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Posts Tagged ‘recuerdos’

Las paradas de metro y sus historias

Metro la LatinaEs curioso cómo el metro le da una personalidad especial a las ciudades que lo tienen. Y no solo por facilitar (o dificultar a veces) los desplazamientos, sino por el hecho de identificar algunas de las paradas con ciertas personas, anécdotas o vivencias, trayéndote a la memoria recuerdos, sonrisas, melancolías y todo tipo de sentimientos cuando menos te lo esperas. De esta forma:

Príncipe Pío son docenas de cenas confidentes.

Lavapiés es mi verano posterior a la carrera.

Delicias es la llegada de una gran amiga de Jerez.

Ibiza es aquella fiesta en un catamarán.

Retiro es el hombre que vi en monociclo mientras escuchaba la BSO de Amelie tumbada en el césped.

Carabanchel Alto es la persona más romántica que he conocido nunca.

Puente de Vallecas son abrazos y cachimbas.

Fuencarral son mis camisetas de Taxi Driver y Trainspotting, y la de El Club de la Lucha para mi hermano.

Manuel Becerra son proyectos de amistades.

Puerta de Arganda son Los pilares de la tierraEl pantano de las mariposas. Y, para bien o para mal, apuntes de SEM.

Moncloa es el paso de los tempranos veinte a los “definitivamente-se-me-acabó-mi-tiempo-por-esta-zona”.

La Latina son cuatro personas conociéndose, vino en mesa.

San Bernardo es un estupendo buffet libre con la mejor de las compañías.

Gran Vía es un paseo de la mano y miles de besos.

Atocha son las ganas de ver a mis padres.

Méndez-Álvaro es la despedida en la que mi visitante perdió el autobús por no habernos dado cuenta del cambio de hora durante aquel fin de semana.

Rivas Futura son mis últimas prácticas en España. Espero.

Santiago Bernabeu es aquella caminata eterna por no ser consciente de lo larga que era la Castellana.

Bilbao son muchas, muchísimas noches de risas.

Diego de León será la casa que compartí con mi hermano mayor, junto con sus correspondientes charlas y carcajadas y la confianza que ninguna otra persona me da en este mundo para hacer el tonto de una manera acojonante. Aparte de mi hermano menor.

Y para vosotros, ¿qué paradas de metro tienen su historia?

Recuerdos geográficos

Recuerdos de los que se impregnan en los espacios como etiquetas flotantes. Recuerdos que caracterizan cada experiencia y le dan un sentido único para cada cual. Recuerdos de aquella ciudad, aquella reunión, aquella oficina, aquella escapada, aquella casa, aquella playa, aquel local, aquel día, aquella noche. Visiones que se entremezclan, objetividad + subjetividad unidos para siempre y que te hacen identificar cada lugar con unas sensaciones determinadas. A veces amargas, a veces preciosas. O llanas, vacías, innecesarias. O pletóricas y significativas para el resto de tu vida.

recuerdos fotosPor eso, hay gente a la que le encanta París y gente que la detesta a raíz de factores que van más allá del aspecto cultural. Por eso, hay gente que no quiere volver a pisar aquel bar o discoteca, gente que cambia de ciudad y/o de país, gente que tiene que dejar su casa aunque haya vivido en ella durante años, porque ya no tiene sentido. Por eso, y mucho más, hay fotos que nos encanta repasar cada cierto tiempo, y fotos que no volvemos a abrir jamás; y perfiles de Facebook que conservamos a lo largo del tiempo, y perfiles que acabamos eliminando; y tipos de alcohol que nos hacen sonreír, y tipos de alcohol que nos provocan arcadas nada más olerlos.

Lo mejor es darse cuenta de esto, un gran poder y una gran responsabilidad puestos en nuestras manos, para, a partir de entonces, procurar crear recuerdos sanos. Recuerdos que te hagan ver cada experiencia como algo que tuvo su lugar justificado en tu vida, no un mal momento, un fracaso, una mosca cojonera que, por mucho que espantemos, sigue ahí dando por saco. No necesariamente en tu cabeza zumbando de forma permanente, pero sí cada vez que esas imágenes vuelvan de improviso, o cada vez que se mencione ese espacio.

