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El día que caminé de Lewisham a Leicester Square (I)

Ese día fue el sábado 26 de mayo de 2012. De esto que me encontraba holgazaneando en torno al ordenador, para no perder las costumbres del fin de semana, moviendo mucho el ratón y clickeando sin hacer realmente nada que pudiera entrar en la definición de “aprovechar el tiempo”, a la vez que la perspectiva de leer se me tornaba exageradamente soñolienta y la de ver cine un tanto perezosa también.

Había quedado a las 21 en Leicester Square, situado en pleno centro de Londres, y aún no era ni mediodía cuando le empecé a dar vueltas al tema. Total, me dije, para limitarme a languidecer adormilada por el calor sin hacer el más mínimo esfuerzo mental, qué menos que al menos forzar el componente físico de mi ser, sobre todo con el día que hacía, ¿eh o no, María?

Para que os hagáis una idea, a continuación tenéis una vista lejana y por encina del recorrido en Google Maps. En esta impresión de pantalla, no importa tanto el caminito del mapa como los datos de la izquierda (click para ver mejor).

Exacto: 2 horas y 28 minutos. No os fuérais a creer que era un paseíto de viejas, mariconadas las justas. Así pues, como lo vi tan rectito y tan asequible, me lié a apuntarme las calles de todas formas para estar bien segura de por dónde cogía y los escasos pero importantes giros que habría de tener en cuenta. ¡Tachán!

Mi destino en manos del reverso de un ticket del Sainsbury’s (centro comercial), sí, señor.

Salí a las 18:45 de mi dulce hogar confiando en que quizá llegaría bien a las 21 a pesar de ese cuarto de hora de más que me indicaba el Google Maps que me faltaría, aunque por otra parte pensé que daría igual retrasarse, ya que aún así probablemente llegaría la primera, como era habitual (efectivamente, así fue).

Lee High Road me recibía resplandeciente y calurosamente en mis primeros pasos, acompañados de una suave brisa que no podía por menos que darme más ilusión hacia mi pequeña aventurilla semi-errante.

A los 15 minutillos, me saludaba la zona comercial de Lewisham. Ya sabéis, esa calle con sus maravillas a una libra y su mercadillo con productos de todo tipo (hasta las 6 de la tarde aprox), situada justo enfrente de mi lugar de trabajo y liderada por la Clock Tower (torre del reloj) que aún no os había enseñado y que ahora podéis ver.

A partir de aquí o poco más adelante, recorridos los primeros 20-30 minutos del camino, nacería una avenida tan larga y tan inmensa que, aunque se dividiera en varias calles, para mí era toda una, lo cual tampoco la hizo pesada por suerte, en absoluto. Me regocijaba enormemente ir recordando ciertos puntos que había divisado yendo en autobús, mientras que la perspectiva de darme cuenta, una vez más, de que mi habitual recorrido de los fines de semana lo estaba emprendiendo por mí misma, a través de mi propia integridad física, no podía más que hacerme sonreír y disfrutar plenamente de los detalles, la sucesión de tiendecillas esporádicas, el descubrimiento de la cantidad de árboles y de vegetación en la cual no me había fijado hasta entonces. Un aspecto a destacar es el margen que me permitía este sendero para respirar, cosa de la que tampoco me había percatado antes de este día. Es decir, que se podía respirar de verdad, inspirando profundamente, notando el oxígeno puro, sintiéndose lleno.

El centro de Londres mola mucho pero, si no te hallas en un parque, cuesta bastante más sentir lo que acabo de expresar. No tiene nada que ver el aire de la ciudad con el de las zonas verdes, obviamente.

No solo mis notas en el ticket del Sainsbury’s me despejaban de cualquier duda, sino también los propios carteles con los que me iba cruzando. Sin embargo, no todo fue un camino de rosas, y me refiero más a mí que al exterior: uno de mis queridos zapatos nuevos comenzó a rozarme el talón de una manera primero disimulada y muy poco después implacable. Ya pensaba que tendría que abandonar mi empresa cuando se me ocurrió, a falta de tiritas, introducir un pañuelo entre dicha parte del pie y el calcetín. Actualmente, da cierta pena mirar esa zona, pero me alivió inmensamente y me permitió continuar hacia adelante.

Graffiti que me gustó yendo aún por Lewisham Way (no me quedaba ná…).

La siguiente fotografía fue tomada en la calle más eterna de todas las que formaban esta larga avenida. Os presento Old Kent Road bajo unos rayos de sol poco frecuentes y cuya fuerza iba menguando al avanzar la tarde, dando lugar a una temperatura aún más idónea que la del inicio vespertino.

