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Vuelta a Madrid… temporalmente

Hace cosa de dos meses os expuse un análisis de lo poco que escribo últimamente (periodo que empieza a convertirse en años) y os dejé con la incógnita hacia mi huida de la capital británica. Aquellas confesiones de un alma vagante por Londres no fueron más que la explicación que debía a mis lectores y el principio de una nueva etapa: mi vuelta a Madrid. Pero no por mucho tiempo.

Siempre me he opuesto a la posibilidad de hacer un máster. ¿Por qué? Porque me parecen unos sacapasta de mucho cuidado, y efectivamente así lo ha sido el que he elegido, pero tras considerarlo y reconsiderarlo, lo vi como la mejor vía para seguir avanzando en estos tiempos difíciles. Como algunos sabéis, provengo del mundo audiovisual y periodístico, aunque la situación apenas me haya dejado trabajar de ello. Pues he aquí el desengaño de una joven más: ¿qué me espera en dicho ámbito? Manipulación, ideologías impuestas, sensacionalismo, amarillismo, politiqueo, regodeo. As-qui-to.

Entonces, mi frustración hacia el futuro y yo dimos con la solución, allá por el mes de junio, en Internet (cómo no). Se me presentó la opción de hacer un máster de márketing, ventas y digital business con un enfoque profesional que jamás me habría imaginado, que consistía en hacer la primera parte del máster en Madrid y la segunda parte en nada más y nada menos que California, donde tras el periodo de formación contaría con un permiso de mástertrabajo de un año.

Se me iluminaron los ojos, el alma, todo mi ser. Superé el proceso de selección (tampoco sé cuántos candidatos habría pero supongo que hay cosas sobre las que mejor no indagar, me bastó con hallar buenas referencias y opiniones en cuanto a esta formación) y aquí estoy ahora. Llevo un mes de clase y hoy por hoy puedo decir que he aprendido cositas. Fundamentalmente unas bases económicas y empresariales, todo tiene su introducción, pero confío en entrar pronto en materia más candente, y reconozco que tampoco me viene mal adoptar una perspectiva general. Una lástima que los temas de negocio digital lleguen más tardíos pero bueno, al final los tendré encima en cuanto me dé cuenta, como siempre.

¿Qué es lo mejor? Por ahora, el no tener que pensar en qué hacer con mi vida durante los próximos tres años, vivir con mi hermano mayor, volver a contar con la mejor amistad de mis últimos años a mi lado y, finalmente, los compañeros que estoy conociendo en el máster, unas personitas que parecen prometer bastante. Luego, cabe destacar mi rapidísima readaptación a la capital.

Madrid. Donde estudié la carrera, por las dudas. Una ciudad entrañable con muchísimo que ofrecer. Fría para algunos. A mí me va bien. Extremadamente bien. Quizá en parte porque me quedo por un tiempo limitado, no diré lo contrario. Me fui de aquí saturada para iniciar una vida en Londres. Me volví saturada de Londres para comenzar otra aventura aquí. Varias veces me he preguntado si algún día no me saturaré de alguna ciudad.

Es curioso ir viendo la existencia a base de fechas de caducidad. La mentalidad de empezar a trabajar en una empresa y permanecer en ella para el resto de nuestras vidas ha muerto. Por ello, cada paso tiene su límite, cada decisión es caduca. Y nos toca luchar más que nunca para hacernos camino.

ventasVolviendo al tema del máster, que para no variar me estoy yendo por las ramas: creo que me va a servir de gran provecho. Al igual que hacia este tipo de estudios, siempre me he mantenido bastante reticente hacia el mundo de las ventas. Me parecía frío, calculador y superficial. Quizá por mi tendencia literaria, quizá por mi experiencia con algunos comerciales de empresas en las que he estado, que sólo pensaban en vender, vender y vender a toda costa, en sacar el máximo beneficio aún incluyendo tal gasto, tal servicio o tal presupuesto en las facturas que no se iba a proporcionar en realidad, facturas que yo hacía y mandaba. Y una puede plantar cara a tal sujeto en un momento dado pero no puede evitar pensar en todas aquellas manos mecánicas que sí estarán procesando todos esos engaños.

Injusticias aparte, tengo muchas ganas de aprender en profundidad en torno a todo esto, sacarle el máximo jugo posible, utilizarlo para sacar lo mejor de mí misma y proporcionar un servicio útil a la sociedad (probablemente suene tela de idílico pero en principio es lo que me gustaría), porque ciertamente estos campos abarcan mucha más ciencia y psicología de lo que puede parecer.

Una vez más, ahí queda eso. Siempre es agradable comprobar que, cuando aparentemente María dixit ha sido abandonado, un alud de parrafadas resurge de las cenizas para recordar que por aquí seguimos.

Hasta la próxima.

