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El señor de la artrosis, las anécdotas y las películas antiguas

vejezCaminaba tan lento que no se le podía llamar caminar. Pasitos de apenas cinco centímetros, bastón en mano derecha y un par de bolsas en la izquierda. Mi cuello acababa de absorber los últimos atisbos de sudor de la clase de spinning en los escasos minutos de camino al Supersol cuando me lo crucé y me pensé si ayudarle. Venían un par de carritos de bebé por detrás y no quería ponerme en medio, así que pasé de largo. Pero luego me giré y me dije que no podía dejar a aquel hombre con tal pesar físico y mental a grito pelado en silencio en medio de una multitud que no parecía ni inmutarse de su existencia, aún encontrándose casi parado en medio de la acera.

Ni medio segundo tardó en aceptar mi ayuda, mostrando una cara de alivio indescriptible, todavía seria pero de ojos azulísimos con un brillo nuevo. Si no me lo agradeció unas veinte veces durante la hora que compartimos pasito a pasito, no me lo agradeció ninguna. Sí, una hora para recorrer media calle. Aquel agradable señor de 73 años, al que le echaba yo sesenta y bastantes pero no más de siete décadas, caminaba, y camina, a unos 30 metros por hora. 60 minutos que se me pasaron volando entre relatos de artrosis, anécdotas, viajes con su hermana (fallecida hacía un año, un mes y siete días), películas de años en los que ni mis padres habían nacido, agradecimientos a mí y a Dios por haberme puesto en su camino (menos mal que no me preguntó si era creyente, aunque esto se corresponde con una anécdota que ya contaré en otro post), menciones hacia mi gran belleza física e interior (palabras suyas, no me he vuelto presumida de repente) y vuelta a empezar.

Un gesto que a mí no me ha costado nada, para él ha supuesto todo un mundo. Una hora de dolor espantoso se ha transformado en un ameno paseo en el que tratar de ignorar unos pies terriblemente quejumbrosos ha sido mucho más fácil gracias a las palabras emitidas, las historias recordadas al contarlas y el eterno sentimiento de gratitud que sobrecogió a su alma, y a mi espíritu de rebote, a pesar del leve entumecimiento de mi brazo izquierdo por su bolsa y de mi muñeca derecha encorvada en su brazo izquierdo. Pequeñeces frente a la aureola de complicidad que transformó la oscuridad de la noche en un sendero privado de felicidad. No he llegado al Supersol pero he llegado a casa más llena que nunca.

Entonces… me he acordado de mi abuela. Y de lo poco que hablé con ella la última vez que la vi, que precisamente fue el fin de semana pasado, aunque normalmente transcurren de media casi dos meses entre visita y visita a Jerez. Ella no cuenta anécdotas ni historias. Estoy segura de que recuerda cosas, muchas, pero no lo dice, porque ha elegido subsistir en buena medida sufriendo por sus hijos y nietos, sobre todo por aquellos que estamos “tan lejos”. Suerte tenemos de que no sepa situar Japón ni EEUU en el mapa para que no se asuste del todo. Es una forma distinta de vivir y de amar que no favorece demasiado la conversación pero, aunque haya personas mayores a las que nunca se les acabe el repertorio remendado del pasado, las que hablan menos quieren igual.

Y ahora me pregunto a mí misma por qué no le hablé yo mucho más, con todo lo que puedo contar. Qué más da que ella no sepa de marketing, de películas modernas o de libros de blogueros, cuando yo podría ilustrarla con ello, o al menos entretenerla y hacerle sentir un poquito más parte de mi ajetreada vida y un poquito más parte de este mundo que va ya demasiado rápido para ella, cuyos ojos están marchitos en un 80% de visibilidad perdida pero cuyos oídos siguen ahí atentos a todo lo que acontece alrededor, y cuyas manos siempre están abiertas a agarrar las mías, y a mi tripa para decir siempre lo delgada que estoy aunque haya engordado, y a mi contorno para abrazarme bien fuerte cada vez que me saluda y cada vez que se despide con un halo de tristeza resignada flotando a su alrededor.

Cuenta pendiente para la próxima visita, afortunadamente no muy lejana: en Semana Santa. Gracias, Rafael, por concederme mi primera buena acción que siento como verdadera y abrirme los ojos. Me has prestado una hora de tarde-noche de viernes que no podía haber empleado de mejor manera que ayudándote y ayudándome.

La ciudad duerme

Madrid descansa. Se sienten dormir los edificios, la gente, el barullo habitual. Los murmullos (y no tan murmurados normalmente) de los vecinos, los estridentes chillidos de esos adorables pequeños, la música de la calle, el ajetreo de los bares y restaurantes próximos.