Por último, en esta primera parte de mi caminata Lewisham-Leicester Square, quería compartir con vosotros una escena que surgió ante mis ojos de sorpresa y que incluso me enterneció.

¡Un Toys “R” Us! Con un parking delante de él buenísimo para aprender a patinar, oigan (una de mis cuentas pendientes). Una lástima que me pille a una hora y pico de mi residencia.

Hasta aquí la primera mitad de mi encantador paseo. En el próximo post, que no tardará en llegar, segunda mitad y llegada a mi destino :).

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Semana primaveral en Londres

Una semana en Londres impresionante en cuanto al clima. A excepción de hoy, que ya me habían dicho que para el fin de semana iba a hacer malo, ¡pero vaya cinco últimos días, señores! Ni una nube, el sol en la cara… Incluso uno de los días salí por la tarde sin abrigo, ¡alucinante! Al volver más tarde por la noche fue otro cantar pero bueno, se agradece que la primavera se vaya haciendo notar.

He encontrado un recorrido fantástico que me gustaría hacer a diario. Se trata de una agradabilísima caminata de unos 40 minutos desde el barrio de Lewisham hasta el de Greenwich, aunque yo lo que haría sería llegar hasta un mirador antes de acceder a este barrio y ahí me volvería, cumpliendo con una horita de semi-ejercicio (lo siento, mi odio hacia los gimnasios no es compatible con volver a intentar probar ninguno, al menos por ahora). En el siguiente mapa podéis verlo.

En esa primera avenida larga que he de atravesar hasta llegar a Blackheath es donde me quedé prendada de un par de árboles, literalmente: dos únicos árboles repletísimos de color, vida y esencia primaveral. Todos los demás ofrecían un panorama bastante más pelado, pero se olía en el ambiente que algo está comenzando a germinarse…

Nunca he sido tan consciente de la llegada de una estación. En España, lo adviertes en toda su plenitud puesto que normalmente el calor va y te golpea con ganas casi sin avisar. Sin embargo, por estos lares se experimenta prácticamente como un anhelo, un caramelo que te van dando a cachitos. Mucho significa ya para mí misma haber sentido desde lo más profundo la necesidad de quedarme parada ante un árbol para observar detenidamente su copa, su riqueza floral y lo que suponía su presencia, su existencia como tal, en la evolución temporal-climatológica. El despertar de la temporada. Sencillamente precioso.

Pues aún más impresionantes resultan los enormes parques que cruzo entre la salida de Blackheath y Greenwich (podéis ver en el mapa la extensión de la que gozan). De ellos aún no tengo fotos, pero espero hacerlas pronto. Me da la sensación de que me abstraigo tantísimo en mis pensamientos mientras los atravieso que ni quiero romper ese halo de reflexión para tratar de plasmar la escena, aparte de que veo imposible abarcar e inmortalizar fielmente en una fotografía lo que supone para mí ese momento. Tampoco me cabe gran cosa en el puñetero visor ante la inmensa planicie del césped y la enormidad del cielo, por lo que me temo que acabaré cometiendo un sacrilegio contra el propio paisaje pero bueno, se intentará.

A continuación y para despedirme, os voy a enseñar lo que se convirtió hace unas semanas en mi nuevo “papel tapiz” (así llama el HTC a la imagen de fondo de pantalla, qué exquisito él), tomada en un fin de semana de frenético turismo por el centro.

Simple, pero me encanta.

¡Que paséis un buen fin de semana!

De turismo por Madrid (I)

¡Queridos lectores míos!

Efectivamente, es una auténtica vergüenza la manera en que he desaparecido del mapa bloguero durante los últimos 15 días, pero todo tiene su explicación en una simple y significativa palabra: verano. Concretamente, un par de acontecimientos me han mantenido ausente de la vida digital: la visita de alguien especial y el FIB. La primera me va a permitir postear sobre los sitios que considero más turísticos de Madrid a pie de calle (dejaremos museos y lugares más raros para otro momento, sobre todo cuando me de por investigar estos). La segunda, el Festival Internacional de Benicasim… Sencillamente ya llegará, vayamos por partes.

¿Qué visitar por Madrid? La ruta es fácil, sencilla e indolora (y algo desordenada pero bueno, siempre queda el metro para moverse a alguna zona olvidada o más lejana). Las fotos tendré que cogerlas de internet porque no hice, aparte de que si hubiera hecho ya no las tendría debido a la incautación de mi dispositivo móvil. Vamos, que algun hijo de la grandísima puta me lo robó en el FIB pero bueno, gran excusa para adelantar la adquisición de un iPhone.

