Archivo

Posts Tagged ‘personas’

Recuerdos geográficos

Recuerdos de los que se impregnan en los espacios como etiquetas flotantes. Recuerdos que caracterizan cada experiencia y le dan un sentido único para cada cual. Recuerdos de aquella ciudad, aquella reunión, aquella oficina, aquella escapada, aquella casa, aquella playa, aquel local, aquel día, aquella noche. Visiones que se entremezclan, objetividad + subjetividad unidos para siempre y que te hacen identificar cada lugar con unas sensaciones determinadas. A veces amargas, a veces preciosas. O llanas, vacías, innecesarias. O pletóricas y significativas para el resto de tu vida.

recuerdos fotosPor eso, hay gente a la que le encanta París y gente que la detesta a raíz de factores que van más allá del aspecto cultural. Por eso, hay gente que no quiere volver a pisar aquel bar o discoteca, gente que cambia de ciudad y/o de país, gente que tiene que dejar su casa aunque haya vivido en ella durante años, porque ya no tiene sentido. Por eso, y mucho más, hay fotos que nos encanta repasar cada cierto tiempo, y fotos que no volvemos a abrir jamás; y perfiles de Facebook que conservamos a lo largo del tiempo, y perfiles que acabamos eliminando; y tipos de alcohol que nos hacen sonreír, y tipos de alcohol que nos provocan arcadas nada más olerlos.

Lo mejor es darse cuenta de esto, un gran poder y una gran responsabilidad puestos en nuestras manos, para, a partir de entonces, procurar crear recuerdos sanos. Recuerdos que te hagan ver cada experiencia como algo que tuvo su lugar justificado en tu vida, no un mal momento, un fracaso, una mosca cojonera que, por mucho que espantemos, sigue ahí dando por saco. No necesariamente en tu cabeza zumbando de forma permanente, pero sí cada vez que esas imágenes vuelvan de improviso, o cada vez que se mencione ese espacio.

Lo idóneo, pues, sería proceder a cuidar cada momento y cada oportunidad para disfrutar y/o aprender. O, al menos, no arrepentirse de las decisiones o actitudes que tomamos, no manchar esa geografía de recuerdos incómodos. Tenemos una salvaje tendencia a sacrilegiar nuestro tiempo, a tratarlo con una frivolidad terrible. A estar deseando que pase, que pase rápido para “superar este sufrimiento”. Periodos de duelo constantes que arrastran años y años de vida en espera… ¿De qué? A menudo ni sabemos decirlo. A volver a ser nosotros mismos. ¿Y si a ese “tú mismo” simplemente le ha tocado renovarse, cambiar de rumbo, madurar, evolucionar?

futuro recuerdosAprender es la clave. Aprender las lecciones para no repetir errores. Sin duda, repetiremos varios de ellos, pero cuanto menos lo hagamos, mejor. Por tanto, te invito a que te mires a ti mismo, a tu espacio, tu hogar, tus compañías; tu cometido estudiantil, laboral y/o en busca de alguno de los dos; tus proyectos, tus viajes, tus sitios favoritos para comer y los que te quedan por conocer, tu cafetería predilecta, tu banco del parque de la esquina… Y te pido que los cuides. No en el sentido de tratarlos bien, porque en ocasiones sencillamente muchos de ellos no merecen más que mandarlos a tomar viento (sea porque realmente son nocivos o porque no congenias con ellos), sino en el sentido de fluir con cabeza, con sentido, con lógica, para que tus recuerdos, que son al fin y al cabo lo único que nos pertenece, sean lo más positivos posible. Sobre todo cuando has de convivir con ellos durante un largo tiempo. Positivo no es igual a felicidad suprema, cuidado, sino la parte de las vivencias que te permite avanzar como ser humano.

Cuando somos jóvenes, queremos comernos el mundo, visitar miles de sitios, conocer y hacer montones de amigos, ir tachando de la lista cada proeza conseguida. Luego te haces más mayor y te das cuenta de que te sobra tanta grandeza psicológica. No la necesitas para ser feliz, no es fiable ni te convierte en una persona más inteligente, honesta o interesante. Porque, al final del día, lo que cuenta para ti son: tu hogar, el espacio en el que deberías sentirte más a gusto que en ningún otro sitio (si no es así, replantéatelo); tus labores, entendidas como la actividad estudiantil o profesional que ocupa tu tiempo y que te hace sentir como una persona de provecho (si no es así, replantéatelo también); tus aficiones, que ocuparán tu tiempo libre y te permitirán auto-cultivarte de manera personal; y, finalmente, esas escasas personitas que verdaderamente te importan y se preocupan por ti día tras día. Aquellas de las que te acuerdas antes de dormirte y al despertar, y en cualquier momento del día sin venir a cuento.