Los dos pilares de la vida: el trabajo y el amor / The two pillars in life: work and love

(English version below)

Y no sé en qué orden. De verdad, que no lo sé. El amor parece cubrirlo todo de un aura maravillosa, de manera que sí que podría engañar a la mente al aportar una gran felicidad… temporal. Del amor no se vive ni se siente uno auto-realizado consigo mismo intelectualmente. Acaba uno explotando ante la falta de esa ocupación ideal (o no tan ideal, a la que se pueda uno agarrar) en su vida. Queramos o no, somos animales de costumbres. Necesitamos un ritmo determinado para mantener el equilibrio. Una cosa es que a alguien no le guste estar sentado delante del ordenador en una oficina durante ocho horas al día y cinco días de la semana sino que le interese estar de aquí para allá, y otra que estas personas ansíen cambios constantemente como tal, no tiene nada que ver.

Sin embargo, podrías estar durante meses en una situación de inestabilidad. Y te creerías incluso que has llegado a acostumbrarte, cuando si aguantas es porque en algún rincón de tu subconsciente sabes que eso parará en algún momento para transformarse, para mutar en otra persona. Más calmada, con mayor perspectiva hacia el futuro.

Total, que me voy por las ramas: que el amor no da de comer ni alimenta el espíritu, al menos en su plenitud y a todo aquel que tenga un mínimo de inquietudes personales. No obstante, si lo miramos al contrario, ¿qué hay de esa satisfacción al contar con un trabajo, que pongamos que incluso te gusta, pero no disponer de una pareja, alguien a quien querer, con el que contar y que tener a nuestro lado?

amor love

Una ocupación también nos mantiene en cierto estado de embriaguez. Nos concentramos en nuestras tareas, damos lo mejor de nosotros, nos sentimos bien porque estamos volcados en una actividad intelectual (que además nos da pasta e independencia)… temporalmente. Otra vez. Porque el vacío sentimental te atrapa como el que más. Porque nacemos y crecemos con la idea de emparejarnos, amarnos, reproducirnos y envejecer acompañados. Porque, por mucho que se quiera uno convencer de que hay que ser feliz aunque se esté solo, nadie quiere estar solo y rara es la persona que se siente completamente feliz sin alguien a quien amar.

Entonces, cuando resulta que los dos pilares se tambalean brutalmente a la vez… ¿Qué te queda? Las amistades, las películas, los libros. Las historias ajenas, la búsqueda de comprensión y consuelo. Fantasmas para despistarnos. Momentáneamente. Hasta que uno o los dos pilares vuelvan al sitio que les corresponde en nuestra mente. El sitio en el que nos sentimos plenos y no necesitamos nada más.

Y esto, en estos tiempos, se está volviendo tela, pero tela de complicado.

work trabajo

Escribí lo de arriba hace unos días (o quizá semanas, a saber) y ahí se quedó, no me convencía para publicarlo. Un poco caótico, ¿no? Pero no sabía, o no quería, modelarlo de manera que quedara más claro, porque es así como lo sentía desde lo más profundo. Definámoslo como la necesidad de lo que personalmente veo como los dos pilares fundamentales de la vida y la relación entre ambos.

Sin embargo, hoy pretendía empezar un post con este mismo título pero contando lo que voy a contar a continuación… Hasta que me di cuenta de toda la parrafada que ya había escrito y digo, bueno, pues para no tirar palabras a la basura, los fusiono. Hoy, viene una visión más positiva de estos dos pilares, una versión aparte e independiente, aunque relacionada. Curiosa la mente, ¿no? Un día te rebelas contra el universo y otro te pones de su parte. No me deja de resultar divertido comprobarlo conmigo misma.

El caso: durante esta semana, he tenido el placer de participar activamente en un par de conversaciones sobre estos dos temas. En la que hablábamos del trabajo, había opiniones divididas, como es natural. Hay personas que, con tal de recibir su salario a final de mes, no les importa qué labor desempeñar. Hay otras que, aunque se ven a sí mismas y saben que no están satisfechas del todo, se dejan llevar por la comodidad de su puesto de trabajo actual y deciden tomarse un tiempo, muchas veces eterno, para decidir qué hacer.

conformismo conformism conformity

Y luego hay un tercer grupo de individuos que confían plenamente en encontrar una ocupación que les llene. Yo pertenezco a estos. Más allá de esa idea tan extendida de que “tu trabajo es tu trabajo y no se puede disfrutar porque entonces no sería un trabajo”. Puntualicemos: naturalmente, no siempre te va a encantar todo, eso no pasa ni en las películas Disney, pero sí estoy totalmente convencida de que ahí fuera hay una ocupación que me está esperando y que me hará sentir una tercera parte de mi tiempo vital realmente aprovechada, que me hará levantarme cada mañana con ganas de asumirla y no con la mera aceptación de la misma cual robot.

