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Viaje de España a California

Ya llevo cinco viajes transatlánticos hechos desde septiembre del año pasado, así que toca relatar cómo se pasa por dicho proceso. Es más, no solo me he cruzado el Océano Atlántico cinco veces sino que cada una de ellas he tenido que desplazarme también de la costa este de Estados Unidos a la oeste o viceversa, por lo que mi testimonio va a ser bien completito.

Debo mencionar que hablo desde la perspectiva de haber usado determinadas aerolíneas pero calculo que en lo básico todas ofrecerán el mismo servicio, así que me lanzo a la piscina. ¿Voláis conmigo?

Lo primero que debo decir es que las comidas incluidas en estos viajes me hacen inmensamente feliz. Soy ese tipo de persona a la que le alegran las cosas pequeñas, como los menús “gratuitos” en viajes de tropecientas horas. Cosa que no parece darse en los vuelos que cruzan el país norteamericano, no sé muy bien por qué cuando sus cinco horas de una punta a otra no se las quita nadie. Más os vale llevar algún bocadillo para no fenecer ni gastaros una pasta para comer durante estos desplazamientos nacionales.

A lo que íbamos: en mi último viaje, volé con Delta, que forma parte de Air France. Esto puede venir bien saberlo, ya que mi código de avión (DL+números) era distinto del que mostraban los pantallones del aeropuerto de Madrid (AF+números), lo cual al principio me descolocó en mi afán por tener todo bajo control. Nada que no resolví en dos segundos preguntándolo al personal del avión.

Pero antes, facturación de maleta. 23 kilos máximo. No problem. Suelo estar en el aeropuerto tres horas antes de un viaje al otro lado del charco, cosa que sinceramente no es necesaria, con dos horas o dos y media diría que va bien pero bueno, es lo recomendado y ahí que aparezco yo sola delante de la cinta que se traga tus preciados bienes tras introducir mis datos en una máquina bajo la supervisión de una azafata. Un “auto-check-in” que se han inventado para, al menos, los viajes con destino Nueva York. Paso el pasaporte por la máquina, el visado, me obliga a que un ser humano vea mis documentos (porque no voy de visita, vivo allí y tienen que comprobar cuáles son mis intenciones y si mis papeles están en regla) y listos. Hasta pronto, maleta, espero que no te sacudan mucho.

aeropuerto Madrid

Más sola que la una en la puerta de embarque

Siguiente paso: llegar a la puerta de embarque. Llego la primera y me da que precisamente por ello me registran la maleta de mano entera. Voy mejor preparada que la vez anterior: solo llevo una mochila típica de colegio y todos mis aparatos electrónicos en una bolsa dentro para sacarlos cómodamente, ya que los inspeccionan todos. Es más, Delta te pide que los enciendas y apagues. El que no furule, se queda en España. Una gracia.

Luego, a esperar. Embarque por zonas. Primero, pasajeros que necesitan asistencia o que tienen billetes con prioridad. Luego, los de la zona 1 y, finalmente, los de la zona 2, entre los que me incluyo. Es un tanto absurdo porque por ese orden dejan pasar a los que se sientan delante del avión antes que a los que se sientan detrás, lo que crea inútiles colas y ratos de espera mientras cada cual coloca sus maletas, entorpeciendo el paso. Pero bueno, allá el que haya inventado el sistema y los que lo sigan.

A la hora aproximadamente del despegue, aperitivo a elegir entre frutos secos y galletitas. Entre una y dos horas más tarde, comida, con tres opciones que varían de un vuelo a otro pero a menudo se basan en alguna clase de pasta, pollo con algo y otro plato más. Como una ya sabe que en el segundo vuelo le darán algo de picar como mucho, me como la pasta y el yogur de chocolate y me reservo todo lo demás: la ensaladita, el pan, la mantequilla…

comida vuelo

Almuerzo bien completo.

Otro par de horas más tarde, helado rico y refrescante. En un momento en el que, por fin, he entrado en calor, se agradece. Pero en los aviones frecuentemente hace un frío del copón. La siguiente foto lo demuestra (te dan mantita y almohada).

frío vuelo manta

Frío.