Lo demás, pajas mentales para adolescentes.

Y ahora, hacedme el favor de convertir este puente en algo que valga la pena.

Anuncios

La percepción del tiempo en Londres

Con este título, no me refiero precisamente al clima, eso no hay forma de percibirlo, o lo aceptas o permanecerás en un sin vivir diario. En cuestión de un par de horas tempranas de sábado me ha dado tiempo de despertar con un manto blanco impoluto, desayunar ante un cielo potencialmente azul y despejado y empezar este post con una nueva tanda de nubarrones por doquier. Pero vamos, que no es el tema.

Hablo del paso del tiempo. Sí, mi tema favorito (-¡Pesada!; -¡Pues vete a otro blog!). Mas no soy la única obsesionada por él en el contexto que voy a comentar. Sin profundizar en lo rápido o lento que transcurre, se trata de la diferencia en el rendimiento que se le saca según el sitio donde se haga vida. Me explico: varias veces he coincidido ya con una amiga (de respetable cerebro) en que esta ciudad, Londres (Reino Unido), se come el tiempo. Se lo traga. Lo absorbe y se lo funde cual chocolate en fondue.

Un año en Londres no es como un año en Madrid, y mucho menos como un año en Jerez (Cádiz, Andalucía, España), ciudad que sé que a muchos os gusta (la mayoría obviamente no sois de allí) pero no deja de ser mi lugar de origen, donde estuve hasta mis 18 años, seguidos de unos intensos cuatro años y medio en Madrid y del último año y tres meses en Londres. De capital en capital, me pregunto cuál será la siguiente…

London Eye

Bueno, el caso, que en quince británicos meses me da la sensación de que no he amortizado demasiado el tiempo, lo cual no implica necesariamente no haber hecho cosas, error, he hecho, y tropecientas, pero… Se presentan difusas, entremezcladas, volatilizadas, difíciles de ordenar cronológicamente. Como si hubieran pasado siglos. Las semanas se confunden, los meses se hacen semanas y mi 2012 parece una cruzada frenética repleta de emociones extremas que se cruzan y se chocan dentro de una bolsa de plástico con escapes por todos lados.

En Madrid, el tiempo también pasaba rápido pero de otra manera. Se hacían notar más los días, el orden de prioridades y deberes junto con el ocio, la clara distinción entre unas actividades y otras, los planes, los viajes, las amistades. Sí, la gente. Más profundidad en general, más inmersión en el estilo de vida y las relaciones sociales. Zambullidas totalmente intencionadas y considerablemente controladas, todo lo contrario que en Londres: un torbellino de caras que se esfuman antes de aprenderte sus nombres.

Cibeles Madrid

En Jerez… A su ritmo. Muy a su ritmo. Calma chicha, tirando a pachorra. Vida “simple”, se le podría llamar. Pocas preocupaciones, ilusiones rápidas que se iban tan rápido como venían sin dejar huella psicológica y percepción total del paso de las semanas y de los meses, con su separación clara entre los periodos de obligaciones y las vacaciones. Esas Navidades, que con el tiempo cobran mayor importancia en cuanto a reunirme con mi familia, y esa feria, que nunca me ha importado demasiado y que, por cierto, justo ahora está presente en Jerez.

Sí… Por allá andarán colegas de todas las corrientes dándole al rebujito y derivados. Da igual cómo sean, cómo piensen, en qué círculos se muevan o incluso que no les guste la feria: todos estarán allí. Porque es lo que toca, lo que pega, la excusa para salir de casa y arrejuntarse bajo un sol de casi treinta grados y porque es de los pocos eventos que hacen de la ciudad gaditana un sitio realmente emocionante. ¿Nostalgia? Psss, en verdad no, estoy tela de a gusto recostada y escribiendo en este momento, regodeándome felizmente en mis queridas inquietudes.

