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Macaco – Hijos de un Mismo Dios

No hace falta ser creyente o no para reconocer el sobrecogimiento que provoca el mensaje que Macaco transmite a través de la siguiente melodía. Me he sorprendido descubriendo que hacía ya un año que no publicaba ninguna canción desde aquella “Felicidad” del Shotta. Hoy, mi padre me ha enviado esta implacable denuncia, un grito por un mundo mejor que no he podido ni querido evitar el impulso de compartirlo con vosotros en medio de una época de mi vida en la que me debato más que nunca hacia mi futuro, lo que me podría apasionar y lo que me gustaría aportar al resto del mundo, aunque solo sea a una pequeñísima parte del mismo.

Creo que Hijos de un Mismo Dios puede ser la inspiración, o parte de ella, que muchos necesitamos para convertir nuestros proyectos en realidades sin olvidar que alrededor de nosotros hay todo un mundo trágico a la espera de que lo salvemos, y sin olvidar por tanto que en dichos proyectos seguro que podemos hacer o incluir algo que contribuya a mejorarlo.

Me quedo especialmente con este par de preguntas del estribillo: ¿Por qué los ojos se nublan? ¿Por qué los ojos se acostumbran a todo este dolor?, que me recuerda a la enorme cantidad de noticias catastróficas que nos impactan a diario a través los medios de comunicación y hacia las que parecemos inmunizarnos cada vez más.

Cabe destacar que los primeros versos también me han llegado al alma teniendo en cuenta que me hallo a poco más de media hora de Tijuana en coche… Bueno, y si seguimos con las estrofas, teniendo en cuenta que el ritmo de trabajo asumido a Nueva York es uno de mis principales temores aquí en California, teniendo en cuenta que precisamente la crisis me obligó a irme de Madrid… Vamos, que la canción entera me ha sacudido de arriba abajo.

Cinco de la mañana ahí en Tijuana
Se oye un disparo desde una ventana
María mira hacia al cielo, ya está acostumbrada
Es la banda sonora de cada madrugada.

Una pareja viviendo en Nueva York
Trabaja a jornada completa, otra cuota, otro ordenador
Su tiempo se resume, con tiempo que no consume
La banda sonora: es el sonido de su reloj.

Doce de la noche en el sur de Europa
Pongamos que hablo de Madrid
La palabra crisis bautizará la mañana
Es la banda sonora de tanto repetir.

[Estribillo]

Hijos de un mismo dios Macaco

Sí, somos, oh ohh oh ohhh (x4)

São Paulo, siete de la tarde
Cacerolas en lugar de tambores inundan la calle
João sigue con lo suyo, con sus labores
Fuera suena la banda sonora de sus dolores.

Luis, con el mundo, lleva una vida muy social
En la Red un millón de amigos,
Dice: No te pueden fallar
Pero en su casa hace un mes
Que nadie cruza su portal
La banda sonora: Solitaria comunidad.

Un hombre camina por las calles de Dakar
Se pregunta si una enfermedad se puede orquestar
¿Quién traerá la vacuna?
Moneda y cambio de una fortuna
Una banda sonora que pronto se olvidará.

[Estribillo]
(Oye!)
Si somos hijos, hijos de un mismo dios
¿Por qué siempre caen los mismos, por qué? Oye, dímelo
(Escucha!)
Si somos hijos, hijos de un mismo dios
¿Por qué los ojos se nublan?
¿Por qué los ojos se acostumbran a todo este dolor?
(Vámonos!)

Sí, somos, oh ohh oh ohhh (x4)

Y nos piden convivir, sin perder la cordura
Dar la mano con soltura a los Tipos de interés,
Aceptar su economía como animal de compañía
Correr con ataduras sobre su mundo de papel.

(Óyelo!)
Sí, somos, oh ohh oh ohhh (x4)

Philomena y la otra realidad

PhilomenaPhilomena es la obra cinematográfica, mucho más real que ficticia, que acabo de ver y por la que no he querido acostarme sin antes escribir unas líneas para no dejar de sentirla tan rápido, para que el efecto que me ha dejado postrada en el asiento durante largos segundos tras su final no sea vapuleado por el estado inconsciente en el que me sumiría el sueño, desprendiéndome de inmediato de la melancólica historia de Philomena, mujer que decidió buscar al hijo que le arrebataron pasados 50 años del suceso.

