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Posts Tagged ‘reflexión’

Feliz Cumpleaños

Hoy iba a ser un día, bueno, una mañana, de búsqueda de prácticas. Proceso que, como a gran parte del mundo creo que le ocurre, me pone un poco enferma. Porque es parecido a navegar sin rumbo, dando tumbos, recibiendo salpicaduras de olas inesperadas y esquivando rocas. Es incertidumbre y esperanza. Es la cuerda floja sobre la que tu confianza en ti mismo, tus expectativas y tus auto-decepciones bailan al son de canciones de todas las corrientes según lo que te encuentras.

Hay ofertas que te entusiasman, ofertas que te parecen igual de mecánicamente expuestas que otras, ofertas que te espantan. Y siempre ese espacio para la “cover letter”, esa especie de carta de recomendación que has de personalizar para cada empresa según sus propias características diciendo lo maravilloso que eres para ellos y lo fantástica que es su empresa para ti. Así funciona el sistema laboral estadounidense.

camino felicidadPues ese era mi plan hasta que me he levantado y he visto la felicitación de cumpleaños de mi padre en un email acompañada de un libro muy corto que le ha gustado mucho. Y me he dicho, ¿por qué no? Ya está en el ebook para disfrutarlo durante la mañana de mi cumpleaños, porque creo que ya he empleado suficientes horas de esta semana danzando mentalmente en torno a unas prácticas que no sé si se conseguiré la semana que viene, en un mes o a finales de marzo.

Nunca he pensado que determinadas fechas clave (cumpleaños, navidades y fines de año, san Valentines, rebajas…) supongan necesariamente un incremento del nivel de felicidad. Cierto es que a menudo incitan a reflexionar más de la cuenta (como si lo hiciera poco durante el resto del año) pero hace un ratillo mi madre me ha preguntado cómo me siento al cumplir 26 años. Y no siento nada, ni bueno ni malo. Este día no destaca de ninguna manera, es uno más perteneciente a una semana que, de hecho, no ha sido la mejor de mi vida (ni mucho menos la peor, ¡no al dramatismo gratuito!). Pero me recuerda con ímpetu una cosa, y es que todo esfuerzo es poco para procurar ser más feliz día a día. Que la vida pasa demasiado rápido como para preocuparse más de lo conveniente por nada. Que la paciencia es un bien maravilloso en el que vale la pena trabajar. Que se agradece que exista un día al año en el que se retome el contacto con amistades de otros tiempos, aunque solo sea para ponerse mínimamente al corriente con un par de frases, y se reafirmen aquellas actualmente integradas en mi cotidianeidad diaria o semanal.

Sí, parece que cumplir años al final me recuerda más de una cosa. Y supongo que cada enero me recordará otras tantas más a medida que siga viviendo, añadiéndose algunas, extinguiéndose otras, sustituyéndose y mutando. Evolucionando, espero, hacia el tipo de persona del que me sentiré orgullosa de haberme convertido en el futuro. Creo que esto es lo más importante: mirarte a ti mismo al final de tus días y sentirte satisfecho con el camino recorrido. Con sus errores y tropiezos, nadie se salva de ellos. Con sus pérdidas, arrebatos, lágrimas y arrepentimientos. Pero también con sus metas cumplidas, lecciones aprendidas, anécdotas y sonrisas. Ese saco de sonrisas que suele decrecer a medida que se crece (contradictorio pero cierto), abriendo paso a esas inclinaciones en las comisuras de la boca, demasiado a menudo proyectadas hacia el suelo en vez del cielo. ¿Habéis visto la cantidad de personas mayores que ofrecen unos labios cabizbajos? ¿Qué niño tiene eso? ¿No se hace notar enormemente el viejecillo o viejecilla que mantiene el boomerang bucal embelleciendo las mejillas y no encerrando la barbilla?

Feliz cumpleaños para mis compañeros de nacimiento y feliz no cumpleaños para el resto.

Pd: soy consciente de que Google nos tiene más vigilados que el Gran Hermano pero me ha dejado muerta saludándome con esto.

feliz cumpleaños Google

Billie y sus últimos cuatro años

Billie Anna Gavalda¿Os habéis parado a reflexionar un segundo sobre vuestros últimos cuatro años? ¿Sobre cuánto los habéis aprovechado, qué habéis hecho, qué podríais haber hecho mejor (o peor), a cuánta gente habéis conocido, cuántos de ellos siguen en vuestras vidas…?

