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El Prado (I) : Picasso y el fusilamiento de Torrijos, de Antonio Gisbert

Yo pensaba que había visto el Museo del Prado pero, o no lo había investigado entero o no le he prestado la atención que se merece. Y ya que es gratis para los estudiantes y yo sigo teniendo el carnet, para allá que me dirigí una mañana cualquiera de esta semana. Para los periodistas también hay acceso libre, pero no voy a pagar por el carnet de prensa, y menos cuando hasta los personajes del corazón lo pueden solicitar por haber aparecido un tiempo soltando comentarios/chorradas en televisión.

Pero bueno, que me voy por las ramas. El caso es que fui con la intención de ver la “exposición” de Picasso. Lo que yo pensaba que sería un considerable surtido de obras se tradujo en un solo cuadro: La acróbata de la bola.

Sin menospreciar la capacidad y el reconocimiento universal del artista, la verdad es que no me impresionó demasiado. Aún no le veo la gracia a este tipo de arte de trazos sencillos y figuras planas, e ignoro si se lo veré alguna vez.

Así pues, me dije: ya que estoy, me doy un paseo por el museo. Y me sorprendí recorriendo salas que no recordaba en absoluto (supongo que nunca había estado en ellas porque si no, no me lo explico) y disfrutando de lo lindo. Vayamos por partes. En primer lugar, me enamoré increíblemente de la siguiente obra:

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert (1835-1902). Evidentemente, no hay color entre verla por el ordenador y visualizarla en una sala con proporciones de 6×3.9 metros pero bueno, la recomiendo fervientemente para quien tenga la oportunidad de visitar el museo. Os transcribo la descripción:

El general Torrijos fue uno de los protagonistas del régimen constitucionalista durante el Trienio Liberal, que Fernando VII sustituyó en 1823 por un férreo absolutismo. Exiliado en Inglaterra, cuando se dirigía a Málaga desde Gibraltar cayó en una emboscada con sus seguidores, y todos ellos fueron fusilados en las playas malagueñas sin haber sido juzgados. El gobierno liberal de Sagasta encargó esta obra para exponerla en el Prado como ejemplo de la defensa de las libertades y la lucha contra el autoritarismo, que Gisbert pintó con gran audacia compositiva y una intensa carga emocional.

Tras ser consciente de la escena extremadamente trágica que se nos ofrece, queda tiempo para admirar, sin duda alguna, la precisión de la composición del cuadro, los rostros, los gestos, las figuras, el paisaje de fondo. Resignación, dolor, muerte. Todo un panorama entre humano y natural con gran potencia desoladora.

En la siguiente imagen se ofrece precisamente el punto central del cuadro, permitiendo distinguir mejor los tres personajes (el más céntrico, el de gris y el de la mirada hacia el cielo) que más me llegaron al corazón en su caracterización, su expresividad, su actitud, sus reflexiones personales, sus manos atadas y unidas, su magnífico porte ante un desenlace inminente.

Qué más puedo deciros… Alucinante, maravillosamente abrumador, terrorífico. La máxima expresión del cruel designio y del compañerismo incondicional.

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