Basada en hechos reales.

Una vida en secreto cuya exteriorización se transforma en la aventura conjunta de esta mujer y de un periodista, dando lugar al triste pero equilibrado juego, con acertados toques cómicos, entre la vejez rural y la madurez urbana, la espontaneidad verbal y la parafernalia aprendida, la fe y el agnosticismo. Una lucha de caracteres que se complementan a la perfección a pesar de sus abismales diferencias, unidos por la búsqueda de la verdad, aunque con intereses distintos.

Repito: basada en hechos reales.

La otra realidad es la que se me ha olvidado durante la película. La de las prisas, las preocupaciones mundanas, los deberes de hoy y de mañana y, por tanto, del pasado, presente y futuro individual en su totalidad, eclipsada por la auténtica realidad, la que no es la propia, sino la que pertenece al mundo. La realidad formada por los miles de millones de personas que pueblan la Tierra y cuyas historias se ven entrelazadas eternamente, abarcando de un extremo a otro del globo, creando vínculos, proyectando males, despertando alegrías, propulsando todo tipo de sentimientos y acciones encontrados y provocadores tanto de las desgracias más aterradoras como de las bellezas más plausibles.

A mitad de película, sin venir a cuento, me he dicho que debería ver más cine. Nada nuevo. Me lo he propuesto por una milésima, aun sabiendo que probablemente no lo cumpla, pero tenía motivación suficiente como para decírmelo. Por la realidad global. Por el respeto a mí misma y a los demás. Por la muerte del egocentrismo. Por ti, por mí, por todos. Por las personas, con sus respectivas realidades, que ya conozco y las muchísimas que me quedan por conocer.

De los sueños a la realidad

Hace una semana y media, soñé que me despedía de mis padres y que partía en avión a Nueva York. No sé hacia qué tipo de vida exactamente pero me iba. Nerviosa, ilusionada, acojonada, expectante. Abrí los ojos sin haber tomado tierra y me puse a pensar en ello. Mi subconsciente. Los sueños, mundos fantásticos, tenebrosos y alucinantes, donde todo es transparente, donde salen a la luz hasta las vergüenzas más osadas y las anécdotas más descabelladas. ¿Lo que queremos? ¿Lo que ansiamos? ¿Lo que tememos?

Esta semana, el lunes por la noche soñé que tenía un affaire la mar de interesante con una persona a la que admiro bastante, proporcionalmente a lo inalcanzable que es, lo cual no deja de darle un considerable morbo mental al asunto. Un anhelo reprimido, que de solo imaginarlo en sí provoca cierta violencia interior, casi incomodidad ante lo inaudito y atrevido del asunto, pero que en cuestión de unos minutos sumidos en el sopor se torna en una imagen preciosa, tierna y tangible, un sueño cumplido (nunca mejor dicho).

Bueno, a ver, tampoco es para tanto, pero en el momento me desperté bastante emocionada, obviamente.

Finalmente, el miércoles por la noche, tuve una pesadilla. No llegaban a violarme pero sí me hacían cosas en contra de mi voluntad, y resultaba espantosamente frustrante. Humillada, despreciada, tratada como basura (y encima por un ser gordo, de rostro rojo cual tomate y feo como un insulto a un padre).

Tampoco me involucré tanto en esta angustia como para alcanzar el auténtico drama de quienes realmente hayan sufrido algo así (ya sabemos que, en ocasiones, los sueños se vuelven reales hasta el punto de llegar a exteriorizarlo físicamente llorando, gritando o riendo) pero, de alguna forma, me llegó. Lo suficiente como para que, nada más despertar, me entraran unas ansias terribles por buscar clases de defensa personal. Y lo pensaba en serio. Una cuenta pendiente más.

