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Las personas tóxicas y las luciérnagas

negatividadLas personas tóxicas son aquellas que te aportan tristeza, pesar, desequilibrio. Negatividad en general. Corresponden a ese determinado porcentaje de seres humanos que, de manera consciente o inconsciente, extienden a su alrededor un halo de vibraciones que alteran tu estado de ánimo si no tienes la suficiente fuerza mental como para rechazarlas, tanto desde el principio si las ves venir como una vez habiendo irrumpido en tu camino de manera inesperada ante tu falta de capacidad para afrontarlo bajo el raciocinio y una perspectiva crítica y analítica.

El problema es que somos salvajemente emocionales. Nos creemos dueños de nuestras vidas cuando en realidad nos hallamos sumidos en un estado de permanente afectación con respecto a lo que nos rodea. Y, dependiendo de nuestra capacidad racional, aquella que se manifiesta cuando las emociones ya han jugado previamente contigo, asumimos los acontecimientos de manera muy distinta. Por eso, personas de la misma condición social, cultural, económica, política, etc., reaccionan de muy distinta forma frente a los mismos problemas o adversidades.

Así pues, volviendo a las personas tóxicas, se recomienda alejarse de ellas rápidamente. Si se encuentran en tus círculos más cercanos, hay dos pasos: el primero, comprobar si es posible alejarse o no de ese ambiente (los más típicos son el laboral, más comprometido, y el amistoso, más doloroso). En caso de no poder evitarlo, puesto que se trate de un ambiente integrado entre tus hábitos cotidianos, entonces habrás de decidir cómo sentirte. ¿Molesto, amargado por tener a esas personas cerca o simplemente indiferente, permitiéndote disfrutar de todo lo demás que no está contaminado? Complicado pero crucial para vivir con dignidad. Tenemos que aprender a inmunizarnos, y esto requiere mucho, muchísimo tiempo y esfuerzo, pero la recompensa emocional no tiene precio.

boomerangEs más, tengo la teoría de que no vale la pena en absoluto sentirse más afectado de lo necesario, ya que podéis tener por seguro que dichas personas recibirán su toxicidad de vuelta cual boomerang. Ya lo indica la filosofía tántrica: cuando tratamos a alguien mal, injustamente, o simplemente cuando desprendemos negatividad hacia otras personas en forma de quejas y críticas destructivas constantes, no nos sentimos bien. Por regla general, el ser humano no disfruta haciendo sufrir a los demás (aunque las noticias televisivas nos hagan pensar que sí) ni exteriorizando sus desgracias gratuitamente a troche y moche (de hecho, esta actitud les engancha, es importantísimo cortarles de raíz), de manera que, cuando proyectamos este comportamiento nocivo, el malestar rebota inevitable y exponencialmente hacia nosotros.

Lo mismo ocurre con el positivismo. ¿No os sentís felices en compañía de personas que sonríen constantemente y que destacan por su amabilidad? Haced memoria. ¿Recordáis qué fácil os contagian su alegría y os sentís agradecidos por el agradable rato que os hacen pasar? Tengo una amiga que es así. La veo con menor frecuencia que a otras amistades pero siempre está ahí, cual luciérnaga en plena noche, ocupando un lugar especialmente iluminado en mi cerebro. De hecho, voy a hablar de ella, porque me apetece y me hace sentir bien pensar en que existan personas tan maravillosas:

Esta chica acaba de mudarse a Madrid para buscar trabajo. Tomó una decisión, se organizó y se tiró a la piscina con un entusiasmo precioso. Al reunirnos la última vez, me comentó que se le pasaba el tiempo volando, que no paraba de hacer cosas y que tenía mucha suerte de toda la gente buena que estaba conociendo. Ahí me permití decirle sinceramente: “no se trata de que estés conociendo gente buena, sino de que tú la estás atrayendo”. En su adorable humildad, no se quedó muy convencida, parece que continuó atribuyéndoselo a la suerte, pero una servidora está absolutamente convencida de ello.