¿Idealista? No lo tengo muy claro. Me considero altamente realista con un toque positivo. No sé qué haría sin aplicar cierto humor a la realidad, ¡qué menos, para ridiculizarla como se merece! Así pues, lo mismo siento hacia el amor. Y aquí entra la otra conversación que he mantenido con otro grupo de personas esta semana. Esa lucha por alguien…

¿Lucha? ¿Perdona? El amor es todo lo complicado que te dé la gana, porque cuando algo no funciona se ve a la legua, otra cosa es tu miedo, tu neura hacia quedarte solo, o hacia arriesgarte a “perder del todo” a esa persona que tanto ha supuesto para ti (adviértase el tiempo pasado del verbo) o esa (errónea) esperanza hacia que en el futuro “quizá cambie, tal vez mejore, si hacemos esto y lo otro”. Pajas mentales. Te estás engañando. Cuanta más gente se conoce en esta vida, más rápido te das cuenta de cuándo no se va a congeniar con alguien.

love amor

Porque, señores, llega un momento en el que no vale con limitarse a divertirse o con convencerse a uno mismo de que tiene que “seguir intentándolo”. No. Cuando ya tengo mi trabajo, mi gimnasio, mis amigos y mis propias actividades individuales, si he de ocupar cierto tiempo de vida en alguien, al menos que sea mínimamente prometedor, y sin romperme los cascos para que funcione. Que no, que no es tan difícil. Creo en el amor idóneo, en la compenetración emocional y el entendimiento mutuo de por vida.

Creo en ello porque he nacido y crecido con ello en mi casa, y a eso aspiro con todo el realismo que me caracteriza. Creo en encontrar a alguien espontáneamente y que todo sea perfecto con sus defectos y dificultades incluidos. Si algo se acaba, si me dan puerta, si yo decido cerrar la puerta a alguien por los motivos que sea, dejarla encajada no tiene ningún sentido. Porque si tiene que resurgir la chispa con esa persona, ocurrirá de manera natural, no hay necesidad de buscarlo desesperadamente ni estar pendiente de ello. Si tiene que pasar, tranquis, os volveréis a encontrar, renacerá el amor.

No obstante, no creo en el “reciclaje”, la verdad. Es bonito pensar en reencuentros maravillosos pero soy más de tirar para adelante y explorar nuevas posibilidades. El pasado siempre guarda trampas susceptibles de asaltarte sin esperarlo, los recuerdos son muy traicioneros; el dolor, fácil de regresar, mientras que el futuro te espera vacío y límpido para rellenarlo con todas las experiencias nuevas posibles.

En resumidas cuentas, creo en el amor y en el trabajo perfectos, así que tengo entretenimiento para rato.

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And I don’t know the order. Seriously, I don’t know. Love seems like covering everything with a wonderful aura in a way that it could deceive your mind by providing a big happiness… for some time. You can’t live or feel intellectually satisfied with yourself through love. You finally explode without that ideal job (or at least the one that you can get) in your life. We are creatures of habit whether we like it or not. We need a certain rhythm to keep our balance. One thing is that somebody doesn’t like spending eight hours per day and five days per week in front of a computer in an office but he/she would like to be here and there, and another thing is that these people yearn for changes constantly, it has nothing to do.

However, you could be within an unstable situation for months, even for years. And you would even think that you got used to it when if you are coping with it it’s because somewhere in your mind you know that it will stop one day to get transformed, to mutate into another person. A calmer one, with a more promising perspective of future.

Sorry, I’m beating about the bush: love doesn’t feed yourself or your spirit, at least it doesn’t totally do it, above all for people with a minimum of personal inquisitiveness. Nevertheless, on the other hand, ¿what about that satisfaction when you have a job that you do like but you don’t have a partner, somebody to love, count on and have next to you?

amor love

An occupation also keeps us within a certain state of inebriation. We focus on our tasks, we try our best, we feel good because we are getting involved within an intellectual activity (that gives us money and independence as well)… for some time. Again. Because the emotional emptiness strongly catches you. Because we are born and grow up with the idea of matching up, loving each other, having children and getting older in company. Because, as much as you would like to convince yourself about being happy alone, nobody wants to be alone and a person who feels completely happy without somebody to love is pretty difficult to find.

Then, when both pillars get violently tottered at the same time… ¿What else do you have? Friendship, movies, books. External stories, the search for understanding and consolation. Ghosts to get distracted. For a moment. Until one pillar or both come back to their particular place in our mind, the place where we feel full and we don’t need anything else.

