Hay que hacer un gran esfuerzo, no es fácil.

Papá se volvió a casar.

–          Parte del ser humano es procrear, tener hijos, tratar de armar algo. Después, bueno, lo que dura, dura. Ojalá que dure mucho tiempo. Pero si buscas la perfección, no vas a encontrarla nunca.

Por una vez, decidí buscar un buen chico. Y tuve a Fernando, el novio perfecto, sobre todo para mi familia. Finalmente me volví la buena chica que todo el mundo quería que fuera. Durante nuestra relación, asistimos a dieciocho bodas. Pero cuando llegó el momento de planear la nuestra, me di cuenta de que no estaba siendo sincera conmigo misma. No puedo ser esa novia perfecta.

35 y soltera

Un 25% de mí se quiere casar, un 27% quiere ser libre, un 26% anhela una vida espiritual, un 22% quiere hijos.

Todavía no sé cómo resolver esta ecuación. Pero al menos he aprendido unas pocas cosas sobre mí. No quiero esas intensas e imposibles relaciones de mis veinte, ni quiero un marido perfecto con un montón de fans detrás, y claramente no planeo pasar el resto de mi vida sola.

Ahora me doy cuenta de que todo lo que estaba buscando estaba mucho más cerca de lo que pensaba. Sea con alguien o sola, en esos momentos en los que no te aceptas del todo a ti misma, el mundo cambia alrededor de ti. Al fin y al cabo, la felicidad es una elección, ¿no es así?

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

Gracias por dejarme ser libre

Gracias por encontrarme.

Gracias por tu sinceridad.

Gracias por tu confianza.

Gracias por aceptarme y respetar mis ideas.

Gracias por interesarte por mis amigos.

Gracias por apreciar a mis seres queridos.

Gracias por no invadir mi espacio.

Gracias por permitirme respirar.

Gracias por distinguir entre tu círculo y el mío.

Gracias por no juzgarme.

Gracias por hacerme reír.

Gracias por emocionarme.

Gracias por tu transparencia.

Gracias por tus silencios.

Gracias por tu mirada.

Gracias por tu ambición.

Gracias por apostar y luchar por mí.

Gracias por iluminarme el camino.

Gracias por hacerme sentir viva.

Gracias por abrumarme de felicidad.

Gracias por no sólo quererme, sino amarme tal y como soy.

Gracias por escucharme y entenderme, o como mínimo intentarlo.

Gracias por abrirme la puerta de tus sentimientos desde el primer momento. De par en par.

Gracias por dejarme ser libre dentro de una sociedad repleta de manipulación y de un sentido de la posesión extremadamente enfermizo.

Gracias… por ser así. Como tú.

En un mundo en el que virtudes como la confianza, el respeto, la comunicación y el amor incondicional se hallan tan deterioradas, no es tan raro sentir unas ganas inmensas de agradecerlas.

Acaban de pegar a una mujer

Puede que sea un título algo tremendista, pero para nada lejos de la realidad. Hace una semana y poco, una mujer lloró a mi lado en el metro. Me quedé petrificada, no sabía qué hacer, y no me habría dado cuenta si no hubiera llegado a mis oídos un sollozo entre canción y canción del iPod. Pero no le dirigí la palabra. Lo pensé, me entró bastante ansia, experimenté de todo… mas no llegué a decirle nada, solo esperé a que el trayecto terminara rápido.

Cuando ves a alguien llorar, lo único que puedes deducir es que debe de necesitarlo mucho como para hacerlo en público (o tener ganas de llamar la atención, posibilidad tan válida como cualquier otra), pero no sabes si querría recibir algún consuelo o que le dejaran en soledad. Probablemente, lo más correcto habría sido preguntarle algo a la pobre mujer, solo que me pudo el pensamiento de que quizás la incomodaría mucho más. Se cubría el rostro, cabizbaja. ¿Qué habríais hecho vosotros?

Esta situación me recordó a una tarde situada escasos días antes, cuando tuve una conversación telefónica con una amiga. Una de sus primeras frases fue “le ha pegado”. A su novia. Un año y pico de relación aproximadamente. Muchos celos y ningún motivo para tenerlos. ¿Qué dice la chica? “Dos bofetadas, no fue nada”. Según mis últimos datos, por suerte se acojonó lo bastante como para poner tierra por medio.