Calculo que tampoco tenía yo tantas neuras mentales por aquel entonces. Es posible (jé, muy probable) que sencillamente me esté haciendo mayor. Dicen que, a partir de los 25, los saltos temporales son brutales. Tengo 24 pero vamos, lo mismo da. Y la verdad es que, una vez superado el miedo a la tan mencionada fugacidad existencial, resulta de lo más interesante apreciar en mí misma mi cambio de actitud del año pasado, un incombustible non-stop, al actual, consecuencia directa del anterior sin duda. Un 2013, por tratar de definirlo:

Más comedido, centrado, insatisfecho, inconformista, previsor, en búsqueda (por fin en serio) del enriquecimiento personal a través de esa larga lista de actividades intelectuales y físicas pendientes que tantos tenemos. Y la particularidad del asunto no radica en mi mutación como tal sino en que, a pesar de él… Londres se sigue tragando el tiempo, incluso a mayor velocidad.

Foto retrato Maria G AmarilloPero bueno, ¿qué se le va a hacer? Mi madre siempre me dice que el hecho de que se me pase tan rápido significa que lo estoy pasando bien/no lo estoy pasando mal/estoy aprovechando el tiempo. Estoy de acuerdo pero insisto en que me hago vieja, lo veo, y estoy plenamente convencida a través de mi experiencia de que cada lugar se bebe el calendario a un ritmo determinado. C’mon, you are a baby! (“venga, ¡si eres un bebé!”), me dicen a menudo. Que sí, que sí, pero eso no me hace dormir mejor o creer en los príncipes azules.

Total, así estamos, de tránsito experimental por la vida. De cachondeo con mi mente, básicamente. Pero antes de cerrar este capítulo, me apetece comentar que ayer disfruté de una fantástica hora de conversación por Skype con mi hermano mayor y, a pesar de la diferencia de edad (tres añitos, tampoco es que sea mucho) y circunstancias particulares de cada uno, cabe destacar que curiosamente nos sentíamos igual en cuanto a nuestras reflexiones varias actuales. Resumiendo: la dicha lista eterna de cosas que nos gustarían hacer ha quedado relegada a un vigésimo sexto plano, lo que viene a ser el interior del contenedor de la esquina, y queremos seguir el ejemplo zen de nuestra madre (todo un reto, creedme):

Vivir el día a día, no pretender abarcar más de lo que podemos o de lo que nos pide el cuerpo, ser selectivos y hacer balanza entre lo que es realmente importante y lo que no. Dejar de luchar contra nosotros mismos, agonías que somos, y de imponernos deberes que nos las traen al pairo. Tanto documental gafapasta descargado cuando lo que apetece es ponerse un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre y a tomar por saco, hombre. Fluir en armonía con el universo y nuestras posibilidades, haciendo de nuestro objetivo el equilibrio emocional.

Entonces, mi padre me diría: “ahora traduce todo esto al inglés”.

No hay huevos 😦

La paciencia

La gran desaparecida del siglo XXI. El concepto más expuesto a la exterminación de su más que significativo sentido. El segmento lingüístico susceptible de declararse en estos modernísimos tiempos como “en peligro de extinción”. Básicamente, el término más castigado por la “mentalidad contemporánea”.

Está más visto que el tebeo, pero lo repetiré: mucho avance de las tecnologías, pero menos humanización; amplias redes sociales existentes y emergentes, pero menos comunicación; mucha más facilidad para compartir y difundir opiniones y experiencias, pero menos comprensión y ganas de escuchar; muchos medios para trasladarnos, pero más prisas y estrés; mayores comodidades para con la calidad de vida, pero más insatisfacción e infelicidad.

Y, concretamente, el tema en el que venía yo a centrarme se basa en la palabra que encabeza este post, que le da título y forma, que evoca una enorme nube de pájaros invisibles violentada por esta, nuestra, avanzadísima civilización. Sí, señores, la paciencia. Que levante la mano quien cuente con tan solo una pizca de ella, en relación con los acontecimientos vitales y la volatilidad de los sentimientos. Que se pronuncie quien no viva actualmente a la espera de algo.

Una llamada, un examen, una cita, una respuesta, una felicitación, una pareja, un trabajo, las navidades, un resultado académico, el verano, un juicio, un email, un viaje. Fechas, fechas, fechas, fechas, fechas. Fechas definidas, fechas inconclusas, fechas en las que se basa nuestro día a día. Siempre perdiendo el presente, dejando escapar entre los dedos las pequeñas volutas de alegría que nos acompañan permanentemente y que nos obcecamos en ignorar.