And nowadays this is getting really, really complicated.

work trabajo

I wrote the above some days (or weeks, who knows) ago and it stayed like that, I wasn’t convinced enough to publish it. A bit chaotic, isn’t it? But I didn’t know, or didn’t want, to modify it in a way it got clearer, because I felt it like that from deep inside. Let’s define it as the necessity of what I personally see as the two essential pillars in life and the relation between them.

However, today I had the intention of starting a post with the same title but telling what I’m going to tell you below… When I realized that I had already written the Riot Act and I thought, well, I’ll mix them to not throw words into the bin. A more positive point of view about these two pillars is coming today, an independent and apart version although related to the previous one. Mind is curious, isn’t it? One day you are rebelling against the universe and another day you are on its side. Checking it with myself can’t stop making me have fun.

The thing is that I’ve had the pleasure of taking part in a couple of conversations about these two topics during this week. In the one about work, there were different opinions of course. There are people who don’t mind what tasks to do while they receive their salary at the end of each month. There are other people that look at themselves and know that they are not totally satisfied but they stay in a comfortable position regarding their current jobs and decide to take some time, very often a never ending time, to figure out what to do.

conformismo conformism conformity

And finally there’s a third group of individuals who completely trust finding a job that makes them feel full. I belong to these ones, beyond the typical idea that says that “your job is your job and you can’t enjoy it because then it wouldn’t be a job”. Let’s be clear: obviously you are never going to love everything, this doesn’t even happen in Disney movies, but I’m totally sure that there’s a job out there waiting for me and that will make me feel a third part of my life time really well used, that will make me get up every morning motivated to assume it and not under the mere acceptation of it like if I was a robot.

Idealistic? Not too sure. I consider myself highly realistic with a positive touch. I don’t know what I would do without applying a bit of humor to the reality, that’s the least I could do to mock it as much as it deserves! Therefore, I have the same feeling for love. And the other conversation that I had with other people this week is coming now. That fight for somebody…

Fight? Excuse me? Love is as much complicated as you want, because you can tell when something is not working a mile away, another thing is your fear’s influence, your neurosis to be alone or to take the risk of “totally losing” that person that was so important for you (mind the verb in past) or that wrong hope for future to “change, get better if we do this and that”. Mental crap. You are fooling yourself. The more people you meet in this life, the quicker you realize that you are not going to get on well with somebody.

love amor

Ladies and gentlemen, there’s a moment in life when having fun or convincing oneself that you have to keep trying it is not enough. No. When I already have my job, my gym, my friends and my own individual activities, if I have to leave some time for a person, at least he has to be promising without making me break my brain to make it work. No, it’s not that complicated. I believe in ideal love, in emotional harmony and mutual understanding forever.

I believe in it because I was born and grew up with it at home, and I aspire to get it in spite of my realism level. I believe in finding somebody spontaneously and in everything being perfect including defects and difficulties. If something finishes, if somebody leaves me, if I decide to leave somebody for whatever reasons, leaving that door opened doesn’t make any sense, because if the feeling for that person has to come back, it will in a natural way, there’s no need to desperately look for it or being waiting for it. If it has to happen, take it easy, you will meet each other again, love will come back.

Nevertheless, I don’t believe in “recycling” to be honest. Thinking about wonderful reencounters is nice but I prefer to move forward and explore new possibilities. Past always hides traps that can strike you without expecting it, memories are very treacherous; pain is easy to come back, while an empty and clean future is waiting for you to be filled with all the new experiences possible.

To summarize, I believe in perfect love and job, so I have work to do.

La percepción del tiempo en Londres

Con este título, no me refiero precisamente al clima, eso no hay forma de percibirlo, o lo aceptas o permanecerás en un sin vivir diario. En cuestión de un par de horas tempranas de sábado me ha dado tiempo de despertar con un manto blanco impoluto, desayunar ante un cielo potencialmente azul y despejado y empezar este post con una nueva tanda de nubarrones por doquier. Pero vamos, que no es el tema.

Hablo del paso del tiempo. Sí, mi tema favorito (-¡Pesada!; -¡Pues vete a otro blog!). Mas no soy la única obsesionada por él en el contexto que voy a comentar. Sin profundizar en lo rápido o lento que transcurre, se trata de la diferencia en el rendimiento que se le saca según el sitio donde se haga vida. Me explico: varias veces he coincidido ya con una amiga (de respetable cerebro) en que esta ciudad, Londres (Reino Unido), se come el tiempo. Se lo traga. Lo absorbe y se lo funde cual chocolate en fondue.