Aquí tenéis, en primer lugar, el recorrido que os voy a contar hoy. No sé qué haría sin el Google Maps. Podéis hacer click en él para verlo mejor.

Comenzamos por la Plaza de España. Fotaza. El edificio del fondo pertenece a la otra acera pero suele incluirse en las imágenes de esta plaza, queda bastante imponente. En “diminuto” y frente a la fuente, El Quijote y Sancho Panza.

A continuación, conectamos con la Gran Vía hacia el sureste, que ya sabréis muchos su considerable extensión (aunque tampoco creo que tengan mucho que envidiarle el Paseo del Prado o el de la Castellana, la eternidad en persona).

Esta es solo la primera mitad de la avenida. En este punto, bien se puede seguir recto, pasando por el Banco de España, llegando a la Plaza de Neptuno y cogiendo el Paseo del Prado para ver el Museo del mismo nombre y culminar en Atocha (opción que tomamos otro día), o bien nos podemos desviar en la Plaza de Callao (que no tiene gran cosa, aparte de constituir un punto común de quedada en Madrid) hacia el sur para llegar a Sol, cogiendo por la Calle de Preciados o la del Carmen (que rodean la Fnac). En vistas de la dificultad de abarcar fotográficamente la Plaza, he optado por la siguiente imagen nocturna de la Puerta del Sol.

El último paso de este recorrido se basa en coger hacia el oeste por la Calle Mayor para topar con la archi-conocida Plaza Mayor, donde probablemente te sablen por tomar algo pero no deja de ser parte fundamental de una visita turística madrileña.

Hasta aquí la primera ruta de estos días previos al FIB, acompañados de mi natural desorientación que, por suerte, no hizo demasiada mella, sin olvidar la indescriptible sensación que me sigue provocando vivir en el centro de esta ciudad y en una calle de lo más característica, plagada de restaurantes baratos y exóticos (hindúes, kebabs, un tailandés, un libanés…).

Mañana más, pero no mejor, porque es imposible (me ha apetecido hacer apología de El Intermedio, no pretendo echarme flores), ¡buenas noches!

¿Ciego?

Ludopatía enfermiza que impregna las esquinas, las aceras, tus andares. Persigue a tu sombra. Esta decide escapar, se volatiliza. Ya no tienes presencia sobre suelo y paredes por mucho que te dé el sol. Y lo miras. Te quemas la retina. Lo sigues mirando. Retiras la mirada. Estás ciego.

¿Ciego de qué? Daba igual. Ya no podía caminar saltando de baldosa en baldosa, pero qué más daba, luego le provocaba dolor de cabeza mirar tanto para abajo.

La sangre, que no corre. Que se reparte por todo el cuerpo, que fluye cuchillo en vena. Textos que corren a la vez. O una cosa u otra. Si la sangre corre, los ojos se nublan. ¡Ah! ¿Pero no estaba ya ciego? Quizás no. Aunque hay un leve resplandor que no se va. Qué hijo de perra, da más por saco que…

Y se estrella, corre, vuela, se estrella otra vez, vuelve a correr. No llega a volar. Le duele. Ha vomitado. Qué asco, hasta el desayuno de ayer. Un par más como esa y adelgaza cinco kilos. ¿Por qué bebe cerveza? Hala, otra vez, totalmente de esperar.

¡Oh, no! ¡Una barra de metal en la cabeza! Se le aproxima, directa a la frente. Pim. Casi vizco se ha quedado. Pero no denota mucha expresividad. A ver cómo se la sacamos ahora. Aunque se le ve cómodo con ella. Podría llegar a vivir así como estado natural, me parece a mí. ¿Tú crees? Bueno, en verdad debe de ser un coñazo.

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En La Pineda; de la ciudad de Doble V a la playa de los guiris

Un balance más que positivo de la última semana, o más bien de los últimos 10 días, desde que cogiera el AVE Sevilla-Zaragoza el sábado 21 de agosto. Ya os conté aquel fin de semana maño, así que durante los días posteriores, aunque no tenía internet, me cuidé de ir escribiendo en el ordenador mis distintas experiencias para luego postrarlas por aquí lo mejor posible. Iré contando los días separadamente, como con el camino de Santiago, para no atiborrar el blog de tanta información a la vez, y pondré incluso los momentos exactos en los que escribí para hacerlo más cercano, actual y reciente. Allá voy pues, seleccionando las fotos que más concuerden :).