Domingo. 11 de la mañana. Y a las 10 ni os cuento, aún ahora esa parte de la sociedad que ha trasnochado quizá empiece a desperezarse, pero aún tiene toda la mañana para disfrutar del placer de estar tumbado en la cama mirando el techo. A veces, repasando las aventuras nocturnas; otras, disgustado por la rápida llegada del día pre-comienzo de la semana. En ocasiones, indiferente, centrado en la jornada que les espera, con sus distintos deberes y atisbos de ocio, cuyo deleite depende exclusivamente de cada persona.

Y, mientras tanto, yo aquí, delante del pc, con un libro de inglés entre este y yo, eclipsado por mis brazos, que lo cruzan para poder alcanzar el teclado, pasando por completo de sus contenidos aunque sea durante unos minutos con el objetivo de intentar transmitir esta sensación de tranquilidad, de paz, de satisfacción personal. Esta, podría llamarse, virtud de haber “madrugado” tal día como hoy, en medio de un mundo, concretamente de un país, que ama la noche.

Una España que idolatra las escapadas físicas y mentales del fin de semana, normalmente pausadas durante el día y frenéticas en cuanto cae el sol. Ya sea por el clima, las costumbres adquiridas, la evolución de las generaciones, el insomnio, la necesidad de sentirse integrado, los diferentes horarios de las comidas, etc, vivimos en una nación que comienza a entusiasmarse a las 12 de la noche, alcanza el punto más pletórico a las 3 o 4 horas, y regresa extenuado a las 6 o 7 (o más) de la mañana para sumirse en un plácido letargo.

Hasta que la mentalidad sufre un shock, en unas personas brutal, radical, casi trágico; en otras, más distendido, prolongado, replanteado. Y no sales un sábado noche. También es posible que el agotamiento del viernes noche haya bastado como para cubrir la fiesta del fin de semana (y de los próximos meses), pero apartémonos de este caso concreto. Centrémonos en ese cambio que te hace redescubrirte a ti mismo, quizá también experimentando cierta extrañeza ante lo desacostumbrado, mas abriendo paso a un entusiasmado pálpito de nuevas posibilidades en el horizonte.

Porque, a las 10 de la mañana de un domingo, no hay el más mínimo ruido. Solo se escuchan los pájaros, alternados con uno de los sonidos más maravillosos del mundo: el silencio. Ese estado en el que has de conformarte exclusivamente contigo mismo y del que resulta completamente imposible disfrutar a lo largo de la semana.

Ese ambiente matinal que te obliga a admirarlo sin buscar nada más que el roce de las páginas de un libro, el susurro del teclado, el roce de las sábanas… pero nada de palabras, ni de voces, ni de melodías. No son necesarias ni oportunas en este momento.

Todo el mundo tiene miedo a la soledad. Casi la totalidad del género humano ansía ser consciente a cada momento de que a su alrededor hay vida, alegrías y miserias. Pero yo me pregunto… ¿para qué poner música cuando te ofrecen, te ofreces, en bandeja la posibilidad de enfrentarte al universo sin más protección que tu propia mente?

Aquí y ahora es el momento de aprovecharlo. Sobre todo antes de que el vozarrón del tipo del piso de abajo irrumpa estrepitosamente en tu armónica mañana haciéndote volver a nuestra querida y ensordecedora realidad.

Llegó la época

Llegó la época del frío, del abrigo, del aire en el rostro, de las lágrimas saltadas con el viento.

Llegó la época del marrón, del amarillo, del rojo, del gris, de la penumbra.

Llegó la época de la monotonía, de las costumbres, de las normas, de los deberes, del ritmo circadiano.

Llegó la época de la espontaneidad, de la vitalidad, de la paciencia, de la esperanza.

Llegó la época de las decisiones, de las consecuencias, de la incertidumbre, de la espera.

Llegó la época de los susurros, de las confidencias, de las reuniones, de los recuerdos.

Llegó la época de la pasión, de los vicios, de los placeres, de los secretos.

Llegó la época de la madurez, del yin y el yang, de la confianza, de la reflexión, de la espiritualidad.

Llegó la época de la escucha, del aprendizaje, de las imágenes, del arte.

Llegó la época de la oportunidad, del despertar, de disfrutar, de buscar la felicidad.

Llegó la época del pijama, de las películas de media noche, de la música en los oídos de madrugada.

Llegó la época de crecer, de sonreír, de agradecer, de comprender.

Y, sobre todo, llegó la época de aprender una vez más a vivir en soledad.