¿Y por qué hablo de cuatro años? Supongo que porque es una cifra simbólica, representativa de ciertos periodos de reflexión, como ocurre con las elecciones. Y por el siguiente fragmento, extraído de la particular novela Billie, escrita por Anna Gavalda:

Cuatro años.
¿Qué había hecho yo en esos cuatro años?
Nada.
Mamadas a mansalva y recolectar patatas…

Estaba calcada en tristeza.

Billie es una chica psicológicamente atolondrada, un torbellino, la consecuencia de una educación tortuosa. Y como el tornado humano que es, con sus momentos de calma, el relato de su vida es contado como tal. Con muchos tacos y espontaneidad, con dudas, omisiones de detalles a mitad de frase, puntos suspensivos, exclamaciones y paréntesis. Con la simplicidad y pocos pelos en la lengua de una muchacha de barrio. Con la transparencia que hace de ella una joven hacia la que broten los sentimientos de todo tipo y, sobre todo, de cariño, de apoyo, e incluso de admiración en ocasiones.

Esta novela muestra una relación entre dos personas muy especial y original; una evolución narrativa considerablemente diferenciada de lo que he leído hasta ahora, muy actual en sus personalidades y situaciones familiares, realista en sus emociones y frustraciones, y sorprendente en su final, el cual llega de pronto para dejar al lector reflexionando sobre esta cosa tan compleja que llamamos “amor”.

Y, por esto y la mezcla de esto conmigo misma y mis conexiones cerebrales, me he preguntado por mis últimos cuatro años y por cuántos de los que me rodean se preguntarán por sus últimos cuatro años. ¿Hemos aprovechado las oportunidades que se nos han presentado? ¿Hemos estado estancados? ¿Hemos reaccionado? ¿Cuánto amor hemos dado y recibido? No hablo del sentimental sino del que lo inunda todo, del que aparece automáticamente porque viene desde lo más profundo del alma, ese que crea uno mismo y lo expande en forma de sonrisas, de generosidad, de disfrute de las cosas pequeñas, sin importar cuáles sean las circunstancias. Ese amor que puedes dar y recibir cuando te sientes pleno sin significar que tengas de todo, sino que sencillamente no necesitas nada más.

Uf.

Ha quedado un poco cursi el último parrafote, aunque naturalmente esté de acuerdo con él (por algo lo he escrito) y plasme, de alguna manera, uno de mis objetivos (o más bien luchas) existenciales. Pero bueno, cuando se os baje la subida de azúcar, creo que bastará con que analicéis si estáis satisfechos con el camino recorrido y sus decisiones correspondientes. Si lo estáis, lo demás sale solo. Si no, hora de cambiar el rumbo.

Y una servidora, afortunadamente, está contenta con su camino por el momento.

Gracias, Billie.

Días de esos

Días en los que te levantas sin esperar nada. No vacía, pero tranquila, sin expectativa ninguna. Días en los que la mañana te sorprende con una tarjeta en tus manos de tus compañeras de departamento, escribiéndote frases preciosas, diciéndote que has sido mucho más que una becaria. Días en los que eres consciente una vez más de la de personas que entran y salen de tu empresa, de tu ámbito laboral o social, de tu ciudad, pero no de tu vida. Días en los que te declaran amor eterno con palabras o sin ellas, y tú lo declaras también, a los cuatro vientos, porque son personas que valen la pena, y no te arrepientes de ello. Días en los que defiendes a una amistad que nunca creías que tendrías, una amistad situada a miles de kilómetros hasta ese preciso momento en el que se cruza en tu camino y te acompaña, y se queda a tu lado porque el destino lo ha querido así.

Días en los que te comes una ensalada seguida de tres chocolatinas de distintos tipos, y no te importa, porque es lo que ha surgido, lo que te ha apetecido. Días en los que te pones un vestido sin ninguna razón y la mitad de la gente con la que te cruzas te dice lo bien que te sienta. Días en los que te sientes bien, completa, a pesar de que las circunstancias sean las mismas, exactamente las mismas, que el día anterior, solo porque en ti ha cambiado algo, has crecido, has evolucionado.