Lo idóneo, pues, sería proceder a cuidar cada momento y cada oportunidad para disfrutar y/o aprender. O, al menos, no arrepentirse de las decisiones o actitudes que tomamos, no manchar esa geografía de recuerdos incómodos. Tenemos una salvaje tendencia a sacrilegiar nuestro tiempo, a tratarlo con una frivolidad terrible. A estar deseando que pase, que pase rápido para “superar este sufrimiento”. Periodos de duelo constantes que arrastran años y años de vida en espera… ¿De qué? A menudo ni sabemos decirlo. A volver a ser nosotros mismos. ¿Y si a ese “tú mismo” simplemente le ha tocado renovarse, cambiar de rumbo, madurar, evolucionar?

futuro recuerdosAprender es la clave. Aprender las lecciones para no repetir errores. Sin duda, repetiremos varios de ellos, pero cuanto menos lo hagamos, mejor. Por tanto, te invito a que te mires a ti mismo, a tu espacio, tu hogar, tus compañías; tu cometido estudiantil, laboral y/o en busca de alguno de los dos; tus proyectos, tus viajes, tus sitios favoritos para comer y los que te quedan por conocer, tu cafetería predilecta, tu banco del parque de la esquina… Y te pido que los cuides. No en el sentido de tratarlos bien, porque en ocasiones sencillamente muchos de ellos no merecen más que mandarlos a tomar viento (sea porque realmente son nocivos o porque no congenias con ellos), sino en el sentido de fluir con cabeza, con sentido, con lógica, para que tus recuerdos, que son al fin y al cabo lo único que nos pertenece, sean lo más positivos posible. Sobre todo cuando has de convivir con ellos durante un largo tiempo. Positivo no es igual a felicidad suprema, cuidado, sino la parte de las vivencias que te permite avanzar como ser humano.

Cuando somos jóvenes, queremos comernos el mundo, visitar miles de sitios, conocer y hacer montones de amigos, ir tachando de la lista cada proeza conseguida. Luego te haces más mayor y te das cuenta de que te sobra tanta grandeza psicológica. No la necesitas para ser feliz, no es fiable ni te convierte en una persona más inteligente, honesta o interesante. Porque, al final del día, lo que cuenta para ti son: tu hogar, el espacio en el que deberías sentirte más a gusto que en ningún otro sitio (si no es así, replantéatelo); tus labores, entendidas como la actividad estudiantil o profesional que ocupa tu tiempo y que te hace sentir como una persona de provecho (si no es así, replantéatelo también); tus aficiones, que ocuparán tu tiempo libre y te permitirán auto-cultivarte de manera personal; y, finalmente, esas escasas personitas que verdaderamente te importan y se preocupan por ti día tras día. Aquellas de las que te acuerdas antes de dormirte y al despertar, y en cualquier momento del día sin venir a cuento.

Lo demás, pajas mentales para adolescentes.

Y ahora, hacedme el favor de convertir este puente en algo que valga la pena.

Caminante, no hay camino; se hace camino al andar

He encontrado mi ejercicio predilecto. O, al menos, por el momento, mientras no salga nada mejor. Y consiste en caminar. No os equivoquéis, no se trata de los típicos paseos de viejas, sino de una marcha continua y bastante acelerada, pero sin correr. Tampoco concuerda con este tipo de atletismo que se basa en marchar bajo el requisito de tener en todo momento al menos uno de los pies tocando el suelo, ejercicio que debe de dejar los gemelos bastante partidos.

Pues eso, lo mío es el término medio. Así, a la vez que se hace notar cierto cansancio, prima la resistencia, permitiéndome estar una hora al máximo para llegar a casa y postrarme merecidamente en el sofá (no perdamos las buenas costumbres). Dicho sea de paso, os voy a colgar fotillos que he hecho en algunas de las caminatas.

Y me agrada mi recorrido escogido. Bajo el agradabilísimo sol (la imagen anterior y la última de este post fueron echadas en unas condiciones climáticas excepcionales para lo que está siendo la norma este invierno) que nos está acompañando por estas tierras andaluzas a pesar de las fechas en las que nos hallamos, circulo animadamente por toda la avenida Álvaro Domecq, la principal de Jerez de la Frontera, hasta llegar al centro, donde atravieso la Calle Larga, plagada de tiendas y de gente, y bordeo el Alcázar y la catedral para, en un par de giros por calles más estrechas, volver a enfrentar la Avenida de vuelta a casa.