Finalmente, una hora y media antes de aterrizar, merienda apañada, de la cual me tomo el sandwichillo de pavo y queso y me reservo el yogur para el vuelo de Nueva York a San Diego.

Merienda en Delta

Merienda en Delta

¿A qué te puedes dedicar entre bocado y bocado? Hay una pantalla delante de ti en la que seleccionar películas. También es posible usar tu ordenador, entre otros recursos típicos como leer, dormir o lo que puedas inventarte. No se me suelen pasar mal estos viajes, la verdad. Si no fuera porque esta vez iba de empalmada tras la boda de una amiga… En fin, esto es otra historia. Ofrecen wifi y todo para usar en el avión, aunque a mí en el móvil no me tiraba ni a pedales. Quizá pruebe para la próxima en el portátil.

Wifi que no furula

Wifi que no furula

Ah, y también has de rellenar un formulario como el siguiente en relación con los artículos que haya en la maleta. Léanlo y hagan sus propias conclusiones.

Declaración de aduanas

Declaración de aduanas

Hay gente que se arriesga y se lleva su querido jamón serrano sin declararlo. Normalmente no se darían cuenta pero yo no me arriesgo, la verdad. En mi primer viaje el pasado septiembre le tocó un registro aleatorio a mi maleta facturada, así que… Vaya puntería. Lo supe porque al recogerla llevaba una pegatina informándome de ello. ¡Gracias, majetes!

Cabe destacar el vídeo de presentación y de seguridad de Delta, reproducido al inicio de cada uno de sus vuelos en las pantallitas del avión. Me llama bastante la atención, los creadores deben de haberse divertido haciéndolo. Aquí lo tenéis.

Aterrizaje sin percances. Control de pasaportes milagrosamente rápido y tras el cual te preguntan en unos mostradores a qué vienes a Estados Unidos. Lo explicas, te miran la documentación, te toman las huellas de todos los dedos y a huir.

Toca recoger la maleta facturada y facturarla de nuevo, porque es lo que tiene hacer escala en Estados Unidos: no se fían de ti. Sin embargo, si bien la primera vez que volé a California la escala en Philadelphia fue larga y pesada, en Nueva York se sucedió de manera bastante más agilizada. Cuestión de recogerla de la cinta, recorrer un par de pasillos siguiendo la señal de “Connecting flights” (“vuelos de conexión”) y dejarla en otra cinta sin más burocracia, ya que en Madrid ya le han puesto la pegatina de que ha de llegar a San Diego.

Seguidamente, cola pasable para el control de equipaje de mano. Afortunadamente esta vez solo tenía que sacar el portátil. El vigilante de seguridad estaba sembrado, estadounidense de pura cepa, con su voz grave y provocando risas entre los pasajeros con sus comentarios.

– HOW ARE YOU? (“¿cómo estás?”, me pregunta cuando me pongo delante del control de personas tras pasar la maleta de mano).

– I’m good… and you? (“estoy bien… ¿Y usted?

I’M AMAZING! (“¡estoy increíble!”, por traducirlo de alguna manera).

– I can see that haha. (Ya veo, jaja).

Un cachondo. Y nada, a ir hacia la puerta de embarque de turno y a esperar de nuevo. Os enseño el detalle del aeropuerto de Nueva York de proporcionar zonas para recargar la batería del móvil. Qué apañados ellos.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

El vuelo de Nueva York a San Diego no tuvo mucho de particular. Se hace más pesadillo pero bueno. Pasado ya un primer control en el país, el de Nueva York; en San Diego no necesité hacer nada. Un gustazo. Remitiéndome de nuevo a mi primer vuelo en septiembre, en Los Ángeles me esperaba otro control de muy señor mío. Menos mal que vivo en San Diego… Aunque los vuelos a Los Ángeles saldrían normalmente más baratos. Total, me lo ahorro en estrés, gasolina, dinero y tiempo de ir y volver de San Diego a Los Ángeles.

Por cierto, si en vuestro segundo vuelo (o en el que sea) no os pone el asiento en el que debéis ir en la tarjeta de embarque, no os preocupéis: hay un pantallón en la misma puerta de embarque que os lo dirá. Mi nombre salía en todo el medio jeje.