Martes 24/08/2010, 12:56

Ayer salimos por la mañana a Salou (Tarragona) y, después de desviarnos por error a Lérida, dar unas cuantas vueltas de más y tener que pagar otro peaje extra debido al fallo, llegamos a buena hora para almorzar unos macarrones y un filete de ternera preparados amablemente por la cuñada de mi amiga RM. Concretamente, estamos en La Pineda, una zona que forma parte del municipio de Vila-Seca y que me recuerda un poco a Chipiona (Cádiz) en su estructura de edificios, ordenados desde a pie de playa hacia más adentro y con sus balcones y toldos.

Desde el balcón se tienen unas vistas muy bonitas, entre el verde de los árboles, un par de hoteles, el edificio de enfrente y el mar de fondo, y en la terraza ya ni os cuento. Anoche se estaba genial tomando un cubata ahí arriba, en la oscuridad, observando el pueblo iluminadísimo, intuyendo la presencia del agua a lo lejos y viendo el rápido paseo de las nubes en torno a una fantástica luna llena.

Vista de la derecha desde la terraza. Para variar, la luna que sale en una foto no le llega ni a la suela del zapato a la de verdad pero bueno, me gusta la imagen.

Ya sin compañías familiares, por la tarde tiramos para la playa y echamos unas tres horas entre tomar el sol y pasearnos toda la orilla. En algunos tramos había bastante gente pero a la vuelta hacia las toallas ya se había retirado una buena parte, estaba atardeciendo.

Cena de embutidos, pan y un paté de jamón serrano que no estaba mal (aunque donde esté el foie-gras de hígado de cerdo recién abierto, que se quite todo), algo de tomate (gran descubrimiento para cenar de forma ligera) y el melocotón de turno para terminar. Ducha, arreglarse, estrenar la blusa-vestido nuevo y subir a la terraza a beber. Lo dicho: unas vistas maravillosas, charla, recuerdos, risas y música del radiocassete para animar aún más las expectativas. Las mínimas que se podían tener, vamos.

Vista de la izquierda desde la terraza.

Curiosamente, al cubata y medio no podía beber más, así que tiramos para la discoteca Pachá, la preferida de RM, situada a un par de manzanas, pasando antes por un trayecto algo más largo por los bares para ver el ambiente. Llegamos y la verdad es que lo disfruté mucho. La música era electrónica pero las canciones no resultaron tan machaconas como de costumbre, incluso algunas me gustaron bastante y me motivaron mucho, así que bailamos un buen rato. Lo que me sorprendió fue la cantidad de niños que había, entendiéndose por personas de entre 17 (o menos) y 20 años. Muchísimos, con unas caras tan juveniles que me hacían acordarme cada dos por tres de mi hermano pequeño (16 años… y 1,97 de estatura, pero los de la discoteca no eran ni mucho menos tan altos) y sentirme casi mayor :P. Pero vamos, genial, me hacía mucha gracia ver a la gente moverse lo mejor que podía y volverse eufórica en determinadas partes de las canciones.

Momento de shock y posterior reflexión: un chico escribió una invitación para bailar a mi amiga a través del móvil. Razón: era sordomudo. Y claro, no caí en lo más chocante de la situación hasta que ella me dijo que cómo es que bailaba sin escuchar la música. Y es verdad. Menuda bajona momentánea me entró de pensar en algo tan extraño como estar rodeado de gente y con la música altísima y, sin embargo, no enterarte de nada… Al día siguiente lo hablamos con otra amiga, NV, y bueno, nos aclaró que entre el movimiento de los demás y las vibraciones que perciben pues algo pueden hacer, claro, no se van a quedar sin salir, pero no deja de ser difícil de imaginar.

Interior de Pachá. Es bastante grande. Aunque no se distinga muy bien, a los lados hay unas tarimas donde se colocaban los gogós. Reconozco que a veces son una gran guía para mí en el intento de bailar el House porque vamos…

Y nada, alguna copa más, ver a la gente pasada por agua en la fiesta de la espuma en el exterior de la discoteca allá por las 4 de la mañana (una muchacha por poco se ahoga, menuda cara llevaba), un último paseo por la playa y para casa a descansar, que las 7:30 ya era buena hora. Lo chungo es que a las 11:30 ya estábamos con ojos de búho, así que tras un desayuno con Philadelphia como dios manda y la posterior sanísima compra de comida (no es irónico: que si melocotones, limones, pescado, ensaladas…), procederé a echarme una siesta. No es que tenga especial sueño ahora pero sé que lo notaría esta noche, que saldremos por Salou y se unirá NV, que es de aquí, de Tarragona :D. Hala, a descansar y para la playa otra vez, en proceso de coger un pelín de color (como mucho puedo esperar un tono miel) y repetir el paseo por la orilla cuales viejas.