Muñecas desnudas y huellas mentales

Frío. Templanza huidiza. Brazos delgados, piernas flojas, tripa ausente, alma volátil. Todos pegados a un esqueleto medio extraviado, pero fuerte en su esencia, atento a las circunstancias como quien mira despistadamente pasar un tren, vagón tras vagón, sin distinguir rostro alguno aunque intuyéndolos en su interior, dejándose llevar. Agradablemente postrado a la deriva.

Manos perdidas que se entrelazan intentando manejar sensaciones, camuflándolas, engañándolas, estrujándolas, apartándolas.

Muñecas desnudas, finas, límpidas, suaves, humildes, frágiles. Ni brillos, nulos ornamentos; ni tiempo, reloj oculto; ni recuerdos, ya guardados. Al fondo del cajón de los recuerdos, y del alma. A flor de piel, en la superficie de los sentimientos.

Mientras tanto, el día a día se sigue cubriendo con multitud de acciones. Actitudes variadas pero repetitivas que pretenden dar la convicción de utilidad, de aprovechamiento. De hacer lo correcto, lo que toca, lo que se debe hacer, a lo que no hay más remedio que someterse. Mezclado con esa parte del cerebro que vive en otra parte, aventureramente, en alucinantes paraísos y veloces hormigueos corporales. Vértigo vital en su más pura esencia. Vértigo psicótico, espontáneo, terrible. Libre e indescriptible.

Mas esto se cruza nuevamente con la imposibilidad de no pasar ni una jornada sin contemplar perspectivas, posibilidades, previsiones, consecuencias. La mente al cien por cien permanentemente, trabajando a destajo, maquinando inmensas volutas de humo, construyendo miles de castillos de arena, de los cuales la gran mayoría serán arrastrados por el agua y el viento, tan cruel como merecidamente.

Palabras que te rozan y se escurren, vuelan, se volatilizan ante la impasibilidad. Enfrentadas solo por un momento para ser catapultadas al vacío por aquellas otras palabras que tambalean el pecho, atraviesan los poros, alteran la respiración, se sumergen en la mente, se clavan en el corazón como puñales. Algunos placenteros, otros dolorosos, unos eufóricos, otros lastimeros, y aquellos… indefinibles. Tan susceptibles de arder en llamas como resultar disimuladamente incombustibles.

Huellas. Huellas mentales, huellas del subconsciente que no se pueden ni explicar, ni se recomienda tratar de hacerlo. ¿Para qué? Sociedad pro-comunicación atestada de desinformación, insatisfacción, frustración, incomprensión. Relaciones interpersonales, amistosas, amorosas. Raciales, estereotipadas, exigentes, juiciosas. Tensas, discontinuas. Hasta las más cercanas, completas y compenetradas se ven azotadas por la vertiginosidad de la naturaleza humana.

Y, aún así, con la confianza aún puesta en una vida plena, divagando eternamente entre la realidad y el mundo de las ideas y de los sueños… para no toparse de bruces con la desesperación.

La misma piedra

Dedicado a todas aquellas mujeres, y también hombres, que siempre vuelven a caer en el mismo error, normalmente personificado en un ser humano del sexo opuesto (o del mismo, el caso es que haya sido pareja o constituido algún embrollo sentimental más adictivo que una droga), por no ser lo bastante fuertes, decididas, valientes, lanzadas, seguras de sí mismas. En principio hablo en femenino porque, aunque no albergue duda sobre que al género masculino le ocurra por el estilo y también bastante a menudo, lo que más tengo son testimonios de amigas, así como mi propia experiencia.

Que sepan que ese apoyo que tanto anhelan en una sola persona lo pueden hallar alrededor con solo abrir los ojos un poco, y si aún así se ven un poco perdidas, eso no es motivo para quedarse estancada, para no romper con todo y empezar a aprender algo tan importante como Vivir Sola, a lo que parece que le hemos cogido miedo. Por algo la sociedad ha evolucionado tanto, ¿no? Para darnos la oportunidad de salir de la cocina y de la etiqueta de “máquina de niños” y dar rienda suelta y sentido a la palabra Independencia. Porque aunque a veces ansiemos esos mimitos, hay que ser consciente del amplísimo abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo y considerar si vale la pena quedarse con ese cariño mezclado con problemas, discusiones, disgustos e insatisfacciones, o dar un paso adelante, cerrar esa puerta ya más que carcomida, abrir otra lista para pulir y mirar, solo observar… hasta que vayan fluyendo las experiencias y sintiéndose preparado para crear nuevas historias.