Pantalla con los asientos

Pantalla con los asientos

Espero haberos dado cierta visión de lo que este tipo de viajes supone. Naturalmente, solo con cambiar de aerolínea y de destino americano ya pueden variar cosas, como las diferencias que he nombrado entre mi primera ida a California y la última, pero en esencia recomiendo ir con tiempo, sin miedo y mentalizado para estar sentado durante muchas horas. Estos sitios están preparados para ayudarte, no para hacerte la vida más difícil, como algunos irritables pasajeros piensan y se esfuerzan en exteriorizarlo para el deleite de los demás… En fin, siempre quedarán las vistas :D.

Vistas guapas desde el avión

Vistas guapas desde el avión

En cuanto al jet lag, en principio no es algo que me afecte demasiado al parecer (toco madera). Las piernas están tocadas al día siguiente sin duda pero las horas de sueño no se me vuelven locas. Aunque a muchos compañeros les pasa, así que prepararos para ello. No hay mal que por bien no venga, siempre hay cosas que se pueden hacer si uno es incapaz de volver a dormirse a partir de las 4 o 5 de la mañana, ¿no? Habrá que echarle un poco de imaginación.

¡Buen futuro vuelo!

De Londres a Stansted, desde el avión y aterrizando

Os voy a contar un poco mi ida de Londres a Jerez de la Frontera (Cádiz, Andalucía, España). El motivo principal era mostraros las fotos que tomé desde el avión, solo que al ir eliminando por verlas todas iguales me he quedado con poca cosa, así que me centraré también un poco en el recorrido anterior, aportando cierta información que puede resultar útil. Naturalmente, si algún lector conoce otra vía que vea más idónea, considérese absolutamente invitado a plasmarlo en un comentario para que todos nos enteremos.

Para empezar y para quien no la conozca todavía, bienvenidos a la empresa Easybus, cuyos autobuses salen desde un número limitado de calles céntricas de Londres hasta los aeropuertos de Stansted, Luton y Gatwick. A Heathrow no le hace falta, que llega el metro, y al City el tren, aunque a Gatwick también pero bueno, cuantas más opciones a elegir, mejor para nosotros, ¿no?

Los autobuses que van a Luton, y que normalmente son de tamaño grande, salen desde Brent Cross, Finchley Road, Marble Arch, Victoria Buck. Palace Road y Gloucester Place (Baker St); mientras que los que van a Stansted, de tamaño medio o minibuses, solo salen de esta última localización. Para más información, consultad la página web, que tampoco me la he estudiado y a mí el aeropuerto que me interesa principalmente es el de Stansted, el único que me lleva a Jerez (y el que está más lejos).

De todas formas, si vais a Gatwick, lo que veo más apañado es coger el tren en London Bridge, aunque también depende desde dónde vayais de Londres, pero ¡cuidado! A medida que va avanzando, algunos vagones se desplazan hacia otros destinos. Estad atentos a la megafonía o igual no llegáis al aeropuerto y encima acabáis en Pernambuco.

Esta parada de autobús, la 19, se corresponde con los autobuses que van a Stansted, mientras que la que se ve un poco más adelante es la S, la de los autobuses para Luton. Cabe destacar la inmensidad de nubes, tan típicas por estos lares, que  hacían difícil atisbar el azul del cielo. A continuación, os enseño el edificio situado enfrente de la parada al otro lado de la carretera, que me cayó simpático para fotografiarlo.

Tras un recorrido de aproximadamente una hora y 10 ó 15 minutos, llegada al aeropuerto. No tiene pérdida acceder al mismo y buscar tranquilamente tu puerta de embarque (si llegas con tiempo, claro). No lo he comentado antes pero, para llegar a Baker Street, lo más apañado sería pillar el metro hasta allí.

¡Y ya estamos en el avión! Como no podía ser otra la compañía, con Ryanair y la cola metiéndose en toda mi vista. Es lo que tiene que los asientos delanteros se ocupen los primeros.

