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Sin control, de Clive Owen y Jennifer Aniston

Yo no sé por qué, pero creo que muchos se esperaban una mala película de esta combinación de actores. De hecho, a mí misma no me pegaba la protagonista, o una de ellas, de Friends con mi idolatrado Clive pero bueno, me dije, a ver qué sale de aquí. No recuerdo si ya la había visto, quizá solo un cacho, el caso es que transcurrió para mí como si no hubiera oído hablar de ella nunca (tengo que hacer algo con mi memoria), y me gustó bastante.

Dirigida por Mikael Håfström, cuenta la historia de Charles Schine (Owen), que lo tiene todo: dinero, un hogar, una mujer y una hija (enferma, pero con arreglo), y que se cruza con Lucinda Harris (Aniston). Lo que parece un apasionado encuentro de amantes se convierte en una tortura desde el momento en el que entra en acción LaRoche (Vincent Cassel) ejerciendo presión, chantaje y amenazas sobre Charles para sacarle hasta el último pavo.

La trama se desarrolla en un ambiente de suspense total, mantiene en tensión y provoca un alto nivel de intriga hacia su desenlace. Quizá para otras personas fuera evidente o predecible pero, en mi opinión, hay un par de giros en especial tan repentinos como inesperados que me hacen verla como una historia bastante interesante, inteligentemente estructurada y de calculado guión.

Se comparte la agonía del protagonista, su sufrimiento, su desesperación. Logra meter al espectador en su piel en un argumento que podría resultar típico (infidelidad=problemas) pero que te atrapa en la inmensa credibilidad de su interpretación, así como en la de Jennifer Aniston, que se aleja de su encasillado papel serial de guapita tonta.

Finalmente, los escenarios y localizaciones son sencillos, caseros y callejeros, lo que permite una coherente y veraz realización con su correspondiente selección adecuada de planos para mostrar de forma bastante ilustrativa la frustración y la acción.

Como último apunte, tanto si os gusta el actor como si no, recomiendo encarecidamente la película Hijos de los hombres, con un tema completamente distinto del de Sin Control como viene a ser el fin del mundo y la lucha por salvar a la humanidad (pero sin americanismos patrióticos flipados). Me la mencionó un amigo por Twitter y realmente vale mucho la pena. Otra tremenda película, ya más centrada en las relaciones personales, es Closer, con Julia Roberts, Natalie Portman y Jude Law, además de Clive Owen. Y paro de contar, que ya vais servidos por hoy.

¡Que os sea leve el día y comencéis el fin de semana con buen pie!

En busca de la felicidad

Acaban de echar en TVE En busca de la felicidad. Docenas y docenas de Tweets recorren el Inicio del Twitter alabando esta maravillosa película.

Dirigida por Gabriele Muccino y escrita por Steve Conrad, The Pursuit of Happyness constituye toda una lección moral en torno al esfuerzo y a la persecución de las metas, pero no nos adelantemos, vayamos por partes.

Empezando por lo más importante, hay que recalcar encarecidamente la pasmosa interpretación de Will Smith, quien encarna a un hombre extremadamente presionado y agobiado por su situación económica que intenta seguir adelante y mantener a su familia.

No se queda atrás el papelón de Jaden Smith (que ya está bastante más crecidito), hijo del propio Will, en su perspectiva infantil adorable y tierna. Resulta espectacular el trabajo que se consigue en ciertos filmes con los niños, sobre todo tan pequeños, aunque ya se va viendo a lo largo de los últimos años que este chico parece tener un futuro cinematográfico bastante prometedor.

Favorecido, sin duda, por sus actores, el mayor potencial de este drama es la historia en sí. Una buena trama, personajes definidos y característicos, sentimentalismo siempre presente pero en su justa y perfecta medida, escenarios amplios, abiertos, que dejan fluir cada secuencia de una forma profunda y creíble (sobre todo la cantidad de carreras que se pega el protagonista a través de la ciudad)…

¿Lo mejor? Los 117 minutos son geniales, pero me quedo con el final, que no lo voy a spoilear, naturalmente. Solo diré que rebasa el punto más álgido de la emotividad, de la embriaguez de los sentidos, de la emoción en estado puro, seguida, en muchos casos, de unas cuantas lágrimas.

Una obra para disfrutar, sufrir, sonreír, escuchar y, sobre todo, para reflexionar. Para desubicarnos de nuestro querido egocentrismo y trasladarnos a auténticos panoramas resbaladizos. Para recordarnos lo que verdaderamente importa en esta vida.

El Mago de Oz (1939)

Dirigida por Víctor Fleming. Probablemente ya os suene de algo el título, o al menos quizá se os han venido a la mente el espantapájaros sin cerebro, el hombre de hojalata sin corazón y el león sin valor.

Una historia bellísima y deslumbrante para la época en cuanto a paisajes, escenarios, localizaciones, decorados, ambiente entre onírico y real, etc, a los que posteriormente se les ha añadido un colorido alucinante que me ha envuelto y encandilado de una forma bestial y preciosa. Magnífico, una explosión de color increíble, solo por eso vale la pena verla.

