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El respeto al espacio personal

Hoy no es un día en que tenga al ser humano en enorme estima. Y es injusto, porque hay muchísimas personas maravillosas, consideradas, respetuosas… No obstante, esta tarde no me he cruzado con una de ellas.

Estaba en la cola del supermercado, sitio TAN idóneo para múltiples anécdotas en la vida. La señora que me seguía estaba muy cerca de mí. Demasiado. Ha habido un momento en que su riñonera me ha tocado por detrás, me he girado y se ha disculpado. Al avanzar un paso más hacia la cajera, la señora se ha puesto igual de próxima, gesto que nunca he entendido sin necesidad de epidemias mundiales. Me parece de cajón aprovechar cualquier oportunidad para no respirarle en el cogote a otra persona.

Me he envalentonado (porque no me resulta fácil pronunciarme hacia algo que pueda provocar un conflicto) y, con una media sonrisa, le he dicho que estaba muy cerca. La mujer tenía principalmente dos elecciones: entenderme, respetarme y echarse para atrás o no entender una mierda, poner una excusa barata como “la de gente que había” y decir que “póngase una máscara, ¡esto es increíble!”. Aparte de responderle que hablábamos de cosas diferentes (el llevar máscara no me da más ganas de que una riñonera ajena me roce el culo), no me salió más que decir. No le vi sentido, no me sentí con confianza, y menos en francés.

Me habría gustado preguntarle si realmente pensaba que yo tenía el más mínimo interés en molestarla. Me habría gustado preguntarle si en alguna parte de su razonamiento era capaz de comprender el por qué de mi comentario. Me habría gustado decirle que ya antes del coronavirus me reventaba el hecho de que la gente no respetara el espacio personal de los demás, y que su argumento era una falacia porque si yo había podido mantenerme más de un metro alejada del señor que tenía delante, no había explicación para que quien viniera detrás de mí no pudiera hacer lo mismo. Me habría gustado decir tantas cosas, idealmente en un tono conciliador más que enfadado… Pero no he dicho nada más. Me he tomado con tranquilidad la espera, he sonreído a la cajera y me he largado con todo lo que me gustaría haberle dicho rondándome por la cabeza, que menuda pérdida de tiempo y energía, por otra parte.

Me he tomado la libertad de decirle a esta persona, como podía haber sido a cualquier otra, algo que me incomodaba, confiada con que la epidemia mundial apoyaría con contundencia mi feedback. Me ha salido el tiro por la culata. Supongo que seguramente no habría servido de nada el decirle todo lo que me habría gustado decirle, su actitud no me hace pensar que le habría hecho reflexionar, y menos allí en medio de un supermercado a una hora bastante concurrida pero, que conste, con pasillos de unos cincuenta o cien metros de largo y unos dos de ancho. Por lo que espacio, había. Estoy segura de que existen fórmulas comunicativas para bajar del burro al más tarugo. Pero ya nunca lo comprobaré con esa señora.

Me da una rabia indescriptible el sentirme afectada por la reacción de una persona que probablemente no volveré a ver en la vida, de una persona que tendrá sus propias inseguridades y certezas y que ha elegido deliberadamente la vía defensiva en lugar de la empática. Ver esto me hace entender que el problema no lo tengo yo. Tampoco sé si lo tiene ella, no la conozco lo suficiente; yo considero haber dicho lo que sentía sin ser maleducada. Quizá podría haber empleado otras palabras y, sin embargo, me da la sensación de que con una petición con su “s’il vous plait” habría obtenido el mismo resultado.

Me parece triste. Me ha hecho pensar que los males humanos son merecidos, y me ha hecho arrepentirme inmediatamente de pensarlo. Sinceramente, no le deseo ningún mal a esa señora. Le deseo aprendizaje. Aprendizaje para, en algún momento de su vida, aunque no fuera así hacia mí hoy, saber escuchar y respetar al otro. Aprendizaje para entender que estamos todos en el mismo barco, que muchas de las palabras ajenas no pretenden ser un ataque y que siempre tienen su razón de ser. Afortunadamente, no he sufrido ninguna pérdida familiar o amistosa. Quizá eso me habría motivado a soltarle las cuarenta, pero tampoco es algo que me produzca gran satisfacción a posteriori. Me interesa que la gente reflexione, no que se rebote.