Veamos… ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento se cumple con la definición de “maltrato”? Dicen que el maltrato psicológico es peor que el físico. Yo creo que tanto uno como otro te destruyen de igual manera. El psicológico duele como una sarta de guantazos, y el físico te mina el cerebro de mierda. En fin, entonces, como íbamos diciendo, ¿cuántas bofetadas hacen falta para cruzar la línea? Yo os lo diré: media.

Me horroricé cuando me lo contó. Rogué (rezar poco) por que esa muchacha pensara, reflexionara, actuara en consonancia con el respeto que su vida y su integridad merecen. Por ahora, está perfectamente decidida. Sigamos rogando para que no se arrepienta, no entre en paranoias, no quiera volver. Porque tras las peleas verbales y las primeras “dos bofetadas de nada”, bien puede venir el pico de una mesa en la frente o un puñal en el pecho. ¿Demasiado explícita? Realidades como templos, señores.

Ayer, en otra ciudad, otro ambiente, otras circunstancias y con distintas compañías, me volvieron a decir que habían pegado a una chica hacía poco. Sigo sin concebir el derecho con el que se cree nadie de asestar un golpe a otro ser humano. Repudio el feminismo exacerbado, pero ante esta perspectiva tampoco me extraña que un determinado grupo de mujeres decidan intentar tomar las riendas de la sociedad de ese modo. No se trata de poner al género gemenino por encima del masculino, en superioridad infinita e idolatrada; no creo que necesitemos en absoluto que se nos trate “como a reinas”, pero… ¿Qué tal si empezamos a procurar ser simplemente personas?

A esas chicas las conozco de muy poco. A una de una sola noche. Tiene una sonrisa preciosa y una alegría la mar de contagiosa. La segunda es algo más cercana, aunque prácticamente igual de desconocida. Vivaracha, agradable, igual de risueña. Y yo me pregunto… ¿y los miles de millones que no conozco? ¿Y las que no sonríen tanto? ¿Las que están encerradas? ¿Las que continúan fingiendo una felicidad inexistente? ¿Las que permanecen atrapadas en un bucle tortuoso del que no son ni conscientes? ¿Las que lo asumen como algo natural? ¿Las que no conocen el cariño ni creen merecerlo?

¿Cuántas de las que he tenido sentadas a mi lado habrán sido golpeadas? ¿Cuántas desconocidas? ¿Cuántas conocidas? ¿Cuántas amigas? … ¿A cuántas ni siquiera se les ve nunca el rostro, sumidas en su dolor, escondiéndose de las miradas, u obligadas a ocultarlo (ya sea de manera psicológica o estéticamente)? … ¿A qué nivel ha quedado la expresividad de las lágrimas? ¿Y el tono de los moratones? ¡Ah! Sí, a la altura del betún del zapato, idónea para darles puntapiés.

Lo más espeluznante es que, mientras me estás leyendo, en este preciso momento, otra mujer está siendo golpeada (probablemente más de una) en este mundo. Y, hasta que esto no cambie, a mí la sociedad nunca me parecerá ni avanzada ni “moderna” ni “contemporánea” ni nada, por muchos títulos que se le quiera poner y por mucha ciencia y tecnología que se estén desarrollando.

Porque, cuando la parte social del ser humano falla, todo lo demás solo sirve para despistarse de su propio horror.

Un día diferente

Pues resulta que ayer no solo fui a la peluquería, sino que como tenía la tarde libre decidí tirar para Madrid en vez de permanecer aplanando el culo en el sofá. El corte no me gustaba y por otra serie de circunstancias me empecé a embajonar de una forma un tanto curiosa, así que me sorprendí viéndome enfrente de la entrada de la exposición que tenía pensada ver y dándole la espalda para pasear por las calles. No me apetecía, no era el momento, tenía unas cuantas cosas en la cabeza que no me iban a ayudar a disfrutar de las fotografías, por lo que caminé.