Ypositivismo no hablo de que por desprender energía positiva constantemente a uno nunca le pase nada malo, en absoluto, afirmar eso sería profundamente surrealista porque así de puñetero es este mundo y esta vida; pero sí que tenéis que saber que, en gran medida, sois dueños de vuestro destino. Un ejemplo simple es que precisamente esta amiga mía, a su llegada a Madrid, trabajó una primera vez como freelance en una empresa cuya jefa resultó harto desagradable. Una persona a todas luces tóxica. Sin embargo, mi amiga decidió darle una segunda oportunidad, no fuera a ser que hubiera tenido un mal día. La experiencia negativa se repitió, lo que confirmó oficialmente su carácter tóxico. ¿Qué pasó? Que en lugar de seguir tragando, mi amiga decidió no volver más.

Parece fácil, ¿no? Pues qué difícil nos resulta cambiar normalmente… Reconozco que a menudo se sufren ciertas ataduras, como una hipoteca o una familia que mantener, pero a menudo estos factores se convierten en las excusas perfectas para soportar una vida espantosa que probablemente sería distinta de tratar de arriesgarse y buscar una posición mejor, siempre desde el análisis concienzudo de las posibilidades, por supuesto. Aparte, este recorrido existencial (estudio/aprendo un oficio, trabajo, me caso, compro una casa y tengo hijos) está siendo destruido a grandes zancadas en nuestro país a raíz de la situación económica, momento en que quizá debamos pensar más que nunca en lo que nos gustaría hacer y cómo conseguirlo o encaminarnos mínimamente hacia ello, aprovechando el despertar que ha supuesto este drama en medio de una sociedad que cada vez se siente más inquieta y más predispuesta a perseguir sus sueños. O eso creo notar en torno a mi generación.

Total, me estoy yendo por las ramas, así que regreso a las personas tóxicas y las luciérnagas. Lo dicho: huid de las primeras. Ya que en un principio os pueden pillar de sorpresa, proceded lo más rápidamente posible a eliminarlas de vuestra mente junto con la influencia que puedan ejercer. No tiene sentido alimentarlas sin rumbo psicoanalítico ni serán en absoluto relevantes dentro de una temporada más corta o larga de todas formas. Ni siquiera la venganza es necesaria porque, además de que os enveneraría el espíritu y agraviaría vuestro humor, la podredumbre ya está en su interior, esas semillas que ellos mismos siembran y abonan exteriorizando su contaminación hacia los demás y volviéndose cada vez más nauseabundas. ¿Para qué desearles siquiera mal alguno si ya tienen suficiente con el suyo propio? Tú estás por encima, estás en otro nivel en el que no solo responder sería rebajarse, sino también aportarse aún más negatividad de vuelta. No querrás esas semillas podridas en ti mismo, ¿verdad?

positivismo y negatividadAcercaros a las luciérnagas. Ellas os elevarán hacia lo que más os gusta de las personas, os harán recuperar la confianza en el ser humano, os darán ganas de vivir, de reír, de disfrutar, de alejaros de lo que os desestabiliza y de lo que os encoge el corazón en un incordio de pellizco innecesario e inútil, de nulo uso.

Amistades que se tuercen, jefes insufribles, parejas tortuosas, compañeros insoportables… Incluso el mero hecho de definirlos ya les da nombre y fuerza, ya les da importancia. ¿Para qué empañar tu tiempo y tu mente de tales vulgaridades? ¡Habrá cosas en las que pensar, sobre las que reflexionar y que disfrutar! No solo pertenecientes a las situaciones mundanas sino a otros universos reflexivo-filosóficos, poco apreciados a menudo a causa de nuestro egocentrismo natural (qué se le va a hacer, somos así). Además, solo tienes que preguntarte si acaso te mereces sentirte mal. ¿No? Entonces no te permitas auto-castigarte.

Por otra parte, también existe la posibilidad de que se haya producido un malentendido o efectivamente hayas tenido la culpa de algo, en cuyo caso no hay nada más sano que hablar las cosas con educación para disculparse y arreglarlo. Si eres demasiado orgulloso como para esto, la negatividad brotará de ti mismo; si lo intentas y la otra persona no es receptiva o incluso no hace el menor esfuerzo por contribuir, caso perdido. Y, por suerte, nadie es imprescindible en esta vida, así que ya sabes lo que hacer.

Dedicado a todas las luciérnagas de este mundo.