No, no le deseo ningún mal porque aunque hoy mismo se contagiara ella misma o alguno de sus seres queridos, no se pararía necesariamente a pensar en si quizá tenía sentido guardar las distancias en espacios públicos, ni mucho menos se le ocurriría: “ah, a lo mejor esa chica del súper tenía razón, tenía motivos para decirme que estaba demasiado cerca”. Las desgracias o malas pasadas no siempre son absorbidas como retos para superarse. Una lástima.

Y, a pesar de todos mis razonamientos, siento un pequeño pellizco en el pecho, el desasosiego de la incomprensión ajena, de la falta de empatía, de mi arrojo truncado en una situación incómoda. ¿Orgullo herido? ¿Decepción hacia la actitud de los demás? ¿O hacia mí misma por no haberlo previsto y, en consecuencia, haberlo evitado o haberme pensado una segunda respuesta? Es factible. Es posible que se trate más de mí que de esa señora. Porque es evidente que en este mundo nadie hace todo bien en todo momento. Y que incluso a menudo la concepción de lo que está bien o mal es relativa, porque desde mi punto de vista esta mujer ha debido de quedarse la mar de a gusto descargando su crítica sobre mí. Ella verá su reacción como la mejor, la que debía tener. Yo no. Vaya un ping-pong pésimo.

Bajo mi raqueta, esta partida no me agrada, no me merece la pena y no quiero darle la oportunidad de quitarme las ganas de jugar todas las demás partidas que se me presenten en el futuro. No sería justo hacia la diversión explotable de las mismas y de los futuros contrincantes. Ni hacia mí. Ahora soy yo quien tiene a elegir entre dos opciones: seguir atormentándome inútilmente por lo que dije y no dije, sumirme en el pozo de la desazón porque otra persona no me haya entendido (¡a mí! ¡Con lo buena persona que soy!) y retirar mi voto de confianza en el ser humano y en su capacidad para vivir en sociedad; o… puedo aceptar las cosas tal y como han salido, asumir que ocurrirá de nuevo por mucho que me fastidien las invasiones del espacio personal y que lo más conveniente, de acuerdo con mi temperamento pacífico, será no volver a decir nada porque no es el contexto adecuado para educar a nadie y no me resulta tan grave como para enfrentarme a la reacción del otro. Me compensará más respirar hondo y, con suerte, que me den ganas de tirarme un pedo en ese mismo instante. Sería como una mini-victoria secreta, como cuando los niños pequeños se han salido con la suya en alguna treta sin que nadie les haya visto (o creyéndolo así) y se les pone esa pícara sonrisita de satisfacción.

Ahora en serio: me cuesta entender cómo sobreviví estoica y alegremente a tantas noches de discoteca en mis años mozos con los sarpullidos mentales que me da el tema del respeto al espacio personal, por el otro, por uno mismo y por lógica aplastante. Me recuerdo, sin duda, con cara de odio de vez en cuando, sobre todo cuando aún se fumaba en interiores (¿a quién no le han quemado algo?), para luego volver a la charla o bailoteo de turno como si nada. Debían de ser otros tiempos, espíritu e intereses para mí, claramente. En fin, yo haré mi ejercicio de reseteo emocional pero vosotros sedme considerados y, con virus o sin virus, haced un esfuerzo por dejar la puñetera distancia, que no es tan difícil y muchos lo agradeceremos.