Un año en Londres no es como un año en Madrid, y mucho menos como un año en Jerez (Cádiz, Andalucía, España), ciudad que sé que a muchos os gusta (la mayoría obviamente no sois de allí) pero no deja de ser mi lugar de origen, donde estuve hasta mis 18 años, seguidos de unos intensos cuatro años y medio en Madrid y del último año y tres meses en Londres. De capital en capital, me pregunto cuál será la siguiente…

London Eye

Bueno, el caso, que en quince británicos meses me da la sensación de que no he amortizado demasiado el tiempo, lo cual no implica necesariamente no haber hecho cosas, error, he hecho, y tropecientas, pero… Se presentan difusas, entremezcladas, volatilizadas, difíciles de ordenar cronológicamente. Como si hubieran pasado siglos. Las semanas se confunden, los meses se hacen semanas y mi 2012 parece una cruzada frenética repleta de emociones extremas que se cruzan y se chocan dentro de una bolsa de plástico con escapes por todos lados.

En Madrid, el tiempo también pasaba rápido pero de otra manera. Se hacían notar más los días, el orden de prioridades y deberes junto con el ocio, la clara distinción entre unas actividades y otras, los planes, los viajes, las amistades. Sí, la gente. Más profundidad en general, más inmersión en el estilo de vida y las relaciones sociales. Zambullidas totalmente intencionadas y considerablemente controladas, todo lo contrario que en Londres: un torbellino de caras que se esfuman antes de aprenderte sus nombres.

Cibeles Madrid

En Jerez… A su ritmo. Muy a su ritmo. Calma chicha, tirando a pachorra. Vida “simple”, se le podría llamar. Pocas preocupaciones, ilusiones rápidas que se iban tan rápido como venían sin dejar huella psicológica y percepción total del paso de las semanas y de los meses, con su separación clara entre los periodos de obligaciones y las vacaciones. Esas Navidades, que con el tiempo cobran mayor importancia en cuanto a reunirme con mi familia, y esa feria, que nunca me ha importado demasiado y que, por cierto, justo ahora está presente en Jerez.

Sí… Por allá andarán colegas de todas las corrientes dándole al rebujito y derivados. Da igual cómo sean, cómo piensen, en qué círculos se muevan o incluso que no les guste la feria: todos estarán allí. Porque es lo que toca, lo que pega, la excusa para salir de casa y arrejuntarse bajo un sol de casi treinta grados y porque es de los pocos eventos que hacen de la ciudad gaditana un sitio realmente emocionante. ¿Nostalgia? Psss, en verdad no, estoy tela de a gusto recostada y escribiendo en este momento, regodeándome felizmente en mis queridas inquietudes.

Calculo que tampoco tenía yo tantas neuras mentales por aquel entonces. Es posible (jé, muy probable) que sencillamente me esté haciendo mayor. Dicen que, a partir de los 25, los saltos temporales son brutales. Tengo 24 pero vamos, lo mismo da. Y la verdad es que, una vez superado el miedo a la tan mencionada fugacidad existencial, resulta de lo más interesante apreciar en mí misma mi cambio de actitud del año pasado, un incombustible non-stop, al actual, consecuencia directa del anterior sin duda. Un 2013, por tratar de definirlo:

Más comedido, centrado, insatisfecho, inconformista, previsor, en búsqueda (por fin en serio) del enriquecimiento personal a través de esa larga lista de actividades intelectuales y físicas pendientes que tantos tenemos. Y la particularidad del asunto no radica en mi mutación como tal sino en que, a pesar de él… Londres se sigue tragando el tiempo, incluso a mayor velocidad.

Foto retrato Maria G AmarilloPero bueno, ¿qué se le va a hacer? Mi madre siempre me dice que el hecho de que se me pase tan rápido significa que lo estoy pasando bien/no lo estoy pasando mal/estoy aprovechando el tiempo. Estoy de acuerdo pero insisto en que me hago vieja, lo veo, y estoy plenamente convencida a través de mi experiencia de que cada lugar se bebe el calendario a un ritmo determinado. C’mon, you are a baby! (“venga, ¡si eres un bebé!”), me dicen a menudo. Que sí, que sí, pero eso no me hace dormir mejor o creer en los príncipes azules.

Total, así estamos, de tránsito experimental por la vida. De cachondeo con mi mente, básicamente. Pero antes de cerrar este capítulo, me apetece comentar que ayer disfruté de una fantástica hora de conversación por Skype con mi hermano mayor y, a pesar de la diferencia de edad (tres añitos, tampoco es que sea mucho) y circunstancias particulares de cada uno, cabe destacar que curiosamente nos sentíamos igual en cuanto a nuestras reflexiones varias actuales. Resumiendo: la dicha lista eterna de cosas que nos gustarían hacer ha quedado relegada a un vigésimo sexto plano, lo que viene a ser el interior del contenedor de la esquina, y queremos seguir el ejemplo zen de nuestra madre (todo un reto, creedme):

Vivir el día a día, no pretender abarcar más de lo que podemos o de lo que nos pide el cuerpo, ser selectivos y hacer balanza entre lo que es realmente importante y lo que no. Dejar de luchar contra nosotros mismos, agonías que somos, y de imponernos deberes que nos las traen al pairo. Tanto documental gafapasta descargado cuando lo que apetece es ponerse un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre y a tomar por saco, hombre. Fluir en armonía con el universo y nuestras posibilidades, haciendo de nuestro objetivo el equilibrio emocional.

Entonces, mi padre me diría: “ahora traduce todo esto al inglés”.

No hay huevos 😦

Días de esos

Días en los que te levantas sin esperar nada. No vacía, pero tranquila, sin expectativa ninguna. Días en los que la mañana te sorprende con una tarjeta en tus manos de tus compañeras de departamento, escribiéndote frases preciosas, diciéndote que has sido mucho más que una becaria. Días en los que eres consciente una vez más de la de personas que entran y salen de tu empresa, de tu ámbito laboral o social, de tu ciudad, pero no de tu vida. Días en los que te declaran amor eterno con palabras o sin ellas, y tú lo declaras también, a los cuatro vientos, porque son personas que valen la pena, y no te arrepientes de ello. Días en los que defiendes a una amistad que nunca creías que tendrías, una amistad situada a miles de kilómetros hasta ese preciso momento en el que se cruza en tu camino y te acompaña, y se queda a tu lado porque el destino lo ha querido así.

Días en los que te comes una ensalada seguida de tres chocolatinas de distintos tipos, y no te importa, porque es lo que ha surgido, lo que te ha apetecido. Días en los que te pones un vestido sin ninguna razón y la mitad de la gente con la que te cruzas te dice lo bien que te sienta. Días en los que te sientes bien, completa, a pesar de que las circunstancias sean las mismas, exactamente las mismas, que el día anterior, solo porque en ti ha cambiado algo, has crecido, has evolucionado.

Días en los que sabes que echarás de menos a alguien. Días en los que echas de menos a otra persona que quedó allí atrás, unos recuerdos, unas vivencias, una ciudad, unas noches, unas conversaciones, una casa y vuestra bebida predilecta, unas confidencias que vuelven de distintas personas pero formas similares. Y lo magnánimo de que esa relación no solo no se olvide sino que permanezca aún en la distancia con la misma confianza de siempre. Una mañana en el trabajo que pasas más tiempo conversando con alguien que trabajando, y no te importa quién se dé cuenta porque en ese momento solo quieres escuchar, compartir, aportar, vivir la experiencia que te transmiten, empatizar, ayudar, confesar.

Días en los que ves a alguien agobiado por el trabajo, día tras día, y le sueltas tranquilamente: “¡Basta! La vida no es trabajo, cielo”. Ellos siguen a su bola pero al menos te has manifestado en vez de seguir dándoles bola con su monotema. Días en los que pasas una simple y maravillosa tarde acompañada de una serie de personas aún por descubrir pero con brillo dentro, que quizá te deslumbre, quizá se apague, pero están ahí y hacen de tu momento, de tu tarde, algo maravilloso.

Días… Días excepcionales. Días que no quieres que se acaben, pero sabes que se acabarán, y por eso quieres plasmarlo, para que no pierda su intensidad, su sentido, su significado en ese preciso momento en el que te llenaron hasta el último rincón de tu mente y de tu espíritu. Días en los que hablas de viajes, de aventuras, de proyectos para dentro de dos años, y los ves perfectamente factibles.

Días en los que vuelves a casa escuchando música y caminando por la calle como por una pasarela, como si todo el mundo te estuviera viendo, como si fueras la persona más segura de este mundo, la más guapa, la más inteligente, la más completa, la más feliz, la más perfecta.

Días en los que llegas a casa, tienes hambre, te vas a la cocina y te encuentras con una persona, y empiezas a hablar, a compartir experiencias, puntos de vista, a esquivar los chispazos de aceite que se le están saliendo de la sartén, a abrirte como si os conociérais de antes. A comparar la visión de futuro de uno y de otro en cuestión de segundos, a comprobar cómo hay gente que piensa en volver y gente que piensa en todo lo contrario, en seguir viajando, moviéndose, explorando este mundo, sin que eso signifique que uno sea mejor que el otro.

Días en los que te dicen que tienes que ser escritora, que has nacido para ello, porque aquel email que escribiste un día, aquella parrafada vital supeditada a un tema tan cerrado y abierto como el amor se convirtió en ley de vida, en el mejor de los razonamientos, en una serie de ideas tan claras y transparentes como el agua. Y, todo hay que decirlo, en otro idioma, para orgullo y satisfacción de mi amado padre.

Días en los que defiendes a tu compañera de trabajo y amiga por encima de la crítica de su jefe (y tu futuro jefe), porque ves que no es justo, porque necesitas decirlo, porque ella merece mucho más reconocimiento, y porque total, su jefe lleva un puntazo que acabaréis hablando de la vida, la vejez, la dependencia, el amor y quién sabe qué, tan a gusto, sin esa distinción superior-subordinado, sin ningún tipo de barrera laboral, al menos por ese rato. Y sin acordarte ni de lo que dijiste, más tarde tu amiga te lo agradecería con toda su alma y te diría que eres alucinante.

Días en los que ves a un muchacho de 19 años semi-enamorado de una chica de 25, y lo ves crudo, pero luego dices “¿por qué no?” ¿Con qué derecho se le quita la ilusión a esa persona? ¿Con qué valor y/o poder se fulminan los sentimientos de un ser humano hacia otro? Por suerte o por desgracia, no se puede, para eso nos bastamos nosotros solitos, y nada mejor que la propia experiencia para aprender y seguir hacia delante.

Días de esos en los que te sientes en paz contigo misma, y eres más consciente que nunca de que es lo único que necesitas.

Días de esos… En los que todo lo que ha ocurrido en tu vida tiene sentido y justificación solo por el preciso momento, por el día tan normal por fuera y tan extraordinario por dentro que acabas de vivir.

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Non-Stop

Supongo que de alguna manera he de justificar mi larga ausencia por aquí. Al principio me sentía incluso mal al abandonar de tal manera este pequeño rincón pero confiaba plenamente en mi vuelta más pronto que tarde, así que me dejé llevar.

Me dejé llevar a través de un mar de posibilidades, de elecciones que se postraron en mi camino y ante las que no me contuve demasiado, de manera que acepté a la inmensa mayoría, obteniendo como consecuencia el verano probablemente más frenético de toda mi vida.

Sin embargo, hoy no he venido a hablar del último mes y medio. Hoy me he despertado reflexiva. Tirando a melancólica. De esos días en los que te replanteas el sentido de todo esto, si estás haciendo “lo correcto”, si sacas realmente el provecho que todo lo que te rodea merece (sabiendo que raramente por mucho pensar va a cambiar la cosa de momento). ¿Lugar adecuado? ¿Labor adecuada? ¿Objetivos adecuados? La palabra “adecuado” no deja de ser una manera de llamar al conjunto de actitudes y decisiones que harían de ti mismo exactamente lo que quieres ser, fuera de las normas sociales, lo políticamente correcto y demás parafernalia terrenal que te permite vivir en paz y armonía con el resto de tus congéneres pero que no viene al caso lo más mínimo.

Hablamos de la lucha hacia la auto-realización de uno mismo, de la relación entre el convencionalismo actual y la ruptura de las normas. Hablamos del estereotipo vital consistente en nacer, crecer, estudiar, trabajar, emparejarse, tener hijos, criarlos, envejecer y morir. Hablamos de otras posibles formas de desarrollo vital, o al menos de lo que puedes hacer entre medias para salirte un poco de la línea del rebaño. Hablamos de la probabilidad aquí y ahora de romper con los formalismos que nos atan en vez de de seguir en un mundo en el que estamos continuamente esperando algo.

La tendencia que más oigo a mi alrededor últimamente, en mayor medida de personas entre la veintena y la treintena, se canaliza fundamentalmente hacia la imperiosa necesidad de ahorrar dinero para cumplir un determinado sueño. Un periodo durante el cual tienes que someterte a una existencia laboral mediocre, por mucho jugo que saques de ello ya que no deja de ser el medio para llegar al fin, con el objetivo de alcanzar algo mucho más elevado, tu tótem, lo que te sostiene y te impulsa a aguantar ese tránsito semi-vacío (en comparación con lo que querrías hacer realmente de tu vida, vuelvo a aclarar) y empleando en ello un tiempo considerable que puede ser meses o años. Años de camino para llegar al destino. Años que se van y no regresan. Años de esfuerzo, dedicación, fijación, compromiso. Años de arrugas, canas, callos y patas de gallo.

Pero, ¿qué hacer? Si algo está claro es que uno no puede (o no debe) quedarse estancado, bloqueado, inactivo, permitir que cuerpo y alma se suman en un estado de letargo fulminante hacia la evolución interior. A la vez que… ¿Cuántas cosas queremos hacer, cuántas tareas tenemos pendientes desde hace mucho y seguimos dejando pasar? ¿Cómo priorizarlas? ¿Las haremos alguna vez? ¿Por qué no acometemos aquellas que podríamos empezar ahora mismo? ¿A qué esperamos? ¿A tener más tiempo, más ganas, más dinero…? ¿Nos gustará fustigarnos con propósitos esperanzadores aunque frustrados? ¿Necesitamos crearnos objetivos constantemente para sentirnos mejores seres humanos aunque en el fondo sepamos que se van a quedar donde empezaron?

