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Posts Tagged ‘sexo’

El éxito de los videoclips musicales “sexuales”

Supongo que muchos os habréis preguntado qué tienen ciertas canciones y, sobre todo, sus videoclips, como para atraer tanta atención y conseguir la amplísima difusión online de la que gozan. Canciones del tipo…

Es decir, animadas, rítmicas, y bastante similares entre unas y otras, partiendo siempre de los mismos patrones. Todo cuerpo, giros, caderas, figuras sinuosas y caras bonitas. ¿Por qué esta superficialidad que nos desboca y, aunque no nos encante la melodía, nos hace quedarnos ansiosos, expectantes, como con ganas de más, una y otra vez ante las mismas imágenes?

Porque el morbo nos engancha. El significado de esas letras, el sentido sexual de las relaciones entre los personajes de esos vídeos, su belleza física anhelada por todos, su poder de seducción, su mundo en el que los sueños se ven fácilmente cumplidos a través de bailes, miradas y sonrisas. Sus cuerpos perfectos, sus universos maravillosos.

El placer, el triunfo, el éxito, la alegría, la euforia contagiosa. Y, en otras ocasiones, como podéis comprobar en la siguiente canción (muy de moda actualmente): la cercanía, la pura ambición, la manifestación del deseo cuasi-concedido, junto con el ansia de considerarlo posible y tangible… Tenerlo ahí mismo dejándote con la miel en los labios, básicamente.

Mil y un factores tanto conscientes como subconscientes (en determinados casos altamente favorecidos por las edades tempranas y la condición del género femenino) que se funden con la inteligencia de ellos, los dueños de tantas provocaciones totalmente intencionadas, y sus simpáticas artimañas, con las que nos tientan estratégicamente, sabiendo perfectamente por dónde cogernos y llevarnos.

Ante la duda, obsérvese al público de este muchacho brasileño en el vídeo, cuya canción Ai se eu te pego ha alcanzado la fama mundial, favorecido (todo hay que decirlo) por el baile que hicieron los futbolistas Marcelo y Cristiano Ronaldo celebrando un gol. Por cierto, acabo de comprobar que Michael Teló tiene 30 años. ¡Quién lo diría!

Así pues, crea un producto sencillo, sexy y con una coreografía semi-erótica y el éxito está asegurado. Y si no hay baile, no importa: con un rostro atractivo y una letra mínimamente parecida a una declaración de amor (o de deseo), suficiente.

Próximamente, en relación con este tema: breve análisis de los anuncios de colonias y perfumes.

Los hombres son muy complicados (II)

Tras Los hombres son muy complicados (I), aquí viene la segunda parte que, como ya aclaré en el post anterior, se halla ligeramente más dirigida hacia la parte erótico-festiva de las relaciones (eufemismo para “complicaciones”) con los hombres de hoy en día. Repito que desde el respeto y tanto experiencias propias como ajenas y, sobre todo, con plena conciencia de que las mujeres somos perfectamente equiparables en cuanto a las movidas interpersonales. No obstante, estos posts se han creado para hablar de ellos y no de ellas. Allá vamos:

  • Adulaciones continuas, piropos, halagos, fantasías sexuales y sucedáneos que te dedican continuamente vía red social para luego comportarse como si nada en persona, dejándote sin saber si pensar en que son unos auténticos fantasmas, viven de pajas mentales (o reales) o qué.
  • “Uau, sí que has mejorado con el tiempo”. ¡Ah! ¿Ahora sí te intereso y antes ni me mirabas a la cara? Así no se empieza. Así, no.
  • Sujetos que se sienten acosados y se asustan en cuanto les dices un par de cosas (en ocasiones, exclusivamente por Internet). Bienvenidos al siglo XXI y a la liberación de la mujer, cromañones. Para las pocas que deciden tomar la iniciativa, no os acojonéis, por favor.
  • De esto que se te acerca un ser (dejemos de lado sus características físicas) nada más cruzar tú los pies por la puerta de una discoteca y ya coloca su mano en tu cintura, a lo que le pides de lo más educadamente que la retire. Su respuesta: “qué hijas de puta que sois todas”. Delicadeza a la orden del día.
  • “Tengo novio… Oye, que tengo novio… Perdona, ¿te he dicho que tengo novio, pesado de mierda?”. Y luego nosotras somos las desagradables y las bordes. Un poco de respeto al resto de vuestros congéneres.
  • Esos esfuerzos sobrehumanos por camelar a la víctima elegida con el único objetivo de echar un polvo… A ver: menos trámites. La que quiera, lo sabrá desde el principio; la que no, también.
  • Innombrables, por no soltar una burrada, que son conscientes de que portan algún que otro bicho (pasajero, no nos metamos en el VIH, que son palabras mayores) y que te prometen y perjuran que no tienen nada, ya llevando cierto tiempo de relación con ellos. Menuda la cara que se te queda cuando te lo pasan.
  • A las mujeres NO nos gustan los miembros viriles enormes. Habrá a las que sí pero, en términos generales, no es santo de nuestra devoción. La explicación es sencilla: duele. Y, en ocasiones, no cabe. Quitaros esta idea de la cabeza.
  • Erecciones que se reducen al tamaño de un cacahuete en cuanto ven, o siquiera escuchan la palabra, condón. Señores, ya va siendo hora de tomarlo como un componente fundamental del acto sexual.
  • Para terminar, un poco de cultura general: un vibrador es un instrumento dedicado al libre y voluntario placer íntimo de las mujeres para explorarse a sí mismas y contribuir a la independencia sexual. No los adquirimos por “no sentirnos lo suficientemente satisfechas con los hombres”. Los que penséis esto, madurad o morid.

Cual casa de putas

Relato ficticio. Autora: María González Amarillo.

Circe se mira al espejo. No se reconoce. Un rostro demacrado, machacado, reventado por el roce. Como si sus más terribles miedos estuvieran intentando salir a través de las mejillas, minando en su furia la piel, marcándola, rasgándola, enrojeciéndola. Unos ojos tristes y ensombrecidos color miel forman parte de este tenebroso cuadro, de esta nariz desconocida, de estos labios medio arrancados, de estos pómulos cuyas marcas no son las típicas de la almohada. Preciosa Circe, ¿qué te has hecho?

Una alegre noche, ¿eh? Una maravillosa velada truncada por los objetos de deseo. Te sentías bella, imponente, fabulosa. Nada podía contigo, arrasabas a tu paso. Tus ojos brillaban e invitaban al placer, tus labios relucían con su intenso carmín, tu amplia sonrisa cautivaba a todo el que se encontrara alrededor y tus movimientos de caderas se sabían perseguidos por miles de miradas.

Y volviste a cometer el mismo error. La piedra de siempre está a punto de desaparecer en forma de gravilla de tanto tropezarte, bonita. Te divertiste con uno, con otro, un tercero, otro más. ¿Dónde está tu límite? Bueno, aún así, no dejaba de ser una situación agradable, incluso cariñosa. Bailar, prestar besos, repartir amor por todo el espacio…

Hasta que le metiste en tu casa. Ya sabías por el camino que no era buena idea. ¡Ay, linda y joven Circe! Te dejaste llevar demasiado. Rebasaste la línea. Y solo tú tienes toda la culpa. Por suerte, solo te insistió un poco para que le hicieras una felación. Te negaste, por supuesto, ¡aquello era demasiado! Él te presionó un poco más. Empezaste a llorar. Eso no se lo esperaba. Te acordaste de que no era la primera vez que te sucedía. Hacía ya tanto tiempo, que se te había olvidado el asco que te daba ese tipo de situación. Te acordaste de todas las veces anteriores y te insultaste.

Pero, sobre todo, te acordaste de él. Del protagonista de tus sueños. Del que realmente se preocupa y vela por ti. Del que siempre te acuerdas cuando te sientes mal a raíz de cada uno de esos malditos polvos innecesarios. Del dueño de tu corazón y la melodía que impregna todo tu cuerpo de su ser.

Y, aún así, dejaste que aquel impostor te penetrara, en vez de echarlo inmediatamente de tu territorio, de tu único mini-cosmos personal. ¿No te gustó? Claro que sí, lo físico se disfruta por naturaleza. Mas, en realidad, lo que más ansiabas era que se acabara ya. Al menos, se había puesto un condón, no todos lo habían hecho. Tampoco le habrías dejado… ¿verdad, Circe? Mira, otro golpe de suerte: acabó rápido. Te alegraste enormemente por la existencia de la eyaculación precoz.

Entonces, tal cual se separó, te dijo: “bueno, guapa, pues lo siento pero me voy a tener que ir”. Hasta ese momento ni te habías planteado el querer que permaneciera contigo. De hecho, era lo último que deseabas pero, en cuanto soltó aquella blasfemia, como si tú le hubieras suplicado que se quedara, te jodió. Porque le había faltado tiempo para huir, para quitarse de en medio. ¿Para qué dar ni medio abrazo cuando ya se ha descargado el material?

Y en cinco minutos y dos besos, cerraste la puerta. Para no volver a verlo nunca más. Para sumirte en las tormentosas profundidades de la inconsciencia y la inmadurez. Para recordarte lo imbécil que has sido, en resumidas cuentas.

Sucia. Te sientes sucia. Corres a la ducha, te frotas hasta hacerte daño incluso, y no te importa porque te lo mereces por haberte faltado el respeto a ti misma una vez más. Vuelves a tu habitáculo contaminado de su esencia y ni miras las sábanas corrompidas mientras las arrancas para cambiarlas y romper todo lazo mental. Por fin puedes tumbarte tranquila. Respirar hondo, reflexionar, prometerte una vez más un “basta”, un “nunca más”, un intento por preservar la propia dignidad que se te había escapado en escasos minutos.

Y así fue como la hermosa e inocente Circe erró de nuevo. Volvió a permitir que usurparan su intimidad bajo los efectos del encanto y del alcohol. Y el intruso indebidamente invitado, tal y como había venido, se había ido de su pequeña madriguera, sin mirar atrás, sin procurar honrar su integridad manchada ni su humilde morada. Cual casa de putas.

“Buscando al hombre interior”

Por Irvine Welsh en Trainspotting. Este libro es genial.

Dr. Forbes: ¿Qué odiabas de Aberdeen?

Yo: La universidad. Los profesores, los estudiantes y todo eso. Pensé que eran todos unos capullos de clase media aburridos.

Dr: Ya veo. Eras incapaz de formar relaciones con la gente que había allí.

Yo: No era tanto falta de capacidad como falta de ganas, aunque supongo que para tus propósitos significa lo mismo (el doctor Forbes encoge los hombros con gesto indiferente)… no tenía interés alguno en ningún cabrón de por allí. (Pausa). Quiero decir, que verdaderamente no veía para qué. Sabía que no iba a estar allí mucho tiempo. Si quería palique, me iba al pub. Si quería echar un polvo, me iba con una prostituta.

Dr: ¿Pasaste tiempo con prostitutas?

Yo: Sí.

Dr: ¿Se debía esto a que carecías de confianza en tu capacidad para establecer lazos sociales y sexuales con mujeres de la universidad? (pausa).

Yo: Nah, sí que conocí a un par de chicas.

Dr: ¿Qué pasó?

Yo: A mí solo me interesaba el sexo, en vez de una relación. Realmente no tenía la motivación como para intentar disimularlo. Vi a esas mujeres como puros medios de satisfacer mis necesidades sexuales. Decidí que era más honesto acudir a una prostituta en vez de jugar a engañarlas. Era un cabrón bastante moral en aquellos tiempos. Así que me gasté el dinero de la beca en prostitutas, y robaba la comida y los libros. Eso es lo que dio comienzo a los robos. No era el jaco realmente, anque obviamente no ayudó.

[…]

Así solía ir la cosa. Un montón de temas sacados a la luz; algunos triviales, algunos fuertes, algunos aburridos, algunos interesantes. A veces decía la verdad, a veces mentía. Cuando mentía, a veces decía las cosas que pensaba que él querría oír y a veces decía algo que pensaba que le cabrearía o le confundiría.

Pero que me jodan si veo la relación entre todo eso y meterse jaco.

Pequeñas criaturas

Que no le vayas con esa cara inocente, guiño de ojos, mano en garfio en señal de que se acerque.

Que no le hables de buen rollo cuando tu objetivo es metérsela.

Que no le invites a una copa, que no está en venta ni es una puta.

Que no le mientas para tratar de impresionar, que luego te reduces a una basura de recuerdo, una bazofia, un error.

Que no juegues con ella, que no es un jodido instrumento sexual.

Que no la sobes, no le insistas, no le toques, no la agobies, ella solo se quiere divertir.

Que no le lleves a tu casa para “dormir juntitos” cuando te la quieres follar.

Así se levantan niñas de 13 años en camas desconocidas, sábanas manchadas de sangre y ojos bañados en lágrimas. Y un cuerpo masculino durmiente dándoles la espalda, ocultando su rostro entre sombras, indiferente, impasible, saciado, importándole ya un carajo todo romanticismo.

Pequeñas criaturas inconscientes que salen con la idea de bailar y pasarlo genial con sus amiguitas pero al atravesar la puerta de mamá y papá se emborrachan, intentan andar en tacones de diez centímetros de altura con un resultado lamentable, desenfundan los vaqueros y guardan el fular en el bolso para desfilar con un vestidito despampanante y lanzan miraditas a todo ser con polla que les hace un mínimo de caso y que normalmente les pasará varios años de ventaja.

Vamos, que llevan el coño al aire y se pasan la lengua por los labios cual mini-putón berbenero y luego pretenden que las respeten.

Entonces… ¿quién tiene la culpa?

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