Aún así, sé que prácticamente la inmensa mayoría de vosotros volveréis a caer en la misma piedra, y lo comprenderé porque así de lerdos estamos hechos. Solo espero (a menos que vaya bien, claro, ahí ya no entro; si dura, yo me alegro) que os de tiempo a rectificar sin llegar a arrepentimientos. Total, estos solo supondrían un tormento más que añadir a la etapa de superación, en la que os aconsejo estar muy entretenidos durante el mayor tiempo posible con cualquier cosa, no es tan difícil encontrar ocupaciones. Lo importante no es tanto luchar contra el malestar (de hecho, en ocasiones veo mejor dejarlo fluir en vez de agotarse tanto psicológicamente intentando ahuyentarlo), sino amortiguarlo.

¿Por qué nos cuesta tanto? Por lo que se ha vivido, porque nos aferramos al pasado, porque nos hemos habituado a caminar de la mano de la costumbre y soltarla se convierte en un paso vertiginoso. Y a la vez, nos hemos olvidado (o no hemos tenido tiempo de experimentarlo antes, o nos da pánico no encontrar algo mejor…) de cómo nos gustaría estar realmente, para conformarnos con la frase “estoy bien”, en vez del que podría ser un “estoy de puta madre”.

También hay gente que necesita emparejarse constantemente para sentirse a gusto. Me parece un pelín triste, ya que creo que debería probarse de todo y la soltería te permite hacer más cosas, ya no por el hecho de no tener con quien “consultarlo”, sino porque cuando se está solo, uno se predispone a embarcarse en aventuras. Con pareja, muchos se acomodan, y viene el letargo, el “limbo feliz”… Así reservan luego la guantá los divorcios, destacando en verano, época donde los cónyuges/novios se tienen que ver más la jeta y descubren que no se soportan/se aburren soberanamente y discuten a saco (esto es verídico).

En fin, que me voy por las ramas. Desde mi punto de vista, habría que estar muy agradecido de poder tomar plenamente las decisiones por uno mismo y elegir en todo momento lo que plazca. Pero bueno, supongo que esto ya depende de la dependencia y la mentalidad de cada cual.

Mucha suerte a tod@s y que no os duelan mucho las hostias mentales.

Camino de Santiago (VIII), Palas de Rei-Arzúa

Una marcha diferente. Ya estábamos a viernes 22 de julio y se trataba de la penúltima etapa, al final de la cual nos encontraríamos con PA, MC y AR, que llevaban un par de días viniendo por el norte en una especie de “camino express”, ya que no tenían tiempo suficiente como para dedicar dos semanas al viaje.

Cabe destacar que desde el martes no sentía presión agónica ni de ningún tipo :D, ya todo fluía conforme al sentimiento peregrino… y al incremento del dolor de pies.

¿Por qué fue esta una marcha diferente? Porque la hice sola. O casi. Os explico: me despierto, me levanto, hostialaputa, cómo me duelen los pies. Igual que durante la tarde del día anterior, claro, horroroso, un comienzo de la marcha para hincharse a llorar. Y eso hice, mientras les decía a los chicos que se fueran adelantando, que yo iría a mi ritmo, y menos mal que me hicieron caso, no era plan dar muestras de debilidad gratuitas.

Al rato de echar lágrimas hasta que no pude más, acordándome de todo tipo de cosas chungas que me habían pasado en otros tiempos con el objetivo de descargar aún más y mejor el dolor (puede sonar masoca pero ya que empecé, lo terminé a saco), me sentí como nueva. De espíritu sobre todo, los pies tardaron un poco más en calentarse pero por suerte a su vez fueron adelantándome, aparte de otros cientos de peregrinos, los alemanes que nos habían acompañado la noche anterior, y resultó que le pregunté qué tal estaba a uno de ellos y el muchacho, llamado Moritz, (“mo”, dicho como el camarero de los Simpson para los amigos, porque no veas para pronunciar su nombre completo) se quedó conmigo ya durante como dos horas, durante las cuales adelantamos tanto a mis amigos, que habían hecho una parada y a los que dejé allí (me acojonaba solo de pensar en pararme, que se me enfriaran los pies, reanudar la marcha y pasar otra vez por aquella tortura) y nos encontramos también a los amigos de este chico, y ya se quedó con ellos. 19 años tiene y hablamos en inglés (¡yupi, a practicar el idioma otra vez! Me acordé mucho de mi padre, pensé que se alegraría de que hubiera mantenido conversaciones normales en inglés, con las pullas que me ha soltado un par de veces este verano sobre ese tema :P), muy majo. Opina que el francés es una lengua de gays. Normal, el contraste entre alemán y francés tiene que ser ultra exagerao, vamos.