¿Hasta dónde nos afectan, pues, los sueños? Probablemente hasta lo más profundo. Entonces, todo es como tiene que ser. No podía haber sido de otra manera, surge así y punto. Y así es como deberíamos tomarnos la vida también, tal y como va fluyendo, a pesar de que en ella jamás vayamos a ser tan auténticos como en esas traicioneras nocturnidades.

Muñecas desnudas y huellas mentales

Frío. Templanza huidiza. Brazos delgados, piernas flojas, tripa ausente, alma volátil. Todos pegados a un esqueleto medio extraviado, pero fuerte en su esencia, atento a las circunstancias como quien mira despistadamente pasar un tren, vagón tras vagón, sin distinguir rostro alguno aunque intuyéndolos en su interior, dejándose llevar. Agradablemente postrado a la deriva.

Manos perdidas que se entrelazan intentando manejar sensaciones, camuflándolas, engañándolas, estrujándolas, apartándolas.

Muñecas desnudas, finas, límpidas, suaves, humildes, frágiles. Ni brillos, nulos ornamentos; ni tiempo, reloj oculto; ni recuerdos, ya guardados. Al fondo del cajón de los recuerdos, y del alma. A flor de piel, en la superficie de los sentimientos.

Mientras tanto, el día a día se sigue cubriendo con multitud de acciones. Actitudes variadas pero repetitivas que pretenden dar la convicción de utilidad, de aprovechamiento. De hacer lo correcto, lo que toca, lo que se debe hacer, a lo que no hay más remedio que someterse. Mezclado con esa parte del cerebro que vive en otra parte, aventureramente, en alucinantes paraísos y veloces hormigueos corporales. Vértigo vital en su más pura esencia. Vértigo psicótico, espontáneo, terrible. Libre e indescriptible.

Mas esto se cruza nuevamente con la imposibilidad de no pasar ni una jornada sin contemplar perspectivas, posibilidades, previsiones, consecuencias. La mente al cien por cien permanentemente, trabajando a destajo, maquinando inmensas volutas de humo, construyendo miles de castillos de arena, de los cuales la gran mayoría serán arrastrados por el agua y el viento, tan cruel como merecidamente.

Palabras que te rozan y se escurren, vuelan, se volatilizan ante la impasibilidad. Enfrentadas solo por un momento para ser catapultadas al vacío por aquellas otras palabras que tambalean el pecho, atraviesan los poros, alteran la respiración, se sumergen en la mente, se clavan en el corazón como puñales. Algunos placenteros, otros dolorosos, unos eufóricos, otros lastimeros, y aquellos… indefinibles. Tan susceptibles de arder en llamas como resultar disimuladamente incombustibles.

Huellas. Huellas mentales, huellas del subconsciente que no se pueden ni explicar, ni se recomienda tratar de hacerlo. ¿Para qué? Sociedad pro-comunicación atestada de desinformación, insatisfacción, frustración, incomprensión. Relaciones interpersonales, amistosas, amorosas. Raciales, estereotipadas, exigentes, juiciosas. Tensas, discontinuas. Hasta las más cercanas, completas y compenetradas se ven azotadas por la vertiginosidad de la naturaleza humana.

Y, aún así, con la confianza aún puesta en una vida plena, divagando eternamente entre la realidad y el mundo de las ideas y de los sueños… para no toparse de bruces con la desesperación.

Emilio Duró – Optimismo e ilusión

http://vimeo.com/18251684

MUY GRANDE esta conferencia. Antes que nada os diré que dura la friolera de una hora y 49 minutos, no se trata del típico vídeo de 3 minutillos, sino que es una charla como tal. Os propongo que, superando esa pereza que os habrá entrado al pensar en ocupar un par de maravillosas horas de vuestro apreciado tiempo, hagáis click solo para ver y escuchar, al menos, el comienzo. Entonces, si no os convence, sois libres de quitarlo, pero quizás haya personas a las que les pique la curiosidad y (como a mí me ha ocurrido, que no pensaba ni loca en cargármelo), prueben y acabe enganchándoles de tal forma que se lo fundan entero.