Sobre la religión, Dios y mí misma… a los 16 años

religiónAlgo bueno y malo de proceder a ordenar el caos reinante en el armario de tu cuarto durante los últimos diez años consiste precisamente en encontrar cosas agradables de ver y rememorar, y otras que no tanto. Tenemos un afán incondicional hacia acumular elementos inútiles “por si acaso”, y así es como me he cruzado con un par de folios encabezados por los títulos ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? y “¿Qué tipo de “sed” tengo yo?, y con las fechas 8/11/2006 y 9/11/2006 respectivamente.

Os transcribo mis redacciones, motivadas indudablemente por la asignatura de religión, empezando por la de mayor envergadura, que se corresponde con el primer título, ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo?:

Sobre la religión, pienso que cada uno debería tener libertad para elegir la suya o hacerse agnóstico o ateo. La primera comunión impuesta se ha vuelto una costumbre, a los diez años un niño no sabe nada realmente, no tiene en sí el sentimiento religioso, sino que le animan los regalos y las comuniones de sus amigos.

Comparto la idea de enseñar cultura religiosa en los colegios, no religión, para adoptar una buena base global en la que decidir las creencias propias. Inculcar una religión por obligación o por costumbre me parece una pérdida de tiempo, y a veces dinero.

Respecto a Dios, no lo he considero mucho a lo largo de mi vida. Mayormente no creo que exista, mi postura es agnóstica por tanto, pero esto se debe a que nunca lo he tenido en cuenta. Siempre he hecho lo que tenía que hacer, tanto obligaciones como diversiones, sin pensar en que un ser superior nos mira y sigue nuestros actos.

De pequeña rezaba, como todos, al empezar las clases diarias, pero hará un año que dejé de hacerlo pues veía inútil pronunciar palabras que no sentía, no me afectaban, no me hacían creyente ni me paraba a reflexionar sobre ellas.

Con la muerte de mi abuela, la cual tenía alzheimer muy avanzado y no me reconocía, recé por ella durante una semana por las noches. Posteriormente, se me olvidaba. Aparte de este gesto, poca religiosidad encuentro en mí.

En cuanto a mí misma, opino que no sé ni voy a saber nada, por lo que no creo pero tampoco niego. Probablemente temo un mínimo a la muerte porque no veo nada más allá, mientras que tampoco soy capaz de imaginarme vagando felizmente el resto de la eternidad.

La religión me plantea muchas dudas imposibles, quizá eso también influye a que mi mente opte por desistir de introducirme en ella.

Sin lugar a dudas, resulta un tema muy interesante de debatir, jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. En eso creo que consiste la educación.

libertad escrituraMe doy cuenta de que mi opinión sigue siendo prácticamente la misma. Me agrada comprobar que, dentro de la inocencia y la personalidad aún por curtir que siempre relaciono con mi adolescencia, era capaz de expresar mis razonamientos con coherencia y propiedad. Y confirma mi teoría, ya formada como adulta, de que en los colegios echo en falta asignaturas “existenciales”, “vitales”, llamadlas como queráis. Asignaturas que favorezcan el debate entre los alumnos, que haga a los niños y adolescentes pensar acerca de cuestiones variadas, que fomenten el respeto y el desarrollo mental de los adultos del futuro.

Siempre fui buena estudiante pero rara vez presté atención plena en clase, no sé por qué. Me aprendía las lecciones con facilidad y curso tras curso incluso me exigía más, crecí inmersa en la costumbre de sacar buenas notas. Mas si me paro a preguntarme por el tiempo real de escucha escolar, puedo contar las asignaturas con los dedos de las manos: matemáticas, por no tener más remedio si quería aprobar; filosofía, para entender los conceptos más abstractos y porque el profesor me provocaba una especial ternura (aunque tampoco es que atendiera siempre), y literatura en bachillerato, por la mejor motivación de todas: poder escribir de lo que me apeteciera, con total libertad verbal y creativa, tanto a partir de los textos que traía el profesor como por mí misma en el diario de bitácora que nos motivó a redactar desde principio de curso con nuestras emociones, pensamientos y lo que nos viniera en gana. Básicamente: libertad absoluta de pensamiento y de acción, aunque fuera sobre el papel.