Maldita sinceridad

Creo que es mi mayor defecto. El ser humano no está preparado para escuchar lo que no quiere que le digan, para asimilar lo que insiste en negar, para aceptar como válida una perspectiva ajena que le pueda doler aunque sea una verdad como un puño. Dicha perspectiva, por supuesto, no deja de ser subjetiva normalmente, sobre todo cuando hablamos de la percepción que le está transmitiendo un ser humano a otro, es decir, la opinión que se tiene del otro, ¿me entendéis? Y para gustos, colores.

Nunca dos personas se van a conocer de la misma manera que con una tercera. Aunque se coincida en puntos de vista sobre la otra persona, se comente cómo es y nos sorprendamos opinando lo mismo, cada uno es un mundo. O eso espero, porque yo a mí misma no me abarco, es que no me abarco, es que hay veces que me he montado unos monólogos que no son ni normales, ni su comienzo ni su desarrollo ni su final ni la cara que se le queda a quien me está escuchando e intentando comprender (el cual suele acabar entre riéndose y flipando).

Y tampoco estos monólogos se sueltan de la misma manera según la persona que lo reciba. A veces, si hay confianza y/o cariño, a una le dan ganas de contarlo de manera cómica para hacer reír, sobre todo porque ya pasó, porque ya no importa tanto. Sin embargo, si te pilla una determinada circunstancia justo en los inicios, donde más ilusión y felicidad te provoca, o donde más duele, donde más jode; te vuelves, respectivamente, una quinceañera repelente o, por el contrario, te transformas en un arrebato de furia con patas, sin lugar para las risas.

¡Es que es curiosísimo! ¿Y cómo comentar este tipo de cosas/ralladas/paranoias de manera que te entiendan? ¿Cómo abrir la mente cuando al intentarlo salen los pensamientos tan atropelladamente que no hay dios que te pille? ¡O sí! Hay unas pocas personitas, muy escasas, que no se me van a olvidar, o que por lo menos se me vienen a la mente en ciertos momentos en los que echo de menos a alguien con quien el soltar algo, lo que fuera, por la boca suponía una conversación, un análisis del porqué, el detonante, las consecuencias; una búsqueda del origen, y el intento de llegar a una conclusión.

Difícil. Extremadamente difícil. Sobre todo además cuando faltan argumentos, faltan explicaciones científicas. De lo empírico no se vive, o más bien nadie te da la razón, aunque no sé por qué para unas cosas se piden tantas pruebas cuando luego llega uno, dice que cree en Dios y nadie le dice “¿que tú qué?”. Esto yo tampoco lo haría, evidentemente, solo es un ejemplo, me parece totalmente respetable, ojalá yo fuera capaz, así dejaría de deprimirme el tema de la muerte.

El caso: que no, que no se puede ser sincero. Ni soltar lo que a uno se le ocurra, aunque se esté deseando decirlo, ni levantar la veda de las inquietudes más profundas, porque pocas mentes las van a abarcar. Pocos cerebros se van a corresponder con tu línea de pensamiento, escasas neuronas conectarán con las tuyas para compartir tus movidas mentales. Y así con todo el mundo, no hablo solo de mí, está clarísimo que yo también seré incapaz de enlazar con miles de millones de otras mentalidades repartidas a lo largo de este mundo.

Para empezar, la virtud de escuchar está bastante extinta. Y de la poca que queda, menos percibo. En parte porque estoy completamente convencida de que, aunque te presten atención en un determinado momento, cada cual tiene demasiados problemas, demasiadas preocupaciones sobre sí mismo como para acordarse de ti mínimamente tan a menudo como tú mismo. Esto es realista, no es triste, forma parte del género humano. ¿Por qué digo esto? ¿Por qué lo plasmo, cuando me van a venir no sé cuántos diciéndome que estoy definiendo al género humano como egoísta por naturaleza? Porque ni siquiera me parece egoísmo, solo lo veo así, natural y humano. Joder, que en mí aparte de mi madre y mi padre no va a pensar nadie más que yo en la puñetera vida, y el que diga lo contrario se engaña a sí mismo.