Un factor muy importante del que no me había percatado a la hora de decidir caminar a diario se basa en el espacio mental que me cede para tanto relajarme como para pensar. Nada más poner un pie fuera de casa, la mente ya está en funcionamiento, espontánea y locuaz, deseosa de expandirse a sus anchas. Ahí está la mayor dicha psicológica de esta actividad: dejar correr los pensamientos, los cuales vagan por senderos en los que en ningún otro momento del día les da por inmiscuirse.

Imaginaciones, recuerdos, fantasías, anécdotas pasadas que se suceden a la velocidad de la luz y que surgen prácticamente de la nada en ocasiones, mientras que otras veces parten de algún aspecto advertido a mi alrededor o, por último y más a menudo, son catapultados automática e inesperadamente desde otro tema, enlazando eternamente a su vez con muchos otros, sin que la razón tenga voz ni voto para decidir el curso de los acontecimientos neuronales.

Haciendo el camino, divagando, notando la respiración, sintiendo la música en los oídos, incluso observando sin ver a veces a la gente que pasa, soltando miradas despistadas hacia el alrededor con el único objetivo plenamente consciente de no tropezar. Solo existo yo, y mi iPod, que cada vez pasa más a un segundo plano, a un compañero de fondo.

Ensoñaciones, miedos, aventuras, traumas… Arremetiendo contra mi cerebro con mayor fuerza que nunca, llegando a manifestarse hasta en el plano exterior, en el mundo físico, en forma de sonrisas o ceños fruncidos, en forma de carcajadas o… por una vez… lágrimas. Lágrimas furtivas e irrefrenables que me obligaron a sentarme para reflexionar, para asumir, para volver a encontrarme con alguien que fui, rememorar la sensación de tener algo pendiente y enfrentarlo de una vez por todas. Y gritar a los cuatro vientos en silencio los minúsculos y molestos restos de putrefacción que quedaban en mi interior.

Para, agotados los lacrimales, volver a ponerme en pie, y seguir luchando por el equilibrio emocional.

Sí… Me gusta caminar conmigo misma.

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

Nunca perseguí la gloria...

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar,
cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso.

Recuerdos

¿Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos? Preguntas típicas, fundamentales para cualquier cerebro con inquietudes y lejanas de resolver. ¿Por qué aquí y ahora? ¿Por qué yo? ¿Por qué así?

En cuestión de dar una simple vuelta por las fotografías de tu vida, adviertes cambios. Situaciones, viajes. Personas que estuvieron, y ya no. Personas que siguen contigo. Personas que están por llegar. Personas que te gustaría conocer más. Montones y montones de personas que nunca conocerás. Personas que echarás de menos. Personas que desaparecerán. Personas que permanecerán.

Una evolución continua, no siempre hacia adelante. Imágenes de momentos. De hace una semana. De hace un mes. De hace un año. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Qué he sacado de provecho? ¿Dónde he tropezado? ¿En quién me he convertido?

Y, sobre todo… ¿Me preocupará dentro de un tiempo lo que hoy me preocupa? La respuesta es simple: No. Frustraciones que se habrán esfumado, que hoy son vitales pero mañana solo recuerdos. Memorias de una lucha eterna en busca del equilibrio emocional, que nunca llega, que viene y va, que llega un día supuestamente para quedarse pero vuelve a escapar.

Hay una cita que dice: “lo esencial es invisible a los ojos”. Y así es, vagamos ciegos día tras día. Esperando. Deseando, anhelando, ansiando. Siempre hay una fecha límite, un más allá, una meta. Y después otra. Y otra más. Fechas que nos marcan. No, que nos marcamos. Un examen, un viaje, una cita, un quiero-y-no-puedo, un lo-tengo-pero-me-falta-algo, un joder-qué-bien-me-va-todo-pero-aún-así…

Un algo que en un tiempo no importará en absoluto. Ni una carrera ni un trabajo ni un matrimonio ni unas facturas pagadas pondrán fronteras a este amor propio, a este auto-odio, a esta relación contigo mismo. A este inconformismo. A las barreras, a los objetivos de cada día, a los flechazos, a los caprichos.

Tú pones tu fecha. Y el mundo te crea un calendario infinito. De posibilidades, de triunfos, de fracasos. Pero todo, al menos, que sea para aprender algo. Para mirar las fotos de hace dos años y preguntarse: ¿qué ha pasado? Y reflexionar. E incluso sonreír. O, aunque sea, emocionarse.