Hay que afirmar que el ritmo se va animando conforme el invitado habla, y mira que ya comienza acelerado de por sí, y en más de una ocasión os sonsacará una sonrisa, incluso una carcajada, y en todo lo que dice se podrá distinguir un halo de realidades directas y explícitas que están ahí pero que nos negamos a ver.

Habla de una mente positiva y negativa, diferencias entre hombres y mujeres, la necesidad e importancia del afecto a los niños, el motivo de las cosas a lo largo de la historia, los puntos personales a desarrollar, reglas para afrontar la realidad (situación de un hombre de 45 años virgen como ejemplo)…

A su vez, he apuntado algunas frases que me han gustado en especial:

Tu mente atrae a aquello en lo que piensas.

Vigilad en lo que pensáis.

Da igual si es cierto o no, tu mente lo provoca.

Y si alguien me pregunta: “¿y qué pasa si quiebra mi comercio?”. El 99% de la población no trabaja en el y vive, ¡luego hay vida fuera de tu comercio!

Para mí la gente extraordinaria es aquella que tiene una facilidad tremenda para hacerte sentir importante, y hay gente que hablas con ellos y te amargan. […] ¿Puedo comer contigo? No, tú no.

El ser alegre es una actitud. Se aprende de 0 a 3 (años). […] El 80-90% de éxito en la vida, viene de tu forma de ver la vida. […] Pasamos por el colegio y no te dan ni una hora de actitud, solo de conocimientos; por eso hay gente que tiene cinco carreras y no hay dios que le trague, y hay gente que no tiene ningún estudio y es maravilloso.

La vida no va por trozos.

La mente solo ve lo que quiere. El que está embarazado ve más embarazadas. […] No existe la realidad, la crea la mente.

Esto es el universo, esta mierdecita de aquí es la tierra; esta gran mierda, Coruña; esta gran gran mierda, tu comercio; y esta super mierda, tú. Y hay gente que dice: ¡es que a mi me caen todos los marrones!

Solo te cansará aquello que no disfrutes. […] Haced solo cosas que os apasionen. Si hacéis lo de siempre, os pasará lo de siempre.

Me queda poco y os tengo que cambiar la vida.

El ser la última mierda del universo es una ventaja, no puedes bajar más.

Todo lo que ocurre en la vida, ocurre porque tiene que ocurrir.

Seguid el corazón.

Cuando uno sabe que va a morir, no tiene miedo a nada.

Seguid locos.

¿Sabéis cuál es el problema? Que la gente ha dejado de soñar.

Se te escapa la vida

Hay días en los que sientes que se te escapa la vida. Se te escurre entre los dedos y delante de tus narices como el agua. Se va sin avisar, sin manifestarse, sin quejarse, sin dejar huella, sin madurar, sin retroceder.

No es solo desgana, agobio y/o bajona, se trata de sentir encima de los hombros todo el peso de una especie de apatía brutal, de perdición eterna. No voy a hablar de la rutina en sí, sino de esa sensación de que te falta algo, de que acabas el día y no te sientes como si realmente hubieras hecho algo de provecho para tu espíritu, algo que te haya autorrealizado, algo de lo que te puedas enorgullecer.

Horas y horas en la universidad, o en la actividad determinada que se funde la mayor parte de tu existencia. Levantarte, desayunar, ir para allá, escuchar realmente poco de interés y salir por fin. Joder, es de noche. Creo que me gusta más el turno de tarde que el de mañana, pero ciertamente impone el hecho de despertarte, echar la mañana en casa, tener la luz del sol encima exclusivamente durante el camino a la parada de autobús… y tras las clases, compruebas que se ha cernido la más absoluta oscuridad por todo el horizonte sin haberte dado ni cuenta. El día se ha acabado, y solo has estado en clase. Y cuando no: universidad y fiesta, que está muy bien, pero tampoco es que te forme como ser humano que digamos.