Y ya no solo se trata de las novedades físicas, interpersonales o mentales, sino de la propia capacidad objetiva de apreciar cada día con su contenido porque sí. Con ese desayuno de siempre, esos deberes de siempre, ese aprendizaje, esa serie, esa sonrisa, ese recuerdo, ese desorden, ese mensaje, esa llamada telefónica, esos amigos, esa música de siempre.

Una mudanza, una televisión nueva, una ruptura, un coche, un hijo, una factura, el fin de semana, un nuevo capítulo, un reencuentro, un puñetero saludo por el whatsapp. Horas, días, semanas, meses ansiosos, determinados por aquello que nubla nuestra mente a cada momento, para luego ser sustituido por otro capricho, antojo, objetivo, resultado… Llamadlo como queráis.

Querida paciencia, perdónanos por haberte dejado atrás en este mundo necesitado de la máxima velocidad para sentirse vivo, chocándose continuamente con mil y una decepciones ocultas (aunque tristemente predecibles) en este letargo traicionero, insensato e inmaduro, orgulloso de su actividad frenética y pecador de las pequeñas dichas abandonadas por el camino.

En resumidas cuentas…

¡¡¡Que dejéis de esperar, coño, que se os va la vida!!!

Recuerdos

¿Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos? Preguntas típicas, fundamentales para cualquier cerebro con inquietudes y lejanas de resolver. ¿Por qué aquí y ahora? ¿Por qué yo? ¿Por qué así?

En cuestión de dar una simple vuelta por las fotografías de tu vida, adviertes cambios. Situaciones, viajes. Personas que estuvieron, y ya no. Personas que siguen contigo. Personas que están por llegar. Personas que te gustaría conocer más. Montones y montones de personas que nunca conocerás. Personas que echarás de menos. Personas que desaparecerán. Personas que permanecerán.

Una evolución continua, no siempre hacia adelante. Imágenes de momentos. De hace una semana. De hace un mes. De hace un año. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Qué he sacado de provecho? ¿Dónde he tropezado? ¿En quién me he convertido?

Y, sobre todo… ¿Me preocupará dentro de un tiempo lo que hoy me preocupa? La respuesta es simple: No. Frustraciones que se habrán esfumado, que hoy son vitales pero mañana solo recuerdos. Memorias de una lucha eterna en busca del equilibrio emocional, que nunca llega, que viene y va, que llega un día supuestamente para quedarse pero vuelve a escapar.

Hay una cita que dice: “lo esencial es invisible a los ojos”. Y así es, vagamos ciegos día tras día. Esperando. Deseando, anhelando, ansiando. Siempre hay una fecha límite, un más allá, una meta. Y después otra. Y otra más. Fechas que nos marcan. No, que nos marcamos. Un examen, un viaje, una cita, un quiero-y-no-puedo, un lo-tengo-pero-me-falta-algo, un joder-qué-bien-me-va-todo-pero-aún-así…

Un algo que en un tiempo no importará en absoluto. Ni una carrera ni un trabajo ni un matrimonio ni unas facturas pagadas pondrán fronteras a este amor propio, a este auto-odio, a esta relación contigo mismo. A este inconformismo. A las barreras, a los objetivos de cada día, a los flechazos, a los caprichos.

Tú pones tu fecha. Y el mundo te crea un calendario infinito. De posibilidades, de triunfos, de fracasos. Pero todo, al menos, que sea para aprender algo. Para mirar las fotos de hace dos años y preguntarse: ¿qué ha pasado? Y reflexionar. E incluso sonreír. O, aunque sea, emocionarse.

Pensad. Activad neuronas. Que nunca se oxide el cerebro. Que no se apalanque, que no cese, que siga su curso. Que los respiros se repartan entre suspiros y sonrisas, entre risas y lágrimas, entre chistes y debates. Que perduren las aficiones, las pasiones, el alma. Que no se pierdan entre las obligaciones. Que cada cual alcance su propia pasión, la que siempre tuvo, y la que le acompañará hasta la muerte. Que la descubra, que la explote, que no la deje escapar.

Que desaparezca todo, libremente, como esa roca que se va erosionando con el azote del viento. Que se va quedando cada vez más delgada, más pura. Que, irremediablemente, se acabará encontrando a sí misma. Que explosione y se extinga todo, como las preocupaciones de hoy, a excepción de…

Los recuerdos. Y el brillo de los ojos.

