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Posts Tagged ‘relaciones’

El amor obsesivo compulsivo / The obsessive compulsive love

Hoy, os traigo otro vídeo. Sé que da pereza verlos y que resulta lo más cómodo por mi parte en vez de escribir pero si lo cuelgo es porque lo considero digno de difusión.

Este fantástico discurso de amor lo recita un hombre que efectivamente sufre el trastorno citado.

Today, I’m showing you another video. I know you might feel lazy to see it and that it’s the easiest way for me to not write but I’m publishing it because I really believe that it should be spread.

This amazing love speech is indeed recited by a man who suffers the mentioned disorder.

Esto me lleva a cierta reflexión, o más bien a unas cuantas preguntas, como todo lo que nos toca un poco la fibra sensible en esta vida.

¿Hasta qué punto se manifiesta el amor de manera obsesiva y sigue siendo sano? ¿En qué momento se convierte en una tortura aquella que tan romántico te estaba resultando? ¿Cuántos aguantamos nuestros impulsos para que no nos llamen eso: obsesos, fanáticos, locos, agobiantes, absorbentes? ¿Por qué se esfuma la chispa, por qué el aburrimiento se adhiere a la longevidad parejil cual parásito? ¿La sociedad ha mejorado realmente en cuanto al amor, las relaciones, el respeto, la libertad de expresión? ¿Por qué nos acomodamos en una relación mediocre en vez de cortar por lo sano y continuar buscando mariposas en el estómago? ¿Tanto miedo nos da la soledad? ¿De qué sirve aprender historia, biología, matemáticas e inglés en el colegio si no te enseñan a tanto enfrentarte como a quererte a ti mismo?

Y preguntas y preguntas y preguntas…

amor obsesivo obsessed love

Like everything that hits a nerve a little bit in this life, this takes me to a certain reflection, or to some questions to be more specific.

Til when is love still healthy when being expressed in an obsessive way? How comes that moment in which what before was so romantic becomes a torture? How many of us keep our impulses for ourselves to not be called obsessed, fanatic, crazy, overwhelming, demanding people? Why do the sparks disappear, why boredom finds its place so easily within a long relationship like a leech? Has our society really progressed with regards to love, relationships, respect, speech freedom? Why do we stay in a poor relationship instead of making a clean break and keep looking for our butterflies in the stomach? Is loneliness that scary? What’s the point of studying history, biology, maths and english at school if you’re not taught to both face and love youself?

And more and more questions…

Cosas que pasan cuando tienes a familiares agregados al Facebook

Por cosas como esta, entre tantas otras, no tengo a familiares agregados (exceptuando hermanos y parientes más o menos de mi quinta) y sigo dando gracias porque mis padres no tengan el más mínimo interés en introducirse en el mundo de las redes sociales.

Creo que se trata de un ámbito en el que se deberían separar unas generaciones de otras. Me explico: me parece estupendo y maravilloso que hijos y padres decidan tenerse presentes en sus respectivas cuentas pero también me parece incluso una pena saltar esa frontera, esa distinción generacional. La exteriorización de los pensamientos, estados de ánimo, opiniones, noticias e imágenes a compartir, etc, siempre se va a ver condicionada por quienes tengamos agregados a nuestro perfil, y si justo son nuestros progenitores los que deambulan por ahí, esa privacidad expresiva se pierde por completo.

No os confundáis, tengo muchísima confianza con mis padres (basta con decir que naturalmente leen este blog, y cualquiera de mis lectores habituales sabe cómo me expreso en bastantes ocasiones: sin tapujo ninguno), pero las redes sociales son otro tema. Por poner los ejemplos más típicos: ya saben que bebo pero no considero necesario que me vean con cubatas en la mano. Ya saben que tengo fotos con mis amigos pero no hace ninguna falta que vean la esperpéntica jeta que llevo en la mitad de ellas ni que me las comenten, y menos para alabar tantísimo mis virtudes delante de todos mis contactos (admitámoslo: a todos nos da una vergüenza terrible esa explosión amorosa, o reprobadora según la situación/imagen enfrente de los colegas).

Me basta y me sobra con la relación que mantengo con ellos, plenamente comunicativa pero cada uno con su espacio, en perfecto equilibrio. Aparte, extrapolándolo a todos aquellos que sí tienen a familiares agregados: ¿con qué motivación le suelto yo una burrada verbal a algún amigo en su muro si soy consciente de que tiene a su madre agregada? ¿Qué va a pensar de lo que puede ser una inocente frase para mí pero resulta una burda atrocidad para ella? No lo sé, normalmente no la conoceré pero ya me coarta. Peor aún: pongamos que lo hago y me la comenta ella misma. ¿Cómo respondo? Abran paso a la muerte cruel y dolorosa del libre (y joven) pensamiento.

Desde luego, no estoy diciendo que a los mayores de 50 años se les deba prohibir el acceso a Facebook, ¡no me malinterpretéis! Mas opino que esta intromisión tecnológico-social en masa de los nacidos en los 60 se debe más bien al boca-a-boca que a un deseo natural y espontáneo de pertenecer a estas comunidades, las cuales hay que conocer bien antes de meterse (y no es la norma esto, así nos va). Sí, eso es, una moda que ha irrumpido y se está catapultando brutalmente de unos seres a otros para ir cubriendo cual epidemia de sensación moderna y súper-actualizada todos los hogares posibles.

En fin, todo este post no deja de mostrar mi perspectiva personal (aunque más de uno coincidirá conmigo, digo yo) pero vamos, por muy transparentes que seamos, nadie se comporta igual con los padres que con los amigos (nadie, he dicho), de la misma manera que tampoco nos comportamos igual con unos amigos/colegas/conocidos/familiares que con otros.

Conclusión: papás, seguid en vuestra línea. Mis hermanos y yo estamos orgullosísimos de vosotros y extremadamente agradecidos hacia vuestro nulo interés por estos mundos virtuales :D.

He llegado a la conclusión de que tengo que aprender catalán

Sí, sí, sí, sí, no es coña. Creo que estaría bien ponerme un día. Algo me pasa con los catalanes.

Punto número 1: dos de mis mejores amigos son catalanes. Puntualizo: las dos personas con las que más experiencias, aventuras y confidencias he compartido en los últimos tres años pertenecen a esta comunidad autónoma.

Punto número 2: el primer amigo que hice en Londres, al segundo día de llegar de hecho, es decir, el primer español que conocí, también es catalán. Así, zas. Por aquel entonces todavía no me había parado a pensar en esta nueva neura mental (una más en mi cabeza, welcome to my mind!).

Punto número 3: anoche vi el clásico y salí con siete catalanes. Nada más y nada menos. De hecho, conocí a otra más antes de encontrarme con ellos. Fue de camino al pub donde realmente estaban los amigos de cada una. No voy a decir que nos confundimos porque al buscar Walkabout en Google Maps, el primer sitio al que llegamos ambas era otro (C/ Henrietta 11), parece ser que hay unos cuantos, ¡pero fijaos en la tremenda casualidad del encuentro! La verdad es que el Walkabout correcto (pegado a Temple Station, a cinco minutos uno de otro) era bastante más grande, y un ambientazo… Bestialmente español, claro. Total, que esta chica y yo nos aliamos para encontrar el pub donde nuestros amigos ya llevaban vista la primera parte del partido y un buen rato de la segunda. Sí, llegué un poco tarde.

¡Y lo que me queda con este sector geográfico me parece a mí! Están por todas partes, es impresionante. Al menos a partir de mi experiencia durante estos dos meses, creo que puedo afirmar que las plagas humano-extranjeras en esta ciudad (Londres) se basan fundamentalmente en catalanes y colombianos.

A lo que iba: sinceramente os digo que la idea me llama poderosamente la atención, la de aprender el idioma. Al menos para entenderlo, hablarlo ya será otro tema pero bueno, con el trabajo que cuesta que siete catalanes se mentalicen para hablar en castellano entre ellos por haberse colado una gaditana (cosa que entiendo perfectamente), mejor ponerme yo misma, me resulta apetecible.

Por otra parte, me da que tengo tal mono de aprender lenguas que acabaré mezclándolas como me ponga con varias a la vez. Llevo casi desde que llegué a este país brutalmente emperrada con el francés, como si no me quedara todavía recorrido con el inglés…

¡En fin! Vuelvo a irme por las ramas. El caso es que me gusta analizar el porqué de los acontecimientos, y después de la noche de ayer ya dije: esto es para pararse a pensar un rato. A la vista está que todo ser humano canaliza hacia los demás distintos tipos de conexiones interpersonales. Para poner un ejemplo fácil y rápido: ¿cuántos de vosotros sentís empatía, complicidad, entendimiento mutuo hacia los kinkis? (Cada cual que mire el sinónimo que se corresponda haciendo click sobre dicha palabra, pero ya aviso que se trata de la Frikipedia). Yo creo que poquitos, ¿no? Pues este es uno de los mayores puntos de imposibilidad-de-establecer-un-vínculo-relacional. Lo que viene a ser un tú-y-yo-ni-de-coña.

Sin embargo, a lo largo de la vida nos vamos encontrando con otros grupos sociales junto con los cuales nos sentimos a gusto, nos dan confianza, nos agradan al poco de conocerlos, nos interesan más por unas razones u otras y, en general, por lo visto compartimos bastante en común (ya no hablo de los catalanes y yo, este ámbito tengo aún que seguir explorándolo con el tiempo y el azar, tirando a la causa-efecto).

Y no solo tenemos que limitarnos a canis, heavies, pijos, hippies, frikis, “normales” (no creo que haya nadie normal pero bueno, por catalogar a los que no se les nota tanto la tendencia correspondiente), emos, góticos, fachas, comunistas y todo tipo de mezclas entre ellos (ya sabéis: pi-hippies, friki-heavies y demás parafernalia), sino que, al menos para mí, la cuestión de la procedencia también influye considerablemente.

Sobre todo viviendo en un lugar tan extremadamente multicultural como Londres es cuando te das cuenta de esto: con quién vas enlazando, ya sea casualmente o más bien a través de una serie de causalidades; las características más potenciales de cada círculo, los atributos que asimilas en tu propia mente casi más subconsciente que conscientemente y que te hacen sentir mayor simpatía hacia unos desde los inicios comunicativos que hacia otros, etc.

Tengo la sensación de que lo iré comprobando con más claridad a lo largo de los próximos meses. Así es la vida, ¡una aventura detrás de otra! Solo hay que saber verlas.

¡Feliz domingo!

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

Los hombres son muy complicados (II)

Tras Los hombres son muy complicados (I), aquí viene la segunda parte que, como ya aclaré en el post anterior, se halla ligeramente más dirigida hacia la parte erótico-festiva de las relaciones (eufemismo para “complicaciones”) con los hombres de hoy en día. Repito que desde el respeto y tanto experiencias propias como ajenas y, sobre todo, con plena conciencia de que las mujeres somos perfectamente equiparables en cuanto a las movidas interpersonales. No obstante, estos posts se han creado para hablar de ellos y no de ellas. Allá vamos:

  • Adulaciones continuas, piropos, halagos, fantasías sexuales y sucedáneos que te dedican continuamente vía red social para luego comportarse como si nada en persona, dejándote sin saber si pensar en que son unos auténticos fantasmas, viven de pajas mentales (o reales) o qué.
  • “Uau, sí que has mejorado con el tiempo”. ¡Ah! ¿Ahora sí te intereso y antes ni me mirabas a la cara? Así no se empieza. Así, no.
  • Sujetos que se sienten acosados y se asustan en cuanto les dices un par de cosas (en ocasiones, exclusivamente por Internet). Bienvenidos al siglo XXI y a la liberación de la mujer, cromañones. Para las pocas que deciden tomar la iniciativa, no os acojonéis, por favor.
  • De esto que se te acerca un ser (dejemos de lado sus características físicas) nada más cruzar tú los pies por la puerta de una discoteca y ya coloca su mano en tu cintura, a lo que le pides de lo más educadamente que la retire. Su respuesta: “qué hijas de puta que sois todas”. Delicadeza a la orden del día.
  • “Tengo novio… Oye, que tengo novio… Perdona, ¿te he dicho que tengo novio, pesado de mierda?”. Y luego nosotras somos las desagradables y las bordes. Un poco de respeto al resto de vuestros congéneres.
  • Esos esfuerzos sobrehumanos por camelar a la víctima elegida con el único objetivo de echar un polvo… A ver: menos trámites. La que quiera, lo sabrá desde el principio; la que no, también.
  • Innombrables, por no soltar una burrada, que son conscientes de que portan algún que otro bicho (pasajero, no nos metamos en el VIH, que son palabras mayores) y que te prometen y perjuran que no tienen nada, ya llevando cierto tiempo de relación con ellos. Menuda la cara que se te queda cuando te lo pasan.
  • A las mujeres NO nos gustan los miembros viriles enormes. Habrá a las que sí pero, en términos generales, no es santo de nuestra devoción. La explicación es sencilla: duele. Y, en ocasiones, no cabe. Quitaros esta idea de la cabeza.
  • Erecciones que se reducen al tamaño de un cacahuete en cuanto ven, o siquiera escuchan la palabra, condón. Señores, ya va siendo hora de tomarlo como un componente fundamental del acto sexual.
  • Para terminar, un poco de cultura general: un vibrador es un instrumento dedicado al libre y voluntario placer íntimo de las mujeres para explorarse a sí mismas y contribuir a la independencia sexual. No los adquirimos por “no sentirnos lo suficientemente satisfechas con los hombres”. Los que penséis esto, madurad o morid.

Los hombres son muy complicados (I)

¡Muy buenas! Hoy, 23 de diciembre de 2011, he venido a desmitificar la famosa frase, aceptada ya en la sociedad prácticamente como un dicho, que dice: “las mujeres son muy complicadas.” ¡Y no lo voy a negar! Matizaría más de un aspecto de tal afirmación pero no he venido a defender al género femenino, del que sé perfectamente que también tenemos lo nuestro, sino a poner de manifiesto que tratar con los hombres tampoco es moco de pavo.

Desde el más profundo respeto hacia la población masculina y la experiencia que me ha ido dando tanto mi vida como vidas ajenas, vidas de amigas y de desconocidas, vidas de mujeres en general, aquí os cedo una pequeña parte del pensamiento que creo que habrá rondado por muchos de nuestros “complicados” cerebros en cuanto al comportamiento de estos “simples” seres (véase la ironía).

He de confesar que me ha salido un post tan largo que me he visto obligada a dividirlo en dos, que sé que ver demasiada letra cansa. Por ello, a continuación tenéis Los hombres son muy complicados (I) y en el siguiente post está Los hombres son muy complicados (II), algo más enfocado a la parte erótico-festiva del asunto. Comencemos, pues, con los casos:

  • Esa decisión de ignorarte brutalmente por un periodo superior a tres días esperando a que vayas tú a por ellos cuando ya lo has hecho repetidas veces anteriormente, para luego pretender, ante tu pasividad mezclada con la indignación, volver a por ti y que les hagas caso. Eso sí, antes de ignorarte, te dejan de recuerdo su cepillo de dientes en el baño. Y una toalla.
  • Esos saludos que te llegan virtualmente cada dos o tres meses cuando ya está toda relación más que perdida para recordarte la existencia del elemento que los escribe y con la intención de… aún no se sabe.
  • Enamoramientos instantáneos. Nada más verte. Declaraciones de amor sin palabras (o, peor, con ellas). Joder, así no se empieza, sobre todo si no estás completamente seguro de que es recíproco. Los flechazos existen pero lo suyo es que tengan lugar en pareja, no sólo en tu cabeza. Otra variante son los que viven permanentemente en un cuento de hadas. Algunos siguen vírgenes.
  • Intentos de dejar la relación como una amistad. Mmm… Sobre todo si no empezasteis como tal, complicado. Y no, no apetece contar las intimidades (ni saber las vuestras), para eso ya tenemos a nuestros propios amigos.
  • Hombres que cortan contigo porque se sienten agobiados, necesitan su propio espacio y quieren acabar de una vez con tus “niñerías”. Y a los que te encuentras poco después de la mano de una menor de edad. Y no necesariamente de 17.
  • “No es por ti, es por mí, no te merezco, tú necesitas a alguien mejor”. Más visto que el tebeo. Dejad de mentir. Decidnos que no nos queréis y punto.
  • Imposición desarrollada por sus propias mentes de que mejor acabar con la relación, derivando en arrepentimiento y en el consecuente anhelo de volver al estado anterior (esto puede suceder tanto en unas semanas como varios meses después). En cualquier caso, demasiado tarde. “No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde”. Más certera la cita, imposible.
  • Individuos que te prometen cielo y tierra, mares y océanos, atardeceres y puestas de sol, pétalos y flautas. Y que desaparecen a la tercera cita. Esto es un mierda en toda regla.
  • Celos “no por ti, sino hacia los demás”. A esto se le puede añadir comentarios del tipo “qué corta esa falda, ¿no?”. Qué más puedo decir de este tema sin insultar…
  • Personajes que invierten en las primeras citas unas cantidades ingentes de dinero creando atmósferas maravillosas de príncipes azules y princesas. Para huir en cuanto menos te lo esperas. ¿Inseguridad, derroche, aburrimiento, hijoputez…?

Prosigan con Los hombres son muy complicados (II) aquí.

Sentimiento de pertenencia

A algún sitio. A alguna parte. A algún pueblo, ciudad, zona, barrio.

A un grupo, a unas amistades, a un estatus, a una lengua.

A un espacio, a una cultura, a una sociedad.

Un sentimiento necesario como ser humano, una sensación intrínseca al hombre, y a la mujer, una ansiedad de integración, de relaciones interpersonales, de “este es mi sitio”, de “allá adonde puedo escaparme”, de ser tú mismo, de no verse obligado a maquillarse, a aparentar.

Relajarse, dejarse llevar, introducirse en esa bola mágica, en esa burbuja temporal. Lo que viene a ser “meterse en su pompa”. Respirar ante la vuelta a casa, echarlo de menos, desearlo.

Para llegar a algo… que se forja en muchísimo tiempo, aunque no nos demos cuenta, y se pierde en mucho menos, de lo que sí nos damos cuenta, estrepitosamente de hecho.

Y entonces, ¿qué?

Volver como si no hubiera pasado el tiempo, actuar como tal, sonreír, sentirse satisfecho, rememorar, ponerse al día. Realmente disfrutar.

Entonces, volver la mirada y, a discreción… hundirse el pecho. Confundirse inexplicablemente, reducirse, encogerse de miedo, plagarse de inseguridad, chocar con la incomprensión. Aquella armonía tan esperada se ve aplastada brutalmente por… ¿por qué? Esa es la duda. La nueva incógnita. Una más para la Lista Eterna de Preguntas Sin Respuesta. Exasperación 1 – Ecuanimidad 0.

¿Dónde estoy? ¿Qué ha cambiado?

Nada. Absolutamente nada. Misma ciudad, misma gente, mismos sitios, mismas costumbres.

¿Y qué pasó pues?

Que cambiaste tú.

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