Pd: he sentido la brutal urgencia de ir a la peluquería pero tal vez procure hacerme algo cuando me lave el pelo luego, solo que ya se me está abriendo al crecer y verme al espejo me da unas tremendas ganas de salir corriendo a escalonármelo. Qué coñazo, joder, así no hay forma de dejármelo hasta la cintura.

Morena

Yeeeeah, empiezo a coger color, y aún más sorprendentemente… (los que me conozcan y hayan visto mi piel me comprenderán) ¡¡sin quemarme!! Bueno, el primer día nunca puedo evitar el llevar la tonalidad de un cangrejo, ¡pero se pasa enseguida! Ya solo me queda la nariz por “desruborizarse” :D.

Os voy a contar el fin de semana pero como no tengo fotos del mismo… ¡os enseño una selección de las que ya están en mi poder de la subida al Veleta el domingo 27! Que no son ni mucho menos todas las que se hicieron así que ya irán cayendo más.

La imagen más bonita de todas. Un atardecer impresionante.

Roche es una hermosa playa, perteneciente a Conil, en la que pasé ayer todo el día. Desde el temprano mediodía hasta la entrada tarde-noche, y se me pasó volando, que es lo más interesante, ya que a mí la playa me motiva pero en pequeñas dosis, sin abusar. Como todo, en verdad. Anoche se me ocurrió esta frase y la apunté:

-> En la variedad está LO MEJOR, el equilibrio, lo idóneo, lo supremo, lo sublime, lo orgásmico, lo placentero, la más plena satisfacción <-

De película xD.

Volviendo al tema, estuvo bien, agradable y entretenido. Y abrasador. El sol penetró por todos los poros de mi cuerpo cual anticuerpo inyectado a presión a través de una aguja, vamos. Exagerao el calor que hacía y cómo sentía la piel ardiendo y quemándose. Me puse crema, evidentemente, si no estaría retorciéndome de dolor y tiesa sin poder moverme sentada en algún taburete para que ninguna parte de mi cuerpo estableciera contacto con nada. El trasero sí, ya que estaba a cubierto, claro.

Camino de bajada de la montaña por la carretera “by patas”.

A Roche se accede dando un paseíto por unos acantilados y bajando unos cuantos escalones, menos que para Atlanterra (en Zahara de los Atunes, la playa más bonita que he visto, aunque por aquí unas pocas son parecidas y de ese estilo). Sobra decir que las playas de esta provincia son las Mejores (sí, con mayúscula) de España. Ni las Canarias ni Cataluña ni la Comunidad Valenciana ni hostias; las de Cádiz, y lo digo por experiencia, que cuando hay que rajar se hace pero también hay que reconocer las bellezas y virtudes de la tierra, o de lo que sea.

Perfecta para un anuncio de queso Philadelphia.

Y nada, el fin de semana ha sido apacible. El viernes-noche me desengañé un poco del bar The Brothers porque estaba ultra petadísimo y a mí en cuanto algo se pone de moda ya automáticamente me espanta, pero bueno…

Exacto, hasta ese pico subimos, que no es moco de pavo.

El sábado asistí a un cumpleaños cuya protagonista desconocía pero me cayó en gracia, me harté de comer (habiendo contribuido a pagar y llevar provisiones, ¿eh?) y ganó España a Paraguay para pasar por primera vez de cuartos en un mundial (¿no?), así que también fue un curioso día, finiquitado por un par de canciones en el Sing Star (Nada de ná, de Café Quijano, ni tiempo que no la escuchaba, me gustaba mucho :)). A tomar algo y a acostarse a buena hora para “madrugar” el domingo playero.

Despedida.

Mira que a mí el fútbol me la repanpinfla pero sí es verdad que el ambiente te acaba envolviendo, emocionando y, básicamente, animalizando de tal forma que te contagias del sentimiento y saltas, gritas, exclamas, ¡casi te indignas! Eso, y que al menos de la Selección Española me conozco a los jugadores porque si no otro gallo cantaría. Me decanto por Xabi Alonso, jejejéééé, qué disgusto se debió de llevar con el penalti el pobre, y qué bueno es Casillas, joder.

Uno de tantos palos que vimos al bajar de Sierra Nevada en coche, rato durante el cual pensamos que nos habíamos desviado pero D se ha encargado de recordarme un par de veces que no se perdió, sino que incluso por donde cogió resultó ser un atajo de lo más apañado.

Al fondo, unas amigas que estaban por todo el medio de la carretera, como unas 20, que procedieron rápidamente a corretear por el monte. Manda huevos que en tres saltos avancen más que yo en treinta. El ser humano es, desde luego, el animal más inteligente (me reservo mis dudas sobre esto para otro momento) pero el más inútil xD.

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