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Días de esos

Días en los que te levantas sin esperar nada. No vacía, pero tranquila, sin expectativa ninguna. Días en los que la mañana te sorprende con una tarjeta en tus manos de tus compañeras de departamento, escribiéndote frases preciosas, diciéndote que has sido mucho más que una becaria. Días en los que eres consciente una vez más de la de personas que entran y salen de tu empresa, de tu ámbito laboral o social, de tu ciudad, pero no de tu vida. Días en los que te declaran amor eterno con palabras o sin ellas, y tú lo declaras también, a los cuatro vientos, porque son personas que valen la pena, y no te arrepientes de ello. Días en los que defiendes a una amistad que nunca creías que tendrías, una amistad situada a miles de kilómetros hasta ese preciso momento en el que se cruza en tu camino y te acompaña, y se queda a tu lado porque el destino lo ha querido así.

Días en los que te comes una ensalada seguida de tres chocolatinas de distintos tipos, y no te importa, porque es lo que ha surgido, lo que te ha apetecido. Días en los que te pones un vestido sin ninguna razón y la mitad de la gente con la que te cruzas te dice lo bien que te sienta. Días en los que te sientes bien, completa, a pesar de que las circunstancias sean las mismas, exactamente las mismas, que el día anterior, solo porque en ti ha cambiado algo, has crecido, has evolucionado.

Días en los que sabes que echarás de menos a alguien. Días en los que echas de menos a otra persona que quedó allí atrás, unos recuerdos, unas vivencias, una ciudad, unas noches, unas conversaciones, una casa y vuestra bebida predilecta, unas confidencias que vuelven de distintas personas pero formas similares. Y lo magnánimo de que esa relación no solo no se olvide sino que permanezca aún en la distancia con la misma confianza de siempre. Una mañana en el trabajo que pasas más tiempo conversando con alguien que trabajando, y no te importa quién se dé cuenta porque en ese momento solo quieres escuchar, compartir, aportar, vivir la experiencia que te transmiten, empatizar, ayudar, confesar.

Días en los que ves a alguien agobiado por el trabajo, día tras día, y le sueltas tranquilamente: “¡Basta! La vida no es trabajo, cielo”. Ellos siguen a su bola pero al menos te has manifestado en vez de seguir dándoles bola con su monotema. Días en los que pasas una simple y maravillosa tarde acompañada de una serie de personas aún por descubrir pero con brillo dentro, que quizá te deslumbre, quizá se apague, pero están ahí y hacen de tu momento, de tu tarde, algo maravilloso.

Días… Días excepcionales. Días que no quieres que se acaben, pero sabes que se acabarán, y por eso quieres plasmarlo, para que no pierda su intensidad, su sentido, su significado en ese preciso momento en el que te llenaron hasta el último rincón de tu mente y de tu espíritu. Días en los que hablas de viajes, de aventuras, de proyectos para dentro de dos años, y los ves perfectamente factibles.

Días en los que vuelves a casa escuchando música y caminando por la calle como por una pasarela, como si todo el mundo te estuviera viendo, como si fueras la persona más segura de este mundo, la más guapa, la más inteligente, la más completa, la más feliz, la más perfecta.

Días en los que llegas a casa, tienes hambre, te vas a la cocina y te encuentras con una persona, y empiezas a hablar, a compartir experiencias, puntos de vista, a esquivar los chispazos de aceite que se le están saliendo de la sartén, a abrirte como si os conociérais de antes. A comparar la visión de futuro de uno y de otro en cuestión de segundos, a comprobar cómo hay gente que piensa en volver y gente que piensa en todo lo contrario, en seguir viajando, moviéndose, explorando este mundo, sin que eso signifique que uno sea mejor que el otro.

Días en los que te dicen que tienes que ser escritora, que has nacido para ello, porque aquel email que escribiste un día, aquella parrafada vital supeditada a un tema tan cerrado y abierto como el amor se convirtió en ley de vida, en el mejor de los razonamientos, en una serie de ideas tan claras y transparentes como el agua. Y, todo hay que decirlo, en otro idioma, para orgullo y satisfacción de mi amado padre.

Días en los que defiendes a tu compañera de trabajo y amiga por encima de la crítica de su jefe (y tu futuro jefe), porque ves que no es justo, porque necesitas decirlo, porque ella merece mucho más reconocimiento, y porque total, su jefe lleva un puntazo que acabaréis hablando de la vida, la vejez, la dependencia, el amor y quién sabe qué, tan a gusto, sin esa distinción superior-subordinado, sin ningún tipo de barrera laboral, al menos por ese rato. Y sin acordarte ni de lo que dijiste, más tarde tu amiga te lo agradecería con toda su alma y te diría que eres alucinante.

Días en los que ves a un muchacho de 19 años semi-enamorado de una chica de 25, y lo ves crudo, pero luego dices “¿por qué no?” ¿Con qué derecho se le quita la ilusión a esa persona? ¿Con qué valor y/o poder se fulminan los sentimientos de un ser humano hacia otro? Por suerte o por desgracia, no se puede, para eso nos bastamos nosotros solitos, y nada mejor que la propia experiencia para aprender y seguir hacia delante.

Días de esos en los que te sientes en paz contigo misma, y eres más consciente que nunca de que es lo único que necesitas.

Días de esos… En los que todo lo que ha ocurrido en tu vida tiene sentido y justificación solo por el preciso momento, por el día tan normal por fuera y tan extraordinario por dentro que acabas de vivir.

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Non-Stop

Supongo que de alguna manera he de justificar mi larga ausencia por aquí. Al principio me sentía incluso mal al abandonar de tal manera este pequeño rincón pero confiaba plenamente en mi vuelta más pronto que tarde, así que me dejé llevar.

Me dejé llevar a través de un mar de posibilidades, de elecciones que se postraron en mi camino y ante las que no me contuve demasiado, de manera que acepté a la inmensa mayoría, obteniendo como consecuencia el verano probablemente más frenético de toda mi vida.

Sin embargo, hoy no he venido a hablar del último mes y medio. Hoy me he despertado reflexiva. Tirando a melancólica. De esos días en los que te replanteas el sentido de todo esto, si estás haciendo “lo correcto”, si sacas realmente el provecho que todo lo que te rodea merece (sabiendo que raramente por mucho pensar va a cambiar la cosa de momento). ¿Lugar adecuado? ¿Labor adecuada? ¿Objetivos adecuados? La palabra “adecuado” no deja de ser una manera de llamar al conjunto de actitudes y decisiones que harían de ti mismo exactamente lo que quieres ser, fuera de las normas sociales, lo políticamente correcto y demás parafernalia terrenal que te permite vivir en paz y armonía con el resto de tus congéneres pero que no viene al caso lo más mínimo.

Hablamos de la lucha hacia la auto-realización de uno mismo, de la relación entre el convencionalismo actual y la ruptura de las normas. Hablamos del estereotipo vital consistente en nacer, crecer, estudiar, trabajar, emparejarse, tener hijos, criarlos, envejecer y morir. Hablamos de otras posibles formas de desarrollo vital, o al menos de lo que puedes hacer entre medias para salirte un poco de la línea del rebaño. Hablamos de la probabilidad aquí y ahora de romper con los formalismos que nos atan en vez de de seguir en un mundo en el que estamos continuamente esperando algo.

La tendencia que más oigo a mi alrededor últimamente, en mayor medida de personas entre la veintena y la treintena, se canaliza fundamentalmente hacia la imperiosa necesidad de ahorrar dinero para cumplir un determinado sueño. Un periodo durante el cual tienes que someterte a una existencia laboral mediocre, por mucho jugo que saques de ello ya que no deja de ser el medio para llegar al fin, con el objetivo de alcanzar algo mucho más elevado, tu tótem, lo que te sostiene y te impulsa a aguantar ese tránsito semi-vacío (en comparación con lo que querrías hacer realmente de tu vida, vuelvo a aclarar) y empleando en ello un tiempo considerable que puede ser meses o años. Años de camino para llegar al destino. Años que se van y no regresan. Años de esfuerzo, dedicación, fijación, compromiso. Años de arrugas, canas, callos y patas de gallo.

Pero, ¿qué hacer? Si algo está claro es que uno no puede (o no debe) quedarse estancado, bloqueado, inactivo, permitir que cuerpo y alma se suman en un estado de letargo fulminante hacia la evolución interior. A la vez que… ¿Cuántas cosas queremos hacer, cuántas tareas tenemos pendientes desde hace mucho y seguimos dejando pasar? ¿Cómo priorizarlas? ¿Las haremos alguna vez? ¿Por qué no acometemos aquellas que podríamos empezar ahora mismo? ¿A qué esperamos? ¿A tener más tiempo, más ganas, más dinero…? ¿Nos gustará fustigarnos con propósitos esperanzadores aunque frustrados? ¿Necesitamos crearnos objetivos constantemente para sentirnos mejores seres humanos aunque en el fondo sepamos que se van a quedar donde empezaron?

Se trata de una sensación extraña la provocada por la mezcla de esta cotidianeidad en la que nos encontramos tan cómodos y de la que nos cuesta tanto trabajo salir, junto con las ansias por comerse el mundo, ¿no? Por exprimir lo mejor de él, de nuestro alrededor. ¿Cuántas veces pensamos “debería hacer esto, debería hacer lo otro”? Basura verbal para auto-convencernos de que acabaremos haciendo en algún momento todo aquello que anhelamos hoy en día. Y que se esfumará en su gran mayoría, como todo lo material, aferrado a la tierra y destinado a desaparecer; como todo lo etéreo, susceptible de transformarse, manifestarse y esfumarse a su antojo.

Esta neura mental no tiene final. Acaba exactamente como empieza, sin más preguntas, sin más respuestas. Con muchas ideas en la cabeza y con la misma convicción hacia el dudable éxito de llevarlas a cabo. Con los mismos deseos pendientes de siempre manteniendo viva la ilusión, manteniendo viva la inquietud. Y sin siquiera saber ya exactamente qué es lo que más sentido aportaría a tu vida, y sin saber si lo sabrás algún día, y sin saber con certeza si lo querrías saber.

Fotografías tomadas en el parque colindante con el Atomium (Bruselas, noviembre de 2011).
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