Pensad. Activad neuronas. Que nunca se oxide el cerebro. Que no se apalanque, que no cese, que siga su curso. Que los respiros se repartan entre suspiros y sonrisas, entre risas y lágrimas, entre chistes y debates. Que perduren las aficiones, las pasiones, el alma. Que no se pierdan entre las obligaciones. Que cada cual alcance su propia pasión, la que siempre tuvo, y la que le acompañará hasta la muerte. Que la descubra, que la explote, que no la deje escapar.

Que desaparezca todo, libremente, como esa roca que se va erosionando con el azote del viento. Que se va quedando cada vez más delgada, más pura. Que, irremediablemente, se acabará encontrando a sí misma. Que explosione y se extinga todo, como las preocupaciones de hoy, a excepción de…

Los recuerdos. Y el brillo de los ojos.

¿Qué nos pasó?

Soy partidaria de las amistades escasas y buenas. Lo demás son conocidos. Los tengo a porrillo, muchos de los cuales ya ni mu. Y a veces se me cruzan con la mirada… Ya no escénicamente la mayoría, pero pululan por las redes sociales. Un día está X conectado en el messenger, otro aparece Z en el Inicio del Facebook…

Y me acaban de entrar ganas de preguntarle a una amiga de cualquier tiempo pasado: ¿por qué salió así? ¿qué hizo que, de un periodo pasado juntas en completa armonía y millones de risas y anécdotas, pasáramos al silencio, a la indiferencia absoluta, a esta lejanía que nos ha convertido en unas completas desconocidas?

Tampoco termina de apenarme, más que nada me causa curiosidad. Estoy tan acostumbrada a dejar pasar gente en mi vida que no puede ser ya un hecho más predecible y repetitivo cíclicamente. Aunque luego igual te sigues preguntando muy de vez en cuando… ¿Qué nos pasó?

A alguna persona la recuperé un poco. Un atisbo de hacía cinco años a través del ordenador, que se canalizó hacia cordiales saludos y palabras en posteriores encuentros interpersonales que no quedaron nada exentos de simpatía y naturalidad, a pesar de tanto tiempo pasado sin hablar. Una bella excepción en torno a la que reflexionar y, probablemente, sonreír.

Imposible preguntar a cada cual qué cree que ocurrió. Además, sería agotador llevar a cabo tantísimos procesos de análisis. Total, para acabar en una conclusión bien parecida, estilo “se enfríó” o vete tú a saber, tampoco compensa.

Pero a veces es que sucede tan rápido y/o sutilmente que todavía no te has dado cuenta cuando resulta que ni os miráis a la cara… Y, aparte de un diminuto halo de melancolía, te da exactamente igual.

Antiguallas

Este fin de semana jerezano le eché un vistazo a los rincones de mi armario, como hago de vez en cuando al aburrirme en casa de leer, ver series y hacer lo típico. Hallé una caja, la abrí, y esto es lo que contenía:

Aparatitos de mi adolescencia más temprana que ya no mis hijos, sino mis primos pequeños nunca llegarán a conocer.

El mitiquísimo discman, donde reproducía mis cds originales de La Oreja de Van Gogh. El discman que metía en el bolsillo de fuera de la mochila para los 15 minutos de ida y los 15 de vuelta del colegio o de las clases de inglés.

Mi primer móvil, armatoste de gran tamaño que pasó de mi padre a mi hermano mayor y de este a mí. Cuánto lo exploté a los 12 años, tanto que me lo quitaron por enganchada y no lo recuperé hasta los 13, pero le faltaba poco para morir definitivamente.

Luego vinieron los mp3 y los iPods, y los móviles a color y finalmente táctiles, pero estoy segura de que aquellos vejestorios permanecerán guardados con cariño en algún punto de la memoria para visualizar de nuevo aquellos paseos con banda sonora y aquellos primeros mensajitos mandados por mandar de enana iniciada en la pubertad.

Desde el Talgo.

Hablando de recuerdos… Hoy me he escrito con un chico que conocí hace bastante tiempo. Nos caímos bien enseguida y trazamos una amistad con la rapidez, confianza y alegría más características de los 14-15 años que posteriormente. Nuestro primer encuentro se sucedió en el autobús de Jerez a Madrid que nos llevaría al aeropuerto para volar a Irlanda, el verano de… 2003 (soy malísima para los números, a ver si empiezo a hacer sudokus porque esta limitación matemática ya no es normal…). Intuyo que no fue en 2002, el primer año que fui a Irlanda, porque este iba con mi hermano y no recuerdo tenerlo presente cuando conocí a este chico. Total, que nos hicimos amigos en las ocho horas de charla incombustible en autobús.