Petadillo que iba, ¿eh? No me esperaba yo que tanta gente fuera a Jerez así por las buenas. Era viernes pero aún así, me llamó la atención. Me sentí algo más orgullosa de mi apacible lugar de origen. Claro que teniendo en cuenta que la provincia de Cádiz no tiene más aeropuertos, a saber para dónde tiraría toda aquella gente una vez en Jerez, porque playa poquita.

Una última toma de un cielo ya más despejado antes de despegar. No os dejéis engañar, en el tiempo que llevo aquí ya son unos cuantos días en los que me ha llovido encima y me ha dado el sol a continuación a lo largo de escasos minutos. Varias veces seguidas incluso alternándose entre sí. Un cachondeo climatológico del copón.

Hala, vámonos que nos vamos. La verdad es que en otros vuelos recuerdo haberme sentido más impresionada por las vistas pero bueno, es lo que hubo durante el viaje que me dio por inmortalizar el paisaje.

Nubecillas típicas por todos lados con mil millones de ondulaciones. Me acordé de los anuncios de Philadelphia :D. La siguiente imagen parece de publicidad de la compañía. No era la intención pero me gusta cómo ha quedado.

Otro porrón de nubes por encima del paisaje…

Y el solazo que me esperaba en mi tierra querida, echándole un par de huevos a tanta nube.

Para terminar, el infinito cielo azul que me dio la bienvenida al aterrizar (comparadlo con la primera imagen del post y llorad, británicos) y que me acompañaría durante todo mi fin de semana largo, con sus alrededor de 30 grados a la sombra incluidos. Hasta cuando me encontraba a punto de desfallecer en una pollería el domingo al mediodía, me concentré en disfrutar de aquel infierno por el que no volvería a pasar este verano, a menos que en septiembre haga el mismo calor pero creo que se irá suavizando para entonces.

Un saludo :).

Logroño y Navarra; nacedero del Urederra y pub alternativo de Viana

Llegada a Logroño la tarde del lunes 25 de abril tras haber visto San Juan de Luz y Hondarribia, con el cuerpo para tirarse a la cama sin pensarlo mucho, pero acabó surgiendo una salida a tomar algo que me permitió ver la ciudad por primera vez. ¡Y me gustó! Quizá me la esperaba más normal, menos llamativa, parecida a Jerez digamos, pero las callejuelas, el ambiente y los característicos edificios, que no eran como en el del País Vasco pero seguía siendo bastante atractivo y diferente del sur arquitectónicamente. Me encandilaron bastante.

El puente de piedra de Logroño. Pero no lo vería hasta el miércoles 27 en un agradable paseo en bici por esta zona. El martes salió un poco diferente, inesperado, espontáneo, y extraordinario. Acabamos reuniéndonos al mediodía con tres personas más para coger en coche rumbo al nacedero del Urederra, en Navarra, lo que se tradujo en una magnífica excursión a través del campo. Una explosión de maleza en todo su esplendor, árboles, piedras, subidas y bajadas (a la ida fundamentalmente subir y a la vuelta bajar, obviamente), cuyo resultado tanto final como a ratos intermedio, acompañados por la caída del río, fue increíble paisajísticamente.

Cometí el gravísimo error de no llevarme el móvil y, por tanto, no dispongo de imágenes de la aventura, ni nadie más llevaba cámara, y las de Google no me convencen en absoluto, así que tendréis que conformaros con la imaginación a través de mis palabras, que, aún así, se quedan en muy poco comparado con vivir la experiencia. Espero volver algún día.

Tras la expedición, decidimos acercarnos a Viana, situado en la misma provincia, y nuestro turismo allí se limitó a mirar un par de calles de las pocas que tendría y decantarnos por acomodarnos al exterior del bar más heviata que he visto en mi vida (del que tampoco dispongo de foto, claro, maldita sea…). Unas paredes con una decoración de impresión, y la música que le corresponde a esta clase de locales a buen volumen. Estuvo genial, muy agradable el rato tomando un calimocho y hala, vuelta para Logroño, de cerveceo (para no variar) y bocadillo de tortilla, más a gusto que en brazos.

