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Un día de los que te recuerdan el sentido de la vida

Ayer asistí a un evento llamado 43 artists for Ayotzinapa III. El objetivo era recaudar dinero para las familias de los 43 estudiantes mexicanos desaparecidos el 26 de septiembre del año pasado. Aún no se sabe dónde están, ni si viven o han sido asesinados. Ni rastro de ellos, de un grupo de nada más y nada menos que 43 jóvenes de origen indígena y un alto nivel de pobreza.

El secuestro fue de tal calibre que México cada vez se levanta más en contra de la injusticia. Sin embargo, necesitan el apoyo de otros países, del mundo. Por muy impactante que suene, estos 43 son solo el reflejo de un país en el que al año desaparecen y mueren miles y miles de personas sometidas por la corrupción y la mafia.

Durante la tarde de ayer, 25 de julio de 2015, se quiso recordar a estos estudiantes, símbolo del caos político en el que nuestros vecinos están sumidos. Entre danzas indígenas, conciertos de música africana y reggae y discursos activistas, se compartió un sentimiento de unidad universal, de lucha contra la injusticia. Y me siento muy orgullosa y feliz de haber formado parte de ello.

Ayotzinapa

Conocí la existencia de este proyecto gracias a mi situación actual, la cual os detallo brevemente a continuación: llevo más de un mes con un permiso de trabajo… Sin trabajo como tal. Este permiso me lo ha proporcionado la universidad de Riverside (UCR) en la que previamente he estudiado un posgrado de empresariales. Durante el curso, repetidas veces nos comentaron varios profesores que debíamos recurrir a contactos para encontrar trabajo, ya que, según las estadísticas, el 80% de los empleos se consiguen a través de contactos.

Como comprenderéis, si mi lista de contactos para lograr trabajo en España ya era reducida, aquí ni existía. Era nueva, recién llegada, y extranjera, cosa que teníamos que convertir en nuestra ventaja en vez de un inconveniente de cara a las empresas. Un pifostio. A ver, tienen razón en que los puestos de las páginas de empleo son un pozo sin fondo. De los que solicitas, quizá un 10% te llama, y luego un 1% te cogerá, nivel al que aún no he llegado, pero que tal vez esté alcanzando por otros medios. Me explico:

Plan A: contactar directamente con los medios de comunicación hispanos y las empresas de marketing más importantes de San Diego. Tras mandarles emails, llamarles e incluso plantarme en sus puertas, resultado: dos trabajos freelance, uno de redactora para uno de los periódicos hispanos de San Diego y otro de editora de publicaciones para páginas de Facebook de clientes de una empresa de marketing, también hispana.

hell yeah

Problema: si acaso, me cubren los gastos de comida pero no me dan para mantenerme en un estado en el que con mil euros al mes no sobrevives ni de casualidad, y eso en mi situación actual, si tienes hijos ya no quiero ni pensarlo. Por tanto…

Plan B: a solicitar puestos a través de páginas de empleo como Indeed, Monster, LinkedIn… Cuyo retorno se hace de rogar, y cansa mucho, muchísimo, echar horas clickando sin confiar demasiado en recibir respuesta. Así que estoy volviendo al plan A y alternando ambos, porque si me paro a pensarlo, lo que tengo ahora, mis trabajos freelance, me han salido por ello, porque he ido y me he plantado en las narices de las empresas, no a través de internet.

Aparte, he empezado a dar clases de español, cosa que estoy disfrutando y que, a lo tonto, puede acabar pagándome el alquiler. ¿Problema parte II? Que, si me dedico a curros freelance, elimino la posibilidad de que una empresa me patrocine al final de mi año de permiso. El patrocinio implica que una empresa pague los cuatro o cinco mil dólares de turno para que un extranjero pueda quedarse en Estados Unidos con un visado de trabajo (el mío actual es de estudiante aunque me permita trabajar), proceso con el que pocas compañías están familiarizadas. Total, que está complicado, pero siendo freelance ya es imposible al no trabajar para ninguna empresa.

visado trabajo

Por otra parte, ¿quiero quedarme? Puede que sí, puede que no. De estar en buenas circunstancias laborales y económicas (y conseguir el patrocinio, claro), por qué no. En caso contrario, no voy a llorar por tener que regresar a Europa, porque cada lugar tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y no poder permanecer en un sitio demuestra automáticamente que me corresponde estar en otro. Y porque la calidad de vida en EEUU no es necesariamente la panacea.

Vamos, un cacao de inestabilidad y de incertidumbre, pero con atisbos de luz, de posibilidades. Volviendo a hilar con el tema del post: el trabajo freelance que tengo como redactora para un periódico es el que me permitió encontrar este evento noticiable, y la publicación del artículo, mi primer artículo periodístico, me ha abierto las puertas hacia la carrera que estudié en España y a la que tenía pensado dedicarme una vez acabara de estudiar (já), así como hacia otras formas de vida.

(Enlace a la noticia en pdf aquí)

Concierto por Ayotzinapa en el Centro Cultural de la Raza, San Diego (25 de julio de 2015)

Concierto por Ayotzinapa en el Centro Cultural de la Raza, San Diego (25 de julio de 2015)

Me explico de nuevo: siempre me imaginé trabajando de redactora para un periódico o revista. Luego, tras el máster de marketing, en un departamento o empresa de lo propio. Más tarde, me interesé por las causas sociales pero me di cuenta de que a base de ser voluntaria para organizaciones sin ánimo de lucro desgraciadamente no se puede comer y no contaba con la formación y experiencia requeridas para currar en ello de forma remunerada.

Ahora, contemplo el mundo freelance como una opción de lo más atractiva. No obstante, soy consciente de que no es el momento. Dedicarse a ser freelance al cien por cien requiere mucho tiempo y paciencia para ir creándose una cartera de clientes, contactos y recursos, y no te aporta la estabilidad y garantías que te da un trabajo de oficina. Por ello, actualmente no es mi prioridad, ya que ante todo necesito mantenerme por mí misma, pero queda en reserva para el futuro. En reserva de verdad, no como los propósitos de año nuevo. Mientras tanto, a informarse, a seguir buscando y redactando noticias ahora que por fin me han dado la oportunidad; a perseguir formas de dedicar mi vida laborable a comunicar contenidos de valor, que es mi pasión al fin y al cabo.

Vistas para reflexionar (Ocean Beach Dog Beach, San Diego, California)

Vistas para reflexionar (Ocean Beach Dog Beach, San Diego, California)

Por todo esto que estoy haciendo y las reflexiones a las que mis pasos me llevan, ayer tuve un día de esos en los que ves cierta claridad entre la neblina. En los que adviertes proyectos en los que te gustaría sumergirte sin importar si no es el momento porque siempre puedes comenzar por recabar información para luego cometer la menor cantidad de errores posible. Fue un día en el que, entre choques culturales y discursos sobrecogedores, reafirmé mi interés en los temas sociales y en plasmarlos y comunicarlos. Fue un día de los que te recuerdan el sentido de la vida, el sentido personal que motiva a cada individuo a lanzarse a una aventura determinada, el sentido que bien puedes conocer de antemano o descubrirlo sobre la marcha y que te hace sentir más vivo e ilusionado que nunca.

El amor obsesivo compulsivo / The obsessive compulsive love

Hoy, os traigo otro vídeo. Sé que da pereza verlos y que resulta lo más cómodo por mi parte en vez de escribir pero si lo cuelgo es porque lo considero digno de difusión.

Este fantástico discurso de amor lo recita un hombre que efectivamente sufre el trastorno citado.

Today, I’m showing you another video. I know you might feel lazy to see it and that it’s the easiest way for me to not write but I’m publishing it because I really believe that it should be spread.

This amazing love speech is indeed recited by a man who suffers the mentioned disorder.

Esto me lleva a cierta reflexión, o más bien a unas cuantas preguntas, como todo lo que nos toca un poco la fibra sensible en esta vida.

¿Hasta qué punto se manifiesta el amor de manera obsesiva y sigue siendo sano? ¿En qué momento se convierte en una tortura aquella que tan romántico te estaba resultando? ¿Cuántos aguantamos nuestros impulsos para que no nos llamen eso: obsesos, fanáticos, locos, agobiantes, absorbentes? ¿Por qué se esfuma la chispa, por qué el aburrimiento se adhiere a la longevidad parejil cual parásito? ¿La sociedad ha mejorado realmente en cuanto al amor, las relaciones, el respeto, la libertad de expresión? ¿Por qué nos acomodamos en una relación mediocre en vez de cortar por lo sano y continuar buscando mariposas en el estómago? ¿Tanto miedo nos da la soledad? ¿De qué sirve aprender historia, biología, matemáticas e inglés en el colegio si no te enseñan a tanto enfrentarte como a quererte a ti mismo?

Y preguntas y preguntas y preguntas…

amor obsesivo obsessed love

Like everything that hits a nerve a little bit in this life, this takes me to a certain reflection, or to some questions to be more specific.

Til when is love still healthy when being expressed in an obsessive way? How comes that moment in which what before was so romantic becomes a torture? How many of us keep our impulses for ourselves to not be called obsessed, fanatic, crazy, overwhelming, demanding people? Why do the sparks disappear, why boredom finds its place so easily within a long relationship like a leech? Has our society really progressed with regards to love, relationships, respect, speech freedom? Why do we stay in a poor relationship instead of making a clean break and keep looking for our butterflies in the stomach? Is loneliness that scary? What’s the point of studying history, biology, maths and english at school if you’re not taught to both face and love youself?

And more and more questions…

Conmiseración infundada

Una tristeza infinita. Una compasión ininteligible hacia el exterior, rozando el egoísmo, palpando la superficialidad, zambulléndose en un mar de prejuicios.

Predisposición hacia la desgracia ajena, se sepa o no. Lástima por ese rostro exento de hermosura y longevidad. ¿Seguro que nos basta con que la belleza esté en el interior? ¿Hasta qué punto nos hemos empapado de modas, tópicos, prototipos, etc, perdiendo nuestra propia esencia, la naturalidad, la espontaneidad?

El tren se ha quedado vacío. Unas tres personas y yo permanecemos, bien repartidas a lo largo de los asientos, ni se distinguen los rostros. Deben de haberse bajado como cuarenta del tirón, provocando cierta sensación de abandono, necesidad de preguntarse si se va por el camino correcto. Atisbo tembloroso de confiar en la masa. Animales de sociedad, todos, sin excepción.

Se han cerrado las puertas en medio del torbellino de pensamientos. Ya corremos hacia el próximo, y último, destino. Por esta vez, pues se avecina una época repleta de trenes. A ver cuáles cojo. Y cuánta maldad puedo evitar en cada uno de ellos. La que no tenía de niña, ni siquiera en la adolescencia. Y la que aún no tengo y me queda por delante.

Acaban de pegar a una mujer

Puede que sea un título algo tremendista, pero para nada lejos de la realidad. Hace una semana y poco, una mujer lloró a mi lado en el metro. Me quedé petrificada, no sabía qué hacer, y no me habría dado cuenta si no hubiera llegado a mis oídos un sollozo entre canción y canción del iPod. Pero no le dirigí la palabra. Lo pensé, me entró bastante ansia, experimenté de todo… mas no llegué a decirle nada, solo esperé a que el trayecto terminara rápido.

Cuando ves a alguien llorar, lo único que puedes deducir es que debe de necesitarlo mucho como para hacerlo en público (o tener ganas de llamar la atención, posibilidad tan válida como cualquier otra), pero no sabes si querría recibir algún consuelo o que le dejaran en soledad. Probablemente, lo más correcto habría sido preguntarle algo a la pobre mujer, solo que me pudo el pensamiento de que quizás la incomodaría mucho más. Se cubría el rostro, cabizbaja. ¿Qué habríais hecho vosotros?

Esta situación me recordó a una tarde situada escasos días antes, cuando tuve una conversación telefónica con una amiga. Una de sus primeras frases fue “le ha pegado”. A su novia. Un año y pico de relación aproximadamente. Muchos celos y ningún motivo para tenerlos. ¿Qué dice la chica? “Dos bofetadas, no fue nada”. Según mis últimos datos, por suerte se acojonó lo bastante como para poner tierra por medio.

Veamos… ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento se cumple con la definición de “maltrato”? Dicen que el maltrato psicológico es peor que el físico. Yo creo que tanto uno como otro te destruyen de igual manera. El psicológico duele como una sarta de guantazos, y el físico te mina el cerebro de mierda. En fin, entonces, como íbamos diciendo, ¿cuántas bofetadas hacen falta para cruzar la línea? Yo os lo diré: media.

Me horroricé cuando me lo contó. Rogué (rezar poco) por que esa muchacha pensara, reflexionara, actuara en consonancia con el respeto que su vida y su integridad merecen. Por ahora, está perfectamente decidida. Sigamos rogando para que no se arrepienta, no entre en paranoias, no quiera volver. Porque tras las peleas verbales y las primeras “dos bofetadas de nada”, bien puede venir el pico de una mesa en la frente o un puñal en el pecho. ¿Demasiado explícita? Realidades como templos, señores.

Ayer, en otra ciudad, otro ambiente, otras circunstancias y con distintas compañías, me volvieron a decir que habían pegado a una chica hacía poco. Sigo sin concebir el derecho con el que se cree nadie de asestar un golpe a otro ser humano. Repudio el feminismo exacerbado, pero ante esta perspectiva tampoco me extraña que un determinado grupo de mujeres decidan intentar tomar las riendas de la sociedad de ese modo. No se trata de poner al género gemenino por encima del masculino, en superioridad infinita e idolatrada; no creo que necesitemos en absoluto que se nos trate “como a reinas”, pero… ¿Qué tal si empezamos a procurar ser simplemente personas?

A esas chicas las conozco de muy poco. A una de una sola noche. Tiene una sonrisa preciosa y una alegría la mar de contagiosa. La segunda es algo más cercana, aunque prácticamente igual de desconocida. Vivaracha, agradable, igual de risueña. Y yo me pregunto… ¿y los miles de millones que no conozco? ¿Y las que no sonríen tanto? ¿Las que están encerradas? ¿Las que continúan fingiendo una felicidad inexistente? ¿Las que permanecen atrapadas en un bucle tortuoso del que no son ni conscientes? ¿Las que lo asumen como algo natural? ¿Las que no conocen el cariño ni creen merecerlo?

¿Cuántas de las que he tenido sentadas a mi lado habrán sido golpeadas? ¿Cuántas desconocidas? ¿Cuántas conocidas? ¿Cuántas amigas? … ¿A cuántas ni siquiera se les ve nunca el rostro, sumidas en su dolor, escondiéndose de las miradas, u obligadas a ocultarlo (ya sea de manera psicológica o estéticamente)? … ¿A qué nivel ha quedado la expresividad de las lágrimas? ¿Y el tono de los moratones? ¡Ah! Sí, a la altura del betún del zapato, idónea para darles puntapiés.

Lo más espeluznante es que, mientras me estás leyendo, en este preciso momento, otra mujer está siendo golpeada (probablemente más de una) en este mundo. Y, hasta que esto no cambie, a mí la sociedad nunca me parecerá ni avanzada ni “moderna” ni “contemporánea” ni nada, por muchos títulos que se le quiera poner y por mucha ciencia y tecnología que se estén desarrollando.

Porque, cuando la parte social del ser humano falla, todo lo demás solo sirve para despistarse de su propio horror.

Hacer el vacío

De repente, me he dado cuenta de que la actitud de “hacer el vacío”, con la madurez, se ve tal y como es: un comportamiento infantil y maleducado. Siempre he pensado que, si no quiero saludar a alguien, no tengo por qué mirarle a la cara, y si no tengo el más mínimo interés en alguien (tirando a que me cae mal, por cualquier circunstancia o conflicto), evitaría tener que responderle a lo que sea.

Pero… resulta incómodo. Ahora lo veo brutal y exclusivamente propio de niños chicos, a modo de “ahora me enfado y no respiro”. ¿Por qué no contestar a una persona? Bueno, depende de lo que haya ocurrido, claro, pero hoy por hoy se me antoja repugnantemente desagradable, e incluso inhumano, impropio de unos seres que, en teoría, nacemos con una predisposición natural a vivir en sociedad. Sí, claro, pero lo que es la “mentalidad social” no está para tirar cohetes.

Esa capacidad de ignorar por completo la presencia de la otra persona, anular su existencia cual espectro invisible, tacharle de menos importante que una mosca cojonera bajo la simple actitud de una indiferencia bestial y pasmosa. Exacto, como a un perro sarnoso (si no es sarnoso no, que entonces recibiría más atención).

En realidad, lo comprendo, porque lo he experimentado, pero me doy cuenta de mi error, de ese egoísmo, de la frialdad que supone ese comportamiento y de lo lejos que estamos en esta vida y este mundo de que las cosas vayan mejor si ya nos tratamos así entre los que más cerca nos encontramos, y encima perteneciendo a la misma cultura. ¿Cómo nos vamos a entender así con los demás, con los que no tienen absolutamente nada que ver con nosotros?

Algunos dirán, ¿y para qué entendernos con ellos, qué necesidad hay? Hombre, pues igual porque, cuanto más ampliemos nuestras propias miras, más aprenderemos, ¿no? No puedo hacerme ni a la idea de cuánto me podrían aportar las millonadas de personas a las que nunca conoceré. Y no voy a entrar en el debate de los medios de comunicación y las redes sociales, eso va aparte. Además, el ciudadano de a pie no aparece en una posición relevante en ellos si no se trata de algún tipo de escándalo, y para eso, apaga y vámonos.

Todo esto no significa que si se me pone delante un dictador/opresor/asesino/violador/etc le voy a poner buena cara, lógicamente, aquí ya es cuestión de distinguir con un criterio coherente entre unas circunstancias y otras. Pero vamos, el caso es que, por muchos y crecientes medios y formas de comunicación que vayan surgiendo, la comunicación como tal se puede dar por bastante muerta. Como mucho, en coma, y si me forzáis, en pleno parkinsonismo.

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