Aquella asignatura era una “maría”. Ni siquiera entraba en la media de bachillerato si no recuerdo mal. Y era a primera hora de la mañana. Pero le dediqué más tiempo que a ninguna otra. Más tiempo que a las matemáticas, economía, geografía, inglés, lengua, filosofía. Mucho más tiempo que a ninguna. Porque la disfrutaba plenamente, porque la mente me pedía leer aquellos textos, interpretarlos y escribir mis impresiones tanto de ellos como de mi propia rutina.

Independientemente de mi experiencia, creo que habéis entendido lo que quiero decir. Ignoro si alguna vez se creará una asignatura “existencial” pero sé que, mientras en los colegios persista esa considerable cantidad de alumnos desmotivados y faltos de inquietudes junto con ese cáncer conocido como el bullying, la educación dejará mucho que desear.  

Luego, hay otro par de aspectos que contemplo levemente modificados en mí actualmente: 

miedo libertad1. El temor a la muerte. Sé que se ha intensificado. Temor, respeto, reparo… Supongo que tanto por la fugacidad del tiempo como por “hacerme mayor” como tal. Procuro no pensar en ello porque, al menos de momento, es algo que me acongoja irremediablemente. Espero trabajar en ello en un futuro. De momento, el presente me mantiene lo bastante entretenida como para apartar este tema fácilmente.

2. Con 16 años escribí: jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. Añado un pequeño matiz: “siempre que esa religión no atentara contra los derechos humanos”. Por poner un simple ejemplo: me cuesta describir la desazón que me encoge el pecho al ver a mis compañeras de género con burka. Hay gente que dice que ellas son felices así, que han nacido con ello y se sienten más cómodas llevándolo aún habiéndose trasladado a áreas del mundo donde las mujeres muestran su rostro y eligen su vestuario con toda libertad. Este argumento me produce aún mayor desazón. Siguiendo esta línea, tremendo es el pavor que me suscitan los radicales religiosos. Nunca se sabe lo que serían capaces de hacer “en nombre de Dios” (del Dios que sea). No creo que necesite aclarar este punto mucho más.

En conclusión, ha sido interesante indagar un poco en el pasado y despertar melancolías inciertas desperdigadas por la memoria. Próximamente, mi redacción ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? con su reflexión correspondiente.

Las pantallas como destrucción de la comunicación interpersonal

Acabo de leer el siguiente artículo sobre el whatsapp y no puedo estar más de acuerdo: http://minoviomecontrola.blogspot.com.es/2012/11/que-dano-nos-ha-hecho-whatsapp.html?m=1

enfado whatsappEn resumidas cuentas (aunque os recomiendo echarle un vistazo), la autora expone la esclavitud emocional que nos impone esta aplicación a causa de informar minuto tras minuto de nuestra última conexión a todo prójimo que tenga nuestro número apuntado, dando lugar a una droga virtual generadora de disputas sentimentales (e incluso amistosas) y potenciadora de la impaciencia.

Y la califico como droga porque, a estas alturas, probablemente el porcentaje de gente que preferiría mantenerla sería mayor que el que no a raíz de esa dependencia que ha generado en nosotros, esas ansias de saber y controlar a pesar de que no nos agrade que nos hagan lo mismo.

¿Será posible que una tecnología tan provechosa provoque tanto mamoneo? Porque ya no se trata sólo de vigilar sino de los pollos que se montan cuando dos personas no se están entendiendo. Si ya en directo la comprensión resulta difícil a veces, las pantallas tienen la pasmosa habilidad de transformar pequeños problemillas en auténticas batallas campales, y ya no sólo se trata del whatsapp sino también del Facebook, Twitter y demás, de toda comunicación establecida por medio de pantallas.