Esta es de otro día pero la pongo para amenizar tanta letra ;).

Después de ese par de horas acompañada, seguí. Solo me paré a buscar un baño provisional y ni siquiera me senté. Creo que tenía tal miedo a mis pies que si se me hubiera interpuesto por el camino un toro lo habría saltado antes que pararme a pensar en buscar otra ruta. No hombre, es broma, pero para que os hagáis una idea. No sabía ni cómo caminaba, sabía que me estaba haciendo un montón de daño pero tenía que aprovechar el adormecimiento del dolor hasta el final. Así que nada, de 7 de la mañana a 13 del mediodía, seis horas sin parar, alguna llamada de PA, otra para mi madre, y el resto solo la naturaleza y yo. Durante un buen rato consistió en tierra y alrededor un porrón de árboles, dando lugar a un camino fresco y tranquilo, reflexivo, relajado.

Creo que fue A el que había dicho hacía unos días que el camino sirve para pensar en todo lo que no piensas durante el resto del año. Lo intenté pero no me salió bien, porque todo lo que se me venía ya lo había pensado en realidad. Lo diferente para mí era donde estaba en el presente, lo que había hecho esos días, y alguna que otra posibilidad para un futuro incierto. Quizá en esto último sí que cupo algo más nuevo, pero lo realmente innovador eran las sensaciones exteriores que me acompañaban. Y muchas renovadas ganas de viajar y comerme el mundo.

Y a lo largo de la última media hora y 2 kilómetros, finalizados con la eterna avenida del puñetero pueblo, también venía conmigo un cansancio y la impresión de estar ya maltratando mi cuerpo, pero junto con el deseo irrefrenable de no parar y llegar hasta el albergue. Allí estaban ya PA y MC, a los que abracé y besé para acto seguido postrarme en el suelo y quitarme los deportes y el doble par de calcetines que llevaba. Que, por cierto, me los dejé olvidados allí. Hay que ser Gilipollas, vamos, y mira que me los colocó PA sobre los zapatos, pues toma Retrasada Mental. Esperamos a los demás, llegaron A, V y F, y AR, también había por allí granadinos y demás gente que llevábamos viendo desde Triacastela.

Por fin, cabrón (el cartel).

No quedó sitio, así que nos fuimos al polideportivo, que no veas si estaba lejos, o se me hizo a mí así por la reventaera que llevaba encima. Bueno, debajo, en las plantas de los pies. No me gusta tanto repetir la misma palabra pero no sé qué sinónimos emplear y es que estos días se merecen esa palabra: PIES, seguido de SU PUTA MADRE incluso pero esto ya no queda bonito.

Se me saltaron las lágrimas otra vez, por Dios, ya sí que no pegaba, coño, que ya se había acabado. Me vino a recoger la maleta PA, porque iba lentísima, y se pensó que me pasaba algo más. “No había visto a nadie llorar solo por dolor físico”, me dijo. Pues nada, siempre hay una primera vez. Yo creo que tampoco lo había hecho nunca por esa causa exclusivamente. Me tiré la tarde en cierto modo medio encabroná conmigo misma y con mis pies, qué mal lo hice para acabar así, joder, pero después de la ducha y de entablar conversación con uno de los granadinos mientras lavábamos la ropa, la mar de simpático (y guapo), me sentí mejor.

Además, llegó Fréderic, me curé las pompas mientras hablábamos un ratillo, me reuní con mis amigos y el porrón de granadinos, que se hallaban en círculo pendientes del pique de chistes entre uno de ellos y V (no veas qué hartón de reír), y ya luego procedimos a cenar, a recoger y a organizarnos un poco el horario del día siguiente, última etapa, 40 kilómetros de un tirón.

Antes de acostarnos, Fréderic me ofreció irnos al día siguiente caminando juntos para charlar tranquilamente y tal, cosa que me emocionó un huevo, pero como él es hippie y va a su ritmo siempre desistí, porque se pensaba levantar a las 8 o cuando se le abrieran los ojos felizmente mientras que mis amigos iban a despertarse a las 5 de la mañana, lo cual era lo más lógico teniendo en cuenta el porrón de horas que había que caminar.

Así que nada, salí afuera, que estaba el francés sentado en un banco junto a una pareja sudamericana muy agradable, le dije que no podía ir con él, lo comprendió y vimos un rato las estrellas. Momento precioso, a gustísimo, una de esas burbujas en las que se para el tiempo porque solo nos pertenece a nosotros…

No tardé en meterme de nuevo en el polideportivo y acostarme porque había que madrugar. Pero menuda última etapa me esperaba, me cago en tó.

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