Llamada telefónica, breve chispeo lluvioso y McFlurry. No me habían bastado las calorías del telepizza de mediodía por lo visto. Llegué entonces a la paralela de la Calle Huertas, cuyo suelo está plagado de varias frases de escritores famosos. Como la calle era parecida, por un momento me quedé pensando: ¿dónde están las frases? ¿las habrán quitado? Vaya lo que da de sí un bajón. Cambié de calle sabiamente y las encontré, claro.

La verdad es que esa no es la que más me llegó, simplemente se trata de la única a la que le hice foto porque tampoco iba muy pendiente del suelo, ya os enseñaré todas las inscripciones un día de estos.

El caso es que recorría la calle Huertas cuando vi en un banco a una pareja, bueno, a un hombre y a una mujer, no sé si serían pareja, sentados con las piernas cruzadas, uno enfrente del otro y abrazados. En principio yo solo veía el rostro del chico, que se caracterizaba mayormente por cierto aire hippie y una edad que superaba los 25 seguro. Pero lo que más me llamó la atención realmente fue la forma en la que acariciaba con la mano la espalda de su acompañante. Era un movimiento pausado, circular, suave, como si el tiempo se hubiera parado solo para ellos.

Al pasarlos, giré la cabeza para poder ver el rostro de la mujer… Y realmente era una niña. O mejor dicho, una joven, que no sé cuántos años menos tendría que él; los suficientes como para que no resultase escandaloso pero sí para que picara la curiosidad hacia el motivo del interés de ella por el muchacho aquel. Sonreía, se le notaba la mar de a gusto y en su pompa, no existía nada más.

De forma totalmente espontánea, crucé la calle entera y volví sobre mis pasos para no perder la orientación hacia el Paseo del Prado, y los divisé en el mismo sitio, pero ahora compartían un momento aún más profundo si cabía. El chico tenía las manos en torno al rostro de ella, sujetándolo tiernamente mientras le susurraba al oído, y la chica mostraba una cara de felicidad aún más radiante que cuando pasé antes.

No tengo ni la menor idea de lo que se dirían ni de la relación que mantendrían, pero afirmo rotundamente que brillaban con toda su fuerza la tarde del 7 de octubre en la calle Huertas, en aquel momento transitada de forma fluida pero escasa. Era tan grande lo que desprendían… Podría decir por sus expresiones y sus extremadamente dulces, sutiles e intensos gestos, como si fueran de cristal o de porcelana, que parecían estar haciendo el amor allí mismo.

Está claro que no hace falta ir ligero de ropa para levantar pasiones allá adonde se va, para hacer que la gente se gire a mirar y encuentre una imagen maravillosa e íntima entre dos personas que solo ellas saben lo que se están transmitiendo, pero a la vez lo gritan sin querer a los cuatro vientos y sin importarles nadie ni nada que pase a su alrededor.

Tras este lapsus amoroso, proseguí mi camino, pero sumida en mi desamparo mental me entraron muchas ganas de contactar con un par de amigos, solo que la mala (o buena, o casual) suerte quiso que uno estuviera camino de su casa, situada en Murcia, por el puente y que otro no me cogiera el móvil.

Entonces, más quemada que un pinchito a la brasa, llegué a la Plaza de Cibeles, enfrente de la cual se halla el Palacio de Comunicaciones, y grande fue mi sorpresa cuando descubro al lado de una de sus torres… ¡el arcoiris!

No tengo ni idea de cuánto hace que lo había visto por última vez pero fue como una aparición milagrosa, una iluminación para levantar un poco aquel día que no estaba saliendo ni como esperaba ni como mínimamente merecía. Una escena preciosa y esperanzadora. Un baño de color en pleno océano grisáceo y anaranjado que no auguraba una noche de fiesta precisamente.

Ya en casa, sospechas confirmadas: no iba a salir ni Dios. Pero LP se encargó de engancharme para ir a casa de su novio y compañeros de piso a echar partidas de juegos de beber, lo cual me pareció un fantástico plan después de haber escuchado caer una tromba de agua sobre mi ventana, aparte de que molaba cambiar el típico plan de hacer botellón tal cual. Resultado: me harté de reír jugando al Señor del Tres. Enorme el ridículo de tener que descojonarse y hablar solo con la “i”, no poder decir las palabras “sí” y “no”, entre otras normas muy jodidas de cumplir a rajatabla.