Cual iceberg que…

Se tuerce, se resquebraja, se inclina ante la profunda puñalada del velero más grande del mundo, antes glorioso, magnífico, exuberante; ahora sucumbiendo ante la blancura infinita, ante lo puro, casi etéreo, manchándolo de negro, sangre y lágrimas.

Un choque mortal a la yugular glacial, impávida, altiva, que cae con la fuerza de mil mares y océanos, los que rodeaban a su amo y jugaban con él, los que lo acariciaban, lo lamían, lo tranquilizaban, lo sostenían, lo salpicaban juguetonamente.

Y entre toda esta terrorífica belleza de trágico contraste, el velero no cesa de hundirse con miles de vidas, completamente distintas algunas de otras, desde los estratos más elevados de la sociedad hasta los menos favorecidos. Respetuosos pero confrontados, conscientes de sus diferencias, se miran, coinciden (más de lo que querrían en muchos casos, gélidos prejuicios), se relacionan y…

En ocasiones surgen circunstancias maravillosas. En otras, solo sirve para recordar la anomalía de ese contacto, aquella que se ignoraba, normalmente por propia voluntad, disimulada, con una pizca de maldad, esclarecedora… A menudo tardía, pero al fin y al cabo justiciera, aunque tenga que renacer hasta de las cenizas.

Restos de cigarros que ya ni podrán distinguirse en lo más profundo de las aguas, junto con los rastros mortales del iceberg desgarrado y esparcido en mil y un fragmentos, a su vez mezclados con millones de pensamientos, cuyo fin fortuito no puede más que tornarse, o torcerse, en una irónica y sádica carcajada repleta de perversión, euforia y sabiduría.

Sonrisa pérfida que se jacta de nosotros con la facilidad con que se aplastan cientos de vidas al día por distintas causas. Y con la facilidad con que se olvidan, que es la misma. Al igual que ese impresionante iceberg y el extraordinario velero, burlados por el destino y condenados al abandono. Licuándose un elemento tras otro inexorablemente…

Las personas que marcan nuestras vidas

Un famoso expositor comenzó un seminario en una sala con 200 personas a las que suplicó:

1. Nombren a las 5 personas más ricas del mundo.

2. Nombren a las 5 últimas ganadoras del concurso “Miss Universo”.

3. Nombren a 10 ganadores del premio Nobel.

4. Nombren a los 5 últimos ganadores del premio Óscar al mejor actor o actriz.

¿Cómo va? Mal, ¿no? ¿Difícil de recordar? No se preocupen: nadie de nosotros recuerda a los mejores de ayer. ¡Los aplausos se van! ¡Los trofeos se llenan de polvo! ¡Los ganadores son olvidados! Ahora, hagan lo siguiente:

1. Nombren a 3 profesores que les hayan ayudado en su verdadera formación.

2. Nombren a 3 amigos que les hayan ayudado en los momentos difíciles.

3. Piensen en alguna persona que les haya hecho sentir alguien especial.

4. Nombren a 5 personas con quienes transcurre su tiempo.

¿Cómo va? Mejor, ¿no es verdad?

Las personas que marcan nuestras vidas no suelen ser las que tienen los mejores credenciales, más dinero o los mejores premios. Más bien, son aquellas que se preocupan por nosotros, que cuidan de nosotros, que, de algún modo, están a nuestro lado. Reflexionen un momento… Ustedes, ¿en qué lista están?

Fuente: un e-mail con el que me he cruzado hoy y no he podido contenerme a enseñaros. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Sonrisas

Rodéate de personas alegres, porque te contagiarán su felicidad.

Rodéate de personas que han sufrido, porque te abrirán los ojos.

Rodéate de bromistas, porque te harán reír y explotar tu sentido del humor.

Rodéate de yonquis, porque te ayudarán a conocer tus límites.

Rodéate de sabios, porque te crearán la necesidad de pensar.

Rodéate de imbéciles, porque así aprenderás a distinguir.

Rodéate de gente que te quiere, porque sí.

Y en realidad esto comenzó porque mis amigas son geniales y siempre tienen la sonrisa fácil, y eso a menudo hace incluso que me ponga a descojonarme yo sola de repente y sin parar recordando algo.

Porque a veces con una mirada basta para empezar a reír.

Categorías:Pizcas Etiquetas: , , , , ,
A %d blogueros les gusta esto: