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El señor de la artrosis, las anécdotas y las películas antiguas

vejezCaminaba tan lento que no se le podía llamar caminar. Pasitos de apenas cinco centímetros, bastón en mano derecha y un par de bolsas en la izquierda. Mi cuello acababa de absorber los últimos atisbos de sudor de la clase de spinning en los escasos minutos de camino al Supersol cuando me lo crucé y me pensé si ayudarle. Venían un par de carritos de bebé por detrás y no quería ponerme en medio, así que pasé de largo. Pero luego me giré y me dije que no podía dejar a aquel hombre con tal pesar físico y mental a grito pelado en silencio en medio de una multitud que no parecía ni inmutarse de su existencia, aún encontrándose casi parado en medio de la acera.

Ni medio segundo tardó en aceptar mi ayuda, mostrando una cara de alivio indescriptible, todavía seria pero de ojos azulísimos con un brillo nuevo. Si no me lo agradeció unas veinte veces durante la hora que compartimos pasito a pasito, no me lo agradeció ninguna. Sí, una hora para recorrer media calle. Aquel agradable señor de 73 años, al que le echaba yo sesenta y bastantes pero no más de siete décadas, caminaba, y camina, a unos 30 metros por hora. 60 minutos que se me pasaron volando entre relatos de artrosis, anécdotas, viajes con su hermana (fallecida hacía un año, un mes y siete días), películas de años en los que ni mis padres habían nacido, agradecimientos a mí y a Dios por haberme puesto en su camino (menos mal que no me preguntó si era creyente, aunque esto se corresponde con una anécdota que ya contaré en otro post), menciones hacia mi gran belleza física e interior (palabras suyas, no me he vuelto presumida de repente) y vuelta a empezar.

Un gesto que a mí no me ha costado nada, para él ha supuesto todo un mundo. Una hora de dolor espantoso se ha transformado en un ameno paseo en el que tratar de ignorar unos pies terriblemente quejumbrosos ha sido mucho más fácil gracias a las palabras emitidas, las historias recordadas al contarlas y el eterno sentimiento de gratitud que sobrecogió a su alma, y a mi espíritu de rebote, a pesar del leve entumecimiento de mi brazo izquierdo por su bolsa y de mi muñeca derecha encorvada en su brazo izquierdo. Pequeñeces frente a la aureola de complicidad que transformó la oscuridad de la noche en un sendero privado de felicidad. No he llegado al Supersol pero he llegado a casa más llena que nunca.

Entonces… me he acordado de mi abuela. Y de lo poco que hablé con ella la última vez que la vi, que precisamente fue el fin de semana pasado, aunque normalmente transcurren de media casi dos meses entre visita y visita a Jerez. Ella no cuenta anécdotas ni historias. Estoy segura de que recuerda cosas, muchas, pero no lo dice, porque ha elegido subsistir en buena medida sufriendo por sus hijos y nietos, sobre todo por aquellos que estamos “tan lejos”. Suerte tenemos de que no sepa situar Japón ni EEUU en el mapa para que no se asuste del todo. Es una forma distinta de vivir y de amar que no favorece demasiado la conversación pero, aunque haya personas mayores a las que nunca se les acabe el repertorio remendado del pasado, las que hablan menos quieren igual.

Y ahora me pregunto a mí misma por qué no le hablé yo mucho más, con todo lo que puedo contar. Qué más da que ella no sepa de marketing, de películas modernas o de libros de blogueros, cuando yo podría ilustrarla con ello, o al menos entretenerla y hacerle sentir un poquito más parte de mi ajetreada vida y un poquito más parte de este mundo que va ya demasiado rápido para ella, cuyos ojos están marchitos en un 80% de visibilidad perdida pero cuyos oídos siguen ahí atentos a todo lo que acontece alrededor, y cuyas manos siempre están abiertas a agarrar las mías, y a mi tripa para decir siempre lo delgada que estoy aunque haya engordado, y a mi contorno para abrazarme bien fuerte cada vez que me saluda y cada vez que se despide con un halo de tristeza resignada flotando a su alrededor.

Cuenta pendiente para la próxima visita, afortunadamente no muy lejana: en Semana Santa. Gracias, Rafael, por concederme mi primera buena acción que siento como verdadera y abrirme los ojos. Me has prestado una hora de tarde-noche de viernes que no podía haber empleado de mejor manera que ayudándote y ayudándome.

La percepción del tiempo en Londres

Con este título, no me refiero precisamente al clima, eso no hay forma de percibirlo, o lo aceptas o permanecerás en un sin vivir diario. En cuestión de un par de horas tempranas de sábado me ha dado tiempo de despertar con un manto blanco impoluto, desayunar ante un cielo potencialmente azul y despejado y empezar este post con una nueva tanda de nubarrones por doquier. Pero vamos, que no es el tema.

Hablo del paso del tiempo. Sí, mi tema favorito (-¡Pesada!; -¡Pues vete a otro blog!). Mas no soy la única obsesionada por él en el contexto que voy a comentar. Sin profundizar en lo rápido o lento que transcurre, se trata de la diferencia en el rendimiento que se le saca según el sitio donde se haga vida. Me explico: varias veces he coincidido ya con una amiga (de respetable cerebro) en que esta ciudad, Londres (Reino Unido), se come el tiempo. Se lo traga. Lo absorbe y se lo funde cual chocolate en fondue.

Un año en Londres no es como un año en Madrid, y mucho menos como un año en Jerez (Cádiz, Andalucía, España), ciudad que sé que a muchos os gusta (la mayoría obviamente no sois de allí) pero no deja de ser mi lugar de origen, donde estuve hasta mis 18 años, seguidos de unos intensos cuatro años y medio en Madrid y del último año y tres meses en Londres. De capital en capital, me pregunto cuál será la siguiente…

London Eye

Bueno, el caso, que en quince británicos meses me da la sensación de que no he amortizado demasiado el tiempo, lo cual no implica necesariamente no haber hecho cosas, error, he hecho, y tropecientas, pero… Se presentan difusas, entremezcladas, volatilizadas, difíciles de ordenar cronológicamente. Como si hubieran pasado siglos. Las semanas se confunden, los meses se hacen semanas y mi 2012 parece una cruzada frenética repleta de emociones extremas que se cruzan y se chocan dentro de una bolsa de plástico con escapes por todos lados.

En Madrid, el tiempo también pasaba rápido pero de otra manera. Se hacían notar más los días, el orden de prioridades y deberes junto con el ocio, la clara distinción entre unas actividades y otras, los planes, los viajes, las amistades. Sí, la gente. Más profundidad en general, más inmersión en el estilo de vida y las relaciones sociales. Zambullidas totalmente intencionadas y considerablemente controladas, todo lo contrario que en Londres: un torbellino de caras que se esfuman antes de aprenderte sus nombres.

Cibeles Madrid

En Jerez… A su ritmo. Muy a su ritmo. Calma chicha, tirando a pachorra. Vida “simple”, se le podría llamar. Pocas preocupaciones, ilusiones rápidas que se iban tan rápido como venían sin dejar huella psicológica y percepción total del paso de las semanas y de los meses, con su separación clara entre los periodos de obligaciones y las vacaciones. Esas Navidades, que con el tiempo cobran mayor importancia en cuanto a reunirme con mi familia, y esa feria, que nunca me ha importado demasiado y que, por cierto, justo ahora está presente en Jerez.

Sí… Por allá andarán colegas de todas las corrientes dándole al rebujito y derivados. Da igual cómo sean, cómo piensen, en qué círculos se muevan o incluso que no les guste la feria: todos estarán allí. Porque es lo que toca, lo que pega, la excusa para salir de casa y arrejuntarse bajo un sol de casi treinta grados y porque es de los pocos eventos que hacen de la ciudad gaditana un sitio realmente emocionante. ¿Nostalgia? Psss, en verdad no, estoy tela de a gusto recostada y escribiendo en este momento, regodeándome felizmente en mis queridas inquietudes.

Calculo que tampoco tenía yo tantas neuras mentales por aquel entonces. Es posible (jé, muy probable) que sencillamente me esté haciendo mayor. Dicen que, a partir de los 25, los saltos temporales son brutales. Tengo 24 pero vamos, lo mismo da. Y la verdad es que, una vez superado el miedo a la tan mencionada fugacidad existencial, resulta de lo más interesante apreciar en mí misma mi cambio de actitud del año pasado, un incombustible non-stop, al actual, consecuencia directa del anterior sin duda. Un 2013, por tratar de definirlo:

Más comedido, centrado, insatisfecho, inconformista, previsor, en búsqueda (por fin en serio) del enriquecimiento personal a través de esa larga lista de actividades intelectuales y físicas pendientes que tantos tenemos. Y la particularidad del asunto no radica en mi mutación como tal sino en que, a pesar de él… Londres se sigue tragando el tiempo, incluso a mayor velocidad.

Foto retrato Maria G AmarilloPero bueno, ¿qué se le va a hacer? Mi madre siempre me dice que el hecho de que se me pase tan rápido significa que lo estoy pasando bien/no lo estoy pasando mal/estoy aprovechando el tiempo. Estoy de acuerdo pero insisto en que me hago vieja, lo veo, y estoy plenamente convencida a través de mi experiencia de que cada lugar se bebe el calendario a un ritmo determinado. C’mon, you are a baby! (“venga, ¡si eres un bebé!”), me dicen a menudo. Que sí, que sí, pero eso no me hace dormir mejor o creer en los príncipes azules.

Total, así estamos, de tránsito experimental por la vida. De cachondeo con mi mente, básicamente. Pero antes de cerrar este capítulo, me apetece comentar que ayer disfruté de una fantástica hora de conversación por Skype con mi hermano mayor y, a pesar de la diferencia de edad (tres añitos, tampoco es que sea mucho) y circunstancias particulares de cada uno, cabe destacar que curiosamente nos sentíamos igual en cuanto a nuestras reflexiones varias actuales. Resumiendo: la dicha lista eterna de cosas que nos gustarían hacer ha quedado relegada a un vigésimo sexto plano, lo que viene a ser el interior del contenedor de la esquina, y queremos seguir el ejemplo zen de nuestra madre (todo un reto, creedme):

Vivir el día a día, no pretender abarcar más de lo que podemos o de lo que nos pide el cuerpo, ser selectivos y hacer balanza entre lo que es realmente importante y lo que no. Dejar de luchar contra nosotros mismos, agonías que somos, y de imponernos deberes que nos las traen al pairo. Tanto documental gafapasta descargado cuando lo que apetece es ponerse un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre y a tomar por saco, hombre. Fluir en armonía con el universo y nuestras posibilidades, haciendo de nuestro objetivo el equilibrio emocional.

Entonces, mi padre me diría: “ahora traduce todo esto al inglés”.

No hay huevos 😦

Non-Stop

Supongo que de alguna manera he de justificar mi larga ausencia por aquí. Al principio me sentía incluso mal al abandonar de tal manera este pequeño rincón pero confiaba plenamente en mi vuelta más pronto que tarde, así que me dejé llevar.

Me dejé llevar a través de un mar de posibilidades, de elecciones que se postraron en mi camino y ante las que no me contuve demasiado, de manera que acepté a la inmensa mayoría, obteniendo como consecuencia el verano probablemente más frenético de toda mi vida.

Sin embargo, hoy no he venido a hablar del último mes y medio. Hoy me he despertado reflexiva. Tirando a melancólica. De esos días en los que te replanteas el sentido de todo esto, si estás haciendo “lo correcto”, si sacas realmente el provecho que todo lo que te rodea merece (sabiendo que raramente por mucho pensar va a cambiar la cosa de momento). ¿Lugar adecuado? ¿Labor adecuada? ¿Objetivos adecuados? La palabra “adecuado” no deja de ser una manera de llamar al conjunto de actitudes y decisiones que harían de ti mismo exactamente lo que quieres ser, fuera de las normas sociales, lo políticamente correcto y demás parafernalia terrenal que te permite vivir en paz y armonía con el resto de tus congéneres pero que no viene al caso lo más mínimo.

Hablamos de la lucha hacia la auto-realización de uno mismo, de la relación entre el convencionalismo actual y la ruptura de las normas. Hablamos del estereotipo vital consistente en nacer, crecer, estudiar, trabajar, emparejarse, tener hijos, criarlos, envejecer y morir. Hablamos de otras posibles formas de desarrollo vital, o al menos de lo que puedes hacer entre medias para salirte un poco de la línea del rebaño. Hablamos de la probabilidad aquí y ahora de romper con los formalismos que nos atan en vez de de seguir en un mundo en el que estamos continuamente esperando algo.

La tendencia que más oigo a mi alrededor últimamente, en mayor medida de personas entre la veintena y la treintena, se canaliza fundamentalmente hacia la imperiosa necesidad de ahorrar dinero para cumplir un determinado sueño. Un periodo durante el cual tienes que someterte a una existencia laboral mediocre, por mucho jugo que saques de ello ya que no deja de ser el medio para llegar al fin, con el objetivo de alcanzar algo mucho más elevado, tu tótem, lo que te sostiene y te impulsa a aguantar ese tránsito semi-vacío (en comparación con lo que querrías hacer realmente de tu vida, vuelvo a aclarar) y empleando en ello un tiempo considerable que puede ser meses o años. Años de camino para llegar al destino. Años que se van y no regresan. Años de esfuerzo, dedicación, fijación, compromiso. Años de arrugas, canas, callos y patas de gallo.

Pero, ¿qué hacer? Si algo está claro es que uno no puede (o no debe) quedarse estancado, bloqueado, inactivo, permitir que cuerpo y alma se suman en un estado de letargo fulminante hacia la evolución interior. A la vez que… ¿Cuántas cosas queremos hacer, cuántas tareas tenemos pendientes desde hace mucho y seguimos dejando pasar? ¿Cómo priorizarlas? ¿Las haremos alguna vez? ¿Por qué no acometemos aquellas que podríamos empezar ahora mismo? ¿A qué esperamos? ¿A tener más tiempo, más ganas, más dinero…? ¿Nos gustará fustigarnos con propósitos esperanzadores aunque frustrados? ¿Necesitamos crearnos objetivos constantemente para sentirnos mejores seres humanos aunque en el fondo sepamos que se van a quedar donde empezaron?

Se trata de una sensación extraña la provocada por la mezcla de esta cotidianeidad en la que nos encontramos tan cómodos y de la que nos cuesta tanto trabajo salir, junto con las ansias por comerse el mundo, ¿no? Por exprimir lo mejor de él, de nuestro alrededor. ¿Cuántas veces pensamos “debería hacer esto, debería hacer lo otro”? Basura verbal para auto-convencernos de que acabaremos haciendo en algún momento todo aquello que anhelamos hoy en día. Y que se esfumará en su gran mayoría, como todo lo material, aferrado a la tierra y destinado a desaparecer; como todo lo etéreo, susceptible de transformarse, manifestarse y esfumarse a su antojo.

Esta neura mental no tiene final. Acaba exactamente como empieza, sin más preguntas, sin más respuestas. Con muchas ideas en la cabeza y con la misma convicción hacia el dudable éxito de llevarlas a cabo. Con los mismos deseos pendientes de siempre manteniendo viva la ilusión, manteniendo viva la inquietud. Y sin siquiera saber ya exactamente qué es lo que más sentido aportaría a tu vida, y sin saber si lo sabrás algún día, y sin saber con certeza si lo querrías saber.

Fotografías tomadas en el parque colindante con el Atomium (Bruselas, noviembre de 2011).

No permitas sentirte viejo

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La muerte y las cuatro leyes de la espiritualidad

Tengo 22 años y albergo un miedo atroz hacia la muerte. Puede que ya lo haya manifestado alguna vez a través de este blog pero no me importa repetirme, incluso me apetece confirmarlo con aplastante seguridad, puesto que no hablo sólo de tenerle cierto temor, respeto, reparo y derivados adjetivos, a mi parecer demasiado suaves para lo que me supone el concepto mortífero, sino que situarlo en mi pensamiento me provoca auténticas sensaciones de pánico y de desasosiego.

Imaginar mi mente inerte, mi cuerpo languideciente, absolutamente todo mi ser desconectado de cualquier tipo de emoción o movimiento intencionado y voluntario… Sencillamente, me aterroriza, me hace perder el norte, me desvela del presente con su abrumadora realidad para sumirme en un mar de impotencia y desesperación. Si al menos tuviera alguna creencia a la que agarrarme pues mira, pero no es el caso. Ni dioses ni energías ni reencarnaciones ni luces al final de un túnel ni nada parecido o que haya llegado a mis oídos me ha podido despistar del desenlace inevitable.

Por suerte, sólo me ocurre de vez en cuando, al venírseme a la mente el tema ocasionalmente, y al instante procuro trasladar mis pensamientos hacia otros derroteros o asuntos, pero sé que siempre está ahí, expectante, dispuesto a asaltarme en cualquier momento. Y ahí no importan las circunstancias del momento, porque regresa la misma incertidumbre de siempre: ¿por qué? ¿Todo esto para acabar así? ¿Cómo hago ahora mismo para sentir que aprovecho mi vida? ¿Se me pasará alguna vez esta angustia o me acompañará hasta el fin de mis días? ¿Soportaré llegar a vieja?

Intuyo que todo es aguantable, claro, pero mantengo mis dudas en cuanto a que la edad me haga verlo de otra forma. Probablemente alcance un nivel mucho mayor de aceptación, de resignación, de reflexión hacia la propia vida y el periodo que se me ha cedido en este mundo pero… la expiración continúa presente, como una amenaza eterna.

Y todo esto se me ha venido porque, aunque hace ya varias semanas que no me acomete este pesar, he encontrado, deambulando por viejos archivos del ordenador, un precioso word de hace no sé cuántos meses, quizá un año, en el que guardé dos argumentos: mi propio planteamiento inquisitivo sobre cómo sobrellevar la muerte, dirigido en forma de pregunta a una persona a la que aprecio mucho, y la consecuente respuesta de esta, la cual plasmo a continuación:

¡Vaya pregunta, María!

Bueno, intentemos una aproximación.

Sigo pensando en ella, aunque te confieso que me preocupaba más con tu edad. No es que haya zanjado la cuestión, es sencillamente, que estoy demasiado preocupado con la vida, sus problemas, mis dudas, mis equivocaciones, la manera de aprovechar los instantes, el sentirme bien conmigo y no “machacarme” demasiado, etc. etc, y apenas puedo pensar en la muerte.

Por otro lado, creo que es inevitable el divagar sobre ello y desesperarse porque no hay salida.

Últimamente pienso más en la muerte de las personas que quiero que en la mía propia; también me ocurre, que me preocupa más y siempre ha sido así, el dolor que la propia muerte.

Considero que los auténticos creyentes nos llevan ventaja, porque sus creencias les ofrecen seguridad, consuelo y esperanza. A los demás nos queda la aventura de la vida, y el intento de hacer de ella algo tan extraordinario que nos pueda parecer que ha sido eterna.

Sé que son sólo unas pocas obviedades, pero es que de la muerte lo único serio que podríamos decir es que es una putada, y que siempre llega demasiado pronto.

Te recomiendo un libro: El mito de Sísifo de Albert Camus; y una película de Bergman: El séptimo sello.

Creo que ha llegado la hora de ver esta película y leer ese libro.

Os dejo con una hermosa y acertada presentación sobre “las cuatro leyes de la espiritualidad”, que vienen a dar a entender nada más y nada menos que cada cosa tiene su momento, afirmación tan básica como poco tenida en cuenta.

Cual payaso triste que ríe, cual payaso alegre que llora

Y te pierdes. En esos versos, estrofas, melodías. En esa inmensidad casera, frustrante y relajante a la vez. Impenetrable y transparente, permitiéndote soñar hasta límites insospechados pero manteniéndote encerrado entre estas cuatro paredes. La inmensidad al exterior, la universalidad más amplia y menos apreciada, infinita, insatisfactoria.

Tiempo que se va (y sobra decir que no vuelve, jamás). Un suspiro, un beso, un abrazo, una mirada. Una persona, dos, diez, treinta, cien, cuatro millones. Un payaso en medio de la puerta del sol que hace reír. ¿A cuánta gente le dan miedo los payasos? ¿Con cuántos payasos tristes nos hemos encontrado? Hacer reír debe de ser de los dones más extraordinarios.

Te traquetea en los oídos la emoción. La expectativa, la fantasía, los sueños, los príncipes azules, las películas ñoñas. Te rozan los oídos dejándote con las ganas, la miel en los labios, una boca exuberante de placer, diversión y experiencia por repartir y recibir, escasa de medios y motivaciones. Enclaustrada por las circunstancias. Sedienta de aventuras, limitada por sí misma.

Viene una canción melancólica. Para incrementar aún más la nostalgia de los trenes que se van, de los vagones que no sabes si coger, de las puertas que se cierran frente a tu incertidumbre.

Yann Tiersen – Le Moulin

¿Qué pasará un buen día (o malo) dentro de un rostro arrugado que solo conserve el color de los ojos en pie? ¿Cuánta vida verá realmente viva mirando hacia atrás? ¿Cuánto disfrute? ¿Cuánta pena? ¿Cuánto tiempo auténticamente lleno y cuánto inevitablemente vacío? ¿Cuánto esfuerzo pudo haber en tantos ratos muertos como exige la existencia? ¿En qué momento se perdió el sentido de la dicha y la felicidad frente a los instantes que sí se advierten excepcionalmente excelsos, huidos en cuestión de segundos como pólvora malgastada?