Me estoy yendo brutalmente por las ramas. El tema de este post era en realidad… ese dolor que provoca la sinceridad. Aunque te la pidan. Nadie la quiere. Ya lo sabe todo el mundo: “la ignorancia es la felicidad”. Totalmente cierto. Cuanto más sabes de este mundo, más asco te da. Por supuesto que hay mil millones de cosas, personas, actitudes maravillosas, pero no nos engañemos: más crudo el alcance mortífero y destructivo de la humanidad, imposible. No paro de pensarlo últimamente: si las cosas se hacen bien, más fácil para todo el mundo, pero eso nunca es así, ni en la calle ni en un trabajo ni en un país ni siquiera en el McDonald´s de la esquina porque esa muchacha con cara de amargada no es capaz ni de ponerte una hamburguesa en condiciones. Y no estoy siendo dura porque esto lo hemos pensado todos en más de un momento de nuestras vidas: para hacerlo mal, mejor no hacerlo.

¡Volviendo a la sinceridad! Creo que hoy he matado psicológicamente a un muchacho. No era mi intención en absoluto, pero tengo la sensación de que lo he machacado bestialmente. De verdad que lo siento por él, probablemente no se lo merecía, pero yo no hacía más que decir lo que sentía. ERROR. ¿Desde cuándo eso le iba a aportar algo útil al chico? ¿Acaso te iba a entender tal y como tú pretendes emitir tus pensamientos? ¡No! ¡Nadie lo hace! Siempre entra en juego la interpretación, esa lacra innata que te hace ver las cosas como te pide el cuerpo (a veces mal y a veces bien) en vez de como te lo transmiten, cosa que de por sí yo misma he ido descubriendo mientras hablaba.

Parecía rencor. ¿Lo era? Ya no estoy segura, no me sentía rencorosa en absoluto, pero todo apuntaba a que sí. No tenía sentido, no había motivos, o yo no los veo. Nadie me debe nada en la vida como para sentir rencor, a menos que me haya jodido realmente. No ha estado bien ¿No? No lo sé. Simplemente, mientras iba soltando cada puñalada, cada frase políticamente incorrecta, era tan… transparente, puro, directo. Tan sincero. Tan sincero, que no era necesario. Porque tampoco el efecto es nunca el deseado cuando te pasas. Porque el efecto suele ser dolor, y ni siquiera buscabas eso, solo intentar hacer pensar, tratar de transmitir, de hacer comprender un punto de vista, procurando a la vez dejar muy claro que solo consiste en eso, en MI punto de vista, nada global. Subjetivo, abierto, espontáneo, personal.

No obstante, incluso me ha preguntado qué me ocurría, qué me habían hecho. Aquí me he quedado parada por un momento. Sin duda, tenía razón, aunque en aquel momento negara hipotéticos motivos que justificaran mis ¿duras? respuestas. Y no lo admitía porque no lo distinguía, pero no hace falta ser muy listo para saber que nuestro estado de ánimo siempre nos influye a la hora de expresarnos hacia el exterior, siempre, tanto en las ganas de hablar más o menos como en la forma de decir las cosas (y ya con alcohol de por medio ni os cuento, que no ha sido el caso hoy, y menos mal).

No compensa ser sincero. Normalmente, no. Entre que no te entienden como querrías (ni siquiera tú sabes en ocasiones cómo interpretarte después de soltar tantas cosas), que dejas en la otra persona un sabor de boca espantoso y que tú también te sientes luego mal por no haberte callado la boca… No, no compensa.

Y así vamos. En un mundo en el que constantemente pensamos lo que no decimos, decimos lo que no pensamos, hacemos lo que no queremos hacer, nos reímos cuando no nos ha hecho gracia, abrazamos cuando no nos apetece y aguantamos las lágrimas cuando estamos deseando soltarlas. Y nos avergonzamos cuando nos sentimos más humanos, cuando nos exponemos más, cuando nos encontramos más débiles ante las adversidades, cuando nos abrimos hacia los demás. Ahí, nos damos vergüenza. En nuestro mayor punto de humildad.

Inconformismo perfecto

Ya no sé si las relaciones son complicadas o las complicamos nosotros.

Me rallo con lo más fácil. El tiempo libre, será lo que tiene xD. No me rallo, sino que pienso, reflexiono, me viene flashes raros a la cabeza de lucidez aún por clarificar en palabras, o al menos sensaciones concretas y no retazos de “oh, creo que ya lo entiendo… um, bueno, va a ser que no, o casi, se ha quedado a medias”. Y se esfuma de repente, como si nunca hubiera pasado por aquí, como si nunca hubiera existido, como si solo fuera producto de mi mente, que en realidad es efectivamente de lo que se trata aunque con capacidad para materializarse, si es que llegara a aclararse en algún momento. Pero ya si se dislumbrara, daría lo mismo esta pequeñez, porque se habría olvidado de tan diminuta y fugaz que fue en su momento.

Finisterre personal. En francés: “fin de la tierra”; en bretón: “comienzo del mundo”. Vaya dos perspectivas más contradictorias. ¿Mentalidad de cada cultura?

Es una paranoia sana, curiosa, profunda, maravillosa. O una gilipollez inútil de la que me sirvo para regodearme, soltar palabras, escupir frases que me suenan guay (o al menos, rallantemente profundas, o profundamente rallantes) y quedarme la mar de a gusto mientras hago tiempo para acostarme más tarde, siguiendo la tradición del verano, de un verano, de casi todos los veranos, por ahora, quizá el último. El último en estas circunstancias, claro, que solo me queda un año de carrera y ya irá tocando aprovechar el tiempo. De otra forma, claro, porque más ancha que ahora tirá en el sofá escribiendo no se puede estar, casi sería feliz así el resto de mi vida. O no, qué coño, pero en este momento me resulta la rehostia de placentero.

– Ser humano es una mierda :(.

– Yo creo que es maravilloso, con sus más y sus menos :).

Entonces empiezas a distinguir cuándo hablas demasiado, cuándo conversas muy poco, cuándo te has pasado de listo o de confianza, cuándo te has quedado corto de desparpajo y simpatía. También aprecias cuándo has cumplido con tus requisitos de armonía y serenidad, cuándo el desfase y la diversión se han sucedido controladas en todo su bestial esplendor, vamos, cuándo has hecho algo de puta madre o ha ido algo perfecto.

Y luego vuelves a ver que solo podían haber salido las cosas así. Que pensar en que podía haber hecho esto o podía haber hecho lo otro es una chorrada, porque nunca sabrás la fatalidad o grandiosidad de las consecuencias hacia las que te habría llevado. En cualquier caso, seguro que habrían sido igual de cansinas.

Ves que te contienes, que se te escapa, quieres aquello pero no va a pasar, no te apetece eso pero tienes que aguantarte. Inconformismo puro y duro. O ganas de quejarse, según se mire.

De cualquier forma, es perfecto así. Ni más ni menos, ni mucho ni poco, ni blanco ni negro, ni feo ni guapo. Aparentemente.

Inmaculado, uniforme, liso, rugoso, puro.

Te olvidas de lo que tienes delante hasta que te lo recuerdan. Porque normalmente no vas a reconocerlo por ti mismo, necesitas una ayudita como ser humano, una palmadita, una hostia bien dada ;). Y luego, en casa, sigues pensando, reflexionando y sonriendo, llorando o ambos solo, tú solo, porque al fin y al cabo es lo único que tienes. Y es lo más poderoso que tendrás jamás.

Cállate pero sigue. Podría ser el título de una peli porno/erótico-festiva, así que no lo pondré para este post, aunque haya sido, en principio, una inocente posibilidad hasta que un atisbo de pensamientos perversos se han encargado de corromperla. Esto no le pasaría a un niño de 9 años. Pero tampoco se comería tanto la cabeza. Por eso son más felices. Y mucho más ignorantes. Yo prefiero conocer y fastidiarme, o resignarme, o aceptar, antes que ignorar e ir de “happy” por la vida. Me encanta el realismo. La realidad. La más pura y dura realidad, donde más duela, donde más alegría te produzca, donde más claramente te llegue todo aunque sea como la más amarga resaca de cerveza (para mí, muy desagradable), y donde lo que te guste sea lo más parecido a un orgasmo.

Masoca enamorada del realismo, feliz esclava de la verdad. Esa soy yo. ¡O no! Que sí, hombre, más o menos. Uf… definirse es limitar. Qué gran coñazo de afirmación.

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