Volvemos a la espléndida vuelta en bici del miércoles para enseñaros el puente de hierro. La temperatura era buenísima, el sol calentaba pero la brisa impedía caer en sudores corporales incómodos.

Islote frondosísimo ahí en medio del Ebro, que no sé si tendrá nombre. Así pues, recorrimos un poco esta zona del extremo norte de la ciudad. El parque del Ebro, el parque de la Ribera (siguiente imagen)… Mucho verde por todos lados, para no perder las buenas costumbres del norte que llevaba ya visitado a estas alturas.

Y, a continuación, un par de últimas alucinantes vistas, tomadas desde lo alto del Monte Cantabria, a cuya cima se tardará unos 10 minutos en llegar en coche desde Logroño y que constituye un sitio perfecto para relajarse, reflexionar y, en general, para dejar volar la mente. Nunca parece haber nadie allí arriba, si acaso alguna pareja de vez en cuando, pero realmente vale la pena si queréis ver toda la ciudad por encima.

De derecha…

…¡a izquierda!

La tarde transcurrió tranquila, atípica. Después de tomar un helado buenísimo cuyo nombre no recuerdo (quizá de amarenas pero igual me lo estoy inventando), acudí a una charla en contra de la energía nuclear que habría resultado muy interesante de no haber tenido tantísimo sueño (mortal, mucho me temía pegar alguna bestial cabezada allí en medio), pero a la hora del debate la cosa se animó bastante y escuché atenta las intervenciones de los asistentes.

Y poco más… Finalmente, vuelta por la Laurel, la calle gastronómica por excelencia de Logroño; cena a base de (más) cerveza, patatas bravas (con salsa muy picante) y calamares, y a descansar, que el jueves había que echar a buena hora, 10 de la mañana, cuatro horitas de autobús para Madrid. Cuatro clavadas, ¿eh? Patidifusa me quedé con la aplastante puntualidad.

Pues nada, aquí se acaba un relato de lo más significativo para mí. Fueron unos días estupendos que salieron de lo mejor, sin planear demasiado. La ruta de los dos primeros días y medio sí, que había que reservar los hoteles y organizar un poco el tránsito por la carretera, pero en general idóneo, soberbiamente ajustado y repartido el tiempo en cada lugar y con muchas imágenes que permanecerán en mis recuerdos más preciados.

Espero que hayáis disfrutado de estos posts y, si no habéis estado en el norte de España, que os animéis a visitarlo algún día. ¡Hasta la próxima!

Conociendo el País Vasco (III); San Juan de Luz y Hondarribia

Como dije en el post anterior y para corregir un poco el titular de este, en el tercer día de mi viaje norteño, lunes 25 de abril, nos adentramos en Francia. No muy profundamente, solo unos pocos kilómetros para visitar San Juan de Luz (Saint Jean de Luz), cuyo estilo arquitectónico era muy similar al del País Vasco, siempre con el tremendo encanto de aquellos pequeños pueblos.

La fotografía es realmente fatídica con el árbol en medio pero bueno, quería que me entrara todo ese fondo y tampoco me entretuve mucho para sacarla. La mar de bonitas las casas blancas y rojas. La verdad es que me recordó un poco a Gibraltar, con su ambiente extremadamente turístico, calles estrechas, la temperatura suave pero fresca y el vientecillo que corría.

Entonces, regresamos al País Vasco para hacer la última visita en esta comunidad: Fuenterrabía (Hondarribia en euskera). La siguiente imagen resulta bellísimamente representativa, para ayudar un poco a entender lo fácil que fue enamorarse de este pueblo.

¡No me digáis que la casita rosa y celeste no es de cuento de hadas! Yo no pondría así mi casa pero, desde luego, esta estampa me parece preciosa.

La parte más hacia el interior. Transcurriría una parte del día recorriendo la hermosa Hondarribia para acabar almorzando una pedazo de paella de cara al mar en el área situada más al exterior del pueblo. También veríamos una extensión de césped que, aunque no me lo parecía en absoluto, por lo visto se trataba del aeropuerto.

Esperamos un rato para comprobar si llegaba o salía algún avión pero al final pasamos del tema, y al final escuchamos y vimos a uno cuando ya íbamos por la otra punta, claro.