¿Y hasta cuándo se puede soportar la presión, la ignorancia, la duda, el desasosiego, la tristeza, la añoranza?

Quizá nunca. Quizá mañana. Quizá ahora. Quizá a ratos. Por épocas, en rachas permanentes de “ahora sí, ahora no”. En temporadas amargas y dulces, en el dolor placentero, en la alegría llorosa, en los segundos que corren. En una llamada de teléfono.

O en una hamburguesa del McDonald’s. Capitalismo, autodestrucción, consumismo, sentimiento de pertenencia. Comunas hippies que se extinguen, se ocultan. Paraísos por descubrir. Algún día. Malditas palabras. La Finisterre que no llegué a ver.

Miles de millones de cuentas pendientes que se pierden…

Yann Tiersen – Les Jours Tristes

Limpieza de los borradores del móvil (I)

Como cada cierto tiempo, y ya que me pilla bastante empanada en estos momentos (es lo que tiene trasnochar y luego no ser capaz de dormir durante el día), hoy me parece un buen día para despejar el móvil de aquellos tantos mensajes guardados en “borradores” con temas o cosas que se me van ocurriendo en un tiempo y espacio indeterminados y me apunto con toda la intención de inspirarme para hacer un post, pero quedan en el olvido. ¡Procedamos pues!

Todas las manos que sujetan un libro abierto me parecen bonitas. Simone de Beauvoir.

Lo pensé yendo en cercanías y observando a un hombre. Es una sensación curiosa la que me recorre cuando veo a alguien leyendo en los medios de transporte. Resulta agradable ver tan claramente esa afición en las personas. El nombre de la filósofa francesa era el que estaba en la portada del libro. La forma de las manos agarrándolo y pasando las páginas se me antoja bohemio, placentero, suave, dulce, intelectual.

Cuanto más lejos está algo, alguien, más le echas de menos. Tal vez si lo tuvieras al alcance no le echarías tanta cuenta pero, una vez no puedes acceder a ello, las ganas de tenerlo se apoderan de ti. Por eso, a veces, se nos escapa el presente, pero es bonito comprobar las cosas que nos importan.

Pues nada, está clarísimo, y seguro que absolutamente todos lo habéis sentido alguna vez. Incluso muchísimas veces, ¿a que sí? Ahora mismo ignoro lo que anhelaba en aquel momento, así que supongo que no sería muy significativo, más bien una típica neura mental momentánea.

Juramento de sangre/alianzas. Dos en mi vida y han “sio pa ná”.

En realidad, ahora mismo tengo solo un juramento en mente… Y desde luego fue una gilipollez amorosa que, efectivamente, se fue a tomar por culo. No se puede prometer nada eternamente. Ya se incumplen las promesas de un día como para pretender mantener algo durante toda la vida, y menos en una relación, ¡anda que no van y vienen! Lógicamente, no me desangré. Solo se trató de la típica mariconada de pincharse con un alfiler y plasmar la huella en un papel y plastificarlo para que pareciera un documento oficial y todo. Absurdo total, menos mal que pasé esa época hace mucho.

¿Por qué a las personas mayores se les tuercen hacia abajo las comisuras de la boca?

Vi a un vejete en el autobús que tenía las comisuras exageradamente inclinadas hacia abajo… Incluso algunas veces he visto a gente que, sin tener una edad muy avanzada que digamos, ya se le empezaba a notar muchísimo esa declinación. ¿Por qué? ¿No han sonreído lo suficiente? ¿O el rostro tiende, en general, a arrugarse de esa forma? Varía un poco según la persona así que no sé muy bien en qué basarlo…

Esto me ha recordado a anoche, cuando iba en metro y tenía enfrente a un señor mayor. Cabizbajo, parecía cansado. Pensé que tenía la edad suficiente como para que me doliera verlo moverse en metro, en vez de estar apaciblemente sentado y acomodado en el sofá de su casa. Al salir del vagón, me quedé mirándolo y me siguió la mirada, así como al girarme después también coincidimos por un momento (una también es un poco descarada), pero realmente no tenía expresión ninguna. Ni él ni yo. Había intentado sonreírle, pero fui incapaz. Todo estaba envuelto en un halo de cierta tristeza, melancolía, resignación, sumisión ante las circunstancias. Y no es la primera vez que me siento así al ver a una persona de avanzada edad. Lastimera conclusión: me deprime bastante encontrarme de bruces con la perspectiva de la vejez.

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