¿En esto consistirá todo? ¿Ocho horas de trabajo, ocho durmiendo (en teoría) y ocho… para TODO LO DEMÁS, en lo que entra comer, digerir cada comida, cagar y mear (que según qué persona, puede ser un tiempo considerable)? ¿Y quien sufra 12 horas de curro? ¿Y quien tenga que estar pendiente de su empleo las 24 horas del día? Y si yo, que en realidad tengo una vida de puta madre, que estudio donde quiero y lo que quiero, que más o menos hago lo que me apetece y me adapto bien a las obligaciones, me encuentro en ocasiones en este estado de vacío agónico e impotente… ¿cómo lo siente el que tiene un trabajo de mierda, unos hijos que mantener y un sueldo deleznable? ¿Y un maniático en potencia? ¿Y un neurótico? ¿Y una persona depresiva? ¿Y un demente? ¿Y un lunático? ¿Y un paralítico? ¿Y un enfermo terminal?

Aún así, no soy de aplicarme el dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”. A mí las tragedias de los demás me apenan más que me animan, me sacan de mis más o menos controladas circunstancias para asquearme con la realidad exterior. Y en cualquier caso, no me quitan el peso de mis propias reflexiones, paranoias y pesadumbres (más bien pocas pero intensas).

Sin más. Un día bastante productivo universitariamente hablando y desolada e interiormente vacío cual libro sin páginas entintadas. Y más deberes por hacer, y menos ganas a medida que estos se incrementan y van pasando los días, y fluye la presión, el agobio, la tensión, la desesperanza, ante semanas y semanas predestinadas de antemano que no dejan respirar.

Siempre queda pensar que mañana será otro día. Otro día igual , como diría Kase O en Máximo Exponente, grandiosísima canción, con unos Violadores del Verso bastante más jóvenes, concretamente los de 1999, año en el que lanzaron el disco Genios, de letras, ritmo y parte instrumental impresionantes.

Y otra que me encanta de este grupazo: Cantando, del disco Vivir para contarlo (2006).

Sin título

No sé qué escribir pero tengo que escribir algo.

No pienso nada en sí, no siento nada en sí, no tengo nada claro, pero quiero escribir.

Eso es… lo único que sé ahora mismo es que me apetece escribir. ¿Lo he dicho ya?

Y que el mundo lo he inventado yo. Las ilusiones, las alegrías, las penas, las fiestas, los estudios, el dolor, las cosquillas en el estómago, los canales de televisión, el Spotify y el iTunes, el mosquito que me acaba de dar un puto susto de muerte interfiriendo entre la pantalla, mis dedos tecleando y mi mirada; los besos, los sueños, el tiempo, la alarma del reloj, los madrugones, el alcohol, el tabaco (del caro, siempre), las redes sociales, los amigos virtuales que se hacen realidad, los que no, las amigas que están, y las que no, el verano, los viajes, los recuerdos, las lágrimas inesperadas, las mentiras, las apariencias, los gritos, los abrazos, los suspiros, las críticas, los blogs viejos, el nuevo, los profesores, las asignaturas, las sonrisas, las películas, las salas enormes de cine (salas 1 y 2), y las pequeñas (todas las demás), Hitchcock (pendiente), Clive Owen, Keira Knightley, las enfermedades, las pastillas, los celos, las montañas, los bichos campestres, el agua, la indiferencia, el aburrimiento, lo repetitivo, la iluminación, la euforia, el deslumbramiento. La realidad (que supera a la ficción).

Y para qué seguir escribiendo ya… si de todo aquello que no procede en sí de mí, al fin y al cabo solo puedo percibir un escaso 10%. Y de lo que sí procede de mí, tampoco creo que llegue ni al 50%.

Por último: las risas, las carcajadas. Fundamentales. Y un “no pasa ná” como mejor solución.

Y Trainspotting. Los libros, las adaptaciones al cine.

Mi cama, mi sofá, mi casa, mi tele (en silencio normalmente), mi música, mi vida. De la primera mitad de esta frase y un poco más, en realidad nada es mío. ¿Os dais cuenta?

Mis manos.

Hijo de la gran puta el mosquito que se me acaba de escapar, será… Ahora vas a morir, cabrón, que esta noche duermo sola.

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