¿Por qué ocurrirá esto? ¿Nos predispondrá nuestra naturaleza a malinterpretar a los demás al tomar las palabras ajenas normalmente de manera más negativa que positiva? Qué ironía calificar de “social media” a todo el tinglado este, ¿no? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías suponen ventajas para el individuo cuando el nivel de autocontrol, de investigación y de crítica de este es generalmente pobre? La comunicación interpersonal sufre más que nunca, porque no solo consiste en plantar a dos personas cara a cara, eso no es comunicación. La verdadera comunicación interpersonal supone escuchar, entender, compartir, empatizar, enternecerse. Sentir, experimentar, amar. Vivir. Vivir la melodía de las palabras, disfrutar del flujo verbal en compañía, dejar volar retahílas de pensamientos para ser abrazados, no caídos en saco roto. Si ya este nivel de compenetración es complicado, cuánto más arduo rodeados de componentes favorecedores de la distracción.

gente con móviles

Incluso la posibilidad de poder consultar una imagen graciosa, una canción olvidada o cualquier cosa por el estilo durante una conversación es nociva, o al menos no recomendable de hacer por norma, puesto que interrumpe la magia, el momento entre esas personas, e induce al enganche, a enlazar imagen con imagen, canción con canción, vídeo con vídeo, masacrando la sana y agradable virtud de la improvisación y rompiendo lo que podía haber sido una bonita obra de teatro única, original y espontánea, una puesta en escena real, natural y humana. (Inter)personal.

Por tanto… ¿A qué nivel se está rebajando la comunicación interpersonal si cada vez nos comunicamos más a través de pantallas y estas, en vez de mejorar la comunicación, la tergiversan constantemente? O peor, son tergiversadas a través de nuestra propia interpretación. ¿Y si uno de los posibles amores de tu vida (o igualmente una persona fantástica) se encuentra delante de tus narices y no lo ves por estar chateando (en ocasiones con indeseables) vía móvil? ¿Cómo podemos dejar de mirar el brillo y la expresividad en los ojos de los demás cuando nos hablan? ¿Qué futuro emocional le espera a la humanidad en un mundo de pupilas cabizbajas? ¿Qué será del romanticismo, la complicidad, el respeto? ¿Quién contemplará las estrellas, la luna, las puestas de sol o simplemente el cielo azul tantas veces como se merecen?

Cuestión de educación

respeto a ti mismoEsta mañana he visto cómo un niño, que iba con su progenitora al lado, desmenuzaba el envoltorio de una chuchería e iba tirándolo impunemente al suelo. Me ha dado unas ganas tremendas de decirle a la madre: “señora, su hijo es un guarro, lo cual dice mucho de usted teniendo en cuenta que el pequeño debe de tener unos cinco años”.

La educación no se aprende en el colegio. Los principios morales no vienen del exterior, de edificios con aulas, de iglesias u organismos religiosos cualesquiera. Al menos los primeros y más importantes principios que adquirimos, aunque susceptibles de variar con el tiempo. La formación de la personalidad comienza en casa, siempre. Y desde el momento en el que un crío tira algo al suelo, o come donuts para desayunar en vez de cereales, o se le permite comprarse lo que le venga en gana en todo momento, o contesta irrespetuosamente a sus mayores, o mira mal y/o con miedo a una persona de color, o grita (o incluso piensa): “¡maricones!” si ve a una pareja de hombres de la mano… Ese diminuta cerebro ya está embutido en una nube de sacrilegio mental subconsciente, de perversión humana en potencia. Básicamente, está en tus manos crear a una persona de provecho para este mundo o a un monstruo. ¿Será todo padre y madre consciente del peso de este poder, de esta gloria y este castigo?

Me parece un error gravísimo el argumento: “sólo son chiquilladas”. ¿Eso te priva de reprenderle cuando se lo merece? ¿Cuántas veces lo vas a permitir hasta que se convierta en un auténtico problema, en una aversión real, en inmadurez absoluta, en indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, en un egocentrismo descomunal, en un victimismo vergonzoso, en un suicidio, en una matanza, en odio puro y duro?