La transformación de la imagen en blanco y negro a color se llevó a cabo a través de la técnica technicolor. El Mago de Oz sería uno de los grandes exponentes en cuestión de restauración digital de la calidad, junto a Lo que el viento se llevó.

Maravillosa respecto al encanto e interpretación de los personajes. La protagonista encarna a la perfección la personalidad tierna, dulce, inocente y bondadosa de su papel.

Los secundarios también desprenden una actitud pasional, adorable, sincera y confiada, con la que consiguen de inmediato que el espectador les coja un tremendo cariño.

Hacía tanto tiempo que no veía una película tan fantasiosa que el impacto ha sido aún más grande y profundo. Basada en la novela infantil El maravilloso Mago de Oz, de Frank Baum, la trama comienza cuando Dorothy (Judy Garland), niña huérfana, es arrastrada por un tornado muy lejos de la casa de sus tíos, y entonces empiezan a ocurrir cosas extrañas…

Los planos son buenísimos. Hay uno en especial de un pasillo muy largo que daba una sensación de vértigo bastante particular… Me hizo plantearlo como una gran referencia para películas de suspense. ¡Incluso me recordó al estilo de Hitchcock! Llegaba muy al fondo aquella perspectiva de incertidumbre, de misterio, de temor y de lo desconocido.

Un cuento de hadas para quien le apetezca desubicarse por completo de la realidad que nos rodea e introducirse de nuevo por completo en el hechizo de las moralejas infantiles que hace muchos años dejamos de ver.

Tormenta de madrugada

-> El coche parece cargado, ¿sabes por qué? Porque llevas el jodido peso del mundo sobre tus hombros <-

El corazón le latía con fuerza. Había comenzado a ver, con el murmullo universitario de fondo, la película Esencia de mujer, con Al Pacino y Chris O´Donnell. La paró varias veces entre que terminaba la ensalada y enjuagaba el plato, se comía el yogur, y más tarde decidía hacerse unas palomitas. Se asustó un poco viendo que cada paquete tiene 511 calorías, pero tras ir y volver del baño varias veces en un querer y no querer de lavarse los dientes, decidió que, si engordaban tanto, mejor que se acabaran cuanto antes.

Esta vez las calentó mejor que al día siguiente, porque apenas quedaron sin explotar. Transcurrida una hora del filme, que se pasó en un guiño, empezó a llamarle poderosamente la atención la cantidad de fogonazos que desprendía el cielo a través de los ventanales. Demasiada frecuencia e intensidad para que solo fueran un par de rayos pasajeros. Stop Esencia de mujer. Apaga todas las luces. Lluvia, fuerte, chocando contra el cristal. Agradable, aunque tampoco tan relajante como lo pintan, vaya forma de caer. Pero invita a la reflexión, o mejor, a no pensar, a dejarse llevar. Relámpagos cada minuto prácticamente, que hacen iluminarse a buena parte de la estancia. Truenos. El que acaba de sonar la ha sobresaltado, parecía venir desde lo más profundo, por eso el ritmo cardiaco se le ha acelerado.

Entonces, un desgarrador grito de mujer rasgó de repente la noche y el sonido de la naturaleza. Ella se asustó. Incluso encendió la luz del miedo que le entró en el cuerpo. Pero pasó enseguida. Y volvió a apagar la luz. Permaneció un buen rato, a veces intentando grabar con el móvil el espectáculo, con resultados considerablemente cutres, y normalmente solo tumbada en el sofá, con el cuello girado. Molestaba ya un poco la tirantez pero no importaba. Esboza de vez en cuando una sonrisa pillina y le recorren hormiguitas ficticias la tripa por culpa de la imaginación, volando a su antojo.

Hasta que se le fueron cerrando los ojos y optó por continuar con la película, pues ya llevaba más de media hora absorta de cara al otoño adelantado. Una hora y media quedaba todavía. 90 minutos, un poco más lentos al principio pero finalmente intrigantes, concluyentes, satisfactorios, predecibles, hermosos. Hasta ahora, pensaba que siempre ansiaba desde lo más profundo los finales felices, pero parándose a pensarlo un poco, se dio cuenta de que ya no le importaba. Lo que contaba era una buena y creíble trama, unos personajes definidos y expresivos, sin anhelar un determinado desenlace, sino absorbiéndolo todo, como la vida misma.

Los borrachos gilipollas la catapultan fuera de su universo. No son gilipollas por estar ebrios, sino por ir cantando a los cuatro vientos. No comprende tal actitud. Ese comportamiento sí que le parece adquirido de las películas. Por experiencia, sabe lo que es portar una buena cantidad de cubatas encima pero está completamente segura de que jamás se ha puesto a vociferar por la calle. Y lo peor es que encima se creerán que entonan cuales soprano.

Tras otro rato ensimismada, con posterioridad al apagamiento de la fiesta nocturna exterior, vuelve a la realidad. Suspira, permitiendo flotar a los últimos retazos risueños, soñadores, preciosos y, sobre todo, sólo suyos. Se va a la cama, con la esperanza de dormir profundamente, pero sabe que será difícil porque en cuanto cierre los ojos, volverá a su mundo de fantasía.

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