Un poco de “historia”, y mi reflejo, que me ha gustado cómo ha quedado.

Y hala, a coger con muchas ganas para Logroño, ya con un cansancio encima de lo más considerable, donde pasaríamos los siguientes tres días, a excepción de alguna que otra inesperada excursión que os contaré en el próximo y último post de este viaje.

Conociendo el País Vasco (II); San Sebastián, Pasajes de San Juan e Irún

A la mañana siguiente del fantástico día entre Bilbao, San Juaz de Gaztelugatxe y Gernika, pasamos al domingo 24 de abril, que comenzó echando una hora aproximadamente en coche para llegar a San Sebastián.

Se presentaba medio lluvioso pero apenas incordió. Por este paseo, las olas llegaban, en ocasiones, a chocar tan fuerte contra las rocas cuadriculadas, que saltaban y empapaban a los transeúntes, así que nos mantuvimos alejados un par de metros. Al fondo, la playa, la ciudad y sus verdes incombustibles, abundante por todos lados.

Una de las playas. No se distingue pero el mar se hallaba poblado de surferos. Bastante vacía la orilla, como se puede ver, al contrario que la ciudad en sí, sobre la que había una buena cantidad de movimientos de personas y turistas.

Damos la vuelta y volvemos a recorrer aquel paseo de peligrosas olas para llegar a otra perspectiva de la ciudad y otras playas a lo lejos. Poco después saldría el sol y veríamos a algunos valientes exponiendo ampliamente su piel tumbados en la arena, a pesar del ambiente fresco que corría.

Islilla frente a las playas, a la cual se puede llegar nadando si el mar está tranquilo. Probablemente recomendable para cualquier amante de la natación. No es mi caso, me conformo con las vistas.

Pero esta zona tenía algún que otro precioso detalle que ofrecernos a tan solo diez kilómetros: Pasajes de San Juan, un pequeñísimo pueblo cuyo adjetivo más acertado (aunque algo detestable) sería “cuco”.

Casitas de mil colores apiñadas acompañadas de una hermosa vegetación verde brillante. Llegamos a la ribera tras unos minutos en barquito. Mirando de frente al diminuto panorama, cogimos hacia la izquierda para acabar deleitándonos ante los siguientes acantilados.

El último destino de esta extraordinaria jornada fue Irún, donde nos limitamos a dar un breve paseo por un par de calles principales, buscar un Burguer para comer y variar de los pinchos, y a dormir, que al día siguiente… ¡pisaríamos Francia!

Conociendo el País Vasco (I); Bilbao, San Juan de Gaztelugatxe y Gernika

Empecemos por el principio: un sábado 23 de abril de 2011, casi finalizada mi Semana Santa jerezana, cogí un avión en Sevilla para el País Vasco, donde se me abriría la perspectiva de unos cuantos días descubriendo varias ciudades y pueblos del norte de España que aún no había tenido el placer de visitar.

En una hora y cuarto aproximadamente ya estaba en Bilbao. Primera parada: el Guggenheim, claro.

Naturalmente, resultó imposible que me cupiera entero. Las imágenes tampoco son espectaculares pero llegó un momento en el que decidí dejar de intentar inmortalizar bien el espacio que me rodeaba (difícilmente ilustrable en modo panorámica a través del móvil) para simplemente disfrutar de lo que veía.

Vista desde la orilla del museo hacia el otro lado del río Nervión. La arquitectura propia de todos estos sitios norteños que vi me pareció bastante singular, diferenciada del sur, colorida, de considerables dimensiones en las ciudades y muy agradable de recorrer con la mirada. Por su parte, los pueblos desprendían un profundo encanto.

La señora araña de al lado del Guggenheim, con el puente de la Salve de fondo. A partir de este momento, pasé del móvil para centrarme en el paseo por la ciudad, bastante bonita, con un ambiente bastante majestuoso. Tras unas cuantas vueltas y almorzar a base de pinchos, cultura gastronómica que no había experimentado, marchamos hacia el siguiente destino: San Juan de Gaztelugatxe (lo que me costó aprenderme el nombre), un paraje realmente precioso que consiste en una isla unida a la tierra a través de un istmo artificial y en cuya cima nos encontramos con una ermita dedicada a San Juan Bautista.