Tras el mes pasado en Irlanda, donde también hicimos otras amistades, no tanto en común como por separado a raíz de los niveles de inglés a los que pertenecía cada uno, quedamos unas pocas veces más a lo largo del tiempo, pero actualmente ya hacía casi tres años durante los cuales no habíamos establecido el más mínimo contacto.

Esta tarde solo hemos intercambiado un par de frases pero en la despedida del último mensaje me ha dicho “besos, hermanita“… tal y como me llamaba por aquel entonces. No puedo describir lo que he sentido, ha sido increíblemente bonito leerlo y volver atrás en el tiempo para rememorarlo.

Obsesión celestial viajando en tren ON, para no variar.

Buf, empiezo a alucinar un poco con tantas añoranzas, ¿me estaré haciendo mayor? Bueno, en tiempo puede, pero en espíritu trataré de seguir alternando con la niña que llevo dentro y que la mayoría de la gente liquida tristemente al crecer. Espero que me dure :).

PD: creo que va a caer una noche de mojitos (media hora más tarde: no, al final no, se sale normal y corriente). Saludos desde aquí a la mejor canaria que conozco, a la cual garantizo cercioradamente un fin de semana que da comienzo en breves horas (sí, finde largo, como siempre) y que va a estar más que conforme a sus expectativas, ¡al menos por mi parte! Un beso enorme, preciosa ;).

Hala, ¡que lo paséis bien el resto del día! Yo me largo ya del blog, que esto no es normal. Hoy iba por en medio de la capital y por un momento me he parado varias veces para escribir las ideas en el móvil y que no se me fueran, necesito un cuaderno… Y un chute anti-dependiente de la escritura virtual.

Próximamente: exposiciones Infancia, de Isabel Muñoz, y Todo o nada, de Mario Testino (vergonzosamente atrasada, la vi hace semanas), y la subida al Picacho (Alcalá de los Gazules-Ubrique) el lunes de esta semana, día 11.

Del baúl de los recuerdos

Hay gente que hace logros por ser más subnormal que el resto de los entes. ¿Por qué digo esto? Pues resulta que hace ya bastante tiempo publiqué unos pocos artículos en el blog colectivo http://trastos.wordpress.com/, el cual lleva ya inactivo un par de años pero sigue recibiendo visitas, ya que es bastante interesante: cine, informática (Computer, GNU/Linux), internet, literatura (esta categoría la incorporé yo, aunque solo hablé de dos novelas), manganime (un solo post pero muy visitado), música en general, rap/hip-hop, TV y otros.

Pues resulta que acabo de ver un e-mail que me ha llegado al correo con un comentario en el post que escribí sobre Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez y yo ¡oh! ¡Qué guay! Lo abro y va y pone un notas: “ahi no habla nada sobre el libro, donde lo busco”.

Mmm… ¿Perdona? ¿Por quién me has tomado? Para empezar, ya se ve antes de comenzar a leer una aclaración entre paréntesis: (Reseña del libro). ¿Y qué es una reseña? Pues el análisis de una obra, y bien hecho que está, que además lo hice para clase (si no, jamás habría hablado tanto de esa obra, porque la verdad es que, con todos mis respetos hacia los miles de amantes de su forma de escribir, a mí Gabriel García Márquez me resulta un tanto cargante).

Segundo, ¿cómo que no habla nada del libro, si trata exclusivamente de él? Si buscabas un resumen para no leértelo y aprobar un examen, te has equivocado de información, sin duda.

Y para terminar, ¿de qué coño vas preguntándome a mí dónde buscarlo? Cuando en una web no encuentro lo que busco, la cierro y me voy a la siguiente, no dejo un comentario estúpido en el blog de nadie molestando al personal.

En fin… Ya que este elemento me ha hecho recordar mis publicaciones en aquel blog, me voy a entretener en buscarlas y enlazároslas por si os interesa alguna (son 1 libro y 4 películas):

El niño con el pijama de rayas, John Boyne

Una mente maravillosa, Ron Howard

Zohan, licencia para peinar, Dennis Dugan

Acoso, Barry Levinson(contiene spoilers)

¡Que os aproveche!

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