A las 2 de la mañana levantamos el campo por fin para ir LP y yo a los bares. Los chicos estaban para el arrastre así que nada, allá que fuimos las dos y entramos en La Calle. El único movimiento que había allí era el del camarero, que tardó poco en ponernos el primer chupito. Permanecimos en el pub hasta que cerró, cayendo otra oleada de risas y desvergüenzas varias, y para casa, en cama a las 4, destrozadísima y muy satisfecha de la noche, distinta y estupenda.

La misma piedra

Dedicado a todas aquellas mujeres, y también hombres, que siempre vuelven a caer en el mismo error, normalmente personificado en un ser humano del sexo opuesto (o del mismo, el caso es que haya sido pareja o constituido algún embrollo sentimental más adictivo que una droga), por no ser lo bastante fuertes, decididas, valientes, lanzadas, seguras de sí mismas. En principio hablo en femenino porque, aunque no albergue duda sobre que al género masculino le ocurra por el estilo y también bastante a menudo, lo que más tengo son testimonios de amigas, así como mi propia experiencia.

Que sepan que ese apoyo que tanto anhelan en una sola persona lo pueden hallar alrededor con solo abrir los ojos un poco, y si aún así se ven un poco perdidas, eso no es motivo para quedarse estancada, para no romper con todo y empezar a aprender algo tan importante como Vivir Sola, a lo que parece que le hemos cogido miedo. Por algo la sociedad ha evolucionado tanto, ¿no? Para darnos la oportunidad de salir de la cocina y de la etiqueta de “máquina de niños” y dar rienda suelta y sentido a la palabra Independencia. Porque aunque a veces ansiemos esos mimitos, hay que ser consciente del amplísimo abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo y considerar si vale la pena quedarse con ese cariño mezclado con problemas, discusiones, disgustos e insatisfacciones, o dar un paso adelante, cerrar esa puerta ya más que carcomida, abrir otra lista para pulir y mirar, solo observar… hasta que vayan fluyendo las experiencias y sintiéndose preparado para crear nuevas historias.

Aún así, sé que prácticamente la inmensa mayoría de vosotros volveréis a caer en la misma piedra, y lo comprenderé porque así de lerdos estamos hechos. Solo espero (a menos que vaya bien, claro, ahí ya no entro; si dura, yo me alegro) que os de tiempo a rectificar sin llegar a arrepentimientos. Total, estos solo supondrían un tormento más que añadir a la etapa de superación, en la que os aconsejo estar muy entretenidos durante el mayor tiempo posible con cualquier cosa, no es tan difícil encontrar ocupaciones. Lo importante no es tanto luchar contra el malestar (de hecho, en ocasiones veo mejor dejarlo fluir en vez de agotarse tanto psicológicamente intentando ahuyentarlo), sino amortiguarlo.

¿Por qué nos cuesta tanto? Por lo que se ha vivido, porque nos aferramos al pasado, porque nos hemos habituado a caminar de la mano de la costumbre y soltarla se convierte en un paso vertiginoso. Y a la vez, nos hemos olvidado (o no hemos tenido tiempo de experimentarlo antes, o nos da pánico no encontrar algo mejor…) de cómo nos gustaría estar realmente, para conformarnos con la frase “estoy bien”, en vez del que podría ser un “estoy de puta madre”.

También hay gente que necesita emparejarse constantemente para sentirse a gusto. Me parece un pelín triste, ya que creo que debería probarse de todo y la soltería te permite hacer más cosas, ya no por el hecho de no tener con quien “consultarlo”, sino porque cuando se está solo, uno se predispone a embarcarse en aventuras. Con pareja, muchos se acomodan, y viene el letargo, el “limbo feliz”… Así reservan luego la guantá los divorcios, destacando en verano, época donde los cónyuges/novios se tienen que ver más la jeta y descubren que no se soportan/se aburren soberanamente y discuten a saco (esto es verídico).

En fin, que me voy por las ramas. Desde mi punto de vista, habría que estar muy agradecido de poder tomar plenamente las decisiones por uno mismo y elegir en todo momento lo que plazca. Pero bueno, supongo que esto ya depende de la dependencia y la mentalidad de cada cual.

Mucha suerte a tod@s y que no os duelan mucho las hostias mentales.

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