Días en los que sabes que echarás de menos a alguien. Días en los que echas de menos a otra persona que quedó allí atrás, unos recuerdos, unas vivencias, una ciudad, unas noches, unas conversaciones, una casa y vuestra bebida predilecta, unas confidencias que vuelven de distintas personas pero formas similares. Y lo magnánimo de que esa relación no solo no se olvide sino que permanezca aún en la distancia con la misma confianza de siempre. Una mañana en el trabajo que pasas más tiempo conversando con alguien que trabajando, y no te importa quién se dé cuenta porque en ese momento solo quieres escuchar, compartir, aportar, vivir la experiencia que te transmiten, empatizar, ayudar, confesar.

Días en los que ves a alguien agobiado por el trabajo, día tras día, y le sueltas tranquilamente: “¡Basta! La vida no es trabajo, cielo”. Ellos siguen a su bola pero al menos te has manifestado en vez de seguir dándoles bola con su monotema. Días en los que pasas una simple y maravillosa tarde acompañada de una serie de personas aún por descubrir pero con brillo dentro, que quizá te deslumbre, quizá se apague, pero están ahí y hacen de tu momento, de tu tarde, algo maravilloso.

Días… Días excepcionales. Días que no quieres que se acaben, pero sabes que se acabarán, y por eso quieres plasmarlo, para que no pierda su intensidad, su sentido, su significado en ese preciso momento en el que te llenaron hasta el último rincón de tu mente y de tu espíritu. Días en los que hablas de viajes, de aventuras, de proyectos para dentro de dos años, y los ves perfectamente factibles.

Días en los que vuelves a casa escuchando música y caminando por la calle como por una pasarela, como si todo el mundo te estuviera viendo, como si fueras la persona más segura de este mundo, la más guapa, la más inteligente, la más completa, la más feliz, la más perfecta.

Días en los que llegas a casa, tienes hambre, te vas a la cocina y te encuentras con una persona, y empiezas a hablar, a compartir experiencias, puntos de vista, a esquivar los chispazos de aceite que se le están saliendo de la sartén, a abrirte como si os conociérais de antes. A comparar la visión de futuro de uno y de otro en cuestión de segundos, a comprobar cómo hay gente que piensa en volver y gente que piensa en todo lo contrario, en seguir viajando, moviéndose, explorando este mundo, sin que eso signifique que uno sea mejor que el otro.

Días en los que te dicen que tienes que ser escritora, que has nacido para ello, porque aquel email que escribiste un día, aquella parrafada vital supeditada a un tema tan cerrado y abierto como el amor se convirtió en ley de vida, en el mejor de los razonamientos, en una serie de ideas tan claras y transparentes como el agua. Y, todo hay que decirlo, en otro idioma, para orgullo y satisfacción de mi amado padre.

Días en los que defiendes a tu compañera de trabajo y amiga por encima de la crítica de su jefe (y tu futuro jefe), porque ves que no es justo, porque necesitas decirlo, porque ella merece mucho más reconocimiento, y porque total, su jefe lleva un puntazo que acabaréis hablando de la vida, la vejez, la dependencia, el amor y quién sabe qué, tan a gusto, sin esa distinción superior-subordinado, sin ningún tipo de barrera laboral, al menos por ese rato. Y sin acordarte ni de lo que dijiste, más tarde tu amiga te lo agradecería con toda su alma y te diría que eres alucinante.

Días en los que ves a un muchacho de 19 años semi-enamorado de una chica de 25, y lo ves crudo, pero luego dices “¿por qué no?” ¿Con qué derecho se le quita la ilusión a esa persona? ¿Con qué valor y/o poder se fulminan los sentimientos de un ser humano hacia otro? Por suerte o por desgracia, no se puede, para eso nos bastamos nosotros solitos, y nada mejor que la propia experiencia para aprender y seguir hacia delante.

Días de esos en los que te sientes en paz contigo misma, y eres más consciente que nunca de que es lo único que necesitas.

Días de esos… En los que todo lo que ha ocurrido en tu vida tiene sentido y justificación solo por el preciso momento, por el día tan normal por fuera y tan extraordinario por dentro que acabas de vivir.

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“God bless you”

En esta ciudad (Londres), el verano no existe, o no me lo parece de momento. A casi mediados de junio, continúo llevando mi enorme abrigo a cuestas, y bien que me viene la capucha a falta de paragüas, cuya ausencia no se debe a otra cosa que a la pereza de cargarlo y al riesgo de perderlo. Me resulta un artículo tan tremendamente fácil de dejar por ahí apoyado y olvidado, además de incómodo de llevar, que aún resisto en este país sin adquirir ninguno. Con más razón ante la pérdida del mismo por parte de dos amigas en la última semana.

A su vez, estas temperaturas no te incitan a la mítica operación bikini como en mi querido país natal. No hay fecha determinada, no hay un impulso meteorológico que te lance un aviso tan bestial a la cara como esos españoles treinta y pico, cuarenta grados a la sombra y la obligación de comenzar a enseñar carne para sobrevivir.

Pues de esto que el pasado viernes, antes de ayer, me encontraba la mar de a gusto estrenando un vestido cuyas características permitían encontrarme a mis anchas por mucha cerveza que bebiera, ya que era de composición ancha de cintura para abajo (sin hacerme gorda, obviamente, en tal caso se habría quedado colgado en ese infierno alias Primark cuya cola para los probadores podéis ver en la foto), aunque dándole cada vez más vueltas mentales a mi inminente viaje a Jerez esta semana que entra, con su más que probable y correspondiente rato en la playa de turno.

No estoy haciendo muy buena dieta desde que me hallo aquí, aunque ni mucho menos entraré en el juego de culpar al país porque opino que todo el que tenga verdadero empeño puede alimentarse de una manera igual de sana y equilibrada que la que favorece la dieta mediterránea. No obstante, ahí estaba yo, permitiéndome unas Foster y apaleando con ellas todo lo rebajado frugalmente entre semana.

Ni siquiera tenía pensado salir esa tarde ni esa noche, pero se me juntaron una fiestecilla en la empresa (con bebida y comida gratis hasta las 21:00) con las ansias de una amiga por salir por su cumpleaños. ¿Cómo negarme a ninguno de los dos planes? El culmen calórico fue una criminal Alhambra al final de la velada (2:00 de la mañana en Londres) que dejé a los tres buches de lo fatídica que me sabía. Ignoro el porqué de mi empeño en consumir cerveza si tengo más que comprobado que no me gusta. No, no me gusta, y punto en boca.

Adonde quiero llegar con toda esta extensa parrafada, que no me explico ni cómo albergo tal capacidad para enrollarme, es a que a las 3:30 de la mañana me hallaba de vuelta a casa en autobús sin un balance claro sobre la noche. Tampoco soy de determinar si tal o cual plan ha valido la pena (a menos que sea evidente si sí o si no) pero bueno, ahí estaba yo, tratando de crear nuevos equilibrios mentales en la relación próximas-comidas-de-la-semana–rato-de-playa-inminente, cuando llegué a mi parada.

Me bajo y me sorprendo al instante al divisar una menuda figura portando muleta en una mano y maleta del copón en la otra, en un compás de cojear y tirar respectivamente que hacía daño a la vista. Casi ni un alma a aquella hora y en aquel paraje y una sola dirección que tomar para llegar a alguna calle con algo más de civilización, es decir, que tomábamos el mismo camino por huevos, así que con más razón no vi ningún impedimento para ofrecerle mi ayuda, que aceptó con una sonrisa.

¡Joder, cómo pesaba aquello! Debieron de ser cinco o diez minutillos hasta dejarla donde deseaba pero no quise ni pensar en el estado en que habría quedado la risueña mujer de haberlo hecho sola. Era de Ghana, llevaba diez años en Inglaterra y estaba yendo a visitar a su hermana (o eso me contó, a menudas horas). No hablaba mucho al principio, creo que se concentraba más en caminar y respirar a la vez, pero al hacerle un par de preguntas se soltó. Tanto que por un momento me pidió una libra para tomarse un té pero a eso ya no accedí, siguiéndole a mi negativa un rápido gesto de ella de “no importa” y amplias muestras de gratitud, comentándome que nadie la había ayudado y, sin embargo, ahí había ido yo a socorrerla sin pensarlo.

God bless you (“que Dios te bendiga”) fue lo último que me dijo, y otra nueva reflexión me acompañaría durante el resto de mi camino a casa, bajo una impresionante luna llena por cierto (aunque en la imagen el punto situado justo en el centro parezca una farola más). Una buena acción. Había aprovechado la oportunidad y la había clavado, la verdad, nunca había sentido tan profundo el bien ajeno (no había tenido muchas oportunidades hasta ahora, quitando las monedas dadas a músicos y demás artistas callejeros).

Me sentía orgullosa, buena persona. A su vez, me sentía algo gilipollas por llevar las últimas semanas medio obsesionada con los michelines de las pelotas cuando hay gente que no puede ni andar en condiciones. Y también sentía fuerzas y ganas renovadas hacia emprender esas caminatas frikis mías que me gustan y que poca gente haría, esas semi-palizas improvisadas (como la que os conté de Lewisham a Leicester Square) que me recuerdan que sigo teniendo unas piernas en perfectas condiciones para llevar a cabo su función principal: caminar. Caminar todo lo posible mientras pueda hacerlo.

Y así es como próximamente tendréis por aquí un nuevo post (¡o dos!) con el siguiente título: El día que caminé de Lewisham a Monument.

¡Buenas noches y que tengáis un feliz comienzo de semana!

Cielos londinenses

Hace un mes os conté que habíamos tenido una semana maravillosamente primaveral por aquí, y os relaté el recorrido que procuro hacerme a diario (Lewisham-observatorio de Greenwich, pasando por Blackheath). En aquel momento, también os dije que tenía pendiente enseñaros un poco las agradabilísimas vistas que me ofrece este paseo. Pues bien, ese día ha llegado.

Las siguientes imágenes pertenecen en parte a aquella espléndida semana y en parte a algunos días posteriores sueltos, aunque más bien durante el último mes ha estado la cosa bastante húmeda por aquí, demasiado, nunca había vivido una racha de lluvia tan eterna. Por suerte, no es algo que me suela poner triste ni depresiva, simplemente estaba empezando a ser un coñazo para la vida diaria.

Pues nada, comenzamos. Primera extensión inmensísima que se abre hasta el infinito tras pasar Blackheath Village donde normalmente te encuentras con más de un grupo haciendo ejercicios coordinados, gente haciendo footing, etc.

Nos acercamos un poquillo más a la iglesia aquella de la derecha, de la cual me debería documentar mínimamente por cierto.

Continuamos en línea recta (todo lo recta que se puede) atravesando el parque por alguno de los dos caminos que nos ofrece y que se acabarán uniendo.

Justo en esta parte de la carreterilla se presentan unos 10 minutos idóneos para dejar volar la mirada por los alrededores y buscar por dónde te pueden sorprender cada vez.

Una de las cosas que este país me ha hecho descubrir es que uno no debe pasar día tras día esperando a ver asomarse el sol, sino que todo este imparable movimiento de nubes tiene la capacidad de mostrar otra perspectiva natural igual de hermosa y gratificante para los sentidos. En ocasiones, esos cúmulos blanquecinos, grisáceos, rosados, anaranjados y de miles de colores llegan a desplazarse a tal velocidad que en dos minutos tienes delante de tus ojos composiciones completamente diferenciadas unas de otras.

Entonces, llegamos a la carreterilla que divide el parque de Blackheath y el parque de Greenwich, cuyo tamaño tampoco tiene nada que envidiar al primero.

Ahora bien, cuidado a las horas a las que se accede a esta sección del parque de Greenwich, que a las 20:30 ya está cerrado. Digamos que, mientras que este se presenta intencionadamente modelado, estructurado y adornado de formas florales, el parque de Blackheath resulta bastante más salvaje a primera vista, aunque también se noten ciertos cuidados hacia su impoluta planicie repleta de césped.

¿Distinguís la hilera de árboles de hojas rosadas allí al fondo? Reconozco que es un sacrilegio que siga sacando fotografías con mi lamentable cámara del móvil pero bueno. Pues a continuación la tenéis más cerquita, aunque nunca me he metido por ella, ya investigaré.

Dejamos atrás esta saturación romántica del recorrido para proceder a encontrarnos con nuestro destino, la cúspide de este borbotón físico-reflexivo, de esta andadura por parajes en los que más se siente uno a sí mismo, a veces rodeado de gente, otras solo ante los cielos y sus lluvias, pero siempre en continua exposición con los pensamientos más espontáneos, más profundos, más controvertidos, más simples, más escurridizos.

Bienvenidos al Greenwich Observatory.

Cabe mencionar que, para no variar, las imágenes no le llegan ni a la suela de los zapatos a la realidad, así que si tenéis la oportunidad de visitarlo en persona, lo recomiendo.

Aquí procuro yo acoplarme cinco minutos al día con el único objetivo de perder la mirada. La mirada y todo mi ser dentro de lo posible. Cualquier cosa, problema, preocupación, decepción, anhelo, frustración se queda en cenizas ante esto, ante un mundo que nos intenta recordar constantemente que nos queda grande aunque insistamos en permanecer sumidos en nuestras diminutas y absurdas movidas terrenales. Cielos que gritan en silencio la volatilidad de los momentos, la rapidez del paso del tiempo, la fugacidad de la vida en sí.

Nunca nada fue tan cierto como que lo que ayer nos preocupaba hoy no importa, y lo que hoy nos preocupa mañana nos dará exactamente igual. La mente siempre retroalimentándose de emociones insulsas… las cuales son, al fin y al cabo, lo mejor que tenemos, ¿no? Lo que nos hace levantarnos con un objetivo cada día, aunque al poco tiempo haya derivado en otro distinto.

Gran paseo este. Grande.

Semana primaveral en Londres

Una semana en Londres impresionante en cuanto al clima. A excepción de hoy, que ya me habían dicho que para el fin de semana iba a hacer malo, ¡pero vaya cinco últimos días, señores! Ni una nube, el sol en la cara… Incluso uno de los días salí por la tarde sin abrigo, ¡alucinante! Al volver más tarde por la noche fue otro cantar pero bueno, se agradece que la primavera se vaya haciendo notar.

He encontrado un recorrido fantástico que me gustaría hacer a diario. Se trata de una agradabilísima caminata de unos 40 minutos desde el barrio de Lewisham hasta el de Greenwich, aunque yo lo que haría sería llegar hasta un mirador antes de acceder a este barrio y ahí me volvería, cumpliendo con una horita de semi-ejercicio (lo siento, mi odio hacia los gimnasios no es compatible con volver a intentar probar ninguno, al menos por ahora). En el siguiente mapa podéis verlo.

En esa primera avenida larga que he de atravesar hasta llegar a Blackheath es donde me quedé prendada de un par de árboles, literalmente: dos únicos árboles repletísimos de color, vida y esencia primaveral. Todos los demás ofrecían un panorama bastante más pelado, pero se olía en el ambiente que algo está comenzando a germinarse…

Nunca he sido tan consciente de la llegada de una estación. En España, lo adviertes en toda su plenitud puesto que normalmente el calor va y te golpea con ganas casi sin avisar. Sin embargo, por estos lares se experimenta prácticamente como un anhelo, un caramelo que te van dando a cachitos. Mucho significa ya para mí misma haber sentido desde lo más profundo la necesidad de quedarme parada ante un árbol para observar detenidamente su copa, su riqueza floral y lo que suponía su presencia, su existencia como tal, en la evolución temporal-climatológica. El despertar de la temporada. Sencillamente precioso.

Pues aún más impresionantes resultan los enormes parques que cruzo entre la salida de Blackheath y Greenwich (podéis ver en el mapa la extensión de la que gozan). De ellos aún no tengo fotos, pero espero hacerlas pronto. Me da la sensación de que me abstraigo tantísimo en mis pensamientos mientras los atravieso que ni quiero romper ese halo de reflexión para tratar de plasmar la escena, aparte de que veo imposible abarcar e inmortalizar fielmente en una fotografía lo que supone para mí ese momento. Tampoco me cabe gran cosa en el puñetero visor ante la inmensa planicie del césped y la enormidad del cielo, por lo que me temo que acabaré cometiendo un sacrilegio contra el propio paisaje pero bueno, se intentará.

A continuación y para despedirme, os voy a enseñar lo que se convirtió hace unas semanas en mi nuevo “papel tapiz” (así llama el HTC a la imagen de fondo de pantalla, qué exquisito él), tomada en un fin de semana de frenético turismo por el centro.

Simple, pero me encanta.

¡Que paséis un buen fin de semana!

Balance personal del año 2011

Sé que este post debería haberse escrito el 31 de diciembre de dicho año pero bueno, nunca es tarde para reflexionar un poco sobre el año pasado. Si me permitís, lo voy a adornar con varios de los mensajes que personas anónimas escribieron para que fueran expuestos en aquellas bolas gigantes que colocaron en septiembre en la Plaza de Callao de Madrid y que iban ofreciendo sus deseos y/o propósitos uno detrás de otro, apareciendo y desapareciendo paulatinamente, y durante las 24 horas del día.

¿Qué puedo decir? Un año intenso. Tela. Un año para ponerme a prueba más que nunca. Un año en el que he visitado Roma, Amsterdam y Bélgica (hacedme el favor de ir a Brujas, ciudad de ensueño como pocas, con pareja si es posible), he terminado la doble licenciatura de Periodismo y Comunicación Audiovisual, he pasado mi primer verano en Madrid, me he operado de la vista y he vivido de primera mano una revolución política y social de reconocimiento universal. Un año en el que hasta las lágrimas derramadas y las decepciones sufridas han valido su peso en oro para curtirme y hacerme tal y como soy.

Difíciles últimos meses de carrera. Poco tiempo libre, tensiones varias compañeriles, incertidumbre total hacia el futuro. Y, tal y como empezó mi aventura académica en la capital, terminó, igual de rápido. He de reconocer que, aunque cara de cojones, la Universidad Europea de Madrid me parece buena. Más que buena, al menos en las ramas de la comunicación. Muchísimas prácticas, profesores cercanos y bien entendidos en sus materias, disponibilidad libre de instrumentos de todo tipo (eso sí, no te retrases un día en devolver una cámara, que te sancionan un mes), acceso permanente a las diferentes salas con sus programas o útiles determinados…

Probablemente, un error ha sido no aprovechar mejor todas estas posibilidades, no haber sido más autodidacta. En fin, no vamos a lamentarnos por lo irremediable. Y tampoco nos engañemos: una preparación excepcional pero en cuanto al curro garantizado me han dado por saco.

Un verano espectacular en Madrid. Alucinante, precioso, emotivo. Entre semana, sus madrugones para ir a las prácticas y las siestas no me las quitaba nadie, junto con las reuniones semanales con mi consejo de ministras particular. Los fines de semana, la vida se transformaba. Jerez, el festival de Benicasim, Tarragona, Chipiona, Benidorm, Sevilla. Madrid y todo lo que ofrece, por supuesto. Sin olvidar, ya que hablamos de turismo, la visita primaveral al País Vasco y a Logroño en Semana Santa.

Septiembre: fin del contrato de las prácticas. ¿Y ahora qué? Frente a la espera eterna para que alguien notara mi existencia como profesional, tenía que hacer algo, sobre todo al estar pagando un alquiler en Madrid. El resultado fue apuntarme a una academia de inglés para intentar sacarme el Advanced. Y digo intentarlo porque, aunque mi nivel era para aprobarlo, el examen no me salió bien. Así que nada, a seguir mejorando el idioma de todas formas. Ya nos veremos las caras el resultado y yo dentro de unas semanas.

Lo que no me esperaba era que el ambiente en una academia de inglés pudiera tener tantísima vida. Qué gente tan fantástica me he encontrado en ella, madre mía, y qué buen rollo y qué ilusión de relacionarse con seres a los que te apetece verlos, que te alegran el día con simplemente su presencia, que cuentan contigo desde el primer día y sin conocerte de nada. Gente que brilla, que destaca, que te iluminan y te hacen confiar más en el género humano.

Sin embargo, una vez realizado el examen… Vuelta a casa. Cuatro meses enviando el currículum y varias ocasiones en las que parecía haber esperanza cuando al final resultaba que no. Pues nada, vuelta al nido familiar a investigar otras opciones, a ser posible en el extranjero. En este tema no hay nada concreto todavía, ya se irá viendo.

Un mes de diciembre apacible. Celebrando como correspondía el haber hecho el examen del Advanced por fin, haciendo las maletas, sufriendo las despedidas y experimentando el sabor dulce de unas vacaciones más largas, después de un año y medio sin tenerlas. A gustísimo entre mi familia, a los que más quiero en este mundo; recuperando un poco el hábito lector, perdido entre phrasal verbs y sus puñeteros sucedáneos; haciendo, aleluya, ejercicio, tras unos seis años de sedentarismo. Restableciendo contacto también con las amistades de mis orígenes, por supuesto.

Así pues, dejándome muchas cosas en el tintero, me despido del año 2011 con una gran sonrisa, la verdad. Gracias, 2011, por todo lo que me has enseñado, tanto lo bueno como lo malo. Gracias por decirme adiós con el inmenso regalo de contar con una nueva personita en mi vida desde hace muy poco pero que parece prometer mucho, y gracias por todas con las que me he relacionado. Pero, sobre todo, gracias por haberme dado la oportunidad de creer en la fuerza de la amistad a través de los dos especímenes más maravillosos que se han podido cruzar en mi camino. Y catalanes, con un par.

Le deseo un feliz 2012 a todas esas personas que quiero, aprecio y que me han aportado algo, y a todos aquellos que se lo merecen. Este es nuestro año, ni crisis ni hostias.

¡Un abrazo!

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