Por supuesto que educar a unos hijos supone una ardua tarea. Pero, señores, cuando una idea se introduce en una cabeza, en numerosas ocasiones ya no hay vuelta atrás. Así que más cuidado y aplíquenme la lógica cuando se presenta tan aplastante, por favor, empezando por esos niñatos mimados y contestones que se creen los reyes del mundo.

Gracias.

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Heterofobia / Heterophobia

No hay palabras para describir esta producción. “Absolutamente fantástica” se queda corto. Ojalá llegue a mucha gente y ayude a fomentar el respeto entre las personas, no solo con independencia de sus preferencias sexuales, sino de cualquier condición física y/o psicológica que les caracterice sin resultar (verdaderamente) dañina hacia los demás.

Si este vídeo te ha llegado al corazón, si crees que merece darse a conocer, si incluso te ha sacado algunas lágrimas: no lo dudes, compártelo.

No words to describe this production. “Absolutely wonderfull” is not enough at all. Hopefully it will reach many people’s computer and it will help to increase the respect between human beings, no matter just their sexual preferences but any physical and/or psychological condition that doesn’t (really) affect negatively to the others around.

If you felt this video deep down in your heart, if you think that it worths it to be spread, if you even had some tears rolling down your face: don’t doubt anymore, share it.

Una vez más, NO AL BULLYING.

One more time, SAY NO TO BULLYING.

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

Gracias por dejarme ser libre

Gracias por encontrarme.

Gracias por tu sinceridad.

Gracias por tu confianza.

Gracias por aceptarme y respetar mis ideas.

Gracias por interesarte por mis amigos.

Gracias por apreciar a mis seres queridos.

Gracias por no invadir mi espacio.

Gracias por permitirme respirar.

Gracias por distinguir entre tu círculo y el mío.

Gracias por no juzgarme.

Gracias por hacerme reír.

Gracias por emocionarme.

Gracias por tu transparencia.

Gracias por tus silencios.

Gracias por tu mirada.

Gracias por tu ambición.

Gracias por apostar y luchar por mí.

Gracias por iluminarme el camino.

Gracias por hacerme sentir viva.

Gracias por abrumarme de felicidad.

Gracias por no sólo quererme, sino amarme tal y como soy.

Gracias por escucharme y entenderme, o como mínimo intentarlo.

Gracias por abrirme la puerta de tus sentimientos desde el primer momento. De par en par.

Gracias por dejarme ser libre dentro de una sociedad repleta de manipulación y de un sentido de la posesión extremadamente enfermizo.

Gracias… por ser así. Como tú.

En un mundo en el que virtudes como la confianza, el respeto, la comunicación y el amor incondicional se hallan tan deterioradas, no es tan raro sentir unas ganas inmensas de agradecerlas.

Los hombres son muy complicados (II)

Tras Los hombres son muy complicados (I), aquí viene la segunda parte que, como ya aclaré en el post anterior, se halla ligeramente más dirigida hacia la parte erótico-festiva de las relaciones (eufemismo para “complicaciones”) con los hombres de hoy en día. Repito que desde el respeto y tanto experiencias propias como ajenas y, sobre todo, con plena conciencia de que las mujeres somos perfectamente equiparables en cuanto a las movidas interpersonales. No obstante, estos posts se han creado para hablar de ellos y no de ellas. Allá vamos:

  • Adulaciones continuas, piropos, halagos, fantasías sexuales y sucedáneos que te dedican continuamente vía red social para luego comportarse como si nada en persona, dejándote sin saber si pensar en que son unos auténticos fantasmas, viven de pajas mentales (o reales) o qué.
  • “Uau, sí que has mejorado con el tiempo”. ¡Ah! ¿Ahora sí te intereso y antes ni me mirabas a la cara? Así no se empieza. Así, no.
  • Sujetos que se sienten acosados y se asustan en cuanto les dices un par de cosas (en ocasiones, exclusivamente por Internet). Bienvenidos al siglo XXI y a la liberación de la mujer, cromañones. Para las pocas que deciden tomar la iniciativa, no os acojonéis, por favor.
  • De esto que se te acerca un ser (dejemos de lado sus características físicas) nada más cruzar tú los pies por la puerta de una discoteca y ya coloca su mano en tu cintura, a lo que le pides de lo más educadamente que la retire. Su respuesta: “qué hijas de puta que sois todas”. Delicadeza a la orden del día.
  • “Tengo novio… Oye, que tengo novio… Perdona, ¿te he dicho que tengo novio, pesado de mierda?”. Y luego nosotras somos las desagradables y las bordes. Un poco de respeto al resto de vuestros congéneres.
  • Esos esfuerzos sobrehumanos por camelar a la víctima elegida con el único objetivo de echar un polvo… A ver: menos trámites. La que quiera, lo sabrá desde el principio; la que no, también.
  • Innombrables, por no soltar una burrada, que son conscientes de que portan algún que otro bicho (pasajero, no nos metamos en el VIH, que son palabras mayores) y que te prometen y perjuran que no tienen nada, ya llevando cierto tiempo de relación con ellos. Menuda la cara que se te queda cuando te lo pasan.
  • A las mujeres NO nos gustan los miembros viriles enormes. Habrá a las que sí pero, en términos generales, no es santo de nuestra devoción. La explicación es sencilla: duele. Y, en ocasiones, no cabe. Quitaros esta idea de la cabeza.
  • Erecciones que se reducen al tamaño de un cacahuete en cuanto ven, o siquiera escuchan la palabra, condón. Señores, ya va siendo hora de tomarlo como un componente fundamental del acto sexual.
  • Para terminar, un poco de cultura general: un vibrador es un instrumento dedicado al libre y voluntario placer íntimo de las mujeres para explorarse a sí mismas y contribuir a la independencia sexual. No los adquirimos por “no sentirnos lo suficientemente satisfechas con los hombres”. Los que penséis esto, madurad o morid.

Los 20añeros y el alcohol (II)

Hace unos cuantos meses, concretamente el 25 de septiembre de 2010, redacté un post relacionado con este tema, aunque en plan muy anecdótico y coloquial, en el que me enrollé como las persianas y empecé contando una encuesta que me habían hecho por la calle para terminar confesando un desastre casero a causa de una noche demasiado desfasada. Mi conclusión era que el alcohol será malo pero qué bien que se pasa.

Bueno, eso sigue siendo bastante cierto, pero doy gracias a… a mí misma por haber recapacitado en torno a ese asunto. Me alegro de que se trate cuestión de etapas, porque realmente se puede convertir en un problema grave. No ser dueño de tu propio cuerpo, no servir para nada productivo al día siguiente de haberte sobrepasado, no acordarte de lo que has hecho o arrepentirte… Veo a la gente perder el control, volverse extremadamente sociable y simpático, bailar, gritar, cambiar drásticamente de humor. ¿Quién habrá detrás de esas personas?

La verdad es que ahora no me siento del todo orgullosa de aquel post tan alegre y desenfadado que escribí pero bueno, como he dicho, creo que son etapas por las que hay que pasar o suceden involuntaria y espontáneamente, y negarlas u ocultarlas me parecería engañarse a sí mismo, aparte de una chorrada, no se pierde la dignidad por comentar borracheras pasadas. Además, inmortalizar por escrito o rememorar ciertas experiencias te permite comprobar posteriormente tus cambios, tus costumbres. Tu evolución, tu madurez.

Pero ya le tengo mucho más respeto al alcohol. Por suerte, al menos me ha bastado con la experiencia de un año aproximadamente para reflexionar a fondo e incluso cogerle cierto asquito. Y lo peor no es el cuerpo deshidratado o débil, sino lo que le afecta al cerebro, a las neuronas, a las facultades mentales. Pérdidas de memoria, lagunas brutales… ¿Vale la pena pillársela tan fuerte?