Se trata de una sensación extraña la provocada por la mezcla de esta cotidianeidad en la que nos encontramos tan cómodos y de la que nos cuesta tanto trabajo salir, junto con las ansias por comerse el mundo, ¿no? Por exprimir lo mejor de él, de nuestro alrededor. ¿Cuántas veces pensamos “debería hacer esto, debería hacer lo otro”? Basura verbal para auto-convencernos de que acabaremos haciendo en algún momento todo aquello que anhelamos hoy en día. Y que se esfumará en su gran mayoría, como todo lo material, aferrado a la tierra y destinado a desaparecer; como todo lo etéreo, susceptible de transformarse, manifestarse y esfumarse a su antojo.

Esta neura mental no tiene final. Acaba exactamente como empieza, sin más preguntas, sin más respuestas. Con muchas ideas en la cabeza y con la misma convicción hacia el dudable éxito de llevarlas a cabo. Con los mismos deseos pendientes de siempre manteniendo viva la ilusión, manteniendo viva la inquietud. Y sin siquiera saber ya exactamente qué es lo que más sentido aportaría a tu vida, y sin saber si lo sabrás algún día, y sin saber con certeza si lo querrías saber.

Fotografías tomadas en el parque colindante con el Atomium (Bruselas, noviembre de 2011).

No permitas sentirte viejo

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Prioridades en la vida: la familia

El mes pasado estuve en mi tierra natal (Jerez, Cádiz, España) tres días, del 15 al 18 de junio. Fue un fin de semana largo extremadamente apacible. No vi a casi ninguno de mis amigos más cercanos, ya que los pillé de exámenes o fuera (o ambos) o ya tenían planes pero no importó: llevaba un mono importante de padres y hermanos, lo cual se juntó con visitas de tíos y abuela, así que más contenta que unas pascuas y cumpliendo con la familia, que es, al fin y al cabo, lo más importante que tengo (por muy guay que sea Londres ni leches).

Es muy curioso porque… No sé si me estaré volviendo vieja, pero al dejarme mi madre en el aeropuerto de Jerez y alejarse, fue sentarme a esperar (maldito retraso de Ryanair) y entrarme una pena brutal, seguida de inevitables arrebatos lacrimosos en medio de una profunda confusión ante mi propio estado de ánimo. Tela de patidifusa conmigo misma, vaya.

Lo más relevante es que es la primera vez que he llorado al separarme de mi familia. En mi vida, he pasado parte de 3 veranos en Irlanda y he visitado otros tantos sitios, me he ido cada dos por tres a Madrid (obvio, estudié allí), me fui una primera vez a Londres para quedarme el pasado febrero por las prácticas y una segunda en abril tras pasar un finde largo por Semana Santa… Todo con el mayor nivel de independencia y formalidad que se puede tener. Y, sin venir a cuento, esta separación un 18 de junio ha sido la primera que me ha provocado tal angustia interior (momentánea, por suerte).

Mmm… ¿Me hago mayor? ¿He reflexionado demasiado sobre mi existencia últimamente? ¿El ritmo de vida londinense me ha vuelto más humana si cabe? ¿La perspectiva de futuro fuera de España permanentemente me ha tocado la fibra sensible? ¿Me afectaron al cerebro los treinta y pico grados andaluces?

Supongo que, en cierto modo, uno va esclareciendo sus prioridades conforme madura, y a una de tantas conclusiones a las que he llegado en los meses anteriores es que no me gustaría ser de esas personas que ve a su familia cuatro veces al año. El mundo es muy amplio, sí, y me apetece enormemente explorarlo en la mayor medida posible, pero para permanecer es otro tema. Y eso que antes de venir a este país para quedarme por no sé cuánto tiempo, me imaginaba viviendo en cualquier parte del mundo. Lo que cambia a veces la perspectiva, ¿eh?

Tampoco me veo volviendo a Jerez, sin duda, más claro que el agua, ni siquiera a España, al menos durante los próximos años, mas estoy completamente segura de que este continente debe de tener un rincón idóneo, un lugar en el que sentirme yo misma, a gusto, realizada en todos los aspectos y decir: “esta sí puede ser mi casa”, una ciudad incluso desconocida en estos momentos para mí. Sin necesidad de irme al otro lado del charco, sin tardar un día en llegar a casa de mis padres ni tener que gastarme el sueldo de un mes en ello. He aquí la base de toda esta parafernalia.

Pero bueno, por mucho que hable y piense ahora, ya veremos dónde acabo. Sea donde sea, sólo espero poder seguir disfrutando como mínimo del salmorejo de mi madre en verano :D.

¡¡Ni bueno que está con su huevo y pan tostado troceados!! Aunque reconozco que en la imagen no tiene la mejor pinta del mundo… Para la próxima mejor os enseño el salmorejo por un lado y los condimentos por otro :).

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