231 escalones a los que precedió un recorrido de bajada entre vegetación y carretera, y una servidora llevando botas y medias de rejilla. Fallo técnico, desconocía la verdadera naturaleza de la excursión… Temperatura agradable convertida en calor infernal por la caminata, que hacia las alturas se tornaría en un rato de tal relax y belleza paisajística que compensó con creces el esfuerzo.

A un lado, estas vistas. Al otro, la inmensidad que se fundía al fondo con el cielo y que ninguna imagen podría mostrar fielmente, así que tendréis que ir vosotros mismos. Olor a mar, brisa y campanadas de la ermita, las cuales pueden ser tocadas libremente por los visitantes.

Vuelta exclusivamente por carretera, allá se veía a lo lejos la cima en la que habíamos pasado un rato para amortizar el tiempo de ida. Ahora: subida en cuesta. Durilla, pronunciada, procurando mantener el tipo frente a las personas que bajaban (ya les tocaría luego subir, ya). No había coches, todo el mundo optaba por caminar, eso hacía la visita mucho más auténtica (aunque creo que tampoco estaba permitido el paso en un punto determinado…).

Llegar al coche por fin fue todo un premio. Botas fuera y camino de Gernika/Guernica, donde pasaríamos la noche. Breve paseo por el pueblo buscando el famoso árbol de Gernika, que me lo esperaba bastante más impresionante pero bueno, el caso era ojear un poco la zona.

Y fin de un primer y maravilloso día al que esperarían unas cuantas aventuras más :).

Haciendo maletas

¡Ya llegó el día! ¿de qué? De ponerme a mirar lo que me llevo a… tatatachán, ¡¡¡Zaragoza y Salou!!!

El viaje consistirá en levantarme mañana sábado 21 de agosto a las 7 de la mañana para coger un regional Jerez-Sevilla y luego el ave Sevilla-Zaragoza, llegando a las 12:30 aproximadamente. Mi anfitriona, RM, me llevará por la ciudad a ver cosas y por la noche de fiesta, naturalmente (espero no llevar mucha mala cara, ya que el madrugón no me impedirá salir esta noche por Jerez). El domingo consistirá en dormir y volver a visitar lo que se pueda, y el lunes partiremos en coche a Salou (Tarragona) para pasar una semana de playa y juerga, pero sin abandonar la dieta desde luego, con sus pequeñas excepciones.

Así que nada, a hacer la maleta, incorporando las nuevas capturas de ayer del Hipercor (3 prendas de 50, no está del todo mal, pero es que entre que unas me quedaban grandes, otras pequeñas y otras eran horteradas que no me iba a comprar ni de coña pero las cogía por probar…) y desvalijando medio armario. Las nuevas adquisiciones han sido un pantalón beige fresquito, ancho y largo, un vestido hippie en tonos azules que me queda un pelín grande pero me encantaba y no lo había más pequeño, y otro vestido, que mi madre ha confundido con una blusa por lo corto que es (ya me pensaré si acompañarlo con algún short o no, según las circunstancias), marrón, con algo de brillo,  y cuello y botones de camisa. Me quedé un poco con las ganas de comprar también un vestido negro pero al final no… entre lo nula acostumbrada que estoy a un amplio porcentaje de la ropa para llevarla en público sin pasar vergüenza y que cierto pedrusco sobre el pecho no me convencía del todo…

Total, con esto quiero decir que igual no vuelvo a aparecer por aquí hasta septiembre, porque en Zaragoza todavía tendría internet pero no sé si me daría tiempo de contaros algo, y de todas formas ya sabéis que sin fotos no me gusta; y en Salou ya sí que no tendré acceso a la red, a menos que busque un ciber pero claro, no creo que lo haga.

Así que no os preocupéis, ¡que volveré! ¡Que paséis una fantástica última semana de agosto y que les sea leve a todos aquellos que ya están empollando para el mes que viene! 😉

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