Por supuesto, lo sigo respetando muchísimo y viéndole todo el sentido del mundo como una parte más de la vida que es (lo que tampoco significa que yo vaya a dejar de hacerlo), pero no me he podido contener a darle algunas vueltas al daño que hace en sí. Los perjuicios científicamente probados. Desde luego, esto se parece a como cuando miras el prospecto de un medicamento y ves que al tomarlo te avisa de que algunos de los efectos secundarios se traducen en mareos, vómitos, dolor estomacal, sueño, fiebre, hemorragias, dolor de cabeza, joder, pues para eso mejor no tomarlo, ¿no? No, no hay que entenderlo así, pero no está de más informarse y estar prevenido. Aquí tenéis el artículo de la Wikipedia sobre los efectos del alcohol en el cuerpo, por si os interesa. Apunte: no es agradable, pero sí realista, como a mí me gusta.

Frase del día: el alzheimer me da auténtico pavor.

Pd: fin de semana de feria en Jerez, gran ocasión para llevar a cabo un estudio sociológico. Pero como ya los habrá a patadas probablemente y tampoco me apetece rallarme más de lo que llevo haciéndolo últimamente, me limitaré a ir de caseta en caseta (tras echarme una siesta) y disfrutando de mis amigos y de mi familia (y comiendo que da gusto, como siempre en casa), que el tiempo se pasa rápido y mañana ya estoy de vuelta en Madrid. ¡Que lo paséis bien!

El chip del viejo “versus” jóvenes

¿En qué consiste el título de este post, cuya idea conceptual me acabo de inventar (el chip del viejo)? Pues en esa actitud propia de cierto porcentaje de señores y señoras mayores que se creen con derecho a pisotear cual vil cucaracha a cualquier joven que se cruce en sus caminos, independientemente de que les haya dicho y/o hecho nada, simple y llanamente a raíz de que ese/a muchacho/a tenga cara de alrededor de 20 años.

¿A qué viene esto? Pues a que yo iba a entrar felizmente en el autobús de vuelta a mi casa que, de hecho, se ha parado justito delante de mis narices, cuando (ya estando con ambos pies dentro del autobús y a punto de meter el ticket en la máquina) va una mano y me toca el hombro enérgicamente.

Me giro, veo a una señora mayor (parece que tiene pinta de pocos amigos), empiezo a mover el brazo hacia a ella (planteándome la posibilidad de que quizá quería que le ayudara a subir), y entonces, la mujer se mete por delante de mí con un brío (claramente no necesitaba ayuda para moverse) y una cara de mala hostia que no he podido más que quedarme boquiabierta.

La mujer/señora mayor, transformada en una vieja despreciable en estos instantes (por no decir lo que verdaderamente pensé) mientras cruzaba todo el autocar a velocidades infrahumanas, provocó en mi rostro unos ojos como platos que no me permitieron ni emitir palabra, aparte de las sonrisas solidarias hacia mí de las siguientes 5 ó 6 personas que entraron en el autobús.

Qué más os puedo decir… Que me revienta esa soberbia de los viejos, indudablemente, a mí y a todos los jóvenes que respetamos la figura de los mayores como a cualquier otra persona (que creo que no seremos tan pocos) y resulta que luego recibimos miradas y palabras reprobadoras y prejuiciosas a más no poder de una parte considerable de ellos.

Y no lo digo solo yo. ¿A qué joven no le ha pasado algo similar con un viejo/a? ¿Por qué se creen con el derecho a tratarnos como a niñatos? ¿Se tratará de un mecanismo de defensa viejuna, ser desagradable? ¿Les habrá comido la cabeza la inmensidad de imágenes de la televisión con tropas juveniles de botellón?

Alguna explicación sociológica debe de haber, supongo.

Pero me seguirá reventando igual.

Por cierto, he de soltar una neura mental añadida relacionada con los viejos pero independiente de mi relato… ¿Qué más puedo pensar de una sociedad en la que, al escribir en el buscador de Google “viejo y joven” (buscando una imagen para este post), me salga como primer resultado “Fotos porno de Viejos follando con jovencita”? Evidentemente, no he accedido a esa página, pero la búsqueda me ha dado que pensar…

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