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Muñecas desnudas y huellas mentales

Frío. Templanza huidiza. Brazos delgados, piernas flojas, tripa ausente, alma volátil. Todos pegados a un esqueleto medio extraviado, pero fuerte en su esencia, atento a las circunstancias como quien mira despistadamente pasar un tren, vagón tras vagón, sin distinguir rostro alguno aunque intuyéndolos en su interior, dejándose llevar. Agradablemente postrado a la deriva.

Manos perdidas que se entrelazan intentando manejar sensaciones, camuflándolas, engañándolas, estrujándolas, apartándolas.

Muñecas desnudas, finas, límpidas, suaves, humildes, frágiles. Ni brillos, nulos ornamentos; ni tiempo, reloj oculto; ni recuerdos, ya guardados. Al fondo del cajón de los recuerdos, y del alma. A flor de piel, en la superficie de los sentimientos.

Mientras tanto, el día a día se sigue cubriendo con multitud de acciones. Actitudes variadas pero repetitivas que pretenden dar la convicción de utilidad, de aprovechamiento. De hacer lo correcto, lo que toca, lo que se debe hacer, a lo que no hay más remedio que someterse. Mezclado con esa parte del cerebro que vive en otra parte, aventureramente, en alucinantes paraísos y veloces hormigueos corporales. Vértigo vital en su más pura esencia. Vértigo psicótico, espontáneo, terrible. Libre e indescriptible.

Mas esto se cruza nuevamente con la imposibilidad de no pasar ni una jornada sin contemplar perspectivas, posibilidades, previsiones, consecuencias. La mente al cien por cien permanentemente, trabajando a destajo, maquinando inmensas volutas de humo, construyendo miles de castillos de arena, de los cuales la gran mayoría serán arrastrados por el agua y el viento, tan cruel como merecidamente.

Palabras que te rozan y se escurren, vuelan, se volatilizan ante la impasibilidad. Enfrentadas solo por un momento para ser catapultadas al vacío por aquellas otras palabras que tambalean el pecho, atraviesan los poros, alteran la respiración, se sumergen en la mente, se clavan en el corazón como puñales. Algunos placenteros, otros dolorosos, unos eufóricos, otros lastimeros, y aquellos… indefinibles. Tan susceptibles de arder en llamas como resultar disimuladamente incombustibles.

Huellas. Huellas mentales, huellas del subconsciente que no se pueden ni explicar, ni se recomienda tratar de hacerlo. ¿Para qué? Sociedad pro-comunicación atestada de desinformación, insatisfacción, frustración, incomprensión. Relaciones interpersonales, amistosas, amorosas. Raciales, estereotipadas, exigentes, juiciosas. Tensas, discontinuas. Hasta las más cercanas, completas y compenetradas se ven azotadas por la vertiginosidad de la naturaleza humana.

Y, aún así, con la confianza aún puesta en una vida plena, divagando eternamente entre la realidad y el mundo de las ideas y de los sueños… para no toparse de bruces con la desesperación.

Pueblo fantasma

0:25, noche cerrada. Villaviciosa. Calles demasiado iluminadas, deberían apagar las luces un rato. Se me ha venido a la cabeza aquel día en el que medio Jerez estaba a oscuras. Bueno, quizá no medio Jerez, pero un buen trecho de la avenida principal sí. Era increíble. Oscuridad total. Me acojonaba, me encantaba.

Un chico lleva la basura. Ruido de algún coche. Una pequeña y animada reunión a través de las cortinas translúcidas de un ventanal. Hoy me he agobiado en casa. Creo que es la primera vez que realmente me agobia mi casa. Mi refugio, mi espacio, adonde solo tengo acceso yo. Mi territorio, mi escapada, mi huida, mi sitio, mi hogar. Será porque llevo todo el puto día metida dentro. Lo que ya he dicho un porrón de veces: cada vez que explotas algo demasiado, acabas hasta los huevos de ello.

El banco. Siempre sacando dinero. Es alucinante cómo desaparece entre los dedos, moviéndose de aquí para allá constantemente. Consumismo. Nacemos predestinadamente enseñados para gastar. Nos frustramos cuando no podemos hacerlo. Bueno, creo que no es mi caso, pero en general sí. Ir de compras se ha convertido en una terapia. Yo lo detesto, es un coñazo. Será porque no me conformo con cualquier prenda.

Un cigarro. Otro. Un par más. En realidad no hacen nada, su efecto es completamente psicológico, solo suponen un gasto brutal de pasta, y más ahora, que han vuelto a subir los precios. Menos mal que lo mío es ocasional, porque el Gobierno se va a poner púo a raíz de los fumadores.

Unos pocos coches. No me esperaba ninguno. En uno de ellos, sonaba esta canción:

Al buscar un vídeo con buen sonido, he encontrado uno en el que pensaba que ponía la letra pero… creo que eran unas palabras que había puesto la persona que había colgado el vídeo en memoria de amigos suyos y de su novia que habían sido asesinados… Igual me equivoco pero se me ha puesto un mal cuerpo de la hostia y no lo voy a mirar otra vez para comprobarlo.

Sonaban las raíces de un árbol. Sonaban en serio, un sonido entre lluvia y un crepitar eléctrico. Pensaba que no me acordaría de ello, pero me da que he ido todo el camino repitiéndome lo que experimentaba para transcribirlo. Neurótica de remate. No paraba de pensar. Tanto en mis sensaciones como en el blog. Fifty fifty. Esto ya resulta enfermizo. No soy capaz de divagar sin unirlo a la adicción de plasmarlo por escrito. Eso, en parte, ha mantenido cierto agobio… junto con cierta presión del estómago, en buen momento se pone a dar por saco.

He visto a un hombre de lejos. Me parecía que estaba hablando solo y he concluido rápida y prejuiciosamente que iría borracho. No lo iba. De hecho, me ha saludado y sonreído al pasar. Qué agradable. Era muy bajito, debía de pasarle una cabeza o así. Psicosis. Paranoia. Ahora viene de repente y me coge del cuello, pero saldría ilesa. Agarrón de su brazo, voltereta mortal, patada en los cojones. Hasta luego, Lucas, ahí te quedas. Mirada hacia atrás. El hombre ya está en la otra manzana. Hacía mucho que no imaginaba escenas violentas, de las que siempre salgo indemne, por supuesto.

En tercero de ESO me pasaba mucho. No paraba de visualizar mentalmente palizas y palizas a los cuatro gilipollas de clase. Si yo fuera profesora, los cojones iban a vacilar unos niñatos a nadie de clase, y menos a una chica. Si me los encontrara ahora, los cojones me iban a decir ni mu, los muy fracasados. En otras ocasiones, imaginaba que un loco entraba por la ventana, agarraba a uno de los chicos y yo, de alguna fantástica y ágil forma, lo salvaba, y así me dejaban en paz.

Menos mal que los tiempos cambian. Tuve una buena adolescencia, ¿eh? Bueno, todo lo digna que se puede tener, pero tampoco os vayáis a pensar ahora que andaba trastornada, solo eran unas cuantas mierdas de mosca zumbando.

Mi intención no era centrarme en ese tema, en verdad. No tenía intención ninguna, solo escribir. Blog-adicta. Al blog y al philadelphia. Parece una chorrada pero ya va en serio, exagerado. Menos mal que no compro chocolate, bastante me cuesta ya bajar de peso. Joder, no tengo hambre y aún así cogería una tarrina y empezaría a fundírmelo como si fuera helado.

El pecho se ha calmado. Otra semana más empieza, y tiene buena pinta, pero aún así el mero hecho de que empiece otra serie de siete días hace que ya entre pereza, desgana. Rutina. ¿Cuántas veces he hablado de esto? Mañana se habrá pasado, o si no el miércoles en Zombie (fiesta de la Sala Heineken, Madrid), cómo no. A evadirse. A disfrutar, a bailar, a conocer gente. A lo mismo de siempre, en realidad.

Un puente más que satisfactorio. Me he reído muchísimo y he compartido experiencias con bastante gente, la de siempre y nueva.

No importa, ya pasó. Pero me levantaré y desayunaré. Sí, la primera comida del día me anima, las otras dan más vagancia. ¡Ya lo tengo! Las adornaré con Ketchup :). Lunes. No me parece un nombre feo. Y el domingo menos, pobre. Aunque ha sido para nada el de hoy. ¿Para nada? Qué coño, claro que sí. He… pues, he… ¡Ah, sí! Me he leído los primeros tutoriales del curso de Community Manager al que me he apuntado (obligadamente pero da igual, me viene muy bien) en la empresa de las prácticas. Por primera vez, he divisado, aunque fuera difusamente, una mínima proyección de futuro real, cercana, táctil. Sienta bien eso.

Buah, neura mental de las grandes. Supongo que ya tocaba. Y mañana más, en la siguiente sesión del Seminario de Análisis Fílmico sobre Solaris. Sobre la búsqueda eterna de respuestas. Sí, va a ser un buen día solo por eso.

¿Qué más he hecho hoy? Descargarme un vídeo para un reportaje de clase… No me gusta grabar. Después de aquellas tres horas preparando todo el plató y tratando de mover la cámara en condiciones, concluí que no me apasiona. No me llena nada, incluso me vacía más, me aburre. Me flipa ver planos guays, películas y a la gente que le gusta grabar, pero mis manos no son para eso.

Me he quedado medio en blanco, así que aprovecharé para apagar el ordenador a toda velocidad, antes de que se me vengan más cosas a la cabeza y empalme con el madrugón para ir a las prácticas. Aunque hace tiempo que asimilé que el cansancio y el sueño van intrínsecos en el ser humano. ¿Acostarse temprano? ¡Anda, hombre! Me gusta la noche. No sé si más que el día. Supongo que sí, porque si no en invierno no veas.

Venga, hora de dormir (2:17), ¡que os levantéis contentos y que la semana os depare alguna sorpresita! (la cual será fundamentalmente producto de vuestra mente también, ¡pero no